EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Dim 26 Aoû 2018, 1:23 pm

Durante los sucesos es necesario ante todo someterse. En
el Santo Abandono llámase esta adhesión confiada y filial y
amorosa al beneplácito de Dios. Quizá haya que luchar un
tanto para elevarse a esta altura y mantenerse en ella; mas,
aun cuando la sumisión fuese tan pronta y fácil como plena y
afectuosa, y por sencillamente que nuestra voluntad se
someta a la de Dios, siempre hay en esto un acto o
disposición voluntaria. En el Santo Abandono la caridad es la
que está en ejercicio y la que pone en juego otras virtudes. Y
así dice Bossuet: «Es una mezcla y un compuesto de actos de
fe perfectísima, de esperanza entera y confiada, de amor
purísimo y fidelísimo».
Si aun después de someterse a la
decisión final, se juzga oportuno pedir a Dios desde el
principio que aleje este cáliz, como hay derecho a hacerlo,
esto constituye de la misma manera un acto o una serie de
actos.

Después de los sucesos se pueden temer consecuencias
desagradables para los demás o para nosotros mismos en lo
temporal o en lo espiritual, como sucede en las calamidades
públicas, en la persecución, en la ruina de la fortuna, en las
calumnias, etc. Si está en nuestra mano apartar estas
eventualidades o atenuarlas, haremos lo que de nosotros
dependa, sin aguardar una acción directa de la Providencia,
porque Dios habitualmente se reserva obrar por estas causas
segundas, y puede ser que precisamente cuente con nosotros
en esta circunstancia, lo que con frecuencia nos impondrá
deberes que cumplir.

Después de los sucesos, por ser manifestaciones del
beneplácito divino, hay que hacer brotar también de ellos los
frutos que Dios mismo espera para su gloria y para bien
nuestro: si acontecimientos felices, el agradecimiento, la
confianza, el amor; si desgraciados, la penitencia, la
paciencia, la abnegación, la humildad, etc.; cualquiera que sea
el resultado, un acrecentamiento en la vida de la gracia, y por
consiguiente un aumento de la gloria eterna.

La voluntad de Dios significada no pierde por esto sus
derechos, y salvo las excepciones y legítimas dispensas, es
necesario continuar guardándola; los deberes que ella nos
impone forman la trama de nuestra vida espiritual, el fondo
sobre el que el santo abandono viene a aplicar la riqueza y
variedad de sus bordados. Además esta amorosa y filial
conformidad no impide la iniciativa para la práctica de las
virtudes: las Reglas y la Providencia le ofrecen de suyo cada
día mil ocasiones; y, ¿quién nos impide provocar otras
muchas, sobre todo en nuestro trato íntimo con Dios? A la
verdad que no somos sobradamente ricos para desdeñar este
medio de subir de virtud en virtud: el salario de nuestra tarea
ordinaria, por opulento que se le suponga, no debe hacernos
despreciar el magnífico acrecentamiento de beneficios que
puede merecernos dicha actitud.

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Message  Javier le Mar 28 Aoû 2018, 1:42 pm

Henos así bien lejos de una pura pasividad, en que Dios lo
haría todo y el alma se limitaría a recibir. En otra parte diremos
que esta pasividad se encuentra en diverso grado en las vías
místicas, en cuyo caso es preciso secundar la acción divina y
guardarse de ir en contra. Pero aun en estos caminos místicos
la mera pasividad es excepción muy rara. Por poco que se
haya entendido la economía del plan divino y por poca
experiencia que se tenga de las almas, se ha de convenir en
que el abandono no es una espera ociosa, ni un olvido de la
prudencia, ni una perezosa inercia. El alma conserva en él
plena actividad para cuanto se refiere a la voluntad de Dios
significada; y en cuanto a los acontecimientos que dependen
del divino beneplácito, prevé todo cuanto puede prever, hace
cuanto de ella depende. Mas, en los cuidados que ella toma,
confórmase con la voluntad de Dios, se adapta a los
movimientos de la gracia, obra bajo la dependencia y sumisión
a la Providencia. Siendo Dios dueño de conceder el éxito o de
rehusarlo, el alma acepta previa y amorosamente cuanto El
decida, y por lo mismo se mantiene gozosa y tranquila antes y
después del suceso. Fuera, pues, la indolente pasividad de los
quietistas, que desdeña los esfuerzos metódicos, aminora el
espíritu de iniciativa y debilita la santa energía del alma.

Los quietistas pretenden apoyarse en San Francisco de
Sales, pero falsamente. Preciso fuera para eso, entrecortar
acá y allá en los escritos del piadoso Doctor palabras y frases,
aislarlas del contexto y alterar su sentido.

No podemos citarlo íntegramente. Nos compara a la
Santísima Virgen, dirigiéndose al templo unas veces en los
brazos de sus padres, otras andando por sus propios pies:
«Así -dice-, la divina bondad quiere conducirnos por nuestro
camino, pero quiere que también nosotros demos nuestros
pasos, es decir, que hagamos de nuestra parte lo que
podamos con su gracia».
Como rompe a andar un niño
cuando su madre le pone en el suelo para que camine, y se
deja llevar cuando lo quiere traer en sus brazos, «no de otra
manera el alma que ama el divino beneplácito se deja llevar y,
sin embargo, camina haciendo con mucho cuidado cuanto se
refiere a la voluntad de Dios significada».
Este hombre tan
lleno del santo abandono escribía a Santa Juana de Chantal,
que no lo estaba menos: «Nuestra Señora no ama sino los
lugares ahondados por la humildad, ennoblecidos por la
simplicidad, dilatados por la caridad; estáse muy a gusto al pie
del pesebre y de la cruz... Caminemos por estos hondos valles
de las humildes y pequeñas virtudes; allí veremos la caridad
que brilla entre los afectos, entre los lirios de la pureza y entre
las violetas de la mortificación. De mí sé decir que amo sobre
manera estas tres virtudes: la dulzura de corazón, la pobreza
del espíritu, la sencillez de la vida... No estamos en este
mundo sino para recibir y llevar al dulce Jesús, en la lengua,
anunciándolo al mundo; en los brazos, practicando buenas
obras; sobre las espaldas, soportando su yugo, sus
sequedades, sus esterilidades.»
¿Es éste el lenguaje de una
indolente pasividad? ¿No es más bien la plena actividad
espiritual?

«Yo -decía Santa Teresa del Niño Jesús- desearía un
ascensor que me elevase hasta Jesús; pues soy muy
pequeñita para trepar por la ruda escalera de la perfección. El
ascensor que ha de levantarme hasta el cielo son vuestros
brazos, ¡oh Jesús! »

Mas no se apresuren los quietistas a celebrar su triunfo.
Expresión es ésta de amor, de confianza y sobre todo de
humildad, pues la santa no se propone en manera alguna
permanecer en una indolente pasividad, hasta que el Señor
venga a tomarla y conducirla en sus brazos; antes bien,
trabaja con una grande actividad. «Por eso -añade- no tengo
yo necesidad de crecer, es necesario que permanezca y me
haga cada vez más pequeña.»
Y de hecho ella se labrará con
la gracia una humildad que se desconoce en medio de los
dones, una obediencia de niño, un abandono maravilloso en
medio de las pruebas, la caridad de un ángel de paz y como
remate de todo, un amor incomparable para Dios, pero un
amor «que sabe sacar partido de todo», un amor que,
creyendo por su humildad no poder hacer nada grande, no
quiere «dejar escapar ningún sacrificio, ninguna mirada,
ninguna palabra, y quiere aprovecharse de las menores
acciones y hacerlas por amor padecer por amor y hasta
alegrarse por amor».


¿Habrá necesidad de añadir que todas las almas
verdaderamente santas, en vez de esperar que Dios las lleve
y cargue con ellas y con su tarea, se dan mil mañas para
aumentar su actividad espiritual y sacar de todos los
acontecimientos su propia ganancia? Ejemplo palpable y
evidente de esto lo tenemos en la vida de Sor Isabel de la
Trinidad.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Mer 29 Aoû 2018, 12:44 pm

9. LA SENSACIÓN DEL SUFRIMIENTO EN EL ABANDONO

La sensación de las penas y sufrimientos es cosa que, más
o menos, forzosamente ha de existir en la simple resignación y
aun en el perfecto abandono. En efecto, nuestras facultades
orgánicas no pueden dejar de ser impresionadas del mal
sensible, como tampoco se quedarán nuestras facultades
superiores sin su parte de fatiga, que de gana o por fuerza
habrán de padecer y sentir. Porque es cierto que estamos en
un estado de decadencia donde coexisten el atractivo del fruto
prohibido y la aversión al deber penoso, y como consecuencia,
la tirantez y el dolor de la lucha. Supongamos que nos exige
Dios el sacrificio de un gusto o el padecimiento de una
tribulación por amor suyo; en seguida se verá que, no
obstante la adhesión total y resuelta de nuestra voluntad al
querer divino, es muy posible que la parte inferior sienta las
amarguras del sacrificio. Lo cual ha de ocurrir a cada paso;
pues Dios, ocupado por completo en purificarnos, en
despegarnos y enriquecernos quiere en especial curar nuestro
orgullo por las humillaciones y nuestra sensualidad por las
privaciones y el dolor; y, pues el mal es tenaz, el remedio
habrá de aplicársenos por mucho tiempo y a menudo.

Es cierto que podremos contar con la unción de la gracia y
con la virtud adquirida, las cuales suavizarán y reforzarán,
respectivamente, el dolor y la voluntad, como con razón lo
proclama San Agustín cuando dice que «donde reina el amor
no hay dolor, y que de haberlo, se ama».
Cabe, pues, que
subsista al trabajo en la sensibilidad: a pesar de las más altas
disposiciones de la voluntad. Empero, no hay regla fija, y tan
pronto nos embriagará la abundancia de los consuelos y nos
transportará la fuerza del amor y se perderá entre las alegrías
la sensibilidad del dolor, como se velará y empañará el gozo, y
se desvanecerá la paz al retirarse a la parte superior del alma
la generosidad, indicio del verdadero amor: con lo que el
desasosiego, el tedio, el hastío invadirán el alma y la reducirán
a mortal tristeza. A veces también, después de sobrellevar las
más rudas pruebas con serenidad admirable, túrbase uno de
buenas a primeras por un quítame allá esas pajas. ¿Cómo
así? Era que estaba la copa rebosante y una sola gotita bastó
para hacerla desbordar, o bien que Dios, deseoso de
conservarnos humildes cuando hemos conseguido
importantes victorias, hace que conozcamos luego nuestra
flaqueza en una simple escaramuza. Como quiera que sea, el
acatamiento filial es fruto de la virtud, no de la insensibilidad;
toda vez que el paraíso no puede ser permanente aquí abajo,
ni aun para los santos.

Asimismo decía el piadoso Obispo de Ginebra a sus hijas:
«No reparemos en lo que sentimos o dejamos de sentir, como
tampoco creamos que en lo tocante a las virtudes de
indiferencia y abandono no vamos a tener nunca deseos
contrarios a los de la voluntad de Dios, o que nuestra
naturaleza jamás va a experimentar repugnancias en los
sucesos del divino beneplácito; porque es cosa que muy bien
pudiera acontecer. Dichas virtudes tienen su asiento en la
región superior del alma y por lo regular, nada entiende en
ellas la inferior; por lo que no hay que andarse en
contemplaciones, y sin atender a lo que quiere hemos de
abrazarnos y unirnos a la voluntad divina, mal que nos pese.»

Por otra parte, el piadoso Doctor ha considerado siempre
como una quimera la imaginaria insensibilidad de los que no
quieren sufrir el ser hombres; preciso es pagar primero tributo
a esta parte inferior y después dar lo que se le debe a la
superior, donde asienta como en su trono el espíritu de fe, que
nos ha de consolar en nuestras aflicciones y por nuestras
aflicciones.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Ven 31 Aoû 2018, 12:46 pm

Así lo practicaba él mismo: «Me encamino-escribía- a esta
bendita visita, en la que veo a cada instante cruces de todo
género.»

"Mi carne se estremece, pero mi corazón las adora... Sí, yo
os saludo, grandes y pequeñas cruces, y beso vuestros pies,
como indigno de ser honrado con vuestra sombra».
A la
muerte de su madre y de su joven hermana experimenta,
según él mismo confiesa, «un grandísimo sentimiento por la
separación, mas un sentimiento, al par que vivo, tranquilo...; el
beneplácito divino
-añade- es siempre santo y las
disposiciones suyas amabilísimas»
; en fin, el Santo Doctor
abrazará sin cesar el partido de la divina Providencia. Pero, si
en sus grandes pruebas ha reportado brillantes victorias, en
cambio, un asunto sin importancia le hizo perder el sosiego
hasta el punto de pasar dos horas de insomnio; reíase de su
debilidad, y no dejaba de ver que era una inquietud pueril y,
con todo, le era imposible desentenderse de ella. «Dios quería
-dice- darme a entender que si los grandes embates no me
turban, no soy yo quien esto hace, sino la gracia de mi
Salvador.»

Juana de Chantal es una santa que sobresale por su
energía de espíritu y por el santo abandono, y no obstante,
necesita que su piadoso director la sostenga sin cesar y la
conforte repetidas veces en medio de sus penas interiores.
Muestra a la muerte de los suyos el más intenso dolor.
Cuando pierde a su hija mayor, tiene el valor de asistirla
piadosamente hasta el último suspiro; después desmaya y,
vuelta en sí, permanece largas horas aplanada. A la muerte de
San Francisco de Sales no cesa de llorar hasta el día
siguiente; sin embargo, «si supiera que sus lágrimas habían
de ser desagradables a Dios, no derramaría ni una sola».

Hacíase violencia hasta el extremo de enfermar, por
detenerlas; y por obediencia dejábalas correr de nuevo. «
¡Recio es el golpe! -dice-, mas ¡ qué dulce y qué paternal la
mano que lo ha dado!; la beso y la quiero con toda mi alma,
inclinando la cabeza y rindiendo todo mi corazón bajo su
santísima voluntad que adoro y reverencio con todas mis
fuerzas.»

Así pudiéramos ir citando multitud de ejemplos, mas
dejemos a los servidores y vengamos al Maestro.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Dim 02 Sep 2018, 1:08 pm

Desde su entrada en el mundo, Nuestro Señor se ofrece a
su eterno Padre para ser la víctima universal. Su vida entera
será cruz y martirio. Apenas aparecen en El lágrimas
suficientes para mostrar la ternura de su corazón, indignación
suficiente para inspirar a los culpables un temor saludable. Por
lo demás, siempre conserva una maravillosa serenidad, ansía
el bautismo de sangre en que ha de lavar al mundo. Mas he
aquí que ha llegado el momento y relegando las alegrías de la
visión beatífica a la parte superior de su alma, entrega
voluntariamente a todas sus facultades, su cuerpo mismo a la
más terrible agonía, y por libre elección, se abandona al
miedo, al tedio, al disgusto; su alma está triste hasta la
muerte. Contempla la montaña de nuestros pecados, a su
Padre indignamente desconocido, a las almas que corren al
abismo, las torturas e ingratitud que le esperan, y queda
sumergido en un océano de amargura. Por tres veces implora
la compasión de su Padre. «Si es posible, pase de mí este
cáliz.»
Acepta que un ángel del cielo venga a confortarle, un
sudor de sangre le inunda, y entonces ora con más intensidad:
«Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya.»

Ante tan inaudito espectáculo, el hombre de fe tímida
quédase turbado y perplejo, pero el verdadero fiel adora,
admira, agradece. Nuestro Señor, en efecto, ¿podrá hacer
nada más útil a las almas, a título de Salvador, de Consolador
y de Maestro?

Como Salvador, convenía que tomara todas nuestras
debilidades y hasta nuestros mayores abatimientos, a
excepción del pecado. Ahora bien, ¿podía haber para todo un
Dios humillación comparable a ésta? Por eso la eligió con
entera voluntad.

Como Consolador, era bueno que conociese todos
nuestros dolores. Si se hubiera manifestado inaccesible al
temor, a la repugnancia, a nuestros disgustos, ¿hubiéramos
osado manifestarle nuestras miserias? Se hizo
voluntariamente semejante a nosotros, como un padre se
hace niño con sus hijos. Esta humilde condescendencia nos
afirma, nos anima y pone el bálsamo sobre nuestras llagas. Al
mismo tiempo, el exceso de su dolor y de sus abatimientos
voluntarios traspasa al alma generosa y hace nacer en ella el
deseo, y por decirlo así, la necesidad de devolver sufrimiento
por sufrimiento a este incomparable Amigo. «Una noche
-decía sor Isabel de la Trinidad- mis dolores eran
abrumadores, sentí que la naturaleza me dominaba, pero
mirando a Jesús en la agonía, le ofrecía aquellos dolores para
consolarle y me sentí fortificada. Así lo hago siempre en mi
vida; a cada prueba, grande o pequeña, miro lo que Nuestro
Señor ha sufrido de análogo, a fin de perder mi sufrimiento en
el suyo y perderme yo misma en El.»
Santa Teresa del Niño
Jesús dice a su vez: «Cuando el divino Salvador pide el
sacrificio de todo cuanto hay en el mundo de más amado, es
imposible, sin una muy particular gracia, no exclamar junto con
El en el huerto de la Agonía: "Padre mío, aleja de mí este
cáliz." Pero añadamos en seguida: "Que se haga tu voluntad y
no la mía. Muy consolador es pensar que Jesús, el Dios
Fuerte, ha pasado por todas nuestras debilidades, que ha
temblado a la vista de ese cáliz amargo que en otro tiempo
había deseado con tanto ardor».
Siempre habrán horas de
turbación, entonces diremos también nosotros, me esforzaré
por imitar la generosidad de Nuestro Señor, repitiendo:
«Padre, líbrame de esta hora terrible» y sobreponiéndonos en
seguida a este momentáneo temor, volveremos a decir: «Mas
no, que para esto he venido al mundo.»


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Lun 03 Sep 2018, 11:52 am

Como Maestro, Nuestro Señor nos ofrece aquí tres
preciosas enseñanzas: 1ª No es falta, ni siquiera imperfección,
experimentar el sentimiento del padecer, el tedio, las
repugnancias y los disgustos, con tal que no cesemos de decir
con voluntad resuelta: Que se haga, no como yo quiera, sino
como Vos queréis. Nuestro Señor no es ni menos perfecto ni
menos grande en el Huerto de Getsemaní que sobre el Tabor,
o a la derecha de su Padre; pensar de otra manera sería una
blasfemia; por lo mismo, no es cosa sin importancia que el
alma, desprovista de todo socorro sensible, en medio de la
turbación y de las contrariedades, permanezca tan
constantemente fiel a la voluntad de Dios.

2ª No es falta ni siquiera imperfección quejarse a Dios con
amorosa sumisión, a la manera que un niño lastimado se
refugia junto a su madre y le muestra su herida y su pena.«El
amor permite quejarse y decir todas las lamentaciones de Job
y de Jeremías, mas a condición de que la santa aquiescencia
se conserve siempre en el fondo del alma, en la parte superior
del alma.»
Así se expresa el dulce Obispo de Ginebra, mas
nos condena también cuando no cesamos de lamentamos, ni
hallamos, al parecer, personas a quienes quejamos y contar
por menudo nuestros dolores. No de otra manera habla San
Alfonso: «sin duda es más perfecto en las enfermedades no
quejarse de los dolores que se experimentan; sin embargo,
cuando nos afligen con vehemencia no es falta comunicarlos a
nuestros amigos, ni aun pedir a Nuestro Señor que nos libre
de ellos. No trato aquí sino de grandes dolores, pues de lo
contrario hacen muy mal esas personas que se lamentan cada
vez que sienten alguna pena o la más leve molestia».
Estos
Santos Doctores admiten, pues, como legítimas, las quejas
moderadas y sumisas; sólo condenan el exceso.

3ª No es falta, ni siquiera imperfección, pedir a Dios en las
grandes pruebas que, si es posible, aleje de nosotros el cáliz
del sufrimiento y hasta pedírselo con cierta insistencia, puesto
que lo ha hecho Nuestro Señor; mas, «después que hayáis
suplicado al Padre que os consuele, si a El no le place
hacerlo, dirigid vuestros esfuerzos a realizar la obra de vuestra
salvación sobre la cruz, como si jamás hubierais de descender
de ella. Contemplad a Nuestro Señor en el Huerto de los
Olivos después de haber pedido a su Padre el consuelo y
conociendo que no se lo quería conceder, no piensa ya en él,
ni se inquieta, no lo busca ya más, como si nunca lo hubiera
procurado, y valerosamente ejecuta la obra de la Redención».
Esta es la dirección que San Francisco de Sales daba a Santa
Juana de Chantal.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Mar 04 Sep 2018, 1:24 pm

10. EL ABANDONO Y EL VOTO DE VÍCTIMA

Antes de comparar estas dos cosas, conviene repetir en
pocas palabras la idea del Santo Abandono. Es una
conformidad con el beneplácito divino, pero una conformidad
nacida del amor y llevada a un alto grado. No por
insensibilidad, sino por virtud el alma se establece en una
santa indiferencia para todo lo que no es Dios y su adorable
voluntad. Antes del acontecimiento que ha de mostrar al divino
beneplácito mantiénese en simple y general espera,
cumpliendo fielmente la voluntad de Dios significada.
Condúcese con prudencia en las cosas en que le pertenece
decidir, pero en las que dependen del divino beneplácito, por
más que tenga derecho a formular deseos y peticiones,
prefiere en general dejar a su Padre celestial el cuidado de
querer y de disponerlo todo a su gusto; ¡ tan grande es la
confianza que en El tiene y tan grandes las ansias de no hacer
sino la voluntad divina! Apenas le ha manifestado por un
acontecimiento esta voluntad, confórmase con amor, no al
modo de una máquina que se deja mover, sino empleando
cuanto tiene de inteligencia y de voluntad para adaptarse y
uniformarse con el divino beneplácito y sacar de él todo el
provecho posible. Su amor y la sinceridad del abandono no la
impiden sentir las penas, pero no se agita por eso; bástale
poder cumplir la voluntad de Dios. He aquí, en conjunto, el
santo abandono tal cual lo hemos descrito siguiendo la
doctrina de San Francisco de Sales, que podría resumirse en
la fórmula siguiente: «Dios mío, no quiero en el mundo otra
cosa que a Vos y a vuestra santísima voluntad. Mi mayor
deseo es crecer en amor y en todas las virtudes, y por eso
deseo cumplir fielmente vuestra santa voluntad significada.
Para cuanto de Vos depende y no de mí, me pongo confiado
en vuestras manos y dispuesto estaré a cuanto queráis en
simple y filial espera. Nada deseo, nada os pido y nada
rehúso. No temo al dolor, puesto que Vos lo acondicionaréis a
mi debilidad; la única cosa que deseo es dejarme conducir a
vuestro gusto y conformarme con amor a vuestro
beneplácito.»


Es evidente que esta manera de considerar el abandono
no ofrece peligro alguno y nada tiene de presumida, ya que no
es otra cosa que una sumisión filial, llena de confianza y de
amor; y bien se podría aconsejar como ideal a toda alma
adelantada.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Sam 08 Sep 2018, 5:35 am

¿No parecerá en nuestros días demasiado pasiva esta
simple actitud, a un mundo apasionado por la actividad y por
las obras de abnegación cristiana? Lo cierto es que se
propaga la práctica de ir más lejos en el abandono. En lugar
de dejar a Dios el cuidado de todas las cosas, y sin esperar en
paz que El escoja a su gusto, las almas toman la iniciativa, se
ofrecen, se consagran y se entregan. Algunos no quieren
entender el abandono si no es con estos arranques. Pero
estos ofrecimientos deben ser examinados más de cerca.
Supongamos que un alma se dirige sencillamente a Dios, y sin
pedirle el sufrimiento, le dice que está dispuesta con su gracia
a todo lo que El quiera y que lo abrazará con gusto. Esto casi
se acerca al abandono, tal como lo hemos descrito, y se
podría aconsejar a toda alma adelantada, como nota distintiva
de humildad. Mas supongamos también que esa misma alma
dice a Dios: «no temáis enviarme el dolor, lo deseo, casi lo
pido, Vos colmaréis mis votos secretos otorgándomelo».

Esta oblación, si ya no es la ofrenda como víctima, se le acerca
mucho, empero nunca será el abandono de San Francisco de
Sales. No se puede permitir sino con prudencia, es decir, a las
almas que han hecho suficientemente sus pruebas. No se la
puede aconsejar a todas, diremos al tratar de las víctimas. Se
ha de convencer a los confiados de sí mismos y no
sólidamente formados, que antes de dirigir tan altos sus
deseos, deben ejercitarse en hacer bien la voluntad de Dios
significada y en santificar sus cruces diarias. San Pedro se
ofreció a sufrir y aun morir con su Maestro; y aunque su amor
y su sinceridad eran indudables, no por eso dejó de ser
presuntuoso, como bien claramente lo probaron los hechos.

Tenemos, por último, la ofrenda de sí mismo como víctima,
o sea, el voto de víctima. Como no tenemos el designio de
hacer aquí la exposición completa, doctrinal y práctica de esta
materia tan compleja y delicada, diremos tan sólo lo suficiente
para mostrar de una manera precisa en dónde termina el
abandono y cuándo empieza otro camino. Los lectores
deseosos de conocer más a fondo esta materia, podrán
consultar los autores que de la misma tratan ex profeso,
especialmente M. Ch. Sauvé, en su excelente opúsculo, quizá
un tanto severo en sus restricciones, acerca de la noción,
estado y voto de víctimas.

La ofrenda puede hacerse con intenciones y bajo diversas
formas. Gemma Galgani y Sor Isabel de la Trinidad se
ofrecieron como víctimas por los pecadores. Santa Teresa del
Niño Jesús, como víctima de holocausto al amor
misericordioso; otras se ofrecen a la justicia, a la santidad, al
amor de Dios, y con frecuencia lo hacen como víctima de
expiación, para reparar la gloria divina ultrajada, para librar las
almas del Purgatorio, para atraer la misericordia divina sobre
la Santa Iglesia, sobre la patria, sobre el sacerdocio y
comunidades religiosas, sobre una familia o sobre un alma.

El fundamento de esta ofrenda es la Comunión de los
Santos, especialmente la reversibilidad de las satisfacciones
del justo en provecho del culpable. Es también el misterio de
la redención por medio del sufrimiento, pues habiendo
escogido Nuestro Señor este camino para salvar al mundo,
continúa escogiéndolo para hacer llegar a nosotros el precio
de su Sangre. Por su infinita bondad, se digna de asociar
almas escogidas a su obra de salvación, y no pudiendo sufrir
en su humanidad glorificada, se asocia, valga la palabra,
«humanidades de añadidura», en las cuales pueda continuar
salvando a las almas por el sufrimiento.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Lun 10 Sep 2018, 12:55 pm

En el transcurso de los siglos, particularmente en horas
turbulentas, no han faltado las victimas. En nuestra
desdichada época en que la inmoralidad se desborda cual ola
de inmundicia, y en que la impiedad sube como una noche
sombría, hemos visto multiplicarse las víctimas y aun las
fundadoras de comunidades de víctimas. Si hemos de dar
crédito a las revelaciones privadas, Nuestro Señor tiene
necesidad de víctimas y de víctimas esforzadas, busca almas
que expíen con sus sufrimientos y tribulaciones por los
pecadores y los ingratos... «El está padeciendo y no encuentra
bastantes almas que quieran seguirle generosamente por la
vía del padecimiento.»
Estas revelaciones son
indudablemente respetables y llenas de verosimilitud. Pero lo
que constituye una garantía más fuerte y fuera de toda duda
es la palabra del Vicario de Jesucristo. Pío IX sugería a un
Superior General de Orden la idea de invitar a las almas
generosas a ofrecerse a Dios como víctimas de expiación.

León XIII, en Encíclica dirigida a Francia en 1874, exhorta
«sobre todo a los fieles que viven en los Monasterios a
esforzarse por apaciguar la ira de Dios, por medio de la
oración humilde, de la penitencia voluntaria y de la ofrenda de
sí mismos».
San Pío X alabó muy mucho «la Asociación
Sacerdotal», pues vio con satisfacción que «muchos de sus
miembros se ofrecen a Dios secretamente para ser inmolados
como víctimas de expiación, especialmente por las almas
consagradas, en estos desdichados tiempos en que la
penitencia es tan necesaria»
; y enriqueció con numerosas
indulgencias «este importante oficio de la piedad cristiana».

Es, en efecto, un modo eficacísimo de ejercitar el santo
amor de Dios y del prójimo.

Mas, según la expresión de San Pío X, es esto «obra muy
grande y empresa bien ardua»
No queremos con ello
desanimar las voluntades generosas, cuando el Soberano
Pontífice las invita; tan sólo es nuestro intento prevenir la
indiscreción. Las almas que hacen profesión en una
Comunidad de Víctimas no han de temer al menos la
imprudencia o la sorpresa: la Regla ha debido precisar los
límites de su ofrenda, y ellas mismas han ensayado sus
fuerzas durante el noviciado. Mas cuando tal ofrenda se hace
con o sin voto, fuera de la profesión religiosa, y la entrega se
hace sin reservas, jamás se sabe de antemano hasta qué
punto Dios usará los derechos que se le confieren. Con
seguridad que si estos avances se hacen sólo por responder a
una vocación debidamente reconocida, Dios, que es el que
llama, dispone en consecuencia de las gracias. Así, una
religiosa, ocho días antes de su muerte, después de
prolongadas y terribles pruebas, podía decir «que no le
apenaba el haberse ofrecido como víctima».
Santa Teresa del
Niño Jesús, el día mismo de su muerte, decía también: «No
me arrepiento de haberme entregado al amor.»
¿Sucederá lo
mismo cuando uno se decide a la ligera y sin haber orado,
reflexionado y consultado y probado? ¿Nos deberá el Señor
gracias especiales como precio de nuestra temeridad? Cuanto
más nos hayamos apresurado a entregarnos, tanto menos
tardaremos quizá en fatigar con nuestras quejas y nuestros
desalientos a nuestro director y a cuantos nos rodean. El
verdadero lugar de una víctima está en el Calvario de Jesús y
no en las dulzuras del amor... Las almas consoladoras, las
almas reparadoras son víctimas con la gran Víctima del
Calvario. «Es conveniente que se sepa, porque al ver la
facilidad un tanto presuntuosa con que muchos se entregan a
los derechos divinos y se le ofrecen como víctimas, se adivina
que no sospechan la seriedad con que suele tomar estas
cosas Aquel a quien se entregan. Hay determinado número de
derechos que Dios ejerce sobre nosotros antes de la
autorización que nuestra libertad le da acerca de ellos. ¡Feliz
mil veces el que todo lo entrega! Pero que cuente con grandes
trabajos y con particulares inmolaciones.»
La prueba de este
hecho brilla en cada página de la vida de las almas victimas.

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Javier

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Mer 12 Sep 2018, 9:23 am

Esto supuesto, he aquí las diferencias más salientes entre
dicho ofrecimiento y el abandono:

1ª El simple abandono no se adelanta. Para todo cuanto
depende de la Providencia y no de nosotros, mantiénese en
una santa indiferencia y espera el beneplácito divino, a modo
de un niño que se deja llevar con docilidad y con amor. Por el
contrario, quien se ofrece, se adelanta. Por el mismo hecho de
su oblación, pide implícitamente el padecer, incita a Dios a
enviárselo, a veces hasta lo solicita expresamente.

2ª El abandono no entraña ni orgullo, ni temeridad, ni
ilusión; rebosa prudencia y humildad, pues deja a Dios el
cuidado de regirlo todo y nos reserva tan sólo el de obedecer.
Es el simple cumplimiento de la voluntad divina. ¿Puede, sin
un llamamiento divino, ser la ofrenda tan humilde, tan exenta
de ilusiones y presunción? ¿Deja a Dios la iniciativa para
disponer de nosotros?

3ª El alma que se abandona a la acción divina puede
contar con la gracia: la que se adelanta, a excepción siempre
del divino llamamiento, ¿puede estar tan segura de tener a
Dios consigo?

Las almas avanzadas se dirigen como por instinto hacia el
abandono, y a todos se puede aconsejar practicarle en espíritu
de víctimas. Lo mismo sucede con la obediencia de cada día y
la mortificación voluntaria. Esta intención en nada recarga
nuestras obligaciones, sino que hace circular por ellas una
nueva savia de amor puro que aumenta su mérito y su
fecundidad. Por el contrario, la prudencia y la humildad
quieren que no se pidan sufrimientos, a menos de un
llamamiento divino, debidamente reconocido. Aun en este
caso, no ha de hacerse sin antes haber probado las fuerzas,
soportando con paciencia las pruebas ordinarias y dándose a
la mortificación voluntaria. Si nosotros tomamos la iniciativa de
pedir tal o cual género de sufrimientos, somos nosotros los
que disponemos y hemos de seguir en este acto, como en
todos los demás, las reglas de la prudencia; ahora bien, la
prudencia pide se exceptúen las pruebas que nos pudieran
resultar más peligrosas, y la caridad, a su vez, las que serian
demasiado molestas a cuantos nos rodean. No parece que
haya necesidad de usar de las mismas precauciones cuando
se deja a Dios el cuidado de escoger, porque entonces es
Dios quien dispone, no nosotros, siempre puede uno
adaptarse a lo que dispone la paternal Sabiduría.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Mar 18 Sep 2018, 12:17 pm

Por otra parte, salvo el divino llamamiento, ¿para qué pedir
el sufrimiento? Un alma que aspira a las más altas virtudes,
¿tiene necesidad de buscar algo más que la obediencia y
abandono perfectos? Los votos, la Regla, las disposiciones de
la Providencia es el camino más seguro que lleva a la
perfección sin error ni engaño. En él hallarán siempre
maravillosos recursos para adquirir la pureza del alma y las
perfectas virtudes, y la íntima unión con Dios. Esta
transformación progresiva mediante las observancias es ya
una ruda labor capaz de colmar una larga vida. Mas si esto no
basta a nuestra generosidad, la Regla nos invita, contando
con la debida autorización, a hacer más de lo que ella manda,
abriendo así al espíritu de sacrificio, horizonte ilimitado casi y
tan vasto como nuestros deseos. En cuanto al santo
abandono, toda alma interior halla mil ocasiones de ponerlo en
práctica; un religioso lo necesitará con frecuencia en la
Comunidad, mucho más aún los Superiores en el desempeño
de su cargo. Es necesario comenzar por dar buena cogida a
las cruces que Dios nos ha elegido y si El ve que no bastan a
nuestro ardor de sufrir, sabrá por si mismo aumentar el
número y la pesadez.

Por tanto, las almas que desean vivir en espíritu de
victimas no tienen necesidad, generalmente hablando, de
solicitar el sufrimiento, pues no dejarán de encontrarlo en la
vida interior, las obligaciones diarias, la mortificación voluntaria
y las disposiciones de la Providencia. Este camino modesto no
tiene el brillo del voto de víctima, pero el espíritu de sacrificio
halla en él abundante alimento, mientras que la prudencia y la
humildad se encuentran quizá allí con mayor seguridad. Bien
entendido que cuando el Espíritu Santo llama por sí mismo a
ofrecerse como víctima, con tal que ésta obre con el permiso y
bajo la inspección de los representantes de Dios y que ante
todo se muestre celosa por sus deberes diarios, no se le
puede objetar ni la temeridad ni la ilusión, pues obedece al
llamamiento divino. Debe prepararse a difíciles pruebas, en las
que tendrá el correspondiente mérito y Dios estará con ella.

El Santo Abandono tiene por fundamento la caridad. No se
trata aquí ya de la conformidad con la voluntad divina, como lo
es la simple resignación, sino de la entrega amorosa, confiada
y filial, de la pérdida completa de nuestra voluntad en la de
Dios, pues propio es del amor unir así estrechamente las
voluntades. Este grado de conformidad es también un ejercicio
muy elevado del puro amor, y no puede hallarse de ordinario
sino en las almas avanzadas que viven principalmente de ese
puro amor. Mas como exige un perfecto desasimiento, y la
caridad necesita hacer aquí un llamamiento del todo particular
a la fe y a la confianza en la Providencia, hablaremos en
primer lugar del desasimiento, de la fe y de la confianza,
terminando por el amor que es principio formal del Santo
Abandono.

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