EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Mar 01 Jan 2019, 1:22 pm

3. EL ABANDONO EN LOS BIENES Y EN LOS MALES EXTERIORES

Artículo 1º.- La prosperidad y la adversidad

Comenzamos por lo que es más general, la adversidad o la
prosperidad, tanto para nosotros como para los que nos son
queridos (familia, comunidad, etc.).

Se puede hacer un buen uso de la prosperidad y de la
adversidad, y se puede abusar de ellas. ¿Seremos del número
de los sabios o de los necios? ¿Querrá Dios hacernos pasar
por buena o por mala fortuna? ¿Tendrá intención de
retenernos mucho tiempo sobre la cruz? Nada sabemos, y, por
consiguiente, el partido más acertado es establecernos en la
santa indiferencia, esperar en paz el divino beneplácito
aceptado con amorosa confianza, y sacar de él todo el
provecho posible.

A la luz de una fe viva, la prosperidad se nos presentará
como una sonrisa perpetua de la Providencia, y por lo mismo
abriremos gustosos nuestro corazón al reconocimiento, al
amor, a la confianza para con nuestro Padre Celestial. Cada
nueva prenda de su afecto hará brotar de nuestros labios un
gracias sincero. Con ella aliviaremos a nuestros hermanos
menos afortunados, llevándolos así a bendecir con nosotros al
Autor de todos los bienes. Mas desgraciadamente tiene razón
San Francisco cuando dice: «La prosperidad tiene atractivos
que encantan los sentidos y adormecen la razón;
imperceptiblemente nos hace cambiar, de suerte que nos
aficionamos a los dones, olvidando al Bienhechor.»
Y hasta
nos hace descender, por decirlo así, y sin darnos cuenta,
hacia una vida menos austera, en busca de nuestras
comodidades, por los senderos de relajación. Se verá quizá, y
no sin asombro, que algunos hacen profesión de vivir unidos a
Jesucristo en la cruz y, sin embargo, andan ansiosos de la
prosperidad, ávidos de procurarse los bienes de la tierra,
ardientes por fijar en ellos su corazón, presurosos en recurrir a
Dios cuando la espina de la adversidad llega a punzarles,
impacientes por librarse de ella. Y, sin embargo, el Evangelio
no pone la bienaventuranza cristiana sino en la pobreza, en
los desprecios, el dolor, las lágrimas, las persecuciones; la
misma filosofía nos enseña que la prosperidad es la madrastra
de la verdadera virtud y la adversidad su madre. Con harta
frecuencia el estado de prosperidad habitual es un lazo, y
recordando que ella no ha sonreído de esta manera a Nuestro
Señor y a los santos, el verdadero espiritual concluirá por
inquietarse y deseará no gozar tanto de este mundo; sólo una
cosa le dará seguridad: estar en manos de Dios y sentirse
bajo su mirada.

La adversidad nos abre un camino más seguro. Dios, que
es amigo constante y solícito, nos quita la prosperidad que nos
perjudicaría, emplea la espada de la adversidad para cortar
los afectos rivales de su santo amor; unas veces por la
privación, otras por el sufrimiento nos aparta más pronto y
seguramente del placer, arranca nuestro espíritu y corazón de
esta tierra y los atrae hacia las riberas eternas. Es la mejor
escuela del desasimiento, y también un purgatorio anticipado
menos terrible que el de la otra vida, eficacísimo, sin embargo;
porque Dios no castigará dos veces la misma falta. Después
de habernos purificado en el horno del sufrimiento, como el
oro en el crisol, nos hallará dignos de sí y nos recibirá como
víctimas de holocausto.

La adversidad es una mina de oro de donde se pueden
sacar las más sublimes virtudes y méritos inagotables. El P.
Jerónimo Natalis preguntaba un día a San Ignacio: «¿Cuál es
el camino más corto y más seguro para llegar a la perfección y
al cielo?»
El santo le respondió: «Sufrir muchas adversidades
grandes por amor de Jesucristo.»
Una gran adversidad nos
lleva al cielo, pero muchas nos llevan a él más pronto y más
lejos; porque, para los hombres de fe, según el P. Baltasar
Álvarez, «los sufrimientos son como caballos de posta que
Dios envía para atraerlos más prontamente a sí, o como una
escala que les ofrece para elevarse a virtudes más
eminentes... Considérese el dolor de un propietario cuando
una terrible granizada viene a destruir su viña, pero si los
granizos fueran de oro, ¿sería razonable su aflicción? Pues
oro son los desprecios y demás aflicciones que caen como
granizo sobre un alma que en verdad es paciente. Lo que
gana vale infinitamente más que lo que pierde. El cielo es el
reino de los tentados, de los afligidos, de los despreciados».


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Message  Javier le Jeu 03 Jan 2019, 9:21 am

La adversidad es el camino más corto para la santidad.
Según Santa Catalina de Génova las injurias, los desprecios,
las enfermedades, la pobreza, las tentaciones y todas las
demás contrariedades nos son indispensables para sujetar por
completo nuestras torcidas inclinaciones, y el desarreglo de
nuestras pasiones; es el medio de que el Señor se vale para
disponemos a la unión divina, y según San Ignacio, «no hay
madera más a propósito para producir y conservar el amor de
Dios que la madera de la cruz».
San Alfonso añade: « La
ciencia de los Santos consiste en sufrir constantemente por
Jesucristo, y éste es el medio de santificarse pronto».
Los
favores con que el Señor ha beneficiado a sus amigos, los
hechos extraordinarios que les han dado celebridad, son quizá
lo que más impresiona en su vida, pero sin motivo alguno. Lo
que sí debiéramos señalar son las debilidades, las
sequedades, las desolaciones, las persecuciones de todo
género que Dios les ha prodigado, y su inalterable paciencia
en este dilatado martirio, pues por este medio han llegado a
ser santos. Como amantes generosos del divino Maestro, han
deseado ser como El pobres, sufridos, despreciados. Dios
Padre los ha crucificado con su Hijo tiernamente amado, y los
más amantes han sido los más probados, siendo hacia el fin
de su vida, época de su más elevada perfección, cuando de
ordinario más han sufrido. «Porque eran agradables a Dios,
fue necesario que la tentación los probara».
La tribulación ha
sido, por decirlo así, la recompensa de sus trabajos pasados a
la vez que la consumación de su santidad.

Nadie hay que no haya vivido sobre la cruz, ni uno que no
se haya alegrado de sufrir en ella con su adorado Maestro.
Todos, como Nuestro Padre San Benito, han preferido
«padecer los desprecios del mundo a recibir sus alabanzas, y
a agotarse con trabajos más bien que ser colmados de los
favores del siglo».
El bienaventurado Susón, cuando por
excepción disfrutaba una tregua en sus continuas pruebas,
lamentábase ante las religiosas, sus hijas espirituales: «Temo
mucho ir por mal camino, porque hace ya cuatro semanas que
no he recibido ataques de nadie; tengo miedo de si Dios no
pensará ya en mí».
Apenas acababa de hablar cuando se le
viene a anunciar que personas poderosas han jurado su
perdición. A esta noticia no pudo menos que experimentar
inmediatamente un movimiento de terror. «Desearía saber por
qué he merecido la muerte. - Es por las conversiones que
obráis. - ¡Entonces! ¡Sea Dios bendito! »
Vuelve lleno de gozo
a la reja: «Animo, hermanas mías, que Dios ha pensado en mí
y aún no me ha olvidado».
Nosotros decimos en nuestras
pruebas: Basta, Dios mío, basta. La venerable María
Magdalena Postel, por el contrario, repetía sin cesar: «Aún
más, Señor, aún más; ven, cruz, que te abrazo. ¡Dios mío,
bendito seáis! Vos no nos humilláis sino para elevarnos más».

En una circunstancia muy penosa, Santa Teresa del Niño
Jesús escribía a su hermana: « ¡Cuánto nos ama Jesús, pues
que nos envía dolor tan grande! La eternidad no será bastante
larga para bendecirlo por ello. Nos colma de sus favores como
colmaba a los grandes Santos... El sufrimiento y la humillación
son el único camino que forma los Santos. Nuestra prueba es
una ruina de oro que es preciso explotar. Ofrezcamos nuestro
sufrimiento a Jesús para salvar las almas».


De todo esto concluyamos con San Alfonso: «Algunas
personas se imaginan que son amadas de Dios, cuando
prosperan en todo y no tienen nada que sufrir. Pero se
engañan, porque Dios prueba la fidelidad de sus servidores, y
separa la paja del grano por la adversidad y no por la
prosperidad: el que en las penas se humilla y se resigna con la
voluntad de Dios, es el grano destinado al Paraíso, y el que se
enorgullece, se impacienta, y por fin abandona a Dios, es la
paja destinada al infierno. El que lleva su cruz con paciencia,
se salva; el que la lleva con impaciencia, se pierde».
Dos
fueron los crucificados a cada lado de Jesús, y la misma pena
hizo, del uno, un santo y, del otro, un réprobo.

¡Ojalá que tomáramos nuestras cruces, no sólo con
paciencia y resignación, sino aun con amor y confianza filial!
Dos cosas nos ayudarán especialmente a conseguirlo: el
espíritu de fe y la humildad. Por poco que se escuche a la
naturaleza, retrocederá siempre ante la adversidad; mas
impóngasele silencio para no considerar sino a Dios, y pronto
diremos con el Rey Profeta: «Me he callado, Señor, y no he
abierto mi boca, porque sois Vos quien lo ha hecho todo».
El
orgulloso cree con facilidad que no se le hace justicia, y los
caminos de Dios, cuando son dolorosos, le espantan y
desconciertan. El humilde, por el contrario, penetrado por un
vivo sentimiento de sus miserias y de sus faltas, bendecirá a
Dios hasta en sus rigores: «Adoro, Señor, la equidad de
vuestros juicios y hasta me hacéis gracia y yo alabo vuestras
misericordias, pues estáis lejos de castigarme tanto como he
merecido. Y además, me es necesario el remedio del
sufrimiento, y las penas que me enviáis son precisamente las
que mejor responden a mis necesidades».


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Message  Javier le Ven 04 Jan 2019, 9:04 am

Artículo 2º.- Calamidades públicas y privadas

Debemos conformarnos con la voluntad de Dios en las
calamidades públicas, tales como la guerra, la peste, el
hambre, y todos los azotes de la divina Justicia. Otro tanto es
preciso hacer cuando la desgracia viene a caer sobre nosotros
personalmente o sobre los nuestros. El gran secreto para
conseguirlo, es mirar todas las cosas con los ojos de la Fe,
adorar los juicios del Altísimo con corazón contrito y humillado,
y sean cualesquiera los azotes que nos hieran, persuadirnos
bien de que la Providencia, infinitamente sabia y paternal, no
se determinaría a enviarlos ni a permitirlos, si no fueran en sus
manos los instrumentos de renovación y de salvación para los
pueblos o para las almas.
«Así es como ella conduce al cielo
por el camino del sufrimiento a una multitud de personas que
se perderían siguiendo otra dirección. ¡Cuántos pecadores,
llamados a Dios por el duro camino de la aflicción, renuncian a
sus antiguas iniquidades y mueren en los sentimientos de un
verdadero arrepentimiento! ¡Cuántos cristianos ocuparán un
día un puesto glorioso en el cielo, que sin esta saludable
prueba, hubieran gemido eternamente en las llamas del
infierno!"
Lo que nosotros llamamos calamidad y castigo es
frecuentemente una gracia de primer orden, una prueba
brillante de misericordia. Acostumbrémonos a no considerar
las cosas sino desde estos magníficos puntos de vista de la
Fe, y nada de lo que sucede en este mundo nos
escandalizará, nada alterará la paz de nuestra alma y su
confiada sumisión a la Providencia. Mas entremos en algunos
pormenores, comenzando por las desgracias públicas.

I. Es fácil ver la mano de la Providencia en la peste, el
hambre, las inundaciones, la tempestad y demás calamidades
de este género, porque los elementos insensibles obedecen a
su autoridad sin resistirla jamás. Pero, ¿cómo verla en la
persecución con su malignidad satánica, o en la guerra con
sus furores? Y allí está, sin embargo, como dejamos ya dicho.
Por encima de los hombres buenos y malos, y hasta más allá
de los satélites del infierno, está el Arbitro supremo, la Causa
primera que los mueve quizá sin ellos saberlo, y sin la cual
nada puede hacerse. La política de los príncipes, las órdenes
de los jefes, la obediencia de los soldados, los proyectos
tenebrosos de los perseguidores, su ejecución por los
subalternos, las ruinas y el sufrimiento que de esto ha de
resultar, todo ha sido previsto hasta el menor detalle; todo ha
sido combinado y decretado en los consejos de la Providencia,
formándose de esta suerte una extraña colaboración de la
malicia del hombre y de la santidad de Dios. El, infinitamente
santo, no puede dejar de odiar el mal, y si lo tolera, es por no
quitar a los hombres el libre uso de su libertad. Mas su justicia
pedirá cuenta a cada uno a su tiempo: a las naciones y a las
familias aquí abajo, porque no cuentan como tales en la
eternidad; a los individuos, en este mundo o en el otro. Entre
tanto, Dios quiere utilizar para conseguir sus intentos, la
malicia de los hombres y sus faltas, no menos que sus buenas
disposiciones y santas obras, de suerte que aun el desorden
del hombre entra bajo el orden de la Providencia.

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Message  Javier le Sam 05 Jan 2019, 9:17 am

Por parte de los hombres puede haber en ello no poco que
reprender, y Dios los juzgará. Por parte de la Providencia,
«todo es justo, todo sabio, todo es bueno, todo recto, todo
dirigido a un fin laudable, todo llega a un resultado final,
absoluto e infinitamente amable. Nerón es un monstruo, pero
hace mártires. Diocleciano lleva hasta los últimos límites los
furores de la persecución, mas prepara la reacción y el
advenimiento de Constantino. Arrio es un demonio encarnado,
que quisiera arrebatar a Jesucristo su divinidad, pero da
ocasión a las definiciones de la Iglesia sobre esta misma
divinidad. Los bárbaros, precipitándose sobre el viejo mundo,
le inundan de sangre, mas preparan al Evangelio una raza
capaz de ser cristiana. Las Cruzadas parecen fracasar porque
no salvan a Jerusalén, mas salvan a Europa. La revolución
francesa lo trastorna todo, mas, con esta ocasión, el vigor y la
vida renace en la sociedad cristiana obligada a la resistencia».


En nuestra época de persecución es evidente que Satanás
está suelto, y que ha recibido el poder de cribar al justo. Y
¿por qué es este triunfo de los malos?, ¿por qué esta
aparente derrota de la Iglesia?, ¿por qué esta prevención de
las muchedumbres?, ¿por qué estos gobiernos impíos que
pierden a los pueblos?, ¿por qué este oscurecimiento y tibieza
de los que se llaman buenos?, ¿por qué, en una palabra, el
imperio del mal sobre el bien?


¿Por qué? Por respeto a la libertad que es la condición del
mérito y del demérito. Dios deja obrar, pero cuando juzgare
llegado el tiempo, para confundir a los malos, para despertar a
los dormidos, para reanimar a los tibios, para defender a los
justos, dejará desencadenarse sobre el mundo culpable una
guerra universal. Preséntase el azote, se hace un silencio
inquietante, cállase la política, despiértase la fe, las Iglesias se
llenan. Dejábase a Dios en el olvido, pero ahora se recuerda
que El es el dueño de los acontecimientos. Y ¿cómo no verlo?
Los hombres que han desencadenado la tempestad no saben
ni dirigirla ni ponerse a cubierto de ella, mas Dios,
reservándose el hacer justicia a su tiempo, utilizará la
previsión de unos y la imprevisión de otros, las máquinas
perfeccionadas y los planes hábilmente concebidos, el valor y
las acciones brillantes, las faltas, la malicia y aun el crimen.
Todo le sirve para pasear su azote sobre las naciones, las
familias y los individuos. Pero no lo hará sino en la medida útil
a sus fines. Caiga el hombre de rodillas, que El gustoso se
apaciguará; mas si las buenas impresiones de los primeros
días se disipan, si los ojos se obstinan en permanecer
cerrados y los corazones sin arrepentirse, ¿habrá derecho a
extrañar que la guerra se prolongue y surjan quizá otros
nuevos azotes? ¿Sería preferible que, siguiendo un funesto
olvido de las leyes divinas, las naciones continúen
descendiendo al abismo y las almas al infierno?


Y ¿cómo explicar semejante severidad en un Dios tan
bueno? Para extrañarse, preciso es no haber comprendido los
desconocidos derechos de Dios, su amor despreciado, la
multitud de sus gracias y los excesos de nuestra malicia, las
alegrías de la eternidad feliz o los tormentos de un infierno sin
fin. Precisamente porque es infinitamente bueno, es por lo que
Nuestro Padre celestial nos ama sin debilidades y tal como lo
exige nuestra eternidad. Todas las prosperidades del mundo
serán el peor de los azotes, si adormecen a las almas en el
descuido y en el olvido, y su despertar se verificará en el fondo
del abismo. Por el contrario, las más espantosas calamidades,
aun cuando durasen años enteros, nada son al lado de un
infierno eterno, pues hasta son gran misericordia de parte de
Dios, y para nosotros dichosa fortuna si podemos a este
precio desarmar la justicia divina, evitar el infierno y recobrar
nuestros derechos al Cielo. Tal es el designio de Nuestro
Padre celestial. No le gusta castigar, pero si a ello le
constreñimos por el olvido de nuestros deberes y de nuestros
verdaderos intereses, nuestra es la falta. Si manifestamos
insubordinación cuando nos corrige, nuestra falta es mucho
mayor. Después de todo, Dios no se apresura a castigar, y
para no verse precisado a hacerlo, amenaza largo tiempo,
hasta usa de tanta paciencia que los débiles se maravillan y
los malos blasfeman. Vendrá empero un día en que Dios se
verá obligado a obrar como Soberano y justo Juez para
restablecer el orden, y como Padre Salvador de las almas
para volverlas al camino de salvación por los medios del rigor,
ya que se obstinan en hacer inútiles los medios de dulzura.


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Message  Javier le Dim 06 Jan 2019, 10:17 am

Los azotes de Dios traen a unos la prueba, a otros, el
castigo, y a todos los de buena voluntad gracias de
renovación. ¡Dichoso el que sabe reconocerlas y
aprovecharse de ellas! «Estas desgracias -dice el P.
Caussade- son para muchos otras tantas gracias de
predestinación. Mas es necesario declarar que pueden ser al
mismo tiempo para otros motivos de reprobación, bien que
esto no sucederá sino por culpa suya, y por no pequeña culpa,
pues ¿qué más razonable y fácil, en cierto sentido, que hacer
de la necesidad virtud? ¿Por qué levantarse inútil y
criminalmente contra la mano paternal de Dios, que no nos
castiga, sino para despegarnos de los miserables bienes de
acá abajo? Como su misma ira nace de su misericordia, no
nos hiere sino para apartarnos del pecado y salvarnos. A
manera de un sabio cirujano que corta hasta lo vivo las carnes
podridas, a fin de conservar la vida y de preservar el resto del
cuerpo.»


¿Cómo portarnos en medio de las calamidades?

«Humillarnos bajo la poderosa mano de Dios», y
abandonarnos a su Providencia con sumisión filial, en la íntima
convicción de que es Dios quien lo ha dirigido todo, de que
sus designios impenetrables tienen por principio el amor de las
almas, y de que sabrá poner al servicio del bien los
acontecimientos más desconcertantes. Por lo que
personalmente nos concierne, nos conviene recordar que
estamos en manos de Nuestro Padre celestial, y si quiere
salvarnos, le es tan fácil hacerlo en medio de los peligros,
como llamarnos a Sí cuando ningún peligro pareciera
amenazarnos, y si es que quiere probarnos, ¡bendito sea su
santo nombre para siempre!

2º Cumplir nuestros deberes del mejor modo posible y
sacrificarnos por el bien común, según el tiempo y las
circunstancias, y como nuestra situación lo permita. «La
tempestad es tempestad. A ella se resigna el marinero y
trabaja.»
Hagamos nosotros lo mismo. No entremos en la
agitación de las olas que nos sacuden, y adhierámonos a la
roca de la Providencia, diciendo: «¡Dios mío, os adoro, os
alabo, acepto la prueba, soporto estos malos días y me
mantengo en paz!»


3º En consecuencia, es preciso orar, ante todo orar y
siempre orar.
Pidamos, busquemos, llamemos, importunemos
a Dios, ya para que abrevie la calamidad si tal es su
beneplácito, ya también, y esto de un modo absoluto, para que
perezcan las menos almas posibles en la tormenta, para que
los pueblos vuelvan a Dios con corazón contrito y humillado,
los santos se multipliquen, la Iglesia sea más fielmente
escuchada y Dios menos ofendido. Y como «la oración unida
al ayuno es especialmente buena y la limosna hace hallar
misericordia»
, la época de las calamidades es el tiempo
oportuno cual ningún otro, para renovarnos en la fidelidad a
nuestros deberes, y de añadir a nuestros sacrificios
obligatorios algunas mortificaciones que las sobrepasan, a fin
de aplacar mejor el justo enojo de Dios. Porque las
calamidades son, en general, el castigo del pecado, y cuando
son más universales y terribles, es señal que fue mayor la ola
de iniquidad que provocó la cólera divina. Nada mejor puede
hacerse que enmendar nuestra propia vida y ofrecer al Dueño
irritado, al Padre no reconocido, un acrecentamiento de amor
y de fidelidad por lo referente a nosotros, un abundante tributo
de desagravio y reparación por nuestras culpas y por las del
mundo pecador.

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Message  Javier le Lun 07 Jan 2019, 1:12 pm

II. Casi idéntica ha de ser nuestra manera de conducirnos
cuando la calamidad venga a descargar sobre nosotros, sobre
nuestras familias o sobre nuestra Comunidad. Trataremos de
no ver a ella sino a Dios, y a Dios paternalmente ocupado en
el bien de las almas. «La muerte de una persona querida me
parece una calamidad, y si hubiera vivido algunos años más,
quizá hubiera muerto en estado de pecado. Yo debo treinta o
cuarenta años de vida a esa enfermedad que he sufrido con
tan poca paciencia. Mi salud eterna pendía de esta confusión
que me ha costado tantas lágrimas. No había remedio para mi
alma, si yo no hubiera perdido ese dinero. ¿De qué nos
quejamos? ¡Dios se encarga de conducirnos y nosotros nos
inquietamos!»
¡Oh! si penetráramos mejor sus amorosos
designios sobre nosotros, le bendeciríamos hasta en sus
aparentes rigores. Este filial abandono multiplicaría nuestros
méritos, nos traería la paz, movería el corazón de Dios y sería
frecuentemente el mejor medio de acertar.

Dos meses después de la fundación de la Orden de la
Visitación, enfermó tan gravemente Santa Juana de Chantal,
que la muerte parecía inevitable. Fue esta una dura prueba
para el piadoso Obispo de Ginebra, porque teniendo la
seguridad de que aquella obra era de Dios y destinada a
producir mucho bien, veía con toda claridad que, caído el
pastor, se dispersaría el rebaño. Sin embargo, tuvo el ánimo
de decir: «Dios quiere quizá contentarse con nuestros
primeros pasos, sabiendo que no somos bastante fuertes para
realizar el viaje entero.»
Dios, que no esperaba sino este acto
de abandono, inmediatamente devolvió a la Santa Fundadora
la salud para largos años. Los principios más penosos, las
dificultades de reclutar gente, los muertos, las decepciones, un
cisma, una insurrección, la pobreza rayana en miseria, la
persecución de fuera y las importunidades de la autoridad,
nada le faltó a San Alfonso de Ligorio en el establecimiento de
su Congregación. Pero en medio de las tempestades oraba, y
hacia todo cuanto humanamente era posible, «no quería sino
sólo la voluntad de Dios».
Era, pues, designio del cielo que el
piadoso fundador llegase a ser un perfecto modelo, y su
Instituto un plantel de santos, y para esto, ¿no convenía que el
Padre de este ilustre linaje se asemejase al divino Redentor,
pobre y humilde y perseguido?

Una de las pruebas más fuertes es la pérdida de los seres
queridos. Después de la muerte de su madre, el dulce Obispo
de Ginebra escribe a Santa Juana de Chantal: «¿No es
preciso en todo y por todo adorar esta suprema Providencia,
cuyos consejos son santos, buenos y amables? He aquí que
ha sido de su agrado retirar de este miserable mundo a
nuestra muy querida madre para tenerla, como lo espero,
cerca de Si, y a su derecha. Confesemos que Dios es bueno y
eterna su misericordia. Todas sus voluntades son justas; todos
sus decretos, equitativos, su beneplácito es siempre santo y
sus decisiones, muy dignas de amor.»
Como hijo amante,
experimentó con esta muerte un dolor vivísimo, pero tranquilo;
no osaría manifestar descontento ni aun lamentarse porque es
Dios quien ha descargado ese golpe. Después de la muerte
de su hermana, escribe a Santa Juana de Chantal, muy
afligida con tal motivo: «Menester es no sólo aceptar el que
Dios nos hiera, sino también conviene conformarse en lo que
haga en la parte que sea de su agrado. Es preciso dejar a
Dios la elección, porque le pertenece... ¡Jesús, Señor mío!, sin
reserva, sin condiciones, sin peros, sin excepción, sin
limitación, hágase vuestra voluntad acerca del padre, de la
madre, de la hija, en todo y por todo. Y no digo que no se haya
de rogar y desear su salud, pero decir a Dios: "dejad esto y
tomad aquello", en manera alguna conviene, hija mía, tal
lenguaje... Tenéis cuatro hijos, un suegro, un hermano muy
amado, además un padre espiritual, todo esto es muy querido
y con razón, porque Dios lo quiere. ¡Bien! Si Dios os
arrebatara todo esto, ¿no tendríais lo suficiente con poseer a
Dios? ¿No pensáis así? Aunque nada poseyéramos fuera de
Dios, ¿no sería esto mucho?»
Por una parte, la muerte es tan
sólo una breve separación. Un fin dichoso después de una
santa vida y la eterna reunión cerca de Dios, ¿no es lo
esencial? ¿Y no sabe Dios mejor que nadie el tiempo y el
modo más favorable ya para nosotros, ya para los nuestros?

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Jeu 10 Jan 2019, 3:51 pm

«Que se viertan algunas lágrimas en la muerte de un
pariente, de un amigo
-dice San Alfonso-, es una debilidad
perdonable, mas abandonarse a toda la vehemencia del dolor,
es falta de virtud, falta de amor de Dios. Esto no es decir que
las buenas religiosas no sientan la pérdida de los parientes y
de ciertas personas particularmente estimadas, pero piensan:
Así lo quiere Dios, y se van resignadas y tranquilas a suplicar
por estas almas queridas, multiplicando oraciones y
comuniones, a fin de unirse más estrechamente a Dios, y de
consolarse con la santa esperanza de volver a encontrar un
día a todos reunidos en el Cielo.»


San Bernardo perdió a uno de sus hermanos. «Resistía
-nos dice- a los sentimientos de mi corazón con todas las
fuerzas de mi fe, representándome que la muerte es el tributo
a la naturaleza, la deuda universal, la necesidad de nuestra
condición, la orden del Todopoderoso, la decisión del justo
Juez, el azote del Dios terrible, y finalmente el beneplácito del
Señor. Pude imponerme a mis lágrimas, mas no a mi dolor,
que cuanto más lo comprimía dentro, más violento se hacía; y
declaro que fui vencido. Vosotros sabéis cuán justo es mi
dolor, qué fiel compañero era aquel que me ha sido
arrebatado, hasta qué extremo era vigilante, laborioso, dulce y
agradable. ¿Quién me amó como él? ¿Quién me fue tan
necesario? Era yo débil de cuerpo y él me llevaba y animaba,
perezoso y negligente y él me excitaba, olvidadizo y sin
previsión y él me advertía. Menos unidos estábamos por los
lazos de la sangre que por el parentesco del espíritu, la
armonía de sentimientos y la conformidad de carácter.
Nuestras almas no formaban sino una sola, y un mismo golpe
las ha herido, enviando una mitad al cielo y dejando la otra en
la tierra. Y mi Gerardo ¡era tanto para mí! ... hermano mío por
la sangre, hijo mío por la profesión, mi padre por su piadosa
solicitud, un otro yo por el espíritu, mi íntimo por el cariño. Me
ha dejado, y siento el golpe, herido como estoy hasta el fondo
del alma. Lloro, pero no dirijo reconvención alguna a la mano
que me ha herido. Mis palabras están llenas de dolor, mas no
de murmuración, reconociendo que una misma sentencia ha
castigado al uno y coronado al otro, a cada cual según su
mérito; el Señor dulce y justo ha hecho misericordia a Gerardo
su servidor, y a mí me ha hecho sentir el peso de su justicia.
Señor, vos me disteis a Gerardo, Vos me lo habéis quitado.
Lloro porque me ha sido arrebatado, pero no olvido que de
Vos lo había recibido y os doy gracias por haber podido
disfrutar de él. Habéis reclamado vuestro depósito y tomado lo
que era vuestro. Mis lágrimas ponen fin a mi discurso; poned,
Señor, medida y fin a mis lágrimas.»


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Sam 12 Jan 2019, 6:01 am

Artículo 3º.- Riquezas y pobreza

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos
es el reino de los cielos».
Y San Francisco de Sales añade:
«Desdichados, pues, los ricos de espíritu, porque a ellos
pertenece la miseria del infierno. Rico de espíritu es aquel que
tiene las riquezas en su espíritu o su espíritu en las riquezas.
Pobre de espíritu es aquel que no tiene ningún género de
riquezas en su espíritu, ni su espíritu en las riquezas. Los
halcones hacen su nido como una pelota, y no dejan sino una
pequeña abertura en su parte superior; los construyen a la
orilla del mar, y además los hacen tan firmes e impenetrables
que aun pasándoles las olas por encima, jamás el agua ha
podido penetrar en ellos, mas sobrenadando siempre
permanecen en el mar, sobre el mar y dueños del mar. Así
debe ser, amada Filotea, vuestro corazón, abierto solamente
hacia el cielo, impenetrable a las riquezas y a las cosas
caducas; si las poseéis, conservad vuestro corazón libre de
afición a ellas; que se mantenga siempre en alto y que en
medio de las riquezas permanezca sin riqueza y dueño de las
riquezas. No, no coloquéis este espíritu celestial en los bienes
terrestres, haced que les supere, que esté sobre ellos, y no en
ellos.»
Así queda descrita la pobreza afectiva, la cual ofrece
una variedad de grados desde la simple resignación en la
miseria o desapego en la posesión, hasta el amor apasionado
de San Francisco de Asís, por su Señora la Pobreza. Cuando
esta pobreza alcanza una elevada perfección es la
bienaventuranza alabada por nuestro Señor. La pobreza
afectiva es necesario pedirla de una manera absoluta y
procurarla con asiduidad en la fortuna y en la miseria, por ser
el fin que hemos de proponernos alcanzar, ya que según la
observación de San Bernardo, «no es la pobreza reputada por
virtud, sino el amor de la pobreza».
Las riquezas, por el
contrario, lo mismo que la pobreza afectiva, son uno de los
principales objetos del Santo Abandono.

Sin un mínimo de bienes temporales una familia no podría
conservarse, atender a sus buenas obras y proveer
moderadamente el porvenir. Si lo temporal marcha bien, el
espíritu se hallará menos abrumado de cuidados, más libre
para entregarse todo a lo espiritual. Como Dios nos ha
constituido sus administradores y los dispensadores de esos
bienes, con ellos podrá hacerse un fructuoso apostolado,
puesto que al aliviar los cuerpos se tiene ocasión de ganar las
almas para Dios, a la vez que se siente el placer de hacer
dichoso a otros, porque «es mucho más agradable dar que
recibir».
Tiene, pues, razón San Francisco de Sales al decir en
este sentido: «que ser rico de hecho y pobre de afecto es la
gran dicha del cristiano, pues por este medio se obtienen las
comodidades de las riquezas para este mundo y el mérito de
la pobreza para el otro».


Mas, según San Buenaventura, «la abundancia de los
bienes temporales es una especie de liga, que se adhiere al
alma y la impide volar a Dios».
Por consiguiente, pone al
religioso en peligro de derramarse más de lo conveniente en
las cosas de la tierra, de apegar a ella su corazón, de
sacrificar más o menos la austeridad de su vida, de ir en
busca de comodidades y de entibiarse así en el amor de Dios.
Al seglar le expone a tentaciones más temibles, puesto que el
dinero es la llave de una vida mundana y disipada. Con las
riquezas entran fácilmente la estima de si, el deseo de ser
honrado, el orgullo y la ambición; en una palabra, «puesto que
el amor de las riquezas es la raíz de todos los males»
,
difícilmente entrará el rico en el reino de los cielos, al menos si
sólo es rico para sí mismo y no según Dios, y con mayor
razón, si a diario celebra opíparos festines, mientras que a su
puerta sufre Lázaro la necesidad.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Dim 13 Jan 2019, 8:58 am

Por otra parte, la miseria, pesando sobre el espíritu con sus
cuidados y preocupaciones, apenas deja libertad para
entregarse a Dios sólo, pues expone a las almas todavía
débiles al desaliento, a la murmuración, a la insubordinación; y
si es persistente y demasiado dura, hace la existencia, por
decirlo así, imposible.

Entre la fortuna y la miseria hállase un grado intermedio,
que el Apóstol mira como una riqueza: es la piedad con lo
necesario para vivir, o bien con esa moderación de espíritu
que se contenta con el alimento y el vestido. Hablábase a San
Francisco de Sales de la pobreza de su Obispado: «Después
de todo
-respondió-, teniendo honestamente con qué
alimentarnos y vestirnos, ¿no hemos de estar contentos? Lo
demás no es sino trabajo, cuidados, superfluidad... Mis rentas
bastan a mis necesidades, y lo que sobre esto hubiera, sería
superfluo. Los que tienen más, no lo tienen sino para llevar
mayor ostentación; no es para ellos, sino para servidores que
comen, por lo regular sin hacer nada, los bienes del Obispado.
Quien menos tiene, menos cuenta tendrá que dar y menos
cuidados de pensar a quién es preciso dar, ya que el Rey de la
gloria quiere ser servido y honrado con equidad. Los que
disfrutan de grandes rentas gastan a veces tanto, que al fin del
año no han conservado más que yo, si es que no se han
cargado de deudas. Yo hago consistir la principal riqueza en
no deber nada.»
Y de otra parte, «mi Arzobispado me vale
tanto como el Arzobispado de Toledo, porque me vale el
paraíso o el infierno».


El mismo Santo también decía: «Hemos de vivir en este
mundo como si tuviéramos el espíritu en el cielo y el cuerpo en
la tumba. La verdadera felicidad de aquí abajo está en
contentarse con lo suficiente. ¿Quién no amará la pobreza tan
amada de Nuestro Señor y de la que ha hecho la fiel
compañera de toda su vida? Para aprender a contentarse con
poco, no hay sino considerar a los que son más pobres que
nosotros, porque nosotros no somos pobres, sino
relativamente. Si nos contentamos con lo necesario, rara vez
seremos pobres, y si queremos todo lo que la pasión exige,
nunca seremos ricos. El secreto de enriquecernos en poco
tiempo y con poco gasto, consiste en moderar nuestros
deseos, imitando a los escultores que hacen sus obras por
sustracción y no a los pintores, que las hacen por adición.»


Es preciso, pues, ejercitarse en el santo abandono, porque
de una parte, para evitar la miseria y llegar a la fortuna, no
bastarán el trabajo, el espíritu de orden y economía, ni la
misma virtud. Dios continúa Dueño de sus bienes, los da o los
rehúsa según le place. Por otra parte, ¿sabríamos nosotros
santificar la miseria, o hacer buen uso de las riquezas? No lo
sabemos; sólo Dios pudiera decirlo. Lo mejor será, pues,
ponernos en sus manos, rezando la plegaria del Sabio:

«Señor, no me deis ni la extrema pobreza ni la riqueza;
concededme solamente lo que es necesario para vivir, no sea
que en mi hartura me exponga a desconoceros y decir:
¿Quién es el Señor?, o que la necesidad me arrastre a
cometer injusticias».


Que Dios nos conceda las riquezas, la medianía o la
miseria, habrá siempre una mezcla de su beneplácito y de su
voluntad significada, y, por consiguiente, nosotros habremos
de unir la obediencia al abandono.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Mar 15 Jan 2019, 2:23 pm

Si El nos ha distribuido con largueza sus bienes, nos es
necesario guardar «el precepto del Apóstol a los ricos de este
mundo, es decir, evitar el engreírnos en nuestros
pensamientos, y poner nuestra confianza en nuestras inciertas
riquezas, hacer limosna con alegría, gustar de hacer a otros
partícipes de nuestros bienes, acumular tesoros de santas
obras, y de esta manera establecer un sólido fundamento para
el porvenir, a fin de llegar a la vida eterna».
Esforcémonos
entre tanto, según el consejo de San Francisco de Sales, «por
armonizar en nuestros afecto la riqueza y la pobreza, teniendo
a la vez un gran cuidado y un desprecio de las cosas
temporales»
, cuidado mayor aún que el de los mundanos por
sus bienes, porque ellos no trabajan sino por sus intereses y
nosotros para Dios; cuidado dulce, pacífico y tranquilo, como
el sentimiento del deber de donde procede.
«Dios quiere en
efecto que obremos así por su amor.»
Juntemos a esto el
desprecio de las riquezas,«a fin de impedir que aquel cuidado
se convierta en avaricia»
; vigilemos para no desear con
inquietud los bienes que aún no poseemos y para no
aficionarnos a los que ya poseemos, hasta el punto de temer
vivamente perderlos; y si nos acontece llegar a perderlos, no
apenarnos con exceso: «Pues nada manifiesta tanto el afecto
a la cosa perdida como el afligirse cuando se pierde.»

«Cuando se presentaren inconvenientes que nos
empobrezcan en poco o en mucho, como sucede en las
tempestades, los incendios, las inundaciones, la sequía, los
robos, los procesos, entonces es la verdadera ocasión de
practicar la pobreza, recibiendo con dulzura esta disminución
de los bienes y acomodándonos paciente y constantemente a
este empobrecimiento. Por muy rico que sea uno, ocurre con
frecuencia padecer necesidad de alguna cosa. Aprovechad,
Filotea, estas ocasiones, aceptadlas con ánimo varonil,
sufridlas alegremente.» «Si, pues, os veis privados de
remedios en vuestras enfermedades o de fuego durante el
invierno, o también de alimento o de vestido, decid: Dios mío,
Vos me bastáis, y conservaos en paz.»


«Si realmente sois pobre, muy amada Filotea, sedlo
además de espíritu, haced de la necesidad virtud, y emplead
esta piedra preciosa de la pobreza para lo que vale. Su brillo
no se descubre en este mundo, a pesar de estar tan a la vista
y de ser tan bello y rico. Tened paciencia, que estáis en buena
compañía: Nuestro Señor, Nuestra Señora, los Apóstoles,
tantos santos y santas han sido pobres. y pudiendo ser ricos
han despreciado el serlo... Abrazad, pues, la pobreza como la
dulce amiga de Jesucristo, pues El nació, vivió y murió en la
pobreza que fue la nodriza de toda su vida.»


La venerable María Magdalena Postel, reducida a
refugiarse en un establo con su pequeña Comunidad,
rebosaba de gozo y decía: «Sí, hijas mías, estoy contenta,
porque ahora nos parecemos más a Nuestro Señor, que en su
Nacimiento no fue recibido ni en un palacio real, ni en palacio
suntuoso, sino en el pesebre de Belén.»
Y algún tiempo
después añadía: «Temo las riquezas para las Comunidades.
No deseemos sino lo estrictamente necesario, y aun esto es
preciso ganarlo con el trabajo de nuestras manos. Trabajad
como si os propusierais llegar a ser ricos; mas desead y pedid
permanecer siempre pobres. La pobreza y la humildad deben
ser la base da la Congregación que Dios me ha llamado a
fundar, y el día en que se pierda el espíritu de pobreza,
aquélla perecerá.»


San José es un admirable modelo de abandono a la
Providencia en la necesidad. «Dios quiere que sea siempre
pobre, lo que constituye una de las más fuertes pruebas que
nos pueden sobrevenir. El se somete amorosamente y durante
toda su vida. Su pobreza fue una pobreza despreciada,
abandonada y menesterosa. La pobreza voluntaria de que los
religiosos hacen profesión es muy amable, tanto más cuanto
que no impide que reciban lo necesario, privándoles
únicamente de lo superfluo. Mas la pobreza de San José, de
Nuestro Señor y de la Santísima Virgen no era de tal
naturaleza, pues aunque era voluntaria, en cuanto a que la
amaban con cariño, no dejaba, sin embargo, de ser abyecta,
abandonada, despreciada. Todos consideraban a este gran
Santo como a un pobre carpintero, quien sin duda no podía
trabajar tanto que no le faltasen muchas cosas necesarias por
más que se esforzaba cuanto le era posible, con un afecto que
no tiene igual, por el mantenimiento de su familia. Después de
esto, sometíase humildemente a la voluntad de Dios, para
continuar en su pobreza y abyección, sin dejarse en manera
alguna vencer ni abatir por el disgusto interior, que
seguramente había de hacer tentativas para turbarle.»


Para imitar estos grandes ejemplos «no os lamentéis,
pues, amada Filotea, de vuestra pobreza; porque no se queja
uno sino de lo que le desagrada; y si la pobreza os desagrada,
ya no sois pobre de espíritu, sino rica de afecto. No os
desconsoléis por no ser tan socorrida como sería conveniente,
porque querer ser pobre y no sufrir por ello incomodidad, es
querer el honor de la pobreza y la comodidad de las
riquezas».


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