EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

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Re: EL COMBATE ESPIRITUAL (P. Lorenzo Scúpoli)

Message  Javier le Dim 25 Nov 2018, 12:38 pm

Pero repara en el artificio y malicia del demonio. Cuando este espíritu maligno ve que resistimos valerosamente alguna pasión violenta, no solamente deja de excitarla y moverla en nuestro corazón, sino que si la halla ya encendida, procura extinguirla por algún tiempo, a fin de impedir que adquiramos con una firme consistencia la virtud contraria y hacernos caer después en los lazos de la vanagloria, dándonos arteramente a entender que, como valientes y generosos soldados, hemos triunfado muy pronto de nuestro enemigo. Por esta causa, hija mía, conviene que en este caso pases al segundo combate, trayendo a tu memoria, y despertando de nuevo en tu corazón, los pensamientos que fueron causa de tu impaciencia; y apenas hubieren excitado algún movimiento en la parte inferior, procurarás emplear todos los esfuerzos de la voluntad para reprimirlos. Pero, como muchas veces sucede que después de haber hecho grandes esfuerzos para resistir y rechazar los asaltos del enemigo, con la reflexión de que esta resistencia es agradable a Dios, no estamos seguros ni libres del peligro de ser vencidos en una tercera batalla; por eso conviene que entres por tercera vez en el combate contra el vicio que pretendes vencer y sujetar, y concibas contra él, no solamente aversión y menosprecio, sino abominación y horror.

En fin, para adornar y perfeccionar tu alma con los hábitos de las virtudes, has de producir muchos actos interiores, que serán directamente contrarios a tus pasiones desordenadas. Por ejemplo: si quieres adquirir perfectamente el hábito de la paciencia, cuando alguno, menospreciándote, te diere ocasión de impaciencia, no basta que te ejercites en los tres combates de que hemos hablado para vencer la tentación; es necesario, además de esto, que ames el menosprecio y ultraje que recibiste, que desees recibir de nuevo, de la misma persona, la misma injuria y, finalmente, que te propongas sufrir mayores y más sensibles ultrajes y menosprecios.

La razón por la cual no podemos perfeccionarnos en la virtud sin los actos que son contrarios al vicio que deseamos corregir, es porque todos los demás actos, por muy frecuentes y eficaces que sean, no son capaces de extirpar la raíz que produce aquel vicio. Así, por no mudar de ejemplo aunque no consientas los movimientos de la ira y de la impaciencia, cuando recibes alguna injuria, antes bien los resistas y los combates con las armas de que hemos hablado; persuádete, hija mía, que si no te acostumbras a amar el oprobio, y a gloriarte de las injurias y menosprecios, no llegarás jamás a desarraigar de tu corazón el vicio de la impaciencia, que no nace en nosotros de otra causa que de un temor excesivo de ser menospreciados del mundo, y de un deseo ardiente de ser estimados. Y mientras esta viciosa raíz se conservare viva en tu alma, brotará siempre y, enflaqueciendo de día en día tu virtud, llegará con el tiempo a oprimirla, de manera que te hallarás en un continuo peligro de caer en los desórdenes pasados.

No esperes, pues, obtener jamás el verdadero hábito de las virtudes, si con sus repetidos y frecuentes actos no destruyes los vicios que le son directamente opuestos. Digo con actos repetidos y frecuentes, porque así como se requieren muchos pecados para formar el hábito vicioso, así también se requieren muchos actos de virtud para producir y formar un hábito santo y perfecto, enteramente incompatible con el vicio. Y añado que se requiere mayor número de actos buenos para formar el hábito de la virtud, que de actos pecaminosos para formar el del vicio; pues los hábitos de la virtud no son ayudados, como los del vicio, de la naturaleza corrompida y viciada por el pecado. Además de esto te advierto que, si la virtud en que deseas ejercitarte no puede adquirirse sin algunos actos exteriores, conformes a los interiores, como sucede en el ejemplo ya propuesto de la paciencia, debes no solamente hablar con amor y dulzura al que te hubiere ofendido y ultrajado, sino también servirle, agasajarle y favorecerle en lo que pudieres. Y aunque estos actos, ya interiores, ya exteriores, sean acompañados de tanta debilidad y flaqueza de espíritu que te parezca que los haces contra tu voluntad, no obstante no dejes de continuarlos; porque, aunque sean muy débiles y flacos, te mantendrán firme y constante en la batalla, y te servirán de un socorro eficaz y poderoso para alcanzar la victoria.

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Message  Javier le Mar 27 Nov 2018, 12:55 pm

Vela, pues, hija mía, con atención y cuidado sobre tu interior, y no contentándote con reprimir los movimientos más fuertes y violentos de las pasiones, procura sujetar también los más pequeños y leves; porque éstos sirven ordinariamente de disposiciones para los otros, de donde nacen finalmente los hábitos viciosos. Por la negligencia y descuido que han tenido algunos en mortificar sus pasiones en cosas fáciles y ligeras después de haberlas mortificado en las más difíciles y graves, se han visto, cuando menos lo imaginaban, más poderosamente asaltados de los mismos enemigos y vencidos con mayor daño.

También te advierto, que atiendas a mortificar y quebrantar tus apetitos en las cosas que fueren lícitas, pero no necesarias; porque de esto se te seguirán grandes bienes, pues podrás vencerte más fácilmente en los demás apetitos desordenados; te harás más experta y fuerte en las tentaciones; te librarás mejor de los engaños y lazos del demonio, y agradarás mucho al Señor. Yo te digo, hija mía, lo que siento: no dejes de practicar estos santos ejercicios que te propongo, y de que verdaderamente necesitas para la reformación de tu vida interior; pues si los practicares, yo te aseguro que alcanzarás muy en breve una gloriosa victoria de ti misma, harás en poco tiempo grandes progresos en la virtud, y vendrás a ser sólida y verdaderamente espiritual.

Pero obrando de otra suerte, y siguiendo otros ejercicios, aunque te parezcan muy excelentes y santos, y experimentes con ellos tantas delicias y gustos espirituales que juzgues que te hallas en perfecta unión y dulces coloquios con el Señor, ten por cierto que no alcanzarás jamás la virtud ni verdadero espíritu; porque el verdadero espíritu, como dijimos en el capítulo I, no consiste en los ejercicios deleitables y que lisonjean a la naturaleza, sino en los que la crucifican con sus pasiones y deseos desordenados. De esta manera, renovado el hombre interiormente con los hábitos de las virtudes evangélicas, viene a unirse íntimamente con su Creador y su Salvador crucificado.

Es también indubitable y cierto que así como los hábitos viciosos se forman en nosotros con repetidos y frecuentes actos de la voluntad superior, cuando cede a los apetitos sensuales; así, las virtudes cristianas se adquieren con repetidos y frecuentes actos de la misma voluntad, cuando se conforma con la de Dios, que excita y llama continuamente al alma, ya a una virtud, ya a otra. Como la voluntad, pues, no puede ser viciosa y terrena por grandes esfuerzos que haga el apetito inferior para corromperla, si ella no consiente, así no puede ser santa y unirse con Dios por fuertes y eficaces que sean las inspiraciones de la divina gracia que la excitan y llaman, si no coopera con los actos interiores, a la vez que con los exteriores, si fueren necesarios.

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Message  Javier le Jeu 29 Nov 2018, 2:20 pm

CAPÍTULO XIV - De lo que se debe hacer cuando la voluntad superior parece vencida de la inferior y de otros enemigos.

Si alguna vez te pareciere que tu voluntad superior se halla muy flaca para resistir a la inferior y a otros enemigos, porque no sientes en ti ánimo y resolución bastante para sostener sus asaltos, no dejes de mantenerte firme y constante en la batalla, ni abandones el campo. Porque has de persuadirte siempre de que te hallas victoriosa, mientras no reconocieres claramente que cediste y te dejaste vencer y sujetar. Pues así como nuestra voluntad superior no necesita del consentimiento del apetito inferior para producir sus actos, así, aunque sean muy violentos y fuertes los asaltos con que la combatiere este enemigo doméstico, conserva siempre el uso de su libertad, y no puede ser forzada a ceder y consentir si ella misma no quiere; porque el Creador le ha dado un poder tan grande y un imperio tan absoluto, que aunque todos los sentidos, todos los demonios y todas las criaturas conspirasen juntamente contra ella para oprimirla y sujetarla, no obstante, podría siempre querer o no querer con libertad lo que quiere o no quiere, tantas veces, y por tanto tiempo, y en el modo, y para el fin que más le agradare.

Pero si alguna vez estos enemigos te asaltasen y combatiesen con tanta violencia que tu voluntad ya oprimida y cansada no tuviese vigor ni espíritu para producir algún acto contrario, no pierdas el ánimo ni arrojes las armas; mas sirviéndote en este caso de la lengua, te defenderás, diciendo: No me rindo, no quiero ni consiento, como suelen hacer los que hallándose ya oprimidos, sujetos y dominados de su enemigo, no pudiendo con la punta de la espada, lo hacen con el pomo. Y así como éstos, desasiéndose con industria de su contrario, se retiran algunos pasos para volver sobre su enemigo, y herirlo mortalmente, así tú procurarás retirarte al conocimiento de ti misma, que nada puedes, y animada de una generosa confianza en Dios, que lo puede todo, te esforzarás a combatir y vencer la pasión que te domina, diciendo entonces: Ayudadme, Señor, ayudadme, Dios mío, no abandonéis a vuestra sierva, no permitáis que yo me rinda a la tentación.

Podrás también, si el enemigo te diere tiempo, ayudar la flaqueza de la voluntad llamando en su socorro al entendimiento, y fortificándola con diversas consideraciones que sean propias para darle aliento y animarla al combate; como, por ejemplo, si hallándote afligida de alguna injusta persecución o de otro trabajo, te sintieres de tal suerte tentada y combatida de la impaciencia, que tu voluntad no pudiese ni quisiese sufrir cosa alguna, procurarás esforzarla y ayudarla con la consideración de los puntos siguientes, o de otros semejantes:

1. Considera si mereces el mal que padeces, y si tu misma diste la ocasión y el motivo, pues si te hubiere sucedido por culpa tuya, la razón pide que toleres y sufras pacientemente una herida que tú misma te has hecho con tus propias manos.

2. Mas cuando no tengas alguna culpa en tu daño, vuelve los ojos y el pensamiento a tus desórdenes pasados, de que todavía no te ha castigado la divina Justicia, ni tú has hecho la debida penitencia; y viendo que Dios por su misericordia te trueca el castigo que había de ser, o más largo en el purgatorio, o eterno en el infierno, en otro más ligero y más breve, recíbelo, no solamente con paciencia, sino también con alegría y con rendimiento de gracias.

3. Pero si te pareciere que has hecho mucha penitencia, y que has ofendido poco a Dios (cosa que debe estar siempre muy lejos de tu pensamiento), deberás considerar que en el reino de los cielos no se entra sino por la puerta estrecha de las tribulaciones y de la cruz (Act. XIV, 21).

4. Considera asimismo que aun cuando pudieres entrar por otra puerta, la ley sola del amor debería obligarte a escoger siempre la de las tribulaciones, por no apartarte un punto de la imitación del Hijo de Dios y de todos sus escogidos, que no han entrado en la bienaventuranza de la gloria sino por medio de las espinas y tribulaciones.

5. Mas a lo que principalmente debes atender y mirar, así en ésta como en cualquier otra ocasión, es la voluntad de Dios, que por el amor que te tiene se deleita y complace indeciblemente de verte hacer estos actos heroicos de virtud, y corresponder a su amor con estas pruebas de tu valor y fidelidad. Y ten por cierto que cuanto más grave fuere la persecución que padeces, y más injusta de parte de su autor, tanto más estimará el Señor tu fidelidad y constancia, viendo que en medio de tus aflicciones adoras sus juicios, y te sujetas a su providencia, en la cual todos los sucesos, aunque nos parezcan muy desordenados, tienen regla y orden perfectísimo.

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Message  Javier le Sam 01 Déc 2018, 6:14 am

CAPÍTULO XV - De algunas advertencias importantes para saber de qué modo se ha de pelear, contra qué enemigos se debe combatir, y con qué virtud pueden ser vencidos.

Ya has visto, hija mía, el modo con que debes combatir para vencerte a ti misma, y adornarte de las virtudes. Ahora conviene que sepas que para conseguir más fácil y prontamente la victoria, no te basta combatir y mostrar tu valor una sola vez; mas es necesario que vuelvas cada día a la batalla y renueves el combate, principalmente contra el amor propio, hasta tanto que vengas a mirar como preciosos y amables todos los desprecios y disgustos que pudieren venirte del mundo.

Por la inadvertencia y descuido que se tiene comúnmente en este combate, sucede muchas veces que las victorias son difíciles, imperfectas, raras y de poca duración. Por esta causa te aconsejo, hija mía, que pelees con esfuerzo y resolución, y que no te excuses con el pretexto de tu flaqueza natural; pues si te faltan las fuerzas, Dios te las dará, como se las pidas.

Considera, además de esto, que si es grande la multitud y el furor de tus enemigos, es infinitamente mayor la bondad de Dios, y el amor que te tiene, y que son más los Ángeles del cielo y las oraciones de los Santos que te asisten y combaten en tu defensa. Estas consideraciones han animado de tal suerte a muchas mujeres sencillas y flacas que han podido vencer toda la sabiduría del mundo, resistir todos los atractivos de la carne, y triunfar de todas las fuerzas del infierno.

Por esta causa no debes desmayar jamás o perder el ánimo en este combate, aunque te parezca que los esfuerzos de tantos enemigos son difíciles de vencer, que la guerra no tendrá fin sino con tu vida, y que te hallas de todas partes amenazada de una ruina casi inevitable; porque es bien que sepas que ni las fuerzas ni los artificios de nuestros enemigos pueden hacernos algún daño sin la permisión de nuestro divino Capitán, por cuyo honor se combate, el cual nos exhorta y llama a la pelea; y no solamente no permitirá jamás que los que conspiran a tu perdición logren su intento, sino más bien combatirá por ti; y cuando será de su agrado, te dará la victoria con grande fruto y ventaja tuya, aunque te la dilate hasta el último día de tu vida.

Lo que desea, hija mía, y pide únicamente de ti, es que combatas generosamente, y que, aunque salgas herida muchas veces, no dejes jamás las armas ni huyas de la batalla. Finalmente, para excitarte a pelear con resolución y constancia, considerarás que esta guerra es inevitable y que es forzoso pelear o morir; porque tienes que luchar contra enemigos tan furiosos y obstinados, que no podrás tener jamás paz ni tregua con ellos.

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Message  Javier le Dim 02 Déc 2018, 1:38 pm

CAPÍTUL0 XVI - Del modo cómo el soldado de Cristo debe presentarse al combate por la mañana.

La primera cosa que debes hacer cuando despiertes es abrir los ojos del alma, y consideraste como en un campo de batalla en presencia de tu enemigo, y en la necesidad forzosa de combatir o de perecer para siempre. Imagínate que tienes delante de tus ojos a tu enemigo, esto es, al vicio o pasión desordenada que deseas domar y vencer, y que este monstruo furioso viene a arrojarse sobre ti para oprimirte y vencerte. Represéntate al mismo tiempo que tienes a tu diestra a tu invencible capitán Jesucristo, acompañado de María y de José, y de muchos escuadrones de Ángeles y bienaventurados particularmente, y del glorioso arcángel San Miguel; y a la siniestra, a Lucifer con sus ministros, resueltos a sostener con todas sus fuerzas y la pasión o vicio que pretendes combatir, y a usar de todos los artificios y engaños que caben en su malicia para rendirte.

Asimismo te imaginarás que oyes en el fondo de tu corazón una secreta voz de tu Ángel custodio que te habla de esta suerte: Éste es el día en que debes hacer los últimos esfuerzos para vencer a este enemigo, y a todos los demás que conspiran a tu perdición y ruina; ten ánimo y constancia; no te dejes vencer de algún vano temor o respeto, porque tu capitán, Jesucristo, está a tu lado con todos los escuadrones del ejército celestial para defenderte contra todos los que te hacen guerra, y no permitirá que prevalezcan contra ti sus fuerzas ni sus artificios. Procura estar firme y constante: hazte fuerza y violencia, y sufre la pena que sintieres en violentarte y vencerte. Da voces al Señor desde lo más íntimo de tu corazón, invoca continuamente a Jesús y María; pide a todos los Santos y bienaventurados que te socorran y asistan; y no dudes que alcanzarás la victoria.

Aunque seas flaca y estés mal habituada, y tus enemigos te parezcan formidables por su número y por sus fuerzas, no temas; porque los escuadrones que vienen del cielo para tu socorro y defensa son más fuertes y numerosos que los que envía el infierno para quitarte la vida de la gracia. El Dios que te ha creado y redimido es todopoderoso, y tiene sin comparación más deseo de salvarte que el demonio de perderte.

Pelea, pues, con valor, y entra desde luego con esfuerzo y resolución en el empeño de vencerte y mortificarte a ti misma; porque de la continua guerra contra tus malas inclinaciones y hábitos viciosos ha de nacer, finalmente, la victoria, y aquel gran tesoro con que se compra el reino de los cielos, donde el alma se une para siempre con Dios. Empieza, pues, hija mía, a combatir en el nombre del Señor, teniendo por espada y por escudo la desconfianza de ti misma, la confianza en Dios, la oración y el ejercicio de tus potencias.

Asistida de estas armas provocarás a la batalla a tu enemigo, esto es, a aquella pasión o vicio dominante que hubieres resuelto combatir y vencer, ya con un generoso menosprecio, ya con una firme resistencia, ya con actos repetidos de la virtud contraria, ya, finalmente, con otros medios que te inspirará el cielo para exterminarlo de tu corazón.

No descanses ni dejes la pelea hasta que lo hayas domado y vencido enteramente, y merecerás por tu constancia recibir la corona de manos de Dios, que con toda la Iglesia triunfante estará mirando desde el cielo tu combate.

Vuelvo a advertirte, hija mía, que no desistas ni ceses de combatir, atendiendo a la obligación que tenemos de servir y agradar a Dios, y a la necesidad de pelear; pues no podemos excusar la batalla, ni salir de ella sin quedar muertos o heridos. Considera que cuando, como rebelde, quisieres huir de Dios, y darte a las delicias de la carne, te será forzoso, a pesar tuyo, el combatir con infinitas contrariedades, y sufrir grandes amarguras y penas para satisfacer a tu sensualidad y ambición. ¿No sería una terrible locura elegir y abrazar penas y afanes que nos llevan a otros afanes y penas mayores, y aun a los tormentos eternos, y huir de algunas ligeras tribulaciones que se acaban presto, y nos encaminan y guían a una eterna felicidad, y nos aseguran el ver a Dios y gozarle para siempre?

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Message  Javier le Mer 05 Déc 2018, 3:41 pm

CAPÍTULO XVII - Del orden que se debe guardar en el combate contra las pasiones y vicios

Importa mucho, hija mía, que sepas el orden que se debe guardar para combatir como se debe y no, acaso, por costumbre, como hacen muchos, que por esta causa pierden todo el fruto de su trabajo.

El orden de combatir contra tus vicios y malas inclinaciones es recogerte dentro de ti misma, a fin de examinar con cuidado cuáles son ordinariamente tus deseos y aficiones, y reconocer cuál es la pasión que en ti reina; y a ésta particularmente has de declarar la guerra como a tu mayor enemigo. Pero si el maligno espíritu te asaltare con otra pasión o vicio, deberás entonces acudir sin tardanza a donde fuere mayor y más urgente la necesidad, y volverás después a tu primera empresa.

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Message  Javier le Sam 08 Déc 2018, 12:58 pm

CAPÍTULO XVIII - De qué manera deben reprimirse los movimientos repentinos de las pasiones

Si no estuvieres acostumbrada a reparar y resistir los golpes repentinos de las injurias, afrentas y demás penas de esta vida, conseguirás esta costumbre previéndolas con el discurso y preparándote de lejos a recibirlas.

El modo de preverlas es que, después de haber examinado la calidad y naturaleza de tus pasiones, consideres las personas con quienes tratas, y los lugares y ocasiones donde te hallas ordinariamente; y de aquí podrás fácilmente conjeturar todo lo que puede sucederte. Pero si bien en cualquiera accidente imprevisto te aprovechará mucho el haberte preparado contra semejantes motivos y ocasiones de mortificación y pena, podrás no obstante servirte también de este otro medio:

Apenas empezares a sentir los primeros golpes de alguna injuria, o de cualquiera otra aflicción, procura levantar tu espíritu a Dios, considerando que este accidente es un golpe del cielo que su misericordia te envía para purificarte, y para unirte más estrechamente a sí. Y después que hayas reconocido que su bondad inefable se deleita y complace infinitamente de verte sufrir con alegría las mayores penas y adversidades por su amor, vuelve sobre ti misma, y reprendiéndote dirás: ¡Oh cuán flaca y cobarde eres! ¿por qué no quieres tú sufrir, y llevar una cruz que te envía, no esta o aquella persona, sino tu Padre celestial? Después, mirando la cruz, abrázala, y recíbela no solamente con sumisión, sino con alegría, diciendo: ¡Oh cruz que el amor de mi Redentor crucificado me hace más dulce y apetecible que todos los placeres de los sentidos! Úneme desde hoy estrechamente contigo, para que por ti pueda yo unirme estrechamente con el que me ha redimido, muriendo entre tus brazos.

Pero si prevaleciendo en ti la pasión en los principios, no pudieres levantar el corazón a Dios, y te sintieres herida, no por esto desmayes, ni dejes de hacer todos los esfuerzos posibles para vencerla, implorando el socorro del cielo.

Después de todo esto, hija mía, el camino más breve y seguro para reprimir y sujetar estos primeros movimientos de las pasiones, es quitar la causa de donde proceden. Por ejemplo: si por tener puesto tu afecto en alguna cosa de tu gusto, observas que te turbas, te enojas y te inquietas cuando te tocan en ella, procura desnudarte de este afecto, y gozarás de un perfecto reposo. Mas si la inquietud que sientes procede, no de amor desarreglado a algún objeto de tu gusto, sino de aversión natural a alguna persona, cuyas menores acciones te ofenden y desagradan, el remedio eficaz y propio de este mal es que, a pesar de tu antipatía, te esfuerces por amar a esta persona, no solamente porque es una criatura formada de la mano de Dios, y redimida con la preciosa sangre de Jesucristo, de la misma suerte que tú, sino también porque sufriendo con dulzura y paciencia sus defectos, puedes hacerte semejante a tu Padre celestial, que con todos es generalmente benigno y amoroso (Matth V, 45).

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Message  Javier le Dim 09 Déc 2018, 1:41 pm

CAPÍTUL0 XIX - Del modo cómo se debe combatir contra el vicio deshonesto

Contra este vicio has de hacer la guerra de un modo particular, y con mayor resolución y esfuerzo que contra los demás vicios. Para combatirlo como conviene, es necesario que distingas tres tiempos:

El primero, antes de la tentación;
El segundo, cuando te hallares tentada;
El tercero, después que se hubiere pasado la tentación.

1. Antes de la tentación, tu pelea ha de ser contra las causas y personas que suelen ocasionarla. Primeramente has de pelear no buscando ni acometiendo a tu enemigo, sino huyendo cuanto te sea posible de cualquiera cosa o persona que te pueda ocasionar el mínimo peligro de caer en este vicio; y cuando la condición de la vida común, o la obligación del oficio particular, o la caridad con el prójimo te obligaren a la presencia y conversación de tales objetos, procurarás contenerte severamente dentro de aquellos límites que hace inculpable la necesidad, usando siempre de palabras modestas y graves, y mostrando un aire más serio y austero que familiar y afable. No presumas de ti misma, aunque en todo el decurso de tu vida no hayas sentido los penosos estímulos de la carne; porque el espíritu de la impureza suele hacer en una hora lo que no ha podido en muchos años. Muchas veces ordena y dispone ocultamente sus máquinas para herir con mayor ruina y estrago; y nunca es más de recelar y de temer que cuando más se disimula y da menos sospechas de sí.

La experiencia, nos muestra cada día que nunca es mayor el peligro que cuando se contraen o se mantienen ciertas amistades en que no se descubre algún mal, por fundarse sobre razones y títulos especiosos, ya de parentesco, ya de gratitud, ya de algún otro motivo honesto, ya sobre el mérito y virtud de la persona que se ama; porque con las visitas frecuentes y largos razonamientos se mezcla insensiblemente en estas amistades el venenoso deleite del sentido; el cual, penetrando con un pronto y funesto progreso hasta la médula del alma, oscurece de tal suerte la razón, que vienen finalmente a tenerse por cosas muy leves el mirar inmodesto, las expresiones tiernas y amorosas; las palabras libres, los donaires y los equívocos, de donde nacen tentaciones y caídas muy graves.

Huye, pues, hija mía, hasta de la mínima sombra de este vicio, si quieres conservarte inocente y pura. No te fíes de tu virtud, ni de las resoluciones o propósitos que hubieres hecho de morir antes que ofender a Dios; porque si el amor sensual que se enciende en estas conversaciones dulces y frecuentes se apodera una vez de tu corazón, no tendrás respeto a parentesco, por contentar y satisfacer tu pasión; serán inútiles y vanas todas las exhortaciones de tus amigos; perderás absolutamente el temor de Dios; y el fuego mismo del infierno no será capaz de extinguir tus llamas impuras. Huye, huye, si no quieres ser sorprendida y presa, y lo que es más, perderte para siempre.

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Message  Javier le Mar 11 Déc 2018, 3:40 pm

2. Huye de la ociosidad, procura vivir con cautela, y ocuparte en pensamientos y en obras convenientes a tu estado.

3. Obedece con alegría a tus superiores, y ejecuta con prontitud las cosas que te ordenaren, abrazando con mayor gusto las que te humillan y son más contrarias a tu voluntad y natural inclinación.

4. No hagas jamás juicio temerario del prójimo, principalmente en este vicio; y si por desgracia hubiere caído en algún desorden, y fuere manifiesta y pública su caída, no por eso lo menosprecies o lo insultes; mas compadeciéndote de su flaqueza, procura aprovecharte de su caída humillándote a los ojos de Dios, conociendo y confesando que no eres sino polvo y ceniza, implorando con humildad y fervor el socorro de su gracia, y huyendo desde entonces con mayor cuidado de todo comercio y comunicación en que pueda haber la menor sombra de peligro.

Advierte, hija mía, que si fueres fácil y pronta en juzgar mal de tus hermanos y en despreciarlos, Dios te corregirá a tu costa permitiendo que caigas en las mismas faltas que condenas, para que así vengas a conocer tu soberbia, y humillada, procures el remedio de uno y otro vicio.

Pero, aunque no caigas en alguna de estas faltas, sabe, hija mía, que si continúas en formar juicios temerarios contra el prójimo, estarás siempre en evidente peligro de perecer.

Últimamente, en las consolaciones y gustos sobrenaturales que recibieres del Señor, guárdate de admitir en tu espíritu algún sentimiento de complacencia o vanagloria, persuadiéndote de que has llegado ya al colmo de la perfección, y de que tus enemigos no se hallan ya en estado de hacerte guerra, porque te parece que los miras con menosprecio, aversión y horror; pues si en esto no fueres muy cauta y advertida, caerás con facilidad.

En cuanto al tiempo de la tentación, conviene considerar si la causa de donde procede es interior o exterior.

Por causa exterior entiendo la curiosidad de los ojos y de los oídos, la delicadeza y lujo de los vestidos, las amistades sospechosas, y los razonamientos que incitan a este vicio.

La medicina en estos casos es el pudor y la modestia que tienen cerrados los ojos y los oídos a todos los objetos que son capaces de alborotar la imaginación; pero el principal remedio es la fuga, como dije.

La interior procede, o de la vivacidad y lozanía del cuerpo, o de los pensamientos de la mente que nos vienen de nuestros malos hábitos, o de las sugestiones del demonio.

La vivacidad y lozanía del cuerpo se ha de mortificar con los ayunos, con las disciplinas, con los cilicios, con las vigilias y con otras austeridades semejantes; mas sin exceder los límites de la discreción y de la obediencia.

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Message  Javier Hier à 3:05 pm

Por lo que mira a los pensamientos, sea cual fuere la causa o principio de donde nacieren, los remedios y preservativos son éstos: la ocupación en los ejercicios que son propios de tu estado, la oración y la meditación.

La oración se ha de hacer en esta forma: apenas te vinieren semejantes pensamientos, y empezares a sentir su impresión, procura luego recogerte dentro de ti misma, y poniendo los ojos en Jesucristo, le dirás: ¡Oh mi dulce Jesús, acudid prontamente a mi socorro para que yo no caiga en las manos de mis enemigos! Otras veces, abrazando la cruz de donde pende tu Señor, besarás repetidas veces las sacratísimas llagas de sus pies, diciendo con fervor y confianza: ¡Oh llagas adorables! ¡Oh llagas infinitamente santas! imprimid vuestra figura en este impuro y miserable corazón, preservándome de vuestra ofensa.

La meditación, hija mía, yo no quisiera que en el tiempo en que abundan las tentaciones de los deleites carnales, fuese sobre ciertos puntos que algunos libros espirituales proponen como remedios de semejantes tentaciones. Así, por ejemplo, el considerar la vileza de este vicio, su insaciabilidad, los disgustos y amarguras que lo acompañan, y las ruinas que ocasiona en la hacienda, en el honor, en la salud y en la vida; porque no siempre éste es medio seguro para vencer la tentación, antes bien puede acrecentarla más; pues si el entendimiento por una parte arroja y desecha estos pensamientos, y los excita y llama por otra, pone a la voluntad en peligro de deleitarse con ellos y de consentir en el deleite.

Por esta causa el medio más seguro para librarte y defenderte de tales pensamientos, es apartar la imaginación, no solamente de los objetos impuros, sino también de los que les son contrarios; porque esforzándote a repelerlos por los que les son contrarios, pensarás en ellos aunque no quieras, y conservarás sus imágenes. Conténtate, pues, en éstos, con meditar sobre la pasión de Jesucristo; y si mientras te ocupas en este santo ejercicio volvieren a molestarte y afligirte con más vehemencia los mismos pensamientos, no por esto pierdas el ánimo ni dejes la meditación, ni para resistirlos te vuelvas contra ellos; antes bien menospreciándolos enteramente como si no fuesen tuyos, sino del demonio, perseverarás constante en meditar con toda la atención que te fuere posible sobre la muerte de Jesucristo. Porque no hay medio más poderoso para arrojar de nosotros el espíritu inmundo, aun cuando estuviere resuelto y determinado a hacernos perpetuamente la guerra.

Concluirás después tu meditación con esta súplica o con otra semejante: ¡Oh Creador y Redentor mío! Libradme de mis enemigos por vuestra infinita bondad, y por los méritos de vuestra sacratísima Pasión. Pero guárdate, mientras dijeres esto, de pensar en el vicio de que deseas defenderte, porque la menor idea será peligrosa.

Sobre todo no pierdas el tiempo en disputar contigo misma para saber si consentiste o no consentiste en la tentación; porque este género de ensayo es una invención del demonio, que con pretexto de un bien aparente o de una obligación quimérica, pretende inquietarte y hacerte tímida y desconfiada, o precipitarte en algún deleite sexual con estas imaginaciones impuras en que ocupa tu espíritu.

Todas las veces, pues, que en estas tentaciones no fuere claro el consentimiento, bastará que descubras brevemente a tu padre espiritual lo que supieres, quedando después quieta y sosegada con su parecer, sin pensar más en semejante cosa. Pero no dejes de descubrirle con fidelidad todo el fondo de tu corazón, sin ocultarle jamás alguna cosa, o por vergüenza, o por cualquiera otro respeto; por que si para vencer generalmente a todos nuestros enemigos es necesaria la humildad, ¿cuánta necesidad tendremos de esta virtud para librarnos y defendernos de un vicio que es casi siempre pena y castigo de nuestro orgullo?

Pasado el tiempo de la tentación, la regla que deberás guardar es ésta: aunque goces de una profunda calma y de un perfecto sosiego, y te parezca que te hallas libre y segura de semejantes tentaciones, procura, no obstante, tener lejos de tu pensamiento los objetos que te las causaron, y no permitas que vuelvan a entrar en tu espíritu con algún color o pretexto de virtud, o de otro bien imaginado; porque semejantes pretextos son engaños de nuestra naturaleza corrompida, y lazos del demonio que se transforma en ángel de luz (II Cor. XI, 14) para inducirnos a las tinieblas exteriores, que son las del infierno.

CONTINUARÁ...
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Javier

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