OBRAS SELECTAS del Beato Enrique Susón

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Message  Javier Lun 06 Déc 2021, 3:17 am

CAPITULO IX - El último grado de unión con Dios


El alma que imitando a Jesucristo se encuentra con él
muriendo en la Cruz, también podrá encontrar con El en
los abismos de su Divinidad. El mismo lo ha prometido:
Donde yo estoy, allí estará también mi servidor. El primer
encuentro es duro y penoso, pero el segundo está lleno de
dulzuras y de felicidad. En él pierde el espíritu su propia
actividad y llega a desaparecer en el océano de la esencia
divina, en la que está únicamente su felicidad y toda su
ventura. No hay que olvidar que la esencia divina en su
unidad es el origen de la emanación íntima de las Personas
que no están separadas en la Divinidad, sino formando su
unidad esencial: su naturaleza, su substancia.

De este modo la Trinidad de Personas está en la unidad de
naturaleza, y la unidad de naturaleza en la Trinidad de Personas.
Y como las Personas divinas se comprenden y abrazan por la
unidad y la substancia natural, cada una de las tres Personas
es Dios. He aquí, pues, que la Trinidad es una sola esencia en
la unidad de la naturaleza divina, y todo proviene de la unidad.
Este es el misterio inefable, incomprensible en su infinita profundidad
y en su infinita simplicidad.


En esta esencia divina en la cual las tres Personas son
una sola naturaleza sin diversidad, se encuentran también
todas las criaturas según su ideal eterno en su forma esencial,
no en su forma accidental. Son Dios en Dios. La creación
temporal es la que les da su naturaleza particular y las distingue
de Dios.


El espíritu de los hombres perfectos puede elevarse a
este abismo de la Divinidad y a este océano de lo inteligible;
y puede también sumergirse en él y nadar en las insondables
profundidades de la esencia divina, y allí, libre de todos los
pensamientos y preocupaciones vulgares, permanecer inmóvil
en los secretos de la Divinidad. Entonces es cuando se despoja
el hombre de la obscuridad de su luz natural, y se reviste de
una luz superior. Dios lo atrae a la simplicidad de su unidad,
en la cual se pierde a sí mismo para transformarse en Dios,
y esto no por naturaleza sino por gracia. Así, puesto en este
mar infinito de luz que le rodea, disfruta de una gran soledad
y silencio, que es la perfecta paz y felicidad. Es la mayor
perfección a que puede llegar el espíritu del hombre.


San Dionisio Areopagita llama a este estado altura
desconocida y luminosa, tinieblas profundas de un
resplandor que ofusca, rayo de la obscuridad divina; todo
porque el alma se une a la esencia divina, sumergida en
aquel océano de luz, la ve, la contempla y la posee; y en
este éxtasis descubre lo mucho que lo infinito sobrepuja a
las luces de su razón, lo mucho que hay en Dios, desconocido
a todas las inteligencias. Y con todo, el alma, feliz
a través de las tinieblas y de la obscuridad, goza de una
luz que le manifiesta la inmensidad y la incomprensibilidad de Dios.


A este propósito escribe San Dionisio Areopagita a su
Timoteo: «Dedícate, mi querido Timoteo, a la contemplación
mística con gran intensidad. A ella debes ordenar
todos tus sentidos, tu inteligencia, todas las cosas suprasensibles,
todas las cosas que existen y las que no existen.
Esfuérzate por desconocerte a ti para que llegues a unirte
a aquel que está sobre toda la substancia y sobre toda
ciencia. Cuando te hayas desembarazado y desprendido
de toda criatura, entonces será cuando vueles y no pares
hasta llegar a aquel rayo substancial de obscuridad, a
aquella altura desconocida y lucidísima, a aquella obscuridad
purísima que todo lo ilumina».



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Message  Javier Mar 07 Déc 2021, 5:20 am

CAPITULO X - Elevación y transformación del alma en Dios


Es para ti una verdadera obligación llegar a conseguir
este grado de unión con Dios, porque de El pendes como
de un principio.
Ya te he explicado cómo en el impenetrable
abismo de la naturaleza divina el Padre engendra al
Verbo, el cual, cuanto a la esencia, permanece siendo uno
con el Padre; así como si del ser íntimo del hombre saliera
una forma del todo semejante a él, la cual no cesase
nunca de volver a su origen.


Esta generación del Verbo es el motivo, la razón completa
de producir y crear todos los espíritus, todas las almas y todas
las criaturas. El espíritu supremo, que es Dios, al crear al hombre
lo dignifica dándole una inteligencia hecha a su imagen y
semejanza, e iluminándole con una luz divina, para que
guiado por ella pueda volver a su Dios.


Pero resulta que la mayor parte de los hombres desprecian esta luz,
envilecen la dignidad de su alma, obscurecen su divino parecido,
se abandonan a los placeres pecaminosos del mundo. Y después
viven absortos por los deleites de la carne y ansían constantemente
y con ardor satisfacer los apetitos de los sentidos, hasta que les llega la
hora de la muerte cuando menos lo piensan, y los trastorna, los reduce
a polvo y los hace desaparecer.


Lo contrario sucede a los hombres verdaderamente sabios
y prudentes, que nunca pierden de vista esta estrella
radiante y divina de su alma, y sólo se desviven por lo
que es su propio origen y principio, y renuncian para
siempre a los placeres de los sentidos, a todas las criaturas
mudables y pasajeras, y todo para unirse ardorosamente
con la eterna verdad.


He aquí en breves palabras resumidos los grados por
los cuales el alma ha de volver a la unión con su Dios que
la ha creado; grábalas bien en tu corazón:


Debe empezar por purificarse de todos los vicios y
despedirse generosamente de todos los placeres de mundo,
para que así pueda encaminarse a Dios por medio de
continuas y fervorosas oraciones, por su desprendimiento
de todas las criaturas, y por medio de los ejercicios de
piedad y mortificación que sujetan la carne al espíritu.


Debe luego ofrecerse voluntariamente y con gran decisión
para todos los sufrimientos y penas sin cuento que puedan
venirle de Dios o de las criaturas.


Después deberá grabar en su corazón la Pasión de Jesucristo crucificado,
fijar en su espíritu la inmensa dulcedumbre de los preceptos del Evangelio,
su profunda humildad, la pureza de su vida, para poder amarle e imitarle;
pues sólo en compañía de Jesús se puede pasar adelante y llegar a la vida unitiva.


Para entrar en ella es de todo punto indispensable dar
de mano a todas las ocupaciones exteriores, reconcentrarse
en una silenciosa paz del espíritu, ponerse en manos de
Dios de tal modo que esté totalmente y para siempre
muerto a sí y a sus propios deseos, procurar por encima
de todo y de todos el honor y honra de Jesús y de su Padre,
y amar con un amor entrañable a todos los hombres:
a los amigos y a los enemigos.



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Message  Javier Mer 08 Déc 2021, 4:56 am

En este estado, el hombre que antes estaba ocupado
en la vida activa, deja todas las ocupaciones exteriores
para dedicarse al ejercicio interior de la contemplación, y
así es como el espíritu va llegando poco a poco al abandono
de sus facultades naturales, de su entendimiento y
de su voluntad.


Luego empieza a sentir interiormente una seguridad
sobrenatural y divina que lo conduce a un nuevo grado
de perfección, en el cual su espíritu se ve ya libre de todo
amor propio y de toda actividad natural de la inteligencia
y de la voluntad.


Y así, descansada el alma del peso de sus imperfecciones,
se ve sublimada por la gracia de Dios a una luz interior en
la cual disfruta incesantemente de la abundancia de los
consuelos divinos y aprende a conocer sabiamente
y cumplir con prudencia suma cuanto piden el alma, la
voluntad de Dios y su ley santa.


Entonces es cuando el espíritu va más allá del tiempo
y más allá del espacio, arrebatado por una dulcísima y
amorosa contemplación de Dios.

Pero aún no es éste el grado más elevado, puesto caso
que aún se distingue de Dios, y todavía conoce las cosas
criadas en sí mismas y por naturalezas particulares.


El que sabe desprenderse de sí mismo y penetrar íntimamente en Dios,
siente un divino arrebatamiento, no por sus propias fuerzas, sino a impulsos
de una gracia superior que coloca a un espíritu creado en el espíritu increado
de Dios y le regala con aquel éxtasis de San Pablo y de otros Santos de quienes
habla San Bernardo. Ahora es cuando el alma ya no entiende de formas, ni de
imágenes, ni de multiplicidad, pues está sumida en el olvido, en una verdadera
ignorancia de sí misma y de todas las cosas criadas; y no ve, ni conoce, ni siente
más que a Dios. Y sin ningún esfuerzo, sin ningún propósito, solamente atraída
por Dios y unida con El por su gracia, se ve ensalzada sobre sí y absorta y envuelta
en el abismo de la divinidad, gozando de las delicias de la bienaventuranza.


Pero, iay!, hermana mía; todas mis palabras no son
más que figuras e imágenes que están lejos de manifestar
lo que es esta unión sublime y misteriosa sobre toda comparación,
como está lejos la claridad del mediodía de la obscuridad de la media noche.



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Message  Javier Jeu 09 Déc 2021, 4:39 am

COLOQUIO ESPIRITUAL DE LAS NUEVE ROCAS

LIBRO PRIMERO - VISION DEL MUNDO

INTRODUCCIÓN


Ya mediaba la vida del bienaventurado Enrique, cuando Dios le inspiró que se reconcentrase en la soledad
de su espíritu, para que mejor pudiese entender los secretos que la Divina Sabiduría había de comunicarle;
era en Adviento.

Obedeció él gustoso al impulso del Espíritu Santo, y se retiró a la soledad de su alma, y allí derramó muchas
lágrimas y muchas oraciones.

Estando en esta ocupación santa, imaginaciones diversas, raras, nuevas y espantosas invadían su mente sin cesar.
Entonces Enrique lleno de turbación, preguntó a Jesucristo:


CAPITULO I
Visiones misteriosas


Enrique- ¿Qué queréis revelarme, Señor, con estas apariciones tan extrañas y tan raras? Sabéis muy bien que
no deseo visiones ni imaginaciones, y que sólo anhelo veros a Vos. Obscureced, pues, Señor, los ojos de mis sentidos,
para que no reparen en las criaturas, e iluminad los ojos de mi espíritu para que pueda libremente contemplaros a Vos.
Sólo así mi alma vivirá en la alegría.


Y las imaginaciones se multiplicaban cada vez que él se esforzaba en ahuyentarlas, hasta que oyó la voz interior de Jesucristo que le decía:

Jesucristo- ¿Cómo te rebelas contra estas imaginaciones? Súfrelas con paciencia, y sabe que han de persistir más de lo que tú quisieras.

Enrique - ¡Jesús amabilísimo! No toméis a mal el que
las resista; ya sabéis que no las desprecio, que no quiero
otra cosa que lo que queráis Vos: pero moléstanme estas
visiones porque no entiendo lo que con ellas queréis significarme.


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Message  Javier Ven 10 Déc 2021, 5:23 am

CAPITULO II - Promesa de inteligencia


Jesucristo - ¡Ah! sí. Representan misterios muy elevados que no tardarás en entender.

Enrique - Es que, Señor, que si estas visiones continúan,
enfermaré, y me temo que no podré hacer penitencia. Ya
siento que me están faltando las fuerzas porque estas
imaginaciones trastornan y agotan todo mi ser.

Lo único que ahora entiendo, ¡Jesús mío! es que estáis
airado contra los pobres pecadores. Siento por ellos una
compasión muy grande, y desearía calmar vuestro enojo;
pero a la vez comprendo mi pequeñez y mi indignidad.

Jesucristo - Escribe, pues, cuanto vieres, para que los
cristianos queden advertidos y se salven.


Enrique- ¿Y de qué servirá, Señor, este trabajo?
¿Acaso los cristianos no tienen libros santos y buenos
maestros? Todo cuanto se les diga es como el viento que
pasa; no lo escucharán ni harán de ello caso alguno.


Jesucristo- No digas eso; acuérdate de que Yo los
amo tanto que, por una sola alma, gustosísimo me entregaría
de nuevo a la muerte.


Cuanto vas a escribir se ordena solamente a la salvación de una persona,
y es necesario que lo hagas, aunque para esto tuvieras que sufrir una muerte cruel.


Enrique- ¡Ay, Jesús misericordiosísimo, libradme de este tormento!

Jesucristo - Pero, ¿por qué?

Enrique- Porque sé que disponéis de doctores y de sabios que podrían serviros mejor que yo. Yo no soy nada,
ni sé hacer lo que pedís.

Jesucristo- No serás tú el primero en mi Iglesia a
quien he hecho merced de mis gracias de verdad y de
elocuencia. Antes que a ti las he comunicado a muchos
otros que no tenían tu habilidad ni tu talento. Confiesa tu
pequeñez, pero comienza ya a escribir.

Enrique - ¡Señor! No me obliguéis a escribir, que fuera de esto, dispuesto estoy a hacer cuanto os pluguiere.
Perdonadme: me temo que me crearé muchas enemistades si escribo todas estas cosas.

Jesucristo- Escribe fijándote solamente en honrar a
Dios, y no te atribuyas nada a ti mismo. Si tus enemigos
se ponen contra ti, toléralos como una prueba del cielo,
como una cruz y procura sufrir esta persecución con más
paciencia que todas las anteriores. Quien me sirve, nunca
quiere vivir sin alguna cruz, y yo no lo abandono jamás.


Enrique- No rehúso la cruz, ¡Señor!, pero tengo un espíritu tan desfallecido y tan flaco, que no puedo escribir
una sola letra.


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Message  Javier Sam 11 Déc 2021, 6:01 am

CAPITULO III - Mandato riguroso de escribirlas


Jesucristo - Aunque dudes de ti mismo, no debes nunca dudar de mí. Confía, pues, en mí y obedece.

Enrique- Seguramente que los cristianos juzgarán como fábulas y mentiras las cosas que yo escribiere.

Jesucristo - Puedes estar tranquilo. Eso me toca a mí.
La experiencia mostrará la verdad de lo que escribas, y
todo lo que yo te diga será muy conforme con la Sagrada
Escritura y con las enseñanzas de la Iglesia.

¿Nunca has leído en el Antiguo Testamento y en el Nuevo de cuántas maneras favorece Dios a los que le son
amigos? ¿Por qué no ha de hacerlo ahora según le pareciere? Escribe, escribe, y sabe que de cien años a esta
parte no ha necesitado el Cristianismo tantos auxilios como ahora necesita, y que nunca los cristianos han estado
en tan grande peligro de perecer como lo están ahora.


Enrique- No me decido aún; mi espíritu está lleno de turbación. Me siento muy lleno de miserias y muy pequeño
para una empresa tan grande. No me obliguéis, ¡Señor!

Jesucristo - Castigaría tu resistencia como una desobediencia, si no viera que nace de tu humildad. Te mando en nombre de la Santísima Trinidad que por encima de todas las dificultades comiences a escribir.

Enrique- Estoy a vuestro servicio. Soy un gusanillo de la tierra, indigno de figurar entre vuestras criaturas; pero nadie podrá decir jamás quién sea el autor de estas páginas.

En nuestras conversaciones yo os llamo amabilísimo, amadísimo, dulcísimo Señor; decidme: ¿también en mis escritos podré trataros de igual suerte?

Jesucristo - Si, muy bien. El amor intenso de los siervos de Dios, su dulce intimidad, comienza en esta vida y dura por toda la eternidad.

Cuando te acontezca escribir algo que no entiendas,
ven a mí y yo te lo explicaré todo cumplidamente.


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Message  Javier Dim 12 Déc 2021, 10:12 am

CAPITULO IV - Visión de la montaña


Durante once semanas consecutivas tuvieron lugar muchas entrevistas como la anterior, sin que el Bienaventurado pudiera comprender lo que iba escribiendo.

En sus frecuentes éxtasis mostrábale el Señor los grandes pecados del mundo.

Afligíase él grandemente, cayó varias veces enfermo por la pena que estas visiones le daban, y a tal extremo llegaron sus dolores interiores y exteriores, que estuvo a punto de morir. Por último le dijo el Señor:

-Toma la pluma y escribe. Abre los ojos de tu alma y
mira dónde te encuentras.


El Bienaventurado se vio entonces en lo alto de una
montaña gigantesca por su mole y por su elevación, en
cuya cumbre había un mar dilatado de aguas profundísimas,
puras y transparentes como el cristal, lleno de toda
clase de peces, grandes y pequeños. El agua que formaba
este mar parecía elevar constantemente su nivel en toda
su extensión.

Aquella montaña estaba poblada de rocas muy escarpadas,
a través de las cuales caía torrencial y estrepitosamente el agua,
que rebasaba del mar de la cumbre y no se detenía hasta llegar a
un valle muy profundo.

Con el agua caían también muchos peces, reunidos en
grupos muy numerosos, que se estrellaban contra las rocas.

Entonces vio él que los peces procedían del mar de la
montaña, que a las veces se reunían en grandes grupos y
luchaban unos contra otros y caían todos con el agua.
Llegados a lo profundo del valle, seguían el curso de los
ríos e iban a internarse en el mar.

Pero pudo observar que su número disminuía a medida que
se iban alejando del agua de la montaña, porque constantemente,
durante su camino, iban sucumbiendo en los anzuelos y en las redes
de los pescadores, de tal modo, que sólo la mitad de ellos pudo llegar
a la mar.

Luego, saliendo de nuevo de la mar, subían penosamente
contra las corrientes de los ríos en busca otra vez
del agua de la montaña. Pero las dificultades del camino
y las redes de los pescadores hicieron sucumbir a tantos,
que no pasarían de mil los que pudieron llegar a sus
aguas primeras; y aun muchos de éstos que pudieron llegar
a las rocas y al agua de su origen fueron arrastrados
por el torrente que caía, y de este modo perecieron.


Mas como es condición del pez el hacer todo lo posible por
volver a su principio, algunos, después de grandes
esfuerzos y de grandes peligros de la vida superados en el
camino, llegaron por fin al mar de la montaña. Y éstos
recibían, por decirlo así, una nueva existencia desde el
momento en que entran en el mar de su nacimiento;
disfrutaban de una felicidad perfecta, y se multiplicaban
tan copiosamente que pronto volvieron a poblar la mar
en inmensa multitud.


Y hay que notar que desde el momento de volver a su
principio y origen cambiaron de nombre y de color.



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Message  Javier Lun 13 Déc 2021, 5:43 am

CAPITULO V - Explicación de la visión


Enrique - Dulcísimo Jesús: decidme qué queréis significarme con estas visiones de montañas, de rocas, de
aguas y de peces.

Jesucristo - Por ellas conocerás el peligro en que en
estos tiempos vive la Iglesia; cómo los cristianos se dejan
llevar miserablemente por todo género de vicios, y cuan
pocos son los que vuelven a su principio y se salvan...


Enrique - ¡Señor! Estoy lleno de espanto y de terror.
Aquí está mi vida; atormentadme con los atroces dolores
y con la más cruel de las muertes...; pero tened misericordia
y compasión de vuestra Iglesia.

Jesucristo - ¿De qué les ha de servir tu vida ni tu
muerte, cuando hasta la mía es inútil?


Enrique. - Como vuestra muerte, Señor, es divina y
todopoderosa, yo espero que serán muchos los que se salven.

Jesucristo -Todos los cristianos lo creen, y, sin embargo,
te aseguro que en este siglo se salvarán muy pocos.

Enrique - Perdonad, Señor, la ignorancia de los cristianos;
si los pobrecitos conociesen lo que es el pecado,
seguramente que no lo cometerían.

Jesucristo - ¡Vanas disculpas! Todo cristiano que tiene
uso de razón conoce los preceptos de Dios y debe observarlos
Con todo, han perdido el temor del Señor, y viven en oposición
constante con su ley y con su Iglesia no solamente los ciegos e
insensatos, sino también los que están llenos de deseos y viven
con apariencias de virtud.


Enrique - Es duro y terrible, Señor, lo que decís del
escaso número de los que se salvan. Quitadme la vida,
porque no puedo sufrir la pérdida de tantas almas, y
cuando en ellas pienso me siento desfallecer y morir.

Jesucristo - Es preciso que tu vida se conserve, y que
lleves con resignación esta cruz. Abre los ojos del alma y
repara en el lugar en que te hallas.


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Message  Javier Mar 14 Déc 2021, 11:26 am

CAPITULO VI - Allá abajo en el valle


En aquel momento fue arrobado en éxtasis, y junto a
la montaña altísima vio un valle profundísimo lleno de
rocas de elevación muy desigual.

Seres exquisitamente delicados e increíblemente hermosos,
descendían desde lo alto de la montaña a lo profundo del valle;

pero en el punto mismo en que tocaban la tierra, se ponían negros
como el carbón.


Comprendió que aquellos seres eran almas humanas
que salían de las manos de Dios tan hermosas y tan puras,
y contraían la fealdad y la mancha del pecado original en el
punto mismo en que se unían a los cuerpos.


Enrique - ¿Cómo, Señor, me hacéis ver estas almas
tan feas, siendo así que todas ellas han sido purificadas
con las aguas del Bautismo?

Jesucristo- Es cierto; pero los hombres caen con harta
frecuencia en el fango de los vicios.


Enrique- ¿Y qué significan la montaña tan alta y las
rocas tan escarpadas?

Jesucristo- A ti te harán entender que el cielo no es
para los perezosos, débiles y remisos y que sólo después
de muchas fatigas muchos sudores, muchas victorias, y
después de haber orillado muchos obstáculos, puede el
hombre llegar a él.


¿No observas el desprecio con que se falta a las leyes
de Dios y preceptos de la Iglesia, y cómo el pueblo cristiano
está en estos tiempos completamente sumergido en
el cieno del pecado?



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Message  Javier Mer 15 Déc 2021, 4:41 am

CAPITULO VII - Visión de los pecados del mundo


Al llegar aquí descubrióle el Señor los pecados principales del pueblo cristiano. De sus ojos brotaron entonces raudales de lágrimas amargas, al ver la suerte triste de tantos desgraciados. Y de tal modo afectaron su corazón las angustias que sentía que estuvo a punto de morir. Pero la virtud del cielo vino presto en su ayuda; y rehechas sus fuerzas, el Bienaventurado se derribó en tierra, tendióse en forma de cruz, y clamó al Señor:

Enrique - ¡Dios mío, a la vez poderoso y amable, dulce y terrible!, oíd mi súplica. Aquí tenéis mi corazón y mi alma, y mi cuerpo. Todo os lo ofrezco por la salvación y la reforma de la Iglesia; quiero merecerla aunque sea padeciendo dolores crueles y una muerte horrible.

Jesucristo - ¿De qué podrán valer tus dolores y tu muerte en favor de mi Iglesia, después que Yo mismo por ella derramé toda mi sangre y sufrí la muerte más terrible e ignominiosa, sin que los hombres de ahora, en su generalidad, obtengan de ella el más mínimo provecho? ¿Quién hay que se acuerde hoy de mi Pasión y de mi Muerte, que no sea para burlarlas, despreciarlas y blasfemarlas?

Enrique - ¡Jesús dulcísimo! ¡Ay!, que mi dolor es inmenso; pero no quiero desesperar. Os ofrezco vuestra propia muerte y os conjuro que perdonéis a vuestra Iglesia.

Jesucristo - Pero, ¿cómo quieres que sufra tantos pecados? No puedo aguantar más. Es preciso que se manifieste mi justicia. ¿No ves la vida de los cristianos ajena a todo temor de Dios y sumida en toda disolución y en todos los vicios?

Enrique- Con todo, yo confío, Señor, que muchos aún conservan para Vos un temor verdadero, santo y filial.

Jesucristo - Quien teme a Dios no obra contra El. ¿No están pisoteando las leyes de la Religión todas las naciones del mundo? Repara en el clero, en el pueblo, y verás si encuentras quien me honre o quien viva santamente (1).


(1) En esta negra visión de los pecados del mundo omitimos intencionadamente las descripciones relativas a las jerarquías, oficios y estados eclesiásticos, porque, gracias a Dios, han pasado ya aquellos malos tiempos, y por otra parte su contenido no es de utilidad común al pueblo fiel al que estas páginas van dirigidas - (Nota del Traductor).


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Message  Javier Jeu 16 Déc 2021, 4:51 am

Los poderosos

Jesucristo - Quiero hacerte ver ahora todo el fasto, la
magnificencia y el orgullo de los emperadores, de los
reyes, de los duques, de los príncipes, y de todos los
poderosos del mundo, con todas sus vanidades y lujos
inexcusables delante de Dios.


Antiguamente los emperadores y los reyes recibían el
poder de manos de Dios con una gran humildad,
considerábanse como ministros suyos, servidores de Cristo,
y a sus pies ponían su propio cuerpo, su alma, su poderío y
todos sus tesoros. Su preocupación primera era conservar
la paz y concordia en la Iglesia de Dios; y siempre que era
preciso, arriesgaban su misma vida en el campo de batalla
para defender y propagar la verdad.


Los duques, los príncipes, los condes, los barones, los
marqueses, los caballeros y todos sus nobles vasallos
seguían su ejemplo y sufrían gustosos todas las fatigas de la
guerra en obsequio de la Fe. Y entonces la Iglesia gozaba
de una paz inalterable.


Las reinas, las princesas y las grandes señoras, eran
también graves, modestas y temerosas de Dios.


Hoy los poderosos no conocen cuál sea el camino de
la virtud: se guían en todo por razones de Estado, por el
orgullo, la ambición o el placer.
Los ricos y los grandes
viven como bestias, entregados a todos los vicios, sin
conciencia y sin Dios.
Nadie piensa en más que en oprimir al
pobre y apoderarse de sus míseros haberes, insultando así
a Dios, que es el padre y defensor de los que poco pueden.



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Message  Javier Ven 17 Déc 2021, 5:15 am

Los patronos y comerciantes

Jesucristo - Fíjate ahora en la vida que hacen los propietarios y
los comerciantes, arrastrados por el deseo inmoderado del
lucro y de tal modo cegados por la avaricia, que ni en el
momento mismo de su muerte son capaces de desprenderse
con el corazón de sus riquezas. Todo proviene de su
ambición y de su orgullo, porque todos quieren ser más
ricos que los otros,
cuando sería mejor que cada uno se
contentase con una ganancia módica, suficiente para
atender a sus necesidades, y luego descansar, retirarse de
la vida de comercio para no verse arrastrados por la avaricia,
y vivir los años que le queden una vida morigerada
virtuosa, pacífica, tranquila y más conforme con la ley de
Dios.


Pero es irresistible la sed del oro, y el corazón que llega a sentirla,
con dificultad puede deshacerse de ella, sino que cuanto más posee
más quiere poseer, y cada día está más intranquilo y más inquieto,
y por lo mismo más privado de la gracia, puesto caso que Dios no
quiere habitar en un corazón turbulento, atormentado y manchado por
el amor al oro y a la plata;
escrito está que Dios escoge
siempre por morada suya la paz de la conciencia tranquila.


Además, la muerte de los avaros está llena de peligros.
Todos lo saben, pero no quieren pensarlo, porque el
amor de las riquezas los ciega y el orgullo los desvanece.

Sueñan siempre con nivelarse por medio de las riquezas
con los que son más grandes o más ricos que ellos, y se les
endurece el corazón en todo lo que se refiere a Dios y a los
pobres mientras que son espléndidos y aun pródigos en todo
lo que sea crecerse ante los demás. Necesitan atormentarse
día y noche y hacer imposibles para que sus riquezas aumenten
y puedan mantenerse el lujo y boato de su casa.


Enrique - Pero, Señor; dado caso que las riquezas son
tan perjudiciales a los que las tienen y tan peligrosas para
su salvación ¿por qué Vos se las concedéis?

Jesucristo - La bondad de Dios es infinita y no puede
dejar obra buena sin la recompensa que se merece. Cuando
ve a un corazón ansioso de bienes temporales, satisface
sus deseos y se los concede, premiando así algunas buenas
obras naturales que habrá hecho durante su vida...

¡Desgraciados los que ponen su felicidad en los bienes de este
mundo, porque se exponen a una infelicidad infinita y
eterna!




Obreros y paisanos

Jesucristo - El mundo ha corrompido también a los obreros, a los
pobres paisanos, a muchos que vivían contentos en su condición humilde,
con gran sencillez y con gran tranquilidad de espíritu. Ellos eran los que
alegraban el corazón de Dios, y El los amaba y cuidaba como las niñas de sus
ojos.


En estos tiempos ya son orgullosos, no quieren obedecer a sus superiores, defraudan y engañan al prójimo en sus contratos y faenas, están en constantes reyertas entre sí, piensan el mal, y gruñen porque no pueden cumplir sus malos pensamientos. Lo mismo sucede con los moradores de las aldeas: viven como las bestias que tienen en sus rebaños, con la más profunda ignorancia del Evangelio y sin ningún temor de Dios.


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Message  Javier Sam 18 Déc 2021, 5:17 am

Las mujeres


Mira también a qué extremos han llegado las mujeres
y cómo tampoco entre ellas tienen cabida la gloria de
Dios y su santo temor.


El mundo está lleno de mujeres que han perdido toda
vergüenza y son aún más desordenadas y más libres que
los hombres. Ya comprenderás que no me refiero ahora a
las mujeres honestas, piadosas y santas, sino a las que
viven en el mundo perdiendo miserablemente el tiempo en
conversaciones frívolas, en culpables diversiones y disipando
su corazón y sus sentidos en vanidades fútiles. Son las que
tienen su corazón puesto en las criaturas y piensan más en
agradar a los hombres que en agradar a Dios.


Son cuevas de ladrones, monstruos del infierno. Dios
las mira con horror, aunque por algún tiempo disimule
sus pecados y no los castigue. Y ellas, entre tanto, quieren
pasar por señoras honestas, siendo así que son peores que
las mismas mujeres pecadoras; porque al fin y al cabo éstas
están siempre temerosas de condenarse, mientras que
aquellas viven tan seguras y contentas en sus pecados y
fealdades, olvidándose de que hay un Dios y de que tienen
un alma.


Con sus adornos exquisitos, su andar, sus gestos, sus
palabras, con sus miradas casi siempre impúdicas y
deshonestas, provocan al pecado a los hombres mucho más
que las mismas mujeres públicas, y dan al infierno una
ganancia muy grande.


Cada día cometen muchos pecados mortales sin darse
cuenta; ellas, con todo, creen lo contrario, y quedan
admiradas cuando se les advierte. Pero lo cierto es que los
jóvenes mundanos, al verlas hermosas y tan adornadas,
arden en deseos malos, por los cuales se hacen culpables
delante de Dios, aunque no puedan satisfacerlos. Y estas
mujeres son sus cómplices, porque son las que los provocan
con sus modales, con su desenvoltura y con sus miradas.
Los que las encuentran en las calles, en las reuniones,
en las iglesias, fácilmente sienten los ardores de la
concupiscencia y fácilmente también caen en pecado; y
las culpables de todo son esas desgraciadas, por más que
ellas no quieran creerlo.


Cuando les llegue la hora de la muerte, el demonio les
hará presente su orgullo, la vana complacencia de sí mismas,
sus ligerezas pecaminosas y muchos pecados suyos
con los que nunca soñaron, y las hará caer en la desesperación
y después en la muerte eterna. ¿De qué les han de
servir allá sus comuniones y el mismo Viático, si se acercan
a la Santa Mesa sólo para despistar al mundo con
apariencias?


En aquella hora no tienen presentes muchos de sus
pecados, que jamás han conocido, y así me reciben en un
corazón manchado y muerto. ¡Más les valiera en tal caso
recibir en su pecho a toda una legión de demonios que no
a un Dios vivo y airado!

¡Desgraciados de los confesores que no advierten ni
iluminan a estas desgraciadas!



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Message  Javier Jeu 30 Déc 2021, 4:49 am

Los casados


¿En qué errores también no viven los casados? Ellos han convertido la santidad del matrimonio en un verdadero desorden. Se aman como las bestias, sin razón, sin regla, sin objeto como si Dios hubiera instituido el matrimonio para saciar los apetitos desarreglados de la naturaleza corrompida, y no para que los casados vivieran en él con toda santidad y castidad, según las leyes que El mismo estableció.

¡Oh!, si los hombres se atuvieran a estas leyes, el matrimonio sería utilísimo para las almas y para los cuerpos; porque Dios no es enemigo de la naturaleza, toda vez que El la ha creado, y la conserva, y la ha hecho la más perfecta de todas las naturalezas. Pero los casados abusan del matrimonio y se debilitan y enferman.



CAPITULO VIII - La indignación divina

Te he hecho ver, Enrique, los pecados del mundo
para que llores y gimas, y para que, inflamado por
los ardores de la caridad ardiente y compasiva que atesora tu
alma, ruegues al Señor con todo tu corazón por la Iglesia
y por tantísimas almas como están en peligro de conde-
narse. Si Dios quisiera castigar al mundo como en tiempo
de Noé, sería preciso que cada año repitiese el castigo.

Pero quizás no tardes en ver los rayos de la cólera divina
y las señales reveladoras de su furor.


Hace muchos años que el Señor, usando de su misericordia,
viene avisando al mundo por medio de diversos
castigos, guerras, pestilencias, etcétera; pero todo ha sido
sin fruto; los hombres lo olvidan todo como si hiciera ya
muchos siglos que pasó. La justicia de Dios permitirá que
los cristianos se peleen y destruyan mutuamente en guerras
sangrientas, porque el mundo está corrompido y no
conoce el pecado como pecado.


El castigo se acerca. La muerte los sorprenderá y matará
los cuerpos, que serán puestos en los sepulcros, y las
almas, que perecerán en la desesperación. Los que se
arrepientan a la hora del morir tendrán que sufrir en el
Purgatorio, y Dios, a quien ellos ofendieron en tantas maneras,
los tendrá abandonados hasta el día del juicio y
hará que no se acuerden de ellos ni siquiera sus parientes
y amigos, ni llegue a ellos el sufragio y consuelo de las
oraciones de los vivos.


El juicio particular que cada alma sufre a la hora de la
muerte es mucho más terrible de lo que creen los hombres,
pues los demonios tienen mucha fuerza en aquel último instante
estribando siempre en los pecados del hombre que muere.


Dios arruinó a los judíos por causa de su avaricia y de
sus pecados secretos; y si quiere El también perder para
siempre y exterminar a los cristianos por su olvido del Señor,
por ingratos a sus beneficios, y sobre todo al gran beneficio
de la Pasión de su Salvador, será necesario que derrame
contra ellos todo el furor de su venganza, el rayo,
el fuego, las guerras y la muerte.


Así está el mundo: corrompido todo, envuelto en un
mar de lujuria, de orgullo, de avaricia, de ambición, de
envidia, de odio, de pereza, de mala voluntad y de
hipocresía. De todos estos pecados están llenos los reinos, las
provincias, las ciudades, los castillos, las aldeas, los monasterios,
los conventos; a toda clase de personas han alcanzado: a los
seglares y a los eclesiásticos, a los sacerdotes y a los legos,
a los ricos y a los pobres, a casi toda la Iglesia.


Los cristianos pueden temer mucho, no sea que la
Justicia divina triunfe al fin de la misericordia, y Dios
mande a sus fieles que cesen en sus oraciones fervorosas,
que son las que sostienen el mundo, para poder vengar
todos los ultrajes y pecados con que se escarnece a su
Hijo unigénito.


Enrique - Mi corazón va a estallar de dolor; parece
que todos mis huesos se quebrantan, y pienso que voy a
morir de pena. ¡Jesús misericordiosísimo: tened piedad de
vuestra Iglesia!



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Message  Javier Ven 31 Déc 2021, 12:06 pm

LIBRO II - LAS NUEVE ROCAS

CAPITULO I - La visión


Cuando la horrorosa visión de los pecados del mundo
hubo terminado, Dios regaló al Bienaventurado con otra
visión mucho más agradable y consoladora.

Parecióle que estaba donde al principio: al pie de una
montaña que se levantaba hasta las nubes del cielo,
compuesta de nueve rocas distintas en su figura y en su magnitud.

De repente se encontró sobre la roca primera, que era
la inferior, y que estaba, sin embargo, a la suficiente altura
para que desde ella se viera todo el mundo. Desde allí
pudo ver toda la redondez de la tierra cubierta por una
extensísima red; y preguntó al Señor cómo aquella red se
extendía sobre toda la tierra pero dejando al descubierto
las rocas de la montaña, y el Señor le respondió:


Jesucristo.- Por medio de esta figura he querido representarte
la esclavitud del mundo, y cómo el demonio lo tiene prendido
en la red del mal. Si te hubiera hecho ver los pecados en su realidad,
sin imagen alguna, seguramente que esta visión te habría horrorizado
y no la hubieras podido sufrir.

Has de saber que si la red no cubre también la montaña
es porque los moradores de ella son temerosos de Dios
y viven sin pecado mortal.
Y repara bien en su número;
que si los comparas con los cristianos que están debajo de
la red del mal, hallarás que por cada cien hombres que
viven en pecado mortal apenas hay uno que viva en la
montaña exento de error y en gracia de Dios.



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Message  Javier Lun 03 Jan 2022, 3:36 pm

CAPITULO II - En la primera roca


Enrique- ¿Por qué hay menos moradores en la roca
inferior que en las rocas superiores?

Jesucristo - Mira; los de la roca primera son los tibios
y muelles, que no trabajan para ser cada día mejores. Se
contentan con tener la buena voluntad de no pecar mortalmente,
y así pasan la vida, sin ocurrírseles siquiera que pudieran hacer
mucho más.


Enrique - Observo, Señor, que esos están muy próximos a las redes del mundo,
y que deben vivir con mucho peligro. ¿Se salvarán o se condenarán?

Jesucristo - Si aciertan a morir sin pecado mortal, se
salvarán pero esto es más difícil de lo que ellos creen,
puesto que piensan que se puede a la vez obedecer a Dios
y a la naturaleza; y con tales disposiciones difícil, por no
decir imposible, es perseverar en la gracia y amistad de
Dios.
Con todo, si perseveran, se salvarán.


Les espera, sin embargo, un purgatorio horroroso,
para que en él compensen todas las condescendencias,
grandes y pequeñas, que han usado con sus caprichos y
veleidades, por medio de sufrimientos angustiosos,
continuos y prolongados. Y luego que se hayan purificado
completamente, volarán al Cielo a recibir su corona, en sí
muy grande, pero muy pequeña y muy pobre en comparación
de las coronas que recibirán los que han sido más
esforzados y no han vivido como ellos, sin trabajos, sin
luchas, sin un amor de Dios generoso y magnánimo.


Enrique - Veo, Señor, que muchos dejan la roca y
caen en la red, mientras que otros se escapan de la misma
red, escuálidos y macilentos como si salieran del sepulcro.
¿En qué consiste esta diferencia?

Jesucristo- En esta roca no pueden permanecer los
que consienten en pecado mortal. El hastío y la tibieza los
hacen desfallecer continuamente y vuelven a sus vicios y
malas costumbres, y por eso caen de la roca.
Los que salen
de la red son los que se arrepienten, dejan de corazón
el pecado y huyen de los lazos del demonio. Están pálidos
y macilentos porque, aunque están arrepentidos, no se
han confesado todavía. Con la confesión de sus pecados
recobrarán la mirada tranquila y el rostro colorado que
tienen los demás moradores de esta roca.


Enrique- ¿Y qué hacen Señor, todos estos jóvenes
que saltan de la roca riendo y retozando, y que van a caer
en la red?

Jesucristo- Acuérdate de los peces del mar de la
montaña. Cuando las aguas caían de las rocas del valle,
con ellas caían también los peces, y se dispersaban por los
ríos y por el mar. Estos jóvenes son todos los cristianos
que al llegar al uso de la razón no se convierten a Dios,
sino que pierden la sencillez de su corazón para entregarse
al demonio, que desde aquel momento es su señor y su
guía que los induce a todos los engañosos placeres del
mundo.


A medida que pasan sus años aumenta su esclavitud,
y luego les es muy difícil y muy penoso volver a su principio,
que es Dios, porque no han conocido en esta vida
más bienes que los sensibles y perecederos.


Enrique - ¿Por qué, Señor, me lleváis a lo más lejano
del globo, y qué monstruo es el que veo allí cargado de
cadenas? Es tan temible y espantoso, que bien pienso podrá
destruir el mundo entero.

Jesucristo- Aquel monstruo infernal es Lucifer. ¡Oh!
si lo vieras como es, no podrías sufrir su aspecto aunque
fueras mil veces más valiente de lo que realmente eres.

De buena gana encadenaría él a todos los hombres, si
no se lo impidiesen las almas virtuosas y santas, que
nunca faltan en mi Iglesia.

Así, ni a los habitantes de la roca primera puede subyugar,
si ellos voluntariamente no se someten y se apartan de Dios
y de su gracia.

No obstante, el demonio tiene las grandes ocasiones y
facilidades para engañarlos, pues viven absortos en los
asuntos e intereses mundanos, aman los honores, buscan
los placeres de la naturaleza, del alma y del cuerpo, y, en
consecuencia, están muy cerca de caer en la red y en las
cadenas del demonio, por más que tengan el propósito de
cumplir fielmente la ley evangélica y huir siempre del pecado
mortal.


La desgracia de estos hombres está en que no quieren
domar la naturaleza y someterla al espíritu ni renuncian
a su voluntad y a su propio juicio, ni toman nunca a pecho
el adelantar en el camino de la vida espiritual.


Enrique - Tales personas, Señor, no deben conocer la
paz verdadera que se encuentra en Vos.

Jesucristo - La paz y el gozo son frutos del Espíritu
Santo y nadie puede disfrutarlos si antes no se abandona
en todo su corazón en manos de Dios. Quien desee evitar
las penas y desazones interiores de cada día y llegar a la
verdadera paz y alegría, debe empezar por luchar con la
naturaleza y domeñarla.



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Message  Javier Mar 04 Jan 2022, 5:20 am

CAPITULO III - En la roca segunda


Luego fue Enrique llevado a la segunda roca, que era
mucho más hermosa y agradable que la primera.

Sus moradores tenían el rostro tan resplandeciente y
espléndido que apenas se les podía mirar sin deslumbrarse.
Su vida era mucho más pura y más espiritual que la
de los moradores de la roca primera, pero eran mucho
menos numerosos.

De vez en cuando subían algunos de la primera roca
a la segunda, y otros descendían de la segunda a la primera.
Entonces preguntó el Bienaventurado al Señor.

Enrique - ¿Qué significan esos tránsitos de una roca a
otra, y cuáles son las condiciones de esta nueva estancia?

Jesucristo - Esta roca es una morada más santa que la
anterior. Los que en ella viven son más austeros y practican
ejercicios de piedad más elevados.


Siempre hay algunos en la roca primera que caen en
la cuenta de lo peligroso de su vida, y obedeciendo al
impulso de la gracia, dejan la vida que llevaban y suben a la
roca segunda para vivir con más seguridad y más apartados del mundo.


A la vez, hay otros en la roca segunda a quienes el
demonio tienta con fuerza, y les hace pensar que no
podrán continuar siempre practicando el bien, ni vencerán
muchas veces las mismas dificultades; quieren volver a la
roca primera, y el diablo los lleva al lugar en donde estaban al principio.


Enrique- Estoy encantado con los que permanecen
siempre fielmente sobre esta roca: ¿quiénes son?

Jesucristo - Son los que han dominado su naturaleza,
han despreciado generosamente las promesas del siglo,
han renunciado a su propia voluntad, y han elegido un
confesor docto por cuyos consejos y dirección se han
guiado, como si fueran consejos del mismo Dios.


Enrique- ¿Están éstos muy próximos a la perfección?

Jesucristo - Viven aún muy lejos de su primer principio,
que es Dios. Para unirse a El perfectamente y subir a
la cumbre de la montaña, han de escalar primero una por
una todas las rocas superiores.


Enrique- Señor, ¿también a estos puede engañar y
atormentar el demonio?

Jesucristo - También puede hacerles daño con su
astucia y artes diabólicas. Teme que todos se le escapen, y
cuando ve que algunos adelantan en la vida espiritual,
llega a persuadirlos de que son de complexión orgánica
débil y que deben moderar sus asperezas, pues Dios no
manda imposibles.
Poco a poco los va engañando.


Sin que ellos se aperciban, les va enfriando y endureciendo el corazón. Luego los exhorta a confiar y descansar en la misericordia divina, fiados en que ellos han hecho ya lo bastante renunciando al mundo y con él a muchos y prolongados placeres que les hubieran sido ilícitos; y una vez que les ha inculcado esta vana complacencia de sí mismos, llega a convencerlos de que no necesitan dirección y consejos de otros; de este modo llegan a creer y confiar en sus propios méritos hasta la hora de la muerte.

Enrique - ¿Y cómo sus confesores no les hacen ver los ardides del tentador? ¿O es que tampoco ellos los conocen?

Jesucristo - Los amigos de Dios y los confesores conocen
muy bien estas tentaciones del demonio; pero temen
que si los reprende con severidad se les huyan del buen
camino, y se precipiten por sí mismos en la red, y sea
todo completamente perdido.

Dios quiere a los habitantes de esta roca más que a los
de la inferior, porque viven con más santidad, saben dominar
la naturaleza, y están más cerca de su origen y principio, que es Dios.


También en el Purgatorio serán sus tormentos más
llevaderos, y en el Cielo recibirán una corona mayor y
más preciosa.
Ya te he dicho, sin embargo, que para ser
perfecto es necesario escalar las nueve rocas.


Enrique- Y Vos, Señor, ya que sois tan bueno, ¿por
qué no tomáis a estas almas por vuestra propia mano, y
elevándolas de pronto sobre todas las rocas, no las lleváis
hasta la cumbre de la montaña de una vida santa y perfecta?
Por mi parte estoy seguro de que nunca abandonáis
a quien en Vos pone su esperanza y, renunciando a todas
las criaturas de la tierra, os elige a Vos como amigo único
y querido.

Jesucristo - Es verdad; con mi gracia levanto siempre
a una perfección mayor a todo el que persevera con
constancia y con fervor;
pero son muy raras las almas
constantes y fervorosas.



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Message  Javier Mer 05 Jan 2022, 12:30 pm

CAPITULO IV - En la roca tercera


El Bienaventurado fue arrebatado en espíritu hasta la
roca tercera, y vio que algunas personas saltaban de la
roca primera, y sin detenerse en la segunda llegaban en
seguida a aquellas alturas Y pregunto al Señor:

Enrique - ¿Quiénes son ésos que tan rápidamente
suben las rocas y llegan a la tercera?

Jesucristo - Son hombres santos, que escasean mucho
en estos tiempos. Muchas veces ha habido en la Iglesia
muchos siervos de Dios que se entregaban por completo a
la Sabiduría Eterna, con mucho celo y con grande ánimo;
que se negaban a sí mismos y a todas las criaturas frágiles
y efímeras, y que se elevaban a las alturas con tanto ardor
que, con la gracia de Dios, en un solo momento atravesaban
todas las rocas y llegaban a la cima de la montaña,

pero ahora, ¿dónde está esta raza de cristianos?

Enrique - ¿Quiénes son, Señor, los que viven en esa
roca? Parécenme llenos de virtudes, y su sola presencia
alegra el alma.


Jesucristo - Estás en lo cierto, pues éstos viven llenos
de Dios, que particularmente los atiende con su gracia, y
los prefiere a todos los de las rocas inferiores.


Son austeros, mortificados, dados constantemente a
las prácticas interiores con las cuales esperan obtener la
gloria y huir del Purgatorio en cuanto les sea posible.
Como nada tienen que ver ellos con los intereses y
pensamientos mundanos, son también más perfectos;

pero aún están lejos de su principio, que es Dios,
porque aún no están libres de las sugestiones y
engaños del demonio.


Tampoco están totalmente desprendidos de sí mismos
en las pocas relaciones que al mundo les unen, ni han
ahogado por completo la vana complacencia de sí mismos
en sus ejercicios espirituales y en sus austeridades.


Con todo eso, la generosidad con que abrazaron vida
tan santa y los esfuerzos que hacen para vencer y
dominar la naturaleza les salvarán, y después de un purgatorio
menos doloroso, llegarán a obtener una corona de gloria
mucho más espléndida.



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Message  Javier Mer 05 Jan 2022, 3:40 pm

CAPITULO V - En la roca cuarta


Jesucristo - Levanta los ojos y mira la cuarta roca.

El Bienaventurado vio que algunos de los moradores
de la roca tercera subían a la cuarta, pero que apenas
habían puesto pie en ella caían de nuevo hacia abajo con
tan mala fortuna, que algunos no se detenían hasta dar
consigo en la red del valle, bajo la cual se quedaban.
Entonces preguntó al Señor:

Enrique - ¿Quiénes son aquellos que caen, y
qué significa lo que estoy viendo?

Jesucristo - Hay personas que por medio de una vida
austera y penitente han pasado ya de las rocas primeras y
han podido llegar hasta la cuarta, aunque a duras penas:

y luego en seguida han sido engañados por el demonio y
por la carne y vuelven desgraciadamente a sus antiguos
vicios y pecados, a los placeres mundanales, a ponerse
bajo el dominio del enemigo de sus almas. ¡Si vieras cuan
difícil les es luego volver a subir a las alturas de donde
han caído!


Enrique - Señor, ¿quién es aquel hombre que sale de
las redes del valle, y atraviesa rápidamente las rocas inferiores,
y se posa en la roca cuarta?


Jesucristo.- Es un arrepentido, que ha llegado a conocer
su desventura viviendo bajo las redes del demonio.
Siente una pena muy honda en su corazón, y en su alma
una contrición tan intensa, que de buen grado escribiera
sus pecados con su propia sangre para de este modo
confesarlos y satisfacer por ellos. Ha domeñado la naturaleza,
se ha vencido a sí mismo, ha hecho penitencias durísimas
que han debilitado sus fuerzas y mortificado su cuerpo; y
Dios, viendo su arrepentimiento y el fervor de su conver-
sión, le concede gracias tan abundantes, que en espacio
muy breve de tiempo ha llegado a tener la santidad de los
moradores de la roca cuarta.


Enrique - Veo, Señor, que habéis tenido la gran bondad
de colocarme a mí también en esta roca. Estoy admirado del
esplendor y santidad de los que en ella moran y desearía
conocer su modo de vivir.

Jesucristo - No hacen otra cosa, día y noche, más que
esforzarse por dominar la naturaleza y vencerse a sí mismos.


Enrique- Debéis Vos amarlos mucho, porque ya parecen perfectos.

Jesucristo - Los amo mucho, de verdad; pero no son
todavía perfectos, puesto que aún están muy lejos de su
origen, aunque no tanto como los de las rocas inferiores.


Enrique - ¿Y cómo es que el demonio puede habérselas
con ellos siendo como son tan poderosos?


Jesucristo - Los engaña induciéndoles a hacer algunas
buenas obras con un poquito de amor propio y con una
secreta complacencia de sí mismos.


Enrique- No les falta, según eso, más que el que se
nieguen a sí mismos.


Jesucristo - Es claro. Según las gracias que de Dios
han recibido, debieran morir a sí mismos y no dejarse
engañar por el demonio; y con todo caen también en los
ardides de Satanás y obran el bien por amor propio y vana
complacencia.
Por otra parte, ya sabes que nadie puede
llegar hasta Dios, que es su origen, mientras permanezca
aferrado a su propia voluntad.


Y como el demonio sabe muy bien que los que se ponen en las manos de Dios sin reserva alguna, de todo corazón y con profunda humildad, reciben luego la remuneración de gracias particulares e inefables dulzuras, esfuérzase por que perseveren sirviendo a su naturaleza; y, una vez conseguido esto, fácil le es hacerles caer en impaciencias, en cólera y en otras faltas, a pesar de la buena voluntad con que ellos procuran evitarlas.

No puede ser que les vaya del todo bien, porque no han muerto aún a todas las cosas del mundo.


Enrique - Con todo eso, los de esta roca me parecen
los más perfectos y los más próximos a Dios que yo he
visto en toda mi vida; decidme, ¡Señor!: ¿quiénes son
vuestros amigos más íntimos y más queridos? ¿No se
parecen a éstos?


Jesucristo - No; porque aunque estos poseen abundantemente mi gracia y mi amistad, el apego que tienen a su voluntad propia les priva de los singularísimos y ocultísimos favores que concedo solamente a los que son mis íntimos de verdad. Y por ese mismo apego a su voluntad tendrán que ser purificados en las llamas del Purgatorio, y su corona de gloria no será tan excelsa como la que recibirán mis amigos íntimos.

Enrique - ¡Señor!, por favor, mostradme vuestros amigos felices y bienaventurados.

Jesucristo. - Ya los verás cuando hayas subido todas
las rocas que te faltan y hayas llegado a la cumbre de la
montaña. Entonces también tú te unirás a tu principio.

Enrique - No pretendo tanto, Señor, pues que soy
muy despreciable, desnudo de todo mérito y de toda virtud,
e indigno de vuestra gracia. Pero, hágase en todo
vuestra santa voluntad.



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Message  Javier Jeu 06 Jan 2022, 3:59 am

CAPITULO VI - En la roca quinta


El Bienaventurado tuvo entonces una visión más elevada,
que le condujo en espíritu hasta la roca quinta, en
el preciso momento en que acababan de escalarla algunos
de los moradores de la cuarta. De éstos, algunos volvieron
a bajar en seguida que hubieron llegado, mientras que
otros, los menos, permanecieron en su nueva estancia. Al
ver esto, preguntó al Señor:

Enrique - ¿En qué consiste el que no se hayan quedado
en esta roca todos los que han llegado a ella? ¿Es que no
les agrada la nueva morada, o que no les gusta la companía
de los que encuentran aquí?

Jesucristo - Ya ves que esta montaña es muy alta, y
los que quieren subir necesitan hacer muchos y grandes
esfuerzos. Todos los que a esta roca llegan y en ella permanecen
sin desmayar, comienzan a entrar en el camino
que los llevará a su principio y a la unión con Dios.


Enrique - No me admira que sean tan amables y estén
tan contentos; lo que sí me sorprende es que sean tan poquitos.
¿Quiénes son, Señor, y qué vida hacen?

Jesucristo - Estos son los que han entregado a Dios su
voluntad sin reserva y perseveran en la firme resolución
de no guiarse en nada por sí mismos, sino dejarse gobernar
en todo por Dios y por sus superiores hasta la muerte.


Enrique - A éstos debéis quererlos mucho, puesto que
ya han atinado con el verdadero modo de agradar a Dios.
¿No están ya cerca de su origen y de la perfecta unión con
Dios?


Jesucristo - Aún están lejos, y el demonio les arma lazos
y hace cuanto puede por detenerlos en sus progresos,
pues ve que están en el verdadero camino de la perfección.


Enrique - Pero ¿no se han abandonado por entero en
manos de Dios?


Jesucristo - Sí, pero con inconstancia. Por esto hay
muchos que no perseveran, y vuelven a su propia
voluntad, y a vivir sin negarse a sí mismos en todo
y por todo. Luego les pesa, y vuelven a la roca quinta
cuando se dan de nuevo a Dios sin reserva, y de este
modo están en un cambio continuo, subiendo y volviendo
a bajar, sin tener perseverancia en sus santos propósitos
y en su abnegación primera.


Enrique - ¿Y de dónde les viene esta inconstancia?

Jesucristo - De que su voluntad no está del todo
muerta.
Dios les ama, sin embargo, y son más perfectos
que cuantos has visto hasta ahora, porque desde un
principio se despojaron de su propia voluntad para
entregarse a Dios. Y aunque no siempre perseveren
en este estado, viven casi todo el tiempo de su vida
en esta quinta roca.


Después de su muerte pagarán en el Purgatorio esta falta
de constancia, pero luego disfrutarán en el Paraíso de una
gloria muy grande.



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Message  Javier Jeu 06 Jan 2022, 4:09 am

CAPITULO VII - En la roca sexta


De la roca quinta fue el Bienaventurado trasladado a
la sexta que estaba más alta y era más hermosa que las
anteriores.

Allí vio hombres de extraordinaria hermosura y deslumbrante
esplendor. Pero notó que eran muy poquitos, porque casi todos
los que llegaban a aquel lugar, procedentes de la roca quinta,
volvían a bajar a ésta; de modo que apenas si quedaba allí uno
por cada ciento de los que caían. El Bienaventurado preguntó al
Señor, lleno de admiración:

Enrique - ¡Qué deliciosa es esta morada! ¿Quiénes son
los que en ella viven y por qué son tan pocos?

Jesucristo - Estos que ves son los amigos de Dios,
encendidos en su gracia, que valerosamente y para siempre
se han negado a sí mismos sólo para agradar a Dios. Son
tan pocos como vez, porque aunque son muchos los que
trabajan por llegar a estas alturas, son muy pocos los que
pueden conseguirlo.


Enrique - Los felices moradores de esta roca deben
haber llegado a su origen, y vivirán ya unidos con su
principio.

Jesucristo - Tampoco, aún están lejos, aún han de
subir más arriba para llegar a este estado supremo de la
perfección.

Enrique - ¿Pues qué les falta? ¿Es que aún pueden
caer en los lazos del tentador?

Jesucristo - Hace cuanto puede para engañarlos y
detenerlos en sus adelantos, pues ve que están ya dentro
del camino que conduce a la unión divina, y por eso rabia y
ruge como un león.

Enrique - ¿Y cómo llega a tentarlos y engañarlos?

Jesucristo - Los induce muy mañosamente a que
pidan al Señor los pensamientos, gracias y consuelos que
han concedido a otros santos. Y aunque esta petición
nada tiene de malo, los aparta sin embargo de su unión
con su principio, porque en ella hay oculto un defecto: el
compararse con los otros; y esto impide que el Señor haga
en ellos cuanto desearía hacer.


Enrique. - ¿Y cuál es la causa de este error?

Jesucristo - Pues es sencillamente que sin darse
cuenta buscan aún satisfacer en algo a la naturaleza,
cuyos malos deseos no tienen muertos ni arrancados.
Así es como a pesar de que conocen la tentación del enemigo,
con todo eso lo escuchan.
Esto, no obstante, viven con
gran abundancia de gracias del Cielo, tendrán que purificarse
en el Purgatorio mucho menos que todos los anteriores
y obtendrán en el Paraíso una bienaventuranza sin
comparación más perfecta.



CONTINUARÁ...
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Message  Javier Jeu 06 Jan 2022, 11:11 am

CAPITULO VIII - En la roca séptima


En seguida fue levantado hasta la roca séptima, que
era más espaciosa y deleitable que todas las anteriores, y
cuyos habitantes tenían un resplandor y hermosura
incomparablemente mayores.
Pero eran muy poquitos,
muy poquitos, porque apenas había quien allí perseverase.


Entonces el Bienaventurado pregunto al Señor acerca
de ellos, y El le respondió:


Jesucristo - Estos son los que Dios más ama, los favorecidos con sus gracias singularísimas. Su rostro están tan resplandeciente porque se han entregado de lleno en la voluntad de Dios, perseveran hasta la muerte en esta resolución santa y hacen cuanto pueden por someter la naturaleza a la razón. Su constante anhelo es de agradar a Dios, así en las cosas interiores como en las exteriores, y de cumplir siempre su voluntad.

Enrique - ¡Qué consuelo y qué dicha poder ver a estos
siervos de Dios! Estos sí que deben estar ya en la cumbre.


Jesucristo - No, te engañas. Aún les falta gran trecho
para llegar a la cumbre de la montaña.


Enrique - ¿Qué es, pues, lo que se opone a su perfección?

Jesucristo - El demonio sabe usar con ellos una treta
muy oculta que los detiene en su camino espiritual.


Enrique - ¿Qué es lo que puede hacerles?

Jesucristo - Se vale de su misma santidad. Como quiera que Dios los favorezca con gracias muy singulares, como a amigos suyos íntimos que son, el demonio se ingenia para hacerles desear y amar estas gracias por el deleite que en ellas encuentran, y muchas veces caen en este lazo sin percatarse de su engaño. No tienen su corazón bastantemente vigilado.

Cuando llegan a faltarles los consuelos divinos que
con tanto afán desean, procuran recobrarlos acercándose
con más frecuencia al Sacramento del altar*; y esto es en
contra de la perfección, la cual exige renuncia total de
todo consuelo humano y divino. Es un defecto el procurar
las gracias y favores divinos por el deleite que consigo
traen, y aunque parezca defecto de poca importancia, lo
cierto es que ha de ser expiado en el Purgatorio.


(*Nota de Javier: Este párrafo es especialmente pertinente y consolador para quienes, por la gracia y la misericordia de Dios, hemos comprendido la magnitud y gravedad de la crisis apocalíptica en la que nos hallamos inmersos, con el terrible eclipse de Ntra. Santa Madre la Iglesia, y que por tanto vivimos únicamente de la sola Fe, la Esperanza y la Caridad sobrenaturales y sin el recurso a los sacramentos, que además son en esta época mayormente ilícitos, cuando no directamente sacrílegos...)

A pesar de todo, estas personas son muy gratas al Señor, y en el Cielo disfrutarán una recompensa mucho mayor que todos los demás.


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Message  Javier Ven 07 Jan 2022, 4:56 am

CAPITULO IX - En la roca octava


Después de esto, Dios condujo al Bienaventurado a la
roca octava, que es aún más elevada.

Los que en ella moran poseen una gracia resplandeciente
y santa. Pero son menos todavía que en la anterior,
porque la mayor parte de los que allí llegan desfallecen y
no perseveran.
El Bienaventurado preguntó al Señor por
ellos, y El le respondió:

Jesucristo - Todos estos son carísimos al corazón de
Dios y exceden en perfección a todos los otros, porque se
han ofrecido y entregado totalmente a su buen Dueño y
Señor, el cual hace de ellos lo que le place en el tiempo y
en la eternidad.


Enrique - ¡Oh Señor! ¡Qué dichosos seríamos si tuviéramos
ahora, en estos tiempos, tantos siervos fieles de Dios!


Jesucristo - ¿Cómo quieres que haya muchos, siendo
tan pocos como vemos los que saben y quieren renunciar
de corazón a las cosas temporales, y negarse a sí mismos
por amor de Dios y para su mayor gloria? Ya sabes que
sin esto es imposible llegar a descansar en Aquel que es
infinito, eterno e inefable.


Enrique - ¡Ah!, sí; las riquezas y los bienes temporales
son un obstáculo para este santo desprendimiento de sí
mismos. Muchos creen que para llegar a la unión con
Dios es necesario abandonar por completo el mundo, y
¿no es esto un error?

Jesucristo - Todo el que quiera llegar a esta roca ha
de despojarse de todos los bienes temporales en cuanto
impiden la unión con Dios. El alma que aspira a esta perfección,
no podrá conseguirla jamás si entre ella y su principio,
que es Dios, se interpone algún otro ser. Aunque se posean
riquezas, es necesario despreciarlas, no aficionarse a ellas,
usarlas como si no se poseyesen, no buscar nunca con ellas
el propio bienestar ni las comodidades, sino solamente lo
necesario para la vida y usarlas siempre en lo que sea más
conducente a la gloria de Dios.


Enrique - Se necesita una virtud muy grande para
poseer las riquezas sin amarlas. Me siento muy feliz, Señor,
al contemplar la perfección de los que moran en esta
roca, porque al menos éstos sí que estarán ya unidos a su
principio.


Jesucristo - También ahora te equivocas, Enrique. Es
verdad que Dios los colma de gracias y favores extraordinarios,
que los ángeles les muestran muchas cosas divinas con imágenes
y apariciones sensibles, que sus almas atesoran virtudes muy
grandes y que están más cerca de la unión perfecta que no
todos los demás.
Pero tampoco han llegado aún a la cumbre
de la montaña y al último grado de perfección.


Enrique - ¿En qué consiste el contemplar a Dios sin
formas y sin imágenes?


Jesucristo - Gozan de esta contemplación aquellas almas
a quienes Dios concede un rayo, un resplandor, una
luz emanada de sí mismo, algo que no se puede expresar
con imágenes ni con palabras.
Y mira; esta gracia se niega
a muchas de las almas de esta roca.

Enrique - Pero ¿en qué consiste el no tener ellas aún
la unión perfecta y el que encuentren tantas dificultades
para volar a su principio y llegar a la cima de la montaña?

Jesucristo - Tienen dos grandes obstáculos, que son
los dos más pérfidos engaños del enemigo. El primer engaño
es que cuando reciben la luz divina, abrázanla con
tal entusiasmo, que quieren abandonar esta roca y volar
más alto. Y esto es una imperfección que los separa de la
unión perfecta que ellos ansían. No se dan cuenta de este
defecto oculto de su voluntad, y como no han llegado a
desarraigar de su corazón hasta el deseo de los consuelos
divinos, no pueden pasar adelante.


El segundo obstáculo es que, sin reparar en ello, se
complacen en las vías extraordinarias, por las cuales los
conduce Dios, y en los celestiales arcanos que les revela
en sus visiones y éxtasis.
Dios conoce perfectamente este
defecto; pero como conoce también lo difícil que es destruir
la naturaleza, los perdona y los conserva en el mismo grado
de santidad y de gracia.


Enrique - Pero ¿cómo no pueden librarse de estas ilusiones
y llegar a su principio estas almas tan privilegiadas?


Jesucristo - Llegarán si se renuncian a sí mismas totalmente, mortificando por completo la naturaleza, descubriendo sus más ocultos defectos a la luz de la divina gracia y muriendo a sí mismos para abandonarse totalmente en Dios, lo mismo en lo que se refiere al alma que en lo que se refiere al cuerpo.

Enrique - Verdaderamente que es muy triste pensar
que estas almas, tan favorecidas de Dios y tan santas,
empañen de esta manera su belleza y se vean forzadas
a purificarse en las llamas del Purgatorio.


Jesucristo - Su pena será muy breve y llevadera, y en el Cielo estarán encumbrados por encima de todos los de las rocas anteriores. Si la Iglesia tuviese muchos de estos siervos de Dios, en verdad que los asuntos de la Cristiandad irían todos por mejor camino.


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Message  Javier Ven 07 Jan 2022, 11:29 am

CAPITULO X - En la roca novena

Sus habitantes


Jesucristo.- Levanta ahora los ojos de tu espíritu y
contempla lo más encumbrado de la montaña.

Levantó el Bienaventurado los ojos y vio la roca última,
que estaba tan alta que apenas podía descubrirse; y
luego, repentinamente, se sintió arrebatado hasta aquella
encantadora mansión y colocado entre sus divinos moradores.
Observó que muchos de la roca octava hacían esfuerzos
desesperados para subir a ésta, pero los más de
ellos desistían, de modo que sólo dos o tres llegaron
a escalar la roca última.

Enrique - ¿Cómo es tan dificultoso, Señor, el acceso a
esta roca? Veo que casi nadie puede llegar a ella.


Jesucristo - Siempre es difícil llegar a los lugares muy
altos y escarpados. Son poquísimos los que hasta la muerte
persisten en la perfecta renuncia de sí mismos, y por
consiguiente los que llegan a las alturas que ahora descubres.

La mayor parte de los hombres que a ellas se acercan, al ver
la vida de estos santos, tan distinta de la vida de los demás
hombres, tan austera tan mortificada, se asustan y retroceden.


Enrique - Esta morada es deliciosísima, elevada casi
hasta el Cielo. Sus habitantes están revestidos de grande
gloria. Al ver uno sólo de ellos siento una felicidad tan
grande como no la he sentido al contemplar todos los
moradores de las rocas inferiores.


Pero me extraña, Señor, que tengáis tan desierta una
mansión tan deliciosa.


Jesucristo - Has de saber que no son éstos solamente,
sino muchos más los que Dios ha destinado para vivir en
esta roca, toda vez que en ella está la entrada que lleva al
origen de donde han salido todas las criaturas del Cielo y
de la tierra, y todos los hombres son llamados a la felicidad
que se encuentra en Dios.


Enrique - ¿Y cómo están estos hombres tan débiles y
fatigados, siendo así que por otra parte son interiormente
tan hermosos y resplandecientes como los espíritus angélicos?

Jesucristo - Nada tiene de extraño que sus fuerzas corporales
hayan quedado tan agotadas después de los esfuerzos y penalidades
que les ha costado subir a esta roca. Apenas si tienen ya en sus
venas una sola gota de sangre. Sus carnes están curtidas y consumidas.


Enrique - ¿Y cómo pueden vivir en estado tan deplorable?

Jesucristo - Es que el Espíritu Divino derrama sobre ellos un raudal de sangre inocente y vivificadora que los fortalece misteriosamente. Se han consumido de esta manera a fuerza de amar, y las llamas ardientes de la caridad no han llegado a destruir otra cosa que la porción rastrera y baja de la naturaleza.

Enrique - ¿De qué les viene ese resplandor interior que los convierte en ángeles de luz?

Jesucristo - Es que tienen una gracia de Dios tan
grande que no puede manifestarse toda de por fuera; ni
ellos la conocen, y lo que es más, que no desean conocerla.

Ya puedes ver que son muy pocos en número, pero
muy excelentes en méritos. Sobre ellos se sostiene la
Iglesia como sobre columnas solidísimas, y si no fuera por
ellos el Cristianismo moriría y el demonio tendría prendidos
en sus redes a todos los hombres del mundo.
En otros
tiempos ha sido mucho más crecido el número de estos
siervos de Dios.


Enrique - ¿Por qué, Señor, no los conserváis para que
sirvan de sostén a la Religión?


Jesucristo - Porque no quiero que vivan con los cristianos de ahora, tan decaídos y tan enemigos de la religiosidad: a estas almas tan santas, Dios las lleva pronto a Sí, para que no tengan el dolor de ver en la Iglesia tantas y tan lamentables defecciones.


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Message  Javier Ven 07 Jan 2022, 11:55 am

Su vida espiritual

Enrique - ¿Y cómo viven los moradores de esta roca?
¿Saben que están ya unidos a Dios, su principio?


Jesucristo - No lo saben de cierto, si bien a algunos
llega un reflejo, un resplandor, que de Dios les viene, y
por aquí pueden colegir que esta luz es la luz de la gracia.
Sospechan sentir la presencia de Dios en sus almas; pero
se han entregado a El con tanta sinceridad y con tanta
pureza de miras, están tan afianzados en la fe católica,
que al verse favorecidos con estos solaces interiores
temen por sí mismos muchísimo más que cuando no los
poseen. De ese modo en el mundo no ansían otra cosa
que imitar fielmente los ejemplos que yo he dado.


Enrique - ¿Cómo se explica que no deseen ni amen
otras cosas, ni siquiera los consuelos y favores divinos?


Jesucristo - Están tan firmes en la fe, que no quieren
saber más que a Jesús crucificado; y por otra parte, es tan
grande su humildad que se reputan indignos de todas las
mercedes de Dios y de todos los consuelos del Cielo. Por
eso no los desean ni los piden nunca.


Enrique - ¿Qué piden, pues, en sus oraciones, si es
que no desean nada en la tierra ni en el Cielo?


Jesucristo - Lo que ellos piden es que todas las criaturas del universo glorifiquen a Dios, porque esto es lo que
siempre desean y lo que por todos los medios procuran. De tal modo se han resignado en El, que todo cuanto sucede
en el mundo, lo mismo a ellos que a las demás criaturas, lo estiman como dádiva del Cielo. Si Dios les da su gracia,
le bendicen; si se la retira, le bendicen también.


No ambicionan nada, absolutamente nada, en este
mundo; únicamente prefieren siempre el sufrimiento a la
alegría, porque son locos amantes de la Cruz
.


Enrique - Ya que nada aman, ¿al menos ya temerán
alguna cosa?


Jesucristo- No temen ni el infierno, ni el purgatorio,
ni al demonio, ni la vida, ni la muerte; están exentos de
todo temor servil. Lo único que temen es no poder imitar,
según sus deseos, los ejemplos de Cristo.


Son humildísimos, hasta el extremo de despreciarse
siempre en todo cuanto hacen, de considerarse inferiores
a todas las criaturas y de no atreverse a presentarse delante
de gente. Ven por igual a todos los hombres en Dios,
pero se aficionan con mayor cariño a los que son más
gratos a El.

Están muertos para el mundo y el mundo está muerto
para ellos.


Tienen completamente dominados y aun casi aniquilados
aquellos actos del espíritu en los cuales es más difícil
renunciar a la propia voluntad. Nunca hacen cosa por
sí; no buscan los placeres ni los honores.


Han renunciado a todas las criaturas en el tiempo y en
la eternidad, y viven en una ignorancia sublime, pues no
saben más que a Jesucristo crucificado.

No contemplan ni quieren contemplar su origen, porque
se juzgan indignos de todo lo que sea alegría en esta
vida.


Enrique - ¿Los tienta aún el demonio, o se da ya por
vencido?


Jesucristo - El demonio agota contra ellos todos los
recursos del infierno, y recurre a todas las tentaciones
imaginables, y no ceja nunca en atormentarlos; pero ellos
están siempre tan inquebrantables como la roca en que
viven y ni siquiera se dan cuenta de las tentaciones porque
están siempre decididos y preparados para sufrir con
alegría las pruebas y las cruces que Dios les envía o permite,
aun cuando a las que sufren y sufrirán se añadiesen
de nuevo las muchas que ya han padecido.


Su mirada está siempre fija en Jesús herido, chorreando sangre, cargado con la cruz que le ha dado su Padre, y ellos no quisieran extraviarse por otros caminos.

Viven ignorados del mundo, pero el mundo no les es desconocido, porque han llegado a descubrir todas sus vanidades y todas sus perfidias.


Por último, son los niños mimados de Dios, sus amigos predilectos, los verdaderos adoradores que adoran al Padre en espíritu y en verdad.


CONTINUARÁ...
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