DESOLACIÓN EN EL LUGAR SANTO, por Gloria Riestra.

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Message  Javier le Sam 28 Déc 2019, 10:07 am

Dos Concilios, un Misal, y un ritual evolutivo


Las diferencias entre los dos ritos son evidentes: El Misal Romano Católico llamado también Misal Tradicional o de Trento es fruto del Concilio Dogmático de Trento (1545, 1563), convocado por el Romano Pontífice Paulo III con la finalidad de confirmar la doctrina ante los errores del protestantismo y llevar a cabo la reforma de las costumbres en la Iglesia. En los documentos se reafirma en particular las doctrinas sobre la Sagrada Escritura, La Justificación, y El Santo Sacrificio de la Misa, acerca de las cuales versaban los errores de los protestantes, y se promulgaron excomuniones a quienes no prestasen asentimiento al Magisterio Infalible del Concilio.


Habiendo fallecido S. S. Pío IV, consumador del mismo, su sucesor San Pío V tomó por su cuenta la edición del Misal Romano según las decisiones del Concilio -editando además el Catecismo de Trento y el Breviario-. El documento por el que entrega a la Iglesia el Misal es la Bula «Quo Primum Tempore» (dado en Roma el año 1570). Reproducimos lo más sobresaliente de la misma:


«Este Misal es editado para que los Sacerdotes sepan con certeza qué oraciones deben utilizarse, cuáles son los ritos y cuáles las ceremonias bajo obligación de conservar en adelante en la celebración de las Misas, para que todos acojan y observen lo que les ha sido transmitido por la Iglesia Romana, Madre y Maestra de todas las otras iglesias, y para en adelante para el tiempo futuro perpetuamente en todas las Iglesias no se canten y no se reciten otras fórmulas que aquellas conforme al Misal que Nos hemos publicado... A este Misal nada se le añada, quite o cambie en ningún momento, y en esta forma Nos lo decretamos y Nos lo ordenamos a perpetuidad, bajo pena de nuestra indignación... Nadie podrá permitirse añadir en la celebración de la Misa otras ceremonias o recitar otras oraciones que las contenidas en el Misal.


Y aun por las disposiciones de la presente y en nombre de nuestra autoridad apostólica, Nos concedemos y acordamos que este mismo Misal podrá ser seguido en su totalidad en la Misa cantada o leída en todas las Iglesias sin ningún escrúpulo de conciencia y sin incurrir en ningún castigo, condenación o censura, y que podrá válidamente usarse, libre y lícitamente, y esto a perpetuidad. Y de una manera análoga Nos hemos decidido y declarado que los Sacerdotes de cualquier nombre que sean designados no pueden ser obligados a celebrar la Misa de otra manera diferente a como Nos la hemos fijado, y que jamás nadie, quienquiera que sea, podrá contrariarles o forzarles a cambiar de Misa, o anular la presente instrucción o modificarla, sino que ella estará siempre en vigor y válida con toda su fuerza.


Absolutamente nadie, por consiguiente pueda anular esta página que expresa nuestro permiso, nuestra decisión, nuestra orden, nuestro mandamiento, nuestro precepto, nuestra concesión, nuestro indulto, nuestra declaración, nuestro decreto y nuestra prohibición, ni ose temerariamente ir en contra de esas disposiciones. Si, sin embargo, alguien se permitiese una tal alteración, sepa que incurre en la indignación de Dios Todopoderoso y sus Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo».



Cuando un Concilio Dogmático o un Papa decretan algo a «perpetuidad» esto significa que su doctrina ha de permanecer tal como se expresa válida y en vigor para siempre. La perpetuidad de una doctrina de la Iglesia se fundamenta en el derecho de definir -de derecho Divino- o legislar con la autoridad recibida a través de los Apóstoles, particularmente concedido al Apóstol San Pedro: «Lo que atares sobre la tierra será atado en el cielo y lo que desatares sobre la tierra quedará desatado en el cielo». La Bula de San Pío V es dogmática ya que resume las definiciones del Concilio de Trento, expresando la intención de mantener la integridad del rito del Santo Sacrificio libre de todo error. Así, acertadamente escribe el cardenal Ottaviani que «El Misal Romano constituye una barrera infranqueable contra las herejías» (Breve Examen Crítico).


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Message  Javier le Mar 31 Déc 2019, 4:58 am

Inicuamente Paulo VI deroga implícitamente la Bula «Quo Primum» promulgando un Nuevo Ordo que para nada hace falta y que constituye la negación de las doctrinas del Concilio de Trento, como expresa el cardenal Alfredo Ottaviani -cuyo juicio es seguido por innumerables teólogos católicos- en una carta titulada «Breve examen crítico» dirigida a Paulo VI con motivo de la promulgación: «El Nuevo Rito se aparta impresionantemente tanto en conjunto como en detalle de la doctrina sobre el Santo Sacrificio tal como fue promulgada por el Concilio de Trento». El juicio del Cardenal -que es el de los Obispos y Teólogos que estudiaban el documento- no es cualquier cosa; Ottaviani fue Prefecto del Santo Oficio durante cuatro pontificados, y a la edad de setenta y nueve años estaba perfectamente lúcido.


La supresión repentina y sin razón aparente del Misal Romano constituyó por así decirlo, un duro golpe a los fundamentos de la Iglesia Católica, y al decir de muchos, de la misma civilización cristiana. La historia de las religiones comprueba que la permanencia de los ritos constituye la supervivencia de las religiones; el judaísmo conserva íntegra desde hace cinco mil años su Cena Pascual, el islam sus rituales de oración, y en Asia, África o América, los aborígenes cuidan sus ritos de adoración inmutables a través de los tiempos. ¿Acaso no participó Juan Pablo II hace tiempo en un ritual de adoradores de serpientes en el África?


Si dioses y diosecillos como los monos de la India tienen cultos precisos y significativos con centenarias ceremonias propias, ¿por qué sólo la Iglesia Católica no podía tener un rito perdurable cuyas partes esenciales datan del siglo IV confirmado por Concilios Dogmáticos y en vigencia en la Iglesia durante más de cuatro siglos?


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Message  Javier le Ven 03 Jan 2020, 9:11 am

Misteriosas razones debe haber cuando el mismo Paulo VI al principio de la Constitución en la que promulga su nuevo Misal, reconoce las bondades del antiguo Misal Romano diciendo:

«El Misal Romano, promulgado en 1570 por nuestro Predecesor San Pío V, en conformidad a los Decretos del Concilio de Trento, ha sido siempre considerado como uno de los numerosos admirables frutos que aquel Sacrosanto Concilio diseminó por toda la Iglesia de Cristo. En efecto, durante cuatro siglos constituyó la norma de la celebración del Sacrificio Eucarístico para los sacerdotes del rito latino y fue llevado además a casi todas las naciones del mundo por los heraldos del Evangelio. Ni se debe olvidar que innumerables Santos alimentaron su piedad y su amor a Dios con las lecturas bíblicas y las oraciones del Misal, cuya ordenación general remontaba en lo esencial a San Gregorio Magno (siglo IV)" y añade para terminar su documento, este reconocimiento: «Cuando nuestro Predecesor San Pío V promulgó la edición del Misal Romano lo presentó al pueblo cristiano como un instrumento de unidad litúrgica y como un documento de la pureza del culto en la Iglesia... Pero... (aquí expone la razón para rechazar el benemérito Misal): «La adaptación del Misal Romano a las exigencias de la mentalidad contemporánea según el Espíritu del Concilio Vaticano II».


Ya hemos visto anteriormente algo sobre este «espíritu del Vaticano II». En particular el Decreto sobre la Sagrada Liturgia está impregnado de él; abundante en contradicciones, ambigüedades y sofismas, constituye el germen de la destrucción total de la liturgia católica como si un viento del infierno hubiera pasado arrasando todo.


El Concilio Dogmático de Trento tuvo su razón de ser; el protestantismo devoraba las naciones católicas y además existía una gran relajación de las costumbres del pueblo y del clero; todo el mundo clamaba entonces por un Concilio que definiese las cuestiones y pusiese el orden y así se hizo. Los resultados fueron la confirmación en la fe del pueblo católico, la reforma de las costumbres y el renacimiento de la vida religiosa con admirables frutos.


Surgieron grandes Órdenes Religiosas dedicadas a la enseñanza y las obras de caridad; los Seminarios Tridentinos abundaron en vocaciones y las Misiones Católicas desde el África hasta América llevaron con éxito la Evangelización de los pueblos. El catecismo de Trento llevado a todas partes constituyó un instrumento incomparable para la difusión de la doctrina en el pueblo católico de todo el mundo. «El Concilio de Trento (según los historiadores Merkle, Jedin), por sus definiciones doctrinales, disposiciones constitucionales y disciplinares, por el prestigio de los sabios que dejaron oír su voz en él, y finalmente por sus efectos ulteriores, ha dejado en la sombra a todos los demás Concilios».

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Message  Javier le Mer 08 Jan 2020, 6:20 am

Comparativamente el llamado Concilio Vaticano II -Conciliábulo, que no verdadero Concilio de la Iglesia- puramente pastoral tal como fue, no hacía falta para nada; un verdadero Concilio de la Iglesia Católica en el tiempo presente no podría haber sido más que dogmático, y habría condenado los errores y herejías que dieron paso al Vaticano II. Éste fue obra de los llamados «modernistas» que venían trabajando dentro de la Iglesia desde el siglo XVIII y de la masonería; ambos movimientos habían estado siendo reprimidos por los Romanos Pontífices en sucesivas Encíclicas y Decretos en particular (Pío VI, Auctorem Fidei, Sínodo dePistoya; Pío VII, Magno et Acerbo; León XIII, Humanum Genus; San Pío X, At Diem; Pío XI, Ubi Arcano; Pío XII, Mediator Dei).


Los frutos del Vaticano II están a la vista. De ellos se quejan los que han terminado por declararse «Iglesia cristiana católica» y su mismo Presidente General, Jefe de la Nueva Cristiandad o Pontífice; la llamada «civilización del amor» -treta masónica- para suplir la civilización cristiana y suprimirla, es cuna de una corrupción inaudita.


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Message  Javier le Dim 12 Jan 2020, 5:22 am

Por otra parte, a raíz del Vaticano II, durante los primeros cinco años, diez mil sacerdotes dejaron el ministerio -arrojados al mundo por la nueva mentalidad o por decepción-; se cerraron seminarios, conventos, y colegios católicos, disminuyeron y siguen disminuyendo las vocaciones sacerdotales y religiosas y, en una palabra, sería largo enumerar todo lo que ha producido el susodicho «Espíritu del Vaticano II», tal como lo describe en el Sínodo de Obispos de 1985 -dedicado a estudiar los resultados del Concilio- el Cardenal Joseph Ratzinger abominando del susodicho «espíritu». Del mencionado Sínodo puede decirse que podría ser llamado «Sínodo de las Lamentaciones».


Con toda verdad puede decirse que en la nueva Iglesia Cristiana Católica triunfan las herejías protestantes y los errores de los modernistas particularmente expresados a través del rito Paulino (montiniano): la justificación por la sola fe -o contra la fe como enseña Juan Pablo II-; la libre interpretación de la Escritura, y la copia exacta del ritual del memorial de la cena del hereje Cranmer, discípulo fiel de Lutero, quien siendo Arzobispo de Canterbury aprovechó el cargo para substituir el Misal Católico por el llamado Prayer Book de su invención, que constituye la total negación del Santo Sacrificio de la Misa, efectuando, entre otros, estos cambios importantes: el nuevo rito no podría celebrarse sin asistencia de la asamblea la cual estaba presidida por uno llamado así «presidente»; debía celebrarse en una mesa vacía que sería el centro de atención de los fieles; la misa no fue llamada más así, sino «memorial de la Cena del Señor» en la que participaba toda la asamblea; cambió el Canon por una simple plegaria cambiando la palabra «muchos» por «todos», esto para afirmar la salvación por la sola fe; para adecuar los templos al nuevo rito hizo derrumbar los altares.


Los protestantes enseñaban que era superstición enseñar sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía y que venerarla era una forma de idolatría; de ahí que Cranmer ordenó que se comulgara de pie poniendo el pan en la mano de los fieles, y desde luego vació los templos de imágenes y cualquier otra cosa que pudiera recordar a la Misa Católica.


Imposible negar las coincidencias entre el ritual bastardo de Paulo VI y el herético de Cranmer, el cual efectuó su reforma a partir del año 1547; faltaba decir que impuso la lengua vernácula en su «santa cena».


A CONTINUACIÓN... Los decretos del Concilio de Trento ante las herejías del Vaticano II

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Message  Javier le Dim 19 Jan 2020, 6:09 am

Los decretos del Concilio de Trento ante las herejías del Vaticano II


Aquí conviene transcribir los Decretos del Concilio de Trento donde aparecen explícitamente condenadas bajo pena de excomunión todas las herejías protestantes y otras nuevas que profesa la nueva iglesia del Vaticano II. De este modo enseña el concilio tridentino:


Sobre la Sagrada Escritura

«Nuestro Señor Jesucristo mandó que el Evangelio fuera predicado por el Ministerio de los Apóstoles... La Vulgata latina es el texto bíblico sobre el cual siempre ha acostumbrado la Iglesia Católica leer la Sagrada Escritura, y nadie ha de despreciar esta traducción; que nadie apoyado en su prudencia sea osado a interpretar la Escritura Sagrada en materia de fe y costumbres que pertenecen a la doctrina cristiana retorciendo la misma Sagrada Escritura conforme al propio sentir, contra aquel sentido que sostuvo y sostiene la Santa Madre Iglesia a quien atañe juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Santas Escrituras, y también contra el unánime sentir de los Padres; la impresión de la Sagrada Escritura según la Vulgata debe tener autorización eclesiástica y haber sido examinada y aprobada... esto para reprimir los ingenios petulantes».


Decretos sobre la justificación

Antes de comenzar a transcribir las partes esenciales de este Decreto, queremos hacer notar cómo en él están explícitamente condenadas las herejías de la salvación universal incondicional y de la aplicación indistinta de los méritos de la muerte de Cristo a todos los hombres. Dice el Decreto:

«En primer lugar declara el santo Concilio que, para entender recta y sinceramente la doctrina de la justificación es menester que cada uno reconozca y confiese que, habiendo perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricación de Adán, hechos inmundos como dice el Apóstol, hijos de ira por naturaleza, según expuso en el Decreto sobre el pecado original, hasta tal punto eran esclavos del pecado y estaban bajo el poder del demonio y de la muerte, que no sólo las naciones por la fuerza de la naturaleza, mas ni siquiera los judíos por la letra misma de la Ley de Moisés podían librarse de levantarse de ella, aun cuando en ellos de ningún modo estuviera extinguido el libre albedrío, aunque sí atenuado en sus fuerzas e inclinaciones.

De ahí resultó que el Padre Celestial, Padre de la misericordia y Dios de toda consolación, cuando llegó aquella bienaventurada plenitud de los tiempos, envió a los hombres a su Hijo Cristo Jesús, el que antes de la Ley y en el tiempo de la Ley fue declarado y prometido a muchos Santos Padres, tanto para redimir a los judíos que estaban bajo la Ley como para que las naciones que no seguían la justicia, aprendieran la justicia y todos recibieran la adopción de hijos de Dios. A Éste propuso Dios como propiciador por la fe en Su Sangre por nuestros pecados y no sólo por los nuestros sino también por los de todo el mundo».


Más aún, cuando El murió por todos, no todos, sin embargo, reciben el beneficio de Su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión. En efecto, al modo que realmente si los hombres no nacieran propagados de la semilla de Adán, no nacerían injustos, como quiera que por esa propagación por aquél contraen, al ser concebidos, su propia injusticia; así, sino renacieran en Cristo nunca serían justificados, como quiera que, con ese renacer se les da, por el mérito de la Pasión de Aquél, la gracia que los hace justos. Por este beneficio nos exhorta el Apóstol a que demos siempre gracias al Padre, que nos hizo dignos de participar en la suerte de los Santos en la luz, y nos sacó del poder de las tinieblas, y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en el que tenemos redención y remisión de los pecados(Col. 1, 13 ss.).

Por las cuales palabras se insinúa la descripción de la justificación del impío, de suerte que sea el paso de aquel estado en que el hombre nace hijo del primer Adán, al estado de gracia y de adopción de hijos de Dios por el segundo Adán, Jesucristo Salvador nuestro; paso, ciertamente que después de la promulgación del Evangelio, no puede darse sin el lavatorio de la regeneración. Por el bautismo o su deseo, conforme está escrito: «Si uno no viene renacido del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios» (San Juan 3, 5).

Explicación sobre el «bautismo de deseo»; la Iglesia enseña que los hombres de buena voluntad que sin su culpa no conocen a Cristo, mas que si lo conocieran creerían en Él y viven conforme a la Ley natural pueden salvarse. De esto se dice que pertenecen al Alma de la Iglesia; al Cuerpo de la Iglesia pertenecen los bautizados.


A CONTINUACIÓN... Resumen de los anatemas del decreto de la justificación
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Message  Javier le Dim 26 Jan 2020, 4:06 am

Resumen de los anatemas del decreto de la justificación:


Can. 1 «Si alguno dijere que el hombre puede justificarse delante de Dios por sus obras que se realizan por las fuerzas de la humana naturaleza o por la doctrina de la Ley, sin la gracia divina por Cristo Jesús, sea anatema».

Can. 3 «Si alguno dijere que, sin la inspiración proveniente del Espíritu Santo y sin su ayuda, puede el hombre creer, esperar y amar o arrepentirse, como conviene para que se le confiera la gracia de la justificación, sea anatema».

Can. 4 «Si alguno dijere que el libre albedrío del hombre, movido y excitado por Dios, no coopera en nada asintiendo a Dios que le excita y llama para que se disponga y prepare para obtener la gracia de la justificación, y que no puede disentir, si quiere, sino que, como un ser inánime, nada absolutamente hace y de comportamiento meramente pasivo, sea anatema».

Can. 9 «Si alguno dijere que el impío se justifica por la sola fe, de modo que entienda no requerirse nada más con que coopere ha de recibir la gracia de la justificación, y que por parte alguna es necesario que se prepare y disponga por el movimiento de su voluntad, sea anatema».

Can. 10 «Si alguno dijere que los hombres se justifican sin la justicia de Cristo por la que nos mereció justificarnos, o que por ella misma formalmente son justos, sea anatema».

Can. 11 «Si alguno dijere que los hombres se justifican o por la sola imputación de la justicia de Cristo, o por la sola remisión de los pecados, excluida la gracia y la caridad que se difunde en sus corazones por el Espíritu Santo y les queda inherente;o también que la gracia, por la que nos justificamos, es sólo el favor de Dios, sea anatema».

Can. 12 «Si alguno dijere que la fe justificante no es otra cosa que la confianza en la Divina Misericordia que perdona los pecados por causa de Cristo, o que esa confianza es lo único con que nos justificamos, sea anatema».

Can. 14 «Si alguno dijere que el hombre es absuelto de sus pecados y justificado por el hecho de creer con certeza que está absuelto y justificado, o que nadie está verdaderamente justificado sino el que cree que está justificado, y que por esta sola fe se realiza la absolución y justificación, sea anatema».

Can. 19 «Si alguno dijere que nada está mandado en el Evangelio fuera de la fe, y que lo demás es indiferente, ni mandado, ni prohibido, sino libre; o que los diez mandamientos nada tienen que ver con los cristianos, sea anatema».

Can. 33 «Si alguno dijere que por esta doctrina católica sobre la justificación expresada por el Santo Concilio en el presente Decreto, se rebaja en alguna parte la gloria de Dios o los méritos de Jesucristo Señor Nuestro, y no más bien que se ilustra la verdad de nuestra fe, y en fin, la gloria de Dios y de Cristo Jesús, sea anatema».


Sesión VI (18 de enero de 1547) Denz 811 y sigs.


A CONTINUACIÓN... Cánones del Decreto sobre el Santísimo Sacramento de la Eucaristía
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