La NUEVA MISA, por Louis Salleron

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Message  Javier le Mar 09 Juil 2019, 5:42 am

CAPITULO TERCERO - LA GUERRA, CAUSA DE LA SUBVERSIÓN


Un hecho general se impone al espíritu: la subversión litúrgica, inseparable a este respecto de la crisis que afecta al total de la Iglesia, es resultado directo de la guerra y sus consecuencias. A primera vista, esa relación parece extraña. ¿Cómo pudieron las batallas de 1940-1945 gravitar sobre la manera de celebrar misa, sobre la desaparición del latín y del canto gregoriano, y sobre todos los cambios de esa índole?

Sin embargo, la relación es estrecha e innegable.

La guerra de 1914-1918 sólo fue una guerra civil europea. Fuere cual fuese el número de naciones del mundo que finalmente intervinieran en ella, el conflicto se produjo, sobre todo, en el seno de Europa, y la victoria, por serlo de una coalición, fue más que nada la victoria de Francia, que había dirigido esa coalición y que había soportado el peso de las hostilidades.

En cambio, la guerra de 1940-1945, si bien se originó en Europa, se convirtió poco a poco en guerra mundial, con campos de batalla en el mundo entero. Aunque el triunfo fue también de una coalición, y el eje de ese triunfo fue Inglaterra, sola en un momento dado frente a Alemania, la verdadera nación victoriosa fue Estados Unidos, con el apoyo de la U.R.S.S., país a medias ajeno a Europa por su geografía, su historia y, sobre todo, por el aislamiento en que se hallaba desde 1917.

Sus liberadores, merced a la victoria, fueron sus ocupantes. Ahora bien, toda ocupación de ejércitos victoriosos significa la importación de las ideas del ocupante. Eso ocurre aun cuando el ocupante sea enemigo detestado. Cuando Napoleón ocupó Europa no era querido, pero introdujo en Europa las ideas dela Revolución Francesa. Cuando el ocupante es el liberador, sus ideas se reciben de mejor grado. Este fenómeno no registra excepciones.

Por cierto que hay que distinguir la ocupación soviética, que reemplazó una servidumbre por otra, de la ocupación norteamericana, que fue verdaderamente liberadora. Pero esa diferencia fundamental no hace más que dar aún más relieve al hecho que analizamos. Por una parte, la U.R.S.S. ha dividido a Europa en dos, lo cual ha dado por resultado el debilitamiento de Europa. Por otra parte, la Europa occidental, bajo la influencia directa de los EE.UU., no dejó de sufrir indirectamente la influencia soviética. Esa influencia indirecta es muy débil en Alemania, a causa de la amputación de su territorio y de los recuerdos de la guerra; en cambio, ha sido mucho más notable en Italia y en Francia, países de tradición católica, porque sólo vieron en la U.R.S.S. al país que tuvo parte principal en su liberación y porque las corrientes revolucionarias suscitadas por el traumatismo de una guerra larga y espantosa hallaron naturalmente su punto de referencia en la patria de la revolución comunista.

Agreguemos que, si bien la guerra de 1914-1918 ya había sido la guerra del derecho, la justicia y la libertad, la ideología sólo había sido un revestimiento añadido al patriotismo. Pero la guerra de 1940-1945 tuvo desde el principio un aspecto ideológico internacional. Era la guerra de la democracia contra el
"fascismo". Los Estados Unidos y la U.R.S.S. eran los soldados de la democracia, y Roosevelt veía en el "uncle Joe" a un demócrata caracterizado.

La Europa liberada, la Europa salvada, fue también la Europa vencida. Porque la Europa democrática no se había liberado de la Europa fascista por sus solas fuerzas. Había sido liberada por las fuerzas de la democracia norteamericana y de la democracia soviética. Al confesar de nuevo, a partir de 1945, los valores de la democracia, Europa confesaba los valores de la democracia norteamericana y de la democracia soviética.

Después de la guerra, Europa intentó restaurar sus propios valores. Y como sus valores políticos estaban sumergidos por los de Norteamérica y los de la U.R.S.S., apeló a sus valores más profundos, más antiguos y más seguros: los valores del catolicismo. Ese fue el magnífico esfuerzo de Robert Schuman, de Adenauer y de De Gásperi, que no pudo ser llevado a término. Digamos sencillamente que fracasó.

Mientras que Europa se contraía y se disgregaba en el continente, perdió su imperio mundial. Bajo los golpes conjuntos de Norteamérica y de la U.R.S.S., todas sus colonias, todos sus territorios de ultramar declararon su independencia y se acoplaron, mal o bien, a las potencias liberadoras. Veinte años después de la guerra Europa se halló reducida a su más simple expresión, tanto en lo interno como en lo externo.Comparada con lo que había sido antes, se había convertido, más o menos, en lo que se convirtió Austria con relación al Sacro Imperio.

¿Cómo la Iglesia no habría de sufrir el contragolpe de esa mutación?

Por cierto que el cristianismo trasciende las naciones, los continentes y las civilizaciones. Pero el cristianismo tiene una historia, y esa historia se halla ligada a estructuras. Ahora bien, la historia del cristianismo elaboró sus estructuras a partir de Roma. El cristianismo dio vida a la civilización occidental, que era la civilización de Europa, y desde Europa se expandió al mundo, con la excepción de algunas corrientes primitivas que se perdieron en Asia y en África.

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Message  Javier le Ven 12 Juil 2019, 6:21 am

El catolicismo romano sufrió, pues, la conmoción de Europa. Las ideologías de la U.R.S.S. y de los Estados Unidos lo penetraron al mismo tiempo que penetraron en Europa. ¿Por qué milagro habría de resultar inmune?

La ideología de la U.R.S.S. era el comunismo ateo. En tanto que comunista, servía de vehículo al sentido de lo colectivo, lo comunitario, lo colegiado. Son nociones católicas, pero dentro de otro enfoque, de otra filosofía, de otra doctrina. Las nociones católicas estaban, pues, destinadas a izquierdizarse en contacto con nociones soviéticas. A eso se llegó, en todos los terrenos, en todas las etapas. Resultaba tanto más fatal por cuanto el comunismo, en muchos aspectos, había copiado al catolicismo. Era una especie de catolicismo invertido. Pío XI, al declararlo intrínsecamente perverso, decía que es "una falsificación de la redención de los hombres". Pero es también una falsificación de la Iglesia. Resulta fácil dejarse llevar por las imitaciones, sobre todo cuando ellas pueden jactarse de un poderío técnico extraordinario. Los católicos, sensibles a la condena de la ganancia, admiraron la dirección colegiada de una sociedad tan vigorosa. ¿Por qué no dar a la Iglesia una dirección colegiada? ¿Y por qué la condena evangélica de Mammon no se explicitaría más claramente en la condena del capitalismo, identificado con la civilización occidental? En una palabra, el embeleco del comunismo ha sido tan grande que hemos visto a la Iglesia volverse comunitaria y colegiada de la base a la cumbre, hemos visto el marxismo convertirse en una especie de segunda doctrina social de la Iglesia, hemos visto al sindicalismo cristiano librarse de un epíteto vergonzante para abrazar mejor la lucha de clases, hemos visto a la burocracia y la tecnocracia florecer como en la U.R.S.S. siguiendo las huellas de la colegialidad, hemos visto la revisión de la vida expandirse según el modelo de la autocrítica, hemos visto el movimiento policial "Pax" ensalzado hasta las nubes por la prensa católica oficiosa contra el cardenal Wyzsinsky, hemos visto... ¡qué no hemos visto y vemos día tras día! Hasta en la liturgia, en la cual la misa, para tener más sello de comunitaria, debería inspirarse un poco en el fervor comunista.

En tanto que atea, la ideología comunista se abría paso de ese modo en las conciencias católicas. Si un país que manda cohetes a la luna nos dice que no hay Dios, ¿cómo creer que existe uno? Por lo menos, debe ser muy diferente del Dios de los cristianos. Grave problema sobre el cual los teólogos se inclinan un poco más cada día.

En cuanto a la ideología norteamericana, fue el liberalismo protestante. Admitía al Dios de los cristianos. Admite todos los dioses. Es el Panteón. El Dios de los católicos nunca se acomodó en el Panteón. ¿Rechazaría la libertad? Norteamérica nos traía la libertad religiosa, y, ya que queríamos ser cristianos, el liberalismo protestante.

Ese liberalismo fue tanto mejor acogido cuanto que el protestantismo ya se hallaba fuertemente arraigado en Europa: en Inglaterra, en los países nórdicos, en Alemania y en una parte de Francia. Por la vía del ecumenismo, pues, el protestantismo ha penetrado por la fuerza en el catolicismo. Hace más de dos siglos Montesquieu decía:
"La religión católica destruirá a la religión protestante, y luego los católicos se volverán protestantes". La primera parte de su predicción resultó inútil. Los católicos se volvieron directamente protestantes. Por lo menos tomaron del protestantismo todo lo que no afectaba directamente al dogma. El primer signo de la protestantización fue el abandono de la sotana por los sacerdotes. Con todo acierto el traje civil se llamó clergyman. Era confesar cándidamente la importación inglesa y norteamericana. Pero a ese signo exterior se sumaron enseguida signos más sensibles y más cercanos a la vida íntima del catolicismo. La liturgia, sobre todo, se vio invadida por los ritos, las costumbres y las ideas del protestantismo: lengua vulgar, primacía de la palabra, despojo de las iglesias, etc. Paralelamente la teología católica abrió amplias puertas a la teología protestante, primero a la de Lutero, que se convirtió en una suerte de padre de la Iglesia, y luego a la de los modernos, alemanes sobre todo, pero también ingleses y norteamericanos. No se habla más que de Barth, de Bultmann, de Bonhoeffer, de Robinson, de Tillich, en un extraordinario arco iris de ideas que van desde un cristianismo muy cierto hasta el ateísmo puro pasando por todas las fantasías y todas las imaginaciones de cualquier intérprete a su manera de la Biblia o de cualquier fundador de una nueva religión.

Se hubiera podido pensar que la influencia soviética y la influencia norteamericana se neutralizarían parcialmente, dada la aparente oposición de la U.R.S.S. con los Estados Unidos. Pero esa oposición es más bien una rivalidad que se refiere a las formas de la vida política y económica. Por cierto que no es posible identificar a los dos países, pero su filosofía profunda es la misma, por lo menos en cuanto a ser un humanismo democrático. Humanismo ateo en la U.R.S.S., humanismo deísta en los EE.UU.; pero ya Pascal destacaba la semejanza que existe entre el ateísmo y el deísmo sin dogmas. En realidad, entre el materialismo que profesa el ateísmo soviético y el materialismo latente del deísmo norteamericano hay afinidades profundas. El común denominador de sus religiones respectivas es un antropocentrismo caracterizado que se halla en oposición radical con el teocentrismo católico. Una misma doctrina de la inmanencia subyace ese antropocentrismo frente al trascendentalismo cristiano. Teilhard de Chardin simboliza la convergencia de las corrientes soviética y norteamericana. Su monismo inmanentista se aviene con el ateísmo de aquéllas y el deísmo de éstas. Basta cambiar el rótulo del frasco para que el contenido resulte aceptable a los unos y a los otros. Y ese contenido, en razón del rótulo original del autor, parece convenirles a los mismos católicos. En esa confusión estamos inmersos.

Intervino el Concilio, cuyo fin, proclamado por Juan XXIII, era proceder al aggiornamento de la Iglesia, es decir, situarla con referencia a las corrientes nuevas para definirse nuevamente con respecto a ellas y retener de las mismas lo que pudiese ser retenido.

Con tal propósito se prepararon una cantidad de textos que debían ser discutidos por los Padres conciliares.

Ya se sabe lo que ocurrió. Desde la primera sesión, del 13 de octubre de 1962, el cardenal Liénart hizo votar una moción para lograr un plazo de reflexión y de concertación entre grupos de obispos. Los alemanes, los holandeses, los belgas y los franceses se pusieron de acuerdo para presentar listas de relatores preparadas desde tiempo atrás. Consiguieron imponerlas sin mayores dificultades y asumieron la dirección del Concilio.

Para evitar el choque con definiciones dogmáticas, se declaró que el Concilio sería esencialmente "pastoral" y se comenzó por la liturgia.
Lex orandi, lex credendi. Con la modificación de los ritos resultaba fácil introducir cambios de mentalidad sin suscitar problemas atinentes a la fe.

En lo que respecta a la misa, se disponía de cuatro siglos de trabajos preparatorios: los del luteranismo, los del calvinismo, los del anglicanismo y los del jansenismo, que habían hallado su expresión atenuada en 1786 en el sínodo de Pistoia. La bula de Pío VI, Auctorem fidei, condenó las proposiciones del sínodo el 28 de agosto de 1794. Pero en 1962 había llegado la hora. A la luz del protestantismo anglosajón y del comunismo soviético —los triunfadores de la gran guerra— resultaría posible, por fin, consagrar la obra de los precursores sin poner sobre el tapete al Concilio de Trento. Se iniciaba el asedio de la Misa.


A CONTINUACIÓN... Sección II - El abandono del latín

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"Para evitar el choque con definiciones dogmáticas, se declaró que el Concilio sería esencialmente "pastoral" y se comenzó por la liturgia.
Lex orandi, lex credendi. Con la modificación de los ritos resultaba fácil introducir cambios de mentalidad sin suscitar problemas atinentes a la fe".
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Message  Javier le Lun 30 Sep 2019, 8:08 am

Sección II - El abandono del latín


En el terreno litúrgico, el abandono del latín sintetiza la derrota de Roma, consecuencia de la derrota de Europa.


Los católicos franceses tienden a felicitarse de ello. No hay duda de que, al menos hasta hoy, una mayoría aprueba la introducción del francés en la misa. Pero ¿por qué?


Por razones muy sencillas, que se refieren al condicionamiento. Toda la prensa hace campaña por el francés. ¿Dónde encontrar una población que resista a la prensa unánime, por no hablar de la radio y la televisión? Los argumentos que se esgrimen son de los que convencen a las multitudes. Se dice: es el progreso, hay que salir de la Edad Media. ¿Quién querría ponerse contra el progreso? La novedad, el cambio, la moda, resultan siempre una seducción. ¿Quién querría tomar partido por los pasatistas, los retrógrados, los reaccionarios, los tradicionalistas? Evidentemente, más vale estar por la reforma, la revolución, el futuro, el mañana.


También se dice: "es para que la religión sea inteligible, para que ustedes la entiendan y puedan así participar mejor en las ceremonias del culto". ¿Cómo rechazar ese llamado, que halaga a la inteligencia? Si somos adultos, se descuenta que debemos tutear a Dios y hablarle de igual a igual, como personas libres e inteligentes capaces de dialogar al mismo nivel.


Se dice asimismo: "al latín no lo conoce más que una minoría de privilegiados; ahora bien, la Iglesia es la Iglesia de los pobres, su oración es para todo el mundo y no para aquellos que tuvieron la oportunidad de hacer estudios superiores". También allí el argumento es irresistible. Halaga a la vez la tendencia al menor esfuerzo y el sentido de igualdad. En el siglo de la democracia, el latín resulta un desafío al pueblo y a la cantidad.


Todas esas razones parecen tan apremiantes, tan evidentes, que buen número de católicos se asombran de haber podido asistir, hasta hace muy pocos años, a la misa en latín. No se convencen de que sus padres, sus abuelos y sus antepasados hayan podido participar durante siglos en una liturgia que les resultaba —eso creen— tan ajena como incomprensible. Mejor sería que se preguntasen por qué y cómo el catolicismo podía ser tan vivo en la época del latín y si las razones que hacían que el latín no constituyera un obstáculo para la fe no tendrían también algún valor en nuestra época. También podrían preguntarse si la frescura de la novedad que hoy en día presentan (para los que le gusta) las ceremonias todas en francés, no pasará rápidamente, replanteando, en su carácter duradero y fundamental, el problema de la mejor repartición entre el latín y la lengua vernácula en la liturgia.


A CONTINUACIÓN... JUAN XXIII Y EL LATÍN
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Message  Javier le Mar 08 Oct 2019, 6:00 am

JUAN XXIII Y EL LATÍN


¿Por qué el latín? Podríamos explicarlo extensamente. Pero más vale dejar hablar a Juan XXIII, quien lo dijo en la Constitución Veterum Sapientia el 22 de febrero de 1962. He aquí algunos extractos:


“No es sin una disposición de la providencia divina que esta lengua, que durante muchos siglos reunió a una vasta federación de pueblos bajo la autoridad del Imperio romano, se haya convertido en la lengua propia de la Sede apostólica y que, transmitida a la posteridad, haya constituido un estrecho lazo de unión entre los pueblos cristianos de Europa.


“En efecto, el latín, por su misma naturaleza, conviene perfectamente para promover en todos los pueblos todas las formas de cultura. Efectivamente, no suscita celos, es imparcial para con todas las naciones, no es privilegio de ninguna, es aceptado por todas, como un amigo. Además, no hay que olvidar que el latín tiene un sello característico: tiene «un estilo conciso, variado, armonioso, lleno de majestad y dignidad» (Pío XI), que incita de manera inimitable a la precisión y la gravedad.


“Por esas razones la Sede apostólica siempre ha velado celosamente por mantener el latín y siempre ha estimado que «esa espléndida vestidura de la doctrina celestial de las santas leyes» (Pío XI), era digna de ser usada por sus ministros. En efecto, los eclesiásticos, sea cual fuere su nacionalidad, gracias al latín pueden enterarse con facilidad de lo que proviene de la Santa Sede y comunicarse con ella o entre sí.


“Esta lengua está unida a la vida de la Iglesia y «su conocimiento, adquirido por el estudio y el uso, interesa a las humanidades y a la literatura, pero más aún a la religión» (Pío XI), retomando los términos de Nuestro predecesor de inmortal memoria, Pío XI, quien señalaba, al dar argumentos en su favor, tres cualidades que vuelven a esa lengua particularmente adaptada a la naturaleza de la Iglesia: «En efecto, la Iglesia, que agrupa en su seno a todas las naciones, que está destinada a perdurar hasta la consumación de los siglos (...), necesita, por su misma naturaleza, una lengua universal, definitivamente plasmada, que no sea una lengua vulgar».


“Puesto que es necesario que «toda la Iglesia se una» (San Ireneo) a la Iglesia romana, y puesto que los Soberanos Pontífices tienen un poder «verdaderamente episcopal, ordinario e inmediato sobre todas y cada una de las Iglesias, sobre todos y cada uno de los pastores y fieles» (Cod. 1. C.) de cualquier rito, nacionalidad o lengua que sean, parece sumamente conveniente que exista un instrumento de comunicación universal y uniforme, muy especialmente entre la Santa Sede y las Iglesias de rito latino. Por eso, tanto los papas, si quieren transmitir una enseñanza a los pueblos católicos, como los dicasterios de la Curia romana, si tienen que tratar un asunto, o publicar un decreto que interesa a todos los fieles, siempre usan el latín, que numerosas naciones escuchan como la voz de su madre.


“La lengua de la Iglesia no sólo debe ser universal sino también inmutable. En efecto, si las verdades de la Iglesia se confiaran a algunas o a muchas lenguas modernas cambiantes, de las cuales ninguna tiene más autoridad que las otras, resultaría evidentemente tal variedad que el sentido de esas verdades no sería suficientemente claro ni suficientemente preciso para todo el mundo, y, además, ninguna lengua podría servir de regla común y estable para juzgar el sentido de las otras. En cambio el latín, que desde hace mucho está al abrigo de la evolución que el uso cotidiano introduce generalmente en el sentido de las palabras, debe ser considerado como fijo e inmutable, dado que los sentidos nuevos que han cobrado ciertas palabras latinas para responder a las necesidades del desarrollo, de la explicación y de la doctrina cristiana hace ya mucho que se han estabilizado.


“Por último, la Iglesia Católica, puesto que ha sido fundada por Nuestro Señor Jesucristo, sobrepasa grandemente en dignidad a todas las sociedades humanas, y es justo que use una lengua no vulgar sino noble y majestuosa.



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Message  Javier le Sam 12 Oct 2019, 12:49 pm

“Por otra parte, el latín «al cual con todo derecho puede calificárselo de lengua católica» (Pío XI), por haber sido consagrado por el uso ininterrumpido que de él ha hecho la cátedra apostólica, madre y educadora de todas las Iglesias, debe ser considerado como «tesoro inestimable» (Pío XII), y como «puerta que permite a todos acceder directamente a las verdades cristianas transmitidas desde la antigüedad y a los documentos de la enseñanza de la Iglesia» (León XIII): constituye, por lo tanto, un vínculo precioso que une excelsamente a la Iglesia de hoy con la del pasado y con la del futuro...


“...En nuestros tiempos el uso del latín es objeto de controversias en muchos lugares y, en consecuencia, muchos preguntan cuál es el pensamiento de la Sede Apostólica sobre ese punto: por ello hemos decidido adoptar medidas oportunas, enunciadas en este documento solemne, para que el uso antiguo e ininterrumpido del latín sea mantenido plenamente y restablecido allí donde casi haya caído en desuso...


“...Después de haber examinado y pesado mucho todas las cosas, en la conciencia cierta de Nuestro cargo y de Nuestra autoridad, Nos decidimos y ordenamos lo que sigue:


“1.- Los obispos y los superiores generales de las órdenes religiosas velarán porque, en sus seminarios y en sus escuelas, en las que los jóvenes se preparan para el sacerdocio, todos tomen a pecho obedecer la voluntad de la Sede Apostólica sobre ese punto, y observen escrupulosamente Nuestras prescripciones aquí enunciadas.


“II. — Velarán con paternal solicitud para que ninguno de sus subordinados, por afición a la novedad, se exprese en contra del uso del latín, ya sea en la enseñanza de las ciencias sagradas, ya sea en la liturgia, o bien para que, por prejuicio, no atenúe la voluntad de la Sede Apostólica sobre ese punto o no altere su sentido.


“VI. — El latín es la lengua viva de la Iglesia. (...)


...Nos queremos y ordenamos, por Nuestra autoridad apostólica, que todo lo que Nos hemos establecido, decretado y ordenado en esta Constitución quede definitivamente firme y decretado, no obstante todas las cosas contrarias, aun las dignas de mención particular.


“Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de la Cátedra de San Pedro Apóstol, el 22 de febrero de 1962, el cuarto de nuestro pontificado. — Juan XXIII.



He ahí, pues, lo que dijo el Papa. No un papa de hace mil años, o quinientos años. No un papa del siglo XIX o de comienzos del XX, sino el papa del Vaticano II, Juan XXIII. Y lo decía hace menos de diez años. Y no lo decía al pasar, en una alocución improvisada, sino en una Constitución solemne y que se preocupó de promulgar personalmente, en San Pedro, en presencia de cuarenta cardenales y no sé cuántos obispos, curas y notabilidades romanas.


Entonces ¿qué ha sucedido?


Sucede que siglos de tradición, el pensamiento de todos los papas y de Juan XXIII, el papa del Concilio, y por último el Concilio mismo, cuya Constitución litúrgica prescribe expresamente que "se conservará el uso de la lengua latina, en los ritos latinos, salvo derecho particular" (art. 36), sucede que todo eso se resquebraja bajo la presión de las ideologías que los ejércitos rusos y norteamericanos han introducido en la Europa devastada y en la Iglesia sacudida después de la última guerra.


A CONTINUACIÓN... EL PENSAMIENTO DE PAULO VI
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Message  Javier le Dim 20 Oct 2019, 5:20 am

EL PENSAMIENTO DE PAULO VI


Pero, nos dirán: el papa actual, Paulo VI, ¿qué piensa de eso?

La cuestión es grave y merece examinarse.

Es verdad que el proceder de Paulo VI desconcierta a muchos. En un artículo de Etudes (julio-agosto 1967, p. 81), el P. Rouquette cuenta las palabras de un amigo romano, real o imaginario, según el cual "si bien las palabras de Paulo VI suelen ser advertencias contra los excesos de la reforma, la mayoría de sus decisiones van en el sentido de esa reforma". (Se trata de la reforma de la Iglesia en conjunto, no sólo de la reforma litúrgica.) Esas palabras corresponden a una impresión bastante general.

¿Qué pensar de eso?

Por mi parte, eso me inspira muchas cosas, bastante diversas, y necesitaría muchos matices para expresarlas correctamente.

En primer lugar, es preciso decir que es el papa quien reforma. El no va "en el sentido" de una reforma que le sería propuesta o impuesta. El mismo es el que reforma. El amigo romano del P. Rouquette piensa probablemente en la reforma conciliar, que el papa no tendría más que ejecutar. Pero la reforma conciliar es la del Concilio con el papa, es la de los textos votados por el Concilio y promulgados por el papa. El papa conduce la reforma de punta a punta. El es quien da el sentido de la reforma. No es que se acomode a ese sentido, que le sería indicado por intérpretes calificados a los cuales el papa debería someterse.

Entiendo bien que el amigo romano del P. Rouquette considera que el sentido de la reforma es el de "la mayoría", es decir, en última instancia, aquel que un inmenso aparato de presión entiende hacer prevalecer como la voz del pueblo de Dios y que, por ejemplo, en el terreno de la liturgia llevaría a la abolición total y definitiva del latín así como al trastrocamiento radical de la misa y, más generalmente, al rechazo de toda la tradición católica. El sentido de la reforma sería, en suma, la revolución.

Aquí la verdadera cuestión que se plantea no es saber si Paulo VI va o no en el sentido de la reforma querida por los innovadores, sino cuál es su pensamiento personal y sobre qué carriles se propone llevar a la Iglesia.

Esta cuestión se plantea, sobre todo, a propósito de la extensión de la lengua vernácula a toda la misa. He ahí una reforma que conforma el deseo de los innovadores, pero que contraría el espíritu y la letra de la Constitución sobre la liturgia. Ahora bien, el hecho es que Paulo VI no la ha impedido. Tácitamente, al menos, la ha aprobado, o sea, que en su soberanía pontificia ha abolido parcialmente un texto conciliar. No puede dudarse de su derecho. Pero lo paradójico de la situación es que en su actitud no se ve la plenitud del ejercicio de su derecho: lo que se ve, al contrario, es el triunfo de los reformadores que habrían sido bastante poderosos para someter la voluntad del Papa a su propia voluntad.


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Message  Javier le Sam 26 Oct 2019, 2:23 pm

¿El papa ha cedido? ¿O ha realizado una reforma que estaba decidido personalmente a realizar?

Esas preguntas nadie puede responderlas con certeza absoluta. Pero podemos hacer conjeturas. En primer lugar, en lo que me atañe, estoy convencido de que la voluntad del papa no se ha plegado ante ninguna otra voluntad. Esto no es más que una convicción personal, pero plena y total. El papa sabe lo que quiere, y ciertamente ha querido hacer lo que ha hecho.

¿Con qué fin? He ahí, más bien, algo sobre lo que podemos interrogarnos.


En seguida acude a la mente una primera hipótesis. El papa, sin estar de acuerdo personalmente con el abandono del latín y otras medidas revolucionarias del mismo género, estima que no ha llegado el momento de interrumpir una evolución postconciliar cuyos excesos y abusos denuncia por otra parte. Cánovas del Castillo definía la política como el arte de hacer posible lo necesario. Lo necesario no siempre es posible. Para que lo sea, a menudo es menester que los interesados tengan conciencia de ello, lo cual implica tiempo, desórdenes, fracasos. Como jefe responsable de esa gigantesca sociedad que es la Iglesia y que, a la vez que totalmente divina, es también humana, el papa, para gobernar, debe tener en cuenta leyes psicosociológicas que rigen a todos los grupos humanos. Tal vez estime, pues, que es necesario esperar para que un día llegue a ser posible lo que desde ahora es necesario.


La segunda hipótesis surge del temperamento democrático de Paulo VI. Sin hacer concesiones a los dogmas de la democracia —eso se descuenta—, no quiere mostrarse indiferente a las corrientes del número y de la opinión. Sin duda entiende también hacer asumir a las asambleas el sentido de su responsabilidad. Eso se ha visto, al parecer, con la misa normativa. El papa podría haberla prohibido desde el Concilio. Pero ha querido que el Sínodo tuviese la demostración de ello. Y el Sínodo vaciló.


La tercera hipótesis va mucho más lejos.


Jean Guitton se jacta de haber predicho, antes de la elección del cardenal Montini al trono de San Pedro, que si él hubiese sido el elegido habría tomado el nombre de Pablo, porque quería ser el apóstol de los gentiles. En sus Diálogos con Paulo VI, insiste largamente sobre la modernidad de Paulo VI:


“En él se propone al hombre moderno. Eso es extraordinario. Porque los papas, en tanto que guías y cabezas de la humanidad, no tienen la tarea de hacerse semejantes al hombre de su tiempo, sobre todo a ese hombre desconcertado que es el hombre de nuestra época (...)


“Los papas de estos últimos tiempos han podido amar y socorrer al hombre moderno: pero su sensibilidad profunda no se acordaba con la sensibilidad moderna. Pío XI era sólido, cuadrado, montañés; Pío XII tenía la firmeza romana, el ardor místico, el genio humanista: ¿sentía las cosas como un moderno? En cuanto a Juan XXIII, tan moderno en sus perspectivas, no era moderno en sus nervios y su sustancia. Su diario espiritual lo demuestra bien (...)


“No sucede lo mismo con Paulo VI: estamos en presencia de un temperamento moderno. Es la índole de muchos de nuestros pensadores, sobre todo de nuestros artistas: este papa no se contenta con pensar como nosotros, lo cual resulta fácil para una inteligencia, sino que siente, se angustia, sufre como nosotros. Desde este punto de vista, surge su semejanza con San Pablo. San Pablo tenía muchos rasgos de eso que se llama «la modernidad»: se regocijaba de sus debilidades, se confesaba desgarrado, tentado, débil, inseguro. Paulo VI lleva en su naturaleza esa semejanza con el hombre de este tiempo, en su aspiración y también en su tormento.


“Y con eso ya restaura, rehabilita ciertas maneras de pensar y de sentir que eran consideradas sospechosas (...) “Pero la ecumenicidad de la Iglesia Católica implica que permite a todos los temperamentos vivir en su seno y realizarse, así como Ella debe reunir a «todos los pueblos», así como ella reunirá un día a todas las Iglesias. Cada carácter es la imagen de un pueblo.”
(p. 133-134).


¿El retrato se asemeja? Nimis bene de me scripsisti, le dijo Paulo VI a Jean Guitton. En todo caso, encontramos quizás en la vocación paulina del papa el secreto de una audacia voluntaria para lanzar la semilla cristiana en tierra desconocida. Lo que en una primera hipótesis puede aparecérsenos como acto de gobierno, en otra hipótesis puede ser interpretado como puro acto de fe cuya temeridad parece un desafío a toda prudencia de gobierno.


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Message  Javier le Sam 02 Nov 2019, 7:57 am

Se advertirá que la modernidad de Paulo VI, su voluntad de ir al encuentro de los gentiles, su ecumenismo, se vuelven a hallar en su gusto por el diálogo. Jean Guitton también se refiere a eso: "¡El diálogo de Paulo VI es mucho más que diálogo! En él esa palabra se convierte en palabra-espejo de todo, en un sol, un eje, un gozne, una fuente, un hogar, un misterio, una suma de pensamientos, un mundo de posibilidades. Su pontificado ya tiene un rótulo para la historia: suceda lo que sucediere, fracaso o éxito, el pontificado de Paulo VI será el pontificado de un papa que habrá intentado efectivamente dialogar con todos los hombres" (p, 196).


El diálogo, para lo cotidiano de la vida, supone habitualmente un mismo lenguaje común. Pero cuando se convierte en palabra-espejo de todo, sol, eje, gozne, fuente, hogar, misterio, suma de pensamientos, mundo de posibilidades, puede acomodarse a una diversidad de lenguas aun cuando él no lo postule, en que cada pueblo y cada individuo se siente más seguro de sí mismo si su palabra es la de sus orígenes. He ahí, sin duda, la razón por la cual Paulo VI hace prevalecer la diversidad sobre la unidad.


El 7 de marzo de 1965 Paulo VI declaró a los fieles agolpados en la plaza de San Pedro: "La Iglesia realiza un sacrificio al renunciar al latín, lengua sagrada, hermosa, expresiva, elegante. Ha sacrificado siglos de tradición y de unidad de lengua en aras de una aspiración cada vez mayor a la universalidad".


Ese "sacrificio", en el espíritu de Paulo VI, parece definitivo. Dio nuevamente una explicación de eso el 26 de noviembre de 1969 al presentar el nuevo rito de la misa: "Ya no será el latín, sino el lenguaje corriente, la lengua principal de la misa. Para todo aquel que conoce la belleza, la pujanza del latín, su aptitud para expresar las cosas sagradas, resultará por cierto un gran sacrificio verlo reemplazado por la lengua corriente. Perdemos la lengua de los siglos cristianos, nos convertimos en intrusos y profanos en el dominio literario de la expresión sagrada. Perdemos así gran parte de esa admirable e incomparable riqueza artística y espiritual que es el canto gregoriano. Tenemos razón, ciertamente, de experimentar por ello gran pena y casi una perturbación..."


Sus palabras son tan fuertes —deben releerse— que no podemos menos que hacer la pregunta: pero entonces, ¿por qué?


"La respuesta parece trivial y prosaica —dice Paulo VI— pero es buena porque es humana y apostólica. La comprensión de la plegaria es más preciosa que las vestiduras de seda con las que se adorna majestuosamente. Más preciosa es la participación del pueblo, de ese pueblo de hoy que quiere que se le hable claramente, de manera inteligible que pueda traducirse en su lenguaje profano. Si la noble lengua latina nos separaba de los niños, de los jóvenes, del mundo del trabajo y de los negocios, si era una pantalla opaca en lugar de ser un cristal transparente, ¿haríamos un buen cálculo, nosotros los pescadores de almas, conservándole la exclusividad en el lenguaje de la oración y de la religión?"


Por lo tanto, el argumento de la inteligibilidad (fuente de participación) es el que mueve a Paulo VI. Ya hemos dicho qué hay que pensar de eso, y qué pensó de eso la Iglesia durante largos siglos.


Observemos, sin embargo, dos puntos.


En primer lugar, con su manera siempre balanceada, Paulo VI declara, por una parte, que la lengua corriente reemplazará de ahora en adelante al latín en la misa, y, por la otra, que el latín ya no tendrá "la exclusividad" en la oración y en la religión. Se hace mal el cálculo acerca de la parte respectiva de las dos lenguas, aunque la voluntad pontificia no deje lugar a dudas: él quiere la lengua corriente.


En segundo lugar, el papa da su consigna en las alocuciones. Pero alocuciones no son decisiones. El papa indica una preferencia personal, pero no revoca como tiene derecho a hacerlo, la Constitución conciliar sobre la liturgia. Esta sigue siendo la ley, y la ley es necesariamente lo que priva. Por lo tanto, es dable esperar que se volverá a ella.


A CONTINUACIÓN... IMPORTANCIA DEL LATIN
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Message  Javier le Dim 10 Nov 2019, 5:23 am

IMPORTANCIA DEL LATIN


Se trata de una cuestión de extrema importancia en sí misma y de la cual dependen muchas otras. En octubre de 1967, durante el sínodo, hubo en Roma un "congreso de laicos". ¿De dónde venían esos laicos? ¿Quién les había dado representación? ¿Quién les pagaba el viaje? No lo sabemos. Su congreso, si hemos de creer a los periódicos, fue un hermoso espectáculo en el que la política y la revolución ocuparon más lugar que la religión. Pero hubo un momento —siempre según los periódicos— que fue emocionante en ese congreso: cuando los congresistas cantaron juntos el Credo. En medio del desorden de su acción y de sus palabras, volvieron a encontrar en eso la unidad, que era la unidad católica. Sin el Credo no habrían dado, de punta a punta, más espectáculo que la anarquía. Y bien, imaginemos un congreso semejante dentro de diez años: al ritmo actual de la "vernacularización", sólo tendremos la anarquía, ya que ningún congresista sabrá cantar el Credo en latín.


Tal es el beneficio (uno de los beneficios) y tal es la necesidad (una de las necesidades) del latín.


Por eso la observancia del latín (o del griego) parece imponerse prioritariamente para las grandes oraciones comunes: el Kyrie, el Gloria, el Credo, el Sanctus, el Pater, el Agnus Dei. Rezadas o cantadas, esas oraciones deben saberlas todos los católicos, para que sobre toda la superficie de la tierra puedan reconocerse y sentirse en comunión en la misa.


Se toma en demasía la cuestión del latín como caso de gusto personal. No se trata de saber si unos preferimos oír la misa en latín y otros en francés. Se trata de saber qué cosa es mejor.


Algunos piden que en las parroquias haya misas en latín y misas en francés, con el fin de que cada uno pueda asistir a la misa de su gusto. No digo que, en las circunstancias actuales, esta fórmula no sea mejor que tener misas exclusivamente en francés (en contra de la Constitución litúrgica y en contra del deseo de muchos). Pero ésa no puede ser la solución válida que perdure: en efecto, sus inconvenientes son muchos. El principal sería, ante todo, el de reforzar el francés en las misas en francés. A los que quieren el latín se les diría: "Vayan ustedes a las misas en latín" y eso se aprovecharía para impulsar la "reforma" en el sector francés. En las mismas parroquias habría dos categorías de fieles, que correrían el riesgo de desconocerse y hasta de enfrentarse cada vez más, lo cual resultaría desastroso. Todos los fieles tienen derecho al latín, en todas las misas, y deben tenerlo, de acuerdo con la Constitución litúrgica. Además, las misas en latín serían la porción congrua: tal vez se diría una el domingo, una por semana. Eso crearía desde el principio un desequilibrio. Por diversas causas, muchos de los que quisieran asistir a ellas no podrían. Las misas de catecismo, las misas de los jóvenes se dirían en francés. En una palabra, después de unos meses, o de unos años, las escasas misas subsistentes en latín serían poco frecuentadas y ese hecho se consideraría como un plebiscito favorable al francés. "Ustedes quisieron la experiencia. ¡Y bien, miren el resultado! No hay más que tres docenas de retrógrados que van a la misa en latín. La inmensa mayoría, por no decir la unanimidad de los fieles, quiere la misa en francés".


No: no es ésa la solución correcta. La buena solución —y no hay más que una— es el respeto a la Constitución conciliar, es decir, no dar a las lenguas vernáculas más que "el lugar que conviene" y devolver al latín su primer lugar, sobre todo en las grandes oraciones comunes.


Me causa asombro que los católicos franceses no adviertan mejor la catástrofe que sería —que, por desgracia, quizás será— el abandono del latín. ¿No se dan cuenta de que la unidad católica se despedazaría por la supresión de la lengua común que constituye su símbolo a la vez que su expresión y su más firme sostén?


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Message  Javier le Dim 24 Nov 2019, 5:00 am

Se dice que el latín subsistiría para las grandes ceremonias internacionales, en Roma, en las peregrinaciones, en los congresos. Pero ¿cómo habría de subsistir, o de que serviría si ya nadie lo supiese? Los que en Roma, en Lourdes, en Fátima, en Bombay, en Tokio, hoy cantan juntos el Credo, lo cantan porque lo saben; evidentemente, no lo cantarían si no lo supiesen. ¿Y cómo lo sabrían si ya no lo aprendiesen en el catecismo y si no lo cantasen más en sus parroquias y en sus ceremonias nacionales?


Esa ignorancia pasaría, muy naturalmente, de los seglares a los clérigos. Si los sacerdotes ya no dicen la misa en latín, si ya no rezan el breviario en latín, ya no sabrán un latín que, por otra parte, se negarán a aprender. Como igual se necesitaría una lengua internacional en Roma, y como igual se necesitarían teólogos, canonistas, historiadores, exégetas, habría entonces dos cleros, uno sabio y otro ignorante, o uno "clásico" y otro "moderno". Es de imaginar el grado de comunicación, de comprensión y de caridad cristiana que existiría entre esos dos cleros. Por un lado, el cristianismo tradicional; por el otro, el cristianismo evolutivo y evolucionista: ¿qué pasaría con el cristianismo allí dentro?


En cuanto al francés mismo, su promoción correría gran riesgo de convertirse en retroceso. Porque el italiano está apoyado por Roma, el español y el portugués cuentan con imperios lingüísticos, pero el francés, separado del latín, pierde su sitio eminente. Si las lenguas vernáculas han de triunfar, por una parte florecerán en el mosaico de los dialectos nacionales y de las lenguas africanas y asiáticas, y por la otra buscarán un nuevo vehículo internacional que sería probablemente el alemán para Europa y, por cierto, el inglés para el mundo entero, ya que el protestantismo refuerza el uso de esos dos idiomas en el diálogo ecuménico.


No nos hagamos ilusiones: el ataque al latín equivale al ataque a Roma y al catolicismo. Si el latín debe desaparecer de nuestras iglesias, si en ellas no se lo habla más, ni se lo canta más, ni se lo oye más, la liturgia y la doctrina católicas no resistirán la presión del mundo moderno, y su único refugio (provisorio) será el liberalismo protestante.


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Message  Javier le Sam 30 Nov 2019, 1:44 pm

Ya sé que también se nos dice que al defender el latín defendemos la civilización occidental y que la Iglesia no está ligada a ninguna civilización.


Esa es una cuestión muy compleja que exigiría extensísimos desarrollos e innumerables distingos para ser tratada como corresponde. Contentémonos con señalar algunos puntos.


Ante todo, podemos decir que de dos mil años a esta parte, la Iglesia ha resuelto definitivamente esta cuestión. El latín —por no hablar más que del latín— ha afirmado su unidad, pero en el sector mismo, muy restringido, en el que dicha unidad debía ser afirmada. En cuanto al resto, dentro de lo que yo sé, los católicos de cada país hablan su propio idioma y se desarrollan en su propia civilización.


El único problema radica en hallar la proporción exacta que debe reinar entre la lengua que hace la unidad y las lenguas que hacen la universalidad, entre los conceptos ligados a la lengua común y los conceptos ligados a las lenguas diversas, entre las estructuras de la sociedad Iglesia y las estructuras de las sociedades y las civilizaciones laicas. Queda abierto el debate acerca de esa proporción, de sus aspectos cuantitativos y cualitativos. Se pueden sostener opiniones diferentes, y las soluciones no tienen por qué ser idénticas ni inmutables. Pero en lo que nos concierne a los europeos y a los franceses, no se plantea ningún problema. O, más vale, se plantea de la manera que hemos descrito al explicar las causas de la subversión litúrgica. Nuestra civilización se ve atacada y debemos volver a templarnos en nuestras fuentes, en nuestros orígenes, en nuestra tradición y nuestra historia. Para afrontar al mundo exterior debemos, ante todo, seguir siendo nosotros mismos, ser nosotros mismos. Debemos hacerlo como occidentales a la vez que como católicos. El problema del latín, que es el problema de nuestra religión, es también el de nuestra civilización. Querer separarnos de ella sería un verdadero suicidio.


Está bien, nos contestarán; pero la Iglesia no está ligada a la civilización occidental; por lo tanto, debe ofrecerse por igual a todas las civilizaciones.

Repetimos que el argumento, así presentado, aboga en favor del latín en nuestros países, ya que, si la Iglesia se ofrece a todas las civilizaciones, ¿por qué querer destruir la nuestra para acoger a la Iglesia? Como ya dijimos, la Iglesia tiene también una historia. El cristianismo tiene una historia. So pretexto de igualdad de civilizaciones, de naciones y de razas, ¿vamos a negarle al pueblo judío su carácter de pueblo elegido? ¿Vamos a discutir que el Evangelio tuvo su cuna en la cuenca mediterránea y que sus estructuras de encarnación intelectual y social fueron Grecia y Roma? ¿Para hacerse accesible a todos y ampliarse hasta abarcar el mundo, la Iglesia debe empezar por romper con su propia historia y, si así puede decirse, con su ser histórico?


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Message  Javier le Sam 07 Déc 2019, 1:48 pm

Por otra parte, ¡cuántas confusiones en torno de ese concepto de civilización! Porque, si bien es verdad que en ciertos aspectos hay multiplicidad de civilizaciones, no es menos cierto que en otros aspectos no hay más que una civilización. Lo cual significa que en muchos aspectos las diversidades deben ser respetadas, y que en otros se impone la unidad, lo cual resulta evidente. Ahora bien, se advierte a las claras que en su desarrollo histórico, y sobre todo en nuestros días, la civilización occidental ha tendido y tiende a revelar a cada civilización sus propios caracteres y su propia originalidad, a la vez que invita al conjunto de las civilizaciones a reunirse, mediante ciertos rasgos universales, en una civilización única. Los dos agentes más eficaces de las evoluciones y mutaciones más recientes son América y la U.R.S.S. Una y otra proceden de la civilización occidental, son ramas de la misma, lo cual hace que, en cierta manera, pueda decirse que la civilización occidental hoy en día se extiende por todo el planeta.


Se extiende conflictuada y en contradicción. ¿Acaso, para afirmar mejor su poderío, no se ha entregado a filosofías que con demasiada frecuencia han sacrificado la verdad en aras de la eficacia? La producción, la industria, el dinero, la materia, la ciencia, han usado en provecho propio el amor apasionado de lo bello, lo bueno y lo verdadero. El cristianismo, que ha nutrido a las dos grandes filosofías prevalentes ¿debería, para seguirlos en la conquista del mundo, hacerse comunista ateo por un lado, y liberal protestante por el otro? Más bien le corresponde, a todas luces, hacer que esas dos filosofías y las dos potencias se remonten a su origen, lo cual significa que debe también reafirmarse en todo el vigor de su verdad primigenia, modificando, rectificando y adaptando todo lo que deba ser modificado, rectificado y adaptado, pero con el solo fin de hacer surgir toda la pureza de su mensaje, que no deja de comunicarse al mundo desde hace dos mil años.


Pero volvamos a nuestro tema. ¿Resultaría difícil obtener que los católicos respetasen la Constitución conciliar en lo referente al latín (por no hablar del canto gregoriano)? Resultaría tanto menos difícil cuanto que siempre ha sido así. ¿Por qué, de repente, sería difícil lograr lo que siempre se hizo sin el menor inconveniente durante siglos y hasta hace pocos años? Los fieles no desearán nada mejor. Si se nos objeta que han adoptado el francés y que ya no quieren el latín, responderíamos que eso no es verdad. Están satisfechos con el francés para ciertas oraciones o para ciertos ritos en los que el latín pueda constituir un obstáculo a su participación; pero el rechazo general del latín ni les pasa por el pensamiento que, en este caso, ha sido violado por todos los procedimientos clásicos de la violación de muchedumbres. Si las profundas razones del mantenimiento del latín se les explican, los fieles lo comprenderán en seguida y adherirán con alegría. Hoy en día en que los jóvenes, sobre todo, son tan sensibles a todo lo que pueda unirlos por encima de las rivalidades nacionales, ¿cómo no sentirían el lazo de unidad y de solidaridad constituido por una misma oración rezada en la misma lengua en todos los puntos del globo terráqueo? Si los católicos tienen conciencia de que cuando rezan el Pater, o el Credo, son el mismo Pater y el mismo Credo que se reza en su país y en todos los países del mundo, de que reconocerán las oraciones en todas las iglesias cada vez que viajen, de que podrán rezarlas juntos cuando se encuentren en cualquier lugar que sea para cualquier reunión, manifestación o ceremonia que sea, todo eso hará que coincidan inmediatamente en cuanto al lugar que debe ocupar el latín dentro de su religión.


Resulta espantoso pensar que esas verdades elementales, que siempre fueron evidentes en la Iglesia, tanto para la cumbre de la jerarquía como para el último de los fieles, puedan hoy ser resquebrajadas por una banda de revolucionarios cuyo único propósito es la destrucción del catolicismo, destrucción a la cual arrastran, por desgracia, a tantas almas buenas al presentarla como una renovación.


A CONTINUACIÓN... LEX ORANDI, LEX CREDENDI
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Message  Javier le Dim 15 Déc 2019, 7:49 am

LEX ORANDI, LEX CREDENDI


Hemos hecho extensas consideraciones que por referirse casi únicamente al latín, parecen olvidarse de todo el resto de la liturgia.


No lo olvidan, pero el latín es algo esencial porque está ligado a todo lo demás y permite ver claramente el proceso de disgregación de la liturgia. En efecto, con la supresión del latín se afirma netamente la ruptura con todo el pasado y se deja vía libre a todas las innovaciones. El latín sólo constituye una fortaleza contra las extravagancias. Abatida esa fortaleza, todo se vuelve posible y permitido, y recomendable. Dado que siglos y siglos de uso lo han hecho sagrado, basta abolirlo para instaurar la "desacralización" en todos los terrenos, lo cual es un objetivo abiertamente confesado. Con lo sagrado desaparece también el misterio. El cristianismo debe ser claro, inteligible, comprensible, funcional, racional, racionalista. La fe debe transformarse en razón. Despejemos los obstáculos.


Lex orandi, lex credendi. La ley de la oración es la ley de la fe. Cuando la ley de la oración sea múltiple, diversa, babélica, como las lenguas vernáculas, tendremos esa religión nueva que ya es tiempo de instaurar ahora que el hombre ha llegado a adulto.


En su lección inaugural en el Collége de France, el 3 de noviembre de 1967, Jacques Monod, que nos propone una filosofía del conocimiento objetivo, forma desapasionada del ateísmo científico, dijo al pasar que "la extremada y soberbia rigidez dogmática de ciertas religiones (como el islamismo, el catolicismo o el marxismo), fuente de sus conquistas en una noosfera que ya no es la nuestra, llega hoy a ser causa de debilidad extrema que provocará, si no su desaparición, por lo menos revisiones desgarrantes" (Le Monde, 30 de noviembre de 1967). La idea no es nueva. El identificar las ideologías religiosas con el cristianismo eterno, constituye el corazón mismo del teilhardismo y aflora a la conciencia de numerosos cristianos. Vayamos más lejos: esa idea es la que hace, la que es la crisis misma del cristianismo actual. Se presenta en un abanico extremadamente abierto, que va desde el aggiornamento legítimo, en el sentido de Juan XXIII y el Concilio, hasta la supresión de los dogmas y la proclamación de ese metacristianismo con el que soñaba Teilhard. La crisis de la liturgia no es más que el reflejo de esa crisis general, que va también desde la reforma indicada por la Constitución conciliar hasta las concelebraciones católico-protestantes, que se multiplican a la espera del futuro.


Así está la situación.


A CONTINUACIÓN... El embrollo de la nueva misa. EL NUEVO MISAL ROMANO.
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Message  Javier le Sam 21 Déc 2019, 2:12 pm

Sección III - El embrollo de la nueva misa


CAPITULO I - EL NUEVO MISAL ROMANO


No es fácil ubicarse en la Nueva Misa.

Aparentemente, todo es claro. En efecto, como dijimos en nuestra Introducción, disponemos desde hace un tiempo del Misal Romano mismo —el Missale Romanum—, que fue presentado al papa el 11 de mayo de 1970 y que contiene, además del texto de la misa, una extensa Presentación general (Institutio generalis), un Preámbulo (Proemium) y el decreto de promulgación del Cardenal Gut, fechado el 26 de marzo de 1970.

Sin embargo, ese grueso volumen, que podríamos pensar que integra o revoca todo lo anterior, da lugar a incertidumbres sobre lo que se prescribe, se autoriza o se prohíbe en lo concerniente a la misa antigua y a la nueva. Para poner un poco de orden en este embrollo, lo mejor es seguir el orden cronológico y atenerse a lo esencial.


I. LA CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA “MISSALE ROMANUM”

El 3 de abril de 1969 Paulo VI publicó la Constitución apostólica Missale Romanum "promulgando el Misal Romano restaurado por orden del II Concilio Ecuménico del Vaticano".

Esta Constitución figura al frente de la editio typica del Ordo Missae, que apareció poco después.

Aquí es cuando las sorpresas comienzan y se suceden.


CONTINUARÁ...
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Message  Javier le Jeu 26 Déc 2019, 9:18 am

De la primavera de 1968 al invierno 1969-1970 hubo tres "versiones" de la editio typica.

Empleamos la palabra "versión" a falta de otra, En efecto, se trata de la misma editio typica. Nada indica que haya variado. Por casualidad hubo observadores concienzudos que descubrieron las versiones sucesivas, a las que se puede identificar por los asteriscos que figuran en la primera página de cada folio. La primera versión tiene un asterisco; la segunda, dos; la tercera, tres. ¿Esas versiones son diferentes? Las diferencias parecen leves en conjunto —para estar seguros habría que realizar un estudio comparativo extenso y enojoso—, pero al menos hay una diferencia de bulto. En el decreto de promulgación de Paulo VI se ha agregado una frase entre la primera y la segunda versión: "Ordenamos que las prescripciones de esta Constitución entren en vigencia el próximo 30 de noviembre de este año (1969), primer domingo de Adviento".


Así, pues, el decreto que había firmado Paulo VI no indicaba fecha con respecto a la entrada en vigencia del nuevo Ordo Missae. ¡La fecha se fijó después y se incorporó al decreto!

Se dirá que es la rectificación de un olvido. No por eso el procedimiento es menos extraño.

Más curiosa aún es la traducción oficial que se dio al decreto.


El cuarto párrafo antes del final empieza con la siguiente frase: “Ad extremum, ex iis quae hactenus de novo Missali Romano exposuimus quiddam nunc cogere et efficere placet”.

En verdad, es preciso saber bien el latín para comprenderla. Porque efficere y, sobre todo, cogere pueden inducir a error. Sea como fuere, el sentido es el siguiente: "De todo lo que hasta aquí hemos expuesto con respecto al Misal Romano, creemos conveniente extraer ahora, para terminar, una conclusión”. Ahora bien, sorprende leer en la traducción francesa: "Para terminar, queremos dar fuerza de ley a todo lo que antes hemos expuesto sobre el nuevo Misal Romano" (¡!).


Esos detalles resultan reveladores. Indican la clara voluntad de las oficinas de imponer la nueva misa, y al más breve plazo.


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Sam 28 Déc 2019, 10:31 am

Pero llegamos ahora a la frase más extraordinaria de este asunto rocambolesco.

El Courrier de Rome cuenta que un cura, como ya no comprendía nada sobre las diferencias y las contradicciones existentes entre el texto latino y el texto francés (ya que sólo extraemos lo esencial), escribió al P. Cellier, director del Centro Nacional de Pastoral Litúrgica (C.N.P.L.) para tranquilizarse. Recibió la siguiente respuesta del abate Jounel, "del Consilium litúrgico":

“El Sr. Cellier, director del C.N.P.L. acaba de transmitirme sus observaciones relativas a la traducción de la Constitución apostólica «Missale Romanum», y le brindo gustoso las explicaciones que solicita.

“Como casi todos los documentos sometidos a la firma del papa, esa Constitución se redactó en lengua viva. Sobre el texto inicial el Sumo Pontífice agrega las correcciones que juzga necesarias antes de dar su aprobación. Luego el texto se entrega a la sección de letras latinas. Desgraciadamente los matices de la primera redacción no siempre se dan con fidelidad y a veces nos hallamos ante divergencias notables. Muchas encíclicas recientes, en particular Mater et Magistra de Juan XXIII, no resultan del todo comprensibles en latín: las traducciones italiana y francesa, no oficiales, traducen mejor el pensamiento del papa (...) Volviendo al texto francés publicado por el C.N.P.L., puedo afirmarle que traduce con la mayor fidelidad la versión original del documento. Pero le agradezco sus muy justas observaciones, Dado que puede plantearse alguna duda muy legítima sobre la intención del legislador, resultará fácil invitar a éste para que precise el alcance de la obligación del nuevo Ordo Missae, ya sea en un documento ulterior, ya bajo la forma de una respuesta oficial a un dubium, según una tradicional modalidad de la Curia romana”.


¡Y eso es todo!

Rindamos, al menos, homenaje el abate Jounel en un punto: es franco como el oro. Pero esa misma franqueza, que procede evidentemente de su buena índole, le hace enunciar con toda tranquilidad proposiciones cuyo carácter monumental, inaudito, monstruoso, parece escapársele completamente.

En todas las sociedades organizadas hay un texto oficial, nada más que uno, y ése es el único al que hay que dar fe.

En la Iglesia el texto oficial se redacta en latín. El texto latino es el único que cuenta.

Paulo VI lo recordó recientemente. El 26 de noviembre de 1969, confirmando (¡por desgracia!) el "sacrificio" de la lengua latina en beneficio de las lenguas vivas en la liturgia trastrocada, agregó: "Con ello el latín no desaparecerá de nuestra Iglesia: seguirá siendo la noble lengua de los actos oficiales de la Sede Apostólica".

En lo que concierne a la Constitución apostólica Missale Romanum, está, pues, el texto latino, y no hay ninguno más.

El abate Jounel escribe: "Puedo afirmarle que el texto francés traduce con la mayor fidelidad la versión original del documento". ¡Pero sólo hay una versión original: la versión latina! ¡Todo lo demás es proyecto, esbozo, borrador, cualquier cosa, salvo versión original!

"Puedo afirmarle", dice el abate Jounel. Pero el abate Jounel no puede afirmar más que una cosa, o sea, que él o sus amigos, ha escrito o han escrito un proyecto de Constitución en francés o en italiano, y que ese proyecto fue modificado.

¿Modificado por quién? Por los traductores de la sección de letras latinas, dice el abate Jounel. Según él, en el proyecto en lengua vulgar, que él llama "versión original", el Sumo Pontífice agrega las correcciones que juzga necesarias. Pero ¿qué sabe de esa versión? ¿O qué sabe de los resultados? Si se supone que sobre su borrador en italiano o en francés el papa agregó correcciones cuyo texto haya sido entregado a la sección de letras latinas ¿por qué el papa no revisaría luego el texto en latín elaborado por la sección de letras latinas? Y suponiendo también que el papa no relea el texto latino antes de firmarlo (lo cual sería pasmoso), ¿por qué no confiaría en la sección de letras latinas para que ordenara definitivamente el texto revisado por él en lengua vulgar?

Por lo demás, sean cuales fueren las hipótesis que podamos enunciar sobre los métodos de trabajo del Vaticano, hay un hecho que subsiste: el único fidedigno es el texto latino.

Aunque haya "matices" o "divergencias", o "contradicciones" entre el texto en latín y un borrador en italiano o en francés, el único que cuenta es el texto en latín, y ese solo.

Cuando el autor del borrador declara "puedo afirmar" (que mi texto era diferente), su afirmación se refiere a su texto y no al texto oficial.

Y cuando los traductores del texto latino al francés o al italiano retoman el texto del borrador para corregir el texto latino según su propio pensamiento y su propio vocabulario, traicionan el texto oficial, ya se trate de "matices", de "divergencias" o de "contradicciones".

Queda por decir que el abate Jounel reconoce que "una duda muy legítima" pesa sobre la intención del legislador en lo que respecta a la obligación del nuevo Ordo Missae.

La duda, en verdad, proviene de elementos múltiples además de aquellos a que se refiere en su carta. Señalemos solamente:

—las puntualizaciones de Paulo VI en su alocución del 26 de noviembre de 1969;

—la fórmula del anteúltimo párrafo de la Constitución Missale Romanum de donde resulta que solamente se prescriben la adición a la misa de tres cánones nuevos y la nueva fórmula de la consagración, que debe ser la misma, cualquiera que fuere el canon usado en el nuevo ritual;

—el hecho de que no ha sido revocado el privilegio perpetuo acordado por Pío V para decir la misa según el rito por él promulgado.


A CONTINUACIÓN... II. LA INSTRUCCIÓN DEL 20 DE OCTUBRE DE 1969
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Message  Javier le Mar 31 Déc 2019, 5:14 am

II. LA INSTRUCCIÓN DEL 20 DE OCTUBRE DE 1969


El 20 de octubre de 1969 la Congregación para el culto divino publica la "Instrucción sobre la aplicación progresiva de la Constitución apostólica Missale Romanum”. Recordemos sus disposiciones principales:


1. A partir del 30 de noviembre de 1969 se puede usar el texto latino del Ordo Missae.

2. Las Conferencias episcopales fijarán la fecha a partir de la cual se podrá usar ese mismo Ordo Missae con los textos traducidos en lengua viva (...)

7. Cada Conferencia episcopal fijará la fecha a partir de la cual se deberá usar obligatoriamente el nuevo Ordo Missae, salvo en los casos particulares previstos en los Números 1920. Esa fecha no deberá pasar del 28 de noviembre de 1971.


9. Una vez publicado el texto latino del Misal Romano, se podrá hacer uso de él.

10. Cada Conferencia episcopal fijará la fecha a partir de la cual se podrán usar los textos del nuevo Misal Romano traducidos a lenguas vivas.


19. Los sacerdotes ancianos que celebren la misa sine populo, y que tendrían muchas dificultades para habituarse al nuevo Ordo Missae y a los nuevos textos del Misal Romano y del Ordo lectionum Missae, pueden, con el consentimiento de su ordinario, seguir los ritos y los textos actuales.

20. Los casos particulares referentes por ejemplo, a los sacerdotes enfermos, impedidos o que tengan otras dificultades, serán sometidos a esta S. Congregación...


Se advierte que siempre se está en el terreno de la autorización: "Se puede...", "Se podrá..." La autorización, además, actúa en sentido contrario en los arts. 1, 9 y 10, por una parte, y en los arts. 19 y 20, por la otra.


Por lo demás, L'Osservatore Romano del 31 de octubre de 1969 publicó, junto con la Instrucción, un comentario de A. Bugnini, secretario de la Congregación para el culto divino. Bugnini escribía: "El 30 de noviembre (1969) es el primer día en que el nuevo Ordo missae puede (y no debe)[el subrayado es de él]— ser usado en latín. El rito antiguo y el nuevo rito seguirán coexistiendo pacíficamente —(sic)— hasta el 28 de noviembre de 1971: sólo entonces el nuevo se volverá obligatorio: así, pues, dos años de transición y de transacción” [el subrayado es nuestro].


A CONTINUACIÓN... III. LA ORDENANZA DEL 12 DE NOVIEMBRE DE 1969 DEL EPISCOPADO FRANCÉS

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Message  Javier le Ven 03 Jan 2020, 9:22 am

III. LA ORDENANZA DEL 12 DE NOVIEMBRE DE 1969 DEL EPISCOPADO FRANCÉS


Por una ordenanza fechada el 12 de noviembre de 1969, los obispos franceses deciden que el uso del nuevo Ordo missae está autorizado a partir del primer domingo de Adviento (30 de noviembre de 1969) y que será obligatorio a partir del 19 de enero de 1970. Por supuesto que en francés. Ni siquiera se menciona el latín.


Por otra parte, como lo hace notar Jean Madiran en el número de abril de 1970 de Itinéraires, la ordenanza del episcopado francés no hace referencia a la ley de la Santa Sede.


¿Simple olvido? La ordenanza es tal que su autoridad reposa únicamente en el episcopado francés. “Los obispos de Francia, reunidos en Asamblea plenaria en Lourdes el 12 de noviembre de 1969, han decidido lo siguiente...” ¿Qué valor tiene esa decisión?


Más todavía: dicha ordenanza modifica tranquilamente la Instrucción de la Congregación para el culto divino. Ya citamos antes los artículos 19 y 20 de la Instrucción. La ordenanza reproduce el artículo 19, que convierte en su artículo 10, Pero al artículo 20 lo transforma en su siguiente artículo 11: "Los otros casos particulares, que se refieren, por ejemplo, a los sacerdotes enfermos o impedidos, serán sometidos al Ordinario”. 0 sea, coloca al obispo en el lugar de la Congregación para el culto divino.


A CONTINUACIÓN... LA CARTA DE LOS CARDENALES OTTAVIANI Y BACCI
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Message  Javier le Mer 08 Jan 2020, 6:32 am

IV. LA CARTA DE LOS CARDENALES OTTAVIANI Y BACCI


Tanto desorden debía tener una buena razón. La razón era la batalla que se libraba en las oficinas en torno de la nueva misa. Si bien existía fácil acuerdo sobre detalles secundarios, había desacuerdo en cuanto a otros puntos más importantes.

Cuando se conoció el Ordo missae, a principios del verano de 1969, causó gran emoción entre numerosos teólogos y obispos. Se publicaron entonces numerosos estudios, el más importante de los cuales se dirigió a Paulo VI junto con una carta explicativa de los cardenales Ottaviani y Bacci.

La carta era la siguiente:

“Santo Padre,

“Después de haber estudiado y haber hecho estudiar el nuevo Ordo Missae preparado por los especialistas del Consilium ad exsequendam Constitutionem de sacra liturgia, después de haber reflexionado y orado largamente, sentimos el deber, ante Dios y ante Vuestra Santidad, de expresar las consideraciones siguientes:

“1. Como lo prueba suficientemente el estudio crítico adjunto, a pesar de su brevedad, obra de un grupo selecto de teólogos, liturgistas y pastores de almas, el nuevo Ordo Missae, si se consideran los elementos nuevos, susceptibles de apreciaciones muy diversas, que en él aparecen sobreentendidos o implícitos, se aleja de manera impresionante, tanto en el conjunto como en el detalle, de la teología católica referente a la santa misa tal como fue formulada en la vigésima sesión del Concilio de Trento, el cual, al fijar definitivamente los «cánones» del rito, opuso una barrera infranqueable a toda herejía que pudiera afectar la integridad del misterio.

“2. Las razones pastorales invocadas para justificar tan grave ruptura, aun cuando tuviesen derecho a subsistir frente a razones doctrinales, no parecen suficientes. Tantas novedades aparecen en el nuevo Ordo Missae, y como contrapartida tantas cosas eternas se hallan en él relegadas a un lugar secundario o a otro lugar —si es que ocupan todavía un lugar en él— que podría verse reforzada y trocada en certidumbre la duda, que desgraciadamente se insinúa en numerosos ambientes, según la cual algunas verdades, siempre profesadas por el pueblo cristiano, podrían cambiar o ser relegadas al silencio sin que por ello se cometiese infidelidad para con el sagrado depósito de la doctrina a la cual la fe católica se halla ligada para toda la eternidad. Las recientes reformas han demostrado fehacientemente que no podrían hacerse nuevos cambios en la liturgia sin que lleven a una máxima perturbación de los fieles, quienes ya manifiestan que les resultan insoportables y disminuyen innegablemente su fe. En la mejor parte del clero ello se evidencia en torturantes crisis de conciencia de las que ya tenemos testimonios cotidianos y numerosos.

“3. Estamos seguros de que estas consideraciones, inspiradas directamente en lo que oímos por la voz vibrante de los pastores y del rebaño, deberán hallar eco en el corazón paternal de Vuestra Santidad, siempre tan hondamente preocupado por las necesidades espirituales de los hijos de la Iglesia. Siempre los súbditos, por cuyo bien se hace la ley, han gozado del derecho, y más aún, han tenido el deber, si la ley se demuestra nociva, de pedir al legislador, con filial confianza, su revocación.

“Por ello suplicamos encarecidamente a Vuestra Santidad no querer que —en un momento en que la pureza de la fe y la unidad de la Iglesia sufren tan crueles laceraciones y peligros cada vez mayores, que hallan día tras día eco afligido en las palabras del Padre común— se nos prive de la posibilidad de seguir recurriendo al íntegro y fecundo Misal Romano de San Pío V, tan altamente elogiado por Vuestra Santidad y tan profundamente venerado y amado en todo el mundo católico.”


La carta, enviada a Paulo VI en septiembre de 1969, se conoció en octubre y, ampliamente reproducida por la prensa, produjo sensación.

Paralelamente, al Vaticano afluían innumerables súplicas pidiendo al papa derogar el nuevo Ordo Missae o suspender su aplicación y mantener en todos los casos la misa tradicional, llamada de San Pío V.


A CONTINUACIÓN... LAS DOS ALOCUCIONES DE PAULO VI EN NOVIEMBRE DE 1969
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Message  Javier le Dim 12 Jan 2020, 5:34 am

V. LAS DOS ALOCUCIONES DE PAULO VI EN NOVIEMBRE DE 1969


Con vistas a apaciguar los temores que en todos lados suscitaba la nueva misa, Paulo VI pronunció dos alocuciones sucesivas, en el curso de las audiencias generales del 19 y el 26 de noviembre de 1969.

El 19 de noviembre manifiesta que el "cambio" operado por la introducción del nuevo rito "tiene algo de sorprendente, de extraordinario, dado que la misa es considerada la expresión tradicional e intangible de nuestro culto religioso, de la autenticidad de nuestra fe". Pero pide que "se entienda bien que nada se ha cambiado de la sustancia de nuestra misa tradicional".

"No hablamos de nueva misa —dice como conclusión— sino de nueva época en la vida de la Iglesia".

El 26 de noviembre insiste sobre el valor de la reforma efectuada. El cambio deberá llevar a los fieles "a salir de sus pequeñas devociones personales o de su indolencia habitual". Hace notar que las personas piadosas serán las más sacudidas y afectadas. "Tenían su manera respetable de seguir la misa; ahora se sentirán privadas de sus pensamientos habituales y obligadas a seguir otros". Los fieles se asociarán de manera más íntima "a los ritos oficiales de la misa, tanto los de la Palabra de Dios como los del sacrificio eucarístico. En efecto, los fieles están también revestidos del «sacerdocio real», lo cual significa que se ven habilitados para esa conversación sobrenatural con Dios".

Paulo VI explica, como ya lo dijimos en el Título II, por qué se ha abandonado el latín en favor de los idiomas nacionales, y concluye dando algunas indicaciones prácticas emanadas de la Congregación para el culto divino en lo referente al carácter obligatorio del nuevo rito.


A CONTINUACIÓN... EL NUEVO MISAL ROMANO
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Message  Javier le Dim 19 Jan 2020, 6:33 am

VI. EL NUEVO MISAL ROMANO


En nuestra introducción hemos dicho que el nuevo Misal Romano —el Missale Romanum vio la luz en la primavera de 1970.

El primer ejemplar fue presentado a Paulo VI por el cardenal Gut el 11 de mayo de 1970. Se puso en venta a mediados de junio.

Se trata de un grueso volumen de 970 páginas, que contiene:

1. El decreto de promulgación del 26 de marzo de 1970;
2. Un proemium, o sea, un preámbulo;
3. La Institutio generalis, es decir, una presentación general correspondiente a los "considerandos" de los proyectos de ley;
4. Los ritos y los textos de la misa.

El decreto del 26 de marzo comprende dos párrafos. El primero promulga el nuevo Misal. El segundo fija la fecha de su entrada en vigor en los términos siguientes:

“Ad usum autem novi Missalis Romani quod attinet, permittitur ut editio latina, statim ac in lucem edita fuerit, in usum assumi possit, opportunis adhibitis accommodationibus quae clics celebrationum Sanctorum respiciunt, donec Calendarium instauratum definitiva in praxim adducatir; curae autem Conferentiarum Episcopalium committitur editiones lingua vernacula apparare, atque diem statuere, quo eaedem editiones, ab Apostolica Sede rite confirmatae, vigere incipiant.”

Resumimos:

En lo concerniente al uso del nuevo Misal romano en latín, se permite —permittitur— usarlo a partir de la publicación del volumen para las librerías. En lo concerniente a su uso en lenguas vernáculas (por ejemplo, el francés), las Conferencias episcopales fijarán la fecha de su entrada en vigor, una vez que las traducciones hayan sido aprobadas por la Sede apostólica.

Las disposiciones son perfectamente claras. No tienen por qué ser interpretadas. Significan, como lo dijimos en la Introducción, que de ahora en adelante hay:

1. La misa tradicional, llamada de San Pío V, que es la misa normal, en latín:
2. La nueva misa, que se permite rezar en latín, a partir de ahora;
3. La nueva misa, que podrá ser rezada en francés (para nuestro país) una vez que la Conferencia episcopal haya fijado la fecha de su entrada en vigor después que su edición (es decir, su traducción y presentación) haya sido autorizada debidamente por la Santa Sede.


¿Será necesario aclarar que en la práctica las cosas suceden exactamente a la inversa?

La nueva misa se dice en francés, en traducciones provisorias autorizadas o no.
La nueva misa jamás, por así decir, se dice en latín.

La misa tradicional en latín es rezada por los sacerdotes ancianos que a ella se aferran, pero apenas es tolerada, con impaciencia, por el episcopado.

Ya hemos dicho12 que en 1969 se publicó una editio typica del nuevo Ordo Missae en tres versiones sucesivas. En esas versiones los ritos y los textos de la nueva misa no tenían variaciones. No han variado tampoco, salvo por ínfimos detalles, en la edición definitiva del Missale Romanum. La novedad del Missale la constituye el proemium nuevo, y las modificaciones sustanciales introducidas en la Institutio generalis, sobre todo en la redacción de su artículo 7. El examen de ese artículo merece un capítulo aparte.



12 Ver capítulo I, Nº I: “La constitución apostólica “Missale Romanum”.


A CONTINUACIÓN... EL ARTÍCULO 7 DE LA INSTITUTIO GENERALIS
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Message  Javier le Dim 26 Jan 2020, 4:33 am

CAPITULO II - EL ARTÍCULO 7 DE LA INSTITUTIO GENERALIS


El texto de la nueva misa va precedido de una extensa exposición a modo de presentación: la Institutio generalis.

Cuando la Institutio generalis llegó a conocimiento de los fieles, a través de la publicación de la editio typica del nuevo Ordo Missae, produjo verdadera estupefacción. La misa católica se había convertido en la cena protestante.


Los cardenales Bacci y Ottaviani, en su carta al papa, expresaban el sentir de los teólogos, sabios y a la vez hombres de fe 13. Pero sus sentimientos fueron compartidos por sencillos laicos que, si bien no se consideraban capaces de emitir juicio sobre la misa —en razón de la suma de conocimientos teológicos, litúrgicos e históricos que tal juicio requiere—, se consideraban, en cambio, capaces de apreciar la presentación que de ella se hacía.


Ahora bien, en la Instituto generalis las definiciones y las explicaciones del Concilio de Trento estaban tan desdibujadas que llegaban prácticamente a desaparecer.


A este respecto, el artículo 7 resume perfectamente toda la Institutio e indica su orientación. ¿Qué decía ese artículo?

“Cena dominica sive Missa est sacra synaxis seu congregatio populi Dei in unum convenientis, sacerdote praeside, ad memoriale Domini celebrandum. Quare de sanctae Ecclesiae locali congregatione eminenter valet promissio Christi: «Ubi sunt duo vel tres congregati in nomini meo, ibi sum in medio eorum» (Mt. 18, 20)".

O sea:

"La Cena del Señor o Misa es la sinaxis sagrada o reunión del pueblo de Dios, bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar la conmemoración del Señor. Por eso se aplica eminentemente a la reunión local de la santa Iglesia la promesa de Cristo: «Allí donde dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estoy en medio de ellos» (Mt. 18, 20)".


Semejante texto, que evita hablar del sacrificio eucarístico y evoca la presencia divina por la sola reunión de fieles, se aleja hasta la contradicción de todas las definiciones que hemos recibido de la misa. No sólo las del Concilio de Trento habían sido reafirmadas solemnemente por el Vaticano II (en la Constitución Lumen gentium, § 28), sino que Paulo VI, en su profesión de fe del 30 de junio de 1968, había declarado: "Nos creemos que la misa, celebrada por el sacerdote que representa la persona de Cristo en virtud del poder recibido por el sacramento del orden, y ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es el sacrificio del Calvario rendido sacramentalmente presente sobre nuestros altares", Más aún, consagró toda una encíclica, Mysterium Fidei (3 de septiembre de 1965) a la "doctrina" y al "culto" de la santa Eucaristía. En ella el papa se expresa con firmeza y precisión dignas no sólo de los Padres del Concilio de Trento y de los del Vaticano II, sino de los hombres reputados como más "integristas", un Pío X o un Pío XII, un cardenal Ottaviani o un cardenal Bacci.


En esa encíclica no se contenta con decir y repetir todo lo que la Iglesia enseña desde siempre, sino que insiste sobre la necesidad de respetar la terminología en uso, denuncia los errores de esta época, y subraya con fuerza la distinción que debe establecerse entre la naturaleza de la presencia real de Cristo en la Eucaristía y las otras maneras en que Cristo está presente en su Iglesia (especialmente cuando promete hallarse en medio de los dos o tres que se reúnen en su nombre).


Entonces, ¿qué había sucedido? Se levantó un mar de conjeturas. Pero el escándalo fue enorme y suscitó innumerables protestas.


13 Ver la carta en el Cap. I, IV.


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Sam 01 Fév 2020, 6:48 pm

Entonces, ¿qué había sucedido? Se levantó un mar de conjeturas. Pero el escándalo fue enorme y suscitó innumerables protestas.


Los novadores se defendieron arguyendo que el artículo 7 no es una definición sino una descripción de la misa. Lo cual es un absurdo, porque sí la primera frase puede tomarse como descripción, la segunda, que reza "por eso...", le da valor de definición.


Los novadores también sostenían que, buscando bien en todos los artículos de la Institutio, se encuentran en ellos los elementos de una definición ortodoxa. Suponiendo que sea verdad, su intención no por eso deja de apreciarse claramente: han adoptado todas las precauciones necesarias para llevar agua a su molino, a la vez que se ingenian para dar de la misa una imagen nueva, apta para introducir en la mente una concepción igualmente nueva, una concepción de la cual los cardenales Ottaviani y Bacci decían con justicia que "se aleja de manera impresionante de la teología católica de la santa Misa".


Asimismo, si bien el artículo 7 era el más característico, no era el único que evidenciaba la nueva concepción de la misa que sus redactores querían imponer. Muchos otros tendían en esa dirección. Resultaba patente que el propósito era instaurar una misa ecuménica sobre la base de la cena luterana.


El clamor general sacudió las oficinas. En su número de noviembre-diciembre de 1969, Notitiae, órgano de la Congregación para el Culto Divino, publicó una declaración fechada el 18 de noviembre y firmada por Gut y Bugnini, según la cual la Institutio generalis no debía ser considerada "como un documento doctrinal o dogmático" y podría ser modificada en la edición definitiva del Misal Romano si se hallaban "expresiones más claras que permitan una mejor comprensión pastoral y catequética" (sic).


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Mer 05 Fév 2020, 10:26 am

Se hallaron esas expresiones (no había que buscarlas muy lejos) y la Institutio generalis ofrece de ahora en adelante, en el Misal Romano, un artículo 7 más conforme a la doctrina:

“In Missa seu Cena dominica populus Dei in unum convocatur, sacerdote praeside personamque Christi gerente ad memoriale Domini seu sacrificium eucharisticum celebrandum. Quare de huiusmodi sanctae Ecclesiae condutione localí eminenter valet promissio Christi: «Ubi sunt duo vel tres congregati in
nomine meo, ibi sum in medio eorum» (Mt. 18, 20). In Missae enim celebratione, in qua sacrificium crucis perpetuatur, Chrístus realiter praesens adest in ipso coetu in suo nomine congregato, in persona ministri, in verbo suo, et quidem substantialiter et continenter sub speciebus eucharisticis.”



O sea:


"En la misa, o cena del Señor, el pueblo de Dios es convocado y se reúne, bajo la presidencia del sacerdote que representa a la persona de Cristo, para celebrar la conmemoración del Señor o sacrificio eucarístico, Por eso se aplica eminentemente a esa asamblea local de la santa Iglesia la promesa de Cristo: «Allí donde dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estoy en medio de ellos» (Mt. 18, 20). En efecto, en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz, Cristo está realmente presente en la asamblea reunida en su nombre, en la persona del ministro, en su palabra y, por último, substancialmente y de manera ininterrumpida., bajo las especies eucarísticas."


El texto es pesado. Como las oficinas no querían infligirse a sí mismas una humillación demasiado grande, incorporaron el anterior artículo 7 al nuevo, con el fin de presentar a éste como una simple explicitación de aquél. Sin embargo, ahora lo esencial está dicho. Por otra parte, ya no es "la cena, o misa" sino "la misa, o cena". Y el artículo ya no es una definición: "La cena es..." sino, esta vez, una descripción y una enumeración de los principales elementos que constituyen la misa:

“En la misa o cena del Señor, el pueblo de Dios...”, etc., etc.


Además del artículo 7, muchos otros se corrigieron en igual sentido. No les pasaremos revista. Destaquemos solamente dos o tres de ellos.

El artículo 48 (anterior) decía: "La última Cena, en la cual Cristo instituyó la conmemoración de su muerte y su resurrección...". El nuevo artículo 48 dice: "En la última Cena Cristo instituyó el sacrificio y el banquete pascual..."

El artículo 55 (anterior), al enumerar los principales elementos de la oración eucarística, mencionaba: "d) el relato de la institución...". El nuevo artículo 55 precisa: "d) el relato de la institución y la consagración...”

El artículo 60 (anterior) presentaba al sacerdote como presidente de la asamblea de fieles. El nuevo artículo 60 precisa que tiene, ante todo, el poder de celebrar el sacrificio eucarístico, etc.


En una palabra, aquí y allá la cena protestante vuelve a convertirse en la misa católica en la Institutio generalis. Pero para que nadie tenga dudas al respecto, el papa agregó un preámbulo (proemium) a la Institutio. Dicho preámbulo contiene afirmaciones muy claras:


“2. La naturaleza sacrificial de la misa, afirmada solemnemente por el Concilio de Trento, de acuerdo con toda la tradición de la Iglesia, ha sido profesada nuevamente por el II Concilio del Vaticano, que a propósito de la misa ha emitido estas significativas palabras: «Nuestro Salvador, en la última Cena... instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar el sacrificio de la cruz a lo largo de los siglos, hasta que El venga, y además para confiar a la Iglesia, su Esposa bienamada, la conmemoración de su muerte y de su resurrección» (... )

“Asimismo, el asombroso misterio de la presencia real del Señor bajo las especies eucarísticas es afirmado nuevamente por el II Concilio del Vaticano y los demás documentos del magisterio de la Iglesia en el mismo sentido y la misma doctrina según la cual el Concilio de Trento lo propuso a nuestra fe. El misterio, en la celebración de la misa, es esclarecido no sólo por las palabras mismas de la consagración que hacen a Cristo presente por transubstanciación, sino también por el sentimiento y la expresión exterior de soberano respeto y adoración que se dan en el desarrollo de la liturgia. Por igual motivo, el pueblo cristiano es llevado a honrar de manera particular, por la adoración, ese admirable sacramento, el jueves de la Cena del Señor, y en la solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo.”



Detengámonos aquí. Estas citas bastan para mostrar que, en su edición de 1970, el nuevo Misal Romano ha vuelto a encontrar la verdadera naturaleza de la misa.

Pero la Instituto generalis y el Proemium son explicaciones, comentarios. No son la misa misma.

Entonces, esa misa, esa "nueva misa" o esa misa de una "nueva época", ¿qué es?


Eso merece ser examinado.


A CONTINUACIÓN... LA ADHESIÓN DE TAIZÉ
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Message  Javier le Mer 12 Fév 2020, 7:03 am

CAPITULO III - LA ADHESIÓN DE TAIZÉ


En La Croix del 30 de mayo de 1969, el Hermano M. Thurian, de Taizé, escribe que el nuevo Ordo Missae "es un ejemplo de esa fecunda preocupación por la unidad franca y por la fidelidad dinámica de la verdadera catolicidad: uno de sus frutos será tal vez que comunidades no católicas podrán celebrar la Santa Cena con las mismas oraciones que la Iglesia Católica. Teológicamente, eso es posible”.


¿Sonido de una campana aislada?


Le Monde del 22 de noviembre publica extractos de una carta dirigida al obispo de Estrasburgo por el Sr. Siegevalt, profesor de dogma en la Facultad protestante de Estrasburgo, quien, al comprobar que ahora "nada de la misa renovada puede molestar al cristiano evangelista", pregunta al obispo si se podría autorizar que los cristianos evangelistas comulgasen en una iglesia católica.


Jean Guitton, en La Croix del 10 de diciembre, relata haber leído en "una de las mayores revistas protestantes" lo siguiente: "Las nuevas oraciones eucarísticas católicas han disipado la falsa perspectiva de un sacrificio ofrecido a Dios".


En resumen, cierto número de protestantes, cuando no todos, aceptan la nueva misa, a la que consideran una misa "ecuménica". Pero, a este respecto, la comunidad de Taizé es la que ha manifestado más abiertamente sus intenciones de acercamiento. Su posición es característica, porque en ella vemos por partes iguales la buena voluntad y el equívoco. Un "diálogo" que sostuvimos con ella a comienzos del año 1970 resulta muy ilustrativo de la situación.


CONTINUARÁ...

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