EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

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Re: EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

Message  Javier le Dim 25 Nov 2018, 12:38 pm

Pero repara en el artificio y malicia del demonio. Cuando este espíritu maligno ve que resistimos valerosamente alguna pasión violenta, no solamente deja de excitarla y moverla en nuestro corazón, sino que si la halla ya encendida, procura extinguirla por algún tiempo, a fin de impedir que adquiramos con una firme consistencia la virtud contraria y hacernos caer después en los lazos de la vanagloria, dándonos arteramente a entender que, como valientes y generosos soldados, hemos triunfado muy pronto de nuestro enemigo. Por esta causa, hija mía, conviene que en este caso pases al segundo combate, trayendo a tu memoria, y despertando de nuevo en tu corazón, los pensamientos que fueron causa de tu impaciencia; y apenas hubieren excitado algún movimiento en la parte inferior, procurarás emplear todos los esfuerzos de la voluntad para reprimirlos. Pero, como muchas veces sucede que después de haber hecho grandes esfuerzos para resistir y rechazar los asaltos del enemigo, con la reflexión de que esta resistencia es agradable a Dios, no estamos seguros ni libres del peligro de ser vencidos en una tercera batalla; por eso conviene que entres por tercera vez en el combate contra el vicio que pretendes vencer y sujetar, y concibas contra él, no solamente aversión y menosprecio, sino abominación y horror.

En fin, para adornar y perfeccionar tu alma con los hábitos de las virtudes, has de producir muchos actos interiores, que serán directamente contrarios a tus pasiones desordenadas. Por ejemplo: si quieres adquirir perfectamente el hábito de la paciencia, cuando alguno, menospreciándote, te diere ocasión de impaciencia, no basta que te ejercites en los tres combates de que hemos hablado para vencer la tentación; es necesario, además de esto, que ames el menosprecio y ultraje que recibiste, que desees recibir de nuevo, de la misma persona, la misma injuria y, finalmente, que te propongas sufrir mayores y más sensibles ultrajes y menosprecios.

La razón por la cual no podemos perfeccionarnos en la virtud sin los actos que son contrarios al vicio que deseamos corregir, es porque todos los demás actos, por muy frecuentes y eficaces que sean, no son capaces de extirpar la raíz que produce aquel vicio. Así, por no mudar de ejemplo aunque no consientas los movimientos de la ira y de la impaciencia, cuando recibes alguna injuria, antes bien los resistas y los combates con las armas de que hemos hablado; persuádete, hija mía, que si no te acostumbras a amar el oprobio, y a gloriarte de las injurias y menosprecios, no llegarás jamás a desarraigar de tu corazón el vicio de la impaciencia, que no nace en nosotros de otra causa que de un temor excesivo de ser menospreciados del mundo, y de un deseo ardiente de ser estimados. Y mientras esta viciosa raíz se conservare viva en tu alma, brotará siempre y, enflaqueciendo de día en día tu virtud, llegará con el tiempo a oprimirla, de manera que te hallarás en un continuo peligro de caer en los desórdenes pasados.

No esperes, pues, obtener jamás el verdadero hábito de las virtudes, si con sus repetidos y frecuentes actos no destruyes los vicios que le son directamente opuestos. Digo con actos repetidos y frecuentes, porque así como se requieren muchos pecados para formar el hábito vicioso, así también se requieren muchos actos de virtud para producir y formar un hábito santo y perfecto, enteramente incompatible con el vicio. Y añado que se requiere mayor número de actos buenos para formar el hábito de la virtud, que de actos pecaminosos para formar el del vicio; pues los hábitos de la virtud no son ayudados, como los del vicio, de la naturaleza corrompida y viciada por el pecado. Además de esto te advierto que, si la virtud en que deseas ejercitarte no puede adquirirse sin algunos actos exteriores, conformes a los interiores, como sucede en el ejemplo ya propuesto de la paciencia, debes no solamente hablar con amor y dulzura al que te hubiere ofendido y ultrajado, sino también servirle, agasajarle y favorecerle en lo que pudieres. Y aunque estos actos, ya interiores, ya exteriores, sean acompañados de tanta debilidad y flaqueza de espíritu que te parezca que los haces contra tu voluntad, no obstante no dejes de continuarlos; porque, aunque sean muy débiles y flacos, te mantendrán firme y constante en la batalla, y te servirán de un socorro eficaz y poderoso para alcanzar la victoria.

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Message  Javier le Mar 27 Nov 2018, 12:55 pm

Vela, pues, hija mía, con atención y cuidado sobre tu interior, y no contentándote con reprimir los movimientos más fuertes y violentos de las pasiones, procura sujetar también los más pequeños y leves; porque éstos sirven ordinariamente de disposiciones para los otros, de donde nacen finalmente los hábitos viciosos. Por la negligencia y descuido que han tenido algunos en mortificar sus pasiones en cosas fáciles y ligeras después de haberlas mortificado en las más difíciles y graves, se han visto, cuando menos lo imaginaban, más poderosamente asaltados de los mismos enemigos y vencidos con mayor daño.

También te advierto, que atiendas a mortificar y quebrantar tus apetitos en las cosas que fueren lícitas, pero no necesarias; porque de esto se te seguirán grandes bienes, pues podrás vencerte más fácilmente en los demás apetitos desordenados; te harás más experta y fuerte en las tentaciones; te librarás mejor de los engaños y lazos del demonio, y agradarás mucho al Señor. Yo te digo, hija mía, lo que siento: no dejes de practicar estos santos ejercicios que te propongo, y de que verdaderamente necesitas para la reformación de tu vida interior; pues si los practicares, yo te aseguro que alcanzarás muy en breve una gloriosa victoria de ti misma, harás en poco tiempo grandes progresos en la virtud, y vendrás a ser sólida y verdaderamente espiritual.

Pero obrando de otra suerte, y siguiendo otros ejercicios, aunque te parezcan muy excelentes y santos, y experimentes con ellos tantas delicias y gustos espirituales que juzgues que te hallas en perfecta unión y dulces coloquios con el Señor, ten por cierto que no alcanzarás jamás la virtud ni verdadero espíritu; porque el verdadero espíritu, como dijimos en el capítulo I, no consiste en los ejercicios deleitables y que lisonjean a la naturaleza, sino en los que la crucifican con sus pasiones y deseos desordenados. De esta manera, renovado el hombre interiormente con los hábitos de las virtudes evangélicas, viene a unirse íntimamente con su Creador y su Salvador crucificado.

Es también indubitable y cierto que así como los hábitos viciosos se forman en nosotros con repetidos y frecuentes actos de la voluntad superior, cuando cede a los apetitos sensuales; así, las virtudes cristianas se adquieren con repetidos y frecuentes actos de la misma voluntad, cuando se conforma con la de Dios, que excita y llama continuamente al alma, ya a una virtud, ya a otra. Como la voluntad, pues, no puede ser viciosa y terrena por grandes esfuerzos que haga el apetito inferior para corromperla, si ella no consiente, así no puede ser santa y unirse con Dios por fuertes y eficaces que sean las inspiraciones de la divina gracia que la excitan y llaman, si no coopera con los actos interiores, a la vez que con los exteriores, si fueren necesarios.

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Message  Javier le Jeu 29 Nov 2018, 2:20 pm

CAPÍTULO XIV - De lo que se debe hacer cuando la voluntad superior parece vencida de la inferior y de otros enemigos.

Si alguna vez te pareciere que tu voluntad superior se halla muy flaca para resistir a la inferior y a otros enemigos, porque no sientes en ti ánimo y resolución bastante para sostener sus asaltos, no dejes de mantenerte firme y constante en la batalla, ni abandones el campo. Porque has de persuadirte siempre de que te hallas victoriosa, mientras no reconocieres claramente que cediste y te dejaste vencer y sujetar. Pues así como nuestra voluntad superior no necesita del consentimiento del apetito inferior para producir sus actos, así, aunque sean muy violentos y fuertes los asaltos con que la combatiere este enemigo doméstico, conserva siempre el uso de su libertad, y no puede ser forzada a ceder y consentir si ella misma no quiere; porque el Creador le ha dado un poder tan grande y un imperio tan absoluto, que aunque todos los sentidos, todos los demonios y todas las criaturas conspirasen juntamente contra ella para oprimirla y sujetarla, no obstante, podría siempre querer o no querer con libertad lo que quiere o no quiere, tantas veces, y por tanto tiempo, y en el modo, y para el fin que más le agradare.

Pero si alguna vez estos enemigos te asaltasen y combatiesen con tanta violencia que tu voluntad ya oprimida y cansada no tuviese vigor ni espíritu para producir algún acto contrario, no pierdas el ánimo ni arrojes las armas; mas sirviéndote en este caso de la lengua, te defenderás, diciendo: No me rindo, no quiero ni consiento, como suelen hacer los que hallándose ya oprimidos, sujetos y dominados de su enemigo, no pudiendo con la punta de la espada, lo hacen con el pomo. Y así como éstos, desasiéndose con industria de su contrario, se retiran algunos pasos para volver sobre su enemigo, y herirlo mortalmente, así tú procurarás retirarte al conocimiento de ti misma, que nada puedes, y animada de una generosa confianza en Dios, que lo puede todo, te esforzarás a combatir y vencer la pasión que te domina, diciendo entonces: Ayudadme, Señor, ayudadme, Dios mío, no abandonéis a vuestra sierva, no permitáis que yo me rinda a la tentación.

Podrás también, si el enemigo te diere tiempo, ayudar la flaqueza de la voluntad llamando en su socorro al entendimiento, y fortificándola con diversas consideraciones que sean propias para darle aliento y animarla al combate; como, por ejemplo, si hallándote afligida de alguna injusta persecución o de otro trabajo, te sintieres de tal suerte tentada y combatida de la impaciencia, que tu voluntad no pudiese ni quisiese sufrir cosa alguna, procurarás esforzarla y ayudarla con la consideración de los puntos siguientes, o de otros semejantes:

1. Considera si mereces el mal que padeces, y si tu misma diste la ocasión y el motivo, pues si te hubiere sucedido por culpa tuya, la razón pide que toleres y sufras pacientemente una herida que tú misma te has hecho con tus propias manos.

2. Mas cuando no tengas alguna culpa en tu daño, vuelve los ojos y el pensamiento a tus desórdenes pasados, de que todavía no te ha castigado la divina Justicia, ni tú has hecho la debida penitencia; y viendo que Dios por su misericordia te trueca el castigo que había de ser, o más largo en el purgatorio, o eterno en el infierno, en otro más ligero y más breve, recíbelo, no solamente con paciencia, sino también con alegría y con rendimiento de gracias.

3. Pero si te pareciere que has hecho mucha penitencia, y que has ofendido poco a Dios (cosa que debe estar siempre muy lejos de tu pensamiento), deberás considerar que en el reino de los cielos no se entra sino por la puerta estrecha de las tribulaciones y de la cruz (Act. XIV, 21).

4. Considera asimismo que aun cuando pudieres entrar por otra puerta, la ley sola del amor debería obligarte a escoger siempre la de las tribulaciones, por no apartarte un punto de la imitación del Hijo de Dios y de todos sus escogidos, que no han entrado en la bienaventuranza de la gloria sino por medio de las espinas y tribulaciones.

5. Mas a lo que principalmente debes atender y mirar, así en ésta como en cualquier otra ocasión, es la voluntad de Dios, que por el amor que te tiene se deleita y complace indeciblemente de verte hacer estos actos heroicos de virtud, y corresponder a su amor con estas pruebas de tu valor y fidelidad. Y ten por cierto que cuanto más grave fuere la persecución que padeces, y más injusta de parte de su autor, tanto más estimará el Señor tu fidelidad y constancia, viendo que en medio de tus aflicciones adoras sus juicios, y te sujetas a su providencia, en la cual todos los sucesos, aunque nos parezcan muy desordenados, tienen regla y orden perfectísimo.

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Message  Javier le Sam 01 Déc 2018, 6:14 am

CAPÍTULO XV - De algunas advertencias importantes para saber de qué modo se ha de pelear, contra qué enemigos se debe combatir, y con qué virtud pueden ser vencidos.

Ya has visto, hija mía, el modo con que debes combatir para vencerte a ti misma, y adornarte de las virtudes. Ahora conviene que sepas que para conseguir más fácil y prontamente la victoria, no te basta combatir y mostrar tu valor una sola vez; mas es necesario que vuelvas cada día a la batalla y renueves el combate, principalmente contra el amor propio, hasta tanto que vengas a mirar como preciosos y amables todos los desprecios y disgustos que pudieren venirte del mundo.

Por la inadvertencia y descuido que se tiene comúnmente en este combate, sucede muchas veces que las victorias son difíciles, imperfectas, raras y de poca duración. Por esta causa te aconsejo, hija mía, que pelees con esfuerzo y resolución, y que no te excuses con el pretexto de tu flaqueza natural; pues si te faltan las fuerzas, Dios te las dará, como se las pidas.

Considera, además de esto, que si es grande la multitud y el furor de tus enemigos, es infinitamente mayor la bondad de Dios, y el amor que te tiene, y que son más los Ángeles del cielo y las oraciones de los Santos que te asisten y combaten en tu defensa. Estas consideraciones han animado de tal suerte a muchas mujeres sencillas y flacas que han podido vencer toda la sabiduría del mundo, resistir todos los atractivos de la carne, y triunfar de todas las fuerzas del infierno.

Por esta causa no debes desmayar jamás o perder el ánimo en este combate, aunque te parezca que los esfuerzos de tantos enemigos son difíciles de vencer, que la guerra no tendrá fin sino con tu vida, y que te hallas de todas partes amenazada de una ruina casi inevitable; porque es bien que sepas que ni las fuerzas ni los artificios de nuestros enemigos pueden hacernos algún daño sin la permisión de nuestro divino Capitán, por cuyo honor se combate, el cual nos exhorta y llama a la pelea; y no solamente no permitirá jamás que los que conspiran a tu perdición logren su intento, sino más bien combatirá por ti; y cuando será de su agrado, te dará la victoria con grande fruto y ventaja tuya, aunque te la dilate hasta el último día de tu vida.

Lo que desea, hija mía, y pide únicamente de ti, es que combatas generosamente, y que, aunque salgas herida muchas veces, no dejes jamás las armas ni huyas de la batalla. Finalmente, para excitarte a pelear con resolución y constancia, considerarás que esta guerra es inevitable y que es forzoso pelear o morir; porque tienes que luchar contra enemigos tan furiosos y obstinados, que no podrás tener jamás paz ni tregua con ellos.

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Message  Javier le Dim 02 Déc 2018, 1:38 pm

CAPÍTUL0 XVI - Del modo cómo el soldado de Cristo debe presentarse al combate por la mañana.

La primera cosa que debes hacer cuando despiertes es abrir los ojos del alma, y consideraste como en un campo de batalla en presencia de tu enemigo, y en la necesidad forzosa de combatir o de perecer para siempre. Imagínate que tienes delante de tus ojos a tu enemigo, esto es, al vicio o pasión desordenada que deseas domar y vencer, y que este monstruo furioso viene a arrojarse sobre ti para oprimirte y vencerte. Represéntate al mismo tiempo que tienes a tu diestra a tu invencible capitán Jesucristo, acompañado de María y de José, y de muchos escuadrones de Ángeles y bienaventurados particularmente, y del glorioso arcángel San Miguel; y a la siniestra, a Lucifer con sus ministros, resueltos a sostener con todas sus fuerzas y la pasión o vicio que pretendes combatir, y a usar de todos los artificios y engaños que caben en su malicia para rendirte.

Asimismo te imaginarás que oyes en el fondo de tu corazón una secreta voz de tu Ángel custodio que te habla de esta suerte: Éste es el día en que debes hacer los últimos esfuerzos para vencer a este enemigo, y a todos los demás que conspiran a tu perdición y ruina; ten ánimo y constancia; no te dejes vencer de algún vano temor o respeto, porque tu capitán, Jesucristo, está a tu lado con todos los escuadrones del ejército celestial para defenderte contra todos los que te hacen guerra, y no permitirá que prevalezcan contra ti sus fuerzas ni sus artificios. Procura estar firme y constante: hazte fuerza y violencia, y sufre la pena que sintieres en violentarte y vencerte. Da voces al Señor desde lo más íntimo de tu corazón, invoca continuamente a Jesús y María; pide a todos los Santos y bienaventurados que te socorran y asistan; y no dudes que alcanzarás la victoria.

Aunque seas flaca y estés mal habituada, y tus enemigos te parezcan formidables por su número y por sus fuerzas, no temas; porque los escuadrones que vienen del cielo para tu socorro y defensa son más fuertes y numerosos que los que envía el infierno para quitarte la vida de la gracia. El Dios que te ha creado y redimido es todopoderoso, y tiene sin comparación más deseo de salvarte que el demonio de perderte.

Pelea, pues, con valor, y entra desde luego con esfuerzo y resolución en el empeño de vencerte y mortificarte a ti misma; porque de la continua guerra contra tus malas inclinaciones y hábitos viciosos ha de nacer, finalmente, la victoria, y aquel gran tesoro con que se compra el reino de los cielos, donde el alma se une para siempre con Dios. Empieza, pues, hija mía, a combatir en el nombre del Señor, teniendo por espada y por escudo la desconfianza de ti misma, la confianza en Dios, la oración y el ejercicio de tus potencias.

Asistida de estas armas provocarás a la batalla a tu enemigo, esto es, a aquella pasión o vicio dominante que hubieres resuelto combatir y vencer, ya con un generoso menosprecio, ya con una firme resistencia, ya con actos repetidos de la virtud contraria, ya, finalmente, con otros medios que te inspirará el cielo para exterminarlo de tu corazón.

No descanses ni dejes la pelea hasta que lo hayas domado y vencido enteramente, y merecerás por tu constancia recibir la corona de manos de Dios, que con toda la Iglesia triunfante estará mirando desde el cielo tu combate.

Vuelvo a advertirte, hija mía, que no desistas ni ceses de combatir, atendiendo a la obligación que tenemos de servir y agradar a Dios, y a la necesidad de pelear; pues no podemos excusar la batalla, ni salir de ella sin quedar muertos o heridos. Considera que cuando, como rebelde, quisieres huir de Dios, y darte a las delicias de la carne, te será forzoso, a pesar tuyo, el combatir con infinitas contrariedades, y sufrir grandes amarguras y penas para satisfacer a tu sensualidad y ambición. ¿No sería una terrible locura elegir y abrazar penas y afanes que nos llevan a otros afanes y penas mayores, y aun a los tormentos eternos, y huir de algunas ligeras tribulaciones que se acaban presto, y nos encaminan y guían a una eterna felicidad, y nos aseguran el ver a Dios y gozarle para siempre?

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Message  Javier le Mer 05 Déc 2018, 3:41 pm

CAPÍTULO XVII - Del orden que se debe guardar en el combate contra las pasiones y vicios

Importa mucho, hija mía, que sepas el orden que se debe guardar para combatir como se debe y no, acaso, por costumbre, como hacen muchos, que por esta causa pierden todo el fruto de su trabajo.

El orden de combatir contra tus vicios y malas inclinaciones es recogerte dentro de ti misma, a fin de examinar con cuidado cuáles son ordinariamente tus deseos y aficiones, y reconocer cuál es la pasión que en ti reina; y a ésta particularmente has de declarar la guerra como a tu mayor enemigo. Pero si el maligno espíritu te asaltare con otra pasión o vicio, deberás entonces acudir sin tardanza a donde fuere mayor y más urgente la necesidad, y volverás después a tu primera empresa.

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Message  Javier le Sam 08 Déc 2018, 12:58 pm

CAPÍTULO XVIII - De qué manera deben reprimirse los movimientos repentinos de las pasiones

Si no estuvieres acostumbrada a reparar y resistir los golpes repentinos de las injurias, afrentas y demás penas de esta vida, conseguirás esta costumbre previéndolas con el discurso y preparándote de lejos a recibirlas.

El modo de preverlas es que, después de haber examinado la calidad y naturaleza de tus pasiones, consideres las personas con quienes tratas, y los lugares y ocasiones donde te hallas ordinariamente; y de aquí podrás fácilmente conjeturar todo lo que puede sucederte. Pero si bien en cualquiera accidente imprevisto te aprovechará mucho el haberte preparado contra semejantes motivos y ocasiones de mortificación y pena, podrás no obstante servirte también de este otro medio:

Apenas empezares a sentir los primeros golpes de alguna injuria, o de cualquiera otra aflicción, procura levantar tu espíritu a Dios, considerando que este accidente es un golpe del cielo que su misericordia te envía para purificarte, y para unirte más estrechamente a sí. Y después que hayas reconocido que su bondad inefable se deleita y complace infinitamente de verte sufrir con alegría las mayores penas y adversidades por su amor, vuelve sobre ti misma, y reprendiéndote dirás: ¡Oh cuán flaca y cobarde eres! ¿por qué no quieres tú sufrir, y llevar una cruz que te envía, no esta o aquella persona, sino tu Padre celestial? Después, mirando la cruz, abrázala, y recíbela no solamente con sumisión, sino con alegría, diciendo: ¡Oh cruz que el amor de mi Redentor crucificado me hace más dulce y apetecible que todos los placeres de los sentidos! Úneme desde hoy estrechamente contigo, para que por ti pueda yo unirme estrechamente con el que me ha redimido, muriendo entre tus brazos.

Pero si prevaleciendo en ti la pasión en los principios, no pudieres levantar el corazón a Dios, y te sintieres herida, no por esto desmayes, ni dejes de hacer todos los esfuerzos posibles para vencerla, implorando el socorro del cielo.

Después de todo esto, hija mía, el camino más breve y seguro para reprimir y sujetar estos primeros movimientos de las pasiones, es quitar la causa de donde proceden. Por ejemplo: si por tener puesto tu afecto en alguna cosa de tu gusto, observas que te turbas, te enojas y te inquietas cuando te tocan en ella, procura desnudarte de este afecto, y gozarás de un perfecto reposo. Mas si la inquietud que sientes procede, no de amor desarreglado a algún objeto de tu gusto, sino de aversión natural a alguna persona, cuyas menores acciones te ofenden y desagradan, el remedio eficaz y propio de este mal es que, a pesar de tu antipatía, te esfuerces por amar a esta persona, no solamente porque es una criatura formada de la mano de Dios, y redimida con la preciosa sangre de Jesucristo, de la misma suerte que tú, sino también porque sufriendo con dulzura y paciencia sus defectos, puedes hacerte semejante a tu Padre celestial, que con todos es generalmente benigno y amoroso (Matth V, 45).

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Message  Javier le Dim 09 Déc 2018, 1:41 pm

CAPÍTUL0 XIX - Del modo cómo se debe combatir contra el vicio deshonesto

Contra este vicio has de hacer la guerra de un modo particular, y con mayor resolución y esfuerzo que contra los demás vicios. Para combatirlo como conviene, es necesario que distingas tres tiempos:

El primero, antes de la tentación;
El segundo, cuando te hallares tentada;
El tercero, después que se hubiere pasado la tentación.

1. Antes de la tentación, tu pelea ha de ser contra las causas y personas que suelen ocasionarla. Primeramente has de pelear no buscando ni acometiendo a tu enemigo, sino huyendo cuanto te sea posible de cualquiera cosa o persona que te pueda ocasionar el mínimo peligro de caer en este vicio; y cuando la condición de la vida común, o la obligación del oficio particular, o la caridad con el prójimo te obligaren a la presencia y conversación de tales objetos, procurarás contenerte severamente dentro de aquellos límites que hace inculpable la necesidad, usando siempre de palabras modestas y graves, y mostrando un aire más serio y austero que familiar y afable. No presumas de ti misma, aunque en todo el decurso de tu vida no hayas sentido los penosos estímulos de la carne; porque el espíritu de la impureza suele hacer en una hora lo que no ha podido en muchos años. Muchas veces ordena y dispone ocultamente sus máquinas para herir con mayor ruina y estrago; y nunca es más de recelar y de temer que cuando más se disimula y da menos sospechas de sí.

La experiencia, nos muestra cada día que nunca es mayor el peligro que cuando se contraen o se mantienen ciertas amistades en que no se descubre algún mal, por fundarse sobre razones y títulos especiosos, ya de parentesco, ya de gratitud, ya de algún otro motivo honesto, ya sobre el mérito y virtud de la persona que se ama; porque con las visitas frecuentes y largos razonamientos se mezcla insensiblemente en estas amistades el venenoso deleite del sentido; el cual, penetrando con un pronto y funesto progreso hasta la médula del alma, oscurece de tal suerte la razón, que vienen finalmente a tenerse por cosas muy leves el mirar inmodesto, las expresiones tiernas y amorosas; las palabras libres, los donaires y los equívocos, de donde nacen tentaciones y caídas muy graves.

Huye, pues, hija mía, hasta de la mínima sombra de este vicio, si quieres conservarte inocente y pura. No te fíes de tu virtud, ni de las resoluciones o propósitos que hubieres hecho de morir antes que ofender a Dios; porque si el amor sensual que se enciende en estas conversaciones dulces y frecuentes se apodera una vez de tu corazón, no tendrás respeto a parentesco, por contentar y satisfacer tu pasión; serán inútiles y vanas todas las exhortaciones de tus amigos; perderás absolutamente el temor de Dios; y el fuego mismo del infierno no será capaz de extinguir tus llamas impuras. Huye, huye, si no quieres ser sorprendida y presa, y lo que es más, perderte para siempre.

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Message  Javier le Mar 11 Déc 2018, 3:40 pm

2. Huye de la ociosidad, procura vivir con cautela, y ocuparte en pensamientos y en obras convenientes a tu estado.

3. Obedece con alegría a tus superiores, y ejecuta con prontitud las cosas que te ordenaren, abrazando con mayor gusto las que te humillan y son más contrarias a tu voluntad y natural inclinación.

4. No hagas jamás juicio temerario del prójimo, principalmente en este vicio; y si por desgracia hubiere caído en algún desorden, y fuere manifiesta y pública su caída, no por eso lo menosprecies o lo insultes; mas compadeciéndote de su flaqueza, procura aprovecharte de su caída humillándote a los ojos de Dios, conociendo y confesando que no eres sino polvo y ceniza, implorando con humildad y fervor el socorro de su gracia, y huyendo desde entonces con mayor cuidado de todo comercio y comunicación en que pueda haber la menor sombra de peligro.

Advierte, hija mía, que si fueres fácil y pronta en juzgar mal de tus hermanos y en despreciarlos, Dios te corregirá a tu costa permitiendo que caigas en las mismas faltas que condenas, para que así vengas a conocer tu soberbia, y humillada, procures el remedio de uno y otro vicio.

Pero, aunque no caigas en alguna de estas faltas, sabe, hija mía, que si continúas en formar juicios temerarios contra el prójimo, estarás siempre en evidente peligro de perecer.

Últimamente, en las consolaciones y gustos sobrenaturales que recibieres del Señor, guárdate de admitir en tu espíritu algún sentimiento de complacencia o vanagloria, persuadiéndote de que has llegado ya al colmo de la perfección, y de que tus enemigos no se hallan ya en estado de hacerte guerra, porque te parece que los miras con menosprecio, aversión y horror; pues si en esto no fueres muy cauta y advertida, caerás con facilidad.

En cuanto al tiempo de la tentación, conviene considerar si la causa de donde procede es interior o exterior.

Por causa exterior entiendo la curiosidad de los ojos y de los oídos, la delicadeza y lujo de los vestidos, las amistades sospechosas, y los razonamientos que incitan a este vicio.

La medicina en estos casos es el pudor y la modestia que tienen cerrados los ojos y los oídos a todos los objetos que son capaces de alborotar la imaginación; pero el principal remedio es la fuga, como dije.

La interior procede, o de la vivacidad y lozanía del cuerpo, o de los pensamientos de la mente que nos vienen de nuestros malos hábitos, o de las sugestiones del demonio.

La vivacidad y lozanía del cuerpo se ha de mortificar con los ayunos, con las disciplinas, con los cilicios, con las vigilias y con otras austeridades semejantes; mas sin exceder los límites de la discreción y de la obediencia.

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Message  Javier le Sam 15 Déc 2018, 3:05 pm

Por lo que mira a los pensamientos, sea cual fuere la causa o principio de donde nacieren, los remedios y preservativos son éstos: la ocupación en los ejercicios que son propios de tu estado, la oración y la meditación.

La oración se ha de hacer en esta forma: apenas te vinieren semejantes pensamientos, y empezares a sentir su impresión, procura luego recogerte dentro de ti misma, y poniendo los ojos en Jesucristo, le dirás: ¡Oh mi dulce Jesús, acudid prontamente a mi socorro para que yo no caiga en las manos de mis enemigos! Otras veces, abrazando la cruz de donde pende tu Señor, besarás repetidas veces las sacratísimas llagas de sus pies, diciendo con fervor y confianza: ¡Oh llagas adorables! ¡Oh llagas infinitamente santas! imprimid vuestra figura en este impuro y miserable corazón, preservándome de vuestra ofensa.

La meditación, hija mía, yo no quisiera que en el tiempo en que abundan las tentaciones de los deleites carnales, fuese sobre ciertos puntos que algunos libros espirituales proponen como remedios de semejantes tentaciones. Así, por ejemplo, el considerar la vileza de este vicio, su insaciabilidad, los disgustos y amarguras que lo acompañan, y las ruinas que ocasiona en la hacienda, en el honor, en la salud y en la vida; porque no siempre éste es medio seguro para vencer la tentación, antes bien puede acrecentarla más; pues si el entendimiento por una parte arroja y desecha estos pensamientos, y los excita y llama por otra, pone a la voluntad en peligro de deleitarse con ellos y de consentir en el deleite.

Por esta causa el medio más seguro para librarte y defenderte de tales pensamientos, es apartar la imaginación, no solamente de los objetos impuros, sino también de los que les son contrarios; porque esforzándote a repelerlos por los que les son contrarios, pensarás en ellos aunque no quieras, y conservarás sus imágenes. Conténtate, pues, en éstos, con meditar sobre la pasión de Jesucristo; y si mientras te ocupas en este santo ejercicio volvieren a molestarte y afligirte con más vehemencia los mismos pensamientos, no por esto pierdas el ánimo ni dejes la meditación, ni para resistirlos te vuelvas contra ellos; antes bien menospreciándolos enteramente como si no fuesen tuyos, sino del demonio, perseverarás constante en meditar con toda la atención que te fuere posible sobre la muerte de Jesucristo. Porque no hay medio más poderoso para arrojar de nosotros el espíritu inmundo, aun cuando estuviere resuelto y determinado a hacernos perpetuamente la guerra.

Concluirás después tu meditación con esta súplica o con otra semejante: ¡Oh Creador y Redentor mío! Libradme de mis enemigos por vuestra infinita bondad, y por los méritos de vuestra sacratísima Pasión. Pero guárdate, mientras dijeres esto, de pensar en el vicio de que deseas defenderte, porque la menor idea será peligrosa.

Sobre todo no pierdas el tiempo en disputar contigo misma para saber si consentiste o no consentiste en la tentación; porque este género de ensayo es una invención del demonio, que con pretexto de un bien aparente o de una obligación quimérica, pretende inquietarte y hacerte tímida y desconfiada, o precipitarte en algún deleite sexual con estas imaginaciones impuras en que ocupa tu espíritu.

Todas las veces, pues, que en estas tentaciones no fuere claro el consentimiento, bastará que descubras brevemente a tu padre espiritual lo que supieres, quedando después quieta y sosegada con su parecer, sin pensar más en semejante cosa. Pero no dejes de descubrirle con fidelidad todo el fondo de tu corazón, sin ocultarle jamás alguna cosa, o por vergüenza, o por cualquiera otro respeto; por que si para vencer generalmente a todos nuestros enemigos es necesaria la humildad, ¿cuánta necesidad tendremos de esta virtud para librarnos y defendernos de un vicio que es casi siempre pena y castigo de nuestro orgullo?

Pasado el tiempo de la tentación, la regla que deberás guardar es ésta: aunque goces de una profunda calma y de un perfecto sosiego, y te parezca que te hallas libre y segura de semejantes tentaciones, procura, no obstante, tener lejos de tu pensamiento los objetos que te las causaron, y no permitas que vuelvan a entrar en tu espíritu con algún color o pretexto de virtud, o de otro bien imaginado; porque semejantes pretextos son engaños de nuestra naturaleza corrompida, y lazos del demonio que se transforma en ángel de luz (II Cor. XI, 14) para inducirnos a las tinieblas exteriores, que son las del infierno.

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Message  Javier le Jeu 20 Déc 2018, 3:11 pm

CAPÍTULO XX - Del modo de pelear contra el vicio de la pereza

Importa mucho, hija mía, que hagas la guerra a la pereza, porque este vicio no solamente nos aparta del camino de la perfección, sino que nos pone enteramente en las manos de los enemigos de nuestra salud.

Si quieres no caer en la mísera servidumbre de este vicio, has de huir de toda curiosidad y afecto terreno, y de cualquiera ocupación que no convenga a tu estado. Asimismo serás muy diligente en corresponder a las inspiraciones del cielo, en ejecutar las órdenes de tus superiores, y en hacer todas las cosas en el tiempo y en el modo que ellos desean.

No tardes ni un breve instante en cumplir lo que se te hubiere ordenado, porque la primera dilación o tardanza ocasiona la segunda, y la segunda la tercera y las demás, a las cuales el sentido se rinde y cede más fácilmente que a las primeras, por haberse ya aficionado al placer y dulzura del descanso; y así, o la acción se empieza muy tarde, o se deja como pesada y molesta.

De esta suerte viene a formarse en nosotros el hábito de la pereza, el cual es muy difícil de vencer, si la vergüenza de haber vivido en una suma negligencia y descuido no nos obliga al fin a tomar la resolución de ser en lo venidero más laboriosos y diligentes.

Pero advierte, hija mía, que la pereza es un veneno que se derrama en todas las potencias del alma, y no solamente inficiona la voluntad, haciendo que aborrezca el trabajo, sino también el entendimiento, cegándole para que no vea cuán vanos y mal fundados son los propósitos de los negligentes y perezosos; pues lo que deberían hacer luego y con diligencia, o no lo hacen jamás, o lo difieren y dejan para otro tiempo.

Ni basta que se haga con prontitud la obra que se ha de hacer, sino que es necesario hacerla en el tiempo que pide la calidad y naturaleza de la misma obra, y con toda la diligencia y cuidado que conviene, para darle toda la perfección posible; porque, en fin, no es diligencia sino una pereza artificiosa y fina hacer con precipitación las cosas, no cuidando de hacerlas bien, sino de concluirlas presto, para entregarnos después al reposo en que teníamos fijo todo el pensamiento. Este desorden nace ordinariamente de no considerarse bastantemente el valor y precio de una buena obra, cuando se hace en su propio tiempo, y con ánimo resuelto a vencer todos los impedimentos y dificultades que impone el vicio de la pereza a los nuevos soldados que comienzan a hacer guerra a sus pasiones y vicios.

Considera, pues, hija mía, que una sola aspiración, una oración jaculatoria, una reflexión, y la menor demostración de culto y de respeto a la Majestad divina, es de mayor precio y valor que todos los tesoros del mundo; y cada vez que el hombre se mortifica en alguna cosa, los Ángeles del cielo le fabrican una bella corona en recompensa de la victoria que ha ganado sobre sí mismo. Considera, al contrario, que Dios quita poco a poco sus dones y gracias a los tibios y perezosos, y los aumenta a los fervorosos y diligentes para hacerlos entrar después en la alegría y gozo de su bienaventuranza.

Pero si al principio no te sintieres con fuerza y vigor bastante para sufrir las dificultades y penas que se presentan en el camino de la perfección, es necesario que procures ocultártelas con destreza a ti misma, de suerte que te parezcan menores de lo que suelen figurarse los perezosos. Por ejemplo, si para adquirir una virtud necesitas ejercitarte en repetidos y frecuentes actos, y combatir con muchos y poderosos enemigos que se oponen a tu intento, empieza a formar dichos actos como si hubiesen de ser pocos los que has de producir, trabaja como si tu trabajo no hubiese de durar sino muy breve tiempo, y combate a tus enemigos, uno en pos de otro, como si no tuvieses sino uno solo que combatir y vencer, poniendo toda tu confianza en Dios, y esperando que con el socorro de su gracia serás más fuerte que todos ellos. Pues si obrares de esta suerte, vendrás a librarte del vicio de la pereza y a adquirir la virtud contraria.

Lo mismo practicarás en la oración. Si tu oración debe durar una hora, y te parece largo este tiempo, proponte solamente orar medio cuarto de hora, y pasando de este medio cuarto de hora a otro, no te será difícil ni penoso el llenar, finalmente, la hora entera. Pero si al segundo o tercero medio cuarto de hora, sintieres demasiada repugnancia y pena, deja entonces el ejercicio para no aumentar tu desabrimiento y disgusto; porque esta interrupción no te causará ningún daño, si después vuelves a continuarlo.

Este mismo método has de observar en las obras exteriores y mentales. Si tuvieres diversas cosas que hacer, y, por parecerte muchas y muy difíciles, sientes inquietud y pena, comienza, siempre por la primera, con resolución, sin pensar en las demás, porque haciéndolo así con diligencia, vendrás a hacerlas todas con menos trabajo y dificultad de lo que imaginabas.

Si no procuras, hija mía, guardar esta regla, y no te esfuerzas a vencer el trabajo y dificultad que nace de la pereza, advierte que con el tiempo vendrá a prevalecer en ti de tal manera este vicio, que las dificultades y penas, que son inseparables de los primeros ejercicios de la virtud, no solamente te molestarán cuando estén presentes, sino que desde luego te causarán disgusto y congojas, porque estarás siempre con un continuo temor de ser ejercitada y combatida de tus enemigos, y en la misma quietud vivirás inquieta y turbada.

Conviene, hija mía, que sepas que en este vicio hay un veneno oculto que oprime y destruye no solamente las primeras semillas de las virtudes, sino también las virtudes que están ya formadas; y que como la carcoma roe y consume insensiblemente la madera, así este vicio roe y consume insensiblemente la médula de la vida espiritual; y por este medio suele el demonio tender sus redes y lazos a los hombres, y particularmente a los que aspiran a la perfección.

Vela, pues, sobre ti misma dándote a la oración y a las buenas obras, y no aguardes a tejer el paño de la vestidura nupcial para cuando ya habías de estar vestida y adornada de ella para salir a recibir al esposo (Matth. XXII et XXV).

Acuérdate cada día de que no te promete la tarde quien te da la mañana, y quien te da la tarde no te asegura la mañana (Véase en la 2a. part. trat. 4o. capítulo XIV).

Emplea santamente cada hora del día como si fuese la última; ocúpate toda, en agradar a Dios y teme siempre la estrecha y rigurosa cuenta que le has de dar de todos los instantes de tu vida.

Últimamente te advierto que tengas por perdido aquel día en que, aunque hayas trabajo con diligencia, y concluido muchos negocios, no hubieres alcanzado muchas victorias contra tu propia voluntad y malas inclinaciones, ni hubieres rendido gracias y alabanzas a Dios por sus beneficios; y principalmente por el de la dolorosa muerte que padeció por ti, y por el suave y paternal castigo que te da, si por ventura te hubiese hecho digna del tesoro inestimable de alguna tribulación.

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Message  Javier le Sam 22 Déc 2018, 8:31 am

CAPÍTULO XXI - Cómo debemos gobernar los sentidos exteriores y servirnos de ellos para la contemplación de las cosas divinas

Grande advertencia y continuado ejercicio pide el gobierno y buen gusto de los sentidos exteriores; porque el apetito sensitivo, de donde nacen todos los movimientos de la naturaleza corrompida, se inclina desenfrenadamente a los gustos y deleites, y no pudiendo adquirirlos por sí mismo, se sirve de los sentidos como de instrumentos propios y naturales para traer a sí los objetos, cuyas imágenes imprime en el alma; de donde se origina el placer sensual, que por la estrecha comunicación que tienen entre sí el espíritu y la carne, derramándose desde luego en todos los sentidos que son capaces de aquel deleite, pasa después a inficionar, como un mal contagioso, las potencias del alma, y viene finalmente a corromper todo el hombre.

Los remedios con que podrás preservarte de un mal tan grave, son éstos:

Estarás siempre advertida y sobre aviso de no dar mucha libertad a tus sentidos, y de no servirte de ellos para el deleite, sino solamente para algún buen fin, o por alguna necesidad o provecho; y si por ventura, sin que tú lo adviertas, se derramaren a vanos objetos para buscar algún falso deleite, recógelos luego y réglalos de suerte que se acostumbren a sacar de los mismos objetos grandes socorros para la perfección del alma, y no admitir otras especies que las que puedan ayudarla para elevarse por el conocimiento de las cosas creadas a la contemplación de las grandezas de Dios, la cual podrás practicar en esta forma:

Cuando se presentare a tus sentidos algún objeto agradable, no consideres lo que tiene de material, sino míralo con los ojos del alma; y si advirtieres o hallares en él alguna cosa que lisonjee y agrade a tus sentidos, considera que no la tiene de sí, sino que la ha recibido de Dios, que con su mano invisible lo ha creado, y le comunica toda la bondad y hermosura que en él admiras.

Después te alegrarás de ver que este Ser soberano e independiente, que es el único Autor de tantas bellas cualidades que te hechizan en las criaturas, las contiene todas en sí mismo con eminencia, y que la más excelente de aquéllas no es sino una sombra de sus infinitas perfecciones.

Cuando vieres o contemplares alguna obra excelente y perfecta de tu Creador, considera su nada, y fija los ojos del entendimiento en el divino Artífice que le dio el ser, y poniendo en Él solo toda tu alegría, le dirás: ¡Oh esencia divina, objeto de todos mis deseos y única felicidad mía; cuánto me alegro que tú seas el principio infinito de todo el ser y perfección de las criaturas!

De la misma suerte, cuando vieres árboles, plantas, flores o cosas semejantes, considera que la vida que tienen no la tienen de sí, sino del espíritu que no ves y las vivifica, al cual podrás decir: 'Vos sois, Señor, la verdadera vida, de quien, en quien y por quien viven y crecen todas las cosas. ¡Oh única alegría de mi corazón!'

Asimismo, de la vista de los animales levantarás el pensamiento a Dios que les ha dado el sentido y movimiento, y le dirás: '¡Oh gran Dios, que moviendo todas las cosas en el mundo, sois siempre inmóvil en Vos mismo! ¡Cuánto me alegro de vuestra perpetua estabilidad y firmeza!'

Cuando sintieres que se inclina tu afecto a la belleza de las criaturas, separa luego lo que ves de lo que no ves; deja el cuerpo, y vuelve el pensamiento al espíritu. Considera que todo lo que parece hermoso a tus ojos viene de un principio invisible, que es la hermosura increada, y te dirás a ti misma: Estos no son sino destellos o arroyuelos de aquella fuente increada, o gotas de aquel piélago infinito de donde manan todos los bienes. ¡Oh cómo me alegro en lo íntimo del corazón pensando en la eterna belleza, que es origen y causa de todas las bellezas creadas!

Cuando vieres alguna persona en quien resplandezca la bondad, la sabiduría, la justicia o alguna otra virtud, distingue igualmente lo que tiene de sí misma, de lo que ha recibido del cielo, y dirás a Dios: ¡Oh riquísimo tesoro de todas las virtudes! Yo no puedo explicar la alegría que siento cuando considero que no hay algún bien que no proceda de Vos, y que todas las perfecciones de las criaturas son nada en comparación de las vuestras. Yo os alabo y bendigo, Señor, por éste y por todos los demás bienes que os habéis dignado comunicar a mi prójimo. Acordaos, Señor, de mi pobreza, y de la necesidad que tengo de tal y tal virtud.

Cuando hicieres alguna cosa, considera que Dios es la primera causa de aquella obra, y que tú no eres sino un vil instrumento; y levantando el pensamiento a su divina Majestad, le dirás: '¡Oh soberano Señor del mundo! Yo reconozco con alegría indecible que sin Vos no puedo obrar cosa alguna, y que Vos sois el primero y principal Artífice de todas.'

Cuando comieres alguna vianda que sea de tu gusto, harás esta reflexión: que sólo el Creador es capaz de darle este gusto que encuentras, y que te es tan agradable; y poniendo en Él solo todas tus delicias, te dirás a ti misma: 'Alégrate, alma mía, de que, como fuera de Dios no hay verdadero ni sólido contento, así en solo Dios puedas verdaderamente deleitarte en todas las cosas.'

Cuando percibieres algún olor suave y agradable no te detengas en el deleite o gusto que te causa; mas pasa con el pensamiento al Señor, de quien tiene su origen aquella fragancia, y con una interior consolación le dirás: 'Haced, Dios y Señor mío, que así como yo me alegro de que de Vos proceda toda suavidad, así mi alma, desasida de los placeres sensuales, no tenga cosa alguna que le impida elevarse a Vos, como el humo de un agradable incienso.'

Finalmente, cuando oyeres alguna suave armonía de voces e instrumentos, volviéndote con el espíritu a Dios, dirás: '¡Oh Señor, Dios mío, cuánto me alegro de vuestras infinitas perfecciones, que unidas forman una admirable armonía y concierto, no solamente en Vos mismo sino también en los Ángeles, en los cielos y en todas las criaturas!'

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Message  Javier le Lun 24 Déc 2018, 9:40 am

CAPÍTULO XXII - Cómo podrán ayudarnos las cosas sensibles para la meditación de los misterios de la vida y pasión de Cristo nuestro Señor.

Ya te he mostrado, hija mía, cómo podrás elevarte de la consideración de las cosas sensibles a la contemplación de las grandezas de Dios. Ahora quiero enseñarte el modo de servirte de estas mismas cosas para meditar y considerar los sagrados misterios de la vida y pasión de Jesucristo nuestro Redentor.

No hay cosa alguna en el Universo que no pueda servirte para este efecto.

Considera en todas las cosas a Dios, como única y primera causa que les ha dado el ser, la hermosura y la excelencia que tienen. Después admirarás su bondad infinita; pues siendo único principio y señor de todo lo creado, quiso humillar su dignidad y grandeza hasta hacerse hombre y vestirse de nuestras flaquezas, y sufrir una muerte afrentosa por nuestra salud, permitiendo que sus mismas criaturas lo crucificasen.

Muchas cosas podrán representarte particular y distintamente estos santos misterios, como armas, cuerdas, azotes, columnas, espinas, cañas, clavos, tenazas, martillos y otras cosas que fueron instrumentos de la sacratísima Pasión.

Los pobres albergues nos traerán a la memoria el establo y pesebre en que quiso nacer el Señor. Si llueve podremos acordarnos de aquella divina lluvia de sangre que en el huerto salió de su sacratísimo cuerpo y regó la tierra. Las piedras que miráremos nos servirán de imágenes de las que se rompieron en su muerte. La tierra nos representará el movimiento que entonces hizo. El sol, las tinieblas que lo oscurecieron. Cuando viéremos el agua, podremos acordarnos de la que salió de su sacratísimo costado; y lo mismo digo de otras cosas semejantes.

Si bebieres vino u otro licor, acuérdate de la hiel y vinagre que a tu divino Salvador presentaron sus enemigos. Si te deleitare la suavidad y fragancia de los perfumes, figúrate en tu imaginación el hedor de los cuerpos muertos que sintió en el Calvario. Cuando te vistieres, considera que el Verbo eterno se vistió de nuestra carne para vestirnos de su divinidad. Cuando te desnudares, imagínate que lo ves desnudo entre las manos de los verdugos para ser azotado y morir en la cruz por nuestro amor. Cuando oyeres algunos rumores o gritos confusos, acuérdate de las voces abominables de los judíos cuando, amotinados contra el Señor, gritaban que fuese crucificado: Tolle, tolle, crucifige, crucifige.

Todas las veces que sonare el reloj para dar las horas, te representarás la congoja, palpitación y angustias mortales que sintió en su corazón Jesús en el huerto, cuando empezó a temer los crueles tormentos que se le preparaban; o te figurarás que oyes los duros golpes de los martillos que los soldados le dieron cuando lo clavaron en la cruz. En fin, en cualesquiera dolores y penas que padecieres o vieres padecer a otro, considerarás que son muy leves en comparación de las incomprensibles angustias que penetraron y afligieron el cuerpo y el alma de Jesucristo en el curso de su pasión.

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Message  Javier le Mar 25 Déc 2018, 9:33 am

CAPÍTULO XXIII - De otros modos de gobernar nuestros sentidos según las ocasiones que se ofrecieren

Después de haberte mostrado cómo podemos levantar nuestros espíritus de las cosas sensibles a las cosas de Dios, y a los misterios de la vida de Jesucristo, quiero también enseñarte otros modos de que podemos servirnos para diversos manjares con que puedan satisfacer a su devoción. Esta variedad será de grande utilidad y provecho, no solamente para las personas sencillas, sino también para las espirituales, porque no todas van por un mismo camino a la perfección, ni tienen el espíritu igualmente pronto y dispuesto para las más altas especulaciones.

No temas que tu espíritu se embarace y confunda con esta diversidad de cosas, si te gobiernas con la regla de la discreción y con el consejo de quien te guiare en la vida espiritual, cuya dirección deberás seguir siempre, así en éstas como en todas las demás advertencias que te haré.

Siempre que mirares tantas cosas hermosas y agradables a la vista, y que el mundo tiene en grande aprecio y estimación, considera que todas son vilísimas y como de barro en comparación de las riquezas y bienes celestiales, a que solamente (despreciando el mundo) debes aspirar de todo corazón.

Cuando miras el sol, imagina y piensa que tu alma, si se halla adornada de la gracia, es más hermosa y resplandeciente que el sol y que todos los astros del firmamento; pero que sin el adorno y hermosura de la gracia, es más oscura y abominable que las mismas tinieblas del infierno.

Alzando los ojos corporales al cielo, pasa adelante, con los del entendimiento, hasta el empíreo, y considera que es lugar prevenido para tu feliz morada por una eternidad, si en este mundo vivieres cristianamente.

Cuando oyeres cantar los pájaros, acuérdate del paraíso, donde se cantan incesantemente a Dios himnos y cánticos de alabanza (Apoc. XIX); y pide al mismo tiempo al Señor que te haga digna de alabarle eternamente en compañía de los espíritus celestiales.

Cuando advirtieres que te deleita y hechiza la belleza de las criaturas, imagina que debajo de aquella hermosa apariencia se oculta la serpiente infernal, pronta, a morderte para inficionarte con su veneno, y quitarte la vida de la gracia; y con santa indignación le dirás: Huye, maldita serpiente, en vano te ocultas para devorarme. Después, volviéndote a Dios, le dirás: Bendito seáis, Señor, que os habéis dignado descubrirme mi enemigo y salvarme de sus asechanzas. Y luego retírate a las llagas de tu Redentor como a un asilo seguro, y ocupa tu espíritu con los dolores incomprensibles que padeció en su sacratísima carne para librarte del pecado, y hacerte odiosos los deleites sensuales.

Otro medio quiero enseñarte para defenderte de los atractivos de las hermosuras creadas, y es que pienses y consideres qué vendrán a ser, después de la muerte, estos objetos que te parecen ahora tan hermosos. Cuando caminares, acuérdate de que a cada paso que das te acercas a la muerte. El vuelo de un pájaro, el curso de un río impetuoso, te advierten que tu vida corre y vuela con mayor velocidad a su fin.

En las tempestad de vientos, relámpagos y truenos, acuérdate del tremendo día del juicio; y postrándote profundamente en la presencia de Dios, lo adorarás pidiéndole con humildad que te conceda gracia y tiempo para disponerte y prepararte, de suerte que puedas comparecer entonces con seguridad delante de su altísima Majestad.

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Re: EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

Message  Javier le Mer 26 Déc 2018, 11:08 am

En la variedad de accidentes a que está sujeta la vida humana; te ejercitarás de esta manera: Si, por ejemplo, te hallares oprimida de algún dolor o tristeza, si padecieres calor o frío o alguna otra incomodidad, levanta tu espíritu al Señor, y adora el orden inmutable de su providencia, que por tu bien ha dispuesto que en aquel tiempo padezcas aquella pena o trabajo; y reconociendo con alegría el amor tierno y paternal que te muestra, y la ocasión que te da de servirle en lo que más le agrada, dirás dentro de tu corazón: Ahora se cumple verdaderamente en mí la voluntad de Dios, que tan benigna y amorosamente dispuso en su eternidad que yo padeciese esta mortificación. Sea para siempre bendito y alabado.

Cuando se despertare en tu alma algún buen pensamiento, vuélvete luego a Dios, y reconociendo que debes a su bondad y misericordia este favor, le darás con humildad las gracias.

Si leyeres algún libro espiritual y devoto, imagínate que el Señor te habla en aquel libro para tu instrucción, y recibe sus palabras como si saliesen de su divina boca.

Cuando miras la cruz, considérala como el estandarte de Jesucristo, tu Capitán; y entiende que si te apartas de este sagrado estandarte, caerás en las manos de tus más crueles enemigos; pero si lo sigues constantemente, te harás digna de entrar algún día en triunfo en el cielo, cargada de gloriosos despojos.

Cuando vieres alguna imagen de María santísima, ofrece tu corazón a esta Madre de misericordia, muéstrale el gozo y alegría que sientes de que haya cumplido siempre con tanta diligencia y fidelidad la voluntad divina; de que haya dado al mundo a tu Redentor, y lo haya sustentado de su purísima leche; y en fin, dale muchas bendiciones y gracias por la asistencia y socorro que da a todos los que la invocan en este espiritual combate contra el demonio.

Las imágenes de los Santos te representarán a la memoria aquellos dignos y generosos soldados de Jesucristo, que combatiendo valerosamente hasta la muerte, te han abierto el camino que debes seguir para llegar a la gloria.

Cuando vieres alguna iglesia, entre otras devotas consideraciones, pensarás que tu alma es templo vivo de Dios (I Cor. II id. IV), y que como estancia y morada suya, debes conservarla pura y limpia. En cualquier tiempo que se tocare la campana para la Salutación angélica, podrás hacer alguna nueva reflexión sobre las palabras que preceden a cada Ave María.

En el primer toque o señal darás gracias a Dios por aquella célebre embajada que envió a María santísima, y fue el principio de nuestra salud. En el segundo, te congratularás con esta purísima Señora de la alta dignidad a que la sublimó Dios en recompensa de su profundísima humildad. En el tercero, adorarás al Verbo encarnado, y al mismo tiempo darás a tu bienaventurada Madre y al arcángel San Gabriel el honor y culto que merecen. En cada uno de estos toques será bien que se incline un poco la cabeza en señal de reverencia, y particularmente en el último.

A más de estas breves meditaciones, que podrás practicar igualmente en todos tiempos, quiero, hija mía, enseñarte otras de que podrás servirte por la tarde, por la mañana y al mediodía, y pertenecen al misterio de la pasión de nuestro Señor; porque todos estamos obligados a pensar frecuentemente en el cruel martirio que entonces padeció nuestra Señora, y sería en nosotros monstruosa ingratitud el no hacerlo.

Por la tarde pensarás en el dolor y pena de esta purísima Señora, por el sudor de sangre, prisión en el huerto, y angustias interiores de su santísimo Hijo en aquella triste noche.

Por la mañana, compadécete de la aflicción que tuvo cuando con tanta ignominia presentaron a su Hijo ante Pilato y Herodes, y cuando lo condenaron a muerte, y obligaron a llevar la cruz sobre sus espaldas para ir al lugar del suplicio.

Al mediodía considera aquella espada de dolor que penetró el alma de esta Madre afligida por la crucifixión y muerte del Señor, y por la cruel lanzada que recibió, ya difunto, en su sacratísimo costado.

Estas piadosas reflexiones sobre los dolores y penas de nuestra Señora, las podrás hacer desde la tarde del jueves hasta el mediodía del sábado; las otras, en los otros días. Pero en éstos seguirás siempre tu devoción particular, según te sintieres movida de los objetos exteriores.

Finalmente, para explicarte en pocas palabras el modo como debes usar de los sentidos, sea para ti regla inviolable el no dar entrada en tu corazón al amor o a la aversión natural de las cosas que se te presentaren, reglando de tal suerte todas tus inclinaciones con la voluntad divina, que no te determines a aborrecer o amar sino lo que Dios quiere que aborrezcas o ames.

Pero advierte, hija mía, que aunque te doy todas estas reglas para el buen uso y gobierno de tus sentidos, no obstante, tu principal ocupación ha de ser siempre estar recogida dentro de ti misma en el Señor, el cual quiere que te ejercites interiormente en combatir tus viciosas inclinaciones, y en producir actos frecuentes de virtudes contrarias. Solamente te las enseño y propongo para que sepas gobernarte en las ocasiones en que tuvieres necesidad; porque has de saber que no es medio seguro para aprovechar en la virtud el sujetarnos a muchos ejercicios exteriores, que aunque de sí son loables y buenos, no obstante muchas veces no sirven sino para embarazar el espíritu, fomentar el amor propio, entretener nuestra inconstancia, y dar lugar a las tentaciones del enemigo.

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Message  Javier le Ven 28 Déc 2018, 8:53 am

CAPÍTULO XXIV - Del modo de gobernar la lengua

La lengua del hombre, para ser bien gobernada, necesita freno que la contenga dentro de las reglas de la sabiduría y discreción cristiana; por que todos somos naturalmente inclinados a dejarla correr y discurrir libremente sobre lo que agrada y deleita a los sentidos.

El hablar mucho nace ordinariamente de nuestra soberbia y presunción; porque persuadiéndonos de que somos muy entendidos y sabios, nos esforzamos con sobradas réplicas a imprimirlos en los ánimos de los demás, pretendiendo dominar en las conversaciones, y que todo el mundo nos escuche como maestros.

No se pueden explicar con pocas palabras los daños que nacen de este detestable vicio. La locuacidad es madre de la pereza, indicio de ignorancia y de locura, ocasiona la detracción y la mentira, entibia el fervor de la devoción, fortifica las pasiones desordenadas, y acostumbra a la lengua no decir sino palabras vanas, indiscretas y ociosas.

No te alargues jamás en discursos y razonamientos prolijos con quien no te oye con gusto, para no darle enfado; y haz lo mismo con quien te escucha cortesanamente, para no exceder los términos de la modestia.

Huye siempre de hablar con demasiado énfasis y alta voz, porque ambas cosas son odiosas, y muestran mucha presunción y vanidad.

No hables jamás de ti misma, de tus cosas, de tus padres o de tus parientes, sino cuando te obligare la necesidad, y entonces lo harás muy brevemente y con toda la moderación y modestia posible; y si te pareciere que alguno habla sobradamente de sí y de sus cosas, no por eso lo menosprecies; pero guárdate de imitarle, aunque sus palabras no se dirijan sino a la acusación y al menosprecio de sí mismo y a su propia confusión.

Del prójimo y de las cosas que le pertenecen no hables jamás sino cuando se ofreciere la ocasión de confesar su mérito y su virtud, para no defraudarle de la aprobación o alabanza que se le debe. Habla con gusto de Dios, y particularmente de su amor y de su bondad infinita. Pero temiendo que puedes errar en esto, y no hablar con la dignidad que conviene, gustarás más de escuchar con atención lo que otros dijeren, conservando sus palabras en lo íntimo de tu corazón.

En cuanto a los discursos y razonamientos profanos, si llegaren a tus oídos, no permitas que entren en tu corazón; pero si te fuere forzoso escuchar al que te habla, para responderle, no dejes de dar con el pensamiento una breve vista al cielo donde reina tu Dios, y desde donde aquella soberana Majestad no se desdeña de mirar tu profunda bajeza.

Examina, bien todo lo que quisieres decir antes que del corazón pase a la lengua. Procura usar en esto de toda la circunspección posible; porque muchas veces se fían inadvertidamente a la lengua algunas cosas que deberían sepultarse en el silencio; y no pocas palabras que en la conversación parecen buenas y dignas de decirse, sería mejor suprimirlas; lo cual se conoce claramente pasada la ocasión del razonamiento.

La virtud del silencio, hija mía, es un poderoso escudo en el combate espiritual, y los que lo guardan pueden prometerse con seguridad grandes victorias; porque ordinariamente desconfían de sí mismos, confían en Dios, sienten mucho atractivo hacia la oración, y una grande inclinación y facilidad para todos los ejercicios de la virtud.

Para aficionarte y acostumbrarte al silencio, considera a menudo los grandes bienes que proceden de esta virtud, y los males infinitos que nacen de la locuacidad y de la destemplanza de la lengua (Jacob. III, 2 et seqs.); pero si quieres adquirir en breve tiempo esta virtud, procura callar, aun cuando tuvieres ocasión o motivo de hablar, con tal que tu silencio no te cause a ti o al prójimo algún perjuicio. Huye sobre todo de las conversaciones profanas; prefiere la compañía de los Ángeles, de los Santos, y del mismo Dios, a la de los hombres. Acuérdate, finalmente, de la difícil y peligrosa guerra que tienes dentro y fuera de ti misma, porque viendo cuánto tienes que hacer para defenderte de tus enemigos, dejarás sin dificultad las conversaciones y discursos inútiles.

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Re: EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

Message  Javier le Dim 30 Déc 2018, 8:09 am

CAPÍTULO XXV - Que para combatir bien contra los enemigos, debe el soldado de Cristo huir cuanto le fuere posible de las inquietudes y perturbaciones del corazón.

Así como cuando hemos perdido la paz del corazón, debemos emplear todos los esfuerzos posibles para recobrarla; así has de saber, hija mía, que no puede ocurrir en el mundo accidente alguno que deba quitarnos este inestimable tesoro.

De los pecados propios no es dudable que debemos dolernos; pero con un dolor tranquilo y pacífico, como muchas veces he dicho. Asimismo, justo es que nos compadezcamos de otros pecadores, y que a lo menos interiormente lloremos su desgracia; pero nuestra compasión, como nacida puramente de la caridad, ha de estar libre y exenta de toda inquietud y perturbación de ánimo.

En orden a los males particulares y públicos a que estamos sujetos en este mundo, como son las enfermedades, las heridas, la muerte, la pérdida de los bienes, de los parientes y de los amigos; la peste, la guerra, los incendios y otros muchos accidentes tristes y trabajosos, que los hombres aborrecen como contrarios a la naturaleza, podemos siempre, con el socorro de la gracia, no solamente recibirlos sin repugnancia, de la mano de Dios, sino también abrazarlos con alegría y contento, considerándolos, o como castigos saludables para los pecadores, o como ocasiones de mérito para los justos.

Por estos dos fines, hija mía, suele Dios afligirnos; pero si nuestra voluntad estuviere resignada en la suya, gozaremos de perfecta paz y quietud interior entre todas las amarguras y contrariedades de esta vida. Y has de tener por cierto, que toda la inquietud desagrada a sus divinos ojos; porque de cualquiera naturaleza que sea, nunca se halla sin alguna imperfección, y procede siempre de una raíz, que es el amor propio.

Procura, pues, hija mía, acostumbrarte a prever desde lejos todos los accidentes que puedan inquietarte, y prepárate a sufrirlos con paciencia. Considera que los males presentes no son efectivamente males, que no son capaces de privarnos de los verdaderos bienes, y que Dios los envía o los permite por los dos fines que hemos dicho; o por otros que nos son ocultos, pero que no pueden dejar de ser siempre muy justos.

Conservando de esta suerte un espíritu siempre igual entre los diversos accidentes de esta vida, aprovecharás mucho, y harás grandes progresos en la perfección; pero sin esta igualdad de espíritu todos tus ejercicios serán inútiles y de ningún provecho. Además de esto, mientras tuvieres inquieto y turbado el corazón, te hallarás expuesta a los insultos del enemigo, y no podrás en este estado descubrir la senda y verdadero camino de la virtud.

El demonio procura con todo esfuerzo desterrar la paz de nuestro corazón; porque sabe que Dios habita en la paz, y que la paz es el lugar en que suele obrar cosas grandes. De aquí nace que no hay artificio de que no se sirva para robarnos este inestimable tesoro, y a este fin nos inspira diversos deseos que parecen buenos y son verdaderamente malos. Este engaño se puede conocer fácilmente, entre otras señales, en que tales deseos nos quitan la paz y quietud del corazón.

Para remediar un daño tan grave, conviene que, cuando el enemigo se esfuerza a excitar en ti algún nuevo deseo, no le des entrada en tu corazón sin que primeramente, libre y desnuda de todo afecto de propiedad y querer, ofrezcas y presentes a Dios este nuevo deseo; y, confesando tu ceguedad e ignorancia, le pidas con eficacia que su divina luz te haga conocer si viene de su Majestad o del enemigo. Recurre también, cuando pudieres, al consejo de tu padre espiritual.

Aun cuando estuvieres cierta y segura de que el deseo que se forma en tu corazón es un movimiento del Espíritu Santo, no debes ponerlo en obra sin haber mortificado primero tu demasiada vivacidad; porque una buena obra, a la cual precede esta mortificación, es más perfecta y más agradable a Dios que si se hiciese con un ardor y ansia natural; y muchas veces la buena obra le agrada menos que esta mortificación.

De esta suerte, desechando y repeliendo los deseos no buenos, y no efectuando los buenos sino después de haber reprimido los movimientos de la naturaleza, conservarás tu corazón libre de todo peligro y perfectamente tranquilo.

Para conservar esta paz y tranquilidad del corazón, conviene también que lo defiendas y guardes de ciertas represiones o remordimientos interiores contra ti misma, que si bien nos parece que vienen de Dios, porque te acusan de alguna verdadera falta, no obstante, no vienen sino del demonio. Por sus frutos conocerás la raíz (Matth. VII) de donde proceden. Si los remordimientos de conciencia te humillan, si te hacen más diligente y fervorosa en el ejercicio y práctica de las buenas obras, y no disminuyen tu confianza en la divina misericordia, debes recibirlos con gratitud y reconocimiento, como favores del cielo; pero si te inquietan, te turban y te confunden; si te hacen pusilánime, tímida y perezosa en el bien, debes creer que son sugestiones del enemigo; y así, sin darles oído, proseguirás tus ejercicios.

Mas como fuera de todo esto nuestras inquietudes nacen comúnmente de los males de esta vida, para que puedas defenderte y librarte de estos golpes, has de hacer dos cosas:

La primera, considerar qué es lo que estos males pueden destruir en nosotros, si es el amor de la perfección o el amor propio. Si no destruyen más que el amor propio, que es nuestro capital enemigo, no debemos quejamos; antes bien, aceptarlos con alegría y reconocimiento, como gracias que Dios nos hace, y como socorros que nos envía; pero si pueden apartarnos de la perfección, y hacernos aborrecible y odiosa la virtud, no por esto debemos desalentarnos ni perder la paz del corazón, como veremos en el capítulo siguiente. La otra cosa es que, levantando tu espíritu a Dios, recibas indiferentemente todo lo que te viniere de su divina mano, persuadiéndote de que las mismas cruces que nos envía son para nosotros fuente de infinitos bienes que entonces no apreciamos porque no los conocemos.

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Message  Javier le Mar 01 Jan 2019, 1:29 pm

CAPÍTULO XXVI - De lo que debernos hacer cuando hemos recibido alguna herida en el combate espiritual

Cuando te sintieres herida, esto es, cuando conocieres que has cometido alguna falta, o por pura fragilidad o con reflexión y malicia, no por esto te desanimes o te inquietes; mas volviéndote luego a Dios, le dirás con humilde confianza:

Ahora, Dios mío, acabo de mostrar lo que soy; porque ¿qué podía esperarse de una criatura flaca y ciega como yo, sino caídas y pecados?

Gasta, después un breve rato en la consideración de tu propia vileza, y, sin confundirte, enójate contra tus pasiones viciosas, y principalmente contra aquella que fue causa de tu caída, y proseguirás diciendo: No hubiera yo parado aquí, Dios mío, si por vuestra bondad infinita Vos no me hubierais socorrido.

Aquí le darás muchas gracias, y amándole más fervorosamente admirarás su infinita clemencia; pues siendo ofendido de ti, te da su poderosa mano para que no caigas de nuevo.

En fin, llena de confianza en su misericordia, le dirás: Obrad Vos, Señor, como quien sois; perdonadme las ofensas que os he hecho, no permitáis que yo viva un solo instante apartada de Vos, y fortificadme de tal suerte con vuestra gracia que yo no os ofenda jamás.

Hecho esto, no te detengas en pensar si Dios te ha perdonado o no; porque esto no es otra cosa que soberbia, inquietud de espíritu, pérdida de tiempo o engaño del demonio, que con pretextos especiosos procura causarte inquietud y pena. Ponte libremente en las piadosas manos de tu Creador, y continúa tus ejercicios con la misma tranquilidad que si no hubieras cometido alguna falta; y aunque hayas caído muchas veces en un mismo día, no te desalientes ni pierdas jamás tu confianza en Dios; practica lo que te he dicho, en la segunda, en la tercera y en la última vez, como en la primera. Concibe un grande menosprecio de ti misma, y un santo horror del pecado, y esfuérzate a vivir en adelante con mayor cuidado y cautela.

Este modo de combatir contra el demonio agrada mucho al Señor; y reconociendo este astuto enemigo que no hay arma tan poderosa para quebrantar su orgullo y desarmar los ocultos lazos que siembra en el camino del espíritu, como este santo ejercicio, no hay artificio de que no se valga para obligamos a que lo dejemos, y muchas veces logra su intento por nuestra inadvertencia y descuido en velar sobre nosotros mismos.

Por esta causa, hija mía, cuanto mayor fuere la repugnancia y dificultad que sintieres en el uso de un ejercicio tan importante, tanto mayores han de ser tus esfuerzos para violentarte y vencerte a ti misma.

Y no te contentes con practicarlo una sola vez, mas repítelo muchas veces, aunque no hayas cometido sino una sola falta; y si después de tu caída te sintieres inquieta, confusa y desconfiada, la primera cosa que has de hacer es recobrar la paz del corazón y la confianza; después levantarás tu espíritu al Señor, persuadiéndote de que la inquietud que sigue a la culpa no tiene por objeto su ofensa sino el daño propio.

El modo de recobrar esta paz es que por entonces te olvides enteramente de tu caída, y consideres únicamente la inefable bondad de Dios, que está siempre pronto y dispuesto a perdonamos las más enormes faltas, y no se olvida de nosotros ni omite medio alguno para llamarnos, atraernos y unirnos a sí, a fin de sacrificarnos en esta vida y hacernos eternamente bienaventurados en la otra. Después que con estas o semejantes consideraciones hubieres calmado tu espíritu, podrás pensar en tu caída, y harás lo que te he dicho.

En fin, en el sacramento de la Penitencia, que te aconsejo frecuentes muy a menudo, reconoce y examina todas tus faltas, y con nuevo dolor de la ofensa de Dios, y propósito de no ofenderle más, las declararás sinceramente a tu padre espiritual.

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Message  Javier le Jeu 03 Jan 2019, 9:23 am

CAPÍTULO XXVII - Del orden que guarda el demonio en combatir, así a los que quieren darse a la virtud, como a los que se hallan en la servidumbre del pecado.

Has de saber, hija mía, que el demonio nada desea con tanto ardor como nuestra ruina, y que no combate con todos de una misma suerte. Para empezar, pues, a descubrirte algunos de tus artificios y engaños, te representaré diferentes estados y disposiciones del hombre.

Algunos se hallan esclavos del pecado y no piensan en romper sus cadenas.

Otros desean salir de esta esclavitud, pero nunca empiezan la empresa.

Otros se persuaden de que siguen el camino de la perfección, pero andan muy apartados de él.

Otros, en fin, después de haber llegado a un grado muy alto de virtud, vienen a caer con mayor ruina y peligro. De todos discurriremos en los capítulos siguientes.

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Message  Javier le Ven 04 Jan 2019, 9:08 am

CAPÍTULO XXVIII - De los artificios que usa el demonio para acabar de perder a los que tiene ya en la servidumbre del pecado.

Cuando el demonio llega a tener un alma en la servidumbre del pecado, no hay artificio de que no se valga para cegarla más, y divertirla de cualquier pensamiento que pueda inducirla al conocimiento del infeliz estado en que se halla. No se contenta este espíritu de iniquidad con removerla de los pensamientos y buenas inspiraciones que la llaman a la conversión; mas procura empeñarla en las ocasiones, y le tiende continuamente peligrosos lazos, a fin de que caiga de nuevo en el mismo pecado o en otros más enormes; de donde nace que destituida de la divina luz, aumente de día en día sus desórdenes, y se endurezca más en el pecado. De esta suerte, corriendo continuamente sin ningún freno a la perdición, y precipitándose de tinieblas en tinieblas, y de abismo en abismo, se aleja siempre más del camino de la salud, y multiplica sus caídas si Dios no la detiene con un milagro de su gracia.

El remedio más eficaz y pronto para el que se halla en tan triste y funesto estado es que reciba sin resistencia las inspiraciones divinas que lo llaman de las tinieblas a la luz, y del vicio a la virtud; y que clame fervorosamente a su Creador: ¡Ah Señor, asistidme, asistidme: acudid prontamente en mi socorro; no permitáis que viva más tiempo sepultado en la sombra de la muerte y del pecado! Repita muchas veces éstas o semejantes palabras, y si le fuere posible, acuda luego a su padre espiritual para pedirle ayuda y consejo contra su enemigo; pero si no pudiere ir luego a su padre espiritual, recurra prontamente a un Crucifijo, postrándose a sus sacratísimos pies, con el rostro en tierra; y alguna vez a María santísima, implorando su misericordia y su ayuda. Y sabe, hija mía, que en esta diligencia consiste la victoria, como verás en el capítulo siguiente.

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Message  Javier le Sam 05 Jan 2019, 9:25 am

CAPÍTULO XXIX - De las invenciones de que se sirve el demonio para impedir la entera conversión de los que hallándose convencidos del mal estado de su conciencia, desean corregir y reformar su vida; y de dónde nace que los buenos deseos y resoluciones muchas veces no tengan efecto.

Los que conocen el mal estado de su conciencia, y desean mudar de vida, se dejan ordinariamente engañar del demonio con estos artificios:

Después, después, mañana, mañana: quiero primeramente desembarazarme de este negocio, y después me daré con mayor quietud al espíritu.

Este es un lazo en que han caído y caen continuamente innumerables almas; pero no se debe atribuir la causa de esta infelicidad sino a suma negligencia y descuido, pues en un negocio en que se interesa su eterna salud, y el honor y gloria de Dios, no recurren con prontitud a aquella arma tan poderosa: Ahora, ahora, ¿y para qué después? Hoy, hoy, ¿y por qué mañana? diciéndose a sí mismo: ¿Quién sabe si yo veré el día de mañana? Mas aun cuando yo tuviere de esto una indubitable certeza, ¿es querer salvarme, el diferir mi penitencia? ¿es querer alcanzar la victoria, el hacer nuevas heridas?

Para evitar, pues, esta ilusión funesta, y la que he tocado en el capítulo precedente, es necesario que el alma obedezca con prontitud a las inspiraciones del cielo, porque los propósitos solos muchas veces son ineficaces y estériles; y así, infinitas almas quedan engañadas con buenas resoluciones por diversos motivos.

El primero, de que tratamos arriba, es porque nuestros propósitos no se fundan en la desconfianza propia, y en la confianza de Dios; y nuestra grande soberbia no permite que conozcamos de dónde procede este engaño y ceguedad. La luz para alcanzar este conocimiento, y el remedio para curar este mal, vienen de la bondad de Dios, el cual permite que caigamos a fin de que, instruidos y adoctrinados con nuestras propias caídas, pasemos de la confianza que ponemos en nuestras fuerzas a la que debemos poner únicamente en su gracia; y de un orgullo, casi imperceptible, a un humilde conocimiento de nosotros mismos; y así, si quieres que tus buenas resoluciones y propósitos sean eficaces, es necesario que sean constantes y firmes; y no pueden serlo si no tienen por fundamento la desconfianza de nosotros mismos, y la confianza de Dios.

El segundo, porque cuando nos movemos a formar estos buenos deseos y resoluciones nos proponemos únicamente la hermosura y la excelencia de la virtud, que por sí misma atrae poderosamente las voluntades más flacas, y no consideramos los trabajos que cuesta el adquirirla; de donde nace que, a la menor dificultad, un alma tímida y pusilánime se acobarda y se retira de la empresa.

Por esta causa, hija mía, conviene que te enamores más de las dificultades con que se adquieren las virtudes, que de las virtudes mismas, y que alimentes tu voluntad de estas dificultades, preparándote a vencerlas según las ocasiones; y sabe que cuanto más generosamente las abrazares tanto más fácil y libremente te vencerás a ti misma, triunfarás de tus enemigos, y adquirirás las virtudes.

El tercero, porque nuestros propósitos muchas veces no miran a la virtud y a la voluntad divina, sino al interés propio, el cual se aviva en las resoluciones que se forman cuando abundan consolaciones y gustos espirituales, pero principalmente en las que se forman en el tiempo de las adversidades y tribulaciones. Porque no hallando entonces algún alivio nuestros males, hacemos propósitos de darnos enteramente a Dios, y de no aplicarnos sino a los ejercicios de la virtud.

Para no caer en este inconveniente, procura en el tiempo de las delicias y gustos espirituales ser muy circunspecta y humilde en los propósitos y resoluciones, y particularmente en las promesas y votos; mas cuando te hallares atribulada, todos tus propósitos se han de dirigir únicamente a llevar con paciencia la cruz que el Señor te envía, y a exaltarla, rehusando todos los consuelos y alivios de la tierra, y aun del cielo. No has de pedir ni desear otra cosa sino que la mano poderosa de Dios te sostenga en tus males, para que puedas tolerarlos sin algún menoscabo de la virtud de la paciencia, y sin desagrado de Dios.

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Message  Javier le Dim 06 Jan 2019, 10:21 am

CAPÍTULO XXX - Del engaño de algunos que piensan que están en el camino de la perfección

El enemigo, vencido en el primero y segundo asalto, recurre al tercero, el cual consiste en hacer que nos olvidemos de las pasiones y vicios que actualmente nos combaten, y nos ocupemos en deseos y vanas ideas de una perfección imaginaria y quimérica, a que sabe muy bien que no llegaremos jamás.

De aquí nace el que recibamos continuas y peligrosas heridas, y no pensemos en aplicar el remedio; porque estos deseos y resoluciones quiméricas nos parecen verdaderos afectos, y con una secreta vanidad nos persuadimos de que hemos llegado ya a un alto y eminente grado de santidad. De esta suerte, no pudiendo sufrir la menor pena ni la menor injuria, gastamos inútilmente el tiempo en formar en la meditación vanos propósitos de sufrir los mayores tormentos, y aun las mismas penas del purgatorio por amor de Dios; y como en esto la parte inferior no siente repugnancia, como en cosa que aún está por venir, nos atrevemos a compararnos con los que verdaderamente sufren grandes trabajos con una paciencia invencible.

Para evitar este engaño, es necesario que te determines a combatir y pelear con los enemigos, que efectivamente y de cerca te hacen guerra; y por aquí vendrás a conocer si tus resoluciones han sido aparentes o verdaderas, flacas o firmes, tímidas o generosas; y caminarás a la virtud y a la perfección por la senda real y verdadera que han seguido todos los Santos.

Mas con los enemigos que no acostumbran molestarte, no te aconsejo te empeñes de antemano, si no es cuando receles probablemente que dentro de breve tiempo te han de asaltar; en tal caso, para que te halles prevenida y fuerte, será lícito anticipar algunos propósitos.

Pero nunca reputes por efectos tus resoluciones, aunque por algún tiempo te hayas ejercitado en las virtudes con la regla debida; antes bien procura ser cauta, y humilde, y recelándote de ti misma y de tu flaqueza, y confiando únicamente en Dios, recurre frecuentemente a su bondad, y pídele la fortaleza en el combate, y que te preserve de los peligros, sobre todo de cualquiera presunción y confianza de ti misma.

Con estas prevenciones, hija mía, aunque no podamos vencer algunos defectos leves, que muchas veces permite Dios en nosotros para que nos humillemos, y no perdamos el bien que hubiéramos adquirido con nuestras buenas obras, nos será lícito proponernos un grado más alto de perfección.

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Message  Javier le Lun 07 Jan 2019, 1:22 pm

CAPÍTULO XXXI - Del engaño y de la guerra que nos suele hacer el demonio para que dejemos el camino que nos lleva a la virtud.

El cuarto artificio de que se sirve nuestro enemigo para engañarnos, cuando reconoce que caminamos derechamente a la virtud, es inspirarnos diversos buenos deseos, a fin de que, dejando los ejercicios de la virtud que nos son propios y convenientes, nos empeñemos insensiblemente en el vicio.

Por ejemplo: si una persona enferma sufre su mal con paciencia, este enemigo de nuestro bien, temiendo que de esta manera podrá adquirir el hábito de esta virtud, le propone otras muchas buenas obras que pudiera ejercitar en otro estado; y la induce con sagacidad a que se persuada y crea que si tuviese salud serviría mejor a Dios, y sería más útil para sí y para el prójimo.

Apenas ha excitado en ella los vanos deseos de recobrar la salud, los enciende y aumenta en su corazón de tal suerte, que venga a inquietarse y afligirse, porque no puede conseguir lo que quiere; y como al paso que sus deseos se van aumentando crece su inquietud y desasosiego, viene el demonio a conseguir su intento; porque, finalmente, la induce a que lleve con impaciencia su enfermedad, mirándola como impedimento de las buenas obras que desea ejecutar, so pretexto de adelantar en la virtud.

Después de tenerla en este estado, con la misma destreza le quita de la memoria, el fin del servicio de Dios, y de la bondad de las obras, y la deja con solo el deseo de verse libre de la enfermedad; y porque no le sucede conforme quiere, se perturba de modo que viene a ponerse impaciente de todo punto; y así, de la virtud que deseaba practicar, viene a caer insensiblemente en el vicio contrario.

El modo de preservarte de este engaño es que, cuando te hallares en algún trabajo, atiendas con mucha advertencia a no dar entrada, en tu corazón a semejantes deseos; porque por no poderlos ejecutar en aquella ocasión, probablemente te han de inquietar. Conviene, hija mía, que en estos casos te persuadas con un verdadero sentimiento de humildad y resignación, que cuando Dios te sacase del estado penoso en que te hallas, todos los buenos deseos que concibes ahora, no tendrían entonces por tu natural inestabilidad el efecto que tú te figuras; o, a lo menos, imagina y piensa que el Señor por una secreta disposición de su providencia, o en castigo de tus pecados, no quiere que tengas la complacencia y gusto de hacer aquella buena obra, sino que te sujetes y rindas a su voluntad, y te humilles bajo su suave y poderosa mano.

Asimismo, hija mía, cuando te vieres obligada, o por orden de tu padre espiritual, o por alguna otra causa, a interrumpir tus devociones ordinarias, o abstenerte por algún tiempo de la santa Comunión, no te dejes abatir y dominar de la melancolía y tristeza, sino renuncia interiormente a tu propia voluntad, y conformándote con la de Dios, te dirás a ti misma: Si Dios, que conoce el fondo de mi alma, no viese en mí ingratitudes y defectos, yo no sería privada ahora de la santa Comunión; sea su nombre eternamente bendito y alabado, pues se digna descubrirme por este medio mi indignidad. Yo creo firmemente, Señor, que en todas las aflicciones que Vos me enviáis, no queréis ni deseáis de mi otra cosa sino que, sufriéndoles con paciencia, y con deseo de agradaros, os ofrezca un corazón siempre rendido a vuestra voluntad, y siempre pronto a recibirnos, a fin de que, entrando Vos en él, podáis llenarlo de consolaciones espirituales, y defenderlo contra todas las fuerzas del infierno que os lo procuran robar. Haced, oh Creador y Salvador mío, haced de mí lo que sea más agradable a vuestros ojos. Sea vuestra divina voluntad ahora y siempre mi apoyo, manjar y sustento. La única gracia que os pido es que mi alma, purificada de todo lo que desagrada a vuestros ojos, y adornada de todas las virtudes, se vea en estado que pueda no solamente recibiros, sino también ejecutar todo lo que fuere de vuestro divino beneplácito ordenarme.

Si guardares estos preceptos, puedes estar cierta y segura que los buenos deseos que tuvieres, y no puedes poner en obra, ya procedan puramente de la naturaleza, ya vengan del demonio a fin de hacerte aborrecible y odiosa la virtud, o ya te los inspire Dios para hacer prueba de tu resignación en su divina voluntad, siempre te serán ocasión y motivo para hacer algún progreso en el camino de la perfección, y para servir al Señor en el modo que le es más agradable, y en esto, hija mía, consiste la verdadera devoción.

Advierte también que cuando, para curarte de alguna dolencia, o librarte de alguna incomodidad, usares de aquellos remedios inocentes y lícitos de que suelen servirse los Santos y siervos de Dios, no deberás hacerlo con deseo y demasiada voluntad de que las cosas sucedan según tu inclinación y gusto; mas úsalos porque Dios quiere que los usemos en nuestras dolencias, porque no sabemos si por estos medios o por otros mejores, su divina Majestad ha resuelto librarnos de nuestros males. Si no te gobernares de esta manera, todo te sucederá muy mal; porque será muy posible que no consigas lo que deseas apasionadamente, y entonces caerás con facilidad en el vicio de la impaciencia, o cuando menos, tu paciencia irá siempre acompañada de muchas imperfecciones que la harán menos agradable a Dios, y disminuirán mucho tu merecimiento.

Finalmente, quiero descubrirte un secreto artificio de nuestro amor propio que suele siempre encubrirnos y ocultarnos nuestros defectos, aunque sean muy visibles. Por ejemplo, cuando un enfermo se aflige, con exceso, de su dolencia, disimula esta imperfección con el celo de algún bien aparente, diciendo que su inquietud no es verdaderamente impaciencia, sino un justo sentimiento de que su enfermedad sea el castigo de sus pecados, o de que incomode o fatigue a quienes lo asisten. Lo mismo sucede a un ambicioso que se aflige y se inquieta porque no ha podido obtener el honor o la dignidad a que aspiraba; pues no atribuye su inquietud a su vanidad, sino a otros motivos de que en otras ocasiones no recibía alguna pena o disgusto.

Asimismo, un enfermo suele mostrar mucha compasión de los que le sirven; pero apenas se halla libre de sus males, no se duele ni se compadece de ellos cuando los ve sufrir las mismas in comodidades por causa de otros enfermos. De donde se reconoce evidentemente que su impaciencia no nace de la pena y molestia que ocasiona a los demás, sino de un secreto horror con que mira las cosas que son contrarias a su voluntad.

Si quieres, pues, hija mía, no caer en estos y otros errores, es necesario que te determines a sufrir con paciencia, como te he dicho, todas las cruces, penalidades y trabajos que te sucedieren en este mundo.

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Message  Javier le Jeu 10 Jan 2019, 4:00 pm

CAPÍTULO XXXII - Del último asalto y engaño con que procura el demonio que las mismas virtudes nos sean ocasiones de ruina.

Hasta en las virtudes adquiridas, no deja de tentarnos con sus engaños la antigua serpiente, para perdernos. Una de sus más sutiles estratagemas es servirse de nuestras propias virtudes para inducirnos a la complacencia y estimación de nosotros mismos, a fin de que caigamos después en el vicio de la soberbia y de la vanagloria.

Para huir de este peligro debes combatir siempre, y mantenerte firme en combatir siempre y mantenerte firme en el verdadero conocimiento de ti misma, reconociendo que nada sabes, ni nada puedes, y que no hay en ti sino miserias y defectos, y no mereces sino la condenación eterna.

Procura imprimir en tu espíritu esta importante verdad para servirte de ella, en las ocasiones, como de una especie de fortificación de donde no debes salir jamás; y si te vinieren algunos pensamientos de presunción y vanagloria, resístelos y combátelos como enemigos peligrosos que conspiran a tu perdición y ruina.

Para adquirir un perfecto conocimiento de ti misma, te has de conducir de este modo: Todas las veces que hicieres reflexión sobre ti misma, y sobre tus obras, considera solamente lo que es propio tuyo, sin mezclar lo que es de Dios y de su gracia; fundando siempre el juicio que de ti formares sobre lo que tienes puramente de ti misma.

Si consideras, hija mía, el tiempo que ha precedido a tu nacimiento, hallarás que en todo aquel abismo de eternidad no has sido sino pura nada, y que no has obrado ni podido obrar la menor cosa para merecer el ser que tienes.

Si vuelves los ojos al tiempo en que subsistes por sola la bondad y misericordia de Dios, ¿qué serías tú sin el beneficio de la conservación? ¿Qué serías tú sino puramente nada? Porque es indudable que si Dios por solo un momento te dejase, al instante volverías al no ser de donde te sacó su mano omnipotente.

Es, pues, indubitable que no considerando sino lo que solamente te pertenece, y es propio tuyo en el ser natural, no debes estimarte a ti misma, ni desear que te estimen los demás.

En lo que toca al ser sobrenatural de la gracia, y al ejercicio de las buenas obras, no tiene tampoco causa alguna para ensoberbecerte; porque sin el socorro del cielo ¿qué mérito puedes tú adquirir, o qué bien puedes obrar por ti misma?

Por otra parte, si consideras la multitud de pecados, que has cometido o pudiste cometer (y hubieras sin duda cometido, si Dios no te hubiese preservado), hallarás que tus iniquidades, por la multiplicación no sólo de los días y de los años, sino también de las acciones y malos hábitos (por que un vicio llama a otro vicio), hubieran llegado a número casi infinito, y te hubieras hecho semejante a los mismos demonios. Todas estas consideraciones te inspirarán un grande menosprecio de ti misma, y te harán reconocer las infinitas obligaciones que tienes con Dios, atribuyéndote a ti solamente lo que es tuyo, y no quitando a su infinita bondad la gloria que se le debe.

Pero advierte, hija mía, que en el juicio que hicieres de ti misma y de tus obras, has de procurar siempre que no entre cosa alguna que no sea justa y verdadera; porque aunque te aventajes en el conocimiento de tu miseria a otros que, deslumbrados del amor propio, conciben una vana estimación de sí mismos, tú serás siempre más culpable que todos ellos, si con todo el conocimiento que tienes de tus defectos, deseas pasar por santa en la opinión y juicio de los hombres.

Pues, para, que este conocimiento te libre de la vanagloria y te haga agradable a los ojos del que es Padre y modelo de los humildes, no basta, hija mía, que te desprecies a ti misma como indigna de todo bien y digna de todo mal; es necesario que desees también ser despreciada del mundo, que aborrezcas las alabanzas y ames los vituperios, y que, en las ocasiones que se ofrecieren, ejercites con gusto los más viles servicios y ministerios.

No hagas caso jamás de lo que se dirá o se pensará de ti cuando te vieren abrazar estos humildes ejercicios. Ocúpate en ellos únicamente por el fin o motivo de tu propio abatimiento; mas no por una cierta presunción de ánimo y soberbia oculta, con que muchas veces, so color de generosidad cristiana, suelen menospreciarse los discursos de los hombres y sus opiniones y juicios.

Si sucediere, pues, alguna vez, que los demás te aman, te honran, y te estiman como buena, y alaban en ti algunas cualidades y gracias que has recibido del cielo, procura recogerte luego dentro de ti misma; y fundándote en los principios de verdad y de justicia, que quedan establecidos, dirás a Dios de todo corazón: Señor, no permitáis jamás que yo os usurpe vuestra gloria, atribuyendo a mis propias fuerzas lo que no es sino un puro efecto de vuestra gracia. Tibi laus honor et gloria, mihi confusio (I Par. XXIX. – Dan. IX): Para Vos, Señor, sea la alabanza, para Vos la honra y gloria, y para mí el oprobio y la confusión. Después volviendo el pensamiento a la persona que te alaba, dirás interiormente: ¿Qué motivo puede tener este hombre para alabarme? ¿Qué bondad, qué perfección ha visto en mí? Sólo Dios es bueno, y solamente sus obras son perfectas. Humillándote de esta suerte, te defenderás de la vanidad, y merecerás de día en día mayores dones y gracias.

Si por ventura la memoria de tus buenas obras produjere alguna vana complacencia en tu corazón, procura reprimirla luego, mirando estas buenas obras, no como cosas tuyas, sino de Dios, y diciendo con humildad como si hablaras con ellas: Yo no sé verdaderamente cómo habéis sido concebidas en mi corazón, ni cómo habéis salido de este abismo de corrupción y de iniquidad; porque no puedo ser yo quien os ha formado. Dios sólo es el que por su bondad os ha producido y os ha conservado; y así, a Él sólo reconozco por vuestro Padre y principal Autor; a Él sólo se deben las gracias; a Él sólo quiero yo darle, y es justo que se le den, todas las alabanzas.

CONTINUARÁ...
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Re: EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

Message  Javier le Sam 12 Jan 2019, 6:08 am

Después de esto considera que todas las buenas obras que has hecho en todo el curso de tu vida, no solamente no han correspondido a la abundancia de luces y auxilios que se te han comunicado para conocerlas y practicarlas, sino que también han sido acompañadas de muchos defectos; y que no se halla en ellas aquella pureza de intención, aquel fervor y aquella diligencia con que debían ser ejercidas. Pues si las examinas con la atención que conviene, antes te causarán confusión y vergüenza que complacencia y vanagloria, porque sucede que las gracias que recibimos de Dios, puras y perfectas, las deslucimos y mancillamos con nuestras imperfecciones en todas nuestras obras.

Compara también tus acciones con las de los Santos y siervos de Dios, y te avergonzarás de la suma diferencia que hay de las unas a las otras, reconociendo con claridad que las mejores y las mayores de todas tus obras son de muy poco valor en comparación de las de los Santos. Y si después pasas a compararlas con los trabajos de Jesucristo, cuya vida no fue otra cosa que una perpetua cruz, aun cuando no consideres la dignidad infinita de su persona, y solamente atiendas a la grandeza de sus penas, y al puro amor con que las ha sufrido, reconocerás con evidencia que todo cuanto has obrado y padecido en el curso de tu vida es de ninguna consideración.

En fin, si levantas los ojos al cielo para considerar la soberana majestad de Dios, y los servicios que merece, entenderás con claridad que todas tus buenas obras deben inspirarte más el temor que la vanidad. Por esta causa, en todas tus obras, aunque te parezcan muy perfectas y santas, debes decir siempre con un verdadero y profundo sentimiento de humildad: Deus, propitius esto mihi peccatori (Luc. XVII, 13). Tened, Señor, misericordia de mí, que soy una grande pecadora.

Guárdate también, hija mía, de descubrir con facilidad los dones y gracias que has recibido de Dios; porque esto desagrada siempre a su Majestad, como lo declaró el mismo Señor en el caso y doctrina que se sigue: Habiéndose aparecido un día a una sierva suya en la forma de un niño, y sin señal alguna de su divinidad, esta dichosa alma le pidió con simplicidad que dijese la salutación angélica. Hízolo luego el Señor, pero después de haber dicho: Bendita eres entre todas las mujeres, se detuvo, porque no quiso añadir lo que redundaba en alabanza suya, y rogándole esta bendita alma que prosiguiese, desapareció el celestial Niño dejándola llena de consolación, y convencida de la importancia de la humildad con el ejemplo que acababa de darle.

Aprende, pues, a humillarte en todas tus obras, mirándolas como espejos que te representan maravillosamente tu nada. Éste, hija mía, es el fundamento de todas las virtudes; porque como Dios en el principio del mundo creó de la nada a nuestro primer padre, así funda ahora todo el edificio espiritual sobre el conocimiento de esta verdad, porque por nosotros mismos nada somos. De suerte, que cuanto más profundamente nos abatimos y nos humillamos, tanto más se levanta el edificio (Vide D. Augnst. serm. 10 de verb. Domini); y a la medida que vamos cavando en la tierra de nuestras miserias, y descubrimos el fondo de nuestra nada, el divino Arquitecto pone las piedras sólidas y firmes que sirven para la fábrica del edificio. No te persuadas jamás, hija mía, de que puedes humillarte ni abatirte tanto cuanto es necesario; antes bien has de creer que, si pudiese darse algo infinito en la criatura, lo sería tu fragilidad y bajeza.

Con este conocimiento puesto en práctica lograremos todo el bien que se puede desear; pero sin él seremos poco menos que nada, aunque hagamos todo lo que hicieron los Santos, y aunque estemos siempre ocupados en la contemplación del mismo Dios.

¡Oh divino conocimiento, que nos haces felices en la tierra y gloriosos en el cielo! ¡Oh maravillosa luz, que sales de las tinieblas de nuestra nada para iluminar nuestras almas y levantar nuestros espíritus a Dios! ¡Oh piedra preciosa, no conocida, que brillas entre las inmundicias de nuestros pecados! Oh nada, cuyo sólo conocimiento nos hace señores de todas las cosas!

Yo no podré jamás encarecer y ponderar bastantemente el valor y precio de esta perla evangélica. Si quieres honrar a la Majestad divina, debes menospreciarte a ti misma, y desear que todos te menosprecien. Si quieres que Dios sea glorificado en ti, y ser glorificada en Él, conviene que te humilles y te sujetes a todo el mundo. Si quieres unirte con su infinita bondad, huye de la grandeza y de la elevación; porque Dios se aleja de los que quieren ser encumbrados. Elige siempre el último lugar, y obligarás a Dios a que descienda de su mismo trono (Luc. XIV, 10) para buscarte, para abrazarte y unirte consigo; y tanto mayor será la benignidad con que te admitirá en sus brazos, y el amor con que te unirá consigo, cuanto más te envilezcas a tus ojos, y desees ser menospreciada de todos.

Si Dios, que por tu amor se hizo el último de los hombres, te inspirare estos humildes sentimientos, no dejes de dar a su bondad infinita las debidas gracias, ni de reconocerte obligada a los que con injurias y menosprecios te ayudan a conservarlos.

Pero si, no obstante todas estas consideraciones tan poderosas en sí mismas, la malicia del demonio, nuestra ignorancia, y nuestra viciosa inclinación prevalecieren en nosotros de suerte que no dejen de inquietarnos los deseos de la propia exaltación, entonces deberemos humillarnos más profundamente a nuestros ojos, viendo por experiencia cuán poco hemos adelantado en el camino del espíritu, y en el verdadero conocimiento de nosotros mismos; pues no podemos librarnos de estos importunos deseos que tienen su raíz en nuestra vanidad y soberbia. De esta suerte haremos del veneno antídoto, y en el mismo mal hallaremos nuestro remedio.

CONTINUARÁ...
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