VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN (Fray Enrique Domingo Lacordaire OP)

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Message  Javier le Dim 25 Nov 2018, 12:46 pm

Nos engañaríamos si creyésemos que era fácil a la cristiandad castigar al conde de Tolosa. Su posición era formidable, y bien lo probaron los acontecimientos. Ramón VI murió victorioso sobre sus enemigos, después de catorce años de guerra; al morir transmitió a su hijo el patrimonio de sus antepasados, patrimonio que disfrutó hasta el momento de su muerte, y aquel gran feudo no entró a formar parte de la corona de Francia sino a consecuencia del matrimonio de un hermano de san Luis con la hija única del conde Ramón VII. La fuerza de esta casa era debida a muchas causas. Poseía latifundios en el país desde antiguos tiempos, y una ilustración merecida la recomendaba al amor de los pueblos. La herejía, al llegar a ser casi general, había servido entre el príncipe y sus súbditos de nuevo lazo de unión, separándoles del resto de la cristiandad, dando de esta manera a sus relaciones el nervio de una liga religiosa. Los vasallos de todas las jerarquías compartían los errores de sus soberanos y la codicia sentida por los bienes del clero los unía, tanto por sustentar las mismas ideas como por tener los mismos intereses. El número de católicos existente no era ni lo bastante fervoroso ni lo bastante importante para debilitar aquel haz tan bien ligado cuyo nudo era el conde de Tolosa. Además tenía por aliados fieles de su causa a los condes de Foix y de Comminges, al vizconde de Béarn, al rey de Aragón Pedro II, cuya hermana había tomado por esposa, y estaba tranquilo en cuanto a La Guyana, que poseían los ingleses. Felipe Augusto, su soberano, ocupado en sus dominios por sus querellas con Inglaterra y el Imperio, no podía ser jefe de la Cruzada y sin este jefe, el único a quien podía temerse, el ejército de los cruzados, compuesto por bandas mal unidas, solamente podía prometerse frágiles victorias y una disolución natural más rápida aún que los reveses. Dueño de toda la línea de los Pirineos, teniendo a sus espaldas a Aragón para apoyarle, dos mares inofensivos, uno a la derecha, otro a la izquierda, rodeado por una multitud de plazas fuertes defendidas por vasallos afectos, el conde Ramón gozaba de mil probabilidades de superioridad sobre sus enemigos. La guerra de los Albigenses era pues, una guerra seria, en la que las dificultades morales superaban a las dificultades estratégicas. Porque ¿qué se podría hacer con aquel país una vez vencido? Ya veremos como el sentido exquisito y generoso de Inocencio III decayó bajo el peso de sus aflicciones antes de morir como un soldado, pues no dejó nunca de comprender que allí había un abismo y un gran capitán que había comenzado venciendo.

Tan pronto se enteró Inocencio III de la muerte de Pedro de Castelnau, escribió una carta a los nobles, condes, barones, caballeros de las provincias de Narbona, Arles, Embrun, Aix y Viena, en la cual, después de haber pintado elocuentemente la muerte de su legado, declaraba castigado con la excomunión al conde de Tolosa, a sus vasallos y súbditos, desligados de su juramento de obediencia, sus personas y sus tierras proscritos de la cristiandad. Tenía en cuenta, sin embargo, el caso en que el conde se arrepintiese de sus crímenes, y le dejaba una puerta abierta para que pudiese entrar en paz con la Iglesia. Esta carta fue escrita el 10 de marzo de 1208. El soberano Pontífice escribía en términos semejantes a los arzobispos y obispos de las mismas provincias, al arzobispo de Lyón, al de Tours y al rey de Francia. (Libro XI, cartas XXVI, XXVII y XXVIII) Asoció al abad del Císter, único de sus legados que aún vivía, con Navarre, obispo de Conserans, y Hugo, obispo de Riez; y encargó particularmente al abad del Císter predicase la cruzada ayudado por sus religiosos. Los preparativos ocuparon todo el resto del año y la primavera del siguiente.

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Message  Javier le Mar 27 Nov 2018, 1:04 pm

Sin embargo, atemorizado por cuanto pasaba, y sabiendo que los obispos de la provincia de Narbona habían diputado para que visitasen al Papa sus colegas de Tolosa y Conserans, a fin de que le informasen detalladamente de los males de sus iglesias, el conde Ramón envió por su parte a Roma al arzobispo de Auch y al antiguo obispo de Tolosa, Rabenstens. Estos personajes debían quejarse amargamente del abad Císterciense, y decir al soberano Pontífice que su señor estaba dispuesto a someterse y a dar a la Santa Sede toda clase de satisfacciones; si se le concedían legados más equitativos. Inocencio III consintió, y mandó salir con destino a Francia al notario apostólico Milón, hombre de prudencia consumada, con la especial misión de escuchar y juzgar la causa del conde. Milón convocó en Valencia a una asamblea de obispos, en la que Ramón, que acudió a ella, aceptó las condiciones de paz que se le habían presentado y propuesto. Estas condiciones eran las siguientes: que arrojaría a los herejes de sus tierras, quitaría a los judíos todo empleo público, repararía los perjuicios y daños que había causado a los monasterios y a las iglesias, restablecería en sus sedes a los obispos de Carpentras y de Vaison, vigilaría la seguridad de los caminos, no exigiría impuestos contrarios a los usos y costumbres antiguos del país, y purgaría sus dominios de las bandas armadas que los infestaban. Como prenda de su sinceridad, Ramón puso en manos del legado al conde de Melgueil y siete ciudades de Provenza que le pertenecían, con la condición de perder su soberanía sobre ellas si faltaba al cumplimiento de su palabra. Se convino que su reconciliación solemne con la Iglesia tendría lugar en San Gil, según las formas usuales en aquellos tiempos. Si el conde de Tolosa obraba de buena fe, la penitencia pública a que se sometía, lejos de rebajarle ante sus contemporáneos y la posteridad, sería para él un título respetable ante todos los cristianos. Teodosio no perdió nada de su gloria por dejarse detener por san Ambrosio a las puertas de la catedral de Milán; lo que deshonra es el crimen, pues la expiación voluntaria, en un soberano sobre todo, es un homenaje que se rinde a Dios y a la Humanidad, que realza al que es capaz de rendirlo y le hace partícipe del honor invencible existente en Jesucristo crucificado. Tal vez el orgullo no comprenda lo que digo: pero ¿qué importa? Hace largo tiempo que la cruz es dueña del mundo, sin que la soberbia haya podido adivinar el por qué. Dejemos a este ciego de nacimiento, y repitamos a quienes pueden comprenderlas las palabras de Aquel que ha conquistado la tierra y el Cielo por medio de un suplicio voluntariamente sufrido: “Porque el que se ensalzare será humillado, y el que se humillare será ensalzado”. (San Mateo, capítulo XXIII, 12.) Si el conde de Tolosa hubiere obrado de buena fe, la penitencia que había aceptado hubiese hecho se interesasen por él en todas partes. Los hombres desgraciados no conocerán nunca lo bastante el poder del arma que tienen entre sus manos. Pero el conde de Tolosa no obraba de buena fe; la política solamente era lo que le había arrancado las promesas que no sentía voluntad de cumplir; y cuando a las puertas de la abadía de San Gil, después de haber jurado sobre las reliquias de los santos y sobre el mismo cuerpo del Señor cumplir todo cuanto había prometido, presentó sus espaldas desnudas a la disciplina del legado, esto no dejó de ser una indigna escena de perjurio y de ignominia. Lo que no hubiere debido sufrir en último extremo, lo soportaba este hombre sin sacar la espada. Una memorable circunstancia vino a agravar su castigo y darle una gran ejemplaridad. Cuando quiso salir de la iglesia, la muchedumbre estaba tan apiñada, que no pudo dar un solo paso; se le franqueó una salida secreta a través de los subterráneos consagrados a los sepulcros, y pasó desnudo y acardenalado ante la tumba de Pedro de Castelnau.

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Message  Javier le Jeu 29 Nov 2018, 2:27 pm

Algunos días después de haber tenido lugar esta escena, es decir, el 18 de junio de 1209, el legado Milón fue a reunirse en Lyón al ejército de los cruzados. Este ejército llevaba a su cabeza al duque de Borgoña, los condes de Nevers, de San Pablo, de Bar, de Montfort; muchos otros señores notables, y algunos prelados. Inocencio III había ordenado, en caso de absolución del conde de Tolosa, que se respetase su dominio directo, pero que se marchase contra sus vasallos y sus aliados para obtener su sumisión. El ejército avanzó, pues, hacia el Languedoc, y apenas había llegado a Valencia, el conde Ramón se presentó en persona llevando la cruz. Pusieron cerco a Beziers, que, tomado por asalto de improviso, fue víctima del furor de los soldados, sin distinción de edad, sexo ni religión. Los legados, en sus cartas al soberano Pontífice, estimaron el número de muertos en cerca de veinte mil. Esta carnicería, que no había sido ni voluntaria ni prevista, fue uno de los acontecimientos que han dado a la guerra de los Albigenses un color que ningún historiador ha podido borrar. La toma de Carcasona siguió pronto a la de Beziers. Los habitantes se rindieron y salvaron sus vidas; la ciudad fue abandonada al saqueo, con premeditación. Difícil era inaugurar de peor manera una guerra justa en su principio.

Hasta aquel momento la Cruzada no tuvo por alma y jefe más que al abad del Císter. Después del éxito de Beziers y de Carcasona, los cruzados, entre los cuales muchos pensaban ya en la retirada, creyeron útil elegir un jefe militar. La elección fue puesta en manos de un consejo compuesto por el abad Císterciense, dos obispos y cuatro caballeros, que no juzgaron a nadie más digno del mando que al conde Simón de Montfort. Este guerrero descendía de la casa de Hainaut; había sido fruto del matrimonio de Simón III, conde de Montfort y de Evreux, con una hija de Roberto, conde de Leicester, y había tomado por esposa a Alicia de Montmorency, mujer heroica como su nombre. No podía decirse que existiese un capitán más atrevido ni un caballero más religioso que el conde de Montfort y si hubiese unido a las eminentes cualidades que brillaban en su persona un fondo mayor de desinterés y de suavidad, ninguno de los cruzados de Oriente hubiese podido superarle en gloria. Tan pronto fue nombrado para mandar como General, se vio casi abandonado por todos. El conde de Nevers, el de Tolosa, el duque de Borgoña, se retiraron uno tras otro, dejando con Montfort una treintena de caballeros y un pequeño número de soldados. Fue esto un cambio de fortuna ordinario en esta clase de expediciones, a las que cada uno se adhiere libremente y se retira de la misma manera.

Como se verá, lo único que quiero trazar es la intención general de la guerra y de las negociaciones. El nudo no es cosa fácil de deshacer, porque se disputaban la dirección dos planes: el del abad del Císter y el del Papa.

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Message  Javier le Sam 01 Déc 2018, 6:22 am

El plan del abad del Císter, de concierto con los principales obispos de Languedoc y de los países vecinos, era deshacer por completo la casa de Tolosa. Este plan era injusto e impolítico. Era injusto, porque si Ramón IV merecía su ruina, y era imposible fiarse de él en el porvenir, no ocurría lo mismo con su hijo, niño de doce años, que no era cómplice de los crímenes de su padre, ni incapaz de recibir una educación cristiana bajo una tutela desinteresada. Era impolítico, porque de esta manera se mezclaba a la cuestión religiosa, sobre la cual estaba de acuerdo la cristiandad, una cuestión de familia que pudiera dividir a aquélla; era también dar un color de ambición a una guerra emprendida por motivos más puros. Verdad es que el abad del Císter había tenido la rara felicidad de encontrar en el conde de Montfort un hombre formado expresamente para su plan, y tal vez no fue hasta después de haberle visto obrar cuando se le ocurrió la idea de aniquilar la casa de Tolosa. Pero las cualidades guerreras del conde de Montfort no eran para los súbditos y vasallos de aquella casa sino las cualidades de un enemigo, y el abad del Císter, que quería obrar con rapidez por miedo a no disponer siempre de las fuerzas necesarias a una cruzada, hubiese debido tener en cuenta que el tiempo, del cual desconfiaba, era necesario para sustituir en el gobierno de un país una familia vieja por una nueva; también hubiera debido tener en cuenta el temor de transformar una guerra católica en guerra personal entre los Ramón y los Montfort. El abuso que hizo de su autoridad para sostener un mal plan fue la causa de las culpas y violencias que quitaron a la Cruzada contra los Albigenses el carácter de santidad que desde otros puntos de vista poseía.

Inocencio III era un hombre distinto del abad del Císter. Ante todo ocupaba aquella silla privilegiada que, además de gozar de la ayuda eterna del Espíritu Santo, tiene la ventaja de ser extraña, por su misma excelsitud, a las pasiones que llegan a insinuarse hasta en la mejor de las causas. Mientras con demasiada frecuencia el celo inconsiderado quiere perder a los hombres juntamente con los errores, el papado se esforzó siempre por salvar a los hombres al matar los errores. Inocencio III no sentía deseo alguno de deshacer la casa de Tolosa; no llegó a desesperar de que el viejo conde Ramón volviese a los dignos sentimientos de sus padres. En las cartas de excomunión había previsto formalmente el caso de su arrepentimiento, y tan pronto tuvo noticia de los actos de San Gil se apresuró a obligar a que no tocasen sus tierras. Pero el Papa no tenía a nadie en Francia para secundarle en sus generosas intenciones; no pudo luchar contra la fuerza de los acontecimientos, y sus vanos esfuerzos únicamente sirvieron para honrar su memoria. El conde Ramón, al abandonar el sistema práctico que había adoptado al principio, contribuyó al triunfo de los enemigos de su familia, y fue preciso que una mano suprema interviniese para cambiar de repente el aspecto de las cosas.

Aunque Montfort quedó con poca gente, no dejó de avanzar, tomar ciudades, perderlas y volverlas a tomar, mientras el conde de Tolosa, tranquilo por su reconciliación con la Iglesia, no parecía inquietarse por la caída de sus aliados y vasallos. Pero un concilio celebrado en Avignon por los metropolitanos de Viena, Arles, Embrun y Aix, bajo la presidencia de los dos legados Hugo y Milón, vino a hacerle perder su seguridad. El concilio que se inauguró el 16 de septiembre de 1208, le dio un plazo de seis semanas para cumplir las promesas que había hecho en San Gil, y de no cumplirlas quedaría excomulgado. Ramón, al recibir estas noticias, salió para Roma. Admitido en audiencia por el Padre Santo, que le recibió con testimonio de afecto, se quejó del rigor de los legados para con él, presentó testimonios auténticos de varias iglesias a las que había indemnizado y se declaró preparado a cumplir el resto de sus juramentos pidiendo también justificarse de la muerte de Pedro de Castelnau y de las inteligencias con los herejes de que se le acusaba. El Papa le animó en estos sentimientos y ordenó se reuniese un nuevo concilio de obispos en Francia para hacerse cargo de su justificación, con esta cláusula expresa: que si era culpable, se reservaría la sentencia a la Santa Sede. Ramón, al salir de Roma, visitó la corte del emperador y la del rey de Francia con la esperanza de obtener alguna ayuda, pero sin éxito. Le fue preciso, pues, presentarse ante el concilio que tenía que juzgar su causa, y que debía tener lugar en San Gil hacia mediados de septiembre del año 1210. Quiso justificarse en él de las dos acusaciones de inteligencia con los herejes y complicidad en el asesinato de Pedro de Castelnau; el concilio rehusó escucharle sobre estos dos puntos, requiriéndole sencillamente a que cumpliese su palabra purgando sus dominios de herejes y de la mala gente que los llenaba. Sea que Ramón no pudiese dar satisfacción a esta exigencia o que no sintiese voluntad para ello, el caso es que volvió a Tolosa persuadido de que el artificio era inútil y que desde aquel momento nada tenía que esperar de ninguna parte, sino confiarlo todo a la suerte de las armas. El concilio se abstuvo, no obstante, de castigarle con la excomunión, porque el soberano Pontífice se había reservado la sentencia e Inocencio III se contentó con escribirle una carta urgente y afectuosa, en la que le exhortaba, sin amenaza alguna, a cumplir lo que había prometido. (Lib. XIII, carta LXXXVIII.)

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Message  Javier le Dim 02 Déc 2018, 1:48 pm

El rey de Aragón intervino por su parte con objeto de evitar una ruptura definitiva, teniendo lugar dos conferencias sobre este asunto en el invierno de 1211, una en Narbona y la otra en Montpellier. En la primera el conde de Tolosa rechazó abiertamente las condiciones que le habían sido impuestas en San Gil; en la segunda pareció que consentía al principio, pero más tarde se retiró de repente sin despedirse. El rey de Aragón, irritado por esta conducta, pidió en matrimonio una hija del conde Montfort, que a la sazón contaba tres años, para su hijo, niño de la misma edad, entregando éste a los cuidados del conde para que le educase bajo su dirección. Pero poco después se arrepintió, dando a su hermana en matrimonio al único hijo de Ramón, reforzando con esta alianza los lazos, muy estrechos ya, que le unían a la causa de la herejía.

Por fin el abad del Císter lanzó la excomunión, y envió al Papa un diputado con el fin de obtener fuese confirmada. Inocencio III la confirmó y Ramón se preparó para la guerra, asegurándose la fidelidad de sus súbditos y la ayuda de diversos señores, particularmente los condes de Foix y de Comminges. Rechazó a Montfort, que se había presentado ante los muros de Tolosa, y el ejército albigense fue a acampar ante Castelnaudary, cuyo sitio se vio obligado a levantar después de una sangrienta batalla. Los cruzados alcanzaron victorias tomando varias ciudades; el país de Foix y de Comminges se vieron invadidos, y Ramón se dirigió a España para implorar el socorro del rey de Aragón.

Lo que tuvo lugar entonces demuestra cuán incierto y combatido estaba el Papa. El rey de Aragón, antes de recurrir a las armas para proteger a su cuñado, juzgó a propósito intentar primero la vía de las negociaciones, enviando una embajada al soberano Pontífice para quejarse del conde de Montfort, que se apoderaba de los feudos pertenecientes a su corona, y de los legados apostólicos, que rehusaban en absoluto admitir la penitencia del conde de Tolosa. Inocencio III, prevenido por estas quejas, escribió reprochándolas a sus legados y ordenándoles reuniesen un concilio, compuesto de obispos y señores del país, para ver de procurar los medios sobre los que se pudiere asentar la paz. (Lib. XV, carta CCXI).

Pero mientras estas cartas, fechadas a principios del año 1213, estaban en camino, se reunió un concilio en Lavaur, a petición del rey de Aragón, quien por medio de solicitud escrita había suplicado a los legados y obispos devolviesen a los condes de Tolosa, de Comminges y de Foix, lo mismo que al vizconde de Béarn, las tierras que se les había quitado y levantarles la excomunión de la Iglesia a precio de la satisfacción que se les exigiese. En caso de rechazo en cuanto al viejo Ramón, el rey solicitaba para su hijo la justicia del concilio. El concilio decidió que no se debía admitir al conde de Tolosa ninguna justificación por haber violado su palabra constantemente; pero que se recibiría la penitencia de los condes de Foix y de Comminges y del vizconde de Béarn tan pronto la deseasen. El rey de Aragón, juzgando que tal respuesta manifestaba una decisión premeditada contra la casa de Tolosa, declaró solemnemente que apelaba a la clemencia de la Santa Sede contra el inexorable rigor de los legados y obispos, y que tomaba bajo su real protección al conde Ramón y a su hijo. Aquel príncipe no podía ser sospechoso de hereje: había sometido su reino a la Iglesia romana en calidad de feudo apostólico y había servido valientemente a la cristiandad contra los moros en España. El peso de su nombre y de su espada hacía peligrosa la empresa. Por ello el concilio de Lavaur se apresuró a enviar cuatro diputados al soberano Pontífice, con una carta, con objeto de persuadirle de que la causa católica estaba perdida si no se privaba para siempre al conde de Tolosa de sus dominios, tanto a él como a sus herederos. Los arzobispos de Arles, Aix y Burdeos; los obispos de Maguelonne, Carpentras, Vaison, Bazas, Beziers y Periguex, escribieron en el mismo sentido al Padre Santo. Inocencio III se quejó de haber sido engañado por el rey de Aragón; le envió a decir desistiese de su empresa y pactase una tregua con el conde de Montfort, esperando la llegada de un cardenal que iba a enviar a aquellos lugares. (Lib. XVI, carta XLVIII.) Pero la suerte había sido ya decidida. El rey reunió un ejército en Cataluña y Aragón, y, pasando los Pirineos, vino a unir sus tropas con las de los condes de Tolosa, Foix y Comminges.

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Message  Javier le Mer 05 Déc 2018, 3:53 pm

Montfort estaba en Fanjeaux cuando se enteró de que el ejército confederado, compuesto por cuarenta mil infantes y dos mil caballos habían avanzado hacia Muret, plaza importante situada al sur del Garon, a tres leguas más arriba de Tolosa. Este fue el momento sublime de su vida. Solamente contaba en su servicio ochocientos caballos y un reducido número de infantes; súbitamente salió para Muret una mañana, acompañado por sus hombres de armas y los obispos de Tolosa, Nomes, Uzés, Lodéve, Beziers, Agde, Comminges y tres abades Cístercienses. Al llegar el mismo día al monasterio de Bolbonne, perteneciente a la Orden del Císter, entró en la iglesia, orando en ella largo rato, y poniendo su espada sobre el altar, la recogió luego, diciendo a Dios: “¡Oh, Señor, que me habéis escogido, aunque indigno, para hacer la guerra en nombre vuestro; hoy tomo mi espada de este altar, a fin de recibir mis armas de vuestras manos, puesto que es por Vos por quien voy a combatir!” (Pedro de Vaulx-Cernay: “Historia de los Albigenses”, capítulo LXXI.)

Luego marchó a Saverdún, pasando allí la noche; al día siguiente se confesó, redactó su testamento y lo envió al abad de Bolbonne, rogándole lo transmitiese al soberano Pontífice, si perecía en el combate. Por la tarde franqueó el Gerona por un puente sin verse inquietado, y se encontró tras las torres de Muret, guardadas por una treintena de caballeros. Era el miércoles 12 de septiembre de 1213. Antes de poner pie en la ciudad se le unieron los
obispos, quienes le dejaron para ir al campo enemigo a pedir la paz; pero el rey de Aragón les contestó que no valía la pena que un rey y los obispos entrasen en conferencia por un puñado de gladiadores. A pesar del poco éxito de esta tentativa, cuando despuntó el alba, los obispos encargaron a un religioso fuese y dijera que ellos y todas las órdenes eclesiásticas vendrían descalzos a conjurarle para que tomase mejores soluciones. ¡Cuán pesaroso estaría el conde de Tolosa por sus perjurios y sus humillaciones sin fruto! ¡Cómo se acusaría entonces de no haber recurrido desde el comienzo a una guerra leal y valerosa, en lugar de dejar aplastar a sus amigos y deshonrar su causa! Pero se equivocaba: la guerra, como el artificio, debía serle funesta. Dios veía el corazón de aquel príncipe y no se compadecía de su suerte.

Los obispos se disponían a salir de Muret en acto de suplicaciones, cuando un cuerpo de caballeros enemigos se precipitó hacia sus puertas. Montfort dio orden a los suyos para que se dispusiesen en formación de batalla en la parte baja de la ciudad; él mismo revistió su armadura, después de haber orado en una iglesia, en la que el obispo de Uzés ofrecía el santo sacrificio de la misa. Volvió cuando estuvo armado, y, al doblar la rodilla, los lazos que unían la parte baja de su armadura se rompieron. Se pudo observar que en el momento en que colocaba el pie en el estribo, su caballo levantó la cabeza y le hirió. Estos presagios no conmovieron el corazón del caballero, aunque se da el caso que los hombres de su temple se muestren sensibles ante estas cosas. Se dirigió hacia sus tropas seguido de Foulques, obispo de Tolosa quien llevaba en sus manos el crucifijo. Los caballeros echaron pie a tierra para adorar a su Salvador y besar su imagen; pero el obispo de Comminges, viendo que el tiempo pasaba, tomó el crucifijo de manos de Foulques, y desde un lugar elevado arengó al ejército con pocas palabras y le bendijo. Después de esto, todos los eclesiásticos presentes se retiraron a la iglesia para orar, y Montfort salió de la ciudad a la cabeza de ochocientos caballos, sin infantería.

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Message  Javier le Sam 08 Déc 2018, 1:07 pm

El frente de los confederados se extendía sobre una llanura al occidente de la ciudad. Montfort, que había salido por una puerta opuesta, como si hubiese querido huir, dividió su gente en tres escuadrones y se dirigió rectamente hacia el centro del enemigo. Su esperanza después de la que ponía en Dios, era cortar las líneas confederadas, producir el desorden y el espanto por lo atrevido del ataque y aprovecharse de todos los azares que la vista de los grandes capitanes descubre en el horror de un cuerpo a cuerpo. Esto fue lo que sucedió. El primer escuadrón rompió la vanguardia enemiga; el segundo penetró hasta sus últimas filas, en donde se hallaba el rey de Aragón rodeado de lo más escogido de los suyos; Montfort, que seguía de cerca con el tercero, tomó de flanco a los aragoneses, ya sorprendidos. La fortuna vaciló unos momentos; el tiempo era precioso, pues los batallones tan felizmente franqueados más bien estaban sorprendidos que vencidos y podían atacar a Montfort por retaguardia. Un golpe, que dio con el rey de Aragón muerto en tierra, decidió la jornada. Los gritos y la huída de los aragoneses arrastró a los demás. Los obispos, que oraban con angustia en la iglesia de Muret, unos prosternados en el suelo, otros levantando sus manos al cielo hacia Dios, fueron prontamente atraídos hacia los muros por los ecos de la victoria, y pudieron ver la llanura cubierta por soldados que huían, perseguidos por la mano terrible de los cruzados. Un cuerpo de soldados que intentaba tomar la ciudad por asalto lanzó las armas a tierra y fue destruido en su huída. Mientras tanto, Montfort volvía de su persecución tras los vencidos, y al cruzar el campo de batalla encontró en tierra al rey de Aragón, ya despojado y desnudo. Bajó del caballo y besó llorando los restos magullados de aquel príncipe desgraciado. Pedro II, rey de Aragón, era un bravo caballero, amado por sus súbditos, católico sincero y digno de no morir de aquella suerte. Los lazos que unían sus dos hermanas con Ramón le obligaron a ir en ayuda de una causa que estimaba no ser ya la de la herejía, sino la de la justicia y el parentesco. Sucumbió por un secreto juicio de Dios; tal vez por haber despreciado las súplicas de los obispos y abusado en su corazón de una victoria que consideraba segura. Montfort, después de haberse ocupado de darle sepultura, entró en Murat descalzo, subió a la iglesia para dar gracias a Dios por su protección, y dio a los pobres el caballo y la armadura con los que había combatido. Esta memorable batalla, fruto de una conciencia que se creía segura de luchar por Dios, figurará siempre entre los bellos actos de fe llevados a cabo por los hombres en este mundo.

Domingo estaba en Muret con los siete obispos que hemos mencionado y los tres abades del Císter. Algunos historiadores antiguos han escrito que iba a la cabeza de los combatientes, con la cruz en la mano; en la casa de la Inquisición de Tolosa se enseñaba un crucifijo agujereado por las flechas, diciendo que era el que había llevado Domingo en la batalla de Muret. Pero los historiadores modernos no dicen nada parecido; por el contrario, afirman que Domingo quedó en la ciudad orando, juntamente con los obispos y los religiosos. Bernardo Guidonis, uno de los autores que han escrito sobre su vida y que habitó en la Inquisición de Tolosa desde 1308 hasta 1322, no hace referencia alguna sobre el crucifijo que se ha visto allí más tarde.

La batalla de Muret dio un golpe mortal a los asuntos del conde de Tolosa. Sus aliados y los habitantes de su capital ofrecieron sumisión al soberano Pontífice, el cual encargó al cardenal Pedro de Benevento les reconciliase con la Iglesia y obligase al conde de Montfort a enviar a España al nuevo rey de Aragón, niño de corta edad que conservaba rehén desde que su padre se lo había enviado para educarlo y casarlo con su hija. El cardenal cumplió su doble misión en el invierno de 1214. Hasta llegó, cosa verdaderamente notable, a conceder la absolución al conde de Tolosa; pero este acto de misericordia no sirvió al vencido para sus intereses temporales. En el mes de diciembre siguiente se reunió un concilio en Montpellier para decidir a quién pertenecía la soberanía del país conquistado. El concilio acordó unánimemente que pertenecía al conde de Montfort, cuya brillante y fuerte espada había fallado los destinos de la guerra; sin embargo el soberano Pontífice, en carta del 17 de abril de 1215 (véase “Concilios de Labbé”, t. XIII, pág. 888), declaró que Montfort conservaría en depósito su conquista hasta que el concilio ecuménico de Letrán, al que había reservado esta cuestión, pronunciase su sentencia definitiva. Era éste un último esfuerzo por parte de Inocencio III para salvar la casa de Tolosa. El conde Ramón, abandonado por todos, se había retirado a la corte de Inglaterra con su hijo.

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Message  Javier le Dim 09 Déc 2018, 1:50 pm

El día 11 de noviembre de 1215, al salir el sol y bañar los Apeninos, encontró en la solitaria iglesia de San Juan de Letrán la asamblea más augusta del mundo. En ella tomaron asiento setenta y dos primados y metropolitanos, cuatrocientos doce obispos, más de ochocientos abades y priores de monasterios, una multitud de procuradores de abadías y obispados ausentes; los embajadores del rey de los Romanos, el emperador de Constantinopla, de los reyes de Francia, Inglaterra, Hungría, Aragón, Jerusalén y Chipre; los diputados de una infinita multitud de príncipes, ciudades y señores, y sobre todos ellos la venerable figura de Inocencio III. El abad del Císter, arzobispo de Narbona, sobresalía entre los asistentes; el conde Simón de Montfort estaba representado por su hermano Guy de Montfort; los dos Ramones vinieron personalmente, como los condes de Foix y de Comminges. El día señalado para juzgar esta grande causa de la cruzada albigense, los dos Ramones entraron en la asamblea, juntamente con los condes de Foix de Comminges, prosternándose los cuatro al pie del trono apostólico. Al levantarse, expusieron la manera cómo habían sido despojados de sus feudos, a pesar de su completa sumisión a la Iglesia romana y la absolución que les había concedido el legado Pedro de Benevento. Un cardenal tomó la palabra en su favor con mucha fuerza y elocuencia; el abad de Saint-Tibêre y el chantre de la iglesia de Lyón hicieron lo mismo; este último, sobre todo, pareció conmover al Papa. Pero la mayor parte de los obispos, especialmente los franceses, votaron en contra de los que suplicaban, protestando y diciendo que la religión católica desaparecería del Languedoc si se les restituían sus posesiones, y que toda la sangre vertida por aquella causa sería sangre y abnegación perdidas. El concilio declaró, pues, al conde Ramón desposeído de sus feudos, que se le transferían con ello definitivamente al conde de Montfort, asignándole una pensión de cuatrocientos marcos de plata, con la condición de que viviría fuera de sus antiguos dominios; su mujer, Leonor, conservaría los bienes que constituían su dote. El marquesado de Provenza se reservaba al joven Ramón, su hijo, para que entrase en posesión al llegar a su mayor edad si era fiel a la Iglesia. En cuanto a los condes de Foix y de Comminges, su causa fue diferida para examen más maduro. Es digno de observar que el marquesado de Provenza, destinado al joven Ramón, estaba constituido por ciudades que su padre había abandonado a la Santa Sede, en el caso en que dejase de cumplir las promesas hechas en San Gil; varias veces se había propuesto al soberano Pontífice las reuniese al dominio apostólico; pero nunca quiso consentir en ello, y no se valió de los derechos que había adquirido sino para conservarlos a la casa de Tolosa.

Después de la clausura del concilio, el joven Ramón, que se había granjeado la estimación de todos por su noble conducta, fue a despedirse del Papa. No le ocultó que se creía injustamente privado del patrimonio de sus antepasados, y le dijo, con una firmeza ingenua y respetuosa, que aprovecharía todas las ocasiones para recobrar gloriosamente lo que había perdido sin culpa. Inocencio, conmovido por la desgracia y los ánimos de aquel joven de dieciocho años, le concedió esta bendición profética: “Hijo mío, Dios quiera que en todos vuestros actos podáis comenzar bien y terminar mejor”. (“Historia General del Languedoc”, t. III.)

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Message  Javier le Mar 11 Déc 2018, 3:46 pm

Investido Montfort por Felipe Augusto con los títulos de duque de Narbona y conde de Tolosa, no gozó mucho tiempo del poder que había adquirido tan laboriosamente. El año 1216 no había terminado aún cuando el joven Ramón era dueño ya de una parte de Provenza. Tolosa, por otra parte, cansada ya del yugo de su nuevo conde, llamó al viejo Ramón, haciéndole venir del refugio que había buscado en la corte de Inglaterra, y le abrió sus puertas. Gran número de señores, al recibir las noticias de este cambio de fortuna, se apresuraron a prestar juramento de fidelidad a su antiguo señor. El vencedor de Muret pudo comprender entonces que no era suficiente ganar batallas, ni conquistar ciudades por asalto, para adquirir el prestigio que gobierna a los pueblos; se había enfrentado, por desgracia, con aquella fuerza honrada existente en la humanidad, y que hace que no se pueda reinar sobre los hombres cuando no se reina sobre sus corazones. Arrojado de Tolosa, a la cual en vano había desarmado y aterrado por medio de suplicios, puso cerco tristemente ante sus muros, que no debía ya franquear. La larga duración del cerco, la incertidumbre del porvenir, los reproches que le dirigía por su inacción el cardenal Bertrand, legado apostólico, así como también el desaliento que causan los reveses cuando llegan tarde, produjeron en el esforzado caballero una melancolía que llegó hasta hacerle pedir a Dios que le llamase a su seno. El 25 de junio de 1218 le dijeron, muy temprano, que los enemigos estaban emboscados en los fosos del castillo. Pidió sus armas y, después de revestirlas, fue a oír misa. Ya estaba comenzada cuando se le advirtió que las máquinas de guerra habían sido asaltadas y en peligro de quedar destruidas. “Permitidme - dijo - que vea el sacramento de nuestra redención.” Llegó otro mensajero y le anunció que sus tropas no podían resistir. “No iré hasta que no haya visto a mi Salvador.” (Pedro de Vaul-Cernay. “Historia de los Albigenses”, capítulo LXXXVI.) Al fin, al elevar la hostia el sacerdote, Montfort, de rodillas en tierra y elevando sus brazos al cielo, pronunció estas palabras: “NUNC DIMITTIS”, y salió. Su presencia en el campo de batalla hizo retroceder al enemigo hasta los fosos de la plaza; pero aquella fue su última victoria. Recibió una pedrada en la cabeza; se golpeó el pecho, se encomendó a Dios y a la bienaventurada Virgen María y cayó muerto.

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Message  Javier le Sam 15 Déc 2018, 3:14 pm

La fortuna continuó favoreciendo a los Ramones. De los dos hijos que había dejado el conde de Montfort, el más joven murió ante los muros de Castelnaudary. Cuatro años de malos éxitos persuadieron al mayor de que no era capaz de estar al frente de la herencia que le había dejado su padre y cedió todos sus derechos en favor del rey de Francia. El viejo Ramón, tranquilo en Tolosa bajo la protección de las victorias de su hijo tuvo aún tiempo para volver sus ojos hacia Dios, que le había castigado y restablecido luego en sus dominios. El día 12 de julio de 1222, al volver de orar a la puerta de una iglesia, pues continuaba excomulgado, se sintió enfermo, y envió buscar apresuradamente al abad de San Sernín para que le reconciliase con la Iglesia. El abad le encontró ya sin poder hablar. El viejo conde, al verle, levantó los ojos al cielo y le tomó ambas manos entre las suyas hasta que exhaló el último suspiro. Su cuerpo fue transportado a la iglesia de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, cuyo lugar había elegido para que le diesen sepultura; pero no se atrevieron a enterrarle a causa de su excomunión. Le dejaron allí en un féretro abierto y tres siglos más tarde se le podía ver aún acostado, sin que mano alguna fuese lo suficientemente atrevida para clavar una tabla sobre aquella madera consagrada por la muerte y el tiempo. La cuestión de su inhumación, a petición de su hijo, fue agitada durante los pontificados de Gregorio IX e Inocencio IV. Numerosos testimonios aseguraron que antes de morir había dado verdaderas pruebas de arrepentimiento: sin embargo, se temía remover aquellas cenizas, concediéndoles honores demasiado tardíos.

Ramón VII sobrevivió veintiséis años a su padre. Supo defenderse hasta contra las armas de Francia; pero demasiado débil para sostener continuamente tal esfuerzo, convino un tratado con san Luis en 1228, tratado que terminó aquella larga guerra. El matrimonio de su única hija con el conde de Poitiers, uno de los hermanos del rey con la cesión del condado de Tolosa como dote; el abandono de algunos territorios; la promesa de ser fiel a la Iglesia y de servirse de su autoridad contra los herejes, tales fueron las condiciones principales de la paz. La Iglesia la confirmó, devolviendo su comunión al joven conde, que, como penitencia, prometió servir a la cristiandad en Palestina durante cinco años. Veinte años después pensó seriamente en cumplir lo prometido y salió para Tierra Santa. Pero Dios le detuvo en el camino. Se sintió enfermo en París, no lejos de Rodez, desde donde, al hacerse transportar a Milhaud, murió el 26 de septiembre de 1248, rodeado de los obispos de Tolosa, Agen, Cahors y Rodez; de los cónsules de Tolosa y una multitud de señores, llegados todos para recibir el adiós de un príncipe a quien amaban, y en el cual se extinguió, en su línea masculina, la rama mayor de una ilustre raza. Cuando trajeron el santo Viático al conde, se levantó de su lecho y se puso de rodillas en tierra ante el cuerpo de su Señor, realizando a su muerte, como en su vida, el voto que Inocencio III había expresado en otro tiempo, dirigiéndose a él, al bendecirle en su juventud, diciéndole: “Hijo mío, Dios quiera que en todos vuestros actos podáis comenzar bien y terminar mejor”.

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Message  Javier le Jeu 20 Déc 2018, 3:21 pm

CAPÍTULO VI - Apostolado de santo Domingo desde el principio de la guerra de los Albigenses hasta el cuarto concilio de Letrán. - Institución del Rosario. - Reunión de santo Domingo y de sus primeros discípulos en una casa de Tolosa.

El momento en que estalló la guerra de los Albigenses fue precisamente aquel en que se reveló toda la virtud y todo el genio de Domingo. Tenía que temer dos escollos: abandonar su misión en un país regado por la sangre y lleno de alarmas, o tomar en la guerra la misma participación que los religiosos del Císter. En ambos casos dejaba de cumplir su destino. Si huía, desertaba del apostolado; y si se mezclaba en la cruzada, privaba a su vida y a su palabra del carácter apostólico. Por eso no hizo ni una cosa ni otra. Tolosa era, en Europa, la capital de la herejía; era, pues, en Tolosa en donde debía procurar obrar preferentemente, imitando a los primeros apóstoles, quienes, lejos de huir del mal, iban siempre a buscarlo precisamente en el foco de su gravedad. San Pedro fijó primeramente su residencia en Antioquía, la reina de Oriente, enviando a su discípulo san Marcos a Alejandría, una de las ciudades más ricas y más comerciales del mundo; san Pablo habitó durante largo tiempo en Corinto, afamado entre las ciudades griegas, a causa del esplendor de su corrupción; ambos, sin haberse puesto de acuerdo, vinieron a morir en Roma. “No está bien que un profeta, decía Jesucristo, perezca fuera de Jerusalén.” (San Lucas, XIII, 33.) - Era, pues, en Tolosa, foco y faro de todos los errores, en donde convenía a Domingo levantar su tienda, fuese cual fuera el cariz de los asuntos. Los hombres de poca fe esperan la paz, según dicen ellos, para obrar; el Apóstol siembra en la tempestad para cosechar cuando llega el buen tiempo. Recuerda las palabras de su Maestro que dicen: “Oiréis hablar de batallas y ruido de batallas; procurad no perder la serenidad”. (San Mateo, XXIV.) Pero al perseverar en su misión a pesar de los terrores de la guerra, Domingo comprendió que entonces menos que nunca debía alterar la fisonomía pacífica y abnegada. Por muy justo que sea desenvainar la espada contra aquellos que imprimen a la verdad con la violencia, es cosa difícil que la verdad no sufra por esta protección y no se ha haga cómplice de los excesos inseparables de todo conflicto sangriento. La espada no se detiene precisamente en el límite del derecho; es naturaleza suya volver a su vaina con dificultad una vez caldeada en manos del hombre. Para combatir al lado de la justicia hay que ser ángeles, pues el espíritu humano siente retrocesos tan rápidos, que los opresores vencidos pudieran tener la esperanza de encontrar asilo en la parcialidad de la compasión. Era de importancia soberana que Domingo continuase fiel al plan del magnánimo Azevedo, y que al lado de la caballería armada para defender la libertad de la Iglesia apareciese el hombre evangélico, fiado solamente en la fuerza de la gracia y de la persuasión. En Polonia, cuando el sacerdote recitaba el Evangelio en el altar, el caballero desenvainaba su espada hasta su mitad y escuchaba en esta apostura militar la dulce palabra de Cristo. He aquí las verdaderas relaciones de la ciudad del mundo con la ciudad de Dios, representada por el sacerdote, habla, ruega, bendice y se ofrece en sacrificio; la ciudad del mundo, representada por el caballero, escucha en silencio, unida a todos los actos del sacerdote, y empuña su espada atenta, no para imponer la fe, sino para asegurar su libertad. El sacerdote y el caballero cumplen en el misterio del Cristianismo dos funciones que no deben confundirse nunca, entre las cuales la primera debe ser siempre más visible que la segunda. Mientras el sacerdote canta en voz alta el Evangelio ante el pueblo y a la luz de los cirios, el caballero retiene su espada desenvainada hasta su mitad, porque la misericordia le habla al mismo tiempo que la justicia y porque el Evangelio mismo, por el que está preparado, le dice al oído: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra”. (San Mateo, V. 4.)

Domingo y Montfort fueron los dos héroes de la guerra de los Albigenses: el uno como caballero, el otro como sacerdote. Ya hemos visto la manera cómo Montfort cumplió su deber; veamos ahora cómo cumplió el suyo Domingo.

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Message  Javier le Sam 22 Déc 2018, 8:38 am

Se habrá observado, sin duda, que no se le nombra en parte alguna en los actos de esta guerra. Estaba ausente de los concilios, de las conferencias, de las reconciliaciones, de los asedios, de los triunfos; no se hace mención de él en ninguna de las cartas que se enviaban o venían de Roma. Le encontramos una sola vez en Muret, orando en una iglesia en el momento en que tenía lugar una batalla. Este silencio unánime de los historiadores es tanto más significativo cuanto que aquéllos pertenecen a escuelas diferentes: unos, religiosos; otros, laicos; unos favorables a los cruzados; otros, amigos de Ramón. No es posible creer que si Domingo hubiese desempeñado un papel cualquiera en las negociaciones y los hechos militares de la Cruzada, todos estos historiadores lo hubiesen callado de común acuerdo. Nos han legado respecto a él acciones de otro orden; ¿Por qué razón callar las otras? He aquí los fragmentos que nos han conservado de su vida en aquella época:

“Después de la vuelta del obispo Diego a su diócesis - dice el bienaventurado Humberto - , santo Domingo, que quedó casi solo con algunos compañeros que no le estaban sometidos por ningún voto, sostuvo durante diez años la fe católica en diversos lugares de la provincia de Narbona, particularmente en Carcasona y Fanjeaux. Se había entregado por completo a la salvación de las almas por medio de la predicación, y sufrió con resignación grande muchas afrentas, ignominias y angustias por el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.” (“Crónica”, n.2.)

Domingo había escogido Fanjeaux por residencia porque desde esta ciudad, situada sobre una altura, se descubría en la llanura el monasterio de Nuestra Señora de Prouille. En cuanto a Carcasona, que tampoco estaba alejada de aquel retiro, dio otra razón de su preferencia. Interrogado un día a qué razón se debía no vivir en Tolosa y en su diócesis, respondió. “Porque en la diócesis de Tolosa encuentro mucha gente que me honra con su amistad, mientras que en Carcasona todos están en contra mía”. (Constantino d’Orvieto: “Vida de Santo Domingo”, n. 44.) En efecto, los enemigos de la fe insultaban, valiéndose de todos los pretextos, al siervo de Dios; le escupían en la cara, le lanzaban pellas de barro, le echaban pajas a la capa para burlarse de él; pero él, superior a todo, como el Apóstol, se sentía dichoso de ser juzgado digno de sufrir oprobios en nombre de Jesús. Los herejes pensaron hasta en quitarle la vida. Una vez que le amenazaron con ello, les respondió: “No soy digno del martirio, pues aun no merezco tal muerte”. (Constantino d’Orvieto: “Vida de Santo Domingo”, n. 12.) Por eso, teniendo que pasar una vez por un lugar en donde sabía se le había preparado un lazo, no sólo pasó por allí, sino que lo hizo intrépidamente cantando con alegría. Extrañados por su constancia, los herejes le preguntaron otra vez, para tentarle, qué hubiese hecho si hubiese caído en sus manos, y él contestó: “Os hubiese rogado no me mataseis de un solo golpe, sino que me cortaseis los miembros uno por uno, y, después de haber puesto los pedazos ante mí, acabaseis por sacarme los ojos, dejándome medio muerto en mi sangre o acabándome de matar a placer”. (Constantino d’Orvieto: “Vida de Santo Domingo”, n. 12.)

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Message  Javier le Lun 24 Déc 2018, 9:49 am

Teodorico de Apolda cuenta el siguiente rasgo: “Sucedió que debía tener lugar una conferencia solemne con los herejes; un obispo se disponía a acudir a ella con gran pompa. Entonces el humilde heraldo de Cristo le dijo: “No es “de ese modo, padre mío, no es de esa manera como hay que obrar contra los hijos del orgullo. Los adversarios de “la verdad deben convencerse por medio de ejemplos de humildad, paciencia, religión y todas las virtudes, pero no “por el fausto de la grandeza y la ostentación de la gloria secular. Armémonos con la oración, y, dejando que brillen en nosotros los signos de la humildad, avancemos descalzos al encuentro de los Goliats”. El obispo hizo caso de aquel piadoso consejo, y todos se descalzaron. Como no conocían el terreno tuvieron que seguir a un hereje que encontraron en su camino, hereje a quien creyeron ortodoxo, y que les prometió conducirles directamente a su destino. Pero por malicia les hizo pasar por un bosque lleno de espinas, con las que se hirieron los pies, corriendo pronto la sangre a lo largo de sus piernas. Entonces el atleta de Dios, paciente y gozoso, exhortó a sus compañeros a dar gracias por lo que sufrían diciéndoles: “Confiad en el Señor, amados míos; tenemos la victoria asegurada, puesto que estamos expiando nuestros pecados a costa de nuestra sangre”. El hereje conmovido por aquella admirable paciencia, confesó su malicia y abjuró la herejía. (“Vida de Santo Domingo”, capítulo II, n. 35.)

Había en los alrededores de Tolosa algunas damas nobles a quienes la austeridad de los herejes había alejado de la fe. Domingo, al principio de una Cuaresma, fue a pedirles hospitalidad, con la intención de atraerlas al seno de la Iglesia. No entró en controversia alguna con ellas, pero durante toda la Cuaresma comió y bebió solamente pan y agua, tanto él como su compañero. Cuando quisieron prepararles las camas la primera noche, pidieron dos tablas para acostarse y hasta Pascua no durmieron en otro lecho, contentándose con un corto sueño, que interrumpían para orar. Ésta elocuencia muda fue tan poderosa para aquellas mujeres, que reconocieron el amor en el sacrificio y la verdad en el amor.

Se recordará que en Palencia quiso venderse Domingo para rescatar de la esclavitud al hijo de una pobre mujer. La misma voluntad demostró en el Languedoc respecto a un hereje que le confesó que si se inclinaba del lado de la herejía era a causa de su miseria; resolvió venderse para procurarle el sustento, y así lo hubiese hecho si la Divina Providencia no hubiese procurado a aquel desgraciado otros medios de existencia.

Un hecho aún más singular todavía nos prueba los recursos de su bondad. “Algunos herejes - dice Teodorico de Apolda - , apresados y convictos en tierras de Tolosa, fueron enviados al juicio secular porque rehusaban volver a la fe, el cual les condenó a la hoguera. Domingo dirigió su vista hacia uno de ellos, con un corazón iniciado en los secretos de Dios, y dijo a los oficiales del tribunal: “Poned a éste aparte, y guardaos de quemarle”. Luego, volviéndose hacia el hereje, con gran dulzura le dijo: “Yo sé, hijo mío, que necesitáis algún tiempo, pero que por fin seréis bueno y santo”. ¡Cosa amable como maravillosa! Aquel hombre vivió aún veinte años en la herejía, al cabo de los cuales, tocado por la gracia, pidió el hábito de la Orden, en la que vivió y murió con fidelidad.” (“Vida de Santo Domingo, cap. IV, número 54.)

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Message  Javier le Mar 25 Déc 2018, 9:43 am

Constantino d’Orvieto y el bienaventurado Humberto, al citar este mismo rasgo, añaden una circunstancia que exige alguna explicación. Dicen que los herejes de que se trata habían sido “convencidos” por Domingo antes de ser entregados al brazo secular. Estas son las únicas palabras del siglo XIII por las que se haya creído poder inducir la participación del santo en los procedimientos criminales. Pero los historiadores de la guerra de los Albigenses nos dicen muy claramente lo que era aquella “convicción” de los herejes. Los herejes no estaban en estado de sociedad secreta en el Languedoc; estaban armados y combatían por sus errores a la luz del sol. Cuando la suerte de la guerra ponía alguno de ellos en manos de los cruzados, se les enviaba gente de la Iglesia para exponerles los dogmas católicos y hacerles sentir la extravagancia de los suyos. A aquello se llamaba “convencerles”, no de ser herejes, puesto que no lo ocultaban ni mucho menos, sino de estar en un camino falso, opuesto a las Escrituras, la tradición y la razón. Se les suplicaba de la manera más perentoria abdicasen de su herejía, prometiéndoles el perdón a este precio. Los que accedían a este llamamiento eran perdonados, y los que se resistían hasta el fin eran entregados al brazo secular. La “convicción” de los herejes era, pues, un oficio de abnegación, en el cual la fuerza del talento y la elocuencia de la caridad estaban animadas por la esperanza de arrancar a los desgraciados a la muerte. Que santo Domingo haya desempeñado este oficio al menos una vez no es posible dudarlo, puesto que dos historiadores contemporáneos lo afirman; pero valerse de estos textos para acusarle de rigor contra los herejes es confundir al sacerdote que asiste al criminal con el juez que le condena o el verdugo que le mata.

Tal vez se extrañe alguien de que Domingo tuviese autoridad bastante para arrancar un hereje al suplicio por medio de una simple predicción. Pero además de la fama de su santidad, que debía atraer toda la confianza a su palabra, había sido investido por los legados de la Santa Sede con el poder de “reconciliar” a los herejes con la Iglesia. De esto poseemos la prueba en dos cédulas, ambas sin fecha, pero que no pueden dejar de pertenecer a esta época de su vida.

Una de ellas está concebida en estos términos: “A todos los fieles a Cristo a quienes llegaren las siguientes líneas, el hermano Domingo, canónigo de Osma, humilde ministro de la predicación: ¡salud y caridad sincera en el Señor! Damos a conocer a vuestra discreción que hemos permitido a Ramón Guillermo d’Hauterive Pélagianire reciba en su casa de Tolosa, para que viva su vida ordinaria, a Guillermo Huguecion, que nos ha dicho llevó en otro tiempo el hábito de los herejes. Se lo permitimos hasta que recibamos órdenes contrarias o las reciba él directamente de parte del cardenal, y esta cohabitación no será considerada como perjudicial ni deshonra”. (Echard: “Escritores de la Orden de Predicadores”, t.I, página 9, nota.)

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Message  Javier le Mer 26 Déc 2018, 11:15 am

La otra cédula dice lo que sigue. “A todos los fieles a Cristo a quienes llegaren las siguientes líneas, el hermano Domingo, canónigo de Osma: ¡salud en Cristo! Por autoridad del señor abad de Citeaux, “que nos ha encargado este oficio”, hemos “reconciliado” con la Iglesia al portador de la presente, Ponce Roger, convertido por la gracia de Dios de la herejía a la fe, y ordenamos, en virtud del juramento que ha prestado ante nos, que durante tres Domingos o días festivos vaya desde la entrada del pueblo hasta la iglesia desnudo hasta la cintura, siendo azotado por el sacerdote. Le ordenamos también que se abstenga en todo tiempo de carne, huevos, queso y todo cuanto tenga origen carnal, excepto los días de Pascua, Corpus y Navidad, en los cuales podrá comer todo eso, como protesta contra sus antiguos errores. Hará tres cuaresmas cada año, ayunando y absteniéndose de pescado, a menos que la enfermedad de su cuerpo o los calores del verano exijan dispensa. Vestirá los hábitos religiosos, tanto en su forma como en su color, a los cuales les agregará en sus extremos exteriores dos crucecitas. Todos los días, si puede, oirá misa y asistirá a vísperas los de fiesta. Recitará diez “Pater Noster” siete veces al día y veinte más a medianoche. Observará la castidad, y una vez cada mes, por la mañana, presentará esta cédula al cura del pueblo de Céré. Ordenamos a esta capellán ponga gran cuidado en que su penitente observe una buena vida, y este último observará todo cuanto acabamos de decir, hasta que el Señor legado ordene otra cosa. Si descuidase, con desprecio en cuanto a su observancia, cuanto acabamos de decir, se le tendrá por excomulgado, perjuro y hereje, y se le separará de la sociedad de los fieles.” (Echard. Escritores de la Orden de Predicadores, t. I, página 8, nota.)

A los que encontraren estas prescripciones excesivas y extrañas a las penitencias canónicas de la Iglesia primitiva, les remito a los usos penitenciarios de los claustros y a las prácticas que voluntariamente se imponían en público muchos cristianos de la Edad Media para expiar sus faltas. Todo el mundo sabe, por citar un solo ejemplo, que Enrique II, rey de Inglaterra, se hizo azotar por algunos monjes con vergajos sobre la tumba de Thomas Becket, Arzobispo de Cantorbery, a cuyo asesinato había dado lugar. Hoy mismo, en las grandes basílicas de Roma, el sacerdote, después de haber absuelto al penitente, le da un pequeño golpe en la espalda con una larga vara. Santo Domingo se conformaba, naturalmente, a las costumbres de su siglo, y, para cuantos las conocen, existe en las actas que se acaban de leer un notable espíritu de bondad.

Su desinterés no era menor que su caridad y su dulzura. Rehusó los obispados de Beziers, Conserans y Comminges, que le habían sido ofrecidos, y dijo una vez que huiría por la noche con su cayado antes que aceptar el episcopado u otra dignidad, cualquiera que fuese.

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Message  Javier le Ven 28 Déc 2018, 9:03 am

Veamos el retrato que ha trazado Guillermo de Pedro, abad de un monasterio de Saint-Paul, en Francia, uno de los que le conocieron particularmente durante los doce años de su apostolado en el Languedoc, y que fue oído como testigo en Tolosa durante el proceso de su canonización: “El bienaventurado Domingo poseía una fe ardiente por la salvación de las almas y un celo sin límites para con ellas. Era tan ferviente predicador, que durante el día y la noche, en las iglesias y en las casas, en los campos y en los caminos, no cesaba de anunciar la palabra de Dios. Fue adversario de los herejes, a los cuales se oponía con la predicación y la controversia en cuantas ocasiones se presentaban. Amaba la pobreza hasta el extremo de renunciar a la posesión de granjas, castillos y rentas, con las que había sido enriquecida su Orden en muchos lugares. Era de una frugalidad tan austera, que comía solamente pan y una sopa, excepto en raras ocasiones, por respeto a sus hermanos y las personas que estaban sentadas a la mesa, pues quería que los demás lo tuviesen todo en abundancia, en la medida de lo posible. He oído decir a muchos que era virgen. Rehusó el obispado de Conserans, y no quiso gobernar aquella Iglesia, aunque fue elegido pastor y prelado para ello. Yo no he visto hombre más humilde, que despreciase más la gloria de este mundo y todo cuanto con ella se relaciona. Recibía injurias, maldiciones y oprobios con paciencia y gozo, como si le concediesen una gran recompensa. No le inquietaban las persecuciones; caminaba con frecuencia entre el peligro con intrépida seguridad, y el temor no le hizo abandonar su camino ni una sola vez. Al contrario, cuando le vencía el suelo, se acostaba a lo largo del camino y dormía. Era más religioso que todos cuantos he conocido. Se despreciaba mucho y no se tenía por nada. Consolaba con tierna bondad a sus hermanos enfermos, soportando admirablemente sus debilidades. Si sabía que alguno de ellos era presa de tribulaciones, le exhortaba a la paciencia y le daba ánimos como mejor podía. Celoso de las constituciones, reprendía paternalmente a los que no las cumplían. Era el ejemplo de sus hermanos en todo: en la palabra, las acciones, la alimentación, el vestido y las buenas costumbres. No he conocido nunca un hombre en quien la oración fuese tan habitual, ni que derramase lágrimas con tal abundancia. Cuando estaba orando, lanzaba gritos que se oían desde lejos, y decía a Dios en aquellos quejidos: “Señor, apiadaos de los hombres. ¿Qué será de los pecadores?” Pasaba de esta manera las noches sin dormir, llorando y gimiendo por los pecados de los demás. Era generoso, hospitalario y daba de buena gana a los pobres todo cuanto poseía. Amaba y honraba a los religiosos y a todos los que eran amigos de la religión. No he oído decir ni he sabido pernoctase en sitio que no fuese la iglesia, cuando encontraba una en su camino; si no encontraba iglesia, se acostaba sobre un banco o en tierra, o se tendía sobre las cuerdas del lecho que le habían preparado, después de quitar las sábanas y los colchones. Siempre le vi con túnica generalmente remendada. Llevaba siempre hábitos más viejos que los de sus religiosos. Fue aficionado a los asuntos de la fe y de la paz, y siempre que pudo muy fiel promotor, tanto de la una como de la otra”. (“Actas de Tolosa, número 15.)

El don de los milagros se desarrollaba en Domingo al lado de sus virtudes. Un día, al pasar un río en una canoa, el barquero, cuando se encontraban en la otra orilla, le pidió un dinero por su trabajo. “Soy - dijo Domingo - discípulo y siervo de Cristo; no llevo conmigo ni oro ni plata; Dios os pagará más tarde el precio de mi pasaje.” El barquero, descontento, comenzó a tirar de su capa, diciéndole: “O dejáis la capa o me pagáis lo debido”. Domingo, levantando los ojos al cielo, se reconcentró un momento, y mirando a la tierra, mostró al barquero una pieza de plata que la Providencia acababa de enviarle, y le dijo: “Hermano, ahí tenéis lo que pedís; tomadlo y dejadme ir en paz”. (El B. Humbert: “Vida de Santo Domingo”, n. 39.)

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Message  Javier le Dim 30 Déc 2018, 8:17 am

Mientras los cruzados estaban ante Tolosa, en el año 1211, unos peregrinos ingleses, que se dirigían a Santiago de Compostela, queriendo evitar su entrada en la ciudad a causa de la excomunión que había sido lanzada contra ella, tomaron una barca para pasar el Garona. Pero la barca, a causa de su mucha carga, zozobró; eran alrededor de cuarenta. A los gritos de los peregrinos y soldados, Domingo salió de una iglesia vecina y se echó en tierra con los brazos en cruz, implorando a Dios en favor de los peregrinos, ya sumergidos. Terminada su plegaria, se levantó, y volviendo hacia el río, dijo en alta voz: “Os ordeno en nombre de Cristo vengáis todos a la ribera”. (Teodorico de Apolda: “Vida de Santo Domingo”, capítulo III, n. 48.) Súbitamente los náufragos aparecieron sobre las aguas, y asiéndose de las largas picas que les tendían los soldados, ganaron la orilla.

El primer prior del convento de Santiago, de París, llamado por los historiadores Mateo de Francia, fue el cooperador de Domingo, a causa de otro milagro de que había sido testigo. Era prior de una colegiata de canónigos en la ciudad de Castres. Domingo venía con frecuencia a visitar su iglesia, porque encerraba las reliquias del mártir san Vicente, y pasaba ordinariamente el tiempo orando hasta el mediodía. Un día dejó pasar aquella hora, que era la de la comida, y el prior envió a uno de los clérigos para que le buscase. El clérigo vio a Domingo, en el aire, a medio codo del suelo, ante el altar; corrió a advertir al prior que encontró a Domingo en aquel estado de éxtasis. Este espectáculo le produjo tan viva impresión, que poco tiempo después se hizo compañero del siervo de Dios, el cual, según su costumbre para con todos cuantos admitía a compartir su apostolado, le prometió “el pan de la vida y el agua del Cielo”.

Los historiadores cuentan brevemente que lanzó al demonio del cuerpo de un hombre; que queriendo orar en una iglesia cuyas puertas estaban cerradas, se encontró de pronto dentro de ella; que viajando con un religioso cuya lengua no entendía, y que no entendía tampoco la suya, departieron durante tres días como si hubiesen hablado el mismo idioma; que habiendo dejado caer en el Ariege los libros que llevaba consigo, los sacó algún tiempo después un pescador, sin que se hubiesen estropeado por el contacto del agua. Todos estos hechos flotan esparcidos y sin ligazón en la Historia, y la recogemos en sus riberas como santos restos.

También Dios había comunicado a su siervo el espíritu de la profecía. Durante la Cuaresma del año 1213, que pasó en Carcasona predicando y ejerciendo las funciones de Vicario General que le había confiado el obispo ausente, fue interrogado por un religioso Císterciense sobre el resultado de la guerra. “Maestro Domingo - le dijo aquel religioso - , ¿No tendrán fin estos males?” Y como Domingo callase, el religioso se apresuró a preguntarle de nuevo, sabiendo que Dios le revelaba muchas cosas. Domingo le dijo al fin: “Sí, estos males acabarán; aún se derramará mucha sangre, y un rey perderá su vida en una batalla”. Los que escuchaban esta predicción creyeron hablaba del hijo mayor de Felipe Augusto, quien había hecho voto de cruzarse contra los Albigenses; pero Domingo los tranquilizó diciendo: “No temáis por el rey de Francia; es otro rey, y muy pronto, el que sucumbirá en las vicisitudes de esta guerra”. (El B. Humbert: “Vida de Santo Domingo”, N. 48.) Poco después el rey de Aragón encontró la muerte en Muret.

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Message  Javier le Mar 01 Jan 2019, 1:38 pm

La guerra, por su duración y sus alternativas, parecía ser obstáculo casi invencible contra el constante deseo de Domingo, que era la fundación de una Orden religiosa consagrada al ministerio de la predicación. Por ello no cesaba de pedir a Dios se restableciese la paz, y con objeto de obtenerla y acelerar el triunfo de la fe, instituyó, no sin cierta inspiración interior, esa manera de orar que luego se extendió en la Iglesia universal con el nombre de “Rosario”. Cuando el arcángel Gabriel fue enviado de Dios a la bienaventurada Virgen María para anunciarle el misterio de la encarnación del Hijo de Dios en su casto seno, la saludó con estas palabras: “Yo te saludo, llena de gracia; el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres”. (San Lucas, capítulo I, n. 28) Estas palabras, las más felices que haya podido oír criatura alguna, se han repetido época tras época en labios de los cristianos, que desde el fondo de este valle de lágrimas no cesan de decir a la Madre de su Salvador: “Dios te salve, María”. Los jerarcas del Cielo hacían diputado a uno de sus principales para que se dirigiese a la humilde hija de David y se presentase con esta gloriosa salutación; y ahora que está sentada por encima de los ángeles y de todos los coros celestiales, el género humano que la contó entre sus hijas y hermanas, le envía desde ese mundo la salutación angélica: “Yo te saludo, María”. Cuando la escuchó por primera vez en boca de Gabriel, concibió inmediatamente en sus entrañas purísimas al Verbo de Dios; y ahora, cada vez que los labios humanos repiten esas palabras, que fueron el signo de su maternidad, sus entrañas se conmueven al recuerdo de un momento que no tuvo par en el Cielo ni en la tierra, y toda la eternidad se llena de una dicha que se siente todavía.

Ahora bien: aunque los cristianos tenían la costumbre de dirigir sus corazones de esta manera hacía María, el uso inmemorial de esta salutación no tenía regulación ni solemnidad. Los fieles no se reunían para dirigirla a su amadísima protectora; cada uno seguía para ello el ímpetu particular de su amor. Domingo, que no ignoraba el poder de la asociación en la plegaria, creyó útil aplicarla a la salutación angélica, y que este clamor común a todo un pueblo reunido ascendería hasta el Cielo con gran imperio. La misma brevedad de las palabras del ángel exigía fuesen repetidas cierto número de veces, de la misma manera que esas aclamaciones uniformes que el agradecimiento de las naciones lanza al paso de sus soberanos. Pero la repetición podía engendrar la distracción del espíritu. Domingo pensó en ello y distribuyó las salutaciones orales en varias series, a cada una de las cuales unió el pensamiento de uno de los misterios de nuestra redención, que fueron, uno tras otro, para la bienaventurada Virgen motivo de alegría, de dolor y de triunfo. De esta manera la meditación íntima se unía a la plegaria pública; y el pueblo, al saludar a su Madre y a su Reina, la seguía desde el fondo de su corazón en cada uno de los acontecimientos principales de su vida. Domingo formó una hermandad para asegurar mejor la duración y la solemnidad de esta manera de suplicar.

Su piadoso pensamiento fue bendecido por el mayor de los éxitos: por el éxito popular. El pueblo cristiano ha transmitido su afecto por él siglo tras siglo con una increíble fidelidad. Las cofradías del Rosario se han multiplicado hasta el infinito; no existe cristiano en el mundo que no posea, con el nombre mismo con el que se le indica, una de las fracciones. ¿Quién de entre nosotros ha dejado de oír por la tarde, en las iglesias del campo, la voz grave de los campesinos recitando, formando dos coros, la salutación angélica? ¿Quién no ha encontrado procesiones de peregrinos haciendo pasar entre sus dedos las cuentas del Rosario, amenizando la duración del camino con la repetición alternada del nombre de María? Siempre que una cosa llega a la perpetuidad y a la universalidad, necesariamente encierra una misteriosa armonía con las necesidades y los destinos del hombre. El racionalista sonríe al ver pasar largas hileras de gente que repiten una misma palabra; el que ve las cosas ilustrado por mejor luz, comprende que el amor no tiene más que una sola palabra y que, diciéndola sin cesar, no la repite nunca.

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Message  Javier le Jeu 03 Jan 2019, 9:31 am

La devoción del Rosario, interrumpida por la peste que devastó la Europa durante el siglo XIV, fue renovada durante el siguiente siglo por el B. Alano de Rupe, dominico bretón. En 1573, el soberano Pontífice Gregorio XIII, en memoria de la famosa batalla de Lepanto, ganada contra los turcos en tiempos de un Papa dominico, el día mismo en que las cofradías del Rosario celebraban en Roma y el mundo cristiano procesiones públicas, instituyó la fiesta que toda la Iglesia celebra todos los años el primer Domingo de octubre con el nombre de fiesta del Rosario. (Sobre los orígenes del Rosario podemos consultar la disertación del P. Mamachi en los “Anales de la Orden de Padres Predicadores”, t. I. P. 316 y siguientes. Los bolandistas pusieron en duda si realmente era Domingo el autor del Rosario; Mamachi expone documentos que, además de la constante tradición, mantienen al santo patriarca en posesión de tal honor)

Tales eran las armas a que recurría Domingo contra la herejía y contra los males de la guerra; la predicación entre las injurias, la controversia, la paciencia, la pobreza voluntaria, una vida dura para sí mismo, el don de los milagros, y, por fin, la promoción del culto de la Santísima Virgen por medio de la institución del Rosario. Diez años pasaron sobre su cabeza desde la entrevista que tuvo en Montpellier hasta el concilio de Letrán, con una uniformidad tal, que los historiadores contemporáneos sólo se han dado cuenta de un corto número de actos en esta humilde y heroica perseverancia en las mismas virtudes. El temor a la monotonía ha detenido sus plumas; pero registrar algunos días de la vida de Domingo es lo mismo que registrar algunos años. Esta ausencia de acontecimientos en la vida de un gran hombre en una época tan llena de movimiento es el rasgo que dibuja la figura de Domingo, al lado de la de Montfort. Unidos por una sincera amistad y por un fin común, su carácter fue tan diferente como lo es la armadura de un caballero comparada con la estameña de un religioso. El sol de la Historia reluce sobre la coraza de Montfort, y en ella ilumina bellos actos mezclados con sombras: sobre la capa de Domingo apenas deja caer uno de sus rayos; pero este rayo es tan puro y tan santo, que su poco esplendor sirve de esplendente testimonio. La luz falta por que el siervo de Dios se ha retirado del ruido y de la sangre, porque, fiel a su misión, solamente ha despegado sus labios para bendecir, su corazón para orar, su mano para servir a su amor, y porque la virtud, cuando está sola, no tiene más sol que a Dios.

Contaba Domingo cuarenta y seis años cuando comenzó a recoger el fruto de sus grandes méritos. Triunfantes los cruzados, le abrieron las puertas de Tolosa en 1215, y la Providencia, que reúne a un mismo tiempo a los elementos más diversos, le envió dos hombres, que eran los que necesitaba, para asentar los primeros cimientos de la Orden de frailes Predicadores. Ambos eran ciudadanos de Tolosa, distinguidos por su cuna y de mérito personal notable. Uno de ellos, llamado Pedro Cellani, adornaba su gran fortuna con su inmensa virtud; el otro, a quién únicamente conocemos por el nombre de Tomás, era elocuente y de costumbres singularmente amables. Impulsados por una misma inspiración del Espíritu Santo, se entregaron juntos a Domingo, y Pedro Cellani le regaló su propia casa, que era hermosa y situada cerca del castillo de Narbona. Domingo reunió en aquella casa a los
que se habían juntado con él; eran seis: Pedro Cellani, Tomás y otros cuatro. Era un grupo bastante reducido, y no obstante, había costado diez años de apostolado y cuarenta y cinco de vida inmolada a Dios. ¡Cuán poco conocen las condiciones de las cosas duraderas de la vida aquellos que sienten prisas en su camino! ¡Cuán poco las conocen también aquellos a quienes rechaza un siglo lleno de tempestades! Desde el día en que Domingo, al pasar por Tolosa por vez primera, empleó toda una noche para convertir a un hereje, entrevió el pensamiento de su Orden; pero el tiempo se había mostrado inexorable para con él. La prematura muerte de su amigo y maestro Azevedo le dejó huérfano en tierra extranjera; una guerra sangrienta le tenía rodeado por todas partes; el odio de los herejes, contenido antes por la misma certidumbre de su dominación, se había exaltado; la atención y abnegación de los católicos, al tomar un curso distinto al del apostolado, dejó reducido a Domingo a la soledad desesperante. No obstante, Dios sopla sobre las nubes y las disipa; el conde de Tolosa, que debía morir en su casa tranquilo y victorioso, se vio vencido durante algún tiempo por una batalla decisiva e imprevista; Dios dio a su siervo algunos meses de paz, y la Orden de Predicadores se estableció entre dos tempestades en la capital de la herejía.

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Message  Javier le Ven 04 Jan 2019, 9:16 am

Domingo revistió a sus compañeros con el hábito que él mismo llevaba; es decir, una túnica de lana blanca, una sobrepelliz de lino, una capa y una capucha de lana negra. Era el hábito de los canónigos regulares, cuyo uso había conservado desde su entrada en el cabildo de Osma. Tanto él como los suyos lo vistieron hasta un acontecimiento memorable de que hablaremos en su lugar y fue causa de un cambio en su vestidura. Comenzaron también a llevar una vida uniforme, siguiendo cierto reglamento. Este establecimiento se fundaba con la cooperación y por autoridad del obispo de Tolosa, que continuaba siendo Foulques, aquel generoso monje del Císter que desde el origen hemos visto afecto a los proyectos de Azevedo y Domingo. No se contentó con favorecer espiritualmente su realización; de su liberalidad para con la Orden tenemos un documento insigne, que el agradecimiento de la Orden de Predicadores debe eternizar con toda su alma: “En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, hacemos saber a todos los presentes y venideros que Nos, Foulques, por la gracia de Dios humilde ministro de la sede de Tolosa, deseando extirpar la herejía, desterrar los vicios, enseñar a los hombres la regla de la fe y formarles dentro de las buenas costumbres, instituimos por predicadores en nuestra diócesis a Fr. Domingo y sus compañeros, los cuales se han propuesto ir en pobreza evangélica, a pie y como religiosos, anunciando la divina palabra. Y puesto que el trabajar es digno de su alimentación, y no hay que cerrar la boca al buey que pisa el grano, sino, al contrario, el que predica el Evangelio debe vivir del Evangelio, queremos que fray Domingo y sus compañeros, al sembrar la verdad en nuestra diócesis, recojan en ella también lo necesario para conservar su vida. Por ello, y con el consentimiento de nuestro cabildo de San Esteban y de toda la clerecía de nuestra diócesis, les asignamos a perpetuidad, así como a todos aquellos a quienes el celo del Señor y la salvación de las almas afecten de la misma manera al oficio de la predicación, la sexta parte de los diezmos de que gozan las fábricas de nuestras iglesias parroquiales, a fin de que con ella puedan subvenir a sus necesidades y que puedan descansar de cuando en cuando de sus fatigas. Si queda algo a fines de año, queremos y ordenamos que se emplee en el ornato de nuestras iglesias parroquiales o en ayuda de los pobres, según parezca más conveniente al obispo. Pues ya que está regulado por el derecho de que cierta porción de los diezmos debe consagrarse a los pobres, nos vemos obligados sin dudas a admitir en la participación a todos aquellos que abracen la pobreza por Jesucristo con el fin de enriquecer el mundo con su ejemplo y el don celeste de su doctrina; de tal manera, que aquellos de quienes recibimos las cosas temporales reciban directa o indirectamente de nuestras manos las cosas espirituales. Dado en el año 1215 del Verbo encarnado, reinando en Francia el rey Felipe y ocupando el principado de Tolosa el conde de Montfort”. (Echard: “Escritores de la Orden de Predicadores”, t. I, página 12, nota.)

Este acto de munificencia no fue el único que vino en ayuda de los frailes Predicadores. “En aquel tiempo - dicen los historiadores - , el señor Simón, conde de Montfort, príncipe ilustre, que combatió contra los herejes con la “espada material”, y el bienaventurado Domingo, que les combatió con la “espada de la palabra de Dios”, trabaron una grande familiaridad y amistad.” (El B. Humbert: “Crónica”, n.3; Teodorico de Apolda: “Vida de Santo Domingo,” cap. III, n. 45; Nicolás de Treveth: “Crónica”). Montfort hizo dádiva a su amigo del castillo y tierra de de Cassanel, en la diócesis de Agen. Ya había precedentemente confirmado muchas donaciones en favor del monasterio de Prouille, cuyas posesiones había aumentado por sí mismo. Su estima y su afecto por Domingo no se habían limitado a este género de testimonios; le rogó bautizase a su hija, prometida durante algún tiempo al heredero del reino de Aragón, y bendijese los esponsales de su hijo mayor, el conde Amalrico, con Beatriz, hija del delfín de Viena.

Ya veremos cómo un día Domingo, provecto y próximo a volver a Dios, se arrepintió de haber aceptado posesiones temporales: se libró de ellas como de una carga antes de entrar en el sepulcro, dejando por patrimonio a sus hijos esa Providencia cotidiana que sostiene a todas las criaturas laboriosas, y cuyas palabras escritas dicen: “Deja al Señor el cuidado de tu vida: Él te alimentará”. (Salmo LVI, 23)

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Message  Javier le Sam 05 Jan 2019, 9:41 am

CAPÍTULO VII - Segundo viaje de santo Domingo a Roma. - Aprobación provisional de la Orden de Predicadores por Inocencio III. - Encuentro de santo Domingo con san Francisco.

Al punto de realización a que había llegado el pensamiento de Domingo le era permitido esperar para su obra la aprobación de la Sede Apostólica; por ello, aprovechando la ocasión de la próxima celebración del concilio de Letrán, salió para Roma con el obispo de Tolosa en el otoño del año 1215. Pero antes de despedirse de sus discípulos llevó a cabo un acto notable, que trazó para siempre a su Orden uno de los grandes caminos por los que debía seguir. Poseía Tolosa entonces un doctor célebre que ocupaba con mucha brillantez la cátedra de Teología. Se llamaba Alejandro; un día estaba trabajando muy temprano en su celda cuando, a causa del sueño, se distrajo un poco de su estudio y quedó dormido profundamente. Durante este reposo vio siete estrellas que se presentaban ante sus ojos, pequeñas al principio, pero que, aumentando en grandor y claridad, acabaron por iluminar a Francia y al mundo. Despertando en medio de este ensueño al rayar el alba, llamó a sus servidores, que tenían la costumbre de traerle sus libros, y se dirigió a su escuela. En el momento en que entraba, Domingo se ofreció a acompañarle con sus discípulos, vistiendo todos la túnica blanca y la capa negra de canónigos regulares. Le dijeron que eran religiosos que predicaban el Evangelio, tanto a los fieles como a los infieles, en el país de Tolosa y que deseaban ardientemente escuchar sus lecciones. Alejandro comprendió que eran las siete estrellas que acababa de ver en sueños, y estando más tarde en la corte del rey de Inglaterra, cuando ya la Orden de Predicadores había llegado a adquirir una inmensa fama, contó la manera como había tenido por alumnos a los primeros hijos de aquella nueva religión.

Domingo, después de haber confiado sus discípulos a la guardia de la oración y del estudio, se encaminó a Roma. Hacia once años que D. Diego y él la visitaran juntos por primera vez, siendo peregrinos ambos y no sabiendo aún por qué les había conducido Dios desde tan lejos a los pies de su Vicario. Ahora Domingo traía al Padre común de la cristiandad el fruto de su bendición, y, a pesar de la muerte, que le había quitado el compañero de su antigua peregrinación, no venía solo. Su destino era encontrar para este propósito ilustres amistades. Mientras España, su patria de nacimiento, guardaba en el sepulcro al amigo y protector de su juventud, Francia, su patria adoptiva le había procurado otro amigo en la persona de Foulques. También tuvo la dicha de volver a encontrar a Inocencio III en la Silla de san Pedro. No obstante, este gran Pontífice no se mostró al principio favorable a sus deseos. Consintió sin trabajo tomar bajo la tutela de la iglesia romana el monasterio de Prouille y había ordenado redactar cartas fechadas el 8 de octubre de 1215; pero no podía decidirse a aprobar una Orden nueva, consagrada a edificar la Iglesia sobre la predicación.

Los historiadores exponen dos razones respecto a su repugnancia. En primer lugar, la predicación era un oficio transmitido de los Apóstoles a los obispos, y parecía contrario a la tradición conceder su función a una Orden que no fuese episcopal. Bien es verdad que desde hacía mucho tiempo los obispos se abstenían voluntariamente del honor de anunciar la palabra de Dios y que el cuarto concilio de Letrán, recientemente celebrado, les había ordenado colocar en la cátedra cristiana sacerdotes capaces de representarlos. Pero una cosa era que cada obispo dispusiese la predicación en su diócesis, eligiendo vicarios revocables, y otra confiar a una Orden que hacía de su vida función perpetua y universal la enseñanza del Evangelio. ¿No equivalía esto a fundar en la Iglesia una Orden apostólica? ¿Podía haber en la Iglesia otra Orden apostólica que no fuese el episcopado? Tal fue la cuestión que hizo surgir el celo de Domingo, cuestión capaz de tener en suspenso el talento de Inocencio III. Y además de las razones consideradas desde el punto de vista tradicional, había otras sacadas de la experiencia y la necesidad. Era cosa cierta que el apostolado desaparecía de la Iglesia y que los progresos crecientes del error eran debidos a la ausencia de una enseñanza hábil y abnegada. Los concilios reunidos en el Languedoc durante la guerra de los Albigenses habían llegado a la unanimidad en la recordación de esta parte de sus deberes a los obispos. Pero lo que hace los apóstoles es la gracia de Dios y no las ordenanzas de los concilios. Una vez que volvieron los obispos a sus palacios a la salida de estas asambleas, adujeron por excusa a su inercia evangélica la carga de la administración diocesana, los asuntos de Estado, en los cuales tenían una participación, y la potencia de las cosas establecidas, que los caracteres más fuertes encuentran dificultades para vencer. Tampoco les era cosa fácil crear lugartenientes a su palabra. No se puede decir de improviso a un sacerdote; “¡Sé apóstol!” Las costumbres apostólicas son fruto de un género de vida particular. En la Iglesia primitiva eran comunes porque, teniendo que conquistar al mundo, todos los espíritus se dirigían hacia el solo género de acción que podía alcanzar este fin. Pero cuando la Iglesia había llegado a ser la dueña de las naciones, el ministerio pastoral prevaleció sobre el apostolado; se procuraba más bien conservar que extender el reino de Jesucristo. Ahora bien, por una ley que sujeta todas las cosas creadas, en el punto preciso que cesa el avance, comienza a introducirse la muerte. El régimen de conservación, que basta al mayor número de inteligencias, es incapaz de retener a algunas almas ardientes: los domina una fidelidad que les impulsa a que avancen, de la misma manera que los soldados se cansan de estar en un campo atrincherado, de que no se sacan nunca para conducirles ante el enemigo. Estas almas, aisladas al principio, se unen en la sombra; se procuran al azar el movimiento que les falta, hasta que un día, creyéndose bastante fuertes contra la Iglesia, le hacen saber por medio de una súbita irrupción que la verdad no gobierna en este mundo los espíritus sino con la condición de conquistarles sin cesar. El estado de Europa revelaba a Inocencio III con demasiada claridad esta ley de la humanidad. ¿Debía rehusar la ayuda que llegaba tan a propósito? ¿Debía resistir la inspiración de Dios porque, elevando a más de un digno obispo en su Iglesia, le procuraba como cooperadores un cuerpo de religiosos?

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Message  Javier le Dim 06 Jan 2019, 10:32 am

Sin embargo, un decreto promulgado en el seno del concilio de Letrán presentaba en esta cuestión un obstáculo a la libertad de su pensamiento. El concilio había decidido en efecto, que para evitar la confusión y todos los inconvenientes que nacen de la multiplicación de las Órdenes monásticas no se permitiese el establecimiento de nuevas. ¿Era posible violar tan pronto una solemne resolución?

Dios, que presta a la Iglesia romana una ayuda cuya perpetuidad es una de las maravillas visibles de su sabiduría, y que solamente había querido poner a prueba a su siervo Domingo por medio de una última tribulación, puso término a las ansiedades de Inocencio III. Una noche que este Pontífice dormía en el palacio de San Juan de Letrán vio en sueños la basílica a punto de desplomarse y que Domingo era el que sostenía con sus hombros los muros vacilantes. Advertido de la voluntad de Dios por medio de esta inspiración, mandó llamar al hombre apostólico y le ordenó volviese al Languedoc para escoger allí, de acuerdo con sus compañeros, aquella de las reglas antiguas que le pareciese más apropiada para formar la nueva milicia con que deseaba enriquecer a la Iglesia. Era un medio para salvar el decreto del concilio de Letrán y procurar a un nuevo Instituto el sello y la protección de la antigüedad.

Domingo experimentó en Roma otro placer muy vivo. No era el único a quien la Providencia había elegido en aquellos críticos tiempos para detener la decadencia de la Iglesia. Mientras reavivaba en las santas y profundas fuentes de su corazón el río de la palabra apostólica, otro hombre también había recibido la vocación de suscitar, en medio de una opulencia corruptora de las almas, la estimación y la práctica de la pobreza. Este sublime amante de Jesucristo había nacido en las laderas de las montañas de Umbría, en la ciudad de Asís; era hijo de un avariento comerciante. La lengua francesa, que había aprendido por intereses del negocio de su padre, fue causa de que se le diese el nombre de Francisco, que no era ni el que le correspondía por su cuna ni el que adquirió con el bautismo. A la edad de veinticuatro años, de vuelta de un viaje a Roma, el espíritu de Dios, que le había solicitado con frecuencia otras veces, se apoderó de él por completo. Conducido por su padre ante el obispo de Asís para que renunciase a todos sus derechos de familia, el heroico joven se despojó de los vestidos que llevaba y los puso a los pies del obispo diciendo: “Ahora podré decir con más verdad que nunca: “Padre nuestro, que estás en los Cielos”. (San Buenaventura. “Vida de san Francisco”, cap. II.) Algún tiempo después, asistiendo al sacrificio de la Misa, oyó leer el Evangelio en que Jesucristo recomienda a sus Apóstoles no posean ni oro ni plata, no lleven dinero en sus cintos, ni siquiera una alforja por el camino; ni dos túnicas, ni zapatos, ni palo. Al oír aquellas palabras experimentó un goce indecible; se quitó el calzado, dejó su bastón, arrojó con horror el poco dinero que poseía, y durante el resto de su vida únicamente tuvo para cubrir y ceñir su desnudez unos calzoncillos, una túnica y una cuerda. Aun sentía temor por estas riquezas; y antes de morir se hizo poner desnudo en el suelo por sus hermanos, de la misma manera que al principio de su perfecta conversión a Dios se había desnudado ante el obispo de Asís. Todo esto tenía lugar mientras Domingo evangelizaba el Languedoc con peligro de su vida y aplastaba a la herejía con el espectáculo de su apostolado. Sin saberlo se había establecido una maravillosa correspondencia entre aquellos dos hombres, y la fraternidad de su carrera subsistió hasta en acontecimientos que siguieron a su fallecimiento. Domingo tenía doce años más; pero preparado de manera más sabia para su misión, fue alcanzado a tiempo por su joven hermano, que no había tenido necesidad de ir a las Universidades para aprender en ellas la ciencia de la pobreza y del amor. Casi en la misma época en que Domingo ponía en Nuestra Señora de Prouille los cimientos de su Orden, al pie de los Pirineos, Francisco colocaba las bases de la suya en Nuestra Señora de los Ángeles, al pie de los Apeninos. Un antiguo santuario de la bienaventurada Virgen, Madre de Dios, había sido para ambos la humilde y dulce piedra angular de su edificio. Nuestra Señora de Prouille era el lugar amado entre todos por Domingo: Nuestra Señora de los Ángeles era el rincón de tierra al que Francisco había reservado un sitio de afecto en la inmensidad de su corazón, apartado de todo lo visible. Ambos comenzaron su vida pública por una peregrinación a Roma; tanto el uno como el otro volvieron a ella para solicitar del soberano Pontífice la aprobación de sus Órdenes. Inocencio III les rechazó al principio; pero la misma visión le obligó a conceder a ambos la aprobación verbal y provisional. Domingo, como Francisco, encerró en la flexibilidad austera de su regla a los hombres, las mujeres y gente del mundo, haciendo de tres Órdenes una sola potencia, que combatía por Jesucristo con todas las armas de la naturaleza y de la gracia. Domingo comenzó por las mujeres, y Francisco por los hombres. El mismo Pontífice, Honorio III, confirmó sus institutos con bulas apostólicas; el mismo Gregorio IX les canonizó. Por fin los dos más grandes doctores de todos los siglos florecieron sobre sus sepulcros: santo Tomás, sobre el de Domingo; san Buenaventura, sobre el de Francisco.

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Message  Javier le Lun 07 Jan 2019, 1:29 pm

Sin embargo, estos dos hombres, cuyos destinos ofrecían al Cielo y a la tierra tan admirables armonías, no se conocían. Ambos habitaron en Roma por el tiempo del concilio de Letrán, y no parece que el nombre del uno hubiese llegado nunca al oído del otro. Una noche, Domingo, que estaba orando como de costumbre, vio a Jesucristo irritado contra el mundo, y a su Madre que le presentaba dos hombres para apaciguarle. Él se reconoció en uno de ellos; pero no sabía quién era el otro, y mirándole atentamente, su imagen no se borró nunca de su espíritu. Al día siguiente, en una iglesia, se ignora cuál fue, vio bajo el hábito de mendicante, la figura que le había sido mostrada la noche precedente, y corriendo hacia aquel pobre, le apretó entre sus brazos con santa efusión, entrecortada por estas palabras: “Sois mi compañero; caminaréis conmigo; sostengámonos, y nada podrá prevalecer contra nosotros”. (Gérard de Frachet: “Vidas de los Hermanos”, lib. I, cap. I.) Luego le contó la visión que había tenido, y sus corazones se fundieron uno en otro entre estos abrazos y discursos.

El abrazo de Domingo y Francisco se ha transmitido de generación en generación en las personas de su posteridad. Una franca amistad que une hoy día aún a ambas Órdenes de Predicadores y Menores. Se han encontrado en iguales oficios en todos los puntos del globo; han edificado sus conventos en los mismos lugares; han ido a mendigar a las mismas puertas; su sangre, derramada por Jesucristo, se ha mezclado mil veces en el mismo sacrificio y la misma gloria; han cubierto con su librea los hombros de príncipes y princesas, han poblado el Cielo con sus santos; sus virtudes, su poder, su fama, sus necesidades, se han aproximado sin cesar en todos los sitios, y nunca una sombra de celos ha empañado el cristal sin mácula de su amistad, seis veces secular. Se han esparcido juntos por el mundo, de la misma manera que se extienden y entrelazan las ramas gozosas de dos troncos parecidos en edad y fuerza; han adquirido y compartido el afecto de los pueblos, como dos hermanos gemelos reposan sobre el seno de su única madre; se han dirigido a Dios por los mismos caminos, como dos perfumes preciosos ascienden libremente hasta el mismo punto del cielo. Todos los años, cuando llega en Roma la fiesta de santo Domingo, salen las carrozas del convento de Santa María de la Minerva, en donde reside el General de los dominicos, y van a buscar al convento de “Ara-Coeli” al General de los franciscanos. Este llega acompañado por gran número de sus hermanos. Los dominicos y franciscanos, reunidos en dos hileras se dirigen al altar mayor de la Minerva, y después de haberse saludado recíprocamente, los primeros van al coro; los últimos quedan en el altar para celebrar el oficio del amigo de su Padre. Sentados luego a la misma mesa, parten juntos el pan, que no les ha faltado nunca desde hace siglos; y una vez terminada la comida juntos, el cantos de los franciscanos y el de los dominicos entonan, en medio del refectorio, esta antífona: “El seráfico Francisco y apostólico Domingo nos han enseñado vuestra ley, ¡oh Señor!” El cambio de estas ceremonias tiene lugar en el convento de “Ara-Coeli” cuando llega la fiesta de san Francisco; y lo mismo sucede en todo el mundo, allí en donde hay un convento de dominicos y un convento de franciscanos cercano uno al otro y que permitan a sus habitantes exteriorizar un signo visible del piadoso y hereditario amor que les une.

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Message  Javier le Jeu 10 Jan 2019, 4:15 pm

CAPÍTULO VIII - Reunión de santo Domingo y sus discípulos en Nuestra Señora de Prouille - Regla y Constituciones de la Orden - Fundación del convento de San Román de Tolosa

Dios, durante la ausencia de Domingo, bendijo y multiplicó su rebaño. En vez de los seis discípulos que había dejado en Tolosa en casa de Pedro Cellani, encontró a su vuelta quince o dieciséis. Después de las cordialidades propias de la primera entrevista, los citó en Nuestra Señora de Prouille para deliberar, de acuerdo con las órdenes del Papa, sobre el asunto de la elección de una regla. Hasta entonces, es decir, hasta la primavera de 1216 su comunidad había tenido solamente una forma provisional e indeterminada, y Domingo se había ocupado más de obrar que de escribir, imitando a Jesucristo, que preparó a sus apóstoles para su misión por medio de la palabra y el ejemplo, pero no con reglamentos escritos. Pero había llegado la hora de crear la legislación de la familia dominicana; pues es preciso que las leyes secunden las costumbres, a fin de perpetuar la tradición. Domingo, que ya era padre, iba a convertirse en legislador. Después de haber sacado de su seno una generación de hombres parecidos a él iba a ocuparse de su fecundidad y armarlos contra el porvenir con la fuerza misteriosa que procura la duración. Si la perpetuación de una raza por la carne y por la sangre es una obra maestra de virtudes y de habilidad; si la fundación de los imperios es el primer grado del genio humano, ¿Qué no será establecer una sociedad puramente espiritual, que no debe su vida a los afectos de la naturaleza ni encarga su defensa a la espada y la coraza? Los antiguos legisladores, poseídos por sus deberes, asentaron las naciones, con un engaño que no tenía de ello más que la apariencia, sobre el pedestal de la Divinidad. Nacido en tiempo de Jesucristo, cuando la plenitud de la realidad había ocupado el lugar de las ruinas y las ficciones, Domingo no había tenido necesidad de engañar para ser verídico. Antes que atreverse a trazar una ley con sus manos mortales, había ido a ponerse a los pies del representante de Dios implorar de la más elevada paternidad visible la bendición, que es el germen de las largas posteridades. Retirado más tarde a su soledad, bajo la protección de aquella que fue su Madre sin cesar de ser Virgen, rogó a Dios ardientemente le comunicase una parte de aquel espíritu que ha procurado a la Iglesia Católica inquebrantables cimientos.

Dos hombres nacidos con un siglo de intervalo, san Agustín y san Benito, fueron en Occidente los patriarcas de la vida religiosa; pero ni uno ni otro se propuso el mismo fin que Domingo. San Agustín, recién convertido, se encerró en una casa de Tagaste, su ciudad natal, para dedicarse con algunos amigos al estudio y a la contemplación de las cosas divinas. Elevado más tarde al sacerdocio, se procuró en Hipona otro monasterio, que, como el primero, no era sino una reminiscencia de aquellos famosos institutos cenobíticos de Oriente, cuyos arquitectos fueron san Antonio y san Basilio. Cuando sucedió al anciano Valerio en la silla episcopal de Hipona, cambió su punto de vista, sin variar el ardiente amor que le conducía a encadenar su vida entre los lazos de la fraternidad. Abrió su casa al clero de Hipona, y formó con sus cooperadores una sola comunidad, siguiendo el ejemplo de san Atanasio y san Eusebio de Verielli, imitadores, a su vez, de los Apóstoles. Este monasterio episcopal fue el que sirvió de modelo y de punto de partida a los canónigos regulares, como el de Tagaste sirvió a los religiosos conocidos con el nombre de Ermitaños de san Agustín. En cuanto a san Benito, su obra era aún más manifiestamente extraña al fin que se proponía Domingo, pues no hizo sino resucitar la pura vida claustral, compartida entre el canto del coro y el trabajo manual.

Obligado a elegir por antepasado uno de aquellos dos grandes hombres, Domingo prefirió a san Agustín. Las razones de esto son fáciles de comprender. Aunque el ilustre Obispo no hubiese tenido la idea de instituir una Orden apostólica, había sido un apóstol y doctor y pasó sus días anunciando la palabra de Dios y defendiendo su integridad contra todos los herejes de su tiempo. ¿Bajo qué patrono más natural se podía colocar la naciente Orden de Frailes Predicadores? Para Domingo no era un patronato nuevo; durante largos años había formado parte del Cabildo regular de Osma, y las tradiciones de su pasada carrera concertaban al hacer esta elección con las conveniencias de su vocación actual. La regla de san Agustín, hay que tenerlo presente, reunía sobre las demás la ventaja inapreciable de ser la simple exposición de los deberes fundamentales de la vida religiosa. No se trazaba ninguna forma de gobierno; no se prescribía observancia alguna, excepto la comunidad de bienes, la oración, la frugalidad, la vigilancia de los religiosos en cuanto a sus sentidos, la mutua corrección de sus defectos, la obediencia al superior del monasterio y, por encima de todo, la caridad, cuyo nombre y unción llenan esas admirables y demasiado breves páginas. Domingo, al someterse a sus prescripciones, no aceptaba, pues, hablando con propiedad, sino el yugo de los consejos evangélicos: su pensamiento se encontraba bien en aquel cuadro hospitalario, esbozado por una mano que parecía haber intentado crear una ciudad en lugar de un claustro. En aquella ciudad común lo que faltaba construir, bajo la protección de sus viejas murallas, era el edificio de la Orden de Predicadores.

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Message  Javier le Sam 12 Jan 2019, 6:18 am

Pero se presentó una cuestión previa: ¿Debía adoptar una Orden destinada al apostolado la tradición de las costumbres monásticas, o aproximarse a la existencia más libre del sacerdocio secular, abandonando la mayor parte de los usos claustrales? No se podían comprender en esta duda los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, sin los cuales no se consigue ninguna sociedad espiritual, de la misma manera que no se concibe un pueblo sin la pobreza del impuesto, la castidad del matrimonio y la obediencia a las mismas leyes y a los mismos jefes. Pero ¿Convenía al fin del apostolado conservar costumbres tales como la recitación pública del oficio divino, la abstinencia perpetua de la carne, los largos ayunos, el silencio, el capítulo llamado de culpas, las penitencias por las faltas en contra de la regla y el trabajo manual? Toda esta rigurosa disciplina, adecuada a la formación del corazón solitario del Monje y a santificar el descanso de sus días, ¿Era compatible con la heroica libertad de un apóstol que emprende derecho su camino, sembrando a derecha e izquierda el buen grano de la verdad? Domingo lo creyó así. Creyó qué reemplazando el trabajo manual por el estudio de la ciencia divina, mitigando ciertas prácticas, haciendo uso de dispensas para con los religiosos más estrictamente ocupados en la enseñanza y la predicación, sería posible reconciliar la acción apostólica con la observancia monástica. Tal vez ni se presentase a su talento la idea de la separación, pues el apóstol no es solamente un hombre que sabe y enseña por medio de la palabra; es un hombre que predica el Cristianismo con todo su ser, y cuya sola presencia es ya una aparición de Jesucristo. Pero ¿Qué hay de mejor para imprimirle los sagrados estigmas de este parecido que las austeridades del claustro? ¿No era el mismo Domingo la mezcla íntima del monje y el apóstol? El estudio, la oración, la predicación, el ayuno, dormir en tierra, caminar descalzo, pasar del acto de la penitencia al del proselitismo, ¿No constituía esto su vida diaria? ¿Y quién mejor que él podía conocer todas las afinidades del desierto y el apostolado?

Las tradiciones monásticas fueron recibidas en Prouille con algunas modificaciones, entre las cuales la primera y la más general era ésta: “Que cada prelado tenga en su convento el poder de dispensar a los religiosos de las comunes observancias, cuando lo juzgue útil, sobre todo en las cosas que pudieren oponer obstáculos al estudio o la predicación, o al bien de las almas; pues nuestra Orden ha sido instituida especialmente y desde su origen para la predicación y la salvación de las almas, y todos nuestros esfuerzos deben tender sin cesar hacia el provecho espiritual del prójimo”. (“Constituciones de la Orden de Padres Predicadores”, prólogo.)

Por eso quedó instituido que el oficio divino se diría en la iglesia breve y sucintamente, para no disminuir la devoción de los religiosos y quitarles tiempo para el estudio; que durante los viajes, quedaran exentos de ayunos regulares, excepto por todo el Adviento, en ciertas vigilias y el viernes de cada semana; que podrían comer carne fuera de los conventos de la Orden; que el silencio no sería absoluto; que la comunicación con los extraños se permitiría en interés de los mismos conventos, exceptuando las mujeres; que cierto número de estudiantes serían enviados a las más famosas universidades; que se recibirían títulos científicos; que se establecerían escuelas: siendo todo esto constituciones que, sin destruir en el fraile predicador al hombre monástico, le elevarían a la jerarquía del hombre apostólico.

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