VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN (Fray Enrique Domingo Lacordaire OP)

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Message  Javier le Mar 19 Fév 2019, 10:56 am

Otro hermano, Juan de Bolonia, relataba que los que cultivaban la viña de San Nicolás habían visto frecuentemente luces y apariciones de esplendor. Fray Claro recordaba que durante su infancia, al pasar un día cerca de dicha viña, su padre, a quien acompañaba, le dijo: “ hijo mío, en este lugar se ha oído con frecuencia el canto de los ángeles, y esto es un gran presagio para el porvenir.” y al decir el niño que tal vez fuesen hombres lo que se había oído, su padre contestó: “ hijo mío, la voz de los hombres es muy distinta a la de los ángeles, y no puede confundirse con ella.” (Gérard de Frachet, “Vidas de los Hermanos”, lib. I, cap. III)

Los dominicos transferidos a San Nicolás durante la primavera del año 1219 continuaron aumentando en número, gracias a las predicaciones de Reginaldo, al buen olor de sus virtudes y a una protección de Dios, que se manifestaba de cuando en cuando por maravillosos relatos. Veamos la manera cómo fue llamado a la Orden un estudiante de la universidad: “una noche, durante su sueño, se creyó sólo en un campo y sorprendido por una tempestad. Corrió hacia la primera casa que encontró; llamó, pidió hospitalidad, y una voz le contestó: “yo soy la justicia, y puesto que tú no eres justo, no entrarás en mi casa.” llamó a otra puerta, y le contestaron: “yo soy la verdad, y no te recibo porque la verdad no ayuda más que a los que la aman.” llamó a otras puertas, y le rechazaron diciéndole: “yo soy la paz; no hay paz para el impío, sino únicamente para el hombre de buena voluntad.” Por fin se dirigió a otra puerta, y, al abrirla, le dijo una persona: “yo soy la misericordia. Si quieres salvarte de la tempestad, ve al convento de San Nicolás, que habitan los frailes Predicadores, y allí encontrarás el establo de la penitencia, el pesebre de la continencia, la hierba de la doctrina, el asno de la sencillez, el buey de la discreción. Allí está María, que te iluminará; José, que te ayudará, y Jesús que te salvará.” (Gérard de Frachet, “Vidas de los Hermanos”, lib. I, cap. III.) El estudiante, al despertar de este sueño, creyó era una advertencia del Cielo y se conformó.

Ningún atractivo humano cooperó en estas conversiones de jóvenes y hombres ya avanzados en la carrera de los empleos públicos. Nada era más duro que la vida de los frailes. La pobreza de una Orden naciente se dejaba sentir con toda clase de privaciones; su cuerpo, lo mismo que su espíritu, fatigado por el trabajo de la propagación evangélica, encontraba como reparación el ayuno y la abstinencia; una noche corta, acostados sobre una cama austera, sucedía a las largas horas del día. Las más pequeñas faltas contra la regla eran severamente castigadas. Habiendo aceptado un hermano converso, sin permiso, no recuerdo qué tela grosera, Reginaldo le ordenó descubrirse sus espaldas, según la costumbre, para recibir la disciplina en presencia de los demás. El culpable rehusó cumplir la orden; Reginaldo hizo que los otros le descubriesen, y, levantando los ojos, arrasados por las lágrimas, al cielo, dijo: “¡Oh Señor Jesucristo, qué habéis dado a vuestro siervo Benito poder para echar al demonio del cuerpo de sus monjes por medio de los azotes de la disciplina! concededme la gracia de vencer la tentación de este pobre hermano por este medio.” (Gérard de Frachet, “Vidas de los Hermanos”, lib. IV, cap. II) Luego le golpeó con tal fuerza, que los presentes se conmovieron, derramando lágrimas.

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Message  Javier le Mer 20 Fév 2019, 7:01 am

Se concibe que la naturaleza estuviese vencida en hombres capaces de someterse a tales tratamientos. Y esta victoria que obtenían sobre sí mismos con la represión sangrienta del orgullo y de los sentidos la cedían gloriosamente al mundo. Pues, ¿Cómo podía influir el mundo en estos corazones, fortalecidos de tal manera contra la afrenta y el dolor? cosa admirable es que tal religión se sirva para elevar a los hombres de los mismos medios de que se vale el mundo para envilecerlos. La religión devuelve al hombre la libertad por medio de las prácticas de la servidumbre; ella le hizo rey crucificándole. Las penitencias del claustro no constituían, ni mucho menos, la más ruda prueba a que eran sometidos los novicios jóvenes e ilustres que se apresuraban a pasar las puertas de San Nicolás de Bolonia. La tentación principal de las obras nacientes está en su novedad misma, en ese oscuro horizonte en donde flotan las cosas que no se han consolidado aún. Cuando un establecimiento cuenta siglos de existencia, de sus piedras se desprende un aroma de estabilidad que conforta al hombre en las dudas de su corazón. Duerme sobre ellas con la misma confianza del niño que duerme en las viejas rodillas de su abuelo; en ellas se mece de la misma manera que el grumete en un bajel que ha cruzado cien veces el océano. Pero las obras nuevas tienen una triste armonía con los lados débiles del corazón humano: se trastornan recíprocamente. San Nicolás de Bolonia no fue el abrigo contra esas sordas tempestades que, según la ley de la Providencia, deben probar y purificar todas las obras divinas en las que el hombre es colaborador. “En los tiempos en que la Orden de Predicadores era solamente un pequeño rebaño - nos dice un historiador -, una especie de vivero reciente, despertó entre los frailes del convento de Bolonia tal tentación de desaliento, que muchos de ellos consultaban respecto a la Orden a que debían pasar luego, persuadidos de que la suya, tan reciente y tan débil, no podría durar mucho tiempo. Dos de los religiosos más considerados habían llegado hasta obtener de un legado apostólico permiso para entrar en la Orden del Císter, y presentaron sus Cartas al beato Reginaldo, que había sido deán, en otro tiempo, de San Aniano Orleans, vicario entonces del bienaventurado Domingo. Habiendo reunido capítulo el beato Reginaldo y expuesto el asunto con gran dolor, los asistentes rompieron a sollozar y una tribulación increíble se apoderó de sus almas. Fray Reginaldo, mudo y con sus ojos dirigidos al cielo, miró a Dios, en quien depositaba toda su confianza. Fray Claro de Toscana se levantó para exhortar a los demás; era este un hombre bueno y de gran autoridad, enseñó en otro tiempo Artes y Derecho canónico, y que después fue prior de la provincia romana, penitenciario y capellán del Papa. Apenas terminó su discurso dieron entrar al maestro Rolando de Cremona, doctor excelente y afamado, qué enseñaba filosofía en Bolonia, y que fue el primero entre los padres que profesó Teología en París. Se encontraba más bien ebrio de alegría que transportado por el espíritu de Dios, y sin mediar otras palabras, pidió tomar el hábito. El padre Reginaldo, fuera de sí, se quitó su escapulario y se lo puso al cuello al recién llegado. El sacristán tocó la campana y los frailes entonaron el “ Veni creator spiritus”; mientras cantaban con voz apagada por las lágrimas y sollozos, acudió la gente, inundando la iglesia una muchedumbre de hombres, mujeres y estudiantes; la ciudad entera se conmovió ante los rumores que corrían por ella sobre el asunto; la devoción que sentían por los religiosos se renovó; todas las tentaciones se desvanecieron, y los sobredichos, que habían tomado y la resolución de abandonar la Orden, se precipitaron el medio del capítulo, renunciando a la licencia apostólica que habían obtenido y prometiendo perseverar hasta su muerte.” (Gérard de Frachet, “Vidas de los Hermanos”, lib.I, cap. IV.)

Tales fueron los comienzos de San Nicolás de Bolonia y Santiago de París, las dos piedras angulares del edificio dominicano. Allí, en el foco de las más sabias universidades de Europa, vino a formarse un vivero de Predicadores y doctores; allí se reunían alternativamente todos los años, de acuerdo con el texto primitivo de las constituciones, los diputados de todas las provincias de la Orden allí vivieron; siglo tras siglo hombres a quienes no pudo superar ninguno de sus contemporáneos, y que perpetuaban entre los pueblos el respeto a la institución que les había nutrido. San Nicolás de Bolonia tuvo la gloria de poseer a Domingo durante sus últimos años y de ser su sepulcro; Santiago de París llegó a ser un panteón famoso por otras razones. Amado tiernamente por el rey san Luis, recibió bajo sus mármoles las vísceras y el corazón de una multitud de príncipes de sangre francesa. Roberto, sexto hijo del rey santo y vástago de la casa de Borbón, fue bautizado en su pila por el bienaventurado Humberto, quinto General de la Orden, y enterrado en dicha iglesia. Su hijo, su nieto y su bisnieto fueron también enterrados allí, en la misma sepultura, sobre la cual se grabó este epitafio: “aquí está la estirpe de los borbones. Aquí está enterrado el primer príncipe de su nombre. Este sepulcro es la cuna de los reyes.” (“Hic stirps Borbonidum. Hic primus de nomine princeps conditur. Hi tumuli velut incunabula regum.” Esta inscripción es de Santeuil.) ¡Singular destino! el convento de Santiago, en el cual había sido bautizada la familia de Borbón en la persona de su fundador y en la que reposaban sus cuatro primeras generaciones, fue el lugar de dónde salieron los golpes que la derribaron del trono de Francia. (no fue precisamente en el convento de Santiago en donde el grupo de jacobinos se reunía, sino en otro convento de dominicos situado en el centro de la calle San Honorato) los más implacables destructores de la monarquía celebraban sus sesiones en un claustro desolado, y el nombre que llevaron los dominicos franceses salía sangrando de la boca de los pueblos. Hoy día, Santiago no llega a ser ni una ruina: un conjunto de casas y casuchas cubre sus restos con su innoble sombra, y es probable que la casa de Borbón no sepa que fue la tumba de sus primeros antepasados por la completa indiferencia con que ha sido tratado.

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Message  Javier le Sam 23 Fév 2019, 5:42 am

CAPÍTULO XIV - Viaje de santo Domingo a España y Francia - Vigilias en la cueva de Segovia - manera como viajaba y vivía

Cuando Domingo hubo fundado San Sixto y Santa Sabina, después de un año de trabajo, volvió sus ojos hacia las lejanas comarcas sobre las que había dispersado sus primeros hijos. Experimentó el deseo de verlos, de fortalecerlos con su presencia y bendecir a Dios con ellos por los males y los bienes que les había concedido. En el otoño del año 1218 partió, acompañado por algunos religiosos de su Orden y un religioso menor llamado Alberto, que se unió a ellos en el camino. Cuando llegaron a cierto lugar de la Lombardía se detuvieron en una posada y se sentaron a la mesa con algunos viajeros que allí estaban. Sirvieron carne; pero Domingo y los suyos rehusaron comerla. La posadera, viendo que se contentaban con comer pan y beber un poco de vino, montó en cólera contra el santo y le llenó de injurias. En vano intentó Domingo desarmarle con su paciencia y sus buenas palabras: ni él ni los presentes pudieron detener el torrente de maldiciones que salía de aquella boca. Por fin, Domingo le dijo con dulzura: “hija mía, para que aprendáis a recibir caritativamente a los siervos de Dios por respeto a su Maestro, a quien sirven, ruego al Señor os imponga silencio.” (Pedro Cali: “Vida de Santo Domingo”, n. 20.) apenas hubo terminado, cuando la hostera quedó muda. Ocho meses después, cuando el santo volvió a pasar por el mismo lugar en su viaje hacia España, aquella mujer le reconoció, y echándose a sus pies le pidió perdón anegada en lágrimas. Domingo le hizo sobre la boca la señal de la Cruz, y su lengua se soltó inmediatamente. Fray Alberto, a quién se debe este relato, cuenta también que un perro desgarró su túnica y que el santo juntó los trozos con un poco de barro, remendándola.

Al cruzar Domingo se encontró en los caminos del Languedoc, que tan familiares le eran, hallándolo todo muy cambiado. No pudo alcanzar el consuelo de orar sobre el sepulcro de su magnánimo amigo el conde de Montfort, porque sus restos habían sido transferidos a la abadía de Fontevraud, lejos de aquella tierra en que había sido coronado duque y conde y en la que su espada, que desapareció con él, no podía proteger ya su féretro. Después de una rápida visita a San Román de Tolosa y a Nuestra Señora de Prouille, Domingo se apresuró a volver a su patria, cuyo suelo no había pisado desde hacía quince años. Cuando salió de España era simplemente canónigo de Osma; volvía a ella siendo apóstol, taumaturgo, fundador de una orden, legislador, patriarca, martillo de las herejías de su tiempo y uno de los más poderosos siervos de la iglesia y de la verdad. Toda esta gloria constituía su equipaje y su carga. Quien le encontrarse entre las gargantas de los pirineos con el rostro mirando a España, le hubiera tomado por algún mendicante extranjero que venía a vivir bajo el rico sol de Iberia. ¿Hacia dónde dirigió primeramente sus pasos? ¿Fue hacia el valle del Duero? ¿Le esperaban en el Palacio de donde la muerte había hecho salir a sus padres? ¿Fue a orar sobre su tumba a Gumiel de Izán, y sobre la de Azevedo en Osma? ¿Se le vio arrodillado sobre las losas de la abadía de Santo Domingo de Silos, en donde su madre recibió consuelo por medio de presagios enigmáticos? Nada nos dice la Historia sobre todo esto, y nada tiene que decirnos, porque el corazón del santo nos lo cuenta todo. Había aprendido de Jesucristo la manera de elevar todos los sentimientos naturales, sin destruir ninguno de ellos. El primer lugar en donde ciertamente le encontramos a su regreso a España es una prueba de la ternura que había conservado por su país natal. Fue en Segovia, ciudad entonces una de las principales de Castilla la Vieja; en esa ciudad es donde la Historia le vuelve a poner en escena. Se alojó en casa de una pobre mujer, que muy pronto comprendió el tesoro que en su casa tenía. A partir del día de su llegada al Languedoc, Domingo había contraído de la costumbre de llevar un rudo cilicio sobre su cuerpo, unas veces de lana, otras de crin. Estando en Segovia en casa de aquella pobre mujer, se quitó la camisa de lana que llevaba interiormente para ponerse otra de un tejido un poco más áspero. Su hostelera se dio cuenta de ello, y, debido a un sentimiento de veneración, escondió en un cofre la túnica de que el santo se había despojado. Poco tiempo después la habitación se prendió fuego, estando ella ausente, quemándose todos los muebles, excepto el cofre que contenía, juntamente con la reliquia, sus más preciadas cosas.

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Message  Javier le Dim 24 Fév 2019, 5:27 am

Otro milagro excitó el agradecimiento público del pueblo de Segovia. Se acercaba en las fiestas de Navidad del año 1218; una sequía persistente había impedido hasta entonces la siembra de las tierras. Todo el pueblo se hallaba reunido en las afueras de la ciudad para pedir a Dios, con una rogativa, terminase aquella plaga. Domingo apareció el medio de la muchedumbre, y después de algunas palabras que no disiparon la inquietud general, exclamó: “cesad, hermanos míos, en vuestros temores: confiad en la misericordia de Dios; pues hoy mismo os enviará una abundante lluvia, y vuestra tristeza se trocará en alegría.” (Gérard de Frachet, “Vidas de los Hermanos”, lib. II, cap. IV.) Aunque no hubo signo precedente alguno de cambio de tiempo, el cielo no tardó en obscurecerse, las nubes se acumularon y el discurso del santo fue interrumpido por una violenta lluvia que dispersó a la asamblea. Los habitantes de Segovia consagraron el recuerdo de este milagro edificando una capilla en el mismo sitio en que había tenido lugar aquel prodigio.

Otra vez fue Domingo a un consejo en el que se hallaban reunidos los principales habitantes de la ciudad, y después de haber leído las cartas del rey, tomo la palabra en estos términos: “ ya acabáis, hermanos míos, de oír la voluntad del rey terrenal y mortal; escuchad ahora los mandamientos del Rey Celeste e Inmortal.” Al oír estas palabras, uno dijo en alta voz, encolerizado: “ese hablador quiere tenernos aquí todo el día y no dejarnos ir a comer.” Y al mismo tiempo tiró de la brida de su caballo para marcharse a casa. El siervo de Dios le dijo: “os retiráis ahora; pero no pasará un año sin que en el mismo sitio en que estáis en este momento falte el caballo a su caballero para escapar de sus enemigos, y en vano huiréis a resguardaros en la torre que habéis construido en vuestra casa.” (Gérard de Frachet, “Vidas de los Hermanos”, lib. II, cap. VIII.)La profecía se realizó tal cual se había anunciado pues antes de fines de aquel año fue muerto aquel señor, juntamente con su hijo y uno de sus parientes, precisamente en el mismo sitio en que se encontraba cuando Domingo le dirigió la palabra.

Segovia está situada entre dos colinas separadas por un río; en la del Norte, al exterior de las murallas de la ciudad, encontró Domingo una gruta silvestre adecuada a los misterios de la penitencia y de la contemplación. Allí fue en donde puso los cimientos de un convento al que dio el nombre de Santa Cruz. Mientras levantaban las paredes en las humildes proporciones que tanto amaba el santo, hizo de la cueva su oratoria nocturno, pues tenía la costumbre de consagrar una parte de la noche a la oración y a toda clase de ejercicios misteriosos. El día lo consagraba a los hombres, a la predicación, a los viajes, a los asuntos, y cuando el sol se ponía e invitaba a todos al reposo, él abandonaba el mundo y buscaba en Dios el descanso necesario a su alma y a su cuerpo. Se quedaba en el coro a la salida de las completas, después de haber tenido cuidado de que ninguno de sus hijos le imitase, ya por no quererles imponer un ejemplo superior a sus fuerzas, ya por un santo pudor que le hiciese temer el descubrimiento de los secretos de sus relaciones con Dios. Pero la curiosidad venció más de una vez a sus precauciones: algunos de ellos se ocultaban en la oscuridad de la iglesia para espiar sus vigilias, y de esta manera llegaron a saber algunos detalles conmovedores.

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Message  Javier le Ven 01 Mar 2019, 4:40 pm

Cuando se sentía solo, protegido en su amor por la sombra y el silencio, abría su pecho a Dios de una manera inefable. El templo, símbolo de la ciudad permanente de los ángeles y de los santos, se convertía para él en un ser viviente, al que conmovía con sus lágrimas, sus gemidos y clamores. Llevaba a cabo una especie de ronda, deteniéndose en cada uno de los altares para orar, ya inclinado profundamente, prosternado, o arrodillado. Ordinariamente comenzaba a reverenciar a Jesucristo con una profunda inclinación, como si el altar, signo y memoria de su sacrificio, hubiese sido su persona; luego se prosternaba, tocando la tierra con la frente, y se le oía decir estas palabras: “Señor, ten piedad de mí; de mí, que soy un pecador”; y las de David cuando decía: “mi alma está pegada al suelo; concededme la vida según vuestra promesa”, y otras frases semejantes. Cuando se había levantado miraba fijamente al crucifijo; luego doblar las rodillas cierto número de veces, mirándolo y adorándolo al mismo tiempo. De cuando en cuando, esta contemplación muda quedaba interrumpida por exclamaciones, y decía: “Señor, yo os he llamado; no os apartéis de mí, no me neguéis vuestra palabra”, y otras expresiones sacadas del Evangelio. Algunas veces su genuflexión se prolongaba; la palabra no llegaba de su corazón a sus labios y parecía entrever el Cielo con su mente, y enjugaba las lágrimas en sus mejillas; su pecho se veía anhelante como el del viajero que se acerca a su patria. Otras veces estaba de pie, con las manos abiertas ante sí como un libro, pareciendo que leía atentamente, o levantaba los brazos a la altura de los hombros, como un hombre que escucha, o se cubría los ojos con las manos para meditar profundamente. También se le veía sobre la punta de los pies, con el rostro hacia el cielo, juntas las manos por encima de la cabeza en forma de flecha; luego las separaba, como haciendo una súplica, y las volvía a unir, como si hubiera conseguido lo que pedía, y en este estado, en el que parecía no tocaba la tierra, tenía la costumbre de decir: “Señor, escuchadme mientras os dirijo mis ruegos, mientras elevo mis manos hacia vuestra sagrada mansión.” Tenía una manera de orar, que raras veces empleaba, cuando quería obtener de Dios alguna gracia extraordinaria: se ponía en pie, con los brazos muy extendidos en cruz, imitando a Jesucristo moribundo y elevando hacia su Padre aquellos clamores potentes que salvaron al mundo. En estos casos decía con voz grave y clara: “Señor, yo os he implorado, he tendido mis brazos hacia Vos todo el día; mi alma está ante Vos como una tierra sedienta; escuchadme prontamente.” De esta manera oró cuando resucitó al joven Napoleón; pero los que presenciaron aquel acto no entendieron las palabras que pronunciaba, y no se atrevieron nunca a preguntarle lo que había dicho.

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Message  Javier le Dim 03 Mar 2019, 5:24 am

Además de las súplicas particulares que inspiraban a Domingo las necesidades y los acontecimientos diarios, tenía siempre presente la causa de la Iglesia Universal en su espíritu. Oraba por la extensión de la fe en el corazón de los cristianos, por los pueblos asentados aún en la esclavitud del error, por las almas que sufrían en el Purgatorio por el resto de sus pecados. “Poseía una caridad tan ardiente por las almas - dice uno de los testigos en el proceso de su canonización -, que se extendía no sólo a todos los fieles, sino también a los infieles y hasta aquellos que están sufriendo los dolores del infierno, y por ellos vertía muchas lágrimas.” (“Actas de Bolonia”, declaración de fray Ventura, n. 9) no le bastaban las lágrimas: tres veces cada noche mezclaba su sangre a sus plegarias, satisfaciendo de esta manera, cuánto podía, esta sed de inmolación que constituye la mitad generosa del amor. Se oía cómo castigaba su cuerpo con cadenas de hierro, y la cueva de Segovia, que fue testigo de todos los excesos de su penitencia, guardó durante siglos las señales de la sangre que en ella había derramado. En su corazón dividida esta sangre en tres partes: la primera era por sus pecados; la segunda, por los pecados de los que viven; la tercera, en sufragio de los muertos. Más de una vez obligó a algunos de sus religiosos a que le azotase, con objeto de aumentar la humillación y el dolor de su sacrificio. Llegará un día que, en presencia del Cielo y de la tierra, los ángeles de Dios llevarán al altar del juicio dos copas llenas; una mano irrecusable las pesará, y se sabrá, para gloria eterna de los santos, que cada gota de sangre dada por amor ha ahorrado muchas oleadas.

Cuando Domingo había velado, orado, llorado y ofrecido su cuerpo y su alma como sacrificio durante largo tiempo, si la campana que tocaba a maitines no le anunciaba que los religiosos se despertaban, subía hacerles una visita, como si le hubiese separado de ellos una larga ausencia. Entraba en sus celdas sin hacer ruido, hacía el signo de la cruz sobre ellos y cubría a aquellos cuyas vestiduras se habían desarreglado durante el sueño. Luego volvía al coro a esperarlos. Alguna vez el sueño le sorprendía en los piadosos misterios de su noche; en este caso se le encontraba apoyado en un altar o tendido sobre las losas. Cuando tocaban a maitines se reunía con los frailes; yendo de un lado al otro del coro, los exhortaba a salmodiar con todas sus fuerzas y con gozo. Después del oficio se retiraba a dormir a un rincón de la casa, pues no tenía celda propia, como los demás, y se acostaba vestido en cualquier sitio: sobre un banco, en el suelo, sobre un montón de paja, y algunas veces en la camilla que servía para llevar los cadáveres. Su sueño era tan corto durante la noche, que se dormía con frecuencia durante las comidas.

Dejó en Segovia como Prior a fray Corbalán, y se dirigió a Madrid, donde se encontró que fray Pedro de Madrid, uno de los que Domingo envió España cuando la dispersión de los de los religiosos, había empezado la construcción de un convento. Estaba situado fuera de los muros de la ciudad; pero Domingo cambió su destino, pues en lugar de frailes estableció monjas, dedicándolas a Santo Domingo de Silos. Este nombre de Silos desapareció más tarde, y el convento quedó dedicado a su fundador, en virtud de una transformación insensible, en la que todos pusieron sus manos. Es digno de observación que en España, lo mismo que en Francia y en Italia, el santo patriarca empleaba tanto celo en la creación de casas de religiosas como en las de religiosos, acordándose y siempre Nuestra Señora de Prouille había sido las primicias de su instituto. Por las religiosas de Madrid se conserva una carta que les escribió poco después de su fundación, y que está concebida en estos términos: “fray Domingo, Maestro General de los Predicadores, a la madre priora y a todo el convento de las hermanas de Madrid, salud y perfeccionamiento de la vida en gracia de Dios Nuestro Señor. Nos regocijamos sumamente y agradecemos al Señor vuestro progreso espiritual y el haberos sacado del fango de este mundo. Hijas mías, luchad contra vuestro antiguo enemigo por medio de las oraciones y los ayunos, pues únicamente será coronado aquel que haya luchado. Hasta este día no disfrutabais de una casa conveniente para seguir todas las reglas de nuestra santa religión; pero en esta hora no os queda excusa alguna, puesto que, por la gracia de Dios, gozáis de una casa en la que la observancia regular puede cumplirse con exactitud. Por eso quiero que de hoy en adelante se guarde silencio en todos los lugares señalados por las constituciones, a saber: el coro, el refectorio, los claustros, y que en todos los lugares viváis de acuerdo con vuestras reglas. Que ninguna de entre vosotras salga de la puerta del convento; que ninguna persona entre en él, a no ser un obispo o un prelado para predicar, o bien para hacer una visita pública. No omitáis las disciplinas, las vigilias; sed obedientes a vuestra priora; no perdáis el tiempo en conversaciones vanas. Y puesto que nos es imposible subvenir a vuestras necesidades temporales, no queriendo tampoco agravarlas, prohibimos a cualquier religioso, sea quien fuere, reciba novicias a vuestro cargo; este poder dependerá solamente de la priora, juntamente con el consejo del convento. Ordenamos a nuestro muy amado hermano Manés, que tanto ha trabajado por vuestra casa y os ha establecido en vuestro santo estado, disponga las cosas como le parezca bien para que viváis santa y religiosamente. Le concedemos poderes para que os visite, os corrija y hasta para deponer a la priora, si lo juzgase necesario, pero con el consentimiento de la mayor parte de las religiosas; también podrá concederos dispensas cuando lo estime prudente. Adiós en Cristo.” (Mamachi: “Anales de la Orden de Predicadores”, volumen I, pág. 60 del Apéndice.)

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Message  Javier le Lun 04 Mar 2019, 10:42 am

Otros muchos conventos de España reclaman el honor de haber sido fundados o preparados por Domingo. Los historiadores primitivos callan sobre este asunto; por eso no creemos a propósito recordar estas pretensiones, que no se avienen suficientemente con la brevedad de la estancia de Domingo en España. Mencionaremos únicamente Palencia, donde pasó el santo diez años de su juventud, y en donde estableció el convento denominado de San Pablo.

En Guadalajara, no lejos de Madrid, de regreso a Francia, fue Domingo abandonado por casi todos los que le acompañaban. Sólo tres compañeros le siguieron fielmente; estos fueron fray Beltrán y dos conversos. Domingo se volvió hacia uno de ellos, preguntándole si quería marcharse también, y aquel contestó: “no quiera Dios que abandone la cabeza para seguir a los pies.” (Vicente de Beauvais: “espejo histórico”, lib. XXX, cap. LXXVII.) Esta defección había sido anunciada a Domingo por una revelación. Oró, sin inquietarse por las ovejas perdidas, y tuvo el consuelo de verlas regresar casi todas al redil. Probablemente sería en favor de este grupo lo que hizo al llegar cerca de Tolosa; no tenía qué comer ni beber más que un vaso de vino para los ocho que eran, y él lo multiplicó milagrosamente, “ movido a compasión, según dicen los historiadores, por algunos de ellos que habían sido delicadamente alimentados cuando pertenecieron al mundo.” (Gérard de Frachet, “Vidas de los Hermanos”, lib. II, cap. V.)

En Tolosa encontró Domingo a Beltrán de Garriga, uno de sus más antiguos discípulos. Juntos emprendieron el camino de París, visitando de paso el célebre lugar de peregrinación de Roc-Amadour, viejo santuario dedicado a la bienaventurada Virgen, situado en una soledad escarpada y Silvestre de Quercy. “Al siguiente día de la noche que habían consagrado a esta devoción se les unieron en el camino algunos peregrinos alemanes, quienes al oírles recitar salmos y letanías le siguieron piadosamente. Al llegar al pueblo próximo, los nuevos compañeros les invitaron a comer, cosa que repitieron los cuatro días sucesivos. Al llegar el quinto día, el bienaventurado Domingo dijo conmovido a Beltrán de Garriga: “ fray Beltrán, me remuerde la conciencia al ver que cosechamos solamente lo temporal de estos peregrinos, sin poder sembrar en ellos lo espiritual; por eso, si os parece bien, nos arrodillaremos y pediremos a Dios la gracia de comprender y hablar su lengua con objeto de poder anunciarles al Señor Jesucristo.” después de haber orado comenzaron a expresarse en alemán, con gran sorpresa de los peregrinos, y durante los cuatro días que estuvieron juntos hasta la llegada a Orleans, hablaron de Nuestro Señor Jesucristo. Al llegar a Orleans, los peregrinos siguieron el camino de Chartres, y dejaron a Domingo y Beltrán en el de París, después de haberse despedido de ellos y haberse encomendado a sus oraciones. Al día siguiente el bienaventurado padre dijo a Beltrán: “hermano, ya llegamos a París; si los demás se enteran del milagro que el Señor ha hecho, nos considerarán como santos, siendo como somos pecadores, y si llega a oídos de la gente del mundo, nuestra humildad correrá gran riesgo; por eso os prohíbo digáis nada de esto a nadie hasta después de mi muerte.” (Gérard de Frachet, “Vidas de los Hermanos”, lib. II, cap. X.)

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Message  Javier le Ven 15 Mar 2019, 7:35 pm

Una de las primeras casas que llamaron la atención a Domingo a su entrada en París por la puerta de Orleans fue el convento de Santiago. Este edificio contaba ya con treinta religiosos. El santo patriarca se detuvo en él algunos días, durante los cuales dio el hábito a Guillermo de Monferrato, a quién conoció en Roma en casa del cardenal Ugolino, y qué le prometió ser fraile predicador después de haber estudiado dos años de Teología en la Universidad de París. Cumplió su palabra, entrando a formar parte de la Orden. Domingo encontró también a un bachiller sajón llamado Jordán. Era este un hombre ingenioso, elocuente, amable y amante de Dios. Nació en la diócesis de Paderborn, de la noble familia de condes de Eberstein, y su viaje a París obedecía a su deseo de beber en las fuentes de la ciencia divina. Instigado por Dios, que le destinaba a ser el primer sucesor de Domingo en el gobierno general de la Orden de Predicadores, se sentía atraído hacia el grande hombre, cuyo heredero debía ser un día; le describió las ardientes huellas que Jesucristo había impresionado en su corazón. Domingo, cuyo contacto era ordinariamente tan decisivo, no quiso precipitar los acontecimientos en esta alma predestinada; aconsejo al joven sajón ejercitarse en el yugo del Señor recibiendo la orden de diácono, y le dejó a merced de la inspiración del Cielo, en espera de la mano que debía recogerle cuando llegase a la madurez.

Nada manifiesta mejor el atrevimiento y la rapidez del genio de Domingo como la acción ejercida por su corta estancia en el convento de Santiago. Desde hacía casi un año el trabajo incansable de muchos hombres de mérito había conseguido reunir treinta religiosos, y todo el esfuerzo de esta comunidad de naciente se enderezó aumentar su número, superando toda clase de dificultades. Al llegar Domingo dirigió su mirada hacia el pequeño rebaño francés y lo creyó suficiente para poblar toda Francia de Frailes Predicadores. Siguiendo sus órdenes, Pedro Cellani salió para Limoges; Felipe, para Reims; Guerrio, para Metz; Guillermo, para Poitiers, y algunos se destinaron a Orleans, con la misión de predicar en las ciudades y fundar conventos en ellas. Pedro Cellani objetó su ignorancia, la penuria de libros en que se hallaba; pero Domingo le contestó, con intrépida confianza en Dios: “Ve, hijo mío, ve sin temor; yo pensaré en ti dos veces cada día ante Dios; no tengas dudas. Tú atraerás muchas almas, recogerás muchos frutos, acrecerás y te multiplicarás, y el Señor será contigo.” (Bernard Guidonis: “Catálogo de los Generales de la Orden”.) Pedro Cellani relataba más tarde, en la intimidad, qué tantas veces como se había visto perturbado, tanto interior como exteriormente, se había serenado pensando en aquella promesa, invocando a Dios y a Domingo, y que siempre había salido vencedor.

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Message  Javier le Dim 17 Mar 2019, 6:51 am

Domingo salió de París por la puerta de Borgoña. En Chatillon-sur-Seine volvió a la vida al sobrino de un eclesiástico en cuya casa estaba alojado. El niño cayó del piso alto y le recogieron medio muerto. Su tío dio una gran comida en honor del santo, y al ver Domingo que la madre del niño no comía porque tenía fiebre, le ofreció un poco de anguila que había bendecido, diciéndole comience por la virtud de Dios, y este remedio la curó inmediatamente.

Después de esto el glorioso padre volvió a Italia, acompañado por un hermano converso llamado Juan; este hermano se sintió enfermo súbitamente al cruzar los Alpes lombardos, a causa del hambre, no pudiendo caminar ni aún levantarse del suelo. El piadoso padre le dijo: “¿Qué tienes, hijo mío, que no andas?” él contestó: “Padre santo, es que me muero de hambre.” Entonces el santo le respondió: “Anímate, hijo mío, y andemos un poco más; ya llegaremos algún sitio en donde podamos reparar nuestras fuerzas.” pero al replicar el hermano que le era imposible dar un paso más, el santo, con la bondad y conmiseración de que estaba lleno, recurrió a su refugio acostumbrado, que era la oración. Oró brevemente. Y dirigiéndose al hermano, le dijo: “levántate, hijo mío: dirígete a ese lugar que ves ante nosotros y trae lo que encuentres en él.” el hermano se levantó con gran dificultad, se dirigió hacia el lugar que le había sido indicado, y a distancia de un tiro de piedra encontró un pan de admirable blancura, envuelto en una tela muy blanca; lo trajo, y después de haber recibido permiso del santo, comió hasta que repuso sus fuerzas. Cuando terminó, el siervo de Dios le preguntó si podía andar ya, puesto que había acallado su hambre, y el hermano dijo que sí. “levantaos, pues, y dejad el resto del pan, envuelto en su lienzo, en el mismo lugar en donde lo habéis hallado.” el hermano obedeció, y continuaron su camino. Un poco más lejos, el hermano, concentrándose en sí mismo, se dijo: “¡Oh, Dios mío! ¿Quién ha puesto ese pan allí y quién será el que lo ha traído? ¡Ni he pensado aún en quién pudiera ser!” Entonces dijo al santo: “padre mío, ¿De dónde ha venido ese pan y quién lo ha depositado en aquel lugar?” entonces éste verdadero amante y guardián de la humildad respondió: “hijo mío, ¿No habéis comido tanto cuanto teníais gana?” “Sí”, respondió el otro. “pues ya que habéis comido cuanto habéis querido, dad gracias a Dios, y no os inquietéis más sobre ese asunto.” (Gérard de Frachet, “Vidas de los Hermanos”, libro II, cap. IV.)

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Message  Javier le Lun 18 Mar 2019, 11:16 am

Detengámonos en este sendero de los Alpes lombardos en donde faltó ánimos al compañero de Domingo, y, como viajeros que somos y seguimos tan piadoso rastro, no envidiemos la dicha de considerarlos de más cerca.

Domingo viajaba a pie, con un cayado en la mano y su lío de ropa al hombro. Cuando estaba lejos de los lugares habitados, se quitaba el calzado y caminaba descalzo. Si alguna piedra le hería durante su camino, exclamaba alegre: “esa es nuestra penitencia.” (“Actas de Bolonia”, declaración de Juan de navarra, n. 3.) una vez, yendo en compañía del hermano Bonvisio, al pasar por un lugar sembrado de guijarros de punta, le dijo: “¡Ah, desgraciado de mí! recuerdo que una vez me tuve que calzar al pasar por este sitio.” y el hermano le preguntó la causa, a lo cual respondió: “porque había llovido mucho.” (“Actas de Bolonia”, declaración de Bonvisio de Plasencia, n. 2.) Cuando se acercaba a una ciudad o a un pueblo volvía a calzarse hasta haber salido de allí. Cuando encontraba un río o un torrente que era preciso cruzar, hacía la señal de la cruz sobre sus aguas y entraba osadamente el primero, dando ejemplo a sus compañeros. Cuando llovía, cantaba himnos en alta voz: el “Ave Maris Stella”, el “Veni Creator Spiritus”. No llevaba encima ni oro, ni plata, ni cobre, procurando estar siempre a merced de los hombres y de la Providencia. Se alojaba preferentemente en los monasterios, no deteniéndose nunca, sólo llevado de flojedad, sino de acuerdo con el deseo y la fatiga de los que le acompañaban. Comía lo que le presentaban en la mesa, excepto las carnes, pues hasta yendo de camino observaba rigurosamente la abstinencia y los ayunos de la Orden, aunque dispensase el ayuno a sus compañeros. Cuanto peor le trataban, más contento estaba. Estando enfermo se le vio comer legumbres y frutas antes que recurrir a los platos delicados. Cuando tenía que alojarse en casas pertenecientes a la gente del mundo, apagaba la sed antes en una fuente, por miedo a que la necesidad no le hiciese beber ávidamente, cosa inconveniente para la modestia de un religioso, y por temor a escandalizar a los asistentes. Algunas veces mendigaba su panel de puerta en puerta; daba las gracias siempre humildemente a los que le daban, hasta ponerse de rodillas en algunas ocasiones. Se acostaba vestido, y su lecho era paja o tablas.

El viaje no interrumpía nunca ninguna de sus prácticas piadosas. Ofrecía a Dios el santo sacrificio todos los días si encontraba alguna iglesia, acompañándolo con abundantes lágrimas, pues le era imposible celebrar los divinos Misterios sin enternecerse. Cuando el curso de la ceremonia le anunciaba la aproximación de Aquel a quién había amado preferentemente a partir de su más tierna edad, los que estaban presentes se daban cuenta de ello a causa de la emoción que sentía en todo su ser; las lágrimas se sucedían unas a otras sobre aquella cara pálida y radiante. Pronunciaba la oración dominical con un acento seráfico que hacía sensible la presencia del Padre que está en los Cielos. Por la mañana guardaba y hacía guardar silencio a sus compañeros hasta las nueve, y por la noche, después de las completas. En el intervalo, hablaba de Dios, ya en forma de conversación, ya a modo de controversia teológica y de todas maneras imaginables. Algunas veces, y sobre todo en los lugares solitarios, rogaba a sus compañeros anduviesen a alguna distancia de él, diciéndoles graciosamente con el profeta Oseas: “yo le llevaré a la soledad y le hablaré al corazón.” entonces les precedía o les seguía meditando algún pasaje de las Escrituras. Los religiosos observaron que en estas ocasiones tenía la costumbre de hacer algún movimiento con la mano ante su cara, como si quisiese apartar algún insecto importuno, atribuían a estas meditaciones familiares sobre los textos sagrados la maravillosa inteligencia que de ellos había adquirido. Era tan poderosa su costumbre de estar con Dios, que casi no levantaba sus ojos de la tierra. Jamás entraba en la casa en donde le concedían hospitalidad sin haber visitado antes la iglesia para orar, siempre que hubiera una en el pueblo. Después de la comida se retiraba a una habitación para leer el Evangelio de San Mateo o las epístolas de san Pablo, que siempre llevaba consigo. Se sentaba, abría el libro, hacía la señal de la cruz y leía atentamente. Pero pronto la Palabra Divina le producía el éxtasis, gesticulaba como si hablase con alguien; parecía escuchar, discutir, luchar; sonreía y lloraba alternativamente; miraba fijamente, luego bajaba los ojos, hablaba bajo, se golpeaba el pecho. De la lectura pasaba incesantemente a la oración, de la meditación a la contemplación; de cuando en cuando besaba el libro amorosamente, como para agradecerle la dicha que le procuraba, sumergiéndose cada vez más en estas delicias, se cubría la cara con las manos o con la capucha. Cuando llegaba la noche iba a la iglesia a practicar sus vigilias y penitencias acostumbradas, y de no tener iglesia a su disposición se acostaba en alguna habitación apartada, de la cual salían sus gemidos a su pesar, interrumpiendo el sueño de sus acompañantes. Les despertaba a la hora de maitines para recitar el oficio común, y cuando se alojaba en algún convento, aunque fuese extraño a su Orden, se encargaba de llamar a los religiosos, despertándolos, a la hora del coro.

Predicaba a cuantos se presentaban en su camino, en las ciudades, los pueblos, aldeas y hasta en los monasterios. Su palabra era inflamada. iniciado por sus largos estudios en Palencia y Osma en todos los misterios de la Teología cristiana, estos salían de su corazón juntamente con oleadas de amor, que revelaban la verdad aún a los más empedernidos. Un joven le preguntó, encantado por su elocuencia, en qué libros había estudiado y aprendido aquello, y él le respondió: “hijo mío, en el libro de la caridad más que en ningún otro, pues ese libro lo enseña todo.” (Gérard de Frachet, “Vidas de los Hermanos”, lib. II, capítulo XV) También lloraba con frecuencia en el púlpito, y generalmente se le veía presa de aquella melancolía sobrenatural que produce el sentimiento profundo de las cosas invisibles. Cuando veía desde lejos el grupo de viviendas de una ciudad o de una aldea, El pensamiento de las miserias de los hombres y de sus pecados le sumergían en una reflexión triste, cuyo reflejo aparecía prontamente sobre su rostro. Pasaba rápidamente de este modo por las más diversas expresiones de amor, alegría, turbación, serenidad, sucediéndose aquellas en las arrugas de su frente, dándole la majestad del hombre y elevándola hasta una increíble potencia de seducción. “Era amable para con todos - dice uno de los testigos en el proceso de su canonización -: a los ricos, a los pobres, a los judíos y a los infieles, muy numerosos en España, en donde todos le amaban, excepto los herejes y los enemigos de la Iglesia, A quienes convencía con sus controversias y sus predicaciones.” (“Actas de Bolonia”, declaración de Juan de Navarra, n. 3).

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Message  Javier le Mar 19 Mar 2019, 10:58 am

CAPÍTULO XV
Quinto viaje de Domingo a Roma - Muerte del beato Reginaldo - El beato Jordán de Sajonia entra en la Orden



En la fuerza del verano del año 1219 Domingo descendía otra vez las rampas escarpadas de los Alpes, volviendo a ver la rica y vasta llanura destinada a poseer una de las mayores épocas de su vida. Castilla la Vieja le alimentó durante su infancia y su juventud; el Languedoc devoró los mejores años de su madurez; Roma era el centro a donde le había conducido siempre el ardor de su fe; Lombardía debía ser su sepulcro. Se ignora por qué itinerario vino; los historiadores primitivos callan su itinerario hasta su llegada a Bolonia. Sabemos que fue recibido en el convento de San Nicolás con júbilo inmenso por los muchos religiosos que en el vivían, bajo el priorato de Reginaldo. Su primer acto fue de desinterés. Oderico Gallicani, ciudadano de Bolonia, había dado recientemente a la Orden, en forma legal, tierras de un considerable valor. Domingo rasgó el contrato en presencia del obispo, declarando que quería que los religiosos mendigasen su pan cada día y que no les permitiría nunca tener posesiones. En verdad, ninguna virtud le era más querida que la pobreza. Llevaba siempre una sola túnica, cualquiera que fuese la estación, y de un tejido pobre, con la cual no se afrentaba de presentarse ante los más grandes señores. Quería que sus hermanos fuesen vestidos como él, que habitasen casas pequeñas, que ni aún ante el altar se sirviesen de sedas ni púrpuras, y que, excepto los cálices, no poseyesen ningún vaso de oro ni plata. En la mesa observaba el mismo espíritu de limitación y penitencia. Los demás comían dos platos; él, uno solo. Rodulfo de Faenza, procurador del convento de Bolonia, relataba que, habiendo aumentado alguna vez lo ordinario que servía a los religiosos durante la estancia de Domingo, el santo le llamó y le dijo al oído: “¿Por qué matan a los frailes con esas pitanzas?” (“Actas de Bolonia”, declaración de Rodulfo de Faenza, número 2.)

Cuando faltaba el pan o el vino en el convento de San Nicolás, cosa que sucedía de cuando en cuando, el hermano Rodulfo iba a buscar a Domingo. El santo le ordenaba rezase; el mismo le seguía a la iglesia para orar con él, y la Providencia se portaba tan bien, que procuraba la comida para sus hijos. Un día de ayuno, toda la comunidad estaba sentada a la mesa en el refectorio, cuando el hermano Bonvisio vino a decir a Domingo que no tenían absolutamente nada. El santo levantó los ojos y manos al cielo con gesto alegre, y dio gracias a Dios por ser tan pobre. Inmediatamente entraron en el refectorio dos jóvenes desconocidos, llevando uno de ellos pan y el otro higos secos, que distribuyeron entre los religiosos. Otro día, que únicamente había dos panes en el convento, Domingo ordenó que los cortasen en pequeños trozos; bendijo el cesto que los contenía, y dijo al que servía que diera la vuelta al refectorio dando a cada hermano dos o tres pedacitos. Cuando acabó su vuelta, Domingo le ordenó diese otra, y continuase hasta que todos quedasen satisfechos. Los religiosos ordinariamente bebían agua, pero procuraban tener siempre un poco de vino para los enfermos. Un día del enfermero vino a quejarse ante Domingo, diciéndole que no tenía ya vino para los enfermos, trayéndole la vasija vacía. El siervo de Dios se puso en oración, según su costumbre, exhortando a los demás por humildad a que hiciesen lo mismo, y cuando el enfermero levantó la vasija observó que estaba llena.

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Message  Javier le Ven 22 Mar 2019, 8:49 am

Los historiadores han empleado pocas palabras para dar a conocer el gozo de los religiosos de Bolonia a la llegada de Domingo; pero se consigue sin trabajo el efecto de su presencia entre todos aquellos hombres, que no le conocían aún, no obstante ser sus hijos. Con sus ojos veían al español que les había convertido a Dios por boca de un francés, y que, resucitando las maravillas primitivas de la Iglesia, había reunido en una comunidad de apóstoles cristianos de todas las naciones. Ellos le veían, y sus virtudes, sus milagros, su palabra, su fisonomía, formaban un espectáculo que su misma imaginación no había podido figurarse. Durante el corto tiempo que estuvo entre ellos, Domingo acrecentó aún su santa y numerosa familia por el ascendiente que ejercía, tanto en el interior como en el exterior. Nada hubo tan singular como la toma de hábito de Esteban de España. El mismo nos la relata en estos términos: “mientras estudiaba en Bolonia, el hermano Domingo vino y predicó a los estudiantes, así como a otras personas. Fui a confesarme con él y creí observar que me apreciaba. Una noche, al ponerme a cenar en la fonda con mis compañeros, envío a dos frailes para decirme: “el hermano Domingo quiere veros y desea que vengáis inmediatamente.” yo respondí que iría tan pronto hubiese terminado de cenar. Ellos me contestaron que me esperaba inmediatamente. Me levanté, pues, abandonándolo todo para seguirles, y llegué a San Nicolás, en donde encontré a Domingo en medio de muchos religiosos. Al verme les dijo: “ enseñadle cómo se hace la postración.” cuando me lo hubieron enseñado, me prosterné con docilidad, y me dio el hábito de fraile predicador, diciéndome: “ quiero proporcionaros armas con las cuales podáis luchar contra el demonio durante todo el tiempo que dure vuestra vida.” entonces admiré muchísimo, y nunca he dejado de considerar sin extrañeza, por qué instinto el hermano Domingo me llamó y me revistió con el hábito de fraile predicador, pues nunca le hablé de mi intención de ser religioso; sin duda obró de aquella manera por inspiración o revelación divina.” (“Actas de Bolonia”, declaración de Esteban de España.)

Lo que Domingo había hecho precedentemente en París lo hizo luego en Bolonia; es decir, envió religiosos a las ciudades principales del norte de Italia para que predicasen y fundasen conventos. Nunca se apartaba de su máxima favorita: “Hay que sembrar el grano en lugar de almacenarlo.” Milán y Florencia recibieron entonces colonias de Frailes Predicadores. También juzgó conveniente que Reginaldo saliese de Bolonia para París. Esperaba mucho de su elocuencia y de su fama para acabar de implantar la Orden en Francia. Los religiosos de Bolonia le vieron alejarse con amargo sentimiento, llorando al verse separados tan pronto de los “pechos de su madre”. Esta expresión es del bienaventurado Jordán de Sajonia, quién dice luego: “pero todas estas cosas sucedieron por voluntad de Dios. Había mucho de maravilloso en la manera como el bienaventurado siervo de Dios, Domingo, dispersaba a los suyos por todas las regiones de la Iglesia y de Dios, a pesar de las reprensiones que se le dirigían algunas veces, y sin que su confianza quedase nunca oscurecida por la sombra de la duda. Parecía que conocía de antemano el éxito y que el Espíritu Santo se lo hubiere revelado. En efecto: ¿Quién osaría dudar de ello? en sus comienzos disponía solamente de un reducido número de religiosos, sencillos e iletrados en su mayor parte, a quiénes envío en pequeños grupos por toda la iglesia; de manera que los hijos de aquel siglo, que juzgaban por las trazas de su prudencia, le acusaban de destruir un gran edificio, más bien que de construirlo. Pero acompañaba con sus oraciones a los que enviaba de aquella manera, y la virtud del Señor se complacía en multiplicarles.” (“Vida de Santo Domingo”, capítulo, II, n. 45.)

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Message  Javier le Dim 24 Mar 2019, 5:05 am

Hacia fines del mes de octubre, Domingo salió también de Bolonia; cruzó el Apenino en dirección a Florencia, y se detuvo algún tiempo en la rivera del Arno, en donde su Orden debía más tarde levantar los célebres conventos de Santa María Novella y San Marcos. Los dominicos gozaban entonces de la posición de una iglesia, al lado de la cual vivía una mujer llamada Bené, conocida por lo desordenado de su vida, y a quien Dios había castigado abandonándola a los ataques sensibles del espíritu maligno. Al oír predicar a Domingo, aquella mujer se convirtió, y las plegarias del santo la libraron de las obsesiones que la atormentaban. Pero la misma paz fue para ella ocasión de recaída, y cuando Domingo volvió de nuevo a Florencia un año más tarde, le confesó el mal efecto que le había producido la liberación. Domingo le preguntó bondadosamente si quería volver a su antiguo estado, y al contestarle que se abandonaba a Dios y a él, el santo rogó al Señor hiciese lo que más conviniere para su salvación. Al cabo de algunos días, el espíritu maligno la atormentó de nuevo, y el castigo de sus nuevas culpas fue para ella una fuente de méritos y perfección. Bené tomó más adelante el velo religioso y se la llamó Benedicta. Sobre esta mujer se lee también que se quejó a Domingo, a su vuelta a Florencia, de que un eclesiástico la perseguía a causa de su afecto a la Orden. Este eclesiástico estaba irritado contra ellos porque se les había entregado la iglesia de la cual era él capellán antes. Domingo contestó a Benedicta: “hija, ten paciencia; el que te persigue, pronto será de los nuestros y ha de soportar en la Orden grandes y largos trabajos.” (Constantino d’Orvieto: “Vida de Santo Domingo”, n. 37.) Esta predicción se realizó tal como había sido anunciada.

Domingo encontró al sumo Pontífice en Viterbo. Honorio III le concedió cartas fechadas el 15 de noviembre de 1219, por las cuales recomendaba sus frailes a los obispos y prelados de España. El 8 de diciembre siguiente extendió esta recomendación a los arzobispos, obispos, abades y prelados de toda la cristiandad. En 17 del mismo mes, estando en Civita-Castellana, hizo donación a Domingo y a los suyos del convento de San Sixto del monte Coelio, pues hasta entonces san Sixto había estado en posesión de la Orden solamente en virtud de concesión verbal. Las hermanas de San Sixto no figuran en el acta, sin duda porque formaban, con los religiosos, una única y misma Orden, cuya administración temporal y espiritual pertenecía al General de la misma.

No era está la primera vez que el santo patriarca estuvo en Viterbo, pues tres años antes, a su vuelta de Francia después de la confirmación de la Orden, vino a dicha ciudad con el cardenal Capocci, que le dio una capilla y un monasterio llamado de la Santa Cruz, situado en una colina próxima a la ciudad, y una iglesia que se edificaba al lado por su mandato. El cardenal había sido advertido en sueños dedicase dicha iglesia a la Santísima Virgen, y la amistad que le unía con Domingo le llevó a ofrecérsela antes de que estuviese terminada, por temor a que el tiempo dejase incumplida su buena voluntad. En efecto: no experimentó la satisfacción de verla terminada; pero aseguro su posesión a la Orden antes de su fallecimiento. Con el nombre de Nuestra Señora de Gradi, este edificio ha llegado a ser uno de los más ilustres conventos de la provincia romana. Allí pueden observarse restos de la antigua capilla de Santa Cruz, en la que Domingo pasó muchas noches, y la cual ostentaba huellas de su sangre hasta el siglo pasado.

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Message  Javier le Sam 30 Mar 2019, 6:11 am

Domingo celebró en Roma el principio del año 1220. Por cierto que uno de sus historiadores nos indica que distribuyó entre las religiosas de San Sixto cucharas de Ébano que les había traído de España. ¡qué sencillez de hombre! El pensamiento de complacer a las pobres religiosas le preocupó en el seno de sus fatigas y los asuntos de un largo viaje, y recorriendo un camino de seiscientas o setecientas leguas, les trajo consigo un recuerdo de su país. Digo consigo, porque nunca permitió que nadie cargarse con su equipaje.

Reginaldo llegó a París y anuncio el Evangelio con toda la autoridad de su elocuencia y de su fe. Después de Domingo, era en aquel tiempo el astro más esplendente de la nueva religión. Todos los religiosos tenían puesto sus ojos en él, y sin prever la muerte, demasiado próxima de su fundador, se daban cuenta de que era el único capaz de sobrellevar la carga de su obra. Pero Dios frustró pronto esos sentimientos de amor y de admiración, pues Reginaldo se vio atacado por una enfermedad mortal en el momento en que inspiraba más esperanzas que nunca. El prior de Santiago, Mateo de Francia, vino a advertirle que la hora de su último combate se aproximaba, y le preguntó si quería le administrase el sacramento de la Extremaunción. “no temo el combate - contestó Reginaldo -; lo espero con alegría. Espero también a la Madre de Misericordia, que me ungió en Roma con sus propias manos y en quien yo confío; pero por temor a que parezca que desprecio la unción eclesiástica, me place recibirla y la deseo.” (Gérard de Frachet, “Vidas de los Hermanos”, lib. V, cap. II.) Los religiosos no sabían entonces, al menos en general, la misteriosa manera como Reginaldo había sido llamado a la Orden pues rogó a Domingo no dijiste nada durante su vida. Pero el recuerdo de aquel insigne favor se presentó en su mente en el momento de su muerte, y no pudo evitar aludir a él; el agradecimiento le arrancó un secreto que su humildad ocultó hasta aquel instante. Precedentemente ya había dicho sobre esto a Mateo de Francia algunas palabras, que la Historia nos ha conservado. Mateo, que le había conocido cuando vivía en el mundo con todas las comodidades propias de la celebridad y la delicadeza le testimonió extrañeza de que hubiese abrazado una Orden tan severa. “no hay mérito en ello de mi parte - le contestó -, puesto que me ha complacido mucho siempre.” (el beato Jordán de Sajonia: “Vida de Santo Domingo”, cap. III, página 46.)

No se sabe el día preciso en que murió; sólo sabemos que tuvo lugar a fines de enero o a principios de febrero del año 1220. Los frailes que no gozaban aún del derecho de sepultura en su casa, le enterraron en la iglesia de Nuestra Señora de los Campos, cercana a Santiago. Sus restos, colocados bajo un mausoleo, obraron milagros, y durante cuatrocientos años fueron objeto de un culto cuya tradición parecía ser imborrable. Pero en el año 1613 la Iglesia de Nuestra Señora de los Campos fue donada a las Carmelitas de la reforma de santa Teresa y las religiosas transportaron al interior de su claustro el cuerpo de Reginaldo, y, a pesar de la veneración hereditaria, su memoria cesó de ser popular poco a poco, viniendo a ser como su sepulcro, un secreto reservado a los que conocían y habitaban en espíritu la antigüedad. Hoy ya no existe ni su tumba, qué desapareció juntamente con la iglesia y el claustro de Nuestra Señora de los Campos y el fundador del convento de Bolonia, aquel a quien los religiosos llamaban “ su báculo”, el que la santa Virgen había llamado a la religión por sus propios labios, el que recibió de sus manos la unción milagrosa de sus miembros, el que había dado su última y sagrada forma a nuestro hábito, el bienaventurado Reginaldo, no goza en parte alguna de culto, ni aún siquiera en la Orden de Predicadores, de la que fue uno de los más bellos ornamentos por la santidad de su vida, el poder de su palabra y el gran número de hijos ilustres que le engendró. Esta fecundidad no se agotó hasta su muerte, pues la misma víspera de su última y corta enfermedad produjo aún su tronco sublimes retoños. Al decir que no se le rinde culto se entiende el culto “ratificado por la Iglesia”, Pues el venerable Reginaldo no ha cesado de gozar en su Orden de un culto verdaderamente eclesiástico que se espera ver confirmado por la Santa Sede. 3

3 Pío IX aprobó su culto y la orden celebra su fiesta el 17 de febrero.

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Message  Javier le Dim 31 Mar 2019, 5:51 am

Recordaremos el estudiante sajón a quien Domingo conoció en París, y cuya vocación no quiso precipitar, aunque era muy visible. Reginaldo había sido destinado a tomar aquella flor preciosa que la mano de Domingo respetó por una especie de presentimiento delicado, para honrar y consolar el prematuro fin de uno de sus más dignos hijos. Veamos la manera como el beato Jordán de Sajonia relata su entrada en la Orden, así como la de Enrique de Colonia, su amigo:

“La misma noche en que el alma del santo hombre Reginaldo voló hacia el Señor, yo que no era aún hermano por mi hábito, pero que hice voto de tomarlo de sus manos, vi en sueños a los religiosos en un navío. De pronto el navío se sumergió, pero los religiosos no perecieron en el naufragio: creo que aquel hombre era Reginaldo, considerado entonces por los demás como su báculo, como su apoyo. Otro día en sueños una fuente clara que cesó de manar agua súbitamente, y que fue reemplazada por dos surtidores. Suponiendo que aquella visión representase algo real, conozco demasiado mi propia ineptitud para atreverme a dar una interpretación. Lo que sé es que Reginaldo recibió en París la profesión de dos religiosos solamente: la mía y la de fray Enrique, que fue más tarde prior de Colonia, hombre a quien amaba yo en Cristo con un afecto que no he concedido nunca tan enteramente a ningún otro hombre, vaso de honor y de perfección tal, que no recuerdo haber visto en esta vida una tan graciosa criatura. El Señor se apresuró a llamarle a su seno, y por ello no creo inútil decir algo sobre sus virtudes.

Enrique había nacido en el mundo de distinguida familia, y muy joven aún le nombraron canónigo de Utrecht. Otro de los canónigos de la misma iglesia, hombre de bien y muy religioso, le educó durante sus más tiernos años en el santo temor de Dios. Con su ejemplo, le enseñó a vencer al mundo crucificando su carne y practicando buenas obras; le hacía lavar los pies a los pobres, frecuentar la iglesia, huir del mal, despreciar el lujo, amar la castidad, y aquel joven de excelente naturaleza se mostró dócil al yugo de la virtud; las buenas obras se acrecentaron en él al mismo tiempo que sus años y viéndole, se le hubiera podido tomar por un ángel, en quién el nacimiento y la honradez eran una misma cosa. Se dirigió a París, en cuya ciudad el estudio de la Teología no tardó en absorberle más que ninguna otra ciencia, dotado como estaba de talento natural muy vivo y una razón perfectamente ordenada. Nos encontramos en el hospedaje donde yo vivía, y pronto nuestra amistad se convirtió en dulce e íntima unión de almas. Fray Reginaldo, de feliz memoria, vino por la primera época a París, y al oír su excelsa predicación me sentí iluminado por la gracia, y en mi fuero interno hice voto de entrar en su Orden, por creer había encontrado un camino seguro de salvación. Al tomar esta resolución comencé a experimentar el deseo de endilgar con el mismo voto al compañero y amigo de mi alma, en el que veía todas las disposiciones de la naturaleza y de la gracia requeridas en un predicador. Él rehusaba; pero yo no cejaba de importunarle. Obtuve de él que fuese a confesarse con fray Reginaldo, y cuando volvió, abriendo el profeta Isaías a modo de consulta, lee el siguiente pasaje: “el Señor me ha concedido una lengua sabía para que ayude con la palabra al caído; él me despierta por la mañana para que escuche su voz. El Señor Dios me ha dejado oír su voz, y no puedo resistirla, ni retrocederé.” (Capítulo L, v. 4, 5) mientras le interpretaba este trozo, que tan bien respondía al estado de su corazón y que, presentándoselo como un aviso del Cielo, le exhortaba a someter su juventud al yugo de la obediencia, observamos algunas líneas y más abajo estas dos palabras: “continuemos juntos”, que no se advertían no nos separaremos uno del otro y consagrásemos nuestra vida a la misma abnegación. Aludiendo a esta circunstancia, estando él en Alemania y yo en Italia, me escribió un día diciéndome: “¿Dónde está ahora el continuemos juntos? Tú estás en Bolonia, y yo en Colonia.” a esto le contesté diciéndole: “¿Qué mayor mérito, qué más gloriosa corona que hacernos participes de la pobreza de Cristo y de sus Apóstoles y abandonar el mundo por su amor?” pero aunque su razón estaba de acuerdo conmigo, su voluntad le persuadió a resistirse.

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Message  Javier le Lun 01 Avr 2019, 10:22 am

La misma noche en que discutíamos de esta manera, fue a maitines a la iglesia de la bienaventurada Virgen, permaneciendo allí hasta la aurora, rogando a la Madre del Señor venciese la rebeldía de su voluntad. Y no dándose cuenta de que la dureza de su corazón se había ablandado con su plegaria, comenzó a decirse en su interior: “ahora, ¡Oh, Virgen bienaventurada! siento que no tenéis compasión de mí y que mi lugar no está señalado en el colegio de los pobres de Cristo.” decía esto con dolor porque en él existía un deseo de pobreza voluntaria, y el Señor le mostró una vez el peso que ella representa en el día del juicio. La cosa tuvo lugar así. Veía a Cristo en sueños en su tribunal, y dos multitudes innumerables, una ya juzgada, la otra que juzgaba con Cristo. Mientras, seguro de su conciencia, miraba tranquilamente este espectáculo, uno de los que estaban al lado del Juez extendió súbitamente el brazo hacia él y dijo: “Tú, ¿Qué has abandonado por amor de Dios?” esta pregunta le consterno por no tener nada que contestar; por eso deseaba la pobreza, aunque no tuviese aún valor para abrazarla. Muy triste se retiró de la Iglesia de Nuestra Señora por no haber obtenido la fuerza que había suplicado; pero en aquel instante, el que mira a los humildes desde el Cielo ahuyentó los obstáculos de su corazón: las lágrimas anegaron sus ojos, su alma se abrió y se explayó ante el Señor; la dureza que la oprimía se ablandó, y el yugo de Cristo, tan duro anteriormente en su imaginación, le pareció lo que realmente es: suave y ligero. En los primeros momentos de su transporte se levantó corriendo a buscar a fray Reginaldo ante el cual hizo su voto. Inmediatamente vino a buscarme, y mientras yo consideraba sobre su angélico rostro las huellas de su llanto y le preguntaba dónde había ido, me contestó: “he hecho un voto al Señor, y lo cumpliré.” no obstante, diferimos la toma de hábito hasta que llegase la Cuaresma, Y conquistamos en este intervalo uno de nuestros compañeros, a fray León, que sucedió a fray Enrique en el cargo de prior.

Cuando llegó el día en que la Iglesia advierte a sus fieles con la ceniza su origen y su retorno al polvo de donde han salido, nos dispusimos a cumplir nuestros votos. Nuestros compañeros no tenía noticias de nuestro deseo, y uno de ellos, al ver salir a fray Enrique de la posada, le dijo: “Enrique, ¿A dónde vas?” “voy - contestó - a Betania”, aludiendo al sentido hebraico de esta palabra, que significa “casa de obediencia”. En efecto los tres nos dirigimos a Santiago, entrando en el momento en que los religiosos cantaban el “Immutemur habitu”. No esperaban nuestra visita; pero, aunque imprevista, no dejó de ser oportuna, y nos despojamos de nuestros trajes para revestirnos con los que tanto anhelamos, mientras los frailes cantaban precisamente lo que estábamos haciendo.” (“Vida de Santo Domingo” cap. III, n. 47 y siguientes.)

Reginaldo no vio la toma de hábito de Jordán de Sajonia; había vuelto al seno del Señor antes de haber consumado esta última obra, semejante al áloe, que muere al florecer y no ve nunca sus frutos.

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Message  Javier le Mer 03 Avr 2019, 9:45 am

CAPÍTULO XVI - Primer Capítulo General - Estancia de santo Domingo en Lombardía - Institución de la Orden Tercera

Aún no habían pasado 3 años a partir de la dispersión de los religiosos de Nuestra Señora de Prouille, cuando ya poseían conventos en Francia, Italia, España, Alemania y hasta en Polonia. La bendición de Dios les había concedido la suficiente gracia para que se multiplicasen y estableciesen en todos sitios. Domingo, que había visto el progreso de su Orden con sus propios ojos, y cuyo curso había animado con su presencia, creyó llegada la hora de hacerlos gozar del espectáculo de su fuerza, no por excitar en ellos una vana satisfacción, sino para animarles en la empresa de más grandes trabajos, para asegurar su unidad y dar una última mano a la legislación que los gobernaba. Para esto convocó el Capítulo General de la Orden en Bolonia; el día señalado para la convocatoria era el de Pentecostés del año 1220. Domingo salió de Roma a fines de febrero o principios de marzo; pasó algunos días en Viterbo, junto al soberano Pontífice, que le dio nuevas pruebas de su constante afecto en tres cartas que escribió, una tras otra, a los pueblos de Madrid, Segovia y Bolonia para agradecerles la caridad de que habían dado pruebas a los religiosos y exhortarlos a perseverar en los mismos sentimiento .Dichas cartas están fechadas el 20, 23 y 24 de marzo. El día 26 de febrero ya había escrito a los religiosos de Nuestra Señora de los Campos, de París, para felicitarlos por haber concedido a los frailes el derecho de sepultura en su iglesia. El 6 de mayo siguiente les recomendó en muy vivos términos al arzobispo de Tarragona, y el 12 permitió a Domingo para ejercer el ministerio de la predicación.

El día de Pentecostés estaba Domingo en Bolonia, rodeado por los frailes de San Nicolás y los representantes de toda la Orden. Se ignoran los nombres de los que asistieron; lo único que se sabe es que Jordán de Sajonia había sido enviado desde París, con otros tres religiosos, pocas semanas después de haber tomado el hábito. Domingo se levantó en medio de aquella asamblea, no como simple prior de algunos religiosos, sino como superior general de una Orden extendida por toda Europa; no en una sencilla iglesia de aldea como Prouille, sino en el seno de una ciudad grande y célebre, que era el punto de reunión de la juventud inteligente de las naciones; no para contestar a las dudas de sus propios amigos, sino después de haber asentados su obra y viviendo a su lado, para defenderla, hombre cuya voz muchos escuchaban pese a no poseer la cátedra de las universidades. Contaba a la sazón cincuenta años.

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Message  Javier le Ven 05 Avr 2019, 6:22 am

Lo primero que propuso el Capítulo General fue renunciar a todos los bienes que la Orden poseyese, con objeto de vivir únicamente de limosnas y al día. Esta resolución era ya antigua en su pensamiento, y durante las deliberaciones que tuvieron lugar en Prouille en el año 1216, los religiosos la adoptaron en principio, aunque la demoraran para llevarla a cabo más adelante. En cuanto a Domingo, siempre había vivido de la caridad pública desde aquella famosa entrevista de Montpellier, que señaló el comienzo de su apostolado y en la que se decidió que la pobreza voluntaria era la única arma capaz de vencer. Pero una cosa era que algunos misioneros viviesen mendigando su pan, y otra fundar una Orden estable sobre las incertidumbres cotidianas de la mendicidad. Todas las tradiciones parecían contrarias a una constitución tan atrevida. Desde el momento en que la iglesia pudo gozar del derecho de propiedad, se aprovechó de él para gozar de libertad ante sus enemigos y poder ser liberal para con los pobres, magnífica ante Dios. Los mismos solitarios de oriente vendían y compraban, y consideraban una gloria vivir con el trabajo de sus manos. ¿Había que abusar de la pobreza porque se hubiere abusado antes de la riqueza? si el mundo tenía necesidad de tan extremado ejemplo, ¿Era prudente dejar para el porvenir una respuesta apropiada a los tiempos excepcionales? fueron estas u otras razones las que aconsejasen a Domingo, lo cierto es que aceptó para su Orden posesiones territoriales, con la idea preconcebida de abandonarlas más tarde. Se dice que sus relaciones con san Francisco de Asís le inspiraron el pensamiento de este abandono, y, verdaderamente, san Francisco recibió más especialmente de Dios la misión de aportar a la iglesia el espíritu de pobreza; pero antes de que hubiese renunciado a todo para seguir a Jesucristo, ya recorría Domingo el Languedoc descalzo, cubierto con un cilicio y una túnica remendada, dejando a la Providencia el cuidado de proporcionarle el pan cotidiano. Los dos santos se vieron en Roma por vez primera en tiempos del cuarto Concilio de Letrán, cuando solicitaron de Inocencio III la aprobación de su Orden, habiendo dado ambos el ejemplo de las mismas virtudes sin conocerse. San Francisco de Asís tuvo la gloria de no dudar nunca en hacer de la mendicidad el patrimonio de su religión; Domingo, no menos austero para consigo mismo, no fue tan atrevido cuando se trataba de los demás y esperó que la experiencia confirmase sus planes de pobreza, y tuvo la gloria de abdicar los bienes una vez adquiridos. Dichos bienes los cedió, con el consentimiento del Capítulo General, a religiosas de diversas órdenes, y se estableció, por medio de un decreto perpetuo, que de allí en adelante los religiosos no poseerían nada en este mundo, excepto sus virtudes. Domingo quería ir más lejos, pues deseaba que toda la administración se dejase en manos de los hermanos conversos, a fin de que los demás pudieran dedicarse, sin preocupación alguna, a la oración, al estudio y a la predicación. Pero los padres del capítulo se opusieron, citando el ejemplo reciente de los religiosos de Grandmont, A quienes un reglamento parecido había dejado a merced de los legos y reducidos a un estado de servidumbre degradante. Domingo fue de la misma opinión.

El Capítulo General decretó otras constituciones que entraron luego en vigor; la Historia no explica cuáles, ni las actas del capítulo han llegado tampoco hasta nosotros. Domingo suplicó a los capitulares le descargasen del peso del gobierno: “merezco - les dijo - ser depuesto, pues soy inútil y me he entibiado.” (“Actas de Bolonia”, declaración de Rodulfo de Faenza, n. 4.) Además del sentimiento de humildad que le hacía hablar de esta manera, no había perdido el deseo de acabar su vida entre los infieles y obtener, aportándoles la verdad, aquella palma del martirio de que su corazón había demostrado estar siempre tan sediento. Dijo más de una vez que deseaba le azotasen con vergajos y le cortasen a trozos por Jesucristo. Desahogándose con fray Pablo de Venecia, le decía: “cuando hayamos reglamentado y formado nuestra Orden, iremos al país de Cumas; les predicaremos la fe de Cristo y se los rendiremos al Señor.” (“Actas de Bolonia”, declaración de Pablo de Venecia, n. 3.)

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Message  Javier le Sam 06 Avr 2019, 5:19 am

Domingo (Dominique) creía llegado ya el momento. ¿No había reglamentado y formado su Orden? ¿No la veía ya ante sus ojos como una cepa con sus racimos maduros? ¿Qué mejor cosa podía hacer que ofrecer los restos de su cuerpo y de su alma al sacrificio? pero los frailes no quisieron oírle hablar de dimisión, y, lejos de consentir, le confirmaron en su cargo de General, y añadieron a la autoridad de la sede apostólica, de quién la había recibido, la brillantez de una elección libre y unánime. Domingo obtuvo que su poder estuviera al menos limitado por oficiales llamados “definidores”, los cuales, cuando se reuniese el capítulo, tendrían el derecho de examinar y reglamentar los asuntos de la Orden, y hasta de poner al Maestro General si prevaricaba. Este notable estatuto fue aprobado más adelante por Inocencio IV. El capítulo se disolvió después de haber decretado que se reuniría todos los años, un año en Bolonia y el otro en París, alternativamente. Sin embargo, por excepción inmediata, se designó Bolonia para la próxima asamblea.

El norte de Italia era uno de los puntos europeos en donde la herejía había trabajado con mayor ahínco, pues expuesta como estaba al contacto de Oriente y a las influencias cismáticas de los emperadores de Alemania, había sufrido una alteración notable en su fidelidad a la iglesia. Domingo creyó, por tanto, útil evangelizarla y la recorrió casi por completo durante el verano del año 1220. Pero los historiadores contemporáneos que nos relatan este hecho no lo confirman con ningún detalle. La mayor parte de las ciudades de Lombardía reclaman el honor de haber poseído y escuchado al santo patriarca, y sus anales, escritos después de largo tiempo contienen algunas anécdotas sobre su estancia en aquellos lugares, anécdotas cuya autenticidad no está lo suficientemente probada. Es cierto que visitó Milán y pasó una enfermedad en dicha ciudad. Fray Bonvisio, que le acompañaba en este viaje, nos habla de esta manera de su constancia en el sufrimiento: “cuando estuve en Milán con el hermano Domingo sufrió accesos de fiebre: yo le cuidé durante su enfermedad y nunca le oí quejarse. Pasaba el tiempo orando y dedicado a la contemplación, cosa que puede juzgar guiándome por ciertos gestos que aparecían en su cara y que yo conocía muy bien, porque cuantas veces oraba o contemplaba tuve ocasión de observarlos. Tan pronto había pasado el acceso de fiebre, comenzaba a hablar de Dios y de la Orden; leía o rogaba que leyesen; alababa al Señor y se regocijaba de su enfermedad, cosa que era corriente en sus tribulaciones mucho más que en la prosperidad.” (“Actas de Bolonia”, declaración de Bonvisio, número 3.)

Domingo se encontró en Cremona con san Francisco de Asís, y mientras hablaban se les acercaron algunos frailes de san Francisco y dijeron: “ nos falta el agua pura en el convento; por eso os rogamos a vosotros, que sois nuestros padres y siervos de Dios, intercedáis cerca del Señor para que bendiga nuestros pozos, cuya agua está corrompida.” los dos patriarcas se miraron como invitándose a contestar el uno al otro; entonces Domingo dijo a los presentes: “ sacad un poco de agua y traédnosla.” los religiosos fueron y la trajeron en un cubo, y entonces Domingo dijo a Francisco: “ padre, bendecid esta agua en nombre del Señor.” Francisco contestó: “padre, bendecidla vos mismo, ya que sois el mayor.” (Pedro Cali: “Vida de Santo Domingo”, n. 21.) esta piadosa lucha continuó entre ambos, hasta que por fin Domingo, vencido por Francisco, hizo la señal de la cruz sobre el cubo y ordenó que se vertiese el agua en el pozo, cuyo manantial quedó purificado para siempre.

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Message  Javier le Dim 07 Avr 2019, 6:26 am

Un canónigo francés que iba a Roma, al pasar por Módena, fue a buscar a Domingo a la salida de un sermón y le confesó que desesperaba de su propia salvación a causa de una tentación contra la castidad, que no había podido vencer nunca. “no perdáis el ánimo - le respondió el santo -; tened confianza en la misericordia de Dios; yo os obtendré el don de la continencia.” el canónigo se retiró curado. (Los B. Humberto: “Vida de Santo Domingo”, n. 51.)

Domingo tenía la costumbre de visitar los monasterios que encontraba en su camino, y, entre otros, se detuvo en el de Colombe, situado en la provincia de Parma, en donde se cree tuvo lugar un rasgo de bondad, que un historiador cuenta en estos términos: “ Domingo llegó una tarde a la entrada del convento cuando todos sus religiosos estaban acostados. Temeroso de molestarles, se acostó ante la puerta con su compañero y oró para que el Señor proveyese a sus necesidades sin que fuere preciso despertar a los monjes. En aquel momento se encontraron ambos en el interior del convento." (Rodrigo de Cerrato, “Vida de Santo Domingo”, n. 31.) Era Colombe un célebre monasterio de la Orden del Císter, fundado por san Bernardo; más tarde dicho monasterio fue arruinado por el emperador Federico II en 1248.

Domingo volvió a Bolonia el día de la Asunción, fecha memorable por ser el día en que tomó el hábito Conrado el Teutón. Era éste doctor de la Universidad de Bolonia, tan famoso en aquellos tiempos por su ciencia y su virtud, que los padres deseaban ardientemente contarle entre los hombres notables que abrazaron su religión. La víspera de la Asunción de la bienaventurada Virgen hablaba Domingo confidencialmente con un religioso de la Orden del Císter, qué más tarde fue obispo de Alatri y que entonces era el prior del monasterio de Casamare, al cual había conocido en Roma y por el que sentía gran afecto, y abriéndole su corazón, le dijo, entre otras cosas: “ os confieso, prior, una cosa que no he dicho aún a nadie, por la cual os ruego me guardéis el secreto hasta mi muerte, y es que nunca en esta vida me ha rehusado Dios cuánto le he pedido.” el prior se admiró grandemente ante esto, y sabiendo el deseo que sentían los religiosos con respecto a Conrado el Teutón, le dijo: “ sí así es, padre, ¿ por qué no pedís a Dios os conceda al maestro Conrado, a quién me consta tienen los frailes verdaderos deseos de tenerle por compañero?” Domingo le respondió: “ mi buen hermano, habláis de una cosa muy difícil de obtener; pero si queréis orar esta noche conmigo, abrigo la confianza de que el Señor nos concederá esta gracia.” (Los B. Humberto: “Vida de Santo Domingo”, n. 50.) después de las completas el siervo de Dios permaneció en la iglesia, según su costumbre, y el prior de Casamare continuó a su lado. Luego asistieron a los maitines de la Asunción, y al llegar el día, a la hora de prima, mientras el cantor entonaba el “Iam lucis orto sidere”, se vio entrar en el coro el maestro Conrado, que se echó sobre las rodillas de Domingo y le rogó le concediese el hábito. El prior de Casamare, fiel al secreto que había prometido, no relató esto hasta después de morir Domingo, al cual sobrevivió más de veinte años. Temía morir primero que aquél, y por eso consultó la cosa con el santo; pero este último le dijo que no sucedería como temía.

Entre los que Domingo recibió en la Orden durante aquella época podemos citar a Tomás de Prouille. Era este un joven de gran inocencia y sencillez en sus costumbres, a quien el santo amaba tiernamente y a quien llamaba su hijo. Algunos de los antiguos compañeros del nuevo religioso, indignados por haberle perdido, le atrajeron lejos del convento y comenzaron a arrancarle los hábitos de la Orden. Alguien fue y advirtió a Domingo, que inmediatamente entró a orar en la iglesia, y cuando los raptores quitaron al hermano Tomás hasta su camisa de lana y se esforzaban por endosarle una de lienzo, su víctima lanzó tan lamentables gritos, diciendo que se sentía arder, que no tuvo punto de reposo hasta que le volvieron al redil vestido con los rudos y dulces hábitos de que le habían despojado. Un hecho muy parecido ocurrió también a un jurisconsulto de Bolonia. Sus amigos entraron a mano armada en el claustro de San Nicolás para raptarle. Los frailes quisieron ir a buscar algunos caballeros amigos de la Orden para oponer la fuerza a la fuerza; pero Domingo les dijo: “más de doscientos ángeles alrededor de la iglesia, ángeles que el Señor ha destinado a defendernos.”(Teodorico de Apolda: “Vida de Santo Domingo”, cap. XVII, n. 209.)

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Message  Javier le Mar 09 Avr 2019, 9:37 am

El siervo de Dios predicaba frecuentemente en Bolonia, y la veneración en que se le tenía era tan grande, que la gente, en lugar de esperarle en la iglesia en dónde estaba anunciada su predicación, iba a buscarle a San Nicolás y le acompañaba hasta el lugar del sermón. Un día que la muchedumbre vino a buscarle, dos estudiantes se aproximaron, y uno de ellos le dijo: “os ruego pidáis a Dios el perdón de mis pecados, pues me arrepiento, si no me engaño, los he confesado todos.” Domingo, que estaba aún en la iglesia, se acercó al altar y oró brevemente ante él; volviéndose hacia el joven, le dijo: “tened confianza y perseverad en el amor de Dios. El os ha perdonado vuestras faltas.” Entonces el otro estudiante se acercó también al santo y le dijo: “padre, rogad también por mí, pues he confesado todos mis pecados.” Domingo se arrodilló nuevamente ante el altar y oró. Pero al volverse hacia el joven le dijo: “hijo mío, no intentes engañar a Dios; tu confesión no ha sido completa; tienes un pecado que has ocultado debido a una equivocada vergüenza.” y tomándole aparte, le dijo cuál era aquel pecado que se había avergonzado de confesar. Entonces el estudiante respondió: “padre, es verdad; perdonadme.” Domingo hablo con él unos momentos y salió luego con la gente que le aguardaba. (Pedro Cali: “Vida de Santo Domingo”, n. 18.)

Este espíritu profético era habitual en él. Una vez encontró a un religioso que iba de misión; le detuvo, y después de algunos momentos de haber hablado con él, advertido interiormente de que aquél religioso había cometido una falta, le preguntó si llevaba dinero encima. El interrogado le confesó humildemente, y Domingo le ordenó lo tirase inmediatamente y le impuso una penitencia, pues nunca dejaba de castigar ninguna falta.

“Era el primero en observar los estatutos de la Orden - nos dice Teodorico de Apolda - y no descuidaba nada para que fuesen religiosa y enteramente observados por todos. Si alguna vez, debido a la fragilidad humana, alguno de los frailes faltaba a su deber, no le perdonaba el castigo; pero atemperaba de manera tan justa la severidad con la dulzura, que el culpable era castigado sin que el hombre se molestase. No reprendía nunca inmediatamente al que faltaba; hacía como si no se hubiese enterado de la falta; pero cuando se presentaba ocasión favorable decía al delincuente: “hermano mío, no habéis hecho bien tal cosa; glorificad al Señor y confesad vuestro pecado.” y de la misma manera que se mostraba padre en la corrección, abría sus entrañas de madre a los que se sentían afligidos. No había palabra más dulce y tranquilizadora que la suya, y los que venían a buscar remedio en él para sus tribulaciones no se iban nunca sin consuelo. Guardaba el alma de sus hijos como si fuese la suya propia, manteniéndolos en la práctica de la honestidad y de la religión. Por eso, como está escrito que “el aspecto del hombre y la sonrisa que aparecen sus labios y el vestido de su cuerpo nos hablan de él”, si observaba que alguno de ellos faltaba en su hábito a la forma o a la pobreza religiosa, no podía soportarlo. Todos los días, a no ser que se presentase un grande obstáculo para ello, les daba una conferencia o les pronunciaba un sermón, hablándoles con tanta fe y tantas lágrimas, qué excitaba en ellos la gracia de la compunción. Nadie llegó como él a conmover los corazones. (“Vida de Santo Domingo”, cap. XVI, números, 86 y 87.)

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Message  Javier le Mer 10 Avr 2019, 9:50 am

Según el mismo historiador, había tres cosas que Domingo recomendaba sobre todas las demás a sus hijos, y estas eran: hablar siempre de Dios o con Dios, no llevar nunca dinero durante un viaje y no admitir posesiones temporales. Les exhortaba incesantemente a estudiar y anunciar la palabra de Dios. Descubría aquellos que poseían talento para el púlpito y no podía consentir fuesen empleados en otros menesteres.

Como ha sucedido a todos los santos, Domingo ejercía un gran poder sobre el espíritu de las tinieblas. Muchas veces lo lanzó fuera del cuerpo de los religiosos. Se le presentaba revistiendo diversas formas, ya para distraerle de su meditación, ya para turbarle mientras predicaba. Leamos el siguiente relato de Teodorico de Apolda: “Un día que el santo, como centinela vigilante, daba la vuelta a la ciudad de Dios, encontró el demonio que merodeaba por el convento como bestia salvaje; le detuvo y le dijo: “¿Por qué merodeas de esa manera?”; y el demonio contestó: “a causa del beneficio que en ello encuentro.” Entonces el santo le dijo: “¿Qué sacas de las celdas?”, Y aquel contestó: “quitó el sueño a los frailes; les persuado no se levanten para el oficio, y, cuando se me permite, los hago soñar y los ilusiono.” El santo le condujo al coro y le dijo: “¿ Qué ganas aquí en este santo lugar?” el demonio contestó: “ les hago llegar tarde, salir pronto y que se olviden de sí mismos.” interrogado respecto al refectorio, contestó: “¿ Cuál es el que no come más o menos de lo necesario?” cuando llegaron al locutorio, dijo riendo: “ este lugar me pertenece; es el lugar de las risas, de los vanos rumores, de las palabras inútiles.” pero cuando llegó el capítulo comenzó a intentar escapar, diciendo: “ Este es un lugar que execro; en él pierdo todo cuanto gano en los demás lugares; aquí es donde los frailes quedan advertidos sobre sus faltas; aquí es donde se acusan, en donde hacen penitencia y donde se les absuelve.” (“Vida de Santo Domingo”, cap. XV, números 174 y 175.)

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Message  Javier le Sam 13 Avr 2019, 1:11 pm

Al recorrer Domingo la Lombardía observó signos muy tristes del debilitamiento de la fe. En muchos lugares los incrédulos se habían apoderado del patrimonio de la Iglesia, y pretextando que era demasiado rica, todos la robaban. El clero quedó reducido a una pobreza degradante y no podía hacer frente a las magnificencias del culto y practicar el deber de la caridad para con los pobres, y la herejía, que habían engendrado la expoliación, renacía como medio para justificarla. La Iglesia no podía estar en peor situación que aquella. Los bienes que perdió convirtieron a quienes los poseían en sus implacables enemigos; el error se transmitía como condición de la propiedad. Y el tiempo, que todo lo borra, parecía impotente contra aquella alianza de intereses terrenales y la ceguera del espíritu. Domingo, fundador de una orden mendicante, tenía más derecho que nadie oponerse a tan espantosa combinación del mal. Para resistirla instituyó una asociación, que denominó “Milicia de Jesucristo.” Esta milicia estaba compuesta por seglares de ambos sexos, quienes se comprometían a defender los bienes y la libertad de la Iglesia por cuantos medios estuviesen a su alcance. Vestían como los demás seglares, distinguiéndose por los colores dominicos: el blanco, símbolo de la inocencia, y el negro, símbolo de la penitencia. Sin estar sujetos por los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, participaban en cuanto les era posible en la vida religiosa. Observaban las abstinencias, los ayunos, las vigilias, reemplazando con cierto número de “Pater Noster” y “Ave María” la recitación del oficio divino. Tenían un prior, dependiente de la autoridad de la Orden, prior que elegían entre ellos; se reunían en días fijados en una iglesia de los Frailes Predicadores para oír misa y escuchar el sermón. Los historiadores no están de acuerdo sobre la época en que se instituyó la “milicia de Jesucristo”. Unos la atribuyen al tiempo en que santo Domingo vivía en el Languedoc; otros, a la época en que habitó en Lombardía. Nosotros creemos que estos últimos están en lo cierto, por apoyarse en el texto más antiguo que poseemos sobre este asunto, que es el del beato Raimundo de Capua, titulado “vida de Santa Catalina de Siena”, parte I, capítulo VIII, en donde se lee lo siguiente: “esta iniquidad reinaba en muchos lugares de Italia, cosa que vio con pena el santo padre Domingo; él, que escogió para sí y para los suyos el estado de pobreza extremada, comenzó a trabajar para que la iglesia recuperase sus bienes.” y más adelante se lee: “ después que el bienaventurado Domingo reglamentó de esta manera dicha asociación, voló al seno del Señor.”

Cuando Domingo fue elevado a la jerarquía de los santos, los hermanos y las hermanas de la asociación tomaron el título de “milicia de Jesucristo y del bienaventurado Domingo”. Más adelante, cuanto existía de militante en esta apelación, desapareció juntamente con las causas públicas de combate, y la asociación quedó consagrada al progreso interno del hombre con el nombre de “Hermanos y Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo”. Con este nombre la confirmó Muño de Zamora, séptimo General de la Orden de los Frailes Predicadores, modificando su reglamento. Los Papas Gregorio IX, Honorio IV, Juan XXII y Bonifacio IX le concedieron privilegios en diferentes épocas, y el Papa Inocencio VIII aprobó la regla, tal como la escribió Muño de Zamora. Su bula es del año 1405, y fue promulgada en 1439 por Eugenio IV. 4

CONTINUARÁ...

4 Promulgado el nuevo Código de Derecho Canónico, se refundió aquella regla en otra adaptada al presente con autoridad apostólica.

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Message  Javier le Dim 14 Avr 2019, 6:31 am

La Milicia de Jesucristo era la Tercera Orden instituida por Domingo, o, más bien dicho, la tercera rama de una sola Orden, que en su plenitud comprendía religiosos, religiosas y seglares de ambos sexos. Con la creación de la Orden de Predicadores, Domingo sacó del desierto a las falanges monásticas, armándolas con la espada del apostolado; con la creación de la Orden Tercera introdujo la vida religiosa hasta el seno del hogar doméstico y la hizo llegar hasta la cabecera del lecho nupcial. Se veía por las calles innumerables jovencitas, viudas, casadas, hombres de todas clases, que llevaban las insignias de una orden religiosa y que se sometían a sus prácticas en el secreto de sus hogares. El espíritu de asociación reinante en la Edad Media, que es el del cristianismo, favoreció este movimiento. De la misma manera que se pertenecía a una familia por razón de la sangre, a una corporación por el servicio a que se había dedicado la persona, a un pueblo por haber nacido en su suelo, a la Iglesia por el bautismo, se quería pertenecer, entregándose a una abnegación electiva, a una de las gloriosas milicias que servían a Jesucristo con los sudores de la palabra y la penitencia. Vestían los hábitos de Santo Domingo o San Francisco; se injertaban en uno de dichos troncos para vivir alimentadas por su savia sin dejar de conservar su propia naturaleza; se frecuentaba sus iglesias, se participaba en sus oraciones, se ayudaban con su amistad, se seguía todo lo cerca posible el sendero de sus virtudes. Ya no se tenía la creencia de que era preciso abandonar el mundo para elevarse a la imitación de los santos; todas las viviendas podían convertirse en celdas, y todas las casas en una especie de Tebaida. A medida que la edad y los acontecimientos de la vida desprendían al cristiano de la pesada carga de la carne, sacrificaba al claustro una parte más importante de sí mismo. Si el fallecimiento de la esposa o de un hijo lo destruía todo alrededor de una persona; si una revolución la precipitaba, obligándole a pasar desde un puesto honorable al destierro y al abandono, sabía que tenía otra familia dispuesta a recibirla entre sus brazos, otra ciudad cuyo derecho de ciudadanía tenía ya adquirido. De la Tercera Orden pasaba a la Orden completa de la misma manera que se pasa de la juventud a la virilidad. La Historia de esta institución es una de las cosas más bellas que se puede leer. Ha producido santos en todas las jerarquías de la vida humana, desde el trono hasta el escabel, en tal abundancia, que el desierto y el claustro podían sentir celos. Las mujeres, sobre todo, enriquecieron la Orden Tercera aportándole el tesoro de sus virtudes. Encadenadas muy frecuentemente desde su infancia a un yugo que no habían elegido, se sustraían a la tiranía de su posición vistiendo el hábito de Santo Domingo o de San Francisco. El monasterio llegaba hasta ellas, ya que ellas no podían llegar al monasterio. En un rincón oscuro de la casa paterna o conyugal se formaba un santuario misterioso, que llenaba el Esposo invisible a quién únicamente amaban. ¿Quién no ha oído hablar de santa Catalina de Siena y de santa Rosa de Lima, esas dos estrellas dominicas que han iluminado ambos mundos? ¿Quién no ha leído la vida de santa Isabel de Hungría, la franciscana? de esta manera el espíritu de Dios se encariña con su obra con el tiempo; proporciona milagros a las miserias, y después de haber florecido en la soledad, se dilata hasta ocupar los más frecuentados caminos.

CONTINUARÁ...

SANTO DOMINGO DE GUZMÁN Y SAN FRANCISCO DE ASÍS, ORATE PRO NOBIS !!!

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Message  Javier le Lun 15 Avr 2019, 9:46 am

CAPÍTULO XVII - Sexto y último viaje de Domingo a Roma - Segundo Capítulo General - Enfermedad y muerte del santo


Con la creación de la Orden Tercera, Domingo terminó su carrera. No le quedaba sino despedirse de todo cuanto había amado en este mundo, y Roma ocupaba, sin duda alguna, el primer lugar entre sus afectos. Allí fue con Azevedo, su primer amigo, cuando su vida pública no había comenzado aún; allí fue a donde dirigió sus pasos para obtener la aprobación y la confirmación de su Orden; allí edificó san Sixto y Santa Sabina; allí implantó el centro de su Orden, ejerció el cargo de Maestro del Sacro Palacio, obtuvo la confianza de dos grandes Papas, resucitó tres muertos y se vio elevado hasta el triunfo de la veneración que el pueblo sentía por él; allí era donde residía con infalible majestad el vicario de Aquél a quien había amado y servido durante todos los días de su vida. ¿Podía morir sin haber recibido su última bendición? ¿Podía cerrar los ojos sin haberlos posado una vez más sobre las colinas de la ciudad santa? ¿Podía cruzar sus manos para siempre sin haber ofrecido un sacrificio supremo sobre los altares de los Apóstoles Pedro y Pablo? ¿Podía entregar sus pies a la inmovilidad sin haber pisado los senderos del Aventino y del Coelio por última vez? Roma abrió una vez más sus entrañas de madre grande al grande hombre a quien dio el ser en su plenitud y que había de proporcionarle hijos y fieles hasta en aquellos mundos cuyo nombre no era conocido aún. Honorio III le dio en nuevos documentos pruebas de su solicitud y su soberana paternidad. En cuanto al primero de ellos, fechado el 8 de diciembre de 1220, perdona a algunos religiosos la irregularidad en que habían incurrido al recibir órdenes sagradas de manera poco canónica. Por otros tres documentos, el del 18 de enero, el del 4 de febrero y el del 29 de marzo del año siguiente, recomendaba los Frailes Predicadores a todos los prelados de la cristiandad. Otro, el 6 de mayo, les permitía ofrecer el santo sacrificio en un altar portátil, en caso de necesidad. Esta fue la última página que firmó Honorio III en favor de la Orden en vida de su fundador; este Pontífice de la gloria singular de ver florecer durante su reinado a santo Domingo y san Francisco y de no mostrarse con sus actos indigno de esta gracia que le había concedido el Cielo.

CONTINUARÁ...
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