EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

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Message  Javier le Mar 19 Fév 2019, 10:47 am

CAPÍTULO LV - Como debemos prepararnos para la comunión, a fin de excitar en nosotros el amor de Dios

Si quieres, hija mía, que el sacramento de la Eucaristía produzca en ti sentimientos y afectos de amor de Dios, acuérdate del íntimo amor que Él te ha tenido; y desde la tarde que precederá a tu comunión, considera atentamente que este Señor, cuya majestad y poder no tienen límites ni medida, no contentándose con haberte creado a su imagen y semejanza, y haber enviado al mundo a su unigénito Hijo para que expiase tus culpas con los trabajos continuos de treinta y tres años, y con una muerte no menos acerba que ignominiosa en una cruz, te lo ha dejado en este divino Sacramento para que sea tu sustento y refugio en todas tus necesidades.

Considera bien, hija, cuán grande, cuán singular, y cuán perfecto es este amor en todas sus circunstancias:

1. Si miras y atiendes a su duración, hallarás que es eterno, y que no ha tenido principio; por que así como Dios es eterno en su divinidad, así lo es en el amor con que decretó en su mente divina darnos a su único Hijo de un modo tan admirable.

Con esta consideración, llena de un júbilo interior, le dirás: ¿Es posible que en aquel abismo de eternidad fuera mi pequeñez tan estimada y tan amada de Dios, que se dignase pensar en mí antes de todos los siglos, y desease con tan inefable caridad darme por alimento la carne y la sangre de su único Hijo?

2. No hay amor en las criaturas, por vehemente que sea, que no tenga su término; solamente el amor con que Dios nos ama no tiene límites ni medida. Queriendo, pues, aquel sumo Bien satisfacer plenamente este amor, nos envió desde el cielo a su mismo Unigénito, en todo igual a Él, y de una misma sustancia y naturaleza, y así tan grande es el amor como el don, y el don como el amor, siendo el uno y el otro infinito, y sobre toda inteligencia creada.

3. Si Dios nos ama con tanto exceso, no es por fuerza o por necesidad, sino solamente por su intrínseca Bondad, que naturalmente lo inclina a colmarnos con sus beneficios.

4. Si atiendes al motivo de tan grande amor, no hallarás otro que su infinita liberalidad, porque de nuestra parte no precedió ni pudo preceder mérito alguno que moviese a este inmenso Señor a ejecutar con nuestra vileza tan grande exceso de amor.

5. Si vuelves el pensamiento a la pureza de este amor, verás claramente que no tiene como los amores del mundo ninguna mezcla de interés: Dios, hija mía, no necesita de nosotros ni de nuestros bienes (Ps. XV, 24), porque tiene dentro de sí mismo, sin dependencia de nadie, el principio de su felicidad y de su gloria. Si derrama sobre nosotros sus bendiciones, lo hace únicamente por nuestra utilidad y no por la suya.

Ponderando en lo íntimo de tu corazón estas cosas, dirás interiormente: "Quién hubiera creído, Señor, que un Dios infinitamente grande cómo Vos hubiese puesto su amor en una criatura tan vil y tan despreciable como yo? ¿Qué pretendéis Vos, oh Rey de la gloria? ¿Qué podéis esperar de mí, que no soy sino polvo y ceniza? Pero ya descubro bien, oh Dios mío, a la luz de vuestra encendida caridad, que sólo un motivo tenéis que más claramente me manifiesta la pureza de vuestro amor. Vos no pretendéis otra cosa en daros y comunicaros enteramente a mí en este Sacramento, sino transformarme en Vos, a fin de que yo viva en Vos, y Vos viváis en mí, y de que con esta unión íntima, viniendo yo a ser una misma cosa con Vos, se trueque un corazón todo terreno, como el mío, en un corazón todo espiritual como el vuestro."

Después de esto entrarás en sentimientos y afectos de admiración y de alegría, por ver las señales y pruebas que el Hijo de Dios te da de su estimación y de su amor, persuadiéndote que no busca ni pretende otra cosa que ganar tu corazón, y unirte consigo; y desasiéndote de las criaturas y de ti misma que eres del número de las más viles criaturas, te ofrecerás enteramente a su Majestad en holocausto, a fin de que tu memoria, tu entendimiento, tu voluntad y tus sentidos no obren con otro movimiento que con el de su amor, ni con otro fin que el de agradarle.

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Message  Javier le Mer 20 Fév 2019, 6:50 am

Considerando después que, sin su gracia, nada es capaz de producir en nosotros las disposiciones necesarias para recibirlo dignamente en la Eucaristía, le abrirás tu corazón, y procurarás atraerlo con jaculatorias breves, pero vivas y ardientes; como son las que siguen: ¡Oh manjar celestial! ¡Cuándo llegará la hora en que yo me sacrifique toda a Vos, no con otro fuego que con el de vuestro amor!

Cuándo, oh amor increado, oh pan vivo, cuándo llegará el tiempo en que yo viva únicamente en Vos, por Vos y para Vos! ¡Oh maná del cielo, vida dichosa, vida eterna, cuándo vendrá el día venturoso, en que, aborreciendo todos los manjares de la tierra, yo no me alimente sino de Vos! ¡Oh sumo Bien mío, única alegría mía, cuándo llegará este dichoso tiempo! ¡Desasid, Dios mío, desde ahora, desasid este corazón de las criaturas; libradlo de la servidumbre de sus pasiones y de sus vicios, adornadlo de vuestras virtudes; extinguid en él cualquier otro deseo que el de amaros, serviros y agradaros. De este modo yo os abriré todo el corazón, os convidaré y aun usaré, si fuere necesario, de una dulce violencia para atraeros. Vos vendréis, en fin, entraréis y os comunicaréis a mí, oh único tesoro mío, y obraréis en mi alma los admirables efectos que deseáis. En estos tiernos y afectuosos sentimientos, podrás, hija mía, ejercitarte por la tarde y por la mañana, a fin de prepararte para la Comunión.

Cuando ésta se acerca, considera bien a quién vas a recibir; y advierte, que es el Hijo de Dios, de Majestad tan incomprensible, que en su presencia tiembla los cielos (Job. XXVI, II) y todas las potestades; el Santo de los Santos, el espejo sin mancha (Sab. VII, 26), la pureza increada, en cuya comparación son inmundas todas las criaturas (Job. XV, 15. – XXV), aquel Dios humillado, que por salvar a los hombres quiso hacerse semejante a un gusano de la tierra (Ps. XXI, 7), ser despreciado, escarnecido, pisado, escupido y crucificado por la ingratitud y detestable malicia de los hombres.

Piensa que es el inmenso y omnipotente Señor, árbitro de la vida y de la muerte (Eccli. XI, 14), y de todo el universo; y por otra parte que tú de tu propio caudal y fondo no eres sino la pura nada, que por tus pecados te has hecho inferior a las más viles criaturas irracionales, y que, en fin, mereces ser esclava de los mismos demonios.

Imagina y piensa, que en retorno de los beneficios y obligaciones infinitas que debes a tu Salvador, le has ultrajado cruelmente, hasta pisar con execrable vilipendio la sangre que derramó por ti, y fue el precio de tu redención; y con todo, su caridad, siempre constante y siempre inmutable, te llama y te convida a su mesa (Jerem. XXXI), y alguna vez te amenaza con enfermedad mortal para obligarte a que asistas a ella (Luc. XIV). Este Padre misericordioso está siempre pronto a recibirte; y aunque a sus ojos comparezcas cubierta de lepra, coja, hidrópica, ciega, endemoniada, y lo que es peor, llena de vicios y de pecados, no por esto te cierra la puerta (Isai. LX, II), ni te vuelve las espaldas. Todo lo que pide y desea de ti es: 1° Que tengas un sincero dolor de haberlo ofendido tan indignamente. 2° Que aborrezcas y detestes sobre todas las cosas, no solamente el pecado mortal, sino también el venial. 3° Que estés aparejada y dispuesta a hacer siempre su voluntad, y que en las ocasiones que se ofrecieren la ejecutes prontamente y con fervor. 4° Que tengas después una firme confianza de que te perdonará todas tus culpas, te purificará de todos tus defectos, y te defenderá de todos tus enemigos.

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Message  Javier le Sam 23 Fév 2019, 5:30 am

Confortada con este amor inefable del Señor, te llegarás después a comulgar con un temor santo y amoroso, diciendo: "Yo no soy digna, Señor, de recibiros, porque os he ofendido muy gravemente, y no he llorado como debo vuestra ofensa, ni dado alguna satisfacción a vuestra justicia. No soy digna, Señor, de recibiros, porque no estoy totalmente purificada del afecto de las culpas veniales. No soy digna, Señor, de recibiros, porque aún no me he entregado de todo corazón a vuestra obediencia y voluntad. Pero ¡oh Dios mío, único bien y esperanza mía! ¿A dónde iré, si me retiro de Vos? Lejos de Vos, ¿en dónde hallaré la vida? ¡Ah, Señor! No os olvidéis de vuestra Bondad, acordaos de vuestra palabra, hacedme digna de que os reciba dentro de mi pecho con fe y amor. Con temblor me acerco a Vos; mas también llena de confianza; vuestra Divinidad que toda entera se oculta en vuestro Sacramento, me llena de un miedo religioso, pero al mismo tiempo vuestra infinita Bondad, que en este misterio derrama con una especie de profusión todos sus tesoros, me anima extraordinariamente."

Después que hubieres comulgado, entrarás luego en un profundo recogimiento, y cerrando la puerta de tu corazón (Matth. VI), no pienses sino en tratar y conversar con tu Salvador, diciéndole estas, o semejantes palabras: "Oh soberano Señor del cielo, ¿quién ha podido obligaros a descender desde vuestro trono a una criatura pobre, miserable, ciega y desnuda como yo? El Señor te responderá luego: El amor. Tú le replicarás: ¡Oh amor increado! ¿qué pretendéis y deseáis de mí? Ninguna otra cosa, te responderá, sino tu amor."

Yo no quiero, hija mía, en tu corazón otro fuego que el de la caridad: este fuego, victorioso de los ardores impuros, de tus pasiones, abrasará tu voluntad (Deut. IV), y hará de ella una preciosa víctima: esto es lo que deseo y he deseado siempre de ti. Yo quiero ser todo tuyo, y que tú seas toda mía; lo cual no podrá ser mientras, no haciendo de ti aquella resignación en mi voluntad, que tanto me agrada y me deleita, estuvieres pegada al amor de ti misma, a tu propio parecer, al deseo de la libertad y de la vanagloria del mundo.

Nada, pues, hija mía, pretendo y quiero de ti, sino que te aborrezcas a ti misma, a fin de que puedas amarme: que me des tu corazón (Prov. XXIII) para que yo pueda unirlo con el mío, que fue abierto para ti en la cruz (Joann. XIV, 34). Bien ves, hija mía, que yo soy de infinito precio (I Cor. VI); y no obstante es tanta mi Bondad, que sólo quiero apreciarme en lo mismo que vales tú: cómprame, pues, hija mía, cómprame, pues no te cuesto más que el darte enteramente a mí. Yo quiero que a mí solo me busques, en mí solo pienses, a mí solo me escuches, mires y atiendas, a fin de que yo sea el único objeto de tus pensamientos y de tus deseos, y no obres sino solamente en mí, y para mí. Quiero también que tu nada llegue a sumergirse enteramente en mi grandeza infinita, para que de esta suerte tú halles en mí toda tu felicidad y contento, y yo halle en ti complacencia y descanso.

Finalmente, ofrecerás al eterno Padre su Unigénito amado, primero en acción de gracias, después por tus propias necesidades, por las de toda la santa Iglesia, de todos tus parientes, de aquellas personas a quienes tienes alguna obligación, y por las almas del purgatorio; uniendo este ofrecimiento con el que el mismo Salvador hizo de sí mismo en el árbol de la cruz (Luc. XXIII, 46), cuando cubierto de llagas y de sangre se ofreció en holocausto a su Padre por la redención del mundo; y asimismo le podrás ofrecer todos los sacrificios que en aquel día se ofrecieren a Dios en su santa Iglesia.

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Message  Javier le Dim 24 Fév 2019, 5:17 am

CAPÍTULO LVI - De la comunión espiritual

Aunque no se puede recibir el Señor sacramentalmente sino una sola vez al día, no obstante se puede recibir espiritualmente, como dije arriba, cada hora y cada momento. Este es un bien, hija mía, de que solamente puede privarnos nuestra negligencia o culpa; y para que comprendas su fruto y excelencia, sabe que algunas veces será más útil al alma y más agradable a Dios esta comunión espiritual, que muchas comuniones sacramentales, si se reciben con tibieza y sin la debida preparación.

Siempre que estuvieres dispuesta, hija mía, para esta especie de Comunión, el Hijo de Dios estará pronto a darse y comunicarse a ti para ser tu alimento.

Cuando quisieras prepararte a recibirlo de este modo, levanta tu espíritu hacia Él, y después que hayas hecho alguna reflexión sobre tus pecados, le manifestarás un verdadero y sincero dolor de tu ofensa. Después le pedirás con profundo respeto, y con viva fe, que se digne venir a tu alma, y que derrame en ella nuevas bendiciones y gracias, para curarla de sus flaquezas, y fortalecerla contra la violencia de sus enemigos.

Asimismo, siempre que quisieres mortificar alguna de tus pasiones, o hacer algún acto de virtud, te servirás de esta ocasión para preparar tu corazón al Hijo de Dios, que te lo pide continuamente; y volviéndote después a Él, pídele con fervor que se digne venir a ti, como médico, para curarte, y como protector para defenderte, a fin de que ninguna cosa le estorbe o le impida poseer tu corazón.

Acuérdate también de tu última comunión sacramental, y encendida toda en el amor de tu Salvador, le dirás: '¿Cuándo, Dios y Señor mío, volveré a recibiros dentro de mi pecho? ¿Cuándo llegará este dichoso día?' Pero si quieres disponerte mejor y más debidamente para esta comunión espiritual, dirigirás desde la tarde precedente todas las mortificaciones, actos de virtud, y demás buenas obras que hicieres, a este fin.

Considerando cuán grande es el bien y felicidad del alma que comulga dignamente, pues por este medio recobras las virtudes que ha perdido, vuelve a su antigua y primera hermosura, participa de los preciosos frutos y méritos de la cruz, y haz, en fin, una acción muy agradable al eterno Padre (el cual desea que todos gocen de este divino Sacramento), procura excitar en tu corazón un deseo ardiente de recibirlo, por contentar y agradar a quien con tanto amor desea comunicarse a ti, y en esta disposición le dirás: 'Señor, ya que no me es permitido recibiros hoy sacramentalmente, haced a lo menos, por vuestra infinita Bondad, que purificada de todas mis imperfecciones, y curada de todas mis dolencias y enfermedades, yo merezca recibiros espiritualmente cada día y cada hora del día, a fin de que, hallándome fortificada con nueva gracia, resista animosamente a mis enemigos, y principalmente al que ahora, por agradaros y contentaros, hago particularmente la guerra.'

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Message  Javier le Ven 01 Mar 2019, 4:30 pm

CAPÍTULO LVII - Del modo de dar gracias a Dios

Siendo de Dios todo el bien que poseemos (Jacob. I, 17) y obramos, es muy justo que le rindamos continuas acciones de gracias por todas las buenas obras que hacemos, por todas las victorias que alcanzamos de nosotros mismos, y por todos los beneficios comunes y particulares que recibimos de su mano.

Para que podamos satisfacer propia y debidamente esta obligación, hemos de considerar el fin que mueve al Señor derramar con tanta liberalidad sobre nosotros sus bendiciones y gracias; porque este conocimiento nos enseñará de qué modo quiere que le mostremos nuestra gratitud y reconocimiento. Como su fin principal en los favores y misericordias que nos reparte, es exaltar su gloria y atraernos a su servicio, harás desde luego esta reflexión dentro de ti misma: '¡Oh, con cuánto poder, sabiduría y bondad se ha dignado Dios hacerme este beneficio!'

Después, considerando que en ti misma no hay verdaderamente cosa alguna que merezca semejante gracia, antes bien muchas ingratitudes y culpas que te hacen indigno de ella, dirás al Señor con profundísima humildad: '¿Es posible, Señor, que con tanta bondad y misericordia os dignéis poner los ojos en la más vil y abominable de todas vuestras criaturas, y colmarla de vuestros favores y beneficios? Sea vuestro nombre bendito y alabado por todos los siglos de los siglos.'

Finalmente, viendo que en retorno de tantos beneficios no te pide otra cosa sino que ames y sirvas a tu bienhechor, concebirás grandes sentimientos de amor por un Dios tan bueno, y deseos fervientes de hacer en todas las cosas su divina voluntad; y a este fin añadirás un sincero ofrecimiento de ti misma en el modo que verás en el capítulo siguiente.

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Message  Javier le Dim 03 Mar 2019, 5:13 am

CAPÍTULO LVIII - Del ofrecimiento

Para que este ofrecimiento sea muy agradable a Dios, se han de observar dos circunstancias: la primera es que ha de unirse y acompañarse con los ofrecimientos que hizo Jesucristo a su eterno Padre en el curso de su vida pasible y mortal; la segunda, que nuestro corazón esté desasido enteramente del amor de las criaturas.

En orden a la primera, has de saber que mientras vivía el Señor en este valle de lágrimas, ofrecía a su Padre celestial, no solamente su persona y sus acciones particulares, sino también las de todos los hombres con sus mismas personas. Conviene, pues, hija mía, que juntemos nuestros ofrecimientos con los suyos, para que con esta unión los suyos santifiquen los nuestros.

En cuanto a la segunda, importa mucho examinar bien, antes de hacer este sacrificio de nosotros mismos, si nuestro corazón tiene alguna adhesión o apego a las criaturas; y si reconociéremos que no está libre y exento de toda afición impura y terrena, debemos recurrir al Señor y pedirle que rompa nuestros lazos, a fin de que no haya cosa alguna en nosotros que nos impida el ser enteramente suyos. Este punto, hija mía, es muy importante, porque ofrecernos a Dios, estando asidos a las criaturas, es burlarnos en alguna manera de Dios; pues como entonces no somos señores de nosotros mismos, sino esclavos de aquellas criaturas a quienes hemos entregado nuestro corazón, venimos a ofrecer a Dios una cosa que no es verdaderamente nuestra, sino ajena: de donde nace que aunque muchas veces nos ofrecemos a Dios, como siempre nos ofrecemos de esta manera, no solamente no crecemos en las virtudes, sino antes bien caemos en nuevas imperfecciones y pecados.

Bien podemos algunas veces ofrecernos a Dios, aunque tengamos algún apego a las cosas del mundo; pero esto ha de ser solamente a fin de que su Bondad infinita nos inspire la aversión y disgusto de las criaturas, y podamos después, sin algún estorbo, entregarnos a su servicio. Importa mucho repetir este ofrecimiento con frecuencia y fervor.

Sean, pues, hija mía, puros todos nuestros ofrecimientos: no tenga en ellos alguna parte nuestra propia voluntad; no atendamos ni a los bienes de la tierra, ni a los del cielo; miremos solamente a la voluntad de Dios; adoremos su Providencia, y sujetémonos ciegamente a sus órdenes y disposiciones, sacrifiquémosle todas nuestras inclinaciones, y olvidándonos de todas las cosas creadas, digámosle: 'Veis aquí, Dios y Creador mío, que yo os ofrezco y consagro todo lo que tengo: yo sujeto y rindo enteramente mi voluntad a la vuestra; haced de mí lo que fuere de vuestro divino agrado, así en la vida como en la muerte, así en el tiempo como en la eternidad.'

Si estos afectos y sentimientos fueren sinceros y verdaderos, y te nacieren del corazón, lo cual conocerás fácilmente al sucederte cosas contrarias y adversas, adquirirás en breve tiempo grandes merecimientos, que son tesoros infinitamente más preciosos que todas las riquezas de la tierra; serás toda de Dios, y Dios será todo tuyo, porque Él se da siempre a los que renuncian a sí mismos, y a todas las criaturas por su amor. Esto, hija mía, es sin duda un poderoso medio para vencer todos tus enemigos: porque si con este sacrificio voluntario llegas a unirte de tal suerte con Dios, que seas toda suya y recíprocamente Él todo tuyo, ¿qué enemigo habrá que sea capaz de perjudicarte?

Pero descendiendo a más distinta y particular especificación de este punto, que siempre que quisieres ofrecer a Dios alguna obra tuya, como ayunos, oraciones, actos de paciencia, y otras acciones meritorias, conviene que desde luego te acuerdes de los ayunos, oraciones y acciones santas de Jesucristo; y poniendo toda tu confianza en el valor y mérito de ellas, presentes así las tuyas al Padre eterno. Pero si quieres ofrecerle los tormentos y penas que sufrió nuestro Redentor en satisfacción de nuestros pecados, podrás hacerlo de este modo o de otro semejante:

Represéntate en general o en particular los desórdenes de tu vida pasada; y hallándote convencida de que por ti misma no puedes aplacar la ira de Dios, ni satisfacer su justicia, recurre a la vida y pasión de tu Salvador; acuérdate que cuando oraba, ayunaba, trabajaba y vertía su sangre, todas estas acciones y penas las ofrecía a su eterno Padre, a fin de obtenernos una perfecta reconciliación con su Majestad divina: 'Vos veis, le decía, Padre mío celestial y eterno, que conformándome con vuestra voluntad, satisfago superabundantemente (Psalm. CXXIX) vuestra justicia por los pecados y deudas de N. Sea, pues de vuestro divino agrado perdonarlo y recibirlo en el número de vuestros escogidos.'

Conviene, hija mía, que entonces juntes tus ruegos con los de Jesucristo, y pidas al Padre eterno que use contigo de misericordia por los méritos de la pasión de su santísimo Hijo. Esto podrás practicar siempre que medites sobre la vida o muerte de nuestro Redentor, no solamente cuando pases de un misterio a otro, sino también de una circunstancia a otra de cualquier misterio; y de este género de ofrecimiento te podrás servir, ya ruegues por ti, o ya ruegues por otros.

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Message  Javier le Lun 04 Mar 2019, 10:34 am

CAPÍTULO LIX - De la devoción sensible y de la sequedad del espíritu

La devoción sensible procede o de la naturaleza, o del demonio, o de la gracia. De los efectos que obrare o produjere en ti, podrás, hija mía, conocer fácilmente su origen; porque si no produce la enmienda y reformación de tu vida, puedes justamente temer que proceda del demonio o de la naturaleza, principalmente si te inclinas y te aficionas con exceso al gusto y dulzura que te causa, y vienes a concebir mejor opinión de ti misma.

Siempre, pues, que sintieres lleno tu corazón de consolaciones y gustos espirituales, no pierdas el tiempo en examinar la causa de donde proceden; procura solamente tener tu nada delante de los ojos; conservando un grande aborrecimiento de ti misma, y desnudándote de toda inclinación o afecto particular a cualquier objeto creado, aunque sea espiritual; no busques sino solamente a Dios, ni desees más que agradarle; porque de este modo, aunque la dulzura o gusto que sientes proceda de un mal principio, mudará de naturaleza y empezará a ser un efecto de la gracia.

La sequedad del espíritu puede igualmente proceder de las mismas tres causas:

1 Del demonio, que suele servirse de este medio para, enfriarnos en el servicio de Dios, desviarnos del camino de la virtud, y aficionarnos a los vanos placeres del mundo.

2 De la naturaleza corrompida, que nos precipita en muchas imperfecciones y faltas, nos hace tibios y negligentes, y nos inclina poderosamente al amor de los bienes de la tierra.

3 De la gracia, por diversos fines: o para avisarnos que seamos más diligentes en apartar de nosotros cualquier afecto, propensión y ocupación que nos desvíe de Dios, y que no lo tenga por fin; o para que conozcamos con experiencia que todo nuestro bien procede (Jacob. IV) de su infinita Bondad; o para que en adelante hagamos más estimación de sus dones, y seamos más humildes y cautos en conservarlos; o para que procuremos unirnos más estrechamente con su divina Majestad, con una total abnegación de nosotros mismos, y de los gustos y dulzuras espirituales, a que, aficionada nuestra voluntad, divide el corazón que el Señor quiere todo para sí (Prov. XXIII) o finalmente, porque su divina Majestad se complace, para bien y utilidad nuestra, en que combatamos con todas las fuerzas, valiéndonos del auxilio de su gracia.

Siempre, pues, hija mía, que sintieres alguna sequedad de tu espíritu, entra dentro de ti misma, registra con los ojos de la consideración toda tu conciencia, y mira qué defecto hay en ella que te haya privado de la devoción sensible, y procura corregirlo y enmendarlo luego, no por recobrar el gusto sensible de la gracia, sino por desterrar de tu corazón todo lo que ofende y desagrada a Dios.

Pero si después de un exacto y diligente examen de tu conciencia, no hallares en ti defecto alguno, no pienses más en la devoción sensible; procura solamente adquirir la verdadera devoción, la cual consiste en resignarse enteramente a la voluntad de Dios. No dejes jamás tus ejercicios espirituales, antes bien continúalos con constancia, por infructuosos que te parezcan, bebiendo con gusto el cáliz de amargura que te ofrece tu Padre celestial.

Y si sobre la sequedad interior que padeces, y te hace como insensible a las cosas de Dios, sientes también tu espíritu embarazado y lleno de tan oscuras tinieblas, que no sepas cómo determinarte, ni qué partido o consejo abrazar en esta confusión; no por eso, hija mía, te desalientes, antes bien procura estar siempre unida con la cruz que el Señor te envía, despreciando todos los alivios humanos, y todos los vanos consuelos que pueden darte el mundo y las criaturas.

No descubras tu pena sino solamente a tu padre espiritual, a quien deberás manifestarla, no para hallar alivio o consuelo, sino instrucción y luz para saberla sufrir con una entera y perfecta resignación en la divina voluntad.

No frecuentes las comuniones, ni apliques las oraciones y otros ejercicios espirituales, a fin de que el Señor te libre de la cruz, sino sólo a fin de que te dé fuerza y vigor para estar y permanecer en ella a su ejemplo y a su mayor honra y gloria y hasta la muerte.

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Message  Javier le Ven 15 Mar 2019, 7:29 pm

Si la oscuridad y turbación de tu espíritu no te permitieren orar y meditar como solías, ora y medita siempre en la mejor forma y modo que pudieres; y si no pudieres orar con el entendimiento, suple este defecto con los afectos de la voluntad y con las palabras; hablando contigo misma y con tu Señor, sentirás en ti maravillosos efectos de esta santa práctica, y tu corazón cobrará grande vigor y aliento, para no desmayar en las tribulaciones.

Dirás, pues, en estos casos, hablando contigo misma: Quare tristis es, anima mea, et quare con turbas me? (Psalm. XLII, 5). ¡Oh alma mía! ¿por qué estás tan triste, y por qué me causas tanta inquietud y pena? Spera in Deo; quoniam adhuc confitebor illi salutare vultus mei, et Deus meus: Espera en Dios: porque yo confesaré aún sus alabanzas, pues es mi Salvador y mi Dios. Ut quid Domine recessisti longe des picis in opportunitatibus, in tribulatione? (Psalm. IX, 22). Non me derelinquas usquequaque (Psalm. CXVIII). ¿De dónde nace, Señor, que Vos os hayáis alejado de mi? ¿Por qué me menospreciáis, cuando necesito más de vuestra asistencia? No me desamparéis de todo punto.

Y acordándote de los sentimientos que Dios inspiró a Sara, mujer de Tobías en el tiempo de las tribulaciones, dirás como ella con viva y alentada voz: 'Dios mío todos los que os sirven, saben que si son probados en esta vida con aflicciones, serán coronados: que si gimen con el peso de sus penas, serán algún día libres y exentos de toda tribulación: si Vos los castigáis con justicia, podrán recurrir a vuestra misericordia; porque Vos no gustáis de vernos perecer. Vos hacéis que suceda la calma a la tempestad, y la alegría al llanto. ¡Oh Dios de Israel! sea vuestro nombre bendito y alabado en todos los siglos' (Tob. XIII, 3).

Represéntate también a tu divino Salvador, que en el huerto y en el Calvario se vio desamparado de su eterno padre en la parte inferior y sensitiva; y llevando la cruz con Él, dirás de todo corazón (Matth. XXVI, 42): Fiat voluntas tua: Hágase vuestra voluntad, y no la mía. De este modo, hija mía, juntando el ejercicio de la paciencia con el de la oración, adquirirás infaliblemente la verdadera devoción, por el sacrificio voluntario que harás de ti misma a Dios; porque como ya he dicho, la verdadera devoción consiste únicamente en una voluntad pronta y determinada de seguir a Jesucristo con la cruz, por dondequiera que nos llamare; en amar a Dios porque merece ser amado; y en dejar, si fuere necesario, a Dios por Dios. Si muchas personas que se dan a la vida espiritual y devota, especialmente las mujeres, midiesen por esta devoción, y no por la sensible su aprovechamiento, no serían engañadas de sí mismas, ni del demonio; ni murmurarían, como suelen, contra Dios, quejándose con detestable ingratitud de la gracia y singular favor que les hace de probar su paciencia; antes se aplicarían a servirlo con mayor fervor y fidelidad, sabiendo que con su providencia misericordiosa ordena o permite todas las cosas para su gloria y para nuestro bien.

Es también muy peligrosa la ilusión que padecen algunas mujeres, las cuales, aunque aborrecen verdaderamente el pecado, y ponen todo el cuidado posible de evitar las ocasiones peligrosas; no obstante, si el espíritu inmundo las molesta con pensamientos deshonestos y abominables, y con visiones torpes y horribles, se afligen, se turban y pierden el ánimo, porque creen que Dios las ha desamparado enteramente, no pudiendo persuadirse que el Espíritu Santo quiera habitar en un alma, llena de pensamientos tan impuros; y así, preocupadas de esas falsas ideas, se abandonan de tal suerte a la tristeza y a la desesperación, que casi vencidas de la tentación, piensan dejar sus ejercicios espirituales, y volverse a Egipto (Núm. XIV, 4,).

Este error nace comúnmente de no comprender semejantes almas el favor insigne que Dios les hace en permitir que sean tentadas, pues las reduce por este medio al conocimiento de sí mismas, y las obliga y fuerza a recurrir, como necesitadas de socorro, a su Bondad infinita. También en este proceder descubren claramente su enorme ingratitud; pues se lamentan y duelen de lo mismo que debería dejarlas reconocidas y obligadas a su divina Misericordia.

Lo que en semejantes casos debemos hacer, hija mía, es considerar bien las inclinaciones perversas de nuestra naturaleza corrompida; porque Dios, que conoce lo que nos es más útil y saludable, quiere que comprendamos bien nuestra facilidad y detestable propensión al pecado; y que sin su asistencia y socorro, nos precipitaríamos en la más funesta y formidable de todas las desgracias. Después debemos obligarnos a la confianza en su divina Misericordia, persuadiéndonos firmemente que, pues nos hace ver el peligro, desea y pretende atraernos y unirnos más estrechamente a sí con la oración; de lo cual le tenemos que dar las más rendidas y humildes gracias.

Pero volviendo a los pensamientos torpes y deshonestos, has de advertir, hija mía, y tener por regla segura, que se disipan mejor con un humilde sufrimiento de la pena y mortificación que nos causan, y con la aplicación de nuestro espíritu a algún otro objeto, que con una resistencia inquieta y forzada.

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Message  Javier le Dim 17 Mar 2019, 6:44 am

CAPÍTULO LX - Del examen de conciencia

Tres cosas debes considerar, hija mía, en el examen de tu conciencia; la primera, las faltas cometidas durante todo el día; la segunda, las ocasiones en que se originaron; la tercera, la disposición en que te hallas de comenzar de nuevo a corregir tus vicios, y adquirir las virtudes contrarias.

En cuanto a las faltas cometidas, observarás lo que dejo advertido en el capítulo XXVI, que contiene todo lo que debemos hacer cuando hubiéremos caído en algún pecado. Por lo que hace a las ocasiones de tus caídas, procurarás evitarlas con todo el cuidado y vigilancia posible.

En fin, para enmendar y corregir tus defectos, y adquirir las virtudes que te faltan, fortificarás tu voluntad con la desconfianza de ti misma, con la oración y con frecuentes deseos de destruir tus viciosas inclinaciones, y de adquirir hábitos buenos.

Si te pareciere que has conseguido algunas victorias contra ti misma, o que has ejecutado algunas buenas obras, guárdate de pensar mucho en ellas, si no quieres perder el mérito y el fruto; y de que se introduzca insensiblemente en tu corazón algún sentimiento oculto de presunción y de vanagloria. Procura en estos casos poner todas tus obras, tales cuales fueren, en las manos de la Misericordia divina, y no pienses sino en satisfacer y cumplir con mayor fervor que nunca todas tus obligaciones.

No te olvides de rendir a Dios humildes acciones de gracias por todos los socorros que en este día has recibido de su divina mano. Reconócele por único Autor de todos los bienes (Jacob. I), y alaba y ensalza particularmente su Misericordia, porque te ha librado de tantos enemigos, ya visibles y manifiestos, ya invisibles y ocultos; porque te ha inspirado buenos pensamientos, te ha dado ocasiones de ejercitar las virtudes, y te ha hecho, en fin, otros muchos beneficios que no conoces.

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Message  Javier le Lun 18 Mar 2019, 10:57 am

CAPÍTULO LXI - Cómo en este combate espiritual debemos perseverar hasta la muerte

Entre las cosas que son necesarias en este combate, la más principal es la perseverancia, que es la virtud con que debemos aplicarnos sin intermisión ni descanso a mortificar nuestras pasiones, que nunca llegan a morir mientras vivimos, antes bien, brotan y crecen siempre en nuestro corazón, como en campo fértil de malas hierbas.

Es locura el pensar que podemos dejar de combatir mientras vivimos; porque esta guerra no se acaba sino con la vida, y cualquiera que rehusare la pelea, perderá infaliblemente la libertad o la vida. Tenemos que luchar con enemigos irreconciliables, de los cuales no podemos esperar jamás paz ni tregua; porque es implacable y continuo el odio que nos tienen, y nunca es mayor el peligro de nuestra ruina que cuando nos fiamos de su amistad.

Pero si bien son muchos y formidables los enemigos que de todas partes nos cercan, no obstante, hija mía, no te espantes ni de su número, ni de sus fuerzas; porque en esta batalla solamente puede quedar vencido quien quiere serlo; y toda la fuerza y poder de nuestros enemigos está en las manos del Capitán, por cuyo honor y gloria hemos de combatir, el cual no solamente no permitirá que te ofendan ni que seas tentada sobre tus fuerzas (I Cor. X, 13), más tomará las armas en tu favor y defensa; y como más poderoso que tus contrarios, te dará infaliblemente la victoria, si combatiendo tú en su compañía vigorosamente, no pones la confianza en tus propias fuerzas, sino en su poder y bondad.

Mas si el Señor tardare en socorrerte, y te dejare en el peligro, no por eso pierdas el ánimo ni la confianza; cree firmemente que su divina Majestad dispondrá las cosas de suerte que todo lo que parece que impide la victoria, se convierta en beneficio y ventaja tuya.

Sigue, pues, hija mía, constante y generosamente a este celestial y divino Capitán que por ti sufrió la muerte, y muriendo venció al mundo. Combate animosamente debajo de sus insignias, no dejes las armas hasta tanto hayas destruido a todos tus enemigos; porque si dejares vivo uno solo, si te descuidares de corregir una sola de tus pasiones o vicios, esta pasión o vicio será como una paja en el ojo, o como una flecha en el corazón, que inhabilita para la pelea, retardará tu triunfo.

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Message  Javier le Mar 19 Mar 2019, 10:50 am

CAPÍTULO LXII - Del modo de prevenimos contra los enemigos que nos asaltan a la hora de la muerte


Aunque toda nuestra vida no es sino una continua guerra (Job. VI, I), es cierto, no obstante, que la principal y más peligrosa batalla será la última, porque de ella depende nuestra vida o nuestra muerte eterna (Eccles. XI).

Para no peligrar, pues, entonces con daño irreparable, procura ejercitarte en este combate ahora que Dios te concede el tiempo y las ocasiones; porque sólo quien combate valerosamente en la vida puede esperar ser victorioso en la muerte por la costumbre que ha adquirido de vencer a sus más formidables enemigos. Además, piensa frecuentemente y con atenta consideración en la muerte, porque de esta suerte, cuando estuviere vecina, te causará menos espanto, y tu espíritu estará más sereno, libre y pronto para la batalla (Eccles. II).

Los que se entregan a los placeres del mundo, huyen de esta consideración por no interrumpir el gusto que perciben de las cosas terrenas; porque como están asidos voluntariamente a ellas, les serviría de grande aflicción considerar que las habrán de dejar algún día; y así, no se disminuye en ellos el afecto desordenado, antes va siempre en aumento y cobra nuevas fuerzas; de donde proviene que les causa grande aflicción dejar esta vida y los deleites mundanos, siendo mayor la pena de aquellos hombres que gozaron más tiempo de ellos. Mas para prepararte mejor a este terrible paso del tiempo a la eternidad, imagínate alguna vez que te hallas sola y sin ningún socorro entre las angustias y congojas de la muerte; considera atentamente las cosas de que hablaré en los capítulos siguientes, que son las que entonces podrán causarte mayor aflicción y pena; y no te olvides de los remedios que te propongo, a fin de que puedas servirte de ellos en este último trance; porque conviene que aprendas a hacer bien lo que no has de hacer sino una sola vez, si no quieres cometer una falta irreparable que causaría tu infelicidad eterna.

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Message  Javier le Ven 22 Mar 2019, 8:43 am

CAPÍTULO LXIII - De cuatro géneros de tentaciones con que nos asalta el demonio a la hora de la muerte; y primeramente de la tentación contra la fe, y el modo de resistirla.

Con cuatro tentaciones peligrosas suelen principalmente asaltarnos nuestros enemigos en la hora de la muerte.

1 Con dudas sobre las cosas de la fe.

2 Con pensamientos de desesperación.

3 Con pensamientos de vanagloria.

4 Con diversos géneros de ilusiones de que estos espíritus de las tinieblas, transformándose en ángeles de luz, se sirven para engañarnos.

Por lo que mira a la primera tentación, si el enemigo te propone algún razonamiento falso o argumento sofístico, guárdate de disputar con él. Conténtate solamente con decirle con una santa indignación: 'Vete, maligno espíritu, padre de la mentira, que no te quiero escuchar; a mí me basta el creer cuanto cree la santa Iglesia católica romana.'

No te detengas jamás en los pensamientos que te vengan sobre la fe; y aunque te parezcan favorables y verdaderos, arrójalos de ti como sugestiones del demonio, que por este medio pretende embarazarte y confundirte, empeñándote insensiblemente en la disputa. Por si tuvieras tan ocupado tu espíritu en estos pensamientos que no puedas repelerlos, procura mantenerte invariable y firme en creer lo que cree la santa Iglesia católica romana; y no escuches ni las razones ni las autoridades mismas de la Escritura que te alegará el enemigo; porque aunque te parezcan claras y evidentes, serán, no obstante, truncadas o mal citadas, o mal interpretadas.

Si el maligno espíritu (Apoc. XII) te preguntare: '¿Qué es lo que cree la Iglesia romana?' no le des ninguna respuesta; mas persuadiéndote que su intento no es otro que sorprenderte y seducirte sobre alguna palabra ambigua, forma solamente en general un acto interior de fe; y si quieres quebrantar su orgullo y aumentar su despecho, respóndele que la santa Iglesia romana cree la verdad; y si replicare: '¿cuál es esta verdad?' no le respondas otra cosa sino que es lo que la Iglesia cree.

Sobre todo, hija mía, procura tener tu corazón con la cruz, y di a tu divino Redentor: 'Oh Creador y Salvador mío, socorredme presto, y no os apartéis de mi para que yo no me aparte de la verdad que Vos me habéis enseñado; y pues me habéis hecho la gracia de que haya nacido en vuestra Iglesia, hacedme también la de que yo muera en ella para vuestra mayor gloria.'

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Message  Javier le Dim 24 Mar 2019, 4:58 am

CAPÍTULO LXIV - De la tentación de la desesperación, y cómo podremos defendernos de ella

La segunda tentación del enemigo de nuestra eterna salud es un vano terror o espanto, que nos infunde con la representación y memoria de nuestras culpas pasadas, para precipitarnos en la desesperación.

Si te hallares hija mía, amenazada de este peligro, ten por regla general que la memoria de tus pecados será un efecto de la gracia, y te será muy saludable si produce en ti sentimientos de humildad, de compunción y de confianza en la divina misericordia; pero si te causare inquietud, desconfianza y pusilanimidad, aunque te parezca que tienes grandes motivos y fundamentos para persuadirte que estás reprobada y que ya no hay para ti esperanza de salud, reconócele luego por sugestión y artificio del demonio, y no pienses entonces sino en humillarte, y en confiar más que nunca en la bondad y misericordia de Dios; que de este modo eludirás todas las estratagemas del enemigo; lo vencerás con sus propias armas, y darás al Señor honor y gloria.

Conviene, hija mía, que tengas un vivo dolor de haber ofendido a esta Bondad infinita, siempre que te acordares de tus culpas pasadas; pero conviene también que le pidas perdón con una firme confianza en los méritos de tu Salvador; y aunque te parezca, que el mismo Dios te dice en lo secreto de tu corazón que tú no eres del número de sus escogidos (Joann. X), no por eso dejes de esperar en su misericordia; antes bien le dirás con humildad y confianza: 'Mucha razón tenéis, Dios mío, para reprobarme por mis pecados; pero yo la tengo mayor, para esperar que me perdonaréis por vuestra divina piedad. Yo os pido, pues, Señor, que os compadezcáis de esta miserable criatura vuestra, que si bien merece por su malicia la condenación eterna, está no obstante redimida con el precio infinito de vuestra sangre. Yo quiero salvarme, Redentor mío, para bendeciros y alabaros eternamente en vuestra gloria: toda mi confianza está en Vos. Yo me pongo enteramente en vuestras manos, haced de mí lo que fuere de vuestro agrado, porque Vos sois mi único y absoluto Señor; y aunque me queráis quitar la vida eterna, siempre he de tener vivas mis esperanzas en Vos.'

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Message  Javier le Sam 30 Mar 2019, 5:59 am

CAPÍTULO LXV - De la tentación de vanagloria

La tercera tentación es la vanagloria. Nada temas tanto, hija mía, como el dejarte inducir a la menor complacencia de ti misma y de tus obras. No te gloríes jamás sino en el Señor, y reconoce que todo el bien que hay en ti lo debes a los méritos de su vida y de su muerte. Conserva siempre, mientras te dure la vida, un grande odio y menosprecio de ti misma. Humíllate hasta el polvo con la reflexión de tu miseria y nada, y rinde incesantemente a Dios acciones de gracias, como Autor de todas las buenas obras que hubieres hecho. Pídele que te socorra en este peligroso asalto; pero no mires jamás el socorro de su gracia como precio de tus merecimientos, aun cuando hubieres conseguido grandes victorias sobre ti misma. Permanece invariablemente en un temor santo, y confiesa ingenuamente que todos tus cuidados serían inútiles, si Dios, que es toda tu esperanza, no te asistiese y amparase con su protección (Psalm. XVI, 8 ).

Con estas advertencias, hija mía, si puntualmente las observares, triunfarás fácilmente de todos tus enemigos; y te abrirás el camino para pasar con alegría a la celestial Jerusalén.

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Message  Javier le Dim 31 Mar 2019, 5:41 am

CAPÍTULO LXVI - Del asalto de las ilusiones y falsas apariencias en la hora de la muerte

Últimamente, hija mía, si nuestro común enemigo que no se cansa jamás de molestarnos y afligirnos transformándose en ángel de luz (II Cor. XI), se esfuerza por seducirte con ilusiones y falsas apariencias, procura mantenerte firme y constante en el conocimiento de tu nada; y dile animosamente: 'Retírate, infeliz; vuelve a las tinieblas de donde has salido; que yo no soy digna de que Dios me favorezca con visiones celestiales, ni necesito de otra cosa que la misericordia de mi amado Jesús, y de los ruegos de María santísima, del glorioso San José y de los demás Santos.'

Y si te pareciere, por muchas y casi evidentes señales, que son apariciones celestiales, no por eso dejes de repelerlas de ti; y no temas que esta resistencia tuya, fundada en el conocimiento de tu miseria, desagrade al Señor; porque si fueren cosas suyas, bien sabrá manifestarlo, para que no dudes, y no te suceda algún mal: pues el que da su gracia a los humildes (Jacob. IV, 6), no los priva de ella cuando se humillan.

Estas son, hija mía, las armas más comunes de que usa el demonio contra nosotros en el último combate; pero, además de esto, suele también asaltarnos particularmente por aquella parte que reconoce más flaca en nosotros; porque estudia y observa todas nuestras inclinaciones, para hacernos caer por ellas en el pecado. Por esta causa, antes que llegue la hora de esta grande y peligrosa batalla, debemos armarnos bien y pelear esforzadamente contra nuestras pasiones más violentas, y que más nos dominan, para que con más facilidad y menos trabajo podamos resistirlas y vencerlas en aquel tiempo formidable que será el fin de todos los tiempos.

"...et pugnabis contra eos usque ad internecionem eorum" (I Reg. XV, 18).

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Message  Javier le Lun 01 Avr 2019, 10:15 am

SEGUNDA PARTE - TRATADO PRIMERO QUE CONTIENE LAS ADICIONES AL COMBATE ESPIRITUAL

CAPÍTULO 1 - Qué cosa sea la perfección cristiana

Si quieres no fatigarte vanamente, y sin fruto, oh alma devota, en los ejercicios de la vida espiritual, como ha sucedido a muchos; ni caminar sin saber a dónde se dirige la vereda que sigues; conviene que entiendas y comprendas primeramente bien qué cosa sea la perfección cristiana.

La perfección cristiana no es otra cosa que una perfecta observancia de los preceptos de Dios y de su ley, con el solo fin de obedecerle y agradarle, sin declinar ni a la diestra ni a la siniestra, ni volver atrás (Deut. 32. – Isai. XX, 21). Et hoc est omnis horno (Ecles. XII 13): Y esto es todo el ser del hombre, o en esto consiste todo su ser.

De modo, que el fin de toda la vida del cristiano, que quiere serlo perfectamente, ha de ser engendrar y conservar en sí un hábito, con el cual, acostumbrándose a no hacer en cosa alguna su propia voluntad, todo lo que hiciere lo haga sólo como impulsado de la voluntad de Dios, y con el solo fin de agradarle, obedecerle y honrarlo.

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Message  Javier le Mer 03 Avr 2019, 9:37 am

CAPÍTULO II - Cómo conviene combatir para alcanzar la perfección cristiana

En pocas palabras se ha dicho todo lo que se pretende; pero reducirlo a la práctica, y ponerlo en ejecución, Hoc opus hic labor est: En esto está la dificultad, o consiste todo el trabajo: porque reinando en nosotros por el pecado de nuestros primeros padres, y por nuestros malos hábitos, una ley contraria a la de Dios; conviene que combatamos contra nosotros mismos, y contra el mundo y el demonio, que excitan y mueven nuestras guerras.

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Message  Javier le Ven 05 Avr 2019, 6:15 am

CAPÍTULO III - Tres cosas que son necesarias al nuevo soldado de Cristo

Declarada ya la guerra, ha menester para ello el nuevo soldado de Cristo, tres cosas que le son muy esenciales. Ha menester un ánimo grande, resuelto y determinado a pelear, y a no volver atrás: ha menester armas y saber manejarlas.

La resolución de pelear la ha de tomar de la frecuente consideración de que, Militia est vita hominis super terram (Job. VII, 1): La vida del hombre es una continua guerra, y de que esta guerra espiritual tiene por ley que quien no pelea como debe, de cierto perece y muere para siempre.

Conseguirás la grandeza de ánimo y valor que se requiere, si desconfiando de ti misma, pones toda tu confianza en Dios; teniendo por cosa cierta que el mismo Dios está dentro de ti para librarte de cualquier peligro.

Serás acometida y asaltada de los enemigos repetidas veces: mas todas las que lo fueres, alcanzarás, peleando, la victoria, si desconfiada de tus fuerzas y propia industria, te acoges con segura confianza al poder, bondad y sabiduría de Dios.

Las armas para esta guerra son dos, resistencia y violencia.

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Message  Javier le Sam 06 Avr 2019, 5:10 am

CAPÍTULO IV - De la resistencia y violencia, y del modo de gobernarse con ellas


La resistencia y violencia son verdaderamente armas pesadas y penosas, pero necesarias para, alcanzar la victoria. Estas armas se manejan en la forma siguiente:

Cuando te hallares combatida por tu corrompida voluntad y de tus malos hábitos, que te persuaden y tiran para que no hagas ni cumplas la voluntad de Dios, has de resistirlos diciendo: 'Sí, sí, yo quiero hacer la voluntad de Dios.'

De la misma resistencia te has de revestir cuando de esta misma voluntad corrompida y malos hábitos, fueres llamada y persuadida a hacer algo contra la voluntad de Dios, diciendo luego al punto: 'No, no; la voluntad de Dios es la que quiero yo hacer siempre con su ayuda. Ea, Dios mío, socorredme presto para que esta voluntad, que en mí se halla por vuestra gracia, de hacer siempre la vuestra, no sea, en esta ocasión, vencida de mi voluntad antigua y depravada.'

Y si sintieres flaqueza y mucha pena en resistir, te has de hacer toda suerte de violencia, acordándote que el reino de los cielos lo alcanzan los esforzados (Matth. XI, 12) que luchan contra sí mismos y sus propias pasiones.

Y si la pena o violencia fuere tan grande que te angustie el corazón, vete luego con el pensamiento al huerto de Getsemaní, y acompañando tus congojas y angustias con las de tu divino Redentor, pídele que en virtud de las suyas te dé la victoria de ti misma para que de todo corazón puedas decir a tu Padre celestial: Non sicut ego eolo, sed sicut tu... fiat voluntas tua (Matth. XXVI, 39, 42). No se haga, Señor, lo que yo quiero, sino tu santa voluntad; y procurarás una y otra vez unir y conformar tu voluntad con la de Dios, queriendo lo que Él quiere.

Pondrás todo tu cuidado en hacer cualquier acto con tanta plenitud y pureza de voluntad, como si en eso sólo consistiese toda la perfección y todo el agrado y honra de Dios; y de este modo podrás hacer el segundo acto, el tercero, el cuarto y otros muchos.

Y si te acordares de que has quebrantado algún precepto de Dios, duélete mucho de la trasgresión, y toma mayor vigor y fortaleza de ánimo para obedecer a Dios en aquel mismo precepto, o en otro cualquiera que te ofreciere la ocasión.

Y para que no dejes pasar ocasión alguna, por pequeña que sea, de obedecerle, advierte que si eres obediente a su divina Majestad en las cosas mínimas, te dará nueva gracia para que con facilidad le obedezcas en las mayores.

Además de esto, debes acostumbrarte a que cuando te viniere al pensamiento cualquier precepto divino, lo primero adores a Dios; y luego le ruegues que te socorra para que le obedezcas.

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Message  Javier le Dim 07 Avr 2019, 6:15 am

CAPÍTULO V - Que conviene velar continuamente sobre nuestra voluntad para reconocer a qué pasión se inclina más

Vela sobre ti con el mayor cuidado que puedas, para espiar y reconocer a qué pasión se inclina más a menudo tu voluntad; pues de ella, más que de todas las demás, suele ser engañada y quedar esclava.

Porque no pudiendo estar sola la voluntad del hombre, sino acompañada siempre de alguna de sus pasiones, es forzoso que, o ame, o aborrezca, o desee, o huya, o esté alegre, o triste, o desespere, o tema, o sea atrevida, o iracunda.

Pero cuando la hallares inclinada, no a la voluntad divina, sino al amor propio, procura con todo cuidado que se aparte de él, y se incline al amor de Dios, y a la observancia de los preceptos de su santa ley.

Procurarás hacer esto, no sólo en las pasiones que inducen y mueven a pecado mortal, sino también en las que pueden ocasionar los veniales; porque aunque éstas mueven ligeramente y obran poco a poco, con todo enervan y debilitan nuestra virtud cuando son voluntarias, y nos ponen en peligro manifiesto de caer muy en breve en los pecados mortales.

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Message  Javier le Mar 09 Avr 2019, 9:27 am

CAPÍTULO VI - Cómo quitando la primera pasión, que es el amor de las criaturas y de nosotros mismos, y ordenando este amor a Dios, todas las demás pasiones quedan corregidas y ordenadas.


Para que más breve y ordenadamente libres tu voluntad del cautiverio de las pasiones desordenadas, conviene que te apliques continuamente a vencer y ordenar la primera pasión, que es el amor propio; pues ordenada ésta, que es como la cabeza, todas las demás pasiones la seguirán, como miembros suyos, porque nacen de ella, y en ella tienen su raíz y vida, como se reconoce claramente con el discurso, pues lo que más se desea es lo que más se ama; y lo que más se ama es en lo que más se deleita el que ama; y solamente se aborrece, se huye y contrista, lo que impide y ofende al objeto amado; ni otra cosa se espera sino la que se ama. Y al contrario, de ésta misma desesperamos cuando la dificultad de alcanzarla nos parece insuperable; y ninguno teme, abomina o aborrece sino lo que impide y puede ofender a la cosa amada.

El modo de vencer y ordenar esta pasión primera, es considerar la cosa que amas, sus cualidades, y qué es lo que deseas o pretendes con este amor; y en reconociendo que tiene las cualidades de bondad y de belleza y que lo que pretendes es utilidad y deleite, podrás decirte a ti misma muchas veces: ¿Qué mayor belleza y qué mayor bondad que la de Dios, que es la única fuente y manantial de todos los bienes y de toda la perfección?

Y si en lo que amas pretendes utilidad y provecho, ¿qué cosa se puede imaginar que iguale al que consigo trae el amor de Dios? Porque amándole se transforma el hombre en el mismo Dios, deleitándose y gozándose sólo en Él.

Además de esto, el corazón del hombre pertenece a Dios, porque lo ha creado y redimido, y cada día con nuevos beneficios amorosamente nos lo pide diciendo: Proebe, fui mi, cor tuum mihi: Dame, hijo mío, tu corazón (Prov. XXIII, 26).

Perteneciendo, pues, a Dios el corazón humano, y siendo tan pequeño para satisfacer las obligaciones que debemos a su infinita Bondad, te hallas obligada a ser celosísima de no amar sino solamente a Dios y las cosas que le agradan, y esto con la moderación, orden y modo que Dios quiere.

Este mismo celo y cuidado debes tener también (porque estas dos cosas son el fundamento de la fábrica de la perfección) acerca de la pasión del odio, para no aborrecer sino solamente el pecado, y lo que puede inducir a pecado.

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Message  Javier le Mer 10 Avr 2019, 9:41 am

CAPÍTULO VII - Que conviene socorrer y ayudar la voluntad humana

Mas porque nuestra voluntad, estando apasionada, es muy débil y flaca para resistir y vencer sus pasiones, y ordenarlas a Dios y a su obediencia como lo muestra la experiencia (pues aunque ella quiera y proponga mortificarse en todo, no obstante, cuando llega la ocasión de practicarlo, oprimida de sus pasiones, se olvida de sus buenos propósitos, y miserablemente se rinde a ellas); conviene socorrerla y ayudarla, no sólo en las ocasiones que se ofrecen, sino cada hora y cada momento, para que cobrando fuerzas contra sí misma, se venza y se libre de la dura servidumbre de sus pasiones, y se entregue toda a Dios y a su beneplácito.

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Message  Javier le Sam 13 Avr 2019, 1:03 pm

CAPÍTULO VIII - Cómo venciendo al mundo viene a quedar en gran manera socorrida la voluntad del hombre


Moviéndose comúnmente nuestras pasiones por las cosas del mundo, y cobrando fuerzas con sus falsas grandezas o engañosos deleites, se sigue que vencido y despreciado el mundo con todas sus cosas, viene la voluntad del hombre a respirar con libertad, y a volverse a otro objeto, ya que no puede estar sin amar y sin tener en qué deleitarse.

El modo de vencer al mundo es considerar profundamente qué son en realidad sus cosas, y cuáles sus promesas.

Esta consideración, si no estamos ciegos con alguna de nuestras pasiones, nos hará comprender con claridad lo mismo que conoció el sapientísimo Salomón, a quien reveló Dios todo el misterio de las ilusiones y vanidades del mundo; el cual, después de haber hecho experiencia de todo lo que hay en él, reconociendo el engaño de los placeres, y la inutilidad de las grandezas humanas, y sintiendo en sí mismo la nada de su propia gloria, dijo: Vanitas vanitatum, et omnia vanitas et afflictio spiritus (Eccles I): Vanidad de vanidades, todo es vanidad y aflicción de espíritu.

Esta verdad se experimenta cada día; porque deseando el corazón del hombre saciarse, aunque haya alcanzado todo lo que desea, no por eso queda satisfecho, sino antes con más hambre: y sucédele esto, no por otra causa sino porque sustentándose de las cosas del mundo (aunque las tenga todas), viene a sustentarse de sombras, sueños, vanidades y mentiras, cosas que no pueden darle nutrimento alguno.

Las promesas del mundo son todas falsas y llenas de engaños; promete felicidad, y da inquietud; promete y no da la más veces; y si da lo que promete, luego lo quita; y si no lo quita luego, aflige y atormenta más a sus apasionados; porque tienen puestos sus deseos, sin hallar en ellos el descanso, en los bienes aparentes. A estos hombres se puede decir justamente: Filii hominum, usquequo gravi corde? Ut quid diligitis vanitatem, et quaeritis men dacium? (Psalm. IV, 3), Hijos de Adán, ¿hasta cuando seréis duros de corazón? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira?

Pero concedamos a estos engañados que estos bienes aparentes del mundo son verdaderos: ¿qué diremos de la rapidez y presteza con que pasa la vida del hombre para gozarlos? ¿Dónde están las riquezas, las prosperidades, la soberbia de tantos príncipes, reyes y emperadores? Pereció en un momento toda su falsa gloria.

El modo pues, de que venzas de tal suerte el mundo, que le vuelvas las espaldas, y lo obligues a que él te las vuelva a ti, esto es, que estés crucificada al mundo (Galat. VI), y el mundo esté crucificado a ti, es, que antes que tu voluntad se aficione y se pegue al mundo, le salgas al encuentro, primeramente con una profunda consideración de sus vanidades y mentiras, y después con el desprecio de la voluntad; porque así, no estando ni la voluntad ni el entendimiento apasionados por él, con facilidad lo despreciarás; y a cualquiera criatura que te proponga podrás decir: ''¿Eres criatura? No pondré en ti la afición, porque yo voy buscando en la criatura sólo a mi Creador, y lo espiritual, no lo corporal; no eres tú a quien yo quiero y deseo amar, sino al que a ti te da la operación y la virtud.''

CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Dim 14 Avr 2019, 6:23 am

CAPÍTULO IX - Del segundo socorro con que ha de ayudarse la voluntad humana


Este segundo socorro de la voluntad humana consiste en echar fuera al príncipe de las tinieblas, como autor de todos los desordenados movimientos de nuestras pasiones.

A este enemigo de nuestra salud lo venceremos y echaremos fuera, todas las veces que venzamos nuestra concupiscencias y deseos desordenados.

Y así, si quieres que el demonio huya de ti, resiste tú a tus pasiones; que esta resistencia es la que, como Santiago dice (Epist. cath. IV), lo ahuyenta. Y debes advertir, que este enemigo a veces nos asalta de tal suerte, encendiendo la concupiscencia de la carne y todas las pasiones, que parece se halla ya el hombre forzado a rendirse; pero no te aflijas ni te acobardes, resístele con valor, y ten por cierto que Dios estará contigo para que no se te haga alguna injuria o engaño. Resístele, te digo, que si resistes y perseveras, te aseguro que vencerás.

He dicho si perseveras, porque no basta resistir una, dos y tres veces, sino todas las que intentare rendirte, porque es costumbre de este astuto enemigo intentar mañana lo que hoy no ha podido conseguir, y la semana siguiente lo que en la presente no ha podido lograr; y de este modo va continuando con tesón sus asaltos, variándolos de tiempo en tiempo, ya con furia, ya con destreza, hasta salir con su intento.

Por lo cual conviene estar constantemente con las armas en la mano, sin fiarse ni descuidarse, por muchas que hayan sido las victorias conseguidas; porque la vida del hombre es una continua guerra, y no se puede obtener la victoria hasta llegar al fin de la carrera.

Y si tú en esto sientes pena, sabe que mayor es la que el demonio siente cuando con valor lo resistes, y así para tu consuelo y su afrenta le puedes decir: "Vete a penar, espíritu infernal; mas porque tú penas por tu impiedad, y yo peno por no ofender a mi Señor y mi Dios, tus penas serán eternas; y las mías, por la gracia de Dios, se mudarán en eternos goces."

CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Lun 15 Avr 2019, 9:40 am

CAPÍTULO X - De la tentación de la soberbia espiritual


En el capítulo pasado te he advertido de las tentaciones con que el demonio nos suele acometer, valiéndose del mundo, de sus riquezas y deleites; ahora he de tratar de la soberbia espiritual, complacencia y vanagloria de que se vale para derribarte, tanto más peligrosa y digna de temerse, cuanto es menos conocida, y más desagradable a Dios.

¡Oh, cuántos generosos soldados, y grandes siervos de Dios, después de las victorias insignes de muchos años, han perecido en este escollo, y de hijos de Dios se han hecho esclavos de Lucifer!

El modo de librarnos de este tremendo golpe, y oculto lazo de Satanás, es temblar siempre, y ejercitar las virtudes y buenas obras con temor y temblor, para que no se engendre en ellas el gusano oculto del amor propio y la soberbia, que tan odiosa es a Dios; y por eso, humillándonos en ellas, debemos procurar cada día hacerlas mejores, como si nada bueno hubiéramos obrado bien hasta el presente; y cuando nos pareciere (que jamás debemos pensarlo) que hemos obrado alguna cosa bien, y con perfección, debemos de todo corazón decir a Dios: Servi inutiles sumus: Somos siervos inútiles y de ningún provecho (Luc. XVII, 10).

Sobre todo debemos recurrir a menudo a Cristo nuestro Salvador y Maestro, pidiéndole que librándonos de toda especie de soberbia, nos enseñe y ayude a ser humildes de corazón. Asimismo debemos recurrir a su Santísima Madre, para que nos alcance la verdadera humildad, que es el fundamento de todas las virtudes, y la que siempre las acompaña, las conserva, las asegura y las aumenta.

He tratado largamente de la humildad en la primera parte de este Combate, y así nada se me ofrece que añadir en este lugar, de semejante materia.

CONTINUARÁ...
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