VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN (Fray Enrique Domingo Lacordaire OP)

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Re: VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN (Fray Enrique Domingo Lacordaire OP)

Message  Javier le Dim 25 Nov 2018, 12:46 pm

Nos engañaríamos si creyésemos que era fácil a la cristiandad castigar al conde de Tolosa. Su posición era formidable, y bien lo probaron los acontecimientos. Ramón VI murió victorioso sobre sus enemigos, después de catorce años de guerra; al morir transmitió a su hijo el patrimonio de sus antepasados, patrimonio que disfrutó hasta el momento de su muerte, y aquel gran feudo no entró a formar parte de la corona de Francia sino a consecuencia del matrimonio de un hermano de san Luis con la hija única del conde Ramón VII. La fuerza de esta casa era debida a muchas causas. Poseía latifundios en el país desde antiguos tiempos, y una ilustración merecida la recomendaba al amor de los pueblos. La herejía, al llegar a ser casi general, había servido entre el príncipe y sus súbditos de nuevo lazo de unión, separándoles del resto de la cristiandad, dando de esta manera a sus relaciones el nervio de una liga religiosa. Los vasallos de todas las jerarquías compartían los errores de sus soberanos y la codicia sentida por los bienes del clero los unía, tanto por sustentar las mismas ideas como por tener los mismos intereses. El número de católicos existente no era ni lo bastante fervoroso ni lo bastante importante para debilitar aquel haz tan bien ligado cuyo nudo era el conde de Tolosa. Además tenía por aliados fieles de su causa a los condes de Foix y de Comminges, al vizconde de Béarn, al rey de Aragón Pedro II, cuya hermana había tomado por esposa, y estaba tranquilo en cuanto a La Guyana, que poseían los ingleses. Felipe Augusto, su soberano, ocupado en sus dominios por sus querellas con Inglaterra y el Imperio, no podía ser jefe de la Cruzada y sin este jefe, el único a quien podía temerse, el ejército de los cruzados, compuesto por bandas mal unidas, solamente podía prometerse frágiles victorias y una disolución natural más rápida aún que los reveses. Dueño de toda la línea de los Pirineos, teniendo a sus espaldas a Aragón para apoyarle, dos mares inofensivos, uno a la derecha, otro a la izquierda, rodeado por una multitud de plazas fuertes defendidas por vasallos afectos, el conde Ramón gozaba de mil probabilidades de superioridad sobre sus enemigos. La guerra de los Albigenses era pues, una guerra seria, en la que las dificultades morales superaban a las dificultades estratégicas. Porque ¿qué se podría hacer con aquel país una vez vencido? Ya veremos como el sentido exquisito y generoso de Inocencio III decayó bajo el peso de sus aflicciones antes de morir como un soldado, pues no dejó nunca de comprender que allí había un abismo y un gran capitán que había comenzado venciendo.

Tan pronto se enteró Inocencio III de la muerte de Pedro de Castelnau, escribió una carta a los nobles, condes, barones, caballeros de las provincias de Narbona, Arles, Embrun, Aix y Viena, en la cual, después de haber pintado elocuentemente la muerte de su legado, declaraba castigado con la excomunión al conde de Tolosa, a sus vasallos y súbditos, desligados de su juramento de obediencia, sus personas y sus tierras proscritos de la cristiandad. Tenía en cuenta, sin embargo, el caso en que el conde se arrepintiese de sus crímenes, y le dejaba una puerta abierta para que pudiese entrar en paz con la Iglesia. Esta carta fue escrita el 10 de marzo de 1208. El soberano Pontífice escribía en términos semejantes a los arzobispos y obispos de las mismas provincias, al arzobispo de Lyón, al de Tours y al rey de Francia. (Libro XI, cartas XXVI, XXVII y XXVIII) Asoció al abad del Císter, único de sus legados que aún vivía, con Navarre, obispo de Conserans, y Hugo, obispo de Riez; y encargó particularmente al abad del Císter predicase la cruzada ayudado por sus religiosos. Los preparativos ocuparon todo el resto del año y la primavera del siguiente.

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Message  Javier le Mar 27 Nov 2018, 1:04 pm

Sin embargo, atemorizado por cuanto pasaba, y sabiendo que los obispos de la provincia de Narbona habían diputado para que visitasen al Papa sus colegas de Tolosa y Conserans, a fin de que le informasen detalladamente de los males de sus iglesias, el conde Ramón envió por su parte a Roma al arzobispo de Auch y al antiguo obispo de Tolosa, Rabenstens. Estos personajes debían quejarse amargamente del abad Císterciense, y decir al soberano Pontífice que su señor estaba dispuesto a someterse y a dar a la Santa Sede toda clase de satisfacciones; si se le concedían legados más equitativos. Inocencio III consintió, y mandó salir con destino a Francia al notario apostólico Milón, hombre de prudencia consumada, con la especial misión de escuchar y juzgar la causa del conde. Milón convocó en Valencia a una asamblea de obispos, en la que Ramón, que acudió a ella, aceptó las condiciones de paz que se le habían presentado y propuesto. Estas condiciones eran las siguientes: que arrojaría a los herejes de sus tierras, quitaría a los judíos todo empleo público, repararía los perjuicios y daños que había causado a los monasterios y a las iglesias, restablecería en sus sedes a los obispos de Carpentras y de Vaison, vigilaría la seguridad de los caminos, no exigiría impuestos contrarios a los usos y costumbres antiguos del país, y purgaría sus dominios de las bandas armadas que los infestaban. Como prenda de su sinceridad, Ramón puso en manos del legado al conde de Melgueil y siete ciudades de Provenza que le pertenecían, con la condición de perder su soberanía sobre ellas si faltaba al cumplimiento de su palabra. Se convino que su reconciliación solemne con la Iglesia tendría lugar en San Gil, según las formas usuales en aquellos tiempos. Si el conde de Tolosa obraba de buena fe, la penitencia pública a que se sometía, lejos de rebajarle ante sus contemporáneos y la posteridad, sería para él un título respetable ante todos los cristianos. Teodosio no perdió nada de su gloria por dejarse detener por san Ambrosio a las puertas de la catedral de Milán; lo que deshonra es el crimen, pues la expiación voluntaria, en un soberano sobre todo, es un homenaje que se rinde a Dios y a la Humanidad, que realza al que es capaz de rendirlo y le hace partícipe del honor invencible existente en Jesucristo crucificado. Tal vez el orgullo no comprenda lo que digo: pero ¿qué importa? Hace largo tiempo que la cruz es dueña del mundo, sin que la soberbia haya podido adivinar el por qué. Dejemos a este ciego de nacimiento, y repitamos a quienes pueden comprenderlas las palabras de Aquel que ha conquistado la tierra y el Cielo por medio de un suplicio voluntariamente sufrido: “Porque el que se ensalzare será humillado, y el que se humillare será ensalzado”. (San Mateo, capítulo XXIII, 12.) Si el conde de Tolosa hubiere obrado de buena fe, la penitencia que había aceptado hubiese hecho se interesasen por él en todas partes. Los hombres desgraciados no conocerán nunca lo bastante el poder del arma que tienen entre sus manos. Pero el conde de Tolosa no obraba de buena fe; la política solamente era lo que le había arrancado las promesas que no sentía voluntad de cumplir; y cuando a las puertas de la abadía de San Gil, después de haber jurado sobre las reliquias de los santos y sobre el mismo cuerpo del Señor cumplir todo cuanto había prometido, presentó sus espaldas desnudas a la disciplina del legado, esto no dejó de ser una indigna escena de perjurio y de ignominia. Lo que no hubiere debido sufrir en último extremo, lo soportaba este hombre sin sacar la espada. Una memorable circunstancia vino a agravar su castigo y darle una gran ejemplaridad. Cuando quiso salir de la iglesia, la muchedumbre estaba tan apiñada, que no pudo dar un solo paso; se le franqueó una salida secreta a través de los subterráneos consagrados a los sepulcros, y pasó desnudo y acardenalado ante la tumba de Pedro de Castelnau.

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Message  Javier le Jeu 29 Nov 2018, 2:27 pm

Algunos días después de haber tenido lugar esta escena, es decir, el 18 de junio de 1209, el legado Milón fue a reunirse en Lyón al ejército de los cruzados. Este ejército llevaba a su cabeza al duque de Borgoña, los condes de Nevers, de San Pablo, de Bar, de Montfort; muchos otros señores notables, y algunos prelados. Inocencio III había ordenado, en caso de absolución del conde de Tolosa, que se respetase su dominio directo, pero que se marchase contra sus vasallos y sus aliados para obtener su sumisión. El ejército avanzó, pues, hacia el Languedoc, y apenas había llegado a Valencia, el conde Ramón se presentó en persona llevando la cruz. Pusieron cerco a Beziers, que, tomado por asalto de improviso, fue víctima del furor de los soldados, sin distinción de edad, sexo ni religión. Los legados, en sus cartas al soberano Pontífice, estimaron el número de muertos en cerca de veinte mil. Esta carnicería, que no había sido ni voluntaria ni prevista, fue uno de los acontecimientos que han dado a la guerra de los Albigenses un color que ningún historiador ha podido borrar. La toma de Carcasona siguió pronto a la de Beziers. Los habitantes se rindieron y salvaron sus vidas; la ciudad fue abandonada al saqueo, con premeditación. Difícil era inaugurar de peor manera una guerra justa en su principio.

Hasta aquel momento la Cruzada no tuvo por alma y jefe más que al abad del Císter. Después del éxito de Beziers y de Carcasona, los cruzados, entre los cuales muchos pensaban ya en la retirada, creyeron útil elegir un jefe militar. La elección fue puesta en manos de un consejo compuesto por el abad Císterciense, dos obispos y cuatro caballeros, que no juzgaron a nadie más digno del mando que al conde Simón de Montfort. Este guerrero descendía de la casa de Hainaut; había sido fruto del matrimonio de Simón III, conde de Montfort y de Evreux, con una hija de Roberto, conde de Leicester, y había tomado por esposa a Alicia de Montmorency, mujer heroica como su nombre. No podía decirse que existiese un capitán más atrevido ni un caballero más religioso que el conde de Montfort y si hubiese unido a las eminentes cualidades que brillaban en su persona un fondo mayor de desinterés y de suavidad, ninguno de los cruzados de Oriente hubiese podido superarle en gloria. Tan pronto fue nombrado para mandar como General, se vio casi abandonado por todos. El conde de Nevers, el de Tolosa, el duque de Borgoña, se retiraron uno tras otro, dejando con Montfort una treintena de caballeros y un pequeño número de soldados. Fue esto un cambio de fortuna ordinario en esta clase de expediciones, a las que cada uno se adhiere libremente y se retira de la misma manera.

Como se verá, lo único que quiero trazar es la intención general de la guerra y de las negociaciones. El nudo no es cosa fácil de deshacer, porque se disputaban la dirección dos planes: el del abad del Císter y el del Papa.

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Message  Javier le Sam 01 Déc 2018, 6:22 am

El plan del abad del Císter, de concierto con los principales obispos de Languedoc y de los países vecinos, era deshacer por completo la casa de Tolosa. Este plan era injusto e impolítico. Era injusto, porque si Ramón IV merecía su ruina, y era imposible fiarse de él en el porvenir, no ocurría lo mismo con su hijo, niño de doce años, que no era cómplice de los crímenes de su padre, ni incapaz de recibir una educación cristiana bajo una tutela desinteresada. Era impolítico, porque de esta manera se mezclaba a la cuestión religiosa, sobre la cual estaba de acuerdo la cristiandad, una cuestión de familia que pudiera dividir a aquélla; era también dar un color de ambición a una guerra emprendida por motivos más puros. Verdad es que el abad del Císter había tenido la rara felicidad de encontrar en el conde de Montfort un hombre formado expresamente para su plan, y tal vez no fue hasta después de haberle visto obrar cuando se le ocurrió la idea de aniquilar la casa de Tolosa. Pero las cualidades guerreras del conde de Montfort no eran para los súbditos y vasallos de aquella casa sino las cualidades de un enemigo, y el abad del Císter, que quería obrar con rapidez por miedo a no disponer siempre de las fuerzas necesarias a una cruzada, hubiese debido tener en cuenta que el tiempo, del cual desconfiaba, era necesario para sustituir en el gobierno de un país una familia vieja por una nueva; también hubiera debido tener en cuenta el temor de transformar una guerra católica en guerra personal entre los Ramón y los Montfort. El abuso que hizo de su autoridad para sostener un mal plan fue la causa de las culpas y violencias que quitaron a la Cruzada contra los Albigenses el carácter de santidad que desde otros puntos de vista poseía.

Inocencio III era un hombre distinto del abad del Císter. Ante todo ocupaba aquella silla privilegiada que, además de gozar de la ayuda eterna del Espíritu Santo, tiene la ventaja de ser extraña, por su misma excelsitud, a las pasiones que llegan a insinuarse hasta en la mejor de las causas. Mientras con demasiada frecuencia el celo inconsiderado quiere perder a los hombres juntamente con los errores, el papado se esforzó siempre por salvar a los hombres al matar los errores. Inocencio III no sentía deseo alguno de deshacer la casa de Tolosa; no llegó a desesperar de que el viejo conde Ramón volviese a los dignos sentimientos de sus padres. En las cartas de excomunión había previsto formalmente el caso de su arrepentimiento, y tan pronto tuvo noticia de los actos de San Gil se apresuró a obligar a que no tocasen sus tierras. Pero el Papa no tenía a nadie en Francia para secundarle en sus generosas intenciones; no pudo luchar contra la fuerza de los acontecimientos, y sus vanos esfuerzos únicamente sirvieron para honrar su memoria. El conde Ramón, al abandonar el sistema práctico que había adoptado al principio, contribuyó al triunfo de los enemigos de su familia, y fue preciso que una mano suprema interviniese para cambiar de repente el aspecto de las cosas.

Aunque Montfort quedó con poca gente, no dejó de avanzar, tomar ciudades, perderlas y volverlas a tomar, mientras el conde de Tolosa, tranquilo por su reconciliación con la Iglesia, no parecía inquietarse por la caída de sus aliados y vasallos. Pero un concilio celebrado en Avignon por los metropolitanos de Viena, Arles, Embrun y Aix, bajo la presidencia de los dos legados Hugo y Milón, vino a hacerle perder su seguridad. El concilio que se inauguró el 16 de septiembre de 1208, le dio un plazo de seis semanas para cumplir las promesas que había hecho en San Gil, y de no cumplirlas quedaría excomulgado. Ramón, al recibir estas noticias, salió para Roma. Admitido en audiencia por el Padre Santo, que le recibió con testimonio de afecto, se quejó del rigor de los legados para con él, presentó testimonios auténticos de varias iglesias a las que había indemnizado y se declaró preparado a cumplir el resto de sus juramentos pidiendo también justificarse de la muerte de Pedro de Castelnau y de las inteligencias con los herejes de que se le acusaba. El Papa le animó en estos sentimientos y ordenó se reuniese un nuevo concilio de obispos en Francia para hacerse cargo de su justificación, con esta cláusula expresa: que si era culpable, se reservaría la sentencia a la Santa Sede. Ramón, al salir de Roma, visitó la corte del emperador y la del rey de Francia con la esperanza de obtener alguna ayuda, pero sin éxito. Le fue preciso, pues, presentarse ante el concilio que tenía que juzgar su causa, y que debía tener lugar en San Gil hacia mediados de septiembre del año 1210. Quiso justificarse en él de las dos acusaciones de inteligencia con los herejes y complicidad en el asesinato de Pedro de Castelnau; el concilio rehusó escucharle sobre estos dos puntos, requiriéndole sencillamente a que cumpliese su palabra purgando sus dominios de herejes y de la mala gente que los llenaba. Sea que Ramón no pudiese dar satisfacción a esta exigencia o que no sintiese voluntad para ello, el caso es que volvió a Tolosa persuadido de que el artificio era inútil y que desde aquel momento nada tenía que esperar de ninguna parte, sino confiarlo todo a la suerte de las armas. El concilio se abstuvo, no obstante, de castigarle con la excomunión, porque el soberano Pontífice se había reservado la sentencia e Inocencio III se contentó con escribirle una carta urgente y afectuosa, en la que le exhortaba, sin amenaza alguna, a cumplir lo que había prometido. (Lib. XIII, carta LXXXVIII.)

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Message  Javier le Dim 02 Déc 2018, 1:48 pm

El rey de Aragón intervino por su parte con objeto de evitar una ruptura definitiva, teniendo lugar dos conferencias sobre este asunto en el invierno de 1211, una en Narbona y la otra en Montpellier. En la primera el conde de Tolosa rechazó abiertamente las condiciones que le habían sido impuestas en San Gil; en la segunda pareció que consentía al principio, pero más tarde se retiró de repente sin despedirse. El rey de Aragón, irritado por esta conducta, pidió en matrimonio una hija del conde Montfort, que a la sazón contaba tres años, para su hijo, niño de la misma edad, entregando éste a los cuidados del conde para que le educase bajo su dirección. Pero poco después se arrepintió, dando a su hermana en matrimonio al único hijo de Ramón, reforzando con esta alianza los lazos, muy estrechos ya, que le unían a la causa de la herejía.

Por fin el abad del Císter lanzó la excomunión, y envió al Papa un diputado con el fin de obtener fuese confirmada. Inocencio III la confirmó y Ramón se preparó para la guerra, asegurándose la fidelidad de sus súbditos y la ayuda de diversos señores, particularmente los condes de Foix y de Comminges. Rechazó a Montfort, que se había presentado ante los muros de Tolosa, y el ejército albigense fue a acampar ante Castelnaudary, cuyo sitio se vio obligado a levantar después de una sangrienta batalla. Los cruzados alcanzaron victorias tomando varias ciudades; el país de Foix y de Comminges se vieron invadidos, y Ramón se dirigió a España para implorar el socorro del rey de Aragón.

Lo que tuvo lugar entonces demuestra cuán incierto y combatido estaba el Papa. El rey de Aragón, antes de recurrir a las armas para proteger a su cuñado, juzgó a propósito intentar primero la vía de las negociaciones, enviando una embajada al soberano Pontífice para quejarse del conde de Montfort, que se apoderaba de los feudos pertenecientes a su corona, y de los legados apostólicos, que rehusaban en absoluto admitir la penitencia del conde de Tolosa. Inocencio III, prevenido por estas quejas, escribió reprochándolas a sus legados y ordenándoles reuniesen un concilio, compuesto de obispos y señores del país, para ver de procurar los medios sobre los que se pudiere asentar la paz. (Lib. XV, carta CCXI).

Pero mientras estas cartas, fechadas a principios del año 1213, estaban en camino, se reunió un concilio en Lavaur, a petición del rey de Aragón, quien por medio de solicitud escrita había suplicado a los legados y obispos devolviesen a los condes de Tolosa, de Comminges y de Foix, lo mismo que al vizconde de Béarn, las tierras que se les había quitado y levantarles la excomunión de la Iglesia a precio de la satisfacción que se les exigiese. En caso de rechazo en cuanto al viejo Ramón, el rey solicitaba para su hijo la justicia del concilio. El concilio decidió que no se debía admitir al conde de Tolosa ninguna justificación por haber violado su palabra constantemente; pero que se recibiría la penitencia de los condes de Foix y de Comminges y del vizconde de Béarn tan pronto la deseasen. El rey de Aragón, juzgando que tal respuesta manifestaba una decisión premeditada contra la casa de Tolosa, declaró solemnemente que apelaba a la clemencia de la Santa Sede contra el inexorable rigor de los legados y obispos, y que tomaba bajo su real protección al conde Ramón y a su hijo. Aquel príncipe no podía ser sospechoso de hereje: había sometido su reino a la Iglesia romana en calidad de feudo apostólico y había servido valientemente a la cristiandad contra los moros en España. El peso de su nombre y de su espada hacía peligrosa la empresa. Por ello el concilio de Lavaur se apresuró a enviar cuatro diputados al soberano Pontífice, con una carta, con objeto de persuadirle de que la causa católica estaba perdida si no se privaba para siempre al conde de Tolosa de sus dominios, tanto a él como a sus herederos. Los arzobispos de Arles, Aix y Burdeos; los obispos de Maguelonne, Carpentras, Vaison, Bazas, Beziers y Periguex, escribieron en el mismo sentido al Padre Santo. Inocencio III se quejó de haber sido engañado por el rey de Aragón; le envió a decir desistiese de su empresa y pactase una tregua con el conde de Montfort, esperando la llegada de un cardenal que iba a enviar a aquellos lugares. (Lib. XVI, carta XLVIII.) Pero la suerte había sido ya decidida. El rey reunió un ejército en Cataluña y Aragón, y, pasando los Pirineos, vino a unir sus tropas con las de los condes de Tolosa, Foix y Comminges.

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Message  Javier le Mer 05 Déc 2018, 3:53 pm

Montfort estaba en Fanjeaux cuando se enteró de que el ejército confederado, compuesto por cuarenta mil infantes y dos mil caballos habían avanzado hacia Muret, plaza importante situada al sur del Garon, a tres leguas más arriba de Tolosa. Este fue el momento sublime de su vida. Solamente contaba en su servicio ochocientos caballos y un reducido número de infantes; súbitamente salió para Muret una mañana, acompañado por sus hombres de armas y los obispos de Tolosa, Nomes, Uzés, Lodéve, Beziers, Agde, Comminges y tres abades Cístercienses. Al llegar el mismo día al monasterio de Bolbonne, perteneciente a la Orden del Císter, entró en la iglesia, orando en ella largo rato, y poniendo su espada sobre el altar, la recogió luego, diciendo a Dios: “¡Oh, Señor, que me habéis escogido, aunque indigno, para hacer la guerra en nombre vuestro; hoy tomo mi espada de este altar, a fin de recibir mis armas de vuestras manos, puesto que es por Vos por quien voy a combatir!” (Pedro de Vaulx-Cernay: “Historia de los Albigenses”, capítulo LXXI.)

Luego marchó a Saverdún, pasando allí la noche; al día siguiente se confesó, redactó su testamento y lo envió al abad de Bolbonne, rogándole lo transmitiese al soberano Pontífice, si perecía en el combate. Por la tarde franqueó el Gerona por un puente sin verse inquietado, y se encontró tras las torres de Muret, guardadas por una treintena de caballeros. Era el miércoles 12 de septiembre de 1213. Antes de poner pie en la ciudad se le unieron los
obispos, quienes le dejaron para ir al campo enemigo a pedir la paz; pero el rey de Aragón les contestó que no valía la pena que un rey y los obispos entrasen en conferencia por un puñado de gladiadores. A pesar del poco éxito de esta tentativa, cuando despuntó el alba, los obispos encargaron a un religioso fuese y dijera que ellos y todas las órdenes eclesiásticas vendrían descalzos a conjurarle para que tomase mejores soluciones. ¡Cuán pesaroso estaría el conde de Tolosa por sus perjurios y sus humillaciones sin fruto! ¡Cómo se acusaría entonces de no haber recurrido desde el comienzo a una guerra leal y valerosa, en lugar de dejar aplastar a sus amigos y deshonrar su causa! Pero se equivocaba: la guerra, como el artificio, debía serle funesta. Dios veía el corazón de aquel príncipe y no se compadecía de su suerte.

Los obispos se disponían a salir de Muret en acto de suplicaciones, cuando un cuerpo de caballeros enemigos se precipitó hacia sus puertas. Montfort dio orden a los suyos para que se dispusiesen en formación de batalla en la parte baja de la ciudad; él mismo revistió su armadura, después de haber orado en una iglesia, en la que el obispo de Uzés ofrecía el santo sacrificio de la misa. Volvió cuando estuvo armado, y, al doblar la rodilla, los lazos que unían la parte baja de su armadura se rompieron. Se pudo observar que en el momento en que colocaba el pie en el estribo, su caballo levantó la cabeza y le hirió. Estos presagios no conmovieron el corazón del caballero, aunque se da el caso que los hombres de su temple se muestren sensibles ante estas cosas. Se dirigió hacia sus tropas seguido de Foulques, obispo de Tolosa quien llevaba en sus manos el crucifijo. Los caballeros echaron pie a tierra para adorar a su Salvador y besar su imagen; pero el obispo de Comminges, viendo que el tiempo pasaba, tomó el crucifijo de manos de Foulques, y desde un lugar elevado arengó al ejército con pocas palabras y le bendijo. Después de esto, todos los eclesiásticos presentes se retiraron a la iglesia para orar, y Montfort salió de la ciudad a la cabeza de ochocientos caballos, sin infantería.

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Message  Javier le Sam 08 Déc 2018, 1:07 pm

El frente de los confederados se extendía sobre una llanura al occidente de la ciudad. Montfort, que había salido por una puerta opuesta, como si hubiese querido huir, dividió su gente en tres escuadrones y se dirigió rectamente hacia el centro del enemigo. Su esperanza después de la que ponía en Dios, era cortar las líneas confederadas, producir el desorden y el espanto por lo atrevido del ataque y aprovecharse de todos los azares que la vista de los grandes capitanes descubre en el horror de un cuerpo a cuerpo. Esto fue lo que sucedió. El primer escuadrón rompió la vanguardia enemiga; el segundo penetró hasta sus últimas filas, en donde se hallaba el rey de Aragón rodeado de lo más escogido de los suyos; Montfort, que seguía de cerca con el tercero, tomó de flanco a los aragoneses, ya sorprendidos. La fortuna vaciló unos momentos; el tiempo era precioso, pues los batallones tan felizmente franqueados más bien estaban sorprendidos que vencidos y podían atacar a Montfort por retaguardia. Un golpe, que dio con el rey de Aragón muerto en tierra, decidió la jornada. Los gritos y la huída de los aragoneses arrastró a los demás. Los obispos, que oraban con angustia en la iglesia de Muret, unos prosternados en el suelo, otros levantando sus manos al cielo hacia Dios, fueron prontamente atraídos hacia los muros por los ecos de la victoria, y pudieron ver la llanura cubierta por soldados que huían, perseguidos por la mano terrible de los cruzados. Un cuerpo de soldados que intentaba tomar la ciudad por asalto lanzó las armas a tierra y fue destruido en su huída. Mientras tanto, Montfort volvía de su persecución tras los vencidos, y al cruzar el campo de batalla encontró en tierra al rey de Aragón, ya despojado y desnudo. Bajó del caballo y besó llorando los restos magullados de aquel príncipe desgraciado. Pedro II, rey de Aragón, era un bravo caballero, amado por sus súbditos, católico sincero y digno de no morir de aquella suerte. Los lazos que unían sus dos hermanas con Ramón le obligaron a ir en ayuda de una causa que estimaba no ser ya la de la herejía, sino la de la justicia y el parentesco. Sucumbió por un secreto juicio de Dios; tal vez por haber despreciado las súplicas de los obispos y abusado en su corazón de una victoria que consideraba segura. Montfort, después de haberse ocupado de darle sepultura, entró en Murat descalzo, subió a la iglesia para dar gracias a Dios por su protección, y dio a los pobres el caballo y la armadura con los que había combatido. Esta memorable batalla, fruto de una conciencia que se creía segura de luchar por Dios, figurará siempre entre los bellos actos de fe llevados a cabo por los hombres en este mundo.

Domingo estaba en Muret con los siete obispos que hemos mencionado y los tres abades del Císter. Algunos historiadores antiguos han escrito que iba a la cabeza de los combatientes, con la cruz en la mano; en la casa de la Inquisición de Tolosa se enseñaba un crucifijo agujereado por las flechas, diciendo que era el que había llevado Domingo en la batalla de Muret. Pero los historiadores modernos no dicen nada parecido; por el contrario, afirman que Domingo quedó en la ciudad orando, juntamente con los obispos y los religiosos. Bernardo Guidonis, uno de los autores que han escrito sobre su vida y que habitó en la Inquisición de Tolosa desde 1308 hasta 1322, no hace referencia alguna sobre el crucifijo que se ha visto allí más tarde.

La batalla de Muret dio un golpe mortal a los asuntos del conde de Tolosa. Sus aliados y los habitantes de su capital ofrecieron sumisión al soberano Pontífice, el cual encargó al cardenal Pedro de Benevento les reconciliase con la Iglesia y obligase al conde de Montfort a enviar a España al nuevo rey de Aragón, niño de corta edad que conservaba rehén desde que su padre se lo había enviado para educarlo y casarlo con su hija. El cardenal cumplió su doble misión en el invierno de 1214. Hasta llegó, cosa verdaderamente notable, a conceder la absolución al conde de Tolosa; pero este acto de misericordia no sirvió al vencido para sus intereses temporales. En el mes de diciembre siguiente se reunió un concilio en Montpellier para decidir a quién pertenecía la soberanía del país conquistado. El concilio acordó unánimemente que pertenecía al conde de Montfort, cuya brillante y fuerte espada había fallado los destinos de la guerra; sin embargo el soberano Pontífice, en carta del 17 de abril de 1215 (véase “Concilios de Labbé”, t. XIII, pág. 888), declaró que Montfort conservaría en depósito su conquista hasta que el concilio ecuménico de Letrán, al que había reservado esta cuestión, pronunciase su sentencia definitiva. Era éste un último esfuerzo por parte de Inocencio III para salvar la casa de Tolosa. El conde Ramón, abandonado por todos, se había retirado a la corte de Inglaterra con su hijo.

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Re: VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN (Fray Enrique Domingo Lacordaire OP)

Message  Javier le Dim 09 Déc 2018, 1:50 pm

El día 11 de noviembre de 1215, al salir el sol y bañar los Apeninos, encontró en la solitaria iglesia de San Juan de Letrán la asamblea más augusta del mundo. En ella tomaron asiento setenta y dos primados y metropolitanos, cuatrocientos doce obispos, más de ochocientos abades y priores de monasterios, una multitud de procuradores de abadías y obispados ausentes; los embajadores del rey de los Romanos, el emperador de Constantinopla, de los reyes de Francia, Inglaterra, Hungría, Aragón, Jerusalén y Chipre; los diputados de una infinita multitud de príncipes, ciudades y señores, y sobre todos ellos la venerable figura de Inocencio III. El abad del Císter, arzobispo de Narbona, sobresalía entre los asistentes; el conde Simón de Montfort estaba representado por su hermano Guy de Montfort; los dos Ramones vinieron personalmente, como los condes de Foix y de Comminges. El día señalado para juzgar esta grande causa de la cruzada albigense, los dos Ramones entraron en la asamblea, juntamente con los condes de Foix de Comminges, prosternándose los cuatro al pie del trono apostólico. Al levantarse, expusieron la manera cómo habían sido despojados de sus feudos, a pesar de su completa sumisión a la Iglesia romana y la absolución que les había concedido el legado Pedro de Benevento. Un cardenal tomó la palabra en su favor con mucha fuerza y elocuencia; el abad de Saint-Tibêre y el chantre de la iglesia de Lyón hicieron lo mismo; este último, sobre todo, pareció conmover al Papa. Pero la mayor parte de los obispos, especialmente los franceses, votaron en contra de los que suplicaban, protestando y diciendo que la religión católica desaparecería del Languedoc si se les restituían sus posesiones, y que toda la sangre vertida por aquella causa sería sangre y abnegación perdidas. El concilio declaró, pues, al conde Ramón desposeído de sus feudos, que se le transferían con ello definitivamente al conde de Montfort, asignándole una pensión de cuatrocientos marcos de plata, con la condición de que viviría fuera de sus antiguos dominios; su mujer, Leonor, conservaría los bienes que constituían su dote. El marquesado de Provenza se reservaba al joven Ramón, su hijo, para que entrase en posesión al llegar a su mayor edad si era fiel a la Iglesia. En cuanto a los condes de Foix y de Comminges, su causa fue diferida para examen más maduro. Es digno de observar que el marquesado de Provenza, destinado al joven Ramón, estaba constituido por ciudades que su padre había abandonado a la Santa Sede, en el caso en que dejase de cumplir las promesas hechas en San Gil; varias veces se había propuesto al soberano Pontífice las reuniese al dominio apostólico; pero nunca quiso consentir en ello, y no se valió de los derechos que había adquirido sino para conservarlos a la casa de Tolosa.

Después de la clausura del concilio, el joven Ramón, que se había granjeado la estimación de todos por su noble conducta, fue a despedirse del Papa. No le ocultó que se creía injustamente privado del patrimonio de sus antepasados, y le dijo, con una firmeza ingenua y respetuosa, que aprovecharía todas las ocasiones para recobrar gloriosamente lo que había perdido sin culpa. Inocencio, conmovido por la desgracia y los ánimos de aquel joven de dieciocho años, le concedió esta bendición profética: “Hijo mío, Dios quiera que en todos vuestros actos podáis comenzar bien y terminar mejor”. (“Historia General del Languedoc”, t. III.)

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Re: VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN (Fray Enrique Domingo Lacordaire OP)

Message  Javier le Mar 11 Déc 2018, 3:46 pm

Investido Montfort por Felipe Augusto con los títulos de duque de Narbona y conde de Tolosa, no gozó mucho tiempo del poder que había adquirido tan laboriosamente. El año 1216 no había terminado aún cuando el joven Ramón era dueño ya de una parte de Provenza. Tolosa, por otra parte, cansada ya del yugo de su nuevo conde, llamó al viejo Ramón, haciéndole venir del refugio que había buscado en la corte de Inglaterra, y le abrió sus puertas. Gran número de señores, al recibir las noticias de este cambio de fortuna, se apresuraron a prestar juramento de fidelidad a su antiguo señor. El vencedor de Muret pudo comprender entonces que no era suficiente ganar batallas, ni conquistar ciudades por asalto, para adquirir el prestigio que gobierna a los pueblos; se había enfrentado, por desgracia, con aquella fuerza honrada existente en la humanidad, y que hace que no se pueda reinar sobre los hombres cuando no se reina sobre sus corazones. Arrojado de Tolosa, a la cual en vano había desarmado y aterrado por medio de suplicios, puso cerco tristemente ante sus muros, que no debía ya franquear. La larga duración del cerco, la incertidumbre del porvenir, los reproches que le dirigía por su inacción el cardenal Bertrand, legado apostólico, así como también el desaliento que causan los reveses cuando llegan tarde, produjeron en el esforzado caballero una melancolía que llegó hasta hacerle pedir a Dios que le llamase a su seno. El 25 de junio de 1218 le dijeron, muy temprano, que los enemigos estaban emboscados en los fosos del castillo. Pidió sus armas y, después de revestirlas, fue a oír misa. Ya estaba comenzada cuando se le advirtió que las máquinas de guerra habían sido asaltadas y en peligro de quedar destruidas. “Permitidme - dijo - que vea el sacramento de nuestra redención.” Llegó otro mensajero y le anunció que sus tropas no podían resistir. “No iré hasta que no haya visto a mi Salvador.” (Pedro de Vaul-Cernay. “Historia de los Albigenses”, capítulo LXXXVI.) Al fin, al elevar la hostia el sacerdote, Montfort, de rodillas en tierra y elevando sus brazos al cielo, pronunció estas palabras: “NUNC DIMITTIS”, y salió. Su presencia en el campo de batalla hizo retroceder al enemigo hasta los fosos de la plaza; pero aquella fue su última victoria. Recibió una pedrada en la cabeza; se golpeó el pecho, se encomendó a Dios y a la bienaventurada Virgen María y cayó muerto.

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Re: VIDA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN (Fray Enrique Domingo Lacordaire OP)

Message  Javier Hier à 3:14 pm

La fortuna continuó favoreciendo a los Ramones. De los dos hijos que había dejado el conde de Montfort, el más joven murió ante los muros de Castelnaudary. Cuatro años de malos éxitos persuadieron al mayor de que no era capaz de estar al frente de la herencia que le había dejado su padre y cedió todos sus derechos en favor del rey de Francia. El viejo Ramón, tranquilo en Tolosa bajo la protección de las victorias de su hijo tuvo aún tiempo para volver sus ojos hacia Dios, que le había castigado y restablecido luego en sus dominios. El día 12 de julio de 1222, al volver de orar a la puerta de una iglesia, pues continuaba excomulgado, se sintió enfermo, y envió buscar apresuradamente al abad de San Sernín para que le reconciliase con la Iglesia. El abad le encontró ya sin poder hablar. El viejo conde, al verle, levantó los ojos al cielo y le tomó ambas manos entre las suyas hasta que exhaló el último suspiro. Su cuerpo fue transportado a la iglesia de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, cuyo lugar había elegido para que le diesen sepultura; pero no se atrevieron a enterrarle a causa de su excomunión. Le dejaron allí en un féretro abierto y tres siglos más tarde se le podía ver aún acostado, sin que mano alguna fuese lo suficientemente atrevida para clavar una tabla sobre aquella madera consagrada por la muerte y el tiempo. La cuestión de su inhumación, a petición de su hijo, fue agitada durante los pontificados de Gregorio IX e Inocencio IV. Numerosos testimonios aseguraron que antes de morir había dado verdaderas pruebas de arrepentimiento: sin embargo, se temía remover aquellas cenizas, concediéndoles honores demasiado tardíos.

Ramón VII sobrevivió veintiséis años a su padre. Supo defenderse hasta contra las armas de Francia; pero demasiado débil para sostener continuamente tal esfuerzo, convino un tratado con san Luis en 1228, tratado que terminó aquella larga guerra. El matrimonio de su única hija con el conde de Poitiers, uno de los hermanos del rey con la cesión del condado de Tolosa como dote; el abandono de algunos territorios; la promesa de ser fiel a la Iglesia y de servirse de su autoridad contra los herejes, tales fueron las condiciones principales de la paz. La Iglesia la confirmó, devolviendo su comunión al joven conde, que, como penitencia, prometió servir a la cristiandad en Palestina durante cinco años. Veinte años después pensó seriamente en cumplir lo prometido y salió para Tierra Santa. Pero Dios le detuvo en el camino. Se sintió enfermo en París, no lejos de Rodez, desde donde, al hacerse transportar a Milhaud, murió el 26 de septiembre de 1248, rodeado de los obispos de Tolosa, Agen, Cahors y Rodez; de los cónsules de Tolosa y una multitud de señores, llegados todos para recibir el adiós de un príncipe a quien amaban, y en el cual se extinguió, en su línea masculina, la rama mayor de una ilustre raza. Cuando trajeron el santo Viático al conde, se levantó de su lecho y se puso de rodillas en tierra ante el cuerpo de su Señor, realizando a su muerte, como en su vida, el voto que Inocencio III había expresado en otro tiempo, dirigiéndose a él, al bendecirle en su juventud, diciéndole: “Hijo mío, Dios quiera que en todos vuestros actos podáis comenzar bien y terminar mejor”.

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