"SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga

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Message  Javier le Ven 17 Mai 2019, 4:46 am

13) La segunda verdad teológica, que el Papa Montini o el escritor anónimo, inspirado por el Papa Montini,
encuentran en la "confesión" del pontífice es la siguiente: "debe evitarse el exagerar el puesto de los hombres
en la Iglesia, aunque sea el mismo Papa, en quien la fe pura reconoce los carismas del Primado y de la
infalibilidad; no son los hombres los que guían y salvan a la Iglesia, sino Cristo".
Esta verdad teológica tiene
también sus distinciones. Evidentemente hay muchos católicos que exageran el papel de los hombres de la
Iglesia, ya sean éstos obispos, ya sea el mismo Papa. Esa exageración es la que llamamos "papolatría", o sea
el culto indebido al Vicario de Cristo, que lleva a muchos católicos ignorantes, convenencieros (interesados) o fanáticos a la falsa convicción de que el Papa o los obispos, por el puesto que tienen, por la asistencia divina, son impecables y siempre y en todo infalibles. El autor del articulo reconoce, pues, como verdad teológica la exageración con que muchos católicos miran a los hombres constituidos en dignidad en la Iglesia, como si todo lo que hacen, todo lo que dicen fuera la expresión de la verdad de Dios o de la voluntad de Dios. Quitado
el carisma de la infalibilidad, tal como fue definido por el Vaticano I
, el Papa puede equivocarse, aun en cosas de fe, como ya lo explicamos.
Es verdad, como dice el autor anónimo del articulo, que, como no la salvan, "no pueden destruirla ni derrumbarla, aunque quieran". Esta sí es promesa de Cristo: "las puertas del infierno no prevalecerán en contra de la Iglesia" (Mat. XVI, 18). Pero, aunque esté a salvo la permanencia y la inerrancia de la Iglesia, por las expresas palabras y promesas de Cristo, esto no significa que los hombres que rigen la Iglesia, cuando como humanos, sean infieles a Dios, a la asistencia divina, no hagan daño, mucho daño, no a la Iglesia, sino a los miembros de la Iglesia. Los hombres, es cierto, son cooperadores de Cristo, son representantes suyos, son sus lugartenientes en la tierra; pero, como humanos pueden ser "malos cooperadores, malos representantes, malos administradores de la hacienda del Señor".

Su santidad o sus pecados dejan huellas inequívocas, dice el articulista, en la Iglesia de Dios, pero no decisivas. A lo que yo añado: estas huellas no son decisivas, porque está Dios de por medio; pero, ¡cuántas veces se necesitan años y aun siglos para remediar el daño que ha hecho en los fieles, en el clero, en el mismo episcopado, la mala administración, el mal gobierno de un mal papa!

"Lo que para la Iglesia es decisivo es la presencia de Cristo en Ella". Estas palabras nos llevan al equívoco de
siempre: a confundir la Iglesia, como institución divina, permanente e indestructible en el tiempo y en la
eternidad
, y la Iglesia como "el pueblo de Dios", es decir, los hombres que forman parte de Ella. Sí, es Cristo el que guía, salva y gobierna su Iglesia, de una manera invisible para los ojos humanos; es Cristo, que todo lo
dispone o lo permite, según sus designios inescrutables, quien con fuerte y amorosa mano tiene el timón de la
barca de Pedro;
pero eso no impide que la acción humana, haga que el vendaval haga estremecerse la frágil
navecilla, hasta hacernos muchas veces sentirnos en los horrores de un naufragio. Nuestra confianza en el
poder de Cristo es inconmovible; pero nuestro sobresalto ante lo que hemos visto y oído en estos últimos años
postconciliares es para hacernos clamar desde el fondo del alma:
"Señor, sálvanos, porque perecemos".
La Iglesia, la institución divina esta "viva", "activa", "joven"; pero la Iglesia, que el autor llama "institucional", ésa
está pasando la más terrible crisis de su historia.
Las señales de esperanza que nos da el Papa Montini en su
discurso no son verdaderas, no es esta la realidad que estamos presenciando
: ¿Cómo puede haber intensa
necesidad de oración, cuando falta la fe, cuando se han suprimido las devociones, que era el manjar que
alimentaba la piedad, la vida sobrenatural? ¿cómo ha de haber más unión con Dios, cuando en las mismas
comunidades de vida contemplativa hay un empeño, una consigna superior, que trata de suprimir su vida de
oración y de íntima unión con Dios, como algo ya anticuado, como algo que no se cotiza en la Iglesia dinámica
que quieren imponernos.


No podía faltar en un discurso de Paulo VI, al querer cubrir las lacras actuales de los hombres de la Iglesia,
aquello que ha constituido el alma de su pontificado. Para él ahí está una de las pruebas más
impresionantes de la vitalidad de su pontificado: "La preocupación por la justicia en el mundo atormenta a
muchísimas almas, especialmente entre los jóvenes".
Nunca se ha hablado tanto de la justicia y nunca ha
habido en el mundo más injusticia.
Pero, como ya lo hemos repetidas veces dicho: este no es el problema de
la Iglesia; esta no es su misión divina; esto es favorecer la violencia, aumentar en los jóvenes una inquietud,
que no hubiera nunca existido en ellos, si no se les hubiera inculcado con una doctrina no evangélica, sino
totalmente antievangélica.
¿Es acaso la juventud inexperta, poco preparada y desquiciada la que va a resolver los
gravísimos problemas que agobian al mundo, que ponen en tensión a los pueblos y las clases sociales?
Se
nos quiere hacer evangélico el marxismo y el maoísmo, como la única salida que nos queda para salvarnos de
una guerra nuclear, como si el fin, por nobilísimo y urgente que fuese, pudiese justificar lo que es "intrínsecamente malo", como dijo Pío XI. Ese mayor espíritu de pobreza, que, según dice Paulo VI, está más vivo en la conciencia eclesial, está, en realidad combatido, por los cuantiosos gastos de la Iglesia postconciliar.

Más, donde encontramos una desviación mayor en el discurso montiniano, es cuando nos dice, como una
prueba de su "magnífico" pontificado: UNA APERTURA MAYOR A LOS VALORES POSITIVOS DEL MUNDO,
admirablemente alentada en la Constitución Apostólica 'GAUDIUM ET SPES'. De todos los documentos
pastorales del Vaticano II éste es, sin duda, el más confuso, el más equívoco, el más tendencioso.
En un
reciente escrito del P. Antonio Brambila, en el que parece que empieza a abrir los ojos —si es que en su juego
dialéctico, que unas veces gira hacia la izquiera y otras hacia la derecha, no nos esté dando gato por liebre—,
el autorizado escritor señala las fallas del Pastoral Concilio, reconociendo, aunque tarde que no es posible que
haya un Concilio Pastoral; que el verdadero Concilio, como órgano extraordinario y supremo del Magisterio de
la Iglesia, tiene que apoyarse en el dogma, proteger el dogma y condenar las herejías con el "anatema"
salvífico, que separa irreconciliablemente la verdad del error. El P. Brambila nos hace ver ahora que el Vaticano
II no quiso ni definir, ni condenar nada, contentándose con abrir la ventana para que entrase aire fresco y
renovador, y dándonos tan sólo directivas pastorales, que nos han llevado por caminos tan variados, hasta las
herejías disfrazadas de teología moderna y liberal de Hans Küng.
¡Menos mal, más vale tarde que nunca!

CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Sam 18 Mai 2019, 8:51 am

14) "Crece —observa el Papa— el sentido social y la caridad operante". No sé si el así llamado, en el lenguaje
moderno, "sentido social" pueda identificarse, en la economía del Evangelio —al menos en la antigua
economía del Evangelio— con la "caridad operante", es decir la caridad sobrenatural, la ley del Evangelio;
porque, en la "nueva economía del Evangelio", en la de Paulo VI ya veo que sí se identifican. Lo que sí sé es
que ese "florecimiento de iniciativas por la catequesis", de la que habla el Papa Montini, es, en realidad, la
destrucción de la catequesis.
Se han eliminado los viejos catecismos, en los que se nutrió por siglos la fe
católica; nuestros niños y jóvenes crecen, sin ninguna instrucción religiosa y, lo que es peor, la poca instrucción
religiosa, que aun en los así llamados colegios y escuelas católicos se imparte es una instrucción cargada,
saturada de errores del neo-modernismo reinante.
Este es uno de los más graves aspectos de la crisis actual:
no sólo la falta de instrucción religiosa, de prácticas de vida cristiana en la niñez y en la juventud, en esa edad
decisiva y peligrosa de la vida, sino las ideas torcidas, falsas, llenas de veneno, que con libertad increíble se
imparten en los centros educativos católicos; así se explican los fracasos terribles que en jóvenes de familias
ejemplares hemos visto, la difusión de las drogas, la pérdida de la virilidad o de la feminidad en los jóvenes de
ambos sexos. Todos esos religiosos y religiosas, dedicados a la enseñanza, corrompidos ellos por el
"progresismo", se han convertido en activísimos corruptores de sus educandos.


15) Es una "psicosis" la que padece Paulo VI sobre el problema social y humano, sobre el que constantemente
nos está hablando; sobre la irradiación de los medios de comunicación; sobre toda esa actividad
desconcertada y desconcertante, que aparta a los grandes grupos católicos de lo que es esencial en la vida
católica, para lanzarlos a una actividad equivocada y peligrosa, que compromete la misma vida de la Iglesia en
los diversos países.
Ahí tenemos el caso doloroso y ridículo de España, que, por seguir las consignas del
pontífice
, ha roto su unidad espiritual, la única unidad verdadera que existía en España. Como en la América
Latina, donde clandestinamente la subversión sigue, fomentando la inconformidad, prometiendo un paraíso
irrealizable aquí en la tierra, haciendo que la misma obra misional de los apóstoles modernos esté impregnada
de tendencias filo-marxistas y de violencia revolucionaria. Y, a la cabeza de eso, y siguiendo sus consignas de
Roma, van los jesuitas, los de la nueva ola, los que definitivamente han desconocido la obra de San Ignacio de
Loyola.
No es inquina, no es resentimiento el que me mueve a atacar a esa "nueva Compañía" — ¡ay, Jesús,
qué Compañía! — sino precisamente la indignación que en mí causa esa inmensa traición a la que yo sigo
considerando como mi madre, ya que de ella recibí toda mi formación espiritual e intelectual.


16) Paulo VI se gloría, y pone como prueba de su "glorioso" pontificado, del sínodo pasado: "una prueba muy
conspicua, dice, de esta mutua colaboración entre los obispos del mundo entero y el laicado con la Santa
Sede"
, en la solución de urgentes y delicados problemas internos —como el sacerdocio ministerial— y
externos a la Iglesia, como la justicia en el mundo. ¿Se resolvió, en verdad, alguno de estos dos urgentes y
delicados problemas? ¿Se urgió a los sacerdotes el cumplimiento de sus deberes esenciales a su ordenación
y consagración a Dios, en el serio trabajo de su propia santificación, en el estudio dedicado de las ciencias
eclesiásticas, en el recogimiento, la vida interior, la unión con Dios?
¿Se dio a los sacerdotes el medio
insustituible para esta propia santificación devolviéndoles la celebración tradicional y santísima del Santo
Sacrificio de la Misa, en el que el buen sacerdote encuentra el medio más precioso para unirse con Cristo,
Sacerdote y Víctima, en el fiel desempeño de su vida sacerdotal?
¡Nada de eso! Se volvió a insistir en la
conveniencia del celibato opcional; en la ordenación de hombres casados.
No parecía sino que las heréticas
ideas del Hans Küng, expuestas en su último libro llamado '¿POR QUE LOS SACERDOTES?' fueron defendidas
vigorosamente por algunos de los padres sinodales:

—"No se puede mantener históricamente la sucesión directa y exclusiva de los obispos de los Apóstoles".

—"El número de los siete sacramentos es un producto de la historia. . . No hay la menor evidencia de que el orden sagrado haya
sido instituido por Cristo".

—"La Ordenación no es una investidura sagrada que (el sacerdote) recibe como un. . . carácter, que lo distingue de los laicos".

—"La celebración Eucarística no es un sacrificio. . . El ministerio de los sacramentos (debe estar) subordinado al ministerio de la
palabra.

—"Los sacerdotes a tiempo completo deben ser eliminados, como perjudiciales para los sacerdotes y gravosos para los fieles".


Hay una tendencia manifiesta, como en varios de mis anteriores libros he demostrado, que trata de nulificar,
eliminar el sacerdocio jerárquico de la Iglesia. En el último sínodo y en la preparación que para él hicieron las
Conferencias Episcopales se dan las pruebas evidentes, para el que quiera estudiar a fondo un problema tan
grave; sobre todo, los sacerdotes, que amamos nuestra santa vocación, los que estamos convencidos por las
palabras del mismo Cristo: que "no somos nosotros los que le elegimos a El, sino que es El quien nos invitó a
nosotros"
, sentimos en el alma ese peligroso viraje, que, a ciencia y conciencia de la jerarquía, se está
llevando a cabo ya en la misma formación o deformación de los seminarios, empezando, a no dudarlo, por la
en otros tiempos gloriosa Universidad Gregoriana, en la que tantos y tan preclaros cardenales, obispos y
sabios sacerdotes recibieron su formación sacerdotal, bajo todos aspectos, dignísima y fructífera.

¿Qué se arregló en el sínodo sobre las desviaciones sacerdotales, que multiplican las deserciones y hacen
que los clérigos traten de disimular su estado clerical, hasta en el carnaval ridículo de sus vestiduras
mundanas y provocativas? ¿Se urgieron las antiguas prescripciones canónicas que prohibían a los sacerdotes
y aun a los seminaristas el asistir a espectáculos y diversiones no sólo impropias e indignas de su ministerio,
sino escandalosas y pecaminosas?
Se necesita ese estado patológico o falsario para hacernos creer que esos
sínodos han hecho algún bien en la Iglesia.


En cuanto al otro punto que se trató en el sínodo y al cual hace mención el pontífice en su discurso, la justicia
en el mundo
, no fue sino la repetición de las aventuras montinianas de Bogotá y la Conferencia del CELAM en Medellín y
sus famosos documentos, que para los clérigos del Tercer Mundo y para los jesuitas de la nueva ola y para
todos esos sacerdotes intoxicados por la "justicia social" sigue siendo la nueva religión, la nueva mentalidad, la
nueva economía del Evangelio.


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Message  Javier le Dim 19 Mai 2019, 5:10 am

17) El escritor anónimo del artículo nos dice luego, como gloriosa conclusión del raciocinio de Paulo VI: "No ha
abandonado, pues, el Señor a su Iglesia; en Ella no se ha extinguido su espíritu. Tomar conciencia de este
hecho es hoy de suma importancia".
Como católicos, estamos ciertamente convencidos de que Dios no ha
abandonado, ni abandonará jamás a su Iglesia. Pero, no podemos seguir con el equívoco de lo que el escritor
quiere expresarnos por la palabra Iglesia: ¿el pueblo de Dios o la Institución divina de Jesucristo? Porque, si
es el primer sentido, es cierto que no todo el "pueblo de Dios" está contaminado de este mal epidémico del
"progresismo"; somos muchos los que, por la misericordia de Dios, conservamos la fe tradicional, la fe
apostólica, la fe de nuestros padres; pero si se trata del segundo sentido, de la institución divina de Cristo para
perpetuar en este mundo su obra redentora, tenemos que decir, con fe divina, que Cristo ni ha abandonado, ni
abandonará nunca a su Iglesia, destinada a perdurar hasta la consumación de los siglos, y formada por la
Iglesia triunfante, la Iglesia purgante y la Iglesia militante
. ¡Que el Señor nos conserve en Ella eternamente!
Debemos insistir: una cosa es "esta" Iglesia, la montiniana, la postconciliar, que ha estado siempre lejos de la
Verdad Revelada;
y otra cosa la Iglesia institución, la de dos mil años, la de todos los Papas y todos los
Concilios.


18) ¿Cuáles son los frutos del Concilio? Se necesita cerrar los ojos a la realidad, para poder hablar de "frutos",
cuando sólo vemos la abominación del Santuario, la traición de los "operarios de la Viña", la infamante
corrupción de los seminarios, el despojo y la ruina espiritual y aún económica de las diócesis, en otros tiempos,
más florecientes en selectas y numerosísimas vocaciones de santos, sabios y abnegadísimos sacerdotes,
como la Arquidiócesis de Morelia, de Zamora y de Zacatecas —para no citar sino algunas entre nosotros— y
que ahora son eriales desolados y ruinas impresionantes de una grandeza ya ida, por las cuales pasó, como
jinete del Apocalipsis, la furia renovadora de la Iglesia postconciliar.
Descansen en paz, en sus tumbas de
ignominia, los pastores comprometidos y traidores, que no supieron cuidar la heredad del Señor, mientras los
que todavía tienen en sus manos el poder y lo siguen empleando en esta obra destructora van a recibir el
merecido castigo de su cobardía, de su traición, de su perverso compromiso, en el tribunal de Dios, en donde
no hay excusas ni componendas. Puede seguir escandalizando a la gente sencilla el poderoso canciller que,
sin conciencia alguna, calumnia, difama, destruye y corrompe a los mismos ungidos del Señor.
"Haec est
hora vestra et potestas tenebrarum! "
, esta es vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas.

19) Estamos irritados, sí. ¿Cómo no estarlo, si tenemos fe, si no hemos claudicado, si vemos la profanación
hecha ley, el sacrilegio alabado como un resurgimiento de la vida cristiana?
Estamos irritados porque la
complicidad, la indolencia y las increíbles audacias de la jerarquía han convertido la santidad de nuestros
templos en espectáculos que recuerdan las bacanales paganas o las procacidades de los centros nocturnos o
de los prostíbulos. En nombre del "aggiornamento" y del "ecumenismo" se está protestantizando y judaizando
la Iglesia
; se están poniendo las inicuas manos sobre los Libros Santos y sobre nuestros catecismos, para
darnos una versión alterada de la doctrina eterna, que nos dejó intocable el Divino Maestro. No, ya no hay
penas canónicas para los apóstatas, para los herejes, para los clérigos concubinarios, para los que dan su
nombre a las logias masónicas, para los que favorecen el comunismo y el socialismo, para los que cambian el
sagrado cáliz por la metralleta, en ansias de "autenticidad" y de "compromiso". Estos son ahora, para los
intoxicados, los héroes y los santos de la Iglesia.
Ahora los "excomulgados", los "suspensos" somos los que
hemos tenido el valor, la fe y la fidelidad suficiente para gritarles, sin temores absurdos, el "non possumus" el
no podemos de la conciencia. No, no queremos las canongías, las cancillerías, las abominables libertades con
que hoy premian los "amos" a sus serviles y cobardes aduladores
.

Estamos irritados porque, al quitar las censuras canónicas para los auténticos delincuentes de la palabra y de
los hechos
, el Papa y los obispos han dejado que la subversión triunfase y que la herejía, la apostasía y la
corrupción moral lograsen alcanzar su espuria ciudadanía en la Iglesia Católica.
Bien puede presentarnos el P. Arrupe,
el fabuloso General de los jesuitas de la nueva ola, a Teilhard de Chardin como modelo de los hijos de San Ignacio,
como el hombre providencial para atraer con sus obras a los incrédulos a la Iglesia. ¡Atención! La poesía es
ahora el ropaje vistoso de la diabólica apostasía. Y puede todavía más el "alter ego" de Paulo VI;
puede decirnos que la obra de José Porfirio Miranda y de la Parra es inocua, es ortodoxa, es edificante
aunque expresamente reniegue del "Dios Creador de todo el Universo, que el Occidente opresor ha adorado y adora".
Su paternidad que, según cuentan, un día perdió la fe, que después recobró en Lourdes, ha vuelto a renegar de su bautismo y de su sacerdocio.

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Message  Javier le Lun 20 Mai 2019, 9:37 am

20) Y, sin embargo, no estamos desilusionados, como nos dice el Papa Montini; la ilusión del cristiano no se pierde, aunque el Papa se resuelva a visitar Moscú y a Pekín, aunque el Vaticano se convierta en el punto central de convergencia de los antiguos enemigos de la Iglesia, donde, como un ejemplo, Tito, el tirano y verdugo de Yugoslavia, fue recibido con los máximos honores, otorgados tan sólo a los reyes legítimos y a los auténticos representantes de la autoridad. No estamos desilusionados, aunque veamos la actividad política de una decidida izquierda, que, con su autoridad suprema y sacerdotal, excita en los jóvenes el ardor incontenible de la guerra, de los odios, de la sangre, de las tragedias nacionales, que hunden a los pueblos en el hambre, sin mendrugos de pan, en la esclavitud, sin esperanza alguna de libertad. Su paternidad, fiel al cuarto voto de los profesos de la Compañía, ha cumplido su misión en Cuba y en Chile, aunque haya fracasado ante la indómita resistencia de Brasil y de Bolivia, del Salvador y de otros pueblos hermanos, que han seguido firmes en su fe católica, pero libres a la esclavitud que el Vaticano quiso imponerles por los obedientísimos hijos del P. Arrupe. Los católicos tenemos una ilusión ultraterrena y, para el tiempo corto de la vida presente, sólo deseamos romper las cadenas de esclavitud, para gozar la libertad de los hijos de Dios. La jerarquía -lo decimos con inmensa amargura— ha claudicado, está vencida, sólo le quedan fuerzas para golpear sin escrúpulo, sin misericordia alguna, a los hijos fieles que han consumido todo en la vida, por el servicio de Dios y de la Iglesia.

Porque ésta es la verdadaunque nos duela confesarlaalgunas de las más altas jerarquías, por convicción, por compromiso o por increíble e irresponsable debilidad, han sido piezas importantísimas en el complicado juego de ajedrez, que están jugando en el mundo las manos misteriosas y secretas de sionistas filomasones y filocomunistas. No nos duele, ni nos extraña, ni nos irrita la suavidad indecible con que los detractores de la fe son recibidos, tolerados y aún encomiásticamente mencionados en las correspondencias de las Sagradas Congregaciones de la actual Curia Romana y en las ocasionales alusiones, que el propio papa Montini hace de sus escritos, de sus palabras y de sus obras. Todo este movimiento es necesario para dar jaque al rey o, si es posible, poner un doblete* al rey y a la reina, obteniendo así un evidente debilitamiento, que les asegure el triunfo apetecido, el mate al rey.

Las quejas contra los progresistas, que expone el dialéctico escritor del artículo de la Civiltá Cattolica no son sino unas quejas tácticas, para dar la impresión a los lectores de objetividad, de equilibrio, de sincero anhelo de remediar una situación tan angustiosa, que hace casi imposible la solución correcta. Hay que transigir en algo; no es posible seguir las pretensiones de aquellos radicales tradicionalistas, empeñados en mantener incólume el sagrado depósito de la Divina Revelación. Estamos en la "historia", no estamos en la "eternidad". La Iglesia en que vivimos no es la Iglesia "ideal", que sólo puede existir en la otra vida; aquí estamos en una Iglesia histórica, que tiene sobre sí todos los pecados de la humanidad y debe, por lo mismo, buscar una adaptación benévola y condescendiente con este mundo dinámico y corrompido de las minifaldas, de la libertad del sexo, del amor libre y sin barreras.

Los "progresistas" —piensa el papa— creen que la Iglesia ha perdido ya definitivamente el ritmo acelerado de la historia; a pesar de sus grandes concesiones, la Iglesia no ha sido lo suficientemente generosa para satisfacer las exigencias de una humanidad que no reconoce ni acepta otra ley que sus pasiones insaciables, ni otra autoridad que no sea aquélla que quiera institucionalizar la violencia, para que el hombre salve su propia autenticidad, sin ser ya más juguete de los que se dicen autoridad y representantes de Dios. Por eso buscan pacientemente, a ciencia y conciencia de las jerarquías, construir "otra" Iglesia, no "esta" Iglesia histórica de Paulo VI, ni la "vieja" Iglesia, anticuada y caduca de todos los Papas y todos los concilios, sino su "nueva" Iglesia, último modelo, con las "comunidades de base", que impunemente pululan en todas partes, acelerando el proceso demolitivo, que facilite después el establecimiento -ya lo dijimos- de la Iglesia de la fraternidad universal, sin dogmas, sin moral, sin liturgia y sin disciplina, en un gobierno mundial, que nos esclavice sin posible liberación.

(*Nota de Javier: un doblete en ajedrez es un golpe táctico llamado ataque doble, generalmente realizado con un caballo, un alfil o una torre, mediante el cual el agresor se asegura la ganancia de al menos una pieza)

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Message  Javier le Mar 21 Mai 2019, 9:51 am

21) ¿Qué queda de la Iglesia de nuestra niñez, de nuestra juventud, de nuestra edad adulta, después de este derrumbe, de esta autodemolición que hemos visto y el mismo Paulo VI ha deplorado en sus audiencias? Nunca creímos en la "nueva primavera", ni en el "nuevo Pentecostés", que nos anunció Juan XXIII. Los "Signos de los tiempos" no eran de optimismo, sino, por el contrario, de un negro, muy negro pesimismo. Los enemigos "colegiados" o en Conferencias Episcopales o en los demoledores activísimos llamados "los expertos" destruyeron la ciencia sagrada de nuestros Santos Padres, Doctores y teólogos de la Iglesia, de la "vieja Iglesia milenaria", para imponernos la nueva teología, made in Germany, de la unidad ecuménica con todas las herejías y con una ostentosa apostasía.

No es necesario poner en naftalina los errores manifiestos de un Concilio, cuya finalidad era el ecumenismo claudicante, el aggiornamento traicionero, la así llamada libertad religiosa. El Vaticano II, con los dos pontificados que lo han hecho deben sepultarse en el abismo y olvidarse. Las esperanzas que tuvieron los destructores de la Iglesia han ido cayendo y seguirán cayendo como hojas secas, arrastradas por el viento del subjetivismo, de la fenomenología, del positivismo, del idealismo, del existencialismo, del historicismo, del relativismo, del modernismo, que han pretendido deshelenizar la Iglesia y poner al día la ciencia sagrada. Con un léxico nuevo, la inmensa literatura preconciliar, conciliar y postconciliar, a la que hay que añadir las audiencias, las encíclicas y los otros documentos de los dos últimos papas, han querido hacer olvidar el lenguaje inconfundible de la Iglesia preconciliar. El progresismo espera cantar triunfante su victoria, cuando no quede de la Iglesia del pasado ni dogmas, ni liturgia, ni moral, ni disciplina; ni templos, ni ceremonias, ni jerarquías, que sólo tienen sentido en una fe que para ellos ha muerto.

Recemos adoloridos el último "réquiem" por una religión, que, por veinte siglos, engañó a la humanidad con las esperanzas de un futuro incierto. Lo que para nosotros hace falta, en estos momentos supremos de martirio, de prueba, de indecibles torturas espirituales, es renovar nuestro amor, nuestra inseparable adhesión, nuestra confianza inquebrantable a la "vieja Iglesia". ¡Santa y única Iglesia de Cristo, a la que hemos consagrado nuestra vida; por la que estamos dispuestos a prolongar nuestro Calvario y nuestra más impresionante agonía! ¡Santa Iglesia de nuestros padres, en cuyos brazos amorosos entregaron sus almas al Señor! ¡Santa Iglesia de nuestro bautismo, de nuestras confesiones, humillantes sí, pero regenerantes, con las que hemos podido alcanzar el perdón de nuestras culpas! ¡Santa Iglesia de aquellas santas alegrías de nuestra Primera Comunión, de tantas Comuniones, en las que hemos recibido a Cristo, hemos recordado la historia de su Sagrada Pasión y Muerte, el alma se ha llenado de gracias y se nos ha dado una prenda de nuestra eterna felicidad! ¡Santa Iglesia de Cristo, en la que un día, el más grande y sublime día de nuestra vida, quedamos indisolublemente unidos al Sacerdocio de Cristo y recibimos aquellos poderes divinos: el poder del magisterio, el poder de la jurisdicción y el poder del sacerdocio, para poder asociarnos con el Divino Redentor en la obra salvífica! ¡Santa Iglesia de Cristo, en la que hemos dejado todas nuestras fuerzas en largos años de servicio, para la salvación de las almas y la gloria de Dios! ¡Santa Iglesia de Cristo, en la que, al terminar yo mi jornada, podré entregar confiadamente, en brazos de Mana mi Madre, mi dulce y piadosísima Madre, mi espíritu cansado en la batalla, pero no vencido! ¡Iglesia de Jesús, yo te amo; yo soy tuyo; yo quiero ser tuyo— así lo pido humildemente y con todas mis fuerzas— en el tiempo y en la eternidad!

¿Acaso el cardenal, arzobispo primado ha sufrido en su palacio, en sus frecuentes banquetes, en sus viajes continuos, en los halagos de sus aduladores, la inmensa amargura, que, con una difamación tan clamorosa, tan infamante y tan injusta ha sumergido en el dolor más indecible mi alma contristada, a imitación de Cristo?

¿Este ha sido el premio con que Miguel Darío Miranda y Gómez ha pagado no sólo mis servicios de cincuenta años, más de cincuenta años, en el trabajo por la Iglesia y por las almas, sino los servicios de las santas generaciones de mis antepasados: arzobispos, obispos, canónigos y santos sacerdotes, que han sido salpicados con la sangre de mi corazón, herido y humillado por Cristo, por su Iglesia, por la fe de mi bautismo y de mi sacerdocio?

Este es el triunfo de Su Eminencia, este es el resultado de sus caluminas y difamaciones; este es el grande
éxito del canciller Reynoso
, que espera como premio el obispado. Pero, yo no cambio, porque no puedo cambiar; preferiría la muerte a traicionar a Cristo o a su Iglesia. Ante el tribunal de Dios nos veremos y entonces sabremos quién tuvo la razón.

Puede Luis Reynoso seguir desahogando su pasión de fiera, escribiendo nuevas circulares, en las que
diga: "El fanatismo pseudo-tradicionalista: Injurias, calumnias e insultos: Joaquín Sáenz y Arriaga contra la
verdad y la justicia y el equilibrio: Miguel Cardenal Miranda, Arzobispo Primado de México". . .
El servilismo, la adulación y la ruindad más repugnante sirviendo bombones a Su Eminencia Reverendísima, con la esperanza de subir de grado, de monseñor a obispo.


A CONTINUACIÓN... EL CARDENAL JEAN DANIELOU, S. J.


*Nota de Javier: Pobre Padre Sáenz y Arriaga! Usted sí que vio claramente adónde llevaba el supremo engaño del Vaticano 2 y cuál sería el desolador resultado de tantas reformas de inspiración diabólica. ¡Usted fue el único que lo vio todo con claridad! Usted clamó en el desierto, gritó a los demás para que abrieran los ojos ante el gran lobo que iba a engullir a Ntra. Santa Madre la Iglesia, pero los demás no estaban a su altura y fueron almas mediocres y timoratas. ¡Y ahora tenemos lo que nos merecemos! Usted previó con meridiana y pasmosa precisión los desastres y estragos que Montini y su secta infernal iban a causar en todo el orbe. Sus pronósticos se han cumplido totalmente, y hoy en día no tenemos absolutamente NADA. Quienes queremos vivir y morir CATÓLICOS de verdad hasta la muerte estamos obligados a subsistir en el desierto, lejos de la Babilonia herética y apóstata que ha usurpado a la Iglesia, con la sola ayuda del Espíritu Santo, el cual NUNCA nos dejará solos si perseveramos y correspondemos a la divina gracia con nuestra fidelidad.

¡Rev. Padre SÁENZ Y ARRIAGA, RUEGUE POR NOSOTROS!

¡SÁLVANOS, SEÑOR JESÚS, PORQUE PERECEMOS!

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Message  Javier le Mer 22 Mai 2019, 7:23 am

EL CARDENAL JEAN DANIELOU, S. J.


En mi comentario anterior al artículo publicado por la Revista "La Civiltá Cattolica" de los jesuitas de Roma, cité como falsa derecha, como inspirador y padre del grupo sospechoso de los "silenciosos", al cardenal Jean Danielou, S. J., uno de los personajes más enigmáticos de la actividad religiosa de Paulo VI. Yo considero a Danielou como un verdadero peligro para la Iglesia del mañana, como uno de los posibles candidatos a sustituir al Papa Montini y a seguir su funesta política. Ya, en alguno de mis libros anteriores, reproduje un artículo de Danielou, publicado por la revista "EN CE TEMPS-LA", publicación semanal editada en Bruselas (65, rué de Hennin) le journal de la Biblie, titulado: "El pecado original: la idolatría", en el que Su Eminencia se aparta ciertamente de la tradición católica y de las enseñanzas del Concilio de Trento.

Carlos Sacheri, en "La iglesia Clandestina" dice que dicho cardenal, antes de recibir la púrpura, fue un escritor al que más se ubicaba entre los cultores de la "nueva teología", cuya paternidad de la catástrofe religiosa, que hoy padecemos, es innegable, tanto que Eugenio Vegas Latapie, en su excelente trabajo "El modernismo, después de la Pascendi" (edición Speiro, Madrid 1968, pág. 21) transcribiendo la enumeración que hace Andrés Avelino Esteban Romero en "Repercusiones que ha tenido la Encíclica Humani Generis y comentarios que ha suscitado" (XI Semana Española de Teología, edit. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid 1952), dice: "Detrás
del impersonalismo de las denuncias y condenas contenidas en la Humani Generis existen nombres reales de autores y obras, que Pío XII deliberadamente no quiso mencionar. De esos autores, los comentaristas de ese
tiempo señalaron como los más destacados a los Padres de Lubac, Danielou, Bouillard, Balthasar, Fressard, Chenu, Congar, Dubarle, Adam y Teilhard de Chardin".
Jesuítas y dominicos eran los que estaban al frente de la clandestina subversión, como catedráticos de las casas de estudios de sus casas de formación, los cuales fueron depuestos de sus cátedras y amonestados prudentemente por la misma Encíclica Humani Generis de Pío XII.

Que sepamos el cardenal nunca se retracto de sus escritos anteriores. En la actualidad, en manera alguna, puede ser considerado como un defensor sincero de la tradición, aunque bien sabemos su actitud ambigua, con la que ha desorientado y engañado a muchos sinceros luchadores de la verdad católica. Jean Danielou es, a no dudarlo, uno de los más hábiles y fieles instrumentos de la obra reformista de Paulo VI. Para poder darnos cuenta de la crisis espiritual y doctrinal por la que estamos pasando, y en la que el P. Danielou intervino manifiestamente en tiempos anteriores, vamos a citar algunos párrafos de la carta que el M.R.P. General de la Compañía de Jesús, Juan B. Janssens, S. J. dirigió a la universal Compañía, el 11 de febrero de 1951, sobre la aplicación de la Encíclica "Humani Generis", publicada por Su Santidad el Papa Pío XII, el 12 de agosto de 1950, sobre las falsas opiniones contra los fundamentos mismos de la doctrina católica:


CONTINUARÁ...

"SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga - Page 6 Cardinal-Jean-Danielou El ambiguo e hipócrita cardenal Danielou, discípulo predilecto de Montini-P6.
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Message  Javier le Ven 24 Mai 2019, 6:28 am

Carta que el M.R.P. General de la Compañía de Jesús, Juan B. Janssens, S. J. dirigió a la universal Compañía, el 11 de febrero de 1951, sobre la aplicación de la Encíclica "Humani Generis", publicada por Su Santidad el Papa Pío XII, el 12 de agosto de 1950, sobre las falsas opiniones contra los fundamentos mismos de la doctrina católica:

"Reverendos Padres y Carísimos Hermanos: Pax Christi.

"La encíclica Humani Generis, que ha publicado el Soberano Pontífice el verano pasado, se refiere principalmente a un
movimiento de ideas muy complejo, en el cual muchos de los Nuestros han tomado parte y algunos de ellos (entre los cuales
estaba Danielou) han jugado un papel preponderante. La cosa no admite duda para cualquiera que compare el documento
pontificio con las discusiones filosóficas y teológicas de estos últimos años. Por lo demás, yo no ignoraba que el Santo Padre se
proponía intervenir en estos debates.(Véase Mem. S. J., vol. VIII, pág. 385385). Por esta razón, por haberme parecido
inconveniente anticiparme a S. Santidad, no pude dar explicación doctrinal alguna, al tomar las medidas disciplinares, por las
cuales separé de la enseñanza a muchos de los profesores (entre los que estaba Danielou), al fin del año académico pasado.
Estas medidas, lo sé bien, han afectado a operarios fervorosos, dotados de un talento indiscutible. Era inevitable que esas
medidas fueran resentidas no solamente por los principales interesados, sino también por otros muchos alrededor de ellos. Yo he
participado. Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, de ese vuestro sufrimiento. Como padre vuestro que soy, ¿podría no
participarlo? Pero, después de mucha oración, reflexión y consejo, me he visto obligado a tomar esas medidas, así como otras que
las precedieron y otras que, tal vez, tendré todavía que tomar. Si no hubiese de esta manera procedido, hubiera faltado a mi deber
de velar eficazmente por la seguridad de la doctrina de la Compañía. Me doy ciertamente cuenta de su excepcional gravedad, pero
una advertencia tan seria como una encíclica "sobre algunas falsas opiniones, que amenazan destruir los fundamentos de la
fe católica"
, nos testifica la presencia de una situación igualmente grave. Debemos aceptar, con espíritu de fe, esta advertencia
del Vicario de N. S. Jesucristo".


"De esta aceptación quiero hablaros ahora. Porque la Encíclica impone normas que se refieren a nuestro pensamiento, a nuestra
enseñanza y a nuestros escritos
; y estas normas deben ser un remedio para los que más o menos, han sido ganados, por
opiniones peligrosas o erróneas.
Mas, la presencia del remedio no es todavía la curación. Un movimiento de ideas como éste, del
cual tratamos, no se detiene, sin un muy humilde y muy filial esfuerzo de sus defensores. La historia de la Iglesia nos enseña
también cuan difícil es ese esfuerzo y cómo, muchas veces, la enseñanza del Magisterio no ha podido reprimir, sino lentamente y
con dificultad las desviaciones doctrinales, que quería eliminar.
Y no estoy hablando de los numerosos casos en los que el
Magisterio ha chocado con la negación decidida a someterse. No hablo de estos casos, porque sé que ninguno de vosotros
pensará en oponer al Papa tal resistencia. La única actitud que nos conviene es, a no dudarlo, la de someternos perfectamente.
Pero, entre la rebeldía deliberada a la sumisión y la perfecta obediencia, hay lugar a posiciones medias, en las cuales fácilmente
se puede rebasar la norma impuesta, si no se tienen ideas claras en la materia. Por esto, juzgo mi deber. Reverendos Padres y
carísimos Hermanos, el disipar, en cuanto sea posible, todas las posibles oscuridades, a fin de preveniros contra tal tentación".


"Porque es costoso reconocer que está uno engañado, cuando no se ha podido llegar, sino por medio de acaloradoras
controversias, al convencimiento de la solidez de sus posiciones ideológicas y de la debilidad de las posiciones de sus adversarios.
A esto hay que añadir que las opiniones adoptadas están, con frecuencia, relacionadas con ciertas maneras de abordar o de tratar
los problemas, a las cuales se está habituado, de tal manera, que han terminado por convertirse, en cierto modo, en una parte de
la propia personalidad, de la que no fácilmente podemos desprendernos. En fin, en tales circunstancias no faltan amigos, que,
faltos de penetración o de firmeza, subrayan aquellas razones, que pueden poner en juego desfavorable la intervención misma de
la autoridad, tocando apenas los aspectos esenciales.


"¿A dónde se llega entonces? Se llega, sin tener clara conciencia, a querer conciliar las cosas inconciliables: se reconoce, por una parte, toda la sumisión que es necesaria y, por otra, se sostienen esas ideas contrarias al juicio del Magisterio, que le son tan
caras. Y por ese camino se llega a someter los textos del Magisterio a una exégesis, que desvirtúa el sentido del mismo, bien sea aplicándole distinciones arbitrarias, bien sea haciéndose sordos a las exigencias del Magisterio, bien sea, en fin, atribuyendo a la autoridad la intención de censurar esas opiniones, como si tuviesen un sentido más avanzado del que, en realidad, tienen. Estas mismas opiniones (las de ellos), menos severamente juzgadas, podrían, tal vez, ser permitidas".


"Todos sabemos que los textos no expresan su verdadero sentido, sino a aquéllos, que estando dispuestos a reconocerlo,
cualquiera que éste sea,
y que tal sentido queda, por el contrario, oculto a aquéllos, que, en su interior, quieren darles una
interpretación conforme a sus prejuicios.
La Encíclica "Humani Generis" debe ser interpretada, según las reglas aprobadas, que
los mejores teólogos aplican a esta clase de documentos. Sin embargo, no sería suficiente una aplicación técnica de estas reglas;
se requiere además investigar el mismo texto, en su más íntimo sentido, si así podemos decirlo, en posibilidad y disponibilidad de
un enfrentamiento con él. Aquí debemos hacer notar que no se pueden tener ni opiniones directamente opuestas a la Enciclica, ni
tampoco aquéllas que indirectamente se opongan a ella,
en contradicción a las conclusiones que el documento papal visiblemente
defiende.


CONTINUARÁ...
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Message  Javier le Sam 25 Mai 2019, 7:26 am

"Si insisto en estas distinciones, es porque la naturaleza humana está siempre inclinada a engañarse, a persuadirse que está
obedeciendo plenamente, cuando, en realidad, está buscando una evasiva. Y si os estoy hablando con entera franqueza —como
os habréis, sin duda dado cuenta— es porque una serie de hechos me han enseñado que tal insistencia es oportuna y necesaria.
Muchos de vosotros tenéis necesidad de que vuestro Superior y padre os instruya. Algunos parecéis muy preocupados por vuestra
propia defensa; pero, cuando el Papa habla, es otra la preocupación, que debería dominaros. ¿Estáis, por ventura, engañados y
soñando? Hay una manera de defenderse que podría parecer como un mentís dado por el súbdito al Romano Pontífice. Por dos
veces, al menos, dio el Sumo Pontífice a entender claramente que algunos "de los doctores católicos" no han sabido guardarse
de los errores que El señala en su Encíclica. (A.A.S., vol. XXXXII, pág. 564, 577). ¿Pretenderán, no obstante, algunos que su
Encíclica se refiere tan sólo a las posiciones extremadas o aducirán las opiniones de ciertos teólogos, como si éstas no estuviesen
expresamente contenidas en la Encíclica o dirán que ella se refiere exclusivamente a las deformaciones, sostenidas por algunos
discípulos, de las ideas enseñadas por sus maestros? Nosotros, Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, no podemos admitir
que nuestras reacciones frente a la Encíclica den la impresión, por pequeña que ésta sea, de una triste contienda del hecho y del
derecho.

"Es doloroso llegar a posteriores precisiones; sin embargo, yo debo hacerlas, buscando el bien de aquéllos a quienes éstas
puedan causar mayor pena.

"La Encíclica se opone al relativismo teológico: no, tan sólo, a un relativismo, que pudiera considerarse como extremo, que
recuerda al que sostienen los protestantes liberales y que está descartado de una manera indirecta, por el tenor de toda la
Encíclica, sino también a un relativismo más moderado, que el Papa apunta expresamente, cuya descripción encontramos en
estas palabras de la Encíclica: 'Los misterios de la fe no pueden nunca ser expresados —como se pretende— por nociones
adecuadamente verdaderas, sino solamente por nociones aproximadas, que pueden siempre cambiar; que indican, en
cierta medida, la verdad, mas sujeta a sufrir necesariamente una deformación'
"Por lo tanto —continúa la Encíclica — no
piensan que es absurdo, sino necesario, que la teología se acomode a las diversas filosofías, que, en el transcurso de los
tiempos, puedan surgir y de las cuales ella usa como instrumentos; es necesario que cambie las antiguas nociones por
las modernas, de suerte que, de diversas maneras, aun bajo cierto aspecto opuestas, pero que, como dicen, valen lo
mismo, nos dé a los hombres las verdades divinas".
(A.A.S. pág. 566).

"La lealtad hacia esta enseñanza del Santo Padre nos impone el deber de no admitir que lo que es absoluto e inmutable, contenido
en el desarrollo de la teología, sea tan sólo un absoluto de afirmación y no de contenido; o que las cosas invariables de la teología
—misterios revelados y las cosas conexas de la razón — no puedan ser concebidas específicamente en nociones invariables,
como son ellas, sino que necesariamente deban expresarse en las concepciones contingentes que las expresan, puesto que
cambian las mismas afirmaciones eternas; o, en fin, que una verdad inmutable no pueda mantenerse, cuando el espíritu humano
ha evolucionado, gracias a una evolución simultánea y proporcional, que quieren expresar. No será preciso, después de haber
distinguido en la Revelación, por una parte, todo el dogma, a saber, la realidad de Cristo, alcanzada por una percepción totalmente
concreta y viva, y, por otra parte, el andamiaje conceptual del tesoro así poseído, buscar otra expresión, como si nuestros
conceptos debiesen ser revisados constantemente para adaptarse a la verdad normativa de los misterios o como si ellos no
expresasen parcialmente la verdad divina sino con la condición de ser referidos a todo el dogma, alcanzado según un modo
superior de conocimiento.

"Paralelamente, para no apartarnos de la enseñanza del Jefe de la Iglesia sobre el valor de la razón, en el campo de la filosofía,
hay que guardarnos de hablar como si la idea de una doctrina filosófica, capaz de integrar en sí las adquisiciones eternas de todas
las otras filosofías, implicase una contradicción y como si la expresión más completa de la verdad filosófica debiese
necesariamente encontrarse en una serie de doctrinas, que fuesen entre sí complementarias y convergentes, a pesar de sus
diferencias, incluso de sus oposiciones sistemáticas. Totalmente contrario es el lenguaje de la Encíclica. Ella pide que se
mantenga "la posibilidad de una metafísica absolutamente verdadera"; ella censura la opinión, según la cual, las realidades,
sobre todo las realidades trascendentes, tuviesen su expresión más apropiada, en las doctrinas disímiles, que necesariamente se
complementan, aunque se opongan, por otra parte, las unas con las otras".

"La Encíclica habla de dos pruebas: la de la existencia de Dios y la del hecho de la revelación. Por lo que toca a la primera, nos
pide entre otras cosas, sostener que "sin los auxilios de la Divina Revelación y de la gracia, por solas nuestras luces
naturales y por los argumentos que nos dan las cosas creadas, la razón humana puede demostrar la existencia de un
Dios personal.
(A.A.S. vol. cit. pág. 570 y 573). Para no oponernos a esta enseñanza o reducir su sentido abusivamente, hay que
admitir que la existencia de un Dios verdadero puede ser la conclusión lógica de un raciocinio verdadero. Se niega, pues, que, en
el dominio de la razón, la verdadera prueba de la existencia de Dios deba consistir, en demostrar la necesidad, en la cual el
hombre se encuentra de conocer libremente a Dios por la fe, bajo pena de no responder al llamamiento esencial de su querer. Se
admitirá igualmente que toda prueba de la existencia de Dios no es por necesidad, en el sentido de San Anselmo, una inteligencia
de la fe, un esfuerzo para poder juntar, por vía de raciocinio, la afirmación previa de la fe. No se sostendrá que toda prueba de la
existencia de Dios es siempre un hecho criticable, puesto que el andamiaje dialéctico, por el cual se puede alcanzar,
frecuentemente anticuado, es, en todo caso, siempre inadecuado al movimiento del espíritu que busca y quiere traducir lo que para
él sería la verdadera prueba. En fin, se cuidará de enervar, por otra desviación, la prueba natural de la existencia del verdadero
Dios, al negar a nuestros conceptos el poder representarnos a Dios de una manera verdadera. No se dirá, pues, que, por razón del
carácter deficiente de nuestros conceptos, la afirmación de Dios es impotente para justificar ninguna de las formas particulares, en
que se funda, hasta el grado de que el espíritu no pudiese evitar el escollo del ateísmo, sin volver a caer en la idolatría, hasta que
el don sobrenatural de la vida de caridad dé a la afirmación de Dios un contenido espiritual apropiado.


CONTINUARÁ...


*Todas las negritas en el texto original del Rev. P. Sáenz y Arriaga
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Message  Javier le Dim 26 Mai 2019, 5:00 am

"Por lo que toca a la prueba del hecho de la Revelación, la Encíclica advierte que, gracias a las señales exteriores dadas por
Dios, "el origen divino de la religión cristiana puede ser demostrado con certeza, también por la sola luz natural de la
razón".
Si se lee este pasaje, refiriéndose a las tendencias actuales del pensamiento teológico, se ve que el Santo Padre da el
apoyo de su autoridad a una tesis clásica, que la mayor parte de los teólogos mantienen contra ciertas opiniones nuevas. Ni impide
el que pensemos que, de hecho, la gracia ilumina siempre la razón, aún en el caso en que ella se encamine al conocimiento del
hecho mismo de la Revelación. Si la luz natural de la razón posee, absolutamente hablando, el poder para distinguir las pruebas
de la Revelación, es, sin embargo, legítimo el creer que, en concreto, el ejercicio de este poder puede ser, más o menos, impedido,
por el acumulamiento de las dificultades. Se debe admitir que la certeza, de la cual la Encíclica habla, es una certeza propiamente
dicha; pero ésta no requiere necesariamente un motivo, que excluya la posibilidad de cualquier duda; basta que excluya la
posibilidad de una duda prudente. Después de la Encíclica, no se puede sostener todavía que sólo el aspecto interior de Dios
permite discernir con certeza la significación de los hechos divinos, que autentifica la Revelación. No podemos contentarnos con
admitir que a los ojos de la razón, la Revelación se presenta como un enigma que debemos descifrar, del cual no es posible
evadirse; pero se sostendrá que, independientemente del auxilio de la luz de la gracia, la razón humana tiene, por fuerza, absoluta
capacidad, para probar con certeza el hecho mismo de la Revelación.

"Mi predecesor, el P. Ledóchowski, promulgó, hace unos treinta años, una prohibición, que está en vigor, y que prohibe a los
Nuestros (los jesuitas) el sostener una teoría de la fe, que contenga, entre otras cosas, la tesis a la que la Encíclica se refiere. Algunos parece
que pensaban que esta tesis no caía bajo dicha prohibición, sino tan sólo en la medida en que ella estuviese comprometida, dentro
del contexto de la teoría incriminada. Mas, cualquiera que haya sido entonces el valor de esta opinión, el texto de la Encíclica del
Papa no deja ya campo a ninguna interpretación de este género. En adelante, los Nuestros se cuidarán de mantener esta tesis, en
cualquier contexto en que se ponga.

"Pero, además, la Encíclica condena, en términos generales, a todos aquéllos, "que pretenden 'ratíonali indoli credibilitatis
íidei christianae iniuriam inferunt"
, atacar la índole racional de credibilidad, propia de la fe cristiana. Lo que se podía afirmar
antes, sosteniendo la tesis, ha quedado descartado por la Encíclica, a saber, la necesidad absoluta de una iluminación
sobrenatural para probar el hecho de la Revelación; pero esa afirmación se podía y se puede hacer de muy diversas maneras,
especialmente negando el valor de ciertas pruebas apologéticas muy importantes. Yo no sé si el Santo Padre ha tenido en cuenta
tal negación, pero es mi deber el señalar este escollo, que vosotros todos debéis evitar. No es justo, ni legítimo decir que no hay
medio de fundar una prueba apologética verdaderamente sólida de la Resurrección de Jesucristo, con el testimonio de los
documentos históricos, que nos refieren la más antigua predicación apostólica, la aparición y el sepulcro vacío.

(NOTA: El Decreto Lamentabili condena la siguiente proposición:
"Resurrectio Salvatoris non est proprie factum ordinis historici, sed factum ordinis mere supernaturalis, nec
demonstratum, nec demostrabile, quod conscientia christiana sensim ex alus derivavit"
: la Resurrección del Salvador no es
propiamente un hecho de orden histórico, sino un hecho meramente sobrenatural, que ni ha sido, ni puede ser demostrado, sino
que la conciencia cristiana formó por otros caminos).

"Si no se pudiese probar esta Resurrección, apoyándonos tan sólo en la autoridad de los libros del Nuevo Testamento,
considerados simplemente como documentos históricos, no se podría demostrar que Jesús se presentó como el Mesías y el Hijo
de Dios, en el sentido propio, ni que El confirmó ese testimonio que dio de su persona con sus milagros y su Resurrección. No se
puede decir, de una manera conforme al pensamiento católico, que, después de haber mostrado cómo Jesús quiso realizar, en el
cuadro de una vida humana, una obediencia total a Dios, el historiador no puede ir más adelante y que, por lo que se refiere a la
respuesta que debe darse a la obvia pregunta que nace de esa realidad humana de la vida Cristo, a saber: ¿QUIEN ES, PUES,
ESTE HOMBRE? , el historiador debe ceder la palabra al creyente o al incrédulo. La Encíclica 'PROVIDENTISSIMUS' habla en
términos totalmente distintos: Quoniam vero divinum et infalibile Magisrerium Ecclesiae, in auctoritate etiann Sacrae
Scripturae consistit, huius propterea lides saltem humana asserenda in primis vindicanda est: quibus ex libris, tanquam
ex antiquitatis probatissimis testibus, Christi Domini divinitas et legatío, Ecclesiae hierarchicae institutio, primatus Petro
et succesoribus eius collatus, in tuto apertoque collocentur:
Dado que el Magisterio divino e infalible de la Iglesia se funda
también en la autoridad de la Sagrada Escritura, debe ser defendida la fe en esos libros santos, al menos humana, la cual hemos
de proclamar, porque con esos libros, como con los testigos más antiguos y autorizados, demostramos la divinidad y legación de
Cristo N. S., la fundación de la Iglesia Jerárquica y la colación del Primado de Pedro y de sus sucesores.


CONTINUARÁ...

*Nota: Todas las negritas en el texto original del Rev. P. Sáenz y Arriaga

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Message  Javier le Mar 28 Mai 2019, 2:29 am

"Hay en la Encíclica, una enseñanza sobre la libertad con que Dios hizo la creación: 'Pretenden —dice el Santo Padre— que la
creación del mundo fue necesaria, porque procede de la liberalidad del amor divino'
(que es necesario); y hace notar el Papa
que esta doctrina no está de acuerdo con la doctrina dogmática del Vaticano (Primero). Se trata aquí de la creación en general; la
forma particular que la creación ha seguido, según los planes primitivos. El Soberano Pontífice nos recuerda que la creación, obra
ciertamente del amor soberanamente liberal de Dios, procede también de una libre elección de este amor infinito de Dios. La
negación de esta libre elección equivaldría a afirmar que Dios ha procedido, no con libertad sino con necesidad, a la creación.
Negada la libertad de Dios en la obra creadora, habrá que recurrir entonces, con bellas palabras, a una libertad trascendente, con
la cual Dios habría creado el universo; pero, de todos modos, esta libertad debería ser concebida como una necesidad, por la cual
Dios no habría podido dejar de crear el universo. Después de lo cual, se podrá, tal vez, hablar aún de la contingencia de la
creatura, para expresar que ningún ser, fuera de Dios, tiene en sí la razón suficiente de su existencia, mas no ciertamente para
expresar que Dios hubiera podido dejar de crear el universo. Se mantendría, en este caso, la necesidad, con que según esta tesis,
Dios tuvo que crear el universo; lo cual es precisamente lo que la Encíclica rechaza. Sería aún más grave el usar un lenguaje, que
no solamente supusiese la necesidad de la creación, sino que atacase, si no la personalidad misma de Dios, al menos su
trascendencia absoluta. He tenido que hacer esta advertencia. Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, porque, por desgracia,
han circulado ciertos escritos, que tratan de las relaciones entre Dios y el mundo, en los términos más equívocos. La imagen de
Dios, que naturalmente suscitan en el espíritu, gravemente deforman nuestra fe, los rasgos que Dios nos da esa fe. No insisto más
sobre este punto, porque no creo que estas ideas hayan encontrado un verdadero eco entre los Nuestros".

"El Santo Padre nos habla también de la creación inmediata del alma humana. El toca esta verdad, a manera de paréntesis, pero
en los términos más precisos. En efecto, nos dice "la fe católica nos manda sostener que las almas de los hombres son
inmediatamente creadas por Dios".
(Véase, en este pasaje de la Encíclica, la distinción esencial entre la materia y el espíritu)
(A.A.S. p. 570).
Esto significa la creación inmediata por Dios del alma humana: la causa eficiente del alma es solo Dios; de tal
manera que el alma no es el término de la transformación de algo pre-existente (non ex aliquo), sino un ser que Dios con su
Omnipotencia saca de la nada. Claramente va contra esta verdad el que dice que el tejido del universo es el espíritu-materia y que
el universo es la materia, que evoluciona en el espíritu; el que explica que la unidad del mundo es la elevación hacia un estado,
siempre más espiritual, de una conciencia, al principio pluralizada y materializada; el que ve en el hombre simplemente el estado
más elevado, que nosotros conocemos, del desarrollo del espíritu sobre la tierra. Es claro que no basta, para hacer aceptables
estas ideas, el decir que la aparición de la persona humana marca un punto crítico y un cambio de estado. Aunque se añada que
este cambio sólo representa un paso de la evolución, en el que no se rechaza, por lo tanto, la doctrina de la creación inmediata del
alma. Porque un cambio brusco y aun específico, que se da en el curso de una evolución, no basta para definir una creación
inmediata"

"Algunos -observa la Encíclica- "corrompen el carácter de don gratuito (la gratuidad) propio del orden sobrenatural, cuando
presumen decir que Dios no puede crear seres dotados de inteligencia, sin ordenarlos y llamarlos a la visión beatífica".

(A.A.S. p. 570). ¿Cuál es la trascendencia de esta afirmación? Se debe decir, conforme a una regla de interpretación,
generalmente admitida, que el Papa ordena adherirnos a la proposición contradictoria a la que él condena. Debemos reconocer,
pues, que pudo ser posible para Dios crear seres espirituales, sin destinarlos a la visión beatífica. Explica Su Santidad por qué el
manda que se sostenga, como verdad indiscutible, esta posibilidad: si la negamos, comprometeremos el carácter de don
gratuito (de gratuidad), que es propio de todo el orden sobrenatural. Lo que, en otras palabras es decir: la noción tradicional del
carácter completamente gratuito del orden sobrenatural implica que Dios habría podido crear seres espirituales sin invitarlos a la
visión beatífica, como de hecho El lo hizo, con nosotros. Así, pues, en adelante, no se podrá sostener la tesis, según la cual, la
criatura espiritual no habría podido existir, sin ser elevada al orden sobrenatural y a la visión beatífica. Esa tesis, reprobada por el
Papa, es la filosofía; o que esta tesis, excogitada para salvar el carácter de don gratuito de lo sobrenatural es impotente para
cumplir este papel; o que ella está privada de significación, después de haber comprendido que el espíritu debe ir de lo real a lo
posible y no inversamente; o, aun más, que, según esta tesis, el destino sobrenatural sería, a un mismo tiempo, esencial al hombre
y gratuito para él. Nosotros, en adelante, no sostendremos sino los dos puntos de vista, que pueden explicarnos el carácter de don
gratuito de la visión beatífica: el uno, que implicaría el recurso de la posibilidad de un orden, en el que Dios no destinara a la
creatura inteligente a esta visión; y el otro que excluiría tal recurso, al mismo tiempo que lo haría superfluo. En fin, aceptaremos
plenamente que Dios habría podido crear al hombre, sin destinarlo a la beatitud sobrenatural; nosotros no diremos, pues, que tal
afirmación es solamente legítima, como una manera antropomórfica de expresar la suprema 'gratuidad' de un don que Dios no
podría abstenerse de ofrecer al hombre, después de haberlo creado.


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Ven 31 Mai 2019, 1:57 pm

El Papa se conduele de que "sin tener en cuenta las definiciones del Concilio de Trento, se trate ahora de desviar el sentido
del pecado original".
Estas palabras deben bastarnos, como debería haber bastado anteriormente la doctrina del Concilio de
Trento, para impedir el imaginarse un pecado que no fuese el resultado de una falta cometida, sino que sería una oposición innata
a la caridad, un mal necesario de la creación humana, comprometida en la materia en que vive y llamada a participar de la vida
divina. En efecto, el Concilio de Trento expresamente enseña que el pecado original tiene su origen en la prevaricación de
Adán. (Conc. Trid. sess. 5, c. 2) Y ¿cómo podríamos evitar el hacer a Dios responsable de un pecado que, independientemente de
toda falta cometida, sería una condición innata de la creatura humana? No se corrige suficientemente tal opinión diciendo que ella
no es sino una explicación parcial; y que solamente trata de explicar el estado incompleto de una tara original, que debe su
terminación a la intervención de una falta realmente cometida. Esta corrección resulta totalmente insuficiente por diversas razones;
en particular porque el Concilio de Trento nos enseña: primeramente, que antes de su caída, Adán había sido creado y constituido
por Dios en "la santidad y la justicia"; y, en segundo lugar, que la concupiscencia, que conduce a la transgresión, tuvo, en primer
lugar, su origen en esa caída. (Trid. sess. 5, c. 5).

"El dogma del pecado original está relacionado con la cuestión del origen monogenético o poligenético del hombre, sujeto sobre el
cual la Encíclica contiene una importante declaración. Por monogenismo los teólogos entienden la propagación de la humanidad
entera a partir de una pareja única; y por poligenismo, la propagación del género humano partiendo de una base más extensa, es
decir, de diversas parejas humanas. El Santo Padre no admite que el poligenismo (entendido ciertamente como lo hemos
explicado) pueda ser objeto de libre discusión, como pudo ser, dentro de sus justos límites, el evolucionismo extendido hasta el
origen mismo del cuerpo humano. El explica su firme posición en estos términos: "Mas, cuando se trata del poligenismo, los
hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, porque los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que, después
de Adán, hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente, por natural generación, o bien de
que Adán significa el conjunto de muchos primeros padres; pues no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse
con cuanto las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia enseñan sobre el pecado
original, que procede de un solo pecado, en verdad cometido por un solo Adán, individual y moralmente, y que, trasmitido
a todos los hombres, por la generación, es inherente a cada uno de ellos, como suyo propio".
(Rom. V, 12-19; Trid. sess. 5,
can. 1-4).
Se ve claro que el Sumo Pontífice no quiso pronunciarse sobre la antigua hipótesis de los "preadamitas", con tal de que
ellos hubiesen formado una familia humana, que existió antes de la aparición de la nuestra; pero, con esta reserva, prohibe admitir
el poligenismo. Y da la razón de esta prohibición: por que tal sentencia "no puede compaginarse con cuanto las fuentes de la
verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia enseñan sobre el pecado original, que procede de un
pecado, en verdad cometido por un solo Adán y que, trasmitido a todos los hombres, es inherente a cada uno de ellos,
como suyo propio".
En otras palabras, es claro que el poligenismo no es compatible con las exigencias de nuestra fe. Un
católico no puede poner a discusión el monogenismo de la humanidad. Todos nosotros mantendremos que el misterio del pecado
original implica el hecho de la existencia de un primer hombre, Adán, cabeza individual de la humanidad, así como de Cristo, el
segundo Adán, que vino a liberarnos de la ruina en la que nos había puesto el primer Adán, tronco de toda la humanidad.

"A propósito del pecado original, el Papa indica cómo se ha corrompido también la noción del pecado en general (Unaque simul
pervertitur notio peccati in universum prout est Dei offensa, itemque satisfactionis a Christo pro nobis exhibitae):
y se
corrompe al mismo tiempo la noción del pecado en general, en cuanto es una ofensa hecha a Dios, así como la de la satisfacción
hecha por nosotros por Cristo. Según una exposición muy recientemente publicada, aunque se continúa diciendo que el pecado es
una ofensa que el hombre hace a Dios, teniendo en consideración la actitud del pecador, que hace cuanto está en su poder para
ultrajar a Dios, no obstante el pecado no ofendería a Dios de manera que hiciese contraer al pecador una deuda de reparación,
frente a frente, con la justicia divina. Así Dios no tendría por qué someter el perdón de la humanidad culpable a la condición de que
Cristo le ofreciese a su Divina Majestad la justa reparación de la ofensa del pecado. Tendríamos que renunciar a ver, en la
satisfacción de Nuestro Divino Salvador, un homenaje, destinado a reparar, a los ojos de la justicia divina, la ofensa hecha a Dios
por el pecado. La Encíclica nos pone en guardia contra tal opinión y nos exhorta a no deformar ni la noción tradicional del pecado,
ni la de la satisfacción redentora ofrecida por Cristo. Es, pues, necesario sostener, en conformidad con la Tradición, que el pecado
de tal manera ofende a Dios, que nos impone la carga de una deuda de reparación hacia El y que nuestro Divino Salvador nos ha
hecho a Dios propicio, al redimir nuestras ofensas por el homenaje de su obediencia hasta la muerte.

"Yo debo hablaros también, mis Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, de los misterios de la presencia real y de la
transubstanciación. La Encíclica nos dice: "Nec desunt qui contendant transsubstantiationis doctrinam, utpote antíquata
notione philosophica substantiae innixam, ita emendandam esse ut realis Christi praesentia in Santissima Eucharistia ad
quemdam symbolismum reducatur, quatenus consecratae species, non nisi signa efficacia sint spiritualis praesentiae
Christi eiusque intimae coniunctionis cum fidelibus membris in corpore Mystico":
Ni faltan quienes pretendan que la doctrina
de la transubstanciación, que se apoya en una anticuada noción filosófica de la substancia, de tal manera deba ser corregida que
la presencia real de Cristo en la Santísima Eucaristía sea reducida a cierto simbolismo, en cuanto las especies consagradas no
son otra cosa sino signos eficaces de la presencia espiritual de Cristo y de su íntima unión con los miembros fieles de su cuerpo
Místico. En estas páginas, en las que yo no quiero ver sino un ensayo precipitado, que no deberían haber sido jamás escritas, ni
deberían tampoco haber circulado, se encuentran las siguientes consideraciones, todas, desde luego concernientes a la presencia
eucarística. Hay aquí, dicen, una presencia real, porque la consagración eucarística es la ofrenda del Sacrificio de la Cruz; más
preciso, porque en ella está la ofrenda eficaz, que hace de la divina víctima el espíritu vivificante de la humanidad regenerada. La
presencia eucarística -dicen además— no debe ser concebida como una relación directa o indirecta al lugar; la eucaristía nos da
una presencia mejor: ella hace que Cristo esté espiritualmente presente en la humanidad; gracias a ella nosotros estamos,
nosotros somos más próximos a Cristo, nosotros podemos pedirle y contar con su ayuda. Y añaden que no hace falta preocuparse
por resolver el dilema siguiente: o está Cristo presente en el lugar, aunque no localmente o bien no está sino metafóricamente
presente, en cuanto la hostia nos hace pensar en su universal presencia en la humanidad. Porque hay —dicen— un tercer término
en el dilema: la hostia consagrada, que no es necesario separar del rito que la consagra, no hace solamente pensar en la
presencia real de Cristo en la humanidad, ella se convierte en una señal eficaz.


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Sam 01 Juin 2019, 4:51 am

"Examinemos, después, el sujeto de la conversión eucarística. La palabra "transubstanciación" tendría el inconveniente de
referirse a una concepción inadmisible de los escolásticos. Para ellos —explican— siendo la realidad de la cosa la substancia en la
que subsisten los accidentes, la cosa no puede cambiar realmente a no ser que cambie la substancia: de ahí la ¡dea de la
transubstanciación. Mas hoy día, después de habernos acostumbrado a distinguir los diferentes grados de la reflexión, sabemos
que cada cosa tiene un sentido y, por así decirlo, un ser científico, y un sentido y un ser religioso. Esta segunda significación la
definirá en su verdadera realidad. Por esto —dicen— que, en virtud del rito de la consagración, el pan y el vino se han convertido
en el símbolo eficaz del Sacrificio de Cristo y de su presencia espiritual en la humanidad; su ser religioso ha cambiado totalmente.
Por la fuerza creadora, el pan y el vino han sufrido la más profunda transformación; cambios que están al nivel del ser que
constituye su verdadera realidad. Esto es lo que podríamos designar como transubstanciación. Es claro que la Encíclica prohíbe
sostener tal opinión. ¿Cómo podríamos sostenerla, si no está de acuerdo con la fe católica?

"Con pena profunda debo reconocer, Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, que algunos de los Nuestros, en lugar de
oponerse resueltamente a tal concepción, se han inspirado en ella. Han hecho, lo sé, sus modificaciones y sus correcciones a esta
doctrina, pero, sin embargo, han sostenido la idea de que la transubstanciación debe ser definida, o puede ser definida como un
cambio de sentido y de función del pan y del vino (eso que ellos llaman transfinalización). Al hacer esto, no podían vanagloriarse
de estar renovando una antigua tradición agustiniana, a pesar de que los teólogos medievales habían expresamente dicho, que,
en cierta época, se había hablado de la "carne espiritual", para designar la eucaristía, pero en un sentido totalmente objetivo, que
sería inverso a las concepciones de San Agustín; a pesar de lo que se ha dicho también del torbellino histórico, originado en torno
a las ideas de Berenguer (dic. 1058), después de la cual, en la teología eucarística a la dialéctica del signo y de la cosa, había
respondido la noción de la substancia; a pesar, en fin, de lo que se había añadido sobre el realismo sacramental, que, desde
entonces sólo secundariamente fue considerado como un simbolismo, la fe en la presencia real comenzó a ser protegida, durante
una larga serie de siglos, por una teología sacramental, que fue desarrollándose y organizándose debidamente. No podemos
ahora sustituir una nueva representación del misterio eucarístico a la que ha sancionado el Concilio de Trento. Debemos afirmar
que las manifestaciones sensibles (los accidentes eucarísticos) del pan y del vino son la expresión de una substancia (o de un
conglomerado substancial) de un objeto existente, al cual se atribuyen; y que esta substancia, por una transformación total, se
convierte en el Cuerpo mismo y la Sangre de Cristo. Debemos sostener igualmente que, en virtud de la transformación de la
substancia del pan y del vino, en la substancia del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, la humanidad de Jesús está contenida bajo las
especies sacramentales, y que esa sacratísima humanidad, en su propia realidad está presente sobre nuestros altares, aunque
oculta bajo los accidentes eucarísticos. Sin duda, durante largos siglos, el misterio eucarístico no había sido formulado de una
manera tan explícita y precisa. Mas, como nos lo dice la Encíclica, el sano método teológico prohíbe hacer valer contra las
expresiones explícitas de la Tradición más reciente las expresiones todavía no precisas de la Tradición más antigua o de la
Escritura. Esto equivaldría a no apreciar el papel que tiene la Iglesia y su Tradición, para interpretar y explotar las riquezas del don
revelado.

"El Soberano Pontífice no habla tan sólo del Cuerpo de Jesús, presente en la Eucaristía, sino que hace también mención del
Cuerpo Místico del Señor. Recuerda, aunque no lo diga expresamente, la enseñanza que él había dado, en la Encíclica 'Mystici
Corporis Christi'
, de la identidad de la Iglesia Católica, Romana, con el Cuerpo Místico. "Algunos no se creen ligados —dice
por la doctrina, enseñada ha pocos años, en nuestra Encíclica, y apoyada en las fuentes de la Revelación, a saber que
el Cuerpo Místico de Cristo y la Iglesia Católica Romana son la misma y única cosa".
Si no se ha comprendido en conjunto
esta enseñanza del Papa, ¿no debería, al menos, comprenderse su recuerdo? No será, pues necesario el seguir discutiendo la
realidad de que la Iglesia visible sea verdaderamente coextensiva al Cuerpo Místico de Cristo aquí en la tierra, ni significar que ella
es, aunque inadecuadamente, distinto de él. Que no se insista en decir que el Cuerpo Místico es la realidad invisible de la gracia,
de la que la Iglesia es el signo eficaz; y que tendría por consecuencia, entre la Iglesia visible jerárquica y el Cuerpo Místico, una
distinción y una continuidad como la que se da entre un signo y la cosa por él significada. Porque el Jefe de la Iglesia no habla de
tal distinción, ni de tal continuidad, sino de una real identidad: la Iglesia es una; visible en un aspecto e invisible en otro, y, por lo
tanto, no es realmente distinta del Cuerpo Místico de Cristo.

"Un pasaje importante de la Encíclica trata de la filosofía escolástica (philosophia nostris scholis tradita). El Papa no subraya
tan sólo, sea lo que fuere lo que él parezca decir, el valor del realismo moderno a los ojos del cual las leyes del espíritu o los
primeros principios son también las leyes del ser, según el cual, un conocimiento, es posible un conocimiento del mundo y de un
conjunto de verdades absolutas, mediante signos conceptuales. Este realismo moderado es una posición común a muchas
filosofías, entre las cuales algunas se oponen abiertamente a nuestra filosofía perenne. Del mismo modo, el Santo Padre se
preocupa por subrayar otras cosas todavía. Hace notar que la filosofía escolástica contiene numerosos puntos que tocan, al menos
indirectamente, a cuestiones de la fe y de la moral, que no pueden ser puestas a discusión. Entre estos puntos -precisa Su
Santidad-, es necesario señalar, en primer lugar, los principios de esta filosofía y sus principales aciertos. Es cierto que él aprueba
que se perfeccione y se enriquezca la filosofía escolástica: y admite como útil el confrontar la escolástica con otros grandes
sistemas; sin embargo, no admite el Papa que se trastorne, que se introduzcan en ella falsos principios o que se la estime como
una construcción grandiosa, pero ya fuera de tiempo y anticuada. Nos recuerda también que el valor privilegiado de nuestra
filosofía cristiana no le viene tan sólo de la sabiduría humana, sino también de la Revelación, tomada por nuestros grandes
doctores como norma directriz de sus investigaciones. Pide que nos esforcemos en contribuir al progreso del pensamiento
filosófico, no oponiéndole a nuestra filosofía constantemente las tesis nuevas a las que han sido debidamente establecidas, sino,
sobre todo añadiendo nuevas verdades a la verdad ya conocida y, ante todo, corrigiendo los errores que se han podido introducir a
las doctrinas del pasado. Por lo que toca al tomismo, en fin, él nos recuerda la prescripción del Derecho Canónico, en virtud de la
cual, los futuros sacerdotes deben ser formados en las disciplinas filosóficas, "según el método, la doctrina y los principios del
Doctor Angélico".
Alaba el valor a la vez pedagógico y altamente científico de la doctrina de Santo Tomás, su perfecta armonía
con la verdad revelada, la eficacia, con la que asegura los fundamentos racionales de la fe y su aptitud para inspirar una
investigación filosófica sanamente progresiva.


CONTINUARÁ...

*Todas las negritas en el texto original del Rev. P. Sáenz y Arriaga

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Message  Javier le Dim 02 Juin 2019, 5:26 am

"El Sumo Pontífice toma después la defensa de la filosofía escolástica contra sus detractores. (Permítaseme aquí, citar
textualmente las palabras de Pío XII, haciendo a un lado la carta del P. Janssens:

Papa Pío XII a écrit:"Por eso es muy deplorable que hoy en día algunos desprecien una filosofía que la Iglesia ha aceptado, y que, imprudentemente
la apellidan anticuada por su forma racionalística —así dicen— por el proceso psicológico. Pregonan que esta nuestra filosofía
defiende erróneamente la posibilidad de una metafísica absolutamente verdadera; mientras ellos sostienen, por lo contrario, que
las verdades, principalmente que se completen mutuamente, aunque, en cierto modo sean opuestas entre sí. Por ello conceden
que la filosofía enseñada en nuestras escuelas, con su lúcida exposición y solución de los problemas, con su exacta precisión de
conceptos y con sus claras distinciones, puede ser útil como preparación al estudio de la teología escolástica, como se adoptó
perfectamente a la mentalidad del medievo; pero, afirman, no es un método filosófico que responda ya a la cultura y a las
necesidades modernas. Agregan, además, que la filosofía perenne no es sino la filosofía de las esencias inmutables, mientras que
la mente moderna ha de considerar la existencia de los seres singulares y la vida en su continua evolución. Y, mientras desprecian
esta filosofía, ensalzan otras, antiguas o modernas, orientales u occidentales, de tal modo que parecen insinuar que, cualquier
filosofía o doctrina opinable, añadiéndole —si fuera menester— algunas correcciones o complementos, puede conciliarse con el
dogma católico. Pero ningún católico puede dudar de cuán falso sea todo eso, principalmente cuando se trata de sistemas como el
inmanentismo, el idealismo, el materialismo, ya sea histólico, ya dialéctico, o también el existencialismo, tanto si defiende al
ateísmo, como si impugna el valor del raciocinio en el campo metafisico").


Continuemos ahora con la carta del P. General de los jesuitas:

"Pío XII rechaza, pues todos los ataques, que le han opuesto a su modo de expresión, que consideran anticuado, y a su método
que algunos han tildado de racionalismo. Alaba, en cambio, el Papa su preocupación por la claridad en la manera de plantear los
problemas y resolverlos, su precisión en la explicación de las nociones y la nitidez de sus distinciones. Aprueba el mantener la
posibilidad de una metafísica absolutamente verdadera, y no admite que se le acuse de ser una filosofía de esencias inmutables
únicamente, incapaz de enfocarse, como es necesario hoy, hacia la existencia individual y el movimiento incesante de la vida. La
defiende igualmente contra el reproche de profesar un intelectualismo unilateral y describe con elogio su concepción de su
decisión de tener un puesto en la investigación de la verdad. Rechaza la idea de que, no importa cuál sea, cualquier doctrina
filosófica, completada o corregida en ciertos aspectos, pueda estar de acuerdo con el dogma, como lo está la filosofía escolástica.
En particular, él niega tal posibilidad a ciertas formas de la filosofía contemporánea, que él enumera. En esta enumeración yo
anoto la mención del idealismo (notando que la filosofía hegeliana es seguramente idealista) y la del existencialismo, no solamente
el ateo, sino aun el que admite la religión, aunque niega el valor del raciocinio de la metafísica.

"Si algunos de los Nuestros se han formado una mentalidad filosófica que les ha hecho antipáticos el método o las grandes tesis
de los mejores doctores escolásticos y particularmente de Santo Tomás de Aquino, si han dejado de ver el medio para estudiar con
fruto los problemas filosóficos de nuestros días, a la luz de la antigua filosofía y en verdadera continuidad con ella, no podrán sin
una gran deslealtad y un enfrentamiento al Soberano Pontífice, pretender seguir enseñando la filosofía, sobre todo a los futuros
sacerdotes. Sus Superiores no podrán sin faltar a su deber, confiarles un cargo que no podrá ser ejercido como se debe.
Comprendo perfectamente que, a pesar de una voluntad sincera de obedecer, no se puede cambiar de mentalidad de un día para
otro; pero, en manera alguna puedo aprobar que se quiera enseñar la filosofía, si ésta enseñanza no puede hacerse, según las
normas dadas por el Papa.

"Las normas que se refieren a la "philosophia perennis" están precedidas en la Encíclica, por aquellas que se refieren a la
teología escolástica. Hablando de ésta última, el Sumo Pontífice califica de extrema imprudencia el hecho de rechazar, de
descuidar o de no tener estima "Tot ac tanta, quae pluries saeculari labore a viris non communi ingenii ac sanctitatis,
invigilante sacro Magisterio, nec sine Sancti Spiritus lumine et ductu, ad accuratius in dies fidei veritates exprimendas,
mente concepta, expressa ac perpolita sunt"
, tantas y tan grandes cosas que frecuentemente, con un trabajo secular, han sido
concebidas, expresadas y aquilatadas por varones de no común ingenio y santidad, bajo la vigilancia del Sagrado Magisterio y no
sin la luz y la dirección del Espíritu Santo. "El menosprecio -dice además el Papa— de la terminología y de las nociones, que
los teólogos han acostumbrado a usar, conduce naturalmente a privar de consistencia la teología especulativa, a la que
juzgan desprovista de toda certeza, por el hecho de estar apoyada en el raciocinio teológico".
Un profesor de dogma no
tendría en cuenta, como conviene, estas advertencias, si él descuidase en su enseñanza la teología escolástica o si mostrase
poca estima hacia ella. Si impidiese que su mentalidad se inspirase en las enseñanzas y puntos de vista de la Encíclica sobre la
teología, no podría permanecer en su puesto; él mismo, por necesidad, debería presentar su renuncia a su cargo. Bien entendidas
las cosas, el Santo Padre no quiere que una intemperante especulación invada la teología dogmática, con detrimento de la
teología positiva. "Las ciencias sagradas —observa— encuentran siempre un rejuvenecimiento en el estudio de las fuentes
de la Revelación, mientras que, por el contrario, la experiencia nos demuestra, una especulación que descuide la ulterior
inquisición del sagrado depósito de la Revelación, se hace estéril".
El recurrir, pues, constantemente a la Biblia y a la
Tradición es necesario a la teología especulativa; pero esto no significa que debamos hacer de este recurso una arma contra la
herencia de la escolástica, a la que la Encíclica tanto estima y alaba. Si se quiere hacer un acercamiento más estrecho de los
vínculos entre la teología y la Sagrada Escritura, no será, como se ha dicho, para buscar liberarla de aportaciones extrañas, que,
sin viciarla fundamentalmente, la habrían, sin embargo, colocado, con frecuencia, fuera de las categorías escriturísticas
fundamentales.

"Y esto me lleva a decir una palabra sobre el método de interpretación de la Biblia; porque la Encíclica toca la cuestión,
actualmente muy discutida, de la exégesis espiritual y simbólica. No pretende, evidentemente, excluir esta exégesis, que puede
demostrarse con la autoridad misma de la Escritura y de la Tradición; ni pretende desalentar los esfuerzos por darle un mayor
valor, ni trata de evitar esas tentativas, ricas en promesas, Pero la Encíclica desaprueba las exageraciones manifiestas. No admite
que se hable como si la exégesis literal debiese "ceder el paso a la exégesis, que llaman simbólica y espiritual", como si,
gracias a este cambio de método, "los libros del Antiguo Testamento, que hasta ahora habían sido en la Iglesia como una
fuente cerrada, se abriesen en adelante a todos".
Ya la Encíclica 'DIVINO AFLANTE SPIRITU' había subrayado que 'el
intérprete de la Biblia debe, ante todo, esforzarse en discernir y precisar el sentido literal de las palabras bíblicas'
,
conduciendo, por lo demás, de paso la búsqueda hacia la doctrina moral y religiosa, contenida en las Sagradas Escrituras"


CONTINUARÁ...
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Message  Javier le Lun 03 Juin 2019, 8:56 am

"No se habla de acuerdo con las Encíclicas 'DIVINO AFLANTE SPIRITU' y 'HUMANI GENERIS' cuando se afirma, sin más explicación, que el fin de la exégesis del Antiguo Testamento es explicar el simbolismo, que une, entre sí, los sucesos históricos sucesivos; más aun, que este fin es explicar el lenguaje inteligible de la historia, es decir, de establecer, por la presencia de los mismos símbolos, de un cierto estilo y de ciertos términos, las correspondencias que unen entre sí en el curso de los siglos, los sucesos y las instituciones. A pesar de la gran aceptación, que las interpretaciones simbólicas han tenido entre los Padres de la Iglesia, no se puede decir con justicia que la tarea que se propone la exégesis de la Escritura es la de descubrir los 'sacramentos' contenidos en ella. Estas exageraciones presentan un peligro, porque el fin de la exégesis es el de explorar todo el sentido divino de la Escritura. Si, pues, se afirma, sin más ni más, que el fin de la exégesis de los libros del Antiguo Testamento es el de descubrir su sentido espiritual o simbólico, ¿no es como decir que el sentido literal de estas obras no fuese el sentido divino? Y, si se pretende que Cristo es el único objeto del Antiguo Testamento, ¿no es dar la impresión de un menosprecio al sentido literal de
esos libros? Un escrito ha sido publicado, en el que se distingue el sentido humano y literal de la Biblia de su sentido divino y religioso: éste está contenido —dice el autor— como una filigrana en aquél. Pero la Encíclica reprueba a los que hablan de un sentido humano en la Biblia, bajo el cual estaría escondido el sentido divino, el único que ellos tienen por infalible. Nosotros debemos admitir que el sentido divino e infalible de la Biblia abraza ciertamente todo su sentido humano y literal.

"La misma tesis sugiere que la inerrancia escriturística se extiende solamente a aquello que, en la Biblia, es dicho por Dios, es decir, las enseñanzas religiosas, y que el resto no es sino un vehículo de la verdad, sobre el cual no podría plantearse la cuestión de la verdad o del error. Pero, el Santo Padre, recordando la doctrina de las Encíclicas 'PROVIDENTISSIMUS DEUS', 'SPIRITUS PARACLITUS' y 'DIVINO AFLANTE SPIRITU', rechaza la opinión, según la cual "la inmunidad de los Libros Santos contra el error consiste solamente en lo que nos enseñan sobre Dios y sobre las cosas morales y religiosas".

"Me resta por hablaros. Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, de ciertas opiniones, que se refieren a nuestro fin último. La Encíclica no hace alusión a este punto; mas, no siempre se ha tenido la prudencia necesaria, en esta materia, y es mi deber llamar también sobre esto vuestra atención. En primer lugar se ha dicho que la resurrección de la carne, de la cual habla nuestro "CREDO" es una realidad coextensiva a toda la sucesión de los acontecimientos de este mundo, una realidad que no es necesario situar en un lugar más bien que en otro, que si se la liga a cada individuo, debería entonces ocurrir en el momento de la muerte; si se trata de toda la humanidad, debe entonces ser colocada al fin de los tiempos. No es éste el lugar para citar una larga serie de textos de la Escritura, de los Santos Padres y del Magisterio, a los cuales esta opinión claramente se opone. Bástame señalar el pasaje de la reciente Constitución 'MUNIFICENTISSIMUS DEUS', del que me hago eco: "Sin embargo según una ley general, Dios no quiere dar a los justos la plena victoria sobre la muerte, antes de que llegue el fin de los tiempos. Por eso, aun los cuerpos de los mismos justos están sujetos a la disolución, después de la muerte, y será en el último de los días tan sólo, cuando ellos se unirán cada uno a su alma gloriosa. No obstante. Dios ha querido que la Bienaventurada Virgen María estuviese exenta de esta ley general.

"Un segundo punto se refiere a la naturaleza de los cuerpos gloriosos de Cristo y de los elegidos, acerca del cual se ha hablado de una manera gravemente reprensible. Se habla desfavorablemente de la concepción, aunque tradicional, de San Agustín, según la cual el cuerpo glorioso es un organismo individual, compuesto de miembros distintos, que tienen una localización particular. Se ha declarado que el Cuerpo glorioso de Cristo no podía ocupar ningún lugar particular, ni en nuestro mundo experimental, ni todavía menos, fuera de este mundo, en el cielo; que el Cuerpo de Cristo resucitado escapa las categorías de lugar y que su Carne gloriosa, liberada de las limitaciones del espacio, impregna, en cierto modo, la humanidad, como la presencia divina. Sin embargo,
es claro que rehusar a los cuerpos gloriosos todo aquello que es propio de un organismo y de una localización particular, es concebirlo de tal manera que no conserva ninguno de los rasgos distintos de la noción, que tenemos todos de un cuerpo humano y, sobre todo, de un cuerpo vivo. Y esto es inaceptable. Porque la Iglesia nos manda creer en la realidad de los cuerpos resucitados, y por 'cuerpo' ella entiende la noción común del cuerpo humano. Así, por ejemplo, en la definición (contra los Albigenses y los Cataros) del IV Concilio de Letrán, enseña que los elegidos y los reprobos resucitarán con sus propios cuerpos, que ahora tienen. Cierto que la Iglesia admite que los cuerpos resucitados se encuentran en un estado nuevo, pero no por eso nos da a entender que la noción común del cuerpo humano, de la que se trata, deba estar despojada de todos sus rasgos característicos. Si se vanaglorian de aceptar la enseñanza de la Iglesia y el mensaje de la fe sobre la resurrección de los cuerpos, pero abandonando todos los rasgos distintivos de la noción común del cuerpo humano, es decir, de un cuerpo vivo, se ve claramente que es grande su ilusión. Advierto aquí que una concepción muy espiritualizada de la resurrección gloriosa nos puede llevar a tomar posiciones singularmente temerarias con relación a las apariciones de Cristo resucitado. A pesar de la manera con que los evangelistas nos refieren las apariciones de Jesús a sus discípulos, se pretende que éstas no pueden ser una manifestación exterior del Cuerpo de Cristo, sino que debemos entenderlas como la consecuencia, en las facultades sensibles, de una manifestación interior espiritual del Señor resucitado
.

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Message  Javier le Ven 07 Juin 2019, 2:22 pm

"Un tercer punto se refiere al dogma del infierno eterno. Ha llegado a mí el eco de una opinión emitida por algunos, según la cual
podríamos con fundamento dar por hecho que el castigo eterno, con el que Dios amenaza a los pecadores no sería infligido
realmente a ninguno de ellos; porque la providencia misericordiosa de Dios no podría dejar de conducir a todos a la conversión y a
la salvación. Pero, ¿cómo podremos juzgar que las amenazas de un Dios de infinita Majestad no puedan tener un carácter tan
temible? ¿Nos atreveríamos a suprimir, en la descripción que el Divino Maestro hace del juicio final, la sentencia de condenación
lanzada contra los malvados? Si tal opinión se difundiera, se quitaría a los fieles la creencia saludable de los castigos divinos. Y, a
propósito de esto, debo también poneros en guardia contra otra opinión, que obtendría los mismos resultados. Nada nos autoriza a
suponer que la misericordia divina regularmente da, a la hora de la muerte, una luz y una fuerza espiritual tal, que los pecadores
no pueden dejar de convertirse, sin gran dificultad. Si así fuese, el Divino Salvador no hubiese multiplicado sus advertencias para
que no fuésemos sorprendidos por la llegada imprevista del Juez Eterno.

"Estoy seguro, Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, que no hay entre vosotros ninguno, que sostenga todo este conjunto
de opiniones, que he condenado en esta carta. Algunas habían comenzado a difundirse; otras tuvieron menos éxito. La mayoría de
vosotros no aceptasteis ni las unas ni las otras. Os habéis dado cuenta, porque así lo he dejado entender, que ciertas de mis
observaciones apuntaban menos a tesis formuladas sin ambigüedad, que a posiciones que podían ser mal interpretadas por
declaraciones hechas ambiguamente. No he hablado de todos los puntos tocados por la Encíclica 'HUMANI GENERIS'. Muchos
de esos puntos se refieren a opiniones, que, a lo que yo sé, no se encuentran en ninguno de la Compañía. Por esto, ordeno a los
Nuestros el conformarse en sus palabras y en sus escritos, a los juicios, que, sobre cuestiones doctrinales, yo he formulado en la
presente carta. No harán ninguna propaganda, ni pública ni privada, ni en la Compañía ni fuera de ella; ni sostendrán ninguna de
las opiniones desaprobadas, ni atacarán tampoco las que han sido propuestas, para que sean por todos seguidas. Sé muy bien,
mis Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, que jamás ninguno de mis predecesores promulgó, en materia doctrinal,
prescripciones tan extensas. Pero, ninguno de ellos se vio en circunstancias como éstas, en las que una Encíclica papal hubiese
reprobado tantas opiniones peligrosas o erróneas, que amenazan con extender el contagio dentro de la Compañía. Y la mayor
parte de mis prescripciones no han hecho sino explicar las enseñanzas del Santo Padre, en sí o en sus inmediatas consecuencias,
para asegurar la sumisión que se le debe.

"Después de las graves medidas, que he tomado, en el curso de los meses precedentes, a las que hice alusión al empezar esta
carta, yo hubiera querido escribiros para consolaros y alentaros, Reverendos Padres y Carísimos Hermanos. No he podido hacerlo.
En conciencia he tenido que enviaros una carta que necesariamente aviva y ahonda las heridas. Yo espero, sin embargo, que
sabréis interpretar la intención benevolente y paternal, que anima mi severidad. Quisiera deciros, como San Pablo, a sus queridos
corintios: "No os escribo estas líneas para avergonzaros, sino que os amonesto como a hijos queridos". Todavía una
advertencia dolorosa. Comprendo bien que la crisis actual tiene que ser muy dura para una parte notable de los Nuestros: para un
grupo de maestros, para sus amigos, para un grupo no pequeño de jóvenes sacerdotes y escolares. Pero, era mi deber ayudar a
conjurar, a cualquier costo, un mal, que os amenaza y que es más grave que vuestro sufrimiento. Este mal sería el dejar que, sin
combatirlo, subsistiese esa discrepancia entre el pensamiento de un grupo de los Nuestros y las normas doctrinales de la Santa
Iglesia. Esa discrepancia no dejaría de sobrevenir, más o menos conscientemente, a pesar del esfuerzo que se hiciese para no
reconocerlo, y envenenaría el alma. Tal mal. Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, ninguno de vosotros querría se
estableciese en él, ninguno desearía comunicar a otros, ninguno podría infligirlo a la Compañía. Debéis también pensar en la
reputación de la Compañía.

"Vosotros opondréis a este mal, la voluntad inconmovible de obedecer la Encíclica, sin permitir nada que pueda parecer una
resistencia o una negación a obedecerla. Os colocaréis deliberadamente y mantendréis en la siguiente disposición: Os empeñaréis
en no adheriros a las opiniones anteriores, en la manera de tratar ciertos pasajes de la Encíclica, como si buscaseis dificultades
para oponerle; sino, por el contrario, haréis resaltar sus opiniones, para tomar como puntos de partida, las enseñanzas del Papa,
según las exigencias, por las que las posiciones anteriores deben abandonarse o deben guardarse. Tal actitud exige espíritu de fe
y de humildad, pero está llena de verdadera grandeza y merece todo nuestro respeto. Si los que, entre vosotros, se sienten
dolorosamente lastimados por las advertencias del Santo Padre se saben aprovecharlas y guardarlas, el Señor podrá sacar de la
crisis actual grandes bienes. Sin duda alguna que El quiere hacerlo, pero es necesaria vuestra cooperación, que con la ayuda de la
gracia seguramente le daréis. Procurad también tener en vuestro corazón el seguir con gran fidelidad las prescripciones de nuestro
Instituto en lo que toca a la doctrina de la Compañía. No quisiera agobiaros, pero, icómo no hacer notar que si todos nuestros
profesores y escritores se hubiesen en ellas inspirado, no nos encontraríamos ahora en la situación que deploramos! Es verdad
que el camino, en el que la filosofía y la teología se enseñan, en los que se enfrentan a los problemas nuevos y difíciles, están
llenos de peligros. Esta no es, sin embargo, una razón para sustraerse a una labor, que se impone. La habéis abrazado y no dudo
que seguiréis abrazándola. Pero ésta debe ser una razón, para emprender esta tarea con los ojos fijos en las normas, en las que la
Compañía ha consignado los frutos de su larga experiencia. Siguiendo lo que nos dice San Ignacio, que nos ordena que, en
nuestras facultades se enseñe "la doctrina más segura, que goza en la Iglesia de más autoridad", el gobierno de la Compañía
ha insistido siempre en la seguridad y solidez de la doctrina. A esta insistencia debe responder en cada uno de los hijos de la
Compañía, el empeño de hacer que su pensamiento, su predicación, su enseñanza y sus escritos estén caracterizados por esta
seguridad y esta solidez, como de cierto aire de familia. Vosotros tenéis el sentimiento fundado, mis Reverendos Padres y
Carísimos Hermanos.

"Tenéis el fundado sentimiento. Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, que el trabajo intelectual de vuestras Provincias está
muy lejos de llenar siquiera el déficit, que vosotros tenéis que desarrollar, en vuestras facultades filosóficas y teológicas, así como
en vuestras casas de escritores, con los valores convenientes. Estáis legítimamente orgullosos de vuestras revistas y de un gran
número de obras importantes, publicadas en vuestra Asistencia. Entre los valores, que habéis desarrollado y de los cuales la
Compañía os está agradecida, mencionaré yo mismo: la voluntad eficaz de dar a vuestro trabajo una alta calidad científica y
literaria; la preocupación de responder a las necesidades de la hora presente y al llamamiento de las almas de hoy día, la
elaboración de una teología viva, cuidadosa de estar en contacto con la Sagrada Escritura y con los escritos de los Padres. No
debéis renunciar a estos valores, sino que los continuaréis desenvolviendo al unísono de una aceptación perfecta de la
Encíclica 'HUMANI GENERIS'. Los desarrollaréis así, con gran humildad y modestia, preocupándose menos de estar pensando,
renovando o reformando, que en guardar, profundizar y, en la medida de vuestras fuerzas, de corregir y perfeccionar. Sin las
exageraciones del integrismo, debéis procurar que vuestros juicios y vuestras palabras se inspiren franca y filialmente en
el 'sentiré cum Ecclesia' (sentir con la Iglesia). Hasta en vuestro trabajo de investigación procuraréis estar en plena consonancia
con la Iglesia y os guardaréis de un esoterismo, que os ponga fuera de la gran corriente de filosofía y teología que ella aprueba.
Guardaréis en vosotros, como una expresión pura de vuestro espíritu eclesial, un sentimiento de gran veneración no solamente hacia
la persona del Vicario de Cristo N. S., sino también por la enseñanza, las órdenes y las directivas que, directa o indirectamente,
emanan de él. La Encíclica insiste, en diversas ocasiones sobre la sumisión a todos los actos de la Santa Sede. Debemos hacer un
punto de honor el no permitir a este respecto, ninguna tergiversación, ninguna actitud menos nítida, ya que pertenecemos a una
milicia espiritual, que su fundador quiso ligar con los vínculos más estrechos al Vicario de Cristo. Pero, sobre todo, haremos de
esta sumisión un asunto de fidelidad al Divino Rey, a quien estamos consagrados a su servicio y al de la Iglesia, su Esposa, en el
Romano Pontífice, su Vicario en la tierra". Es necesario, Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, que la crisis doctrinal que ha
comenzado entre vosotros, no tenga oportunidad de desenvolverse, sino que dé lugar a una rectificación incontestable y unánime.
Esta será una obra común: unos colaborarán en ella con su oración y su verdadera caridad; los otros la realizarán a fuerza de
oración y de valerosa sumisión. No sois vosotros los únicos interesados; la Compañía y la Iglesia también lo están, no solamente
porque se trata de vosotros, miembros para ellas muy queridos, sino también porque Dios quiere colmaros de dones, que
aseguren a vuestro pensamiento una gran irradiación. La Iglesia y la Compañía esperan mucho de vosotros. En cuanto a mí.
Reverendos Padres y Carísimos Hermanos, los sacrificios que yo debo demandar de vosotros y que confiadamente espero de
vuestra generosidad, me unen a vosotros de una manera especial. Con instancia muy particular yo pido al Divino Salvador por
vosotros. Que El os conceda sus gracias proporcionales a la dificultad de la crisis, de la que El quiere que salgáis vencedores;
indisolublemente adheridos a la palabra de su Iglesia y de su Vicario, por los vínculos con que esta prueba os hará seguramente
más queridos a El.

"Me encomiendo en vuestros santos sacrificios y oraciones.
Roma, 11 de febrero de 1951.
Vuestro siervo en N. S. Jesucristo,
Juan Bautista Janssens,
Prepósito General de la Compañía de Jesús.



A CONTINUACIÓN... COMENTARIO DEL REV. P. SÁENZ Y ARRIAGA A LA IMPORTANTE CARTA DEL SUPERIOR DE LOS JESUITAS

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Message  Javier le Sam 08 Juin 2019, 1:48 pm

COMENTARIO DEL REV. P. SÁENZ Y ARRIAGA A LA IMPORTANTE CARTA DEL SUPERIOR DE LOS JESUITAS

He aquí una carta, un documento importantísimo, que tiene un valor indiscutible para poder interpretar
debidamente la crisis de la Iglesia
no con insultos, ni ataques de locura o de cinismo sin escrúpulos, como
los de Reynoso y los servidores incondicionales o pagados que le están sirviendo, como Luis Ochoa Mancera
sino con hechos, con documentos innegables, que nos están demostrando que la crisis actual no nació en
el Concilio Vaticano II, en donde, por así decirlo, cuajó, se desarrolló, arraigó en las entrañas mismas de la
Iglesia
, sino que existía anteriormente, trabajando de una manera oculta y silenciosa, envenenando la mente
de los futuros sacerdotes de la Iglesia.
Los desórdenes de hoy encuentran su causa latente, pero ya en plena
actividad, hará tan sólo unos veinte años (*Nota: este libro del Rev. P. Sáenz y Arriaga fue publicado en 1973, luego nuestro autor estaba pensando en los primeros años de la década de los 50). La continuidad es evidente.

Quien lea serenamente este valioso documento del Prepósito General de la Compañía de Jesús y lo compare
con la Encíclica de Pío XII, la "HUMANI GENERIS", que le dio origen, no podrá menos de ver que el actual
progresismo, las fundamentales desviaciones de la Iglesia postconciliar y montiniana, la descomposición
interna de la Compañía de Jesús no son sino la lógica e inevitable consecuencia de una verdadera e internacional

conspiración, hecha partido, hecha ideología, hecha dinámica, que, dentro de la Iglesia, fue hábilmente preparada e introducida, por numerosas infiltraciones, escogidas, seleccionadas, habilísimamente dirigidas, en
la oscuridad de los conventos o casas religiosas, en los seminarios, en el clero regular y secular, en las
mismas jerarquías, que prepararon y están llevando adelante la crisis actual, que trae a la deriva la nave de
Pedro.


Y confirmo aquí lo que ya había indicado abiertamente en mi libro anterior "LA NUEVA IGLESIA
MONTINIANA":
en esta secreta subversión, yo culpo, en primer término a los jesuitas —no a todos, pero sí a
muchos, especialmente a los que están ahora en puestos de gobierno— de ser los principales responsables
de esta catástrofe, como lo fueron de otras muchas en tiempos pasados. No sin razón Paulo VI, el hombre
que, desde joven o desde niño, escogieron y prepararon cuidadosamente los enemigos, para el salto final de la
fortaleza, encontró, al subir al trono pontificio
, en el P. Arrupe y en sus dóciles hijos, los jesuitas de la "nueva
Ola"
, los colaboradores más hábiles, dinámicos y preparados, para la realización de su misión histórica: la
super-reforma de la Iglesia de Cristo.

Hay para mí una interrogante, que, desde aquellos tiempos conciliares, se planteó en mi conciencia, de modo
urgente e imperioso, al enterarme del inesperado nombramiento del actual Prepósito General de la Compañía
de Jesús, el M.R.P. Pedro Arrupe, S. J.: ¿Por qué los votos de los Padres Provinciales y de los electores se
acumularon para elegir como sucesor de San Ignacio, en un español, en un desconocido misionero del Japón?

Cierto que el P. Arrupe hacía sus viejos periódicos para recoger limosnas para sus obras misioneras. Con
ocasión de uno de estos viajes tuve el gusto de conocerlo, tratarlo y poner mi pequeña ayuda en la colecta
fructuosa que hizo en Puebla. Pero, las Provincias Españolas y, por concomitancia, las iberoamericanas no
gozan de gran prestigio entre sus hermanos de otros países. Porque, en primer lugar, aunque Iñigo de Loyola
logró reunir para la fundación de la nueva orden a varios españoles de nacimiento (no de raza); aunque el
mismo Iñigo de Loyola nació en Guipúzcoa (cualesquiera que hayan sido sus antecedentes familiares), no se puede
afirmar históricamente que la Compañía de Jesús haya nacido en España, ni tenga en su estructuración
rasgos característicamente españoles. La Nueva y reformadora obra ignaciana, fundada en París, tuvo, desde
sus orígenes, un carácter peculiarísimo: el Instituto de San Ignacio centró sus fuerzas en la misma Compañía,
sin tener en cuenta las nacionalidades, que por aquel entonces se iban fundando en Europa, y, en cierto modo,
supeditando la misma religión a la Orden y a sus intereses, su prestigio, su difusión e influencia entre los
prelados, los reyes, los que de algún modo pudieran favorecer el programa ambicioso de Iñigo de Loyola: LA
MAYOR GLORIA DE DIOS.

No sé si me equivoco, pero sospecho que esa elección obedeció a una consigna superior, a una indicación
de Juan B. Montini, que,
en el juego de su ajedrez mundial, necesitaba esa pieza, para poner en juego los
ejércitos subordinados de la Compañía de Jesús.


Pero, ahora no estamos hablando del P. Arrupe, sino de una Carta, que su antecesor inmediato, en el supremo
puesto de Prepósito General, el M.R.P. Juan B. Janssens, escribió a la "Asistencia" de Francia, a raíz de la
publicación de la "HUMANI GENERIS" de Pío XII. El documento es, como ya dije, de suma importancia porque
es revelador; porque, en su complicada dialéctica, aparece el estilo propio del gobierno de la Compañía, que,
si, en un momento dado, sacrifica a uno o varios de sus hijos, cuando así lo exigen las circunstancias o la
Mayor Gloria de Dios, deja hábilmente la puerta entreabierta, para rehacer lo que temporalmente había sido
destruido y seguir adelante en el programa preconcebido. Si el P. Janssens, obedeciendo a órdenes
superiores, se vio en la penosa necesidad de quitarles su cátedra a los pioneros de la "nueva teología"
, su
sucesor, el P. Arrupe, a pocos días de su nombramiento de supremo Superior de la Orden, en la primera
entrevista que, desde la novísima oficina de prensa, instalada por la Compañía, en la casa generalicia, tuvo la
satisfacción de restituir al "ejemplar" jesuita, P. Pierre Teilhard de Chardin, su prestigio, que, en mala hora, le
había quitado la odiosa Sagrada Congregación del Santo Oficio.
Los mismos teólogos, que el Santo Padre Pío
XII
había severamente amonestado, nada menos que con una Encíclica memorable, volvían ahora, gracias a
los "Signos de los Tiempos", a ocupar sus cátedras, a publicar sus libros con el "imprimatur" canónico y a
ser nombrados los sabios "expertos" del Vaticano II.

Empecemos, pues, por estudiar los puntos capitales de la Carta del P. Janssens:

CONTINUARÁ...

"SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga - Page 6 Arrupe-web"SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga - Page 6 Pablo_vi_arrupe1
El infame jesuita Padre Pedro Arrupe, de triste recuerdo. Este desgraciado personaje estaba de misionero en Japón cuando estalló la terrible bomba atómica de Hiroshima, y fue preservado de una muerte segura por un milagro de Dios. Y así es como le agradeció al Buen Dios Su misericordia: siendo nombrado por el siniestro Montini-Pablo 6 como Superior de los Jesuitas para destrozar por completo a la Compañía de Jesús y ayudar a la "autodemolición" de la Iglesia... Ciertamente, a uno le dan ganas de llorar amargamente ante tanto mal y tanta ingratitud. Miserere nobis, Domine !
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Message  Javier le Ven 14 Juin 2019, 1:24 pm

Empecemos, pues, por estudiar los puntos capitales de la Carta del P. Janssens:

(1). Nos da, en primer lugar, una breve síntesis del documento papal, al que va a referirse, en las inmediatas
referencias de la Encíclica a la Compañía de Jesús: "Se refiere la Encíclica —dice el P. General— "a un
movimiento de ideas muy complejo", "en el cual muchos de los Nuestros han tomado parte y algunos de ellos
han jugado un papel preponderante".
No deja de llamar la atención el ambiguo y confuso adjetivo, con que el
P. Janssens especifica y define el neomodernismo y sus numerosas e innegables herejías: "Movimiento de
ideas muy complejo".
Por lo visto, a juicio del P. General, no tuvo el Papa ni la ciencia, ni la visión, ni la
asistencia divina necesaria, para desenredar la madeja y separar el trigo de la paja. ¿Podemos
llamar "movimiento complejo" a ese conjunto de gravísimos errores, que pretenden destruir toda la doctrina católica y las bases mismas de toda religión?

(2). Admite el P. Janssens que, en ese "movimiento", varios jesuítas, (no pocos por cierto), habían tomado parte
y "algunos, parte preponderante". Por eso, por disciplina, no por motivos ideológicos, él se había visto
obligado a separar de la enseñanza a muchos profesores de teología y filosofía, "operarios fervorosos,
dotados de un talento indiscutible".
Estas palabras del Superior General de la Compañía son sencillamente
incomprensibles, absurdas e inadmisibles; porque, en el fondo, están acusando al Papa; están defendiendo y
aceptando los errores gravísimos, condenados por el Sumo Pontífice y por los cuales obligó al P. General a
separar de sus cátedras a tan eximios profesores,
"dotados de un talento indiscutible". Si fuera tan
"indiscutible" su talento, el Papa no tuvo la prudencia, ni la caridad necesaria, para quitar a esos privilegiados
jesuitas la enseñanza de la ciencia dogmática de la Iglesia. ¿Es un talento "indiscutible" el que se pone al
servicio de la herejía?


(3). El P. General ha participado del sufrimiento de los afectados por sus disposiciones disciplinares, que él no
hubiera impuesto, si el Santo Padre, tal vez no tan enterado, tal vez no tan comprensivo, no hubiese visto en
la "nueva teología" "algunas falsas opiniones, que amenazan destruir los fundamentos mismos de la fe
católica".


(4). Tenga o no tenga razón el Papa, los jesuitas deben aceptar, con espíritu de fe, estas advertencias del
Vicario de N. S. Jesucristo. Pero, yo pienso que la "HUMANI GENERIS" no es tan sólo una advertencia, sino
un documento del Supremo Magisterio, que, cumpliendo sus altísimos deberes, condena concretamente los
errores, que destruyen la integridad de la fe y los fundamentos mismos de toda religión. La Encíclica impone
una completa aceptación de los jesuitas afectados por ella, en su pensamiento, en sus enseñanzas, en sus
escritos. ¿Es posible ese cambio profundo, cuando están arraigadas las convicciones contrarias, cuando, por
largos años, se había impartido en las clases y defendido en los escritos, por tantos miembros de la Compañía
de Jesús, las tesis expresamente condenadas por la "HUMANI GENERIS"? El mismo P. Janssens admite
que "la presencia del remedio -que la Encíclica ofrece— no es todavía la curación". Si la historia de la Iglesia
nos enseña que "la enseñanza del Magisterio no ha podido reprimir, sino lentamente y con dificultad, las
desviaciones doctrinales, que quería eliminar"
; ¡con cuánta mayor razón se arraigarán y difundirán esas
desviaciones, cuando calla la voz del Magisterio, cuando las censuras y anatemas de la Iglesia han sido
suprimidas, para todos los herejes, no para los que defienden la fe tradicional de veinte siglos!


CONTINUARÁ...
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Message  Javier le Sam 15 Juin 2019, 9:20 am

(5). "La única actitud que nos conviene —dice el P. General a sus hijos— es, a no dudarlo, la de someternos
perfectamente". "Entre la rebeldía deliberada y la perfecta obediencia, hay lugar a posiciones medias, en las
cuales fácilmente se puede rebasar la norma impuesta".
A mi modo de ver, esta advertencia puede ser
tendenciosa; puede sugerir a los dóciles jesuitas, posibles escapatorias, que, dando tiempo al tiempo, hagan
que esas ideas
, condenadas por Pío XII, resurjan de nuevo y se impongan en la conciencia católica. Así, en
realidad, ha ocurrido; y los entonces postergados se impusieron en los pontificados de Juan XXIII, Paulo VI y
en el Concilio Pastoral Vaticano II. El caso de Teilhard y Danielou son sintomáticos, son elocuentes, son
reveladores.


Entre el "sí" y el "no", entre el ser y no ser, no hay términos medios; y más cuando se trata de las doctrinas de
la fe.
Se puede simular una perfecta obediencia, como lo hizo Teilhard, pero esa "pausa" en el drama no es
una retractación, ni una afirmación de la verdad. Esta es, tan sólo, un ardid jesuita, para eludir la amenaza pontificia, que ya pesaba sobre la Orden.


(6). ¿A dónde se llega entonces? —pregunta el Prepósito General. "Se llega, sin tener clara conciencia, a
querer conciliar las cosas irreconciliables".
"Por ese camino —continúa el P. Janssens— se llega a someter los
textos del Magisterio a una exégesis, que desvirtúa el sentido del mismo; a aplicarle distinciones arbitrarias; a
hacerse sordos a las exigencias del Magisterio; a atribuirle a la autoridad la intención de dar a esas opiniones
un sentido más avanzado del que, en realidad, tienen".
Todos estos subterfugios son el "NO" decidido a la
Encíclica. Y debemos notar que los dichos y escritos de los neomodernistas de la Compañía habían sido
estudiados minuciosamente por los más selectos teólogos del equipo del Santo Oficio. La Encíclica, por otra
parte, no admite interpretaciones aproximadas y falaces, y debe —como dice el P. General— "tener una
interpretación, según las reglas aprobadas, que los mejores teólogos aplican a esta clase de documentos".


(7). Admite el P. Janssens la posibilidad de una falsa actitud, dada la propensión de la naturaleza humana a
engañarse, a persuadirse que está obedeciendo plenamente, cuando, en realidad, se está buscando una
evasiva. Una serie de hechos le habían enseñado a su Paternidad que tal insistencia es oportuna y necesaria.
Muchos de los jesuitas afectados por la Encíclica, buscaban su defensa, más bien que el ofrecer su absoluta y
completa sumisión. Pero, esta defensa no era oportuna; había que dar, como ya dije, tiempo al tiempo; dejar
que el Papa muriera, para
imponer después, en un Concilio Pastoral, la reforma total de la doctrina, de la moral, de la liturgia y de la disciplina de la Iglesia.

CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Ven 21 Juin 2019, 6:29 am

(8 ). Porque el punto central y decisivo de la "HUMANI GENERIS" es la condenación que hace Su Santidad del
así llamado "relativismo teológico"; no tan sólo del relativismo extremo de los protestantes liberales, sino del
relativismo moderado. En general, se llama relativismo la doctrina que niega a la verdad un carácter absoluto.
Mas, para no engañarnos acerca del verdadero punto de vista, en que se colocan las teorías relativistas, hoy
tan en boga, será bien notar, desde luego, que la palabra "relativo", que entra aquí en juego, no se toma en su
sentido original: "lo que es elemento de una relación" o lo que no es del todo absoluto, sino que puede o
debe ser concebido en relación con otros. Lo más ordinario, es tomar la palabra en el sentido derivado de
"variable", no constante, no inmutable, y aun se extrema esta significación, haciendo de lo que no es del todo y
con todos los aspectos absoluto, una simple y mera variabilidad. El fundamento para esta acepción no deja de
ser real en parte, ya que el ser enteramente absoluto es también absolutamente inmutable; y todo ser finito
dice algún respecto a otros; mas, la extensión absoluta y sin términos medios de estos caracteres a las
denominaciones de "absoluto" y "relativo", ultra de ser una flagrante falta al método relativista, es ocasión de
frecuentes y muy lamentables confusiones, en cuestiones de suma trascendencia; y, desde luego, es sensible
la facilidad con que se pasa de una a otra de estas significaciones, sin motivo suficiente, con positivo
detrimento de la investigación filosófica, que se mueve así en el campo de la vaguedad e indecisión.

Como ya lo dije antes, la reforma proyectada por el progresismo y todos sus secuaces exigía echar por tierra el
muro de lo absoluto e inmutable de nuestros dogmas y dar a los documentos intangibles del Magisterio un
valor inestable y relativo. "Los misterios de la fe no pueden nunca ser expresados por nociones
adecuadamente verdaderas, sino sólo por nociones aproximadas, que pueden siempre cambiar, que
indican en cierta medida la verdad, mas, sujeta, a sufrir necesariamente una deformación".
Aquí
tenemos ya la piqueta poderosa para llevar a término la "autodemolición" de la Iglesia. Admitida esa
inestabilidad, esa variable significación de la Verdad Revelada, la doctrina evangélica está sujeta constantemente a
nuevas y, tal vez, opuestas significaciones. Los golpes más certeros estaban dirigidos en contra de las definiciones
dogmáticas del Vaticano I y del Concilio de Trento.

Este relativismo teológico es una lógica consecuencia del "aggiornamento" y del "ecumenismo". Para hacer
comprensibles los misterios de la fe al mundo frívolo, mudable e irreflexivo de nuestros días, era necesario —
pensaban ellos— expresarlos en el lenguaje de las filosofías contemporáneas, como si las cosas invariables
de la teología —un absoluto de afirmación y de contenido— necesariamente debieran expresarse en las
concepciones contingentes.
"Una verdad inmutable no puede mantenerse, cuando el espíritu humano ha
evolucionado, gracias a una evolución simultánea y proporcional que quiere expresarse".
Por otra parte, el
movimiento "ecuménico", nota característica de los dos últimos Papas y su Concilio: la suspirada unión de
todas las religiones no podía alcanzar sus objetivos sino dando esta flexibilidad, esa posibilidad de cambio a
los misterios de la fe, que hasta ahora habíamos sostenido como algo absoluto e inmutable.

(9). "Paralelamente, para no apartarnos de la enseñanza del Jefe de la Iglesia, —prosigue el P.
Janssens- sobre el valor de la razón en el campo de la filosofía, hay que guardarnos de hablar como si la idea
de un doctrina filosófica, capaz de integrar en sí las adquisiciones eternas de todas las otras filosofías,
implicase una contradicción y como si la expresión más completa de la verdad filosófica debiera
necesariamente encontrarse en una serie de doctrinas, entre sí complementarias y convergentes, a pesar de
sus diferencias, incluso de sus oposiciones sistemáticas".
He aquí el relativismo en el orden filosófico. La
verdad no existe; la verdad es la suma de las verdades complementarias y convergentes, incluso de
oposiciones sistemáticas; la verdad tiene su expresión más apropiada en las doctrinas disímiles, que
necesariamente se complementan, aunque se opongan las unas con las otras.


Contra esta variante constante de la verdad, la Encíclica se pronuncia defendiendo la posibilidad de una
metafísica absolutamente verdadera.


(10). Si no existiese esta metafísica absolutamente verdadera, si nuestra inteligencia no tuviese los principios
absolutos y evidentes para establecer con ellos el andamiaje firme de nuestros más seguros y progresivos
raciocinios, la verdad sería sencillamente inaccesible para nosotros. Ni la existencia de Dios, ni el hecho
histórico de la Revelación Divina, ni las pruebas apodícticas de la Verdad Revelada estarían nunca al alcance
de nuestras facultades naturales y, por lo mismo, las credenciales de la credibilidad de nuestra fe católica, no
podrían estar en nuestro poder, para ofrecer a Dios el "obsequium rationabile", de que habla San Pablo, de
la humilde y rendida aceptación de los misterios que El nos ha revelado y que corresponden al origen divino de
la religión cristiana.

Existen, a no dudarlo, dominios comunes a la religión y a la filosofía: son principalmente los problemas morales
y metafísicos
; de aquí la necesidad de aplicar un criterio de distinción formal entre el contenido de ambos. Sin
embargo, la verdadera filosofía no puede entrar en conflicto con la religión; ni las verdades superracionales
pueden ser demostradas a la manera de las leyes científicas, ni la razón carece de fuerza para llegar
naturalmente a la existencia de Dios, la espiritualidad del alma, la creación del mundo, el hecho histórico de la
Divina Revelación y las pruebas irrecusables y fehacientes, que confirman y prueban la verdad de los
testimonios claros de Jesucristo y de los demás portadores del mensaje divino.
En aquellos problemas, que
son del dominio común de la religión y de la filosofía, ambas se complementan; la religión no puede ni debe
convertirse en filosofía, y paralelamente la filosofía no puede suplir a la religión. Explica la religión por qué hay
problemas en la filosofía, que necesitan una confirmación más allá de la experiencia y de la reflexión individual;
la filosofía, a su vez, descubre las razones y etapas del desarrollo de las ideas religiosas; a esta finalidad
responde la psicología, historia y filosofía de la religión. Debemos, sin embargo, notar que en este campo,
además de los límites todavía muy vagos e imprecisos, que suelen caracterizar estos estudios, hay el
grandísimo peligro de incurrir en gravísimos errores, al querer racionalizar nuestra fe, a la tenue luz de la
inteligencia humana.


Históricamente encontramos épocas y pueblos en los que, por su cultura especial, la filosofía aparece anulada
por el interés práctico y las creencias religiosas. Así ocurre en casi todos los países del antiguo Oriente. El
último período de la filosofía griega está también caracterizado por el predominio de los problemas religiosos.
La filosofía patrística se propuso como principal misión utilizar la filosofía pagana en la fundamentación y
defensa del cristianismo. Pero, no debemos olvidar que en esa filosofía pagana están los fundamentos de
nuestra civilización y de nuestra cultura, ya que esa filosofía supone escalar las más altas cumbres del
pensamiento humano. La edad media continúa la obra de los Santos Padres. Sabemos cuan ardua fue en
aquellos tiempos la polémica alrededor del problema de las relaciones entre la filosofía y la teología. La
escolástica ensayó todas las fórmulas, llegando a la distinción de los dominios: el del saber, por los medios
naturales del conocimiento y el de la fe, por la autoridad divina, y esta diferencia de base justifica el
aforismo "Philosophia, ancilla Theologiae", la filosofía es la sierva de la teología, porque, además de que la
teología nos enseña verdades sobrenaturales, que están por encima de las capacidades de nuestros
conocimientos naturales, la filosofía, guiada por la luz de la Divina Revelación, de la Sagrada Escritura, de la
Tradición y del Magisterio, procura ahondar en los recónditos sentidos de la Verdad Revelada. Ningún filósofo
ha conseguido unir entre sí ambos conocimientos con el acierto de Santo Tomás de Aquino, quien afirma que
la fe presupone el conocimiento natural y que la revelación confirma y robustece las verdades demostradas por
la razón humana. Filosofía y Teología se distinguen por su objeto y por su método, considerando que la
filosofía sirve para demostrar ciertas verdades preliminares a la fe, para aclarar por analogía ciertas
enseñanzas dogmáticas y para combatir las enseñanzas contrarias a la religión.

Las condiciones políticas y culturales, con que empieza la época moderna, favorecen la separación de la
religión y de la filosofía. Un número considerable de pensadores sigue aceptando las fórmulas antiguas, pero
el movimiento naturalista llamado del "iluminismo" (engendro monstruoso de las logias y de las sectas) continúa la obra de la contraposición, que culmina en la Enciclopedia, hasta llegar a las increíbles desviaciones del
neomodernismo y del relativismo teológico. El siglo XIX se caracteriza por una posición agnóstica del problema
religioso, dedicando los teólogos su labor a combatir todas las derivaciones del racionalismo religioso y de la
incredulidad positivista. En el siglo XX, después de la muerte de San Pío X, y aún antes de ella, los errores de
la falsa filosofía habían logrado infiltrarse en la Iglesia
. Y fue Maritain, el amigo de Paulo VI, el enemigo más potente, que, simulando catolicismo, enseñó la destrucción del catolicismo, al querer emancipar la religión de la vida, quien, en gran parte, colaboró a esta revolución, en que nos encontramos.

El Problema metafísico es el problema más esencial y característico de la filosofía: "Filosofía primera" la llamó
Aristóteles, que la definía ciencia del ser como tal ser, y de los principios y causas últimas del ser, en oposición
a la filosofía segunda, o física. Objeto de la filosofía primera es el ser inmutable. Esta denominación, hoy poco
usada, se corresponde con la acepción de la metafísica, opuesta a la fenomenología, como la investigación
sobre la esencia, origen y finalidad, se opone a la que versa sobre los hechos o fenómenos naturales, sus
leyes y causas próximas. Por eso, en su Encíclica, Pío XII exige, como punto de partida para todo
conocimiento humano y como base de nuestros mismos conocimientos religiosos, la metafísica, absoluta e
inmutable, como la verdad en que se funda.

CONTINUARÁ...

"SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga - Page 6 723121703 Un afeminado y joven Maritain, el odioso filósofo que tanto daño hizo a la Iglesia Católica.

"SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga - Page 6 Pablo-vi-y-jacques-maritain Maritain y Montini-Pablo 6, dos repugnantes homosexuales -¿quién sabe si alguna vez fueron pareja?- y amigos íntimos que se conjuraron para asestar un mortífero golpe letal a Ntra. Santa Madre la Iglesia. Se trata, sin duda, de la rebelión y la venganza, si se me permite la expresión, de los despreciables hijos de Sodoma.
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Message  Javier le Sam 22 Juin 2019, 10:47 am

(11). Es, pues, punto esencial de la fe cristiana la índole racional de su credibilidad, sobre la cual ella se funda.
Probada la existencia de Dios, el Ser necesario, probada la contingencia y la creación de todo cuanto existe
fuera de Dios, probada la inmortalidad y la espiritualidad del alma humana, probado el hecho histórico de la
Divina Revelación y las pruebas irrecusables que lo demuestran, el hombre, obra de Dios, dependiente por su
esencia de Dios en el ser y en el obrar, recibe humildemente, con certeza absoluta, esas verdades reveladas,
como verdades dichas por Dios, que no puede engañarse, ni engañarnos.

En punto tan delicado, conviene tener las ideas muy claras para no confundir los motivos de credibilidad con la
misma fe, con que nosotros aceptamos como verdades reveladas por Dios, los misterios de nuestra religión.
Los motivos de credibilidad son verdades al alcance de nuestras facultades humanas cognoscitivas. Es falsa,
como dice la Encíclica, "esa necesidad absoluta de una iluminación sobrenatural para probar el hecho de la
Revelación".
La "apologética", no está superada, como dijo hace tiempo Mons. Vázquez Corona, a su regreso
de Roma, durante los días del Concilio. Tenemos argumentos evidentes y abundantes para probar todas esas
verdades que forman la Credibilidad de nuestra fe católica. ¡Qué más quisieran los enemigos que haciéndoles
el juego, les diésemos el gusto de declararnos vencidos, impotentes, para seguir dando esta batalla por la
verdad y por la fe! Probada y asentada la credibilidad de la Divina Revelación, entonces sí, humildes
reconocemos lo que Dios nos enseña, lo que está por encima de nuestra capacidad cognoscitiva.
Por eso
nuestra fe es un obsequio, que, en nuestra pequeñez ofrecemos a Dios, pero es un obsequio racional.

En un artículo del Dr. Antonio Brambila, aparecido en el "Sol de México", el 18 de agosto de 1972, leemos con
asombro estas palabras reveladoras, uno de los virajes a la derecha, con que de vez en cuando nos sorprende
el conocido autor de aquel otro artículo: "Los patos tirándoles (disparando) a las escopetas": "El caso de Hans Küng, al
que hicimos referencia el pasado lunes, es simplemente un caso concreto, dentro de una situación general de
la Iglesia, después del Concilio Vaticano II. La situación se expresa bastante bien, creo yo, si decimos que uno
de los efectos del Concilio fue el de que se haya sustituido hasta ahora el Magisterio con el diálogo
".
Tarde ha
venido el Dr. Brambila a reconocer el mal, que tanto le escandalizó en mis escritos anteriores
: indiscutiblemente ahí está el mal de fondo. El Magisterio calló; dejó que los enemigos emboscados hablasen libremente y pregonasen las mismas herejías que, en tiempos anteriores, cuando el Magisterio cumplía su misión primordial, cuando el Santo Oficio velaba solícito por la incolumidad de la doctrina recibida, habían sido condenadas explícitamente, como lo estamos viendo en esta maravillosa Encíclica de Pío XII.

Cuando defendemos la fe, cuando, apoyados en la Escritura, en la Tradición, en los documentos del Magisterio, usamos nuestra inteligencia, a la luz de esa divina revelación, para combatir los sofismas y errores, que, a título de "aggiornamento", de "ecumenismo", de "diálogo", se han multiplicado por el mundo, como fruto de esa amplitud, con que Juan el Bueno (Roncalli - Juan 23) quiso que tratásemos a los enemigos de Dios y de la Iglesia; estamos cumpliendo con un imperativo de nuestra conciencia católica y sacerdotal, defendiendo la fe, que recibimos como el más precioso tesoro de la vida.

No es posible detenernos ahora en analizar todos los gravísimos errores que la "HUMANI GENERIS" señala y
comenta la Carta del Prepósito General de los Jesuitas a la Asistencia de Francia. Creemos más pertinente
citar ahora el discurso que Pío XII pronunció el 10 de septiembre de 1957 a los 185 jesuitas, reunidos con su
Prepósito General el M.R.P. Janssens, con motivo de la Congregación General.


A CONTINUACIÓN... CAPITULO IX - PÍO XII HABLA A LA COMPAÑÍA DE JESÚS

"SEDE VACANTE" del R.P. Joaquín Sáenz y Arriaga - Page 6 1-1 "...indiscutiblemente ahí está el mal de fondo. El Magisterio calló; dejó que los enemigos emboscados hablasen libremente y pregonasen las mismas herejías que, en tiempos anteriores, cuando el Magisterio cumplía su misión primordial, cuando el Santo Oficio velaba solícito por la incolumidad de la doctrina recibida, habían sido condenadas explícitamente, como lo estamos viendo en esta maravillosa Encíclica de Pío XII".
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Message  Javier le Dim 23 Juin 2019, 5:15 am

CAPITULO IX - PÍO XII HABLA A LA COMPAÑÍA DE JESÚS


"Con un corazón paterno y jubiloso, Nos, queridos hijos, os recibimos a vosotros, que representáis ante Nos a toda la
Compañía de Jesús; y anhelamos a vuestros trabajos las mejores bendiciones del Autor de todo bien y de su Espíritu de
Amor".

"Vuestra Compañía, de la cual vuestro Padre y Legislador presentó la fórmula y sumario de la Regla a la aprobación de
nuestros predecesores Paulo III y Julio III, ha sido instituida para combatir "por Dios y bajo el estandarte de la Cruz" y de
servir "a sólo el Señor y la Iglesia su Esposa, bajo el Pontífice Romano, Vicario de Cristo sobre la tierra". Por eso vuestro
Fundador quiso que a los tres votos ordinarios de la vida religiosa, vosotros estuvieseis ligados por un voto especial de
obediencia al Sumo Pontífice; y, en las célebres reglas "para tener el espíritu de la Iglesia", añadidas al pequeño libro de
sus Ejercicios, él os recomienda, ante todo, que, "depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para
obedecer en todo a la vera Esposa de Cristo N. S. que es la Nuestra Santa Madre, la Iglesia ortodoxa, católica,
jerárquica"
; y la antigua versión que Vuestro Padre Ignacio usaba personalmente añadía: "que es la Iglesia Romana".

"Entre las acciones, dignas de memoria de vuestros antiguos padres, de los que, con justo título, os sentís orgullosos y a los
que tratáis de imitar, sobresale, sin duda, como una característica el hecho de que vuestra Compañía, en una adhesión muy
íntima a la Silla de Pedro, se ha esforzado siempre en guardar intacta, en enseñar, defender y promover la doctrina
propuesta por el Pontífice de esta Sede,
a la cual "todas las Iglesias, es decir, todos los fieles que a ellas pertenecen deben
dirigirse, a causa de su preminencia"
; sin tolerar en nada que se asienten las novedades peligrosas e insuficientemente
fundadas".


"No es menor título de honor para vosotros el tender, en materia de disciplina eclesiástica, a la perfecta obediencia de
ejecución, de voluntad y de juicio, hacia la Sede Apostólica que "indudablemente contribuye a una más segura dirección
del Espíritu Santo"
(Form. Inst. Societ. lesu).

"Este honroso título, merecido por la rectitud y la fidelidad en la obediencia, debida al Vicario de Cristo, que nadie osaría
negaros,
aquí y allá no se da ahora, en algunos de vosotros, por cierto orgullo de un libre examen, más propio de una
mentalidad heterodoxa que católica, la cual por seguirla algunos de vosotros no han vacilado en avocar al tribunal de su
propio juicio las mismas enseñanzas de la Sede Apostólica. No se puede ya tolerar la complicidad con ciertos espíritus,
según los cuales, las reglas de la acción y del esfuerzo por obtener la salud eterna deben deducirse de aquello que se hace,
más bien que de aquello que debe hacerse.
Todavía más, no se debe dejar pensar y hacer a su antojo a aquéllos a quienes la
disciplina eclesiástica parece una cosa anticuada, un vano formalismo, dicen ellos, del que hay que eximirse fácilmente
para servir a la verdad.
Si, en efecto, esta mentalidad, tomada de los medios incrédulos, se difundiese libremente en
vuestras filas,
¿no se encontrarían rápidamente, entre vosotros, hijos indignos, infieles a vuestro Padre Ignacio, a quienes
habría que separar, cuanto antes, del cuerpo de vuestra Compañía? "


"La obediencia, absolutamente perfecta, es el principio, la señal distintiva de los que combaten por Dios en vuestra
Compañía.
Vuestro mismo Fundador osó decir a este respecto: "En otras religiones, podemos sufrir que nos hagan
ventaja, en ayunos y vigilias y otras asperezas que, según su Instituto, cada una santamente observa; pero, en la puridad y
perfección de la obediencia, con la resignación verdadera de vuestras voluntades y abnegación de vuestros juicios, mucho
deseo... que se señalen los que, en esta Compañía, sirven a Dios N. S."
¡Cuán deseada fue siempre a la Iglesia la
obediencia, pronta y total, a los Superiores religiosos, la fiel observancia a la disciplina regular, la humilde sumisión, que
alcanza al juicio, con respecto a aquéllos, que el Vicario de Cristo ha querido que os gobiernen, según vuestro Instituto, tan
frecuente y solemnemente aprobado por Nuestros predecesores!
Ella está, en efecto, de acuerdo con el sentido católico de
esta virtud, sancionado, con aprobación de la Sede Apostólica, por la tradición continua de las antiguas y venerables
familias religiosas y de la cual San Ignacio os ha dejado la descripción en la célebre "Carta sobre la Virtud de la
Obediencia"
. Es un error, totalmente alejado de la verdad del pensamiento que la doctrina de esta Carta debe ser, en
adelante, abandonada y que es necesario sustituir ahora la obediencia jerárquica y religiosa por una cierta igualdad, según
la cual, el inferior debe discutir con el Superior sobre lo que conviene hacer, hasta que el uno y el otro lleguen a un
acuerdo".


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Ven 28 Juin 2019, 5:36 am

"Contra el espíritu de orgullo y de independencia, de los que tantos son tentados, en nuestra época, es necesario que
conservéis vosotros intacta la virtud verdadera de la obediencia, que os hace amables a Dios y a los hombres; la virtud de
la completa abnegación, por la cual os mostráis dignos discípulos de Aquél, que "se hizo obediente hasta la muerte" (Phil.
II, 8 ). ¿Será digno de Cristo, su Rey y Señor aquél, que huyendo de la austeridad de la vida religiosa, quisiera vivir esta vida
religiosa como si fuera un seglar, que busca a su antojo lo que le es útil, lo que le agrada, lo que le conviene?
Aquéllos, que
pretenden, con el vano pretexto de vivir en adelante una vida liberada de formalismos, evadir la disciplina religiosa, deben
saber que contrarían los votos y los sentimientos de esta Sede Apostólica y que están engañados cuando apelan a la ley de
la caridad, para encubrir una falsa libertad, libre del gozo de la obediencia.
¿Qué caridad es esa que descuida el beneplácito
de Dios N. S., que ellos habían venido a buscar en la vida religiosa?


"Es la severa disciplina el honor y la fuerza de vuestra Orden, la que debéis vosotros conservar, prontos y disponibles, para
los combates del Señor y el apostolado moderno".


"Un gran deber incumbe, a este respecto, a todos los Superiores de vuestra Orden, ya sea al Prepósito General, ya al
Provincial o Superior local. Deben saber "mandar con modestia y discreción" (Reg. Provic); sí, con discreción y modestia,
como conviene a los pastores de las almas, revestidos de bondad, de dulzura y de caridad de Cristo N.S.; pero, "mandar",
aun con firmeza, cuando sea necesario, "mezclando, según las circunstancias, la severidad a la bondad, como quienes
tienen que dar cuenta a Dios de las almas de sus subditos y de su progreso en la adquisición de la virtud. Es verdad que
vuestras Reglas, según la sabia prescripción del Fundador, no obligan bajo pena de pecado; sin embargo, los Superiores
están obligados a hacerlas observar, y ellos no estarían libres de falta si de su parte dejaran descuidar, en todo o en parte,
la disciplina religiosa. Al igual de un buen padre, que ellos manifiesten a sus súbditos la confianza que es debida a los
hijos, pero que, al mismo tiempo, velen solícitos sobre sus hijos, como un buen padre está obligado a hacerlo, y que no les
permitan descarriarse poco a poco del sendero de la fidelidad".


"Vuestro Instituto describe sabiamente este oficio de los Superiores, sobre todo, de los Superiores locales, en lo que
concierne a las horas de salidas de los súbditos de las casas religiosas, sus relaciones con los extraños, al envío y recepción
de sus cartas, a sus viajes, al uso o administración del dinero y al cuidado que deben tener para que todos cumplan
fielmente los ejercicios de piedad, que son como el alma de la fe, de la observancia regular y del apostolado. Esas Reglas
excelentes de nada sirven
, si aquéllos, a quienes toca vigilar su ejecución no cumplen su cargo con firmeza y constancia".

"Vosotros sois la sal de la tierra" (Mat. V, 13): que la pureza de doctrina, el vigor de la disciplina, unidos a la austeridad de la
vida,
os guarden del contagio del mundo y haciendo de vosotros dignos discípulos de Aquél, que por su Cruz nos rescató".

"El mismo os ha advertido: "El que no toma su cruz y no viene en pos de mí no puede ser mi discípulo". (Lc. XIV, 27). De
ahí que vuestro padre Ignacio os exhore a "aceptar y anhelar, con todas las fuerzas posibles, lo que Cristo N. S. ha amado
y abrazado";
y "para mejor llegar a este grado de perfección, tan precioso en la vida espiritual, que cada uno trabaje, con
todo el empeño de que es posible, el buscar en el Señor Nuestro su mayor abnegación y continua mortificación, en todas
las cosas posibles".
Por tanto, en la búsqueda de novedades, que hoy tanto preocupa a los espíritus, es de temer que el primer principio de toda la vida religiosa y apostólica, a saber, la unión del instrumento con Dios, no venga a parecer tan
claro y que "nuestra confianza esté fundada", ante todo, "en los medios naturales que disponen al instrumento a ser útil al
prójimo, en contraposición a la economía de la gracia, en la cual vivimos".


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Sam 29 Juin 2019, 8:40 am

"A fomentar esta vida crucificada con Cristo debe concurrir, en primer lugar, la fiel observancia de la pobreza, que tan en
su corazón tuvo vuestro Fundador, y no tan sólo la pobreza, que excluye el uso independiente de las cosas temporales, sino
de aquélla, sobre todo, a la cual esta dependencia está también ordenada, a saber el uso muy moderado de las cosas
temporales, junto con la privación de muchas comodidades, que los que viven en el mundo pueden legítimamente buscar.

"Seguramente vosotros emplearéis, para la mayor gloria de Dios, con aprobación de vuestros Superiores, los medios que
hagan vuestro trabajo apostólico más eficaz; pero, al mismo tiempo, os privaréis espontáneamente de muchas cosas, que no
son, en manera alguna, necesarias a vuestro fin, sino que halagan y complacen a la naturaleza. Así lo haréis, para que los
fieles vean en vosotros los discípulos de Cristo pobre y reserven, puede ser, limosnas más abundantes a fines útiles a la
salud de las almas, en lugar de prodigar ese dinero a los placeres fáciles. No es conveniente, pues, que los religiosos se
permitan vacaciones, fuera de las casas de vuestra Orden, a no ser que mediasen razones extraordinarias; ni que emprendan
viajes agradables, sin duda, pero costosos. Que ellos posean para su uso personal y exclusivo, cualquier instrumento de
trabajo, en lugar de dejarlos al uso y servicio de todos, como lo pide la naturaleza del estado religioso. En cuanto a lo
superfluo, suprimid, con simplicidad y valor, por amor a la pobreza y para buscar esta mortificación continua en todas las
cosas, que es propia de vuestro Instituto. Debe considerarse, como tal, el uso del tabaco, tan común en nuestra época, en
cualquiera de sus usos. Siendo religiosos, tomad a pecho, según el espíritu de vuestro Fundador, el suprimir entre vosotros
ese uso. Que los religiosos no prediquen tan sólo con palabras, sino también con el ejemplo, el espíritu de penitencia, sin la
cual nadie puede esperar con fundamento la salud eterna.


"Todas estas recomendaciones, que Nos os hacemos, aunque no estén de acuerdo con la naturaleza y parezcan, por el
contrario, difíciles y excesivas, vendrán a ser, no tan sólo posibles, sino fáciles y agradables en el Señor, si permanecéis
fieles a la vida de oración, que pedía a vosotros vuestro Padre y Legislador. Y vuestros ejercicios de piedad estarán
animados por el fervor íntimo de la caridad, si sois fieles a la oración mental prolongada, tal como las Reglas aprobadas
de vuestra Orden lo prescriben para cada día.
Los sacerdotes, que se consagran a su trabajo apostólico deben, ante todo,
vivificar su acción por una consideración más profunda de las cosas de Dios y por un amor de caridad más ardiente hacia
Dios y hacia Nuestro Señor Jesucristo; y Nos sabemos, por los preceptos de los santos, que esta caridad se nutre, sobre
todo, por la oración mental".
Vuestra Orden se descarriaría mucho ciertamente del espíritu que en vosotros queria vuestro
Padre y Legislador, si no permanecéis fieles a la formación recibida en los Ejercicios Espirituales.


"Ninguno de vosotros reprobaría o rechazaría cualquiera novedad, por la sola razón de que es algo nuevo; suponiendo, sin
embargo, que sea algo útil a la salud y perfección de sus almas y a las de su prójimo, en lo que consiste el fin de vuestra
Compañía. Por lo contrario, es conforme al espíritu de San Ignacio, como es tradicional entre vosotros, el dedicaros con
todo el corazón a todas las empresas nuevas, que el bien de la Iglesia pide y que la Santa Sede recomienda, sin temor
alguno al esfuerzo de adaptación. Pero, debéis, al mismo tiempo, conservar y defender, contra todos los esfuerzos del
mundo y del demonio,
las tradiciones, cuya sabiduría dimana sea del Evangelio, sea de la naturaleza humana caída. Tal es
la ascesis religiosa, que vuestro Fundador aprendió e imitó de las Ordenes antiguas".

"Entre los puntos substanciales de primer orden de vuestro Instituto, que no pueden ser modificados por la misma
Congregación General, sino únicamente por la Sede Apostólica, puesto que, aprobados en forma específica por la Carta
Apostólica "Regímini Militantis Ecclesiae del 27 de septiembre de 1540, dada por nuestro predecesor Paulo III, se dice
así: "La forma de gobierno de la Compañía es monárquico, definido por las decisiones de un sólo Superior". Y esta Sede
Apostólica, sabiendo bien que la autoridad del General es como el pivote, sobre el que descansa la fuerza y la santidad de
vuestra Orden, lejos de pensar que haya necesidad de conceder el cambio de este punto, cualquiera que sea el espíritu de la
época actual, quiere, por el contrario, que esta autoridad plena y monárquica, que sólo depende de la autoridad suprema de
la Santa Sede, permanezca invariable, salvando enteramente la forma monárquica aunque aliviando oportunamente la carga
de este cargo.

"En una palabra, aplicados todos con constancia a no descuidar en nada todo aquello con que podáis alcanzar la
perfección, con la gracia divina, en la entera observancia de todas las Constituciones y de la regla propia de vuestro
Instituto".
Se atribuye a Nuestro predecesor de piadosa memoria Clemente XIII estas palabras, que si no son literalmente
las mismas, lo son, a lo menos, en su sentido, y expresan ciertamente su pensamiento, cuando se le pidió dejar que vuestra
Orden cambiase el Instituto, fundado por San Ignacio: "Que sean como son o que no sean". Este es también Nuestro
pensamiento: que los jesuitas sean como los formaron los Ejercicios Espirituales y sus Constituciones lo desean. Otros, en
la Iglesia, bajo la dirección de la jerarquía, buscan laudablemente a Dios, por un camino en varios puntos diferente; para
vosotros, vuestro Instituto es "el camino hacia Dios". La regla de vida, tantas veces aprobada por la Santa Sede, las obras
de apostolado, que la Santa Sede os ha encomendado particularmente, he ahí vuestro programa, en colaboración fraterna
con los otros obreros de la Viña del Señor; que todos, bajo la dirección de la Santa Sede y de los obispos, trabajen por el
advenimiento del Reino de Dios".

"En prenda de la luz del Espíritu Santo sobre los trabajos de vuestra Congregación y de una efusión de la gracia divina
sobre todos y cada uno de los miembros de vuestra Compañía, con el afecto de un paternal corazón Nos os damos la
Bendición Apostólica".


A CONTINUACIÓN... COMENTARIO DEL P. SÁENZ Y ARRIAGA A ESTE DISCURSO DE PÍO XII A LOS JESUITAS
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Message  Javier le Lun 01 Juil 2019, 5:04 am

COMENTARIO DEL P. SÁENZ Y ARRIAGA AL DISCURSO DE PÍO XII A LOS JESUITAS

Así termina ese memorable discurso del gran Pontífice, siete años después de la publicación de la "HUMANI
GENERIS"
y de la siguiente carta del Prepósito General a los Padres y Hermanos de la Asistencia de Francia
sobre los graves errores doctrinales, que se habían introducido y difundido en la Compañía (al menos, en ciertas
Provincias de ella), precursoras de la actual revolución que estamos presenciando en la Iglesia de Dios. La
culpabilidad de los jesuitas en esta tragedia de la Iglesia es indiscutible.
Porque, aunque concedamos que no
todos, sino algunos de los miembros de la Orden fueron los autores y promotores de ese neomodernismo que
nos invade; aunque admitamos que muchos, muchísimos de los verdaderos hijos de la Compañía estuvieron y
están alertas y lucharon denodadamente contra la herejía,
es indudable que -y este discurso de Pío XII a la
Congregación General, reunida en Roma, bajo el Generalato del P. Janssens, así lo confirma con evidencia

de parte de los Superiores no hubo la necesaria vigilancia, ni la energía debida, sobre todo después de la
Encíclica, para frenar, a como hubiera dado lugar, esas doctrinas novedosas, que en la Compañía empezaron
a adoptar muchos de los profesores y alumnos, incluso en la misma Universidad Gregoriana.


El Papa hace un llamamiento a todos los hijos de la Compañía, representados allí por 185 profesos y el
Prepósito General, recordándoles los puntos esenciales, que, según los más importantes documentos de la
Santa Sede y de la misma Compañía, constituyen o deben constituir la esencia misma del Instituto
Ignaciano: "La Compañía había sido fundada para luchar por Dios, bajo el estandarte de la Cruz" y "para servir
al Señor y a la Iglesia su Esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la Tierra", "con ánimo
aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera esposa de Cristo N. S. que es la nuestra Santa Madre la
Iglesia ortodoxa, católica, jerárquica, romana".
Por eso los profesos están ligados con un cuarto voto a
la "obediencia al Sumo Pontífice". Y, con insistencia palpable Su Santidad llama la atención en los puntos
salientes de la obediencia, que, según S. Ignacio, debe ser la nota distintiva de sus hijos.
¿Por qué esa
insistencia, por qué ese recordar esos puntos vitales de la Compañía a los miembros de esa Congregación
General?
Es evidente que el Papa encaminaba su raciocinio y sus específicas advertencias a hacer una
solemne advertencia a los jesuitas sobre la solapada rebeldía con que habían sido recibidas por muchos
jesuitas las severísimas condenaciones de su Encíclica. Pío XII quiso fustigar "el espíritu de orgullo y de
independencia"
, que, por desgracia, había arrastrado a tantos jesuitas a seguir las novedades, precursoras de
la actual crisis, que ha sacudido los cimientos mismos de la Iglesia.


Reprueba el Sumo Pontífice el espíritu mundano, que insensiblemente se había infiltrado en muchos miembros
de la Orden:
el descuido y abandono de las prácticas de piedad, del espíritu de pobreza, de la debida
observancia regular, de la falta de mortificación, del uso inmoderado del tabaco, etc., etc.
Sería injusto decir
que estas miserias se daban en todos los miembros de la Orden, en esos tiempos, cuando Pío XII pronunció
este discurso; pero, sería hipocresía negar que estos males se estaban ya entonces difundiendo
alarmantemente entre muchos hijos de la Compañía. En la actualidad, las nuevas juventudes de la Compañía
de Jesús, no sólo han perdido el espíritu, sino, con el pretexto del "aggiornamento", del "diálogo", del "cambio
de las estructuras"
y de todas las novedades, diabólicas novedades, que han inventado, para romper las
santas tradiciones de su propio Instituto, han traicionado todo lo más santo y más noble de la Orden Ignaciana
y han llegado a perder totalmente la fe,
en muchos casos, como el de Enrique Maza, el de Pardinas, el de
Guinea, el de Guzmán y de tantos otros, que no sólo han dejado de ser hijos de S. Ignacio, sino hijos
verdaderos de la Iglesia, a pesar de que no estén "excomulgados".

La alusión que hace Su Santidad a la frase de Clemente XIII es sintomática: "Que los jesuitas sean lo que
deben ser o que mejor no existan".
Así es verdad: corruptio optimi pessima, la corrupción de lo mejor, es
lo peor.
Cuando los jesuitas pierden el espíritu, cuando rompiendo con sus Constituciones, con las cosas
substanciales de su Instituto, se entregan a reformar la obra de su Fundador y a buscar, por nuevos caminos,
la mayor gloria de Dios, en perfecta armonía con sus comodidades y placeres, cuando abandonan los mismos
Ejercicios Espirituales o los reforman, según su propio juicio, no debemos extrañarnos de que de día en día
aumenten las deserciones, se multipliquen los escándalos y los jesuitas fieles se vean marginados,
despreciados, olvidados por esos falsos hijos de la Compañía, que no tienen sino un remedio:
que sean
expulsados de la Orden.
Muy pronto se cumplirá el segundo centenario de la expulsión de los jesuitas de
España y sus Colonias y de la supresión en toda la Iglesia de la Orden por el Papa Clemente XIV. ¿No serán
semejantes estos adjuntos para una nueva supresión, para salvar la Iglesia, a las circunstancias que obligaron
a Carlos III a expulsarlos de España y sus dominios y a Clemente XIV a suprimir la orden en todo el mundo?


A CONTINUACIÓN... TAMBIÉN PAULO VI HACE SERIAS ADVERTENCIAS A LOS JESUITAS
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Message  Javier le Mar 02 Juil 2019, 12:10 pm

TAMBIÉN PAULO VI HACE SERIAS ADVERTENCIAS A LOS JESUITAS


Al terminar los trabajos de la 31° Congregación General de la Compañía, el 16 de noviembre de 1966, Paulo
VI recibió a los Padres congregados y concelebró la Misa, en la Capilla Sixtina, con el Prepósito General y
otros cinco Padres, representantes todos de los diversos continentes. Después de la Misa el Papa habló, en
latín, a los Padres de la Congregación. Nos vamos a permitir copiar ahora ese discurso, que es
indudablemente una nueva y severa advertencia del Papa Montini, cuyo alcance -para decirlo con franqueza—
me es difícil comprender;
pero que, no obstante, es en sí una prueba inequívoca de la descomposición
ideológica que se estaba desarrollando en la Compañía de San Ignacio.
He aquí el discurso:

"Nos hemos querido concelebrar y participar con vosotros el Sacrificio eucarístico, antes de que emprendáis el camino de
regreso, cada uno a su sitio, al terminar los trabajos de vuestra Congregación General, y que de Roma, centro de la unidad
católica, vosotros os diseminéis sobre toda la faz de la tierra. Nos hubiéramos querido saludaros, a todos y cada uno,
confortaros, animaros, bendeciros, a cada una de vuestras personas, a toda vuestra Compañía, a todas las múltiples obras
que vosotros animáis y servís por la gloria de Dios en la Santa Iglesia; hubiéramos querido renovar en vuestros espíritus,
en forma en cierto modo sensible y solemne, el sentido de mandato apostólico, que califica y fortifica vuestra misión,
como si ella os hubiera sido conferida y renovada por vuestro bienaventurado Padre Ignacio, soldado fidelísimo de la
Iglesia, o, mejor aún, como si Cristo mismo, de quien Nos, indigna aunque verdaderamente tenemos el lugar aquí en la
tierra, aquí en la Santa Sede, os la confirmase, misteriosamente os acompañase y diese su grandeza a esa vuestra misión".


"Por eso hemos Nos escogido este lugar, sagrado y temible, por la belleza, por la fuerza, pero especialmente por la
significación de sus imágenes, y lugar venerable entre todos por la voz de nuestra oración, muy humilde, pero pontifical,
que se expresa aquí, condensando no solamente las alabanzas y los gemidos de nuestro espíritu, sino los clamorosos e
inmensos gemidos y alabanzas de toda la Iglesia, desde los extremos de la tierra, y aún de la humanidad entera que tiene en
nuestro ministerio un hombre que es su intérprete delante de Dios soberano, y le tramita el oráculo del Altísimo. Hemos
escogido este lugar, en donde, como lo sabéis, el destino de la Iglesia se ha buscado y fijado, en ciertas horas históricas,
dominadas, sin embargo, como debemos creerlo, no por la voluntad de los hombres, sino por la asistencia oculta y amante
del Espíritu Santo.


"Aquí, invocaremos hoy a ese mismo Espíritu para terminar esta ceremonia religiosa, en favor de la Santa Iglesia,
representada y resumida de alguna manera en nuestro oficio apostólico y por vosotros, por vosotros, miembros, Superiores
y responsables de vuestra y Nuestra Compañía de Jesús.


"Y esta común invocación al Espíritu Santo quiere, en cierto modo, sellar los importantes y temibles momentos, que habéis
vivido, al someter todo vuestro cuerpo y su actividad a un severo examen, como para concluir, con ocasión del Concilio
Vaticano II, recientemente celebrado, cuatro siglos de vuestra historia, y para inaugurar, en cierto modo, con una nueva
conciencia y con nuevas resoluciones, un nuevo período de vuestra vida religiosa y militante.


"Esta reunión. Hermanos e Hijos muy queridos, tendrá de este modo un sentido histórico particular, en el que Nos a
vosotros y vosotros a Nos, manifestamos la determinación de llevar adelante, en las circunstancias actuales, la recíproca
definición de relación que existe, que debe existir, entre la Compañía de Jesús y la Santa Iglesia, la cual Nos, por mandato
divino, tenemos el oficio pastoral de conducirla y la cualidad de representarla principalmente.

"¿Qué relación es ésta? A vosotros y a Nos toca responder a la pregunta, que se desdobla así:

"1) ¿Queréis, hijos de Ignacio, soldados de la Compañía de Jesús, ser todavía hoy, mañana, y siempre, lo que habéis sido,
desde vuestra fundación hasta hoy día por la Santa Iglesia y por Nuestra Sede Apostólica? Esta pregunta que Nos os
hacemos, no tendría razón de ser, si no hubiesen llegado a Nuestros oídos noticias y rumores concernientes a vuestra
Compañía -y, por lo demás, también de otras familias religiosas— sujeto sobre el cual no podemos Nos disimular nuestra
admiración y, por algunos de ellos, nuestro dolor.


"¿Qué extrañas y siniestras sugestiones han podido hacer pensar a ciertos sectores de la nueva manera de opinar de vuestra
vasta Compañía la pregunta de si la Compañía debe continuar existiendo tal como el santo, que la concibió y fundó, la dejó
escrita en las reglas tan sabias y tan firmes; tal como una tradición secular, madurada por una cuidadosa experiencia,
recomendada por las más autorizadas aprobaciones, modelada por la gloria de Dios, la defensa de la Iglesia, con
admiración del mundo? ¿Es acaso posible que también se introduzca en el espíritu de algunos de vosotros el principio de la
historicidad absoluta de todas las cosas humanas, engendradas por el tiempo y devoradas inexorablemente por el tiempo,
como si no existiera en el catolicismo un carisma de verdad permanente y estabilidad invencible, de la cual la piedra de la
Sede Apostólica es el símbolo y el fundamento? ¿Podrá parecer al ardor apostólico, del que está animada toda la
Compañía, que para dar una mayor eficacia a vuestra actividad sea necesario renunciar a un gran número de hábitos
espirituales, ascéticos, disciplinares, que no serían más una ayuda, sino un freno a una expresión más libre y más personal
de vuestro celo? Parecería entonces que la austera y viril obediencia, que ha caracterizado siempre vuestra Compañía y que
ha hecho, al mismo tiempo siempre su estructura, evangélica, ejemplar y formidable, debería ser aflojada, porque se opone
a la personalidad y es un obstáculo a la agilidad de acción; se olvidaría lo que Cristo, la Iglesia y vuestra propia escuela
espiritual han magníficamente enseñado sobre la práctica de esta virtud. Tendríase que llegar a estos extremos para llegar a
creer que no es necesario imponer más a su alma "el ejercicio espiritual", es decir, la práctica asidua e intensa de la
oración, la humilde y ardiente disciplina de la vida interior, del examen de conciencia, de la conversación íntima
con Cristo, como si bastase la acción exterior para mantener el espíritu despejado, fuerte y libre, y para asegurar la misma
unión con Dios; y como si esta riqueza de industrias espirituales conviniese tan sólo a los monjes y no fuese más bien
necesaria, como armadura indispensable al soldado de Cristo. Pudieran todavía algunos hacerse la ilusión que, para
esparcir el Evangelio de Cristo fuese necesario hacer suyas las costumbres del mundo, su mentalidad, su carácter profano;
compartir los juicios naturalistas, que caracterizan al mundo moderno, olvidando aún más que si el heraldo de Cristo tiene
el deber apostólico de acercarse a los hombres a los que pretende llevar el mensaje de Cristo, no puede pretender una
asimilación que haría perder a la espada su filo y al apóstol su virtud original.


¡Nubes en el cielo, que las conclusiones de vuestra Congregación General han en gran parte disipado! Nos hemos sabido,
con grande gozo, que vosotros mismos, firmes en la rectitud que siempre ha animado vuestras voluntades, después de un
amplio y sincero examen de vuestra experiencia, os habéis decidido a permanecer fieles en la línea de vuestras
Constituciones fundamentales, sin abandonar vuestra tradición, que ha estado siempre en vosotros actuante y viva; habéis
dado a vuestras reglas las modificaciones accidentales, a las que "la renovación a la vida religiosa", propuesta por el
Concilio, no tan sólo os autoriza, sino os invita. No habéis querido llevar ninguna modificación substancial a la ley santa,
que os hizo religiosos y jesuitas, sino que, por el contrario, habéis querido poner un remedio a todo lo que en el tiempo
pasado os había debilitado y un suplemento de fuerza, en vista de las pruebas que el porvenir os prepara; bien que, en
medio de tantos resultados alcanzados en laboriosas discusiones, lo esencial ha sido asegurar no solamente al cuerpo, sino
al espíritu de vuestra Compañía una conservación verdadera y un positivo progreso. Y en esta materia Nos os exhortamos
calurosamente a conservar en el futuro la primacía de la oración en vuestra vida, sin apartaros de las sabias ordenanzas
recibidas: de allí vendrá a vosotros la gracia divina, como una agua viva, que nos llega por los humildes canales de la
oración, de la búsqueda interior, de vuestra unión con Dios, especialmente por el canal de la liturgia, en la que el religioso
encontrará inspiración y energía para su propia santificación sobrenatural; donde el apóstol hallará el impulso, la dirección,
la fuerza, la sabiduría, la perseverancia en la lucha contra el demonio y el mundo; de donde sacará el amor para amar a las
almas, en vista a su salud eterna, para construir, al lado de otros obreros, con igual carga y responsabilidad, el edificio
místico, la Iglesia. Regocijaos, pues, mis muy queridos Hijos. Este es el Camino, antiguo y nuevo de la economía cristiana;
es el molde en el cual se forma el verdadero religioso, a la vez discípulo de Cristo, apóstol en su Iglesia, maestro de sus
hermanos, sean fieles o extraños. Regocijaos. Que nuestra satisfacción, mejor, nuestra unión con vosotros os conforte y os
siga.

"Por esto apoyamos vuestras deliberaciones particulares sobre la formación de vuestros escolares, sobre la obediencia al
Magisterio y autoridad de la Iglesia; sobre los principios de la perfección religiosa; sobre las leyes que deben orientar
vuestra acción apostólica y vuestra cooperación pastoral; sobre la interpretación exacta y la aplicación positiva de los
decretos conciliares, etc., como otras tantas respuestas a nuestras demandas: sí, sí; los hijos de Ignacio, que se enorgullecen
del nombre de jesuitas son hoy todavía fieles a sí mismos y a la Iglesia. Ellos están prestos y fuertes. Nuevas armas
remplazan en sus manos aquéllas que están ya usadas y son menos eficaces; pero tienen, al mismo tiempo, el espíritu de
obediencia, de abnegación y de conquista espiritual.


CONTINUARÁ...
Javier
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