EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

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Message  Javier le Mer 14 Aoû 2019, 11:56 am

Si Dios permite que el demonio y la naturaleza nos
molesten con sus tentaciones, que la prueba y las dificultades
surjan de todas partes,
obremos lo mejor que podamos y sin
perder la paz.
Los pensamientos y sentimientos que turban,
que debilitan y descorazonan a un alma generosa, no vienen
de Dios, sino que es el demonio que se propone robarnos la
calma y la fuerza de que necesitamos para vencer. No
caigamos en el defecto de considerar la adversidad, ni aun la
rebelión de las pasiones, como signo del alejamiento de Dios.

Mientras nuestra voluntad le permanezca fiel, El está cerca de
nosotros y amorosamente ocupado en curarnos y hacernos
mejores; a la vez que nos despega y nos humilla, nos sostiene
con su fuerza invisible, y nos ayudará hasta el fin si nosotros
queremos orar y luchar. Quien hubiere comprendido bien las
ventajas de estos sufrimientos y de estos combates, lejos de
afligirse por ellos, no cesaría de dar gracias.
«No es posible
gustar las consolaciones de los hijos de Dios, sino después de
haber sufrido sus rudas pruebas. La paz sólo se alcanza por
medio de la guerra, y no se disfruta sino después de la
victoria.»


Necesitamos, pues, vencernos. En medio de las
tentaciones, según la comparación de Santa Teresa, las
pasiones sobreexcitadas son como animales inmundos,
reptiles venenosos que se agitan en las entradas del castillo.

No nos detengamos a mirarlos, huyamos sin demora, y
subamos a la parte superior, al santuario interno donde Dios
reside; allí derramemos nuestro corazón en protestas de amor
y de fidelidad, en oraciones suplicantes y reiteradas.
Esta
prudente huida dará casi siempre por resultado el hacernos
olvidar los reptiles, y siempre nos atraerá la gracia y nos
asegurará la victoria.


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Lun 19 Aoû 2019, 5:37 am

Además, en todas las pruebas, como tentaciones,
enfermedades, sequedades, contrariedades, humillaciones,
desprecios, persecuciones, etc.,
el gran medio de conservar la
paz es una humilde y amorosa sumisión al beneplácito
divino...
«¡Cuánto desearía -dice el P. de Caussade- que
tuvierais más confianza en Dios, más abandono en su sabia y
divina Providencia! Es ella la que dirige hasta los más
insignificantes acontecimientos de esta vida, ornándolos en
bien de los que se confían por completo a ella, y que se
abandonan sin reserva a sus paternales cuidados. ¡Dios mío,
cuánta paz interior producen esta confianza y completo
abandono! ¡Y cómo libran de un sin fin de cuidados, siempre
inquietos y desagradables! Sin embargo, como no se llega a
esto de un golpe, sino poco a poco y mediante progresos casi
insensibles, es preciso aspirar a este filial abandono, pedirlo a
Dios, y ponerlo en práctica. No nos faltan las ocasiones,
sepamos aprovecharlas y digamos siempre: ¡ Sí, Dios mío,
Vos lo queréis, Vos lo permitís así; pues está bien, yo también
lo quiero por amor vuestro; pero ayudadme y sostenedme en
mi debilidad. Todo esto sea suavemente y sin esfuerzo, y de lo
intimo del espíritu a pesar de las rebeldías y repugnancias
interiores, de las que no ha de hacerse caso alguno, si no es
para soportarlas con paciencia y entregarnos al sacrificio.»

Esforcémonos por llegar hasta «amar nuestras cruces, puesto
que es Dios quien nos las ha fabricado, y las fabrica aún cada
día. Dejémosle hacer: El sólo conoce lo que a cada uno
conviene.
Si permanecemos de esta suerte firmes, sumisos y
humillados bajo el peso de las cruces de Dios, en ellas
hallaremos por fin, si lo juzga oportuno, el reposo de nuestras
almas. Cuando por nuestra docilidad nos hubiéramos hecho
acreedores a que Dios nos haga sentir la unción enteramente
divina que tiene la cruz desde que Jesucristo ha muerto en
ella por nosotros, entonces disfrutaremos de esta paz
inalterable».


En resumidas cuentas, si es del agrado de Dios que, aun
llenando con exactitud nuestro deber y a pesar de la más
humilde sumisión, no encontremos sino una árida y entretejida
multitud de pruebas, nos será conveniente abandonarnos a su
beneplácito en esto como en todo lo demás, porque El nos
ama y sabe mejor que nosotros lo que necesitamos.
Sólo una
cosa hemos de temer:
preferir nuestra voluntad a la de Dios.
«Para evitar este peligro, es necesario querer exclusivamente,
en todas las cosas, en todos los instantes y en todo lugar lo
que Dios quiere porque este es el camino más seguro, y,
hasta me atrevo a decirlo, el único para la perfección.
Cualquier otro se presta a la ilusión, al orgullo y al amor
propio.»


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Message  Javier le Mer 21 Aoû 2019, 1:12 pm

Artículo 2º.- Temores diversos


Recordemos, ante todo, que el derecho a la paz se mide
por la buena voluntad,
y que, para gozar una paz profunda, ha
de estar la voluntad plenamente sometida a la de Dios.
Aun en
este caso no estamos por completo al abrigo de posibles
peligros;
por eso es preciso preservarse por medio de la
oración y la vigilancia.


Hablamos aquí con las almas generosas y prudentes que
se verán asaltadas de no pocos temores, amenazándolas
turbar su paz, por otra parte tan legítima. A fin de
tranquilizarlas, comenzaremos por decirles con el P. Grou: « 1º
Dios no turba jamás a un alma que desea sinceramente ir a El.

La amonesta, y tal vez la reprenda con severidad, pero nunca
la turba; por su parte el alma reconoce la falta, se arrepiente
de ella, la repara, y todo lo hace con paz y tranquilidad de
espíritu. Si se agita y desazona, esa turbación ha de provenir
siempre o del demonio, o del amor propio, y así debe, pues,
hacer cuanto esté de su parte para desecharla.»


«2º Todo pensamiento, todo temor vago, general, sin objeto
fijo y determinado, no procede de Dios ni de la conciencia,
sino de la imaginación.
Se teme no haberlo dicho todo en la
confesión, se teme haberse explicado mal, se teme no haber
llevado a la comunión las disposiciones requeridas, y otros
temores vagos por el estilo con que el alma se fatiga y
atormenta:
todo esto no procede de Dios. Cuando El hace al
alma alguna reprensión, tiene ésta siempre algún objeto
preciso, claro y determinado. Hase, pues, de despreciar esta
especie de temores y pasar resueltamente sobre ellos.»
Muy
distinto sería el caso,
si nuestra conciencia nos reprende de
manera clara y formal.



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Message  Javier le Sam 24 Aoû 2019, 4:56 am

En el P. de Caussade, se halla una dirección muy útil
acerca de multitud de temores, pero, no pudiendo exponerlos
todos, entresacamos los principales.

Existe, por ejemplo, el temor de los hombres. «Aunque
ellos pueden decir y hacer, no hacen sino lo que Dios quiere y
permite, y nada hay que no le sirva para cumplimiento de sus
misteriosos designios. Impongamos, pues, silencio a nuestros
temores, y entreguémonos por completo a su divina
Providencia, pues dispone de resortes secretos, pero
infalibles, y no es menos poderoso para conducir a sus fines
por los medios en apariencia los más contrarios, que para
refrigerar a sus siervos en medio de hornos encendidos, o
hacerlos caminar sobre las aguas. Esta protección tan
paternal de la Providencia la experimentamos tanto más
sensiblemente, cuanto nos entregamos a Ella con más filial
abandono.»


Existe también el temor del demonio y de los lazos que de
continuo nos tiende dentro y fuera de nosotros. Mas Dios está
con el alma que vela y ora; y ¿no es El infinitamente más
fuerte que todo el infierno? Por otra parte, este temor bien
dirigido es precisamente una de las gracias que nos preserva
de las asechanzas. «Cuando a este humilde temor se une una
gran confianza en Dios, se sale siempre victorioso, salvo quizá
en ciertos lances de poca importancia, en que Dios permite
pequeñas caídas para nuestro mayor bien. Sirven, en efecto,
estas caídas para conservarnos siempre pequeños y
humillados en presencia de Dios, siempre desconfiados de
nosotros mismos, siempre anonadados a nuestros propios
ojos.
Pecados de consideración no cometeremos mientras
estuviéramos preocupados con este temor de desagradar a
Dios;
este solo temor nos ha de tranquilizar, porque es un don
de la misma mano que nos sostiene invisiblemente.
Por el
contrario, cuando cesamos de temer es cuando tenemos
motivo de temer: el estado del alma se hace sospechoso
cuando no abriga temor alguno,
ni siquiera aquel que se llama
casto y amoroso, es decir, dulce, apacible, sin inquietud ni
turbación, a causa del amor y de la confianza que siempre le
acompañan.»


«Para un alma que ama a Dios, nada hay más doloroso
que el temor de ofenderle, nada más terrible que tener el
espíritu lleno de malos pensamientos y sentir su corazón
arrastrado, en cierto modo a su pesar, por la violencia de las
tentaciones. Mas, ¿no habéis meditado jamás sobre los textos
de las Sagradas Escrituras, en que el divino Espíritu nos da a
entender la necesidad de las tentaciones, y los preciosos
frutos que ellas producen en las almas que no se dejan abatir?
¿No sabéis que son comparadas al horno donde la arcilla
adquiere su consistencia y el oro su brillo; que nos son
presentadas como motivo de alegría, señal de amistad con
Dios, y enseñanza indispensable para adquirir la ciencia de
Dios? Si recordarais estas verdades consoladoras, ¿cómo
pudierais dejaros abatir de la tristeza? Cierto que las
tentaciones nunca vienen de Dios, mas, ¿no es El quien
siempre las permite para nuestro bien? ¿Y no es preciso
adorar sus santas permisiones en todo, a excepción del
pecado que detesta, y que nosotros hemos de detestar con
El? Guardaos, pues, bien de dejaros turbar e inquietar por las
tentaciones: esta turbación se ha de temer más que las
mismas tentaciones . »



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Message  Javier le Lun 26 Aoû 2019, 4:48 am

Es cierto que hemos de desconfiar de nuestra debilidad, y
tomar todas las precauciones prescritas para evitar las
tentaciones, pero sería una ilusión temerla con exceso.
«Avergonzaros de vuestra cobardía, y al encontraros frente a
una contradicción o humillación,
decíos que ha llegado el
momento de probar a Dios la sinceridad de vuestro amor.


Confiad en su bondad y en el poder de su gracia: esta
confianza os asegurará la victoria.
Y aun cuando os
aconteciere caer en algunas faltas, será fácil reparar el daño
que os causaren; este daño es por otra parte casi
insignificante, si se le compara con los grandes bienes que
adquiriréis, sea por los esfuerzos que hacéis en el combate,
sea por el mérito que resulta de la victoria, sea aun por la
humillación que os causan estas ligeras derrotas. Por lo
demás, la desconfianza que os hace huir de las tentaciones
deseadas por Dios, os proporciona otras más peligrosas de
las que no desconfiáis, porque, por ejemplo, ¿qué tentación
más evidente y más baja que el desanimaros, y decir que
jamás tendréis éxito en la vida interior?»


Es cierto también que hemos de tener un inmenso horror al
pecado y la más exquisita vigilancia para huir de él;
empero,
no se ha de confundir la tentación con el pecado.
Aun los
asaltos más persistentes, la rebelión de las pasiones, las
repugnancias y las inclinaciones violentas, las imaginaciones,
las impresiones, todo esto puede muy bien no tener lugar sino
en la parte inferior del alma sin consentimiento alguno libre de
la parte superior, y por ende sin culpa alguna, y hasta puede
ser muy meritorio.
Cuando la tentación no es fuerte se conoce
muy bien que, lejos de consentir, se la rechaza. No sucede lo
mismo «cuando Dios permite que la tentación llegue a ser
violenta, pues, a causa de las violentas agitaciones
involuntarias en la parte inferior, la superior, experimenta no
pequeña dificultad en discernir sus propios movimientos, y se
queda con grandes temores y perplejidades de haber
consentido. No es necesario más para envolver a las almas
buenas en las penas y espantosos remordimientos, que Dios
permite para probar su fidelidad. En esto, más aún que en
todo lo demás, deben seguir ciegamente el parecer de los que
las dirigen. Un confesor, que juzga con serenidad y sin
turbación, discierne mejor la verdad. Conoce la disposición
habitual de esas almas, la delicadeza de su conciencia, su
generosidad manifiesta; por este motivo, la aguda pena que
experimentan después de la tentación, su excesivo temor de
haber consentido,
son para el confesor una prueba evidente
de que no han prestado el menor consentimiento pleno y
deliberado, pues no se pasa tan pronto de un supremo horror
al mal a su entera aceptación, y más sin advertirlo; y, por otra
parte, sabemos por experiencia que las personas que
sucumben no tienen ni estos temores.
Cuanto mayores sean
unas y otras, más cierta es la garantía que resulta en favor de
la persona tentada».
El temor de estar enemistado con Dios
es una pena extremadamente dura para las almas amantes.

Sucede, empero, que Dios quiere conservarlas en ella a fin de
purificarías, crucificándolas y consolándolas
momentáneamente por la seguridad que las da su director; a
la tentación siguiente volverán a caer en las mismas
perplejidades por todo el tiempo que Dios tenga a bien
probarlas en el crisol de la aflicción. En esta dolorosa
incertidumbre deben repetir el mismo Fiat que en las otras
pruebas, de las cuales quizá ésta es la más útil.



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Message  Javier le Mer 28 Aoû 2019, 6:18 am

Artículo 3º.-Temor de Dios justo y sano


Cometemos faltas demasiado manifiestas, y en
consecuencia, Dios mismo imprime en nuestras almas un
vivísimo sentimiento de nuestros pecados, de nuestras
miserias, de su infinita santidad, de sus justos juicios. El alma
entonces, como dejamos dicho, temblando a los pies de un
Dios tres veces santo, se pregunta con dolorosa ansiedad lo
que ha de ser de ella, si será posible su salvación. Cuando se
prolonga y repite con frecuencia, esta visita penetrante es a la
vez una gracia preciosa y un duro purgatorio.
El medio de
dulcificar la prueba y aprovecharse de esa luz, es
conformarnos con toda confianza y generosidad con las miras
de Dios, pues El se propone producir así tres efectos de la
gracia, todos ellos igualmente deseables: una pureza perfecta,
una profundísima humildad, y un heroico abandono.



En primer lugar, se propone completar nuestra purificación
por las angustias y ansiedad del amor. Desde hace algún
tiempo el alma va recordando con amargura sus pecados, los
borra, los expía, se cura de sus heridas. Ya no hay faltas
habituales, las menores negligencias son combatidas, y el
alma ha conseguido por fin un grado notable de pureza. Y con
todo, el Dios santo y celoso la sumerge y la vuelve a sumergir
en el baño del amor de arrepentimiento, para que allí se lave y
se cure más y más; ¡tal es la pureza que exige para entrar en
la intimidad del divino Maestro! Por lo demás, aun después de
haberse desprendido por completo del pecado, quedan
tendencias defectuosas que no se veían, como el buscarse a
sí misma hasta en las cosas más santas, la aversión al
sacrificio, el hambre de los goces delicados, el miedo a las
humillaciones, la complacencia en sus méritos, la confianza en
sí solo, etc. Tristes residuos del amor propio, mal tanto más
funesto, cuanto que es más hábil en ocultarse y hasta en
hacerse amar. ¿Quién nos lo dará a conocer y nos librará de
su influencia? Nuestras prácticas diarias de oración y
penitencia han dado principio a la obra; y a fin de llevarla a
feliz término, Dios, que nos ama con amor más fuerte y
sapientísimo, nos va a privar de sus dulzuras, va a
someternos a un régimen de sufrimientos y de humillaciones
interiores, escogidas y dosificadas con impecable sabiduría.
Empleará con profusión las tinieblas del espíritu, la
insensibilidad del corazón, las impotencias de la voluntad, y
hasta, si fuere necesario, las más humillantes tentaciones. En
fin, si es de su agrado, proyectará los rayos de una luz
penetrante sobre nuestras faltas y su justicia, sobre nuestras
miserias y su santidad. El alma comienza por fin a conocerse y
a conocer a Dios; y lo que esta visión le revela con claridad es:
en nosotros, un abismo de corrupción, y en Dios, un abismo
de pureza. ¿Quién podrá explicar la sorpresa de esta pobre
alma, la vergüenza y horror que siente al verse tan
despreciable, la necesidad que experimenta de arrojarse
temblando y transida de dolor a los pies de Dios tres veces
santo, con qué franqueza reconoce sus faltas, con qué
sumisión acepta el castigo y cuán reconocida se muestra
hacia el buen Maestro que se digna, a pesar de todo,
soportarla, honrarla con celosa ternura? Siente como por
instinto que Dios no ha dejado de amarla: por enojado que
parezca, tan sólo persigue sus miserias y trata de
desembarazarla de ellas, a fin de que sea perfectamente bella
y toda para El; no hace sufrir sino para curar, sus mismos
rigores sólo provienen de su ardiente amor, y nos revelan sus
santos celos. Es, pues, este trabajo de la Providencia un
purgatorio anticipado, doloroso, pero muy saludable, en donde
nuestros pecados, nuestras imperfecciones y nuestros
defectos son consumidos poco a poco como la paja en la
hoguera.



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Message  Javier le Ven 30 Aoû 2019, 5:23 am

Quiere también Dios elevarnos a la más alta humildad.
¡Sublime y rara virtud e infinitamente deseable! Asegúranos
nuestro Padre San Benito que ella nos elevará pronto a aquel
amor que arroja fuera el temor, a aquel feliz estado en que
todas las virtudes se nos hacen familiares y las practica como
naturalmente en el gozo del Espíritu Santo. Mas hay doce
grados que subir, y algunos de ellos muy difíciles. ¿Será
posible llegar a ellos sin un especial socorro de Dios? Nos los
ofrece en estas penas de espíritu, especialmente en estas
luces penetrantes. Cuando nos hace sentir la sequedad y falta
de éxito, cuando nos entrega a las tinieblas, a la
insensibilidad, a la impotencia; cuando nos hace blanco de las
más rudas tentaciones, cuando imprime en nosotros el más
vivo sentimiento de su justicia y de nuestras faltas, de su
santidad y de nuestra corrupción, llega a ser muy fácil recibir
en silencio las contrariedades y las humillaciones, conservar la
alegría en cualquier abatimiento, considerarse como pobre
obrero, no preferirse a nadie, ponerse de una vez en el último
lugar y sin compararse con nadie. Las más bellas
meditaciones sobre la humildad y todos los favores divinos no
hubieran podido quizá dar el golpe de gracia a nuestro orgullo,
nos hubieran dejado quizá demasiado satisfechos de nosotros
mismos; mas las pruebas y las luces de que hablamos, nos
inspiran como naturalmente el temor, el desprecio, el horror de
nuestra miseria. He aquí por qué los santos en la cumbre de la
misma perfección reputábanse el oprobio de los hombres,
basura de la tierra, instrumentos a propósito para echar a
perder la obra de Dios, pecadores capaces de atraer los
castigos del cielo. Con frecuencia el buen Maestro los elevaba
y colmaba de favores; mas, si veía serles necesario, los
rebajaba y anonadaba a sus propios ojos y aun a la faz del
mundo. Cuando se ha pasado repetidas veces por estas duras
humillaciones, y se ha contemplado hasta la saciedad este
abismo de miserias que somos nosotros, no se complacerá
uno en sí mismo, ni pondrá su confianza en las luces o en sus
obras. El alma se hace más pequeña como por instinto, bajo la
mirada de Dios; siente la necesidad de no apoyarse sino en su
infinita bondad, de arrojarse a ciegas en ese abismo que
sobrepuja al abismo de nuestras miserias. Es este el triunfo de
la humildad, y por consecuencia inesperada, es también el
triunfo de la verdadera confianza, de aquella que no se funda
en nosotros, y que se apoya plenamente en Dios sólo.


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Message  Javier le Lun 02 Sep 2019, 5:18 am

Dios, en efecto, se propone conducirnos a esta confianza
del todo pura, y por decirlo así, heroica. Nada más fácil que
ponerse en manos de Dios, cuando nos colma de favores y
prodiga las pruebas de su ternura, pero se precisa un
verdadero esfuerzo para realizarlo en el estado de que
hablamos, tan miserable en apariencia y poco a propósito para
inspirar confianza. Se necesita entonces una superabundancia
de fe, de confianza y de amor, para decir a Dios a pesar de
nuestros gritos de alarma: Vuestra justicia y vuestra santidad
me espantan; pero conozco la infinita bondad de vuestro
corazón, vuestra paciencia incansable, vuestra misericordia
por mí tantas veces experimentada, y como mi alma y sus
destinos eternos es lo que más amo en este mundo, a vos
sólo los confío, porque en vuestras manos estarán mil veces
más seguros que en las mías, pues nada temo tanto como mi
debilidad.
¡Cuánto ha de mover a Dios esta confianza filial!
Jamás abandono alguno le proporcionó mayor honor ni mayor
gozo; jamás, por otra parte, estuvo más justificado.
¿No han
de permanecer inconmovibles los verdaderos fundamentos de
nuestra esperanza en medio de estas tempestades? Todos
estriban en sólo Dios; son su bondad, su poder, sus promesas,
los méritos de nuestro Señor. La santidad de nuestras obras
no constituye el motivo de nuestra confianza, sino solamente
la condición requerida; y esta condición jamás tuvo más
exacto cumplimiento. Porque estas terribles pruebas, estas
miradas penetrantes han purificado nuestra alma y la han
hecho crecer en humildad en la medida en que se ha prestado
a la acción divina.
En realidad de verdad, la falta de confianza
y el desaliento que inspira, son el gran obstáculo a los
designios de Dios, y hasta constituye el único peligro, mas un
peligro formidable, pues pudiera precipitarnos en el abismo de
la desesperación, o al menos conducirnos a la pusilanimidad.

La confianza y el abandono, por el contrario, ciegan esta
fuente emponzoñada del temor, de la turbación, de la
inquietud y del abatimiento; y por lo mismo que unen
santamente al beneplácito divino, nos conservan la paz del
alma, la calma del espíritu; dulcifican la prueba y la hacen
producir una exuberante cosecha de las más bellas virtudes.



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Message  Javier le Mer 04 Sep 2019, 6:26 am

Sean cualesquiera la amargura y la duración de estas
penas, de tal suerte hemos de obrar, que nos purifiquen más y
más y nos sumerjan en la humildad; para conseguirlo,
velaremos con particular cuidado a fin de conservarnos
constantes en la confianza y en el abandono, cuando el Señor
derrame en nosotros estos piadosos sentimientos, o cuando
nos deje, ayudados de su gracia, el cuidado de producirlos y
conservarlos. Ya que su adorable voluntad ha de ser la regla y
medida de nuestros deseos aun los más santos,
trataremos de
estar siempre contentos con lo que El quiere o permite.
Basta
que El esté satisfecho;
y lo estará desde el momento en que
estemos plenamente sometidos a El.
No es necesario que
estemos contentos de nosotros mismos, o mejor, «la señal
más cierta de nuestro adelantamiento es la convicción de
nuestra miseria, y seremos tanto más ricos cuanto nos
creamos más pobres y estemos interiormente más humillados,
más desconfiados de nosotros mismos, más dispuestos a no
confiar sino en Dios».
Lejos de desconcertarnos por estas
pruebas, una vez que permanezcamos sumisos, confiados,
generosos,
bendeciremos a Dios, porque «constituyen una
especial gracia, más preciosa y segura que la consolación a la
que han seguido. No resistáis, dejaos abatir, humillar,
anonadar. Nada hay más a propósito para purificar vuestra
alma, y no sabríais llevar a la sagrada Comunión una
disposición más en armonía con el estado de anonadamiento
a que Jesucristo se ha reducido en este misterio. El, por su
parte, no podrá rechazaros cuando os acerquéis humillados y
anonadados en el abismo profundo de vuestra miseria";
así
hablaba el P. de Caussade, y añade en otra parte: «No he
visto jamás un alma favorecida con estas visitas penetrantes y
humillantes, para quien no se hayan trocado en gracias
singulares de Dios, y que no haya encontrado en ellas el
verdadero conocimiento de sí misma, esta solidez de la
humildad de corazón que es la base de toda perfección...
Tembláis vos por vuestro estado, y yo bendigo por ello a Dios
en vuestro nombre, y sólo os deseo un cambio, y es: que a
vuestro anonadamiento se junten la paz, la sumisión, la
confianza y el abandono. Después de esto, nada temeré por
vos.»



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Message  Javier le Ven 06 Sep 2019, 5:09 am

Artículo 4º.-El escrúpulo


El escrúpulo no es la delicadeza de conciencia, es tan sólo
su falsificación.
Una conciencia delicada y bien formada no
confunde la imperfección con el pecado, ni el pecado venial
con el mortal; juzga con sano juicio de todas las cosas, y es
tanto lo que ama a Dios, que en nada quiere desagradarle;
tiene tanto celo por la perfección, que quiere evitar hasta la
menor falta: está, pues, formada de luz, de amor y de
generosidad.
El escrúpulo, por el contrario, se funda en la
ignorancia, el error, o una desviación de juicio, es el fruto de
un espíritu turbado, y exagera las obligaciones y las faltas,
viéndolas donde no las hay. Por el contrario, le sucede con
harta frecuencia desconocer las que realmente existen,
pudiendo darse el caso de ser escrupuloso en determinada
materia hasta lo ridículo, y ancho de conciencia en otra hasta
la desedificación.



El escrúpulo es el azote de la paz interior. El alma atacada
de este mal es esclava de un dueño intratable, y no habrá paz
para ella.
«Sus más ligeras faltas -dice el P. Ambrosio de
Lombez- serán crímenes, sus mejores acciones estarán mal
hechas, sus deberes no serán cumplidos; y, después que el
alma hubiere revuelto mil y mil veces todo esto, este tirano del
reposo no estará más satisfecho que la primera.»
La
perseguirá sin descanso en sus oraciones, por el miedo a los
malos pensamientos; en sus comuniones, por las arideces
inseparables de estos violentos combates; en la confesión, por
el temor de haberse acusado mal o de no haber tenido
contrición; en todos sus ejercicios espirituales, por el recelo de
haberlos practicado mal; en las conversaciones, por el temor
de hablar del prójimo, y en la soledad, por hallarse allí sola sin
consejo y sin apoyo, sola con sus ideas, sola con su tirano.
«Los escrupulosos temen a Dios, mas este temor constituye
su suplicio; le aman, y este amor no les da algún consuelo; le
sirven, pero es a la manera de esclavos; están como
aplastados bajo el peso de su yugo, cuando éste es alivio y
reposo para los demás hijos.»
En una palabra, son justos con
frecuencia, envidiables por su virtud, siempre dignos de
lástima por sus sufrimientos.


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Dim 08 Sep 2019, 5:40 am

El escrúpulo es uno de los peores azotes de la virtud
espiritual, pero en diversos grados.
Por de pronto impide la
oración.
Hay quien tiene la manía de volver sobre sí mismo;
examina, vuelve a examinar, examina otra vez, y durante este
tiempo ni adora ni da gracias, y ¿ha pensado siquiera en
hacer un acto de contrición, en pedir la gracia de corregirse?
Está sobradamente ocupado de sí para tener tiempo de hablar
con Dios;
y así no ora, o si lo hace es de una manera
defectuosa, porque el escrúpulo causa una agitación que
impide el silencio interior y la atención en la oración;
sumergiendo al alma en la tristeza y el temor, ahoga la
confianza y el amor, y conduciría hasta huir de Dios, e impide
al menos las expansiones cordiales y efusivas y las alegrías
de la intimidad. Llegará a hacer penosas y quizá insoportables
la confesión, la sagrada Comunión y la oración, que
constituyen la fuerza y las delicias de las almas piadosas.

Además de la oración, la vida interior exige la vigilancia sobre
sí mismo y la continua aplicación a reprimir los movimientos
de la naturaleza, a secundar los de la gracia.
Para este doble
trabajo tan duro y tan delicado, el escrúpulo nos coloca en
mala situación, porque agita y deprime. El espíritu turbado no
acierta a ver con claridad, porque, demasiado preocupado de
ciertos deberes, es capaz de dejarse absorber de tal suerte
por ellos que olvida los demás. La voluntad fatigada con tantas
luchas podrá aflojar, perder el ánimo y aun desistir de su
empeño, para ir a buscar con harta sinrazón el reposo y la
tranquilidad en las cosas criadas. Si el escrúpulo no paraliza al
menos la obra, de ordinario la retardará y siempre la dañará.

¿Puede ser perfecta la fe que cierra los ojos a las
misericordias de Dios y no quiere ver sino su justicia, al mismo
tiempo que la desnaturaliza? ¿Será perfecta la esperanza que,
a pesar de la buena y más sincera voluntad, osa apenas
esperar el cielo y la gracia, tiembla siempre de espanto y
jamás confía? ¿Puede ser perfecta la caridad que, a pesar de
amar a Dios, teme comparecer en su presencia, no tiene una
palabra amorosa, y no acierta sino a temer al Señor
infinitamente bueno? ¿Está bien ordenada la contrición que
turba la inteligencia, abate el ánimo y trastorna al alma de
buena voluntad? ¿Es una verdadera virtud esa humildad que
destruye la confianza y degenera en pusilanimidad?



CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Mar 10 Sep 2019, 5:19 am

No, de ninguna manera; el escrúpulo no es la prueba de un
amor ardiente, de una conciencia delicada.
¿Será entonces
sutil amor propio, un egoísmo espiritual demasiado ocupado
de sí mismo y no lo bastante de Dios? ¿Diremos que es una
voluntad buena y sincera, pero extraviada? Lo que de cierto
podemos afirmar es que constituye una verdadera enfermedad
que amenaza a la vida espiritual en su existencia, y que
perjudica terriblemente su ejercicio.
Así, en tanto que los
demás marchan, corren, vuelan por los senderos de la
perfección con el corazón dilatado por la confianza y el alma
rebosando paz,
el pobre escrupuloso con no menos
generosidad, pero mal regulada, se fatiga en vano, apenas
avanza, quizá retrocede y sufre, porque «consume un tiempo
precioso atormentándose por todos sus deberes, pesando
átomos, haciendo monstruos de las más pequeñas
bagatelas»;
hace gemir a sus confesores, contrista al Espíritu
Santo, arruina su salud, fatiga la cabeza. No osa emprender
cosa alguna, y apenas sabría ser útil a los otros; podría hasta
dañarlos comunicándoles su mal, o haciendo la piedad
enfadosa y ridícula. El escrúpulo, si se le da pábulo, es en
mayor o menor escala un verdadero azote de la vida espiritual.



Sin duda alguna es la voluntad de Dios significada que
nosotros le persigamos a causa de sus desastrosos efectos.
Todos los teólogos y los maestros de la vida espiritual están
unánimes en este punto, y señalan detalladamente el
procedimiento que ha de seguirse. Bástenos decir aquí que,
para vencer este terrible enemigo, es necesario orar mucho,
apartar las causas voluntarias, y sobre todo practicar la
obediencia ciega.
El escrupuloso puede ser instruido,
experimentado, juicioso para todo lo demás,
pero en lo
concerniente a sus escrúpulos es un enfermo cuyo espíritu
divaga, y obraría como un demente siguiendo su propio juicio.

Obedecer con la docilidad de un niño a su confesor que
diagnostica el mal y prescribe los remedios, es para él la más
alta sabiduría y la única esperanza de curación, que es obra
harto difícil.
Por lo mismo, es imprescindible orar con instancia
para implorar la gracia de no adherirse a sus ideas, sino de
obedecer aun contra sus propios sentimientos; tiene la
conciencia falseada, y la enderezará conformándola con la de
su confesor.



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Message  Javier le Jeu 12 Sep 2019, 7:13 am

Es también el beneplácito de Dios que soportemos con
paciencia la pena del escrúpulo por el tiempo que a El le
agradare. Podemos siempre combatir este mal, y a veces
conseguiremos hacerlo desaparecer, otras atenuarlo
solamente, y se dará el caso de que, por permisión divina,
persista a pesar de nuestros esfuerzos. Hay, en efecto, muy
diversas causas de las que unas dependen de nuestra
voluntad, otras no están sujetas a su dominio.

¿Es acaso origen de este mal el exceso de trabajo y
austeridades, la lectura de libros demasiado rígidos, el trato
frecuente con personas escrupulosas, la costumbre de no ver
a Dios sino como juez terrible, y no como Padre infinitamente
bueno? ¿ Proviene por ventura de la ignorancia que exagera
las obligaciones, que confunde la tentación con el pecado, la
impresión con el consentimiento? En estos y otros semejantes
casos está en nuestra mano el suprimir las causas y, removido
el principio, llegaremos más fácilmente a hacer desaparecer el
mal.

Mas la causa es con frecuencia un temperamento
melancólico, un natural tímido y suspicaz, la debilidad de la
cabeza, o cierto estado particular de salud; cosas todas que
más dependen del divino beneplácito que de nuestra voluntad.
En este caso suelen durar largo tiempo los escrúpulos, y hasta
se manifiestan en las ocupaciones de índole no religiosa.

No pocas veces será el demonio la causa del mal. Se
aprovecha de nuestras imprudencias, explota nuestras
predisposiciones, agita los sentidos y la imaginación para
excitar los escrúpulos o aumentarlos. Si encuentra un alma
algún tanto ancha de conciencia la excita a que lo sea más
aún; pero si la ve algún tanto tímida, busca cómo hacerla
temerosa hasta el exceso, llenarla de turbación y angustia,
con la esperanza de que ha de abandonar a Dios, la oración y
los Sacramentos. El fin que persigue es hacer insoportable la
virtud, conducir a la tibieza, al desaliento, a la desesperación.


Dios jamás será directamente el autor de los escrúpulos.
Estos sólo pueden originarse de la naturaleza caída o del
demonio, puesto que se apoyan en el error, y constituyen una
enfermedad del alma.
Mas Dios los permite, y a veces quiere
hasta servirse de ellos como de un medio transitorio de
santificación; y en este caso, los regula y los dirige en su
infinita sabiduría, de suerte que consigamos el buen efecto de
vida espiritual que de ahí esperaba;
llena el alma del temor al
pecado a fin de que arroje por completo de sí las faltas
pasadas, y en lo sucesivo las evite con doblado celo. La
humilla de tal suerte que no se atreva ya a fiarse de su propio
juicio y se someta enteramente a su padre espiritual. Si se
trata de un alma adelantada, con este procedimiento la acaba
de purificar, despegar, aniquilar para disponerla a mayores
gracias. Así es como los santos han pasado por esta prueba,
unos al tiempo de su conversión, como San Ignacio de Loyola;
otros, como San Alfonso, en la época de su más encumbrada
santidad.



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Message  Javier le Sam 14 Sep 2019, 8:03 am

Puede, pues, haber muchas causas inmediatas de los
escrúpulos, y no hay más que una causa suprema, sin que la
naturaleza y el demonio nada podrían. Aun cuando nosotros
mismos fuésemos los autores de nuestra desdicha, requiérese
por lo menos la voluntad permisiva de Dios, y por lo mismo, es
preciso ver en esto, como en todo, la mano de la Providencia;
y no es porque Ella quiera el desorden de los escrúpulos, mas
puede, sin embargo, querer que llevemos esa cruz. Su
voluntad significada nos invita en este caso a luchar contra el
mal, y su beneplácito a soportar la prueba. Nos convendrá,
pues, por todo el tiempo que dure, combatir con frecuencia, y
¡ojalá que sepamos hacerlo con un abandono lleno de
confianza!



«Para terminar -dice San Alfonso- repito: obedeced; y, por
favor, no continuéis mirando a Dios como un cruel tirano.
Es
indudable que aborrece el pecado,
mas no puede aborrecer a
un alma que detesta y llora sinceramente sus faltas.»
«Tú me
buscas
-decía el Señor a Santa Margarita de Cortona- pero
Yo, tenlo bien entendido, te busco a ti, más que tú a mi;
y tus
temores son los que te impiden avanzar en el amor divino.»

Atormentada por los escrúpulos, aunque siempre sumisa,
Santa Catalina de Bolonia temía acercarse a la sagrada mesa,
pero bastaba una señal de su confesor para que
sobreponiéndose a sus temores, fuese a comulgar. Para
animarla a obedecer siempre, apareciósela un día Nuestro
Señor y la dijo: «regocíjate, hija mía, que muy agradable me
es tu obediencia».
Aparecióse también a la Beata Estefanía de
Soncino, dominica, y la dijo: «en vista de que has puesto tu
voluntad en manos de tu confesor como en las mías propias,
pídeme lo que quieras que te lo concederé».
-«Señor,
respondió ella, sólo os quiero a Vos.»
Al principio de su
conversión San Ignacio de Loyola fue asaltado de dudas e
inquietudes sin poder hallar un momento de reposo. Mas,
como hombre de fe, lleno de confianza en la palabra del divino
Maestro: el que a vosotros os escucha a mí me escucha,
exclamó un día: «Señor, mostradme el camino que debo
seguir, que aunque no hubiera de tener sino a un perro por
guía, os prometo obedecer con toda fidelidad.»
Y de hecho,
supo obedecer con tanta perfección, que se vio libre de sus
escrúpulos y hasta llegó a ser un excelente maestro de la vida
espiritual... Una vez más os diré que obedezcáis en todo a
vuestro confesor, y que tengáis confianza en la obediencia.


«He aquí -decía San Felipe de Neri- el medio más seguro
para escapar de los lazos del enemigo, así como no hay nada
tampoco más dañoso que pretender conducirse según su
propio parecer.»
En todas vuestras oraciones pedid, pues, la
gracia, la inestimable gracia de obedecer, y estad seguros que
obedeciendo os salvaréis ciertamente, y ciertamente os
santificaréis.


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Message  Javier le Lun 16 Sep 2019, 7:36 am

14. EL ABANDONO EN LAS VARIEDADES ESPIRITUALES DE LA VÍA MÍSTICA


Artículo 1º.- Vía ordinaria o vía mística


No hablarnos por el momento sino de la oración. y
solamente con relación al santo abandono.


¿Cuál es el fin de la oración? Por ella nos proponemos
rendir a Dios nuestro homenaje; mas también hemos de
buscar en ella la reforma de nuestras costumbres y el
acrecentamiento de todas las virtudes,
en especial de la
caridad divina,
con el fin de crecer en la vida de la gracia, y
por consiguiente en la vida de la gloria.
La oración nos
encamina a este fin, mediante los actos que en ella se hacen,
las gracias que se obtienen y las santas disposiciones en que
nos deja. Y la mejor para nosotros será siempre aquella que
de una manera afectiva y con más acierto nos conduzca a
todo esto.



El venerable P. Luis de la Puente decía, pues, con mucha
razón: « El punto capital -en los caminos de la oración-, es que
las almas enderecen sus meditaciones a la reforma de sus
costumbres, y que estén bien persuadidas de que las luces
espirituales son de muy escaso valor sin la práctica. Es, pues,
necesario que se aprovechen de las gracias de la oración y de
las luces que en ella reciben, para hacer cada día nuevos
progresos en la virtud, para llegar a ser más serviciales, más
obedientes, más dulces, más pacientes, más desprendidas de
sí mismas, más amigas de los empleos bajos, más
indiferentes en la estima y afecto de las criaturas, más
cuidadosas de quebrantar su voluntad y de moderar la
impetuosidad de sus deseos.»
En otra parte, añade el mismo
autor con el P. Baltasar Álvarez: « En fin principal de una
buena oración y el mejor fruto que de ella resulta consiste en

dar a Dios todo lo que nos pide, conformarnos en todo con las
disposiciones de su Providencia relativas a nosotros,
teniendo
por un bien que nos quite la salud, el honor, los bienes y las
comodidades temporales, que nos prive de sus favores o nos
retire su presencia, dejándonos en las tinieblas y en los hielos
del invierno; que nos entregue como presa a las tentaciones, a
los temores, a las desolaciones de todo género. Nada más
razonable: porque, ¿qué pretende Dios haciéndonos andar por
estos duros caminos,
sino conseguir por ello mayor gloria y
procurar nuestro adelantamiento en la virtud?
No hay duda,
con tal que seamos fieles y perseverantes y no vayamos a
mendigar cerca de las criaturas las consolaciones que El nos
niega, y no retrocedamos ante la cruz que nos presenta.»



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Message  Javier le Mer 18 Sep 2019, 6:24 am

Rendir a Dios nuestros homenajes es el objeto primario de
la oración, pero otro, que nunca debemos perder de vista, es

nuestro progreso espiritual: esto es lo que ante todo debemos
procurar y pedir con las más vivas instancias y de manera
absoluta.
Sea cualquiera la forma de nuestra oración, ahí es
adonde ha de ir a desembocar: si efectivamente consigue este
efecto, importa poco que sea de las más comunes; y si eso no
se consigue, ¿de qué nos serviría, aun cuando fuese de las
más místicas?
«Estas enseñanzas -añade el Venerable P. La
Puente- son tanto más necesarias y deben recordarse cuanto
que muchas almas, aplicadas de lleno a soñar en
caminos espirituales,
descuidan su reforma y su
adelantamiento, lo que es un verdadero engaño, y de donde
se sigue que, después de muchos años de oración, han
avanzado poco más que al principio de su carrera. Quizá no
hay ilusión más funesta para sí misma y para los demás.»



Dos caminos hay para llegar al fin: el camino ordinario, en
que la oración no es manifiestamente pasiva, y el camino
místico,
en el que domina la contemplación infusa oscura, con
las purificaciones pasivas. Las visiones, las revelaciones, las
palabras sobrenaturales pueden o no hallarse en este
segundo camino.


¿Bastará el camino ordinario para conducimos a la
santidad propiamente dicha?
Bossuet declara que «sin las
oraciones extraordinarias, se puede llegar a ser un gran
santo»;
mas se limita a afirmarlo. Según San Francisco de
Sales, «muchos santos hay en el cielo que jamás tuvieron
éxtasis ni raptos de contemplación, porque ¡cuántos mártires y
grandes santos vemos en la historia que nunca tuvieron en la
oración otro privilegio que el de la devoción y fervor!».
Nadie lo
dudará respecto de los mártires; en cuanto a los otros santos,
el piadoso doctor sólo habla de éxtasis, pasando en silencio
los grados de oración que le preceden. En los procesos de
canonización, según hace notar Benedicto XIV, la Iglesia
empéñase siempre en comprobar la heroicidad de las virtudes
y milagros, pero «hay muchos nombres perfectos que han sido
canonizados, sin que se haya tratado si tuvieron la
contemplación infusa».
¿Obedece esto a que no se considera
al estado místico necesario para la santidad? ¿No se funda
más bien este proceder en que es imposible a veces
determinar, fuera de tiempo, la existencia y grado de esta
contemplación? La cuestión queda incierta en teoría, y de
hecho, según el P. Poulain, un estudio histórico conduciría a
esta conclusión: que «casi todos los santos canonizados» han
tenido la unión mística, y en general intensa; se acostumbra a
decir que no la disfrutaron, y tal afirmación es errónea
respecto de algunos, y no está suficientemente probada con
relación a los demás, faltando los documentos en
determinados casos.


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Message  Javier le Ven 20 Sep 2019, 5:27 am

¿Basta el camino ordinario por lo menos para conducir a
una elevada perfección? En general se admite. Santa Teresa,
como nadie ignora, colma de los más brillantes elogios las
oraciones místicas, e invita a desearías vivamente. No
obstante, para consolar a aquellas de sus hijas que no serían
elevadas a tal estado, aunque hiciesen cuanto era de su parte,
les dice: «Es de suma importancia comprender que Dios no
nos conduce a todos por un mismo camino, y que con
frecuencia el que es más pequeño a sus propios ojos, es el
más elevado en presencia del Señor. Así, por más que todas
las religiosas de este monasterio se ejerciten en la oración, no
se sigue que todas hayan de ser contemplativas; esto es
imposible... - La que no lo es, no dejará de ser muy perfecta, a
condición que cumpla fielmente lo que acabo de indicar; podrá
aun sobrepujar a las otras en mérito, pues habrá de trabajar
más a sus propias expensas. El divino Maestro tratándola
como a un alma fuerte, unirá a la felicidad que la reserva en la
otra vida todas las consolaciones que no ha disfrutado en
ésta... Santa Marta fue una santa, aunque no se dice que fue
contemplativa; si lo hubiera sido al modo de su hermana,
abismada en una amorosa contemplación, no hubiera hallado
nadie para preparar el alimento de Nuestro Señor. Puesto que
es indudable que, sea por la oración mental o vocal, servimos
siempre a este divino huésped, ¿qué nos importa llenar
nuestras obligaciones con El más bien de una manera que de
otra?»



San Francisco de Sales usa idéntico lenguaje: «Hay
personas muy perfectas, a las que nuestro Señor jamás
concedió semejantes dulzuras ni estas quietudes; todo lo
ejecutan con la parte superior de su alma y hacen morir su
propia voluntad en la de Dios, gracias a notables esfuerzos y
haciendo un llamamiento heroico a la razón; y esta muerte es
en ellas la muerte de cruz, la cual es mucho más excelente y
generosa que la otra.»
De aquí concluye Bossuet, que «es un
error hacer consistir el mérito y la perfección en el estado
activo o pasivo. A Dios pertenece juzgar el mérito de las almas
a quienes favorece con su gracia según las disposiciones que
les inspira, y según los grados de amor divino -y otras
virtudes- de sólo El conocidas».
Concluyamos con el P.
Álvarez de Paz: «Todos los perfectos no son elevados a
contemplación perfecta, porque Dios todopoderoso tiene otros
caminos para hacer perfectos y santos. En unos obra de un
modo admirable por medio de las aflicciones, las
enfermedades, las tentaciones y las persecuciones. Forma a
otros mediante los trabajos de la vida y por el ministerio de las
almas, ejercitado con las más puras intenciones. Conduce a
otros a una eminente santidad, por medio de la oración
ordinaria y de la mortificación en todas las cosas. Acontece a
veces que uno, favorecido con grandes dones de
contemplación, hállase inferior en caridad perfecta a otro que
no los ha recibido.»



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Message  Javier le Dim 29 Sep 2019, 6:49 am

El camino místico no es, por consiguiente, el único que
puede conducir a una elevada perfección,
pero es preciso
convenir en que lleva a ella más aprisa y más fácilmente.
En
los Caminos de la Oración mental, «hemos puesto de
manifiesto los poderosos resultados de las purificaciones
pasivas, en las que Dios mismo, queriendo purificar al alma y
simplificaría, obra con exquisita sabiduría que conoce el mal y
el remedio, aplicando su mano poderosa, que continúa su
obra a pesar de nuestras cobardías y debilidades».
Hemos
dicho que las oraciones místicas, sobre todo las más
elevadas, están dotadas de una incomparable fuerza para
iluminar el espíritu, mover el corazón, arrastrar la voluntad, y
transformar nuestra vida. La contemplación infusa no es
ciertamente ni la perfección ni el medio necesario para llegar a
ella; sin embargo, es un maravilloso instrumento de
santificación, «la escuela de las heroicas virtudes, el camino
más corto y el vehículo más rápido para la perfección, una
perla preciosa entre todas; tesoro tan deseable, que un sabio
mercader no titubea en vender todos sus bienes por
adquirirla».



Suélese poner fácilmente como objeción los peligros de
estos caminos más elevados y menos comunes; pero, «si la
contemplación mística ofrece peligros que no es conveniente
exagerar, la oración ordinaria tiene los suyos, que no son
menos reales, y que tampoco se han de olvidar; y ya que el
temor de los peligros no impide que las almas se entreguen a
la meditación atraídas por sus ventajas, no hay razón
suficiente para sospechar de la contemplación. Las oraciones
místicas son una mina de oro, explotémosla;
es cierto que
ofrecen peligros, mas velemos por nuestra seguridad, sigamos
con docilidad la inspiración divina, evitando con el mayor
cuidado las emboscadas del enemigo.
Por otra parte, la
experiencia no tardará en mostrarnos que estas oraciones
convienen a las almas generosas dispuestas a sufrirlo todo
para unirse a Dios, y no a aquellas que están ávidas de gozar
y de elevarse. El contemplativo participará con mayor
frecuencia de la crucifixión del Calvario que de las alegrías del
Tabor, y si tiene necesidad de ser probado y humillado, la tiene
más aún de ser confortado.»



Otra objeción es el peligro de las lecturas místicas. ¿Será
el único? ¿No habrá que temer mucho más la ignorancia, las
prevenciones, una especie de idea preconcebida, que
cerrarían la puerta al Espíritu Santo?
Suponemos, entiéndase
bien, que el libro es de santa doctrina y que responde a las
necesidades del alma. Y aquí aprovechamos gustosos la
ocasión para decir que en los caminos de la oración es
particularmente necesario un sabio director, al cual incumbe la
elección de las lecturas. Entonces, este peligro provendría no
del libro, sino de la misma alma, demasiado ansiosa de gozar
y de elevarse. En estas disposiciones todo será peligroso para
ella, no sólo las lecturas místicas, sino los libros ascéticos, las
consolaciones de la oración ordinaria, y hasta la sagrada
Comunión. Es esta lamentable disposición la que se habrá de
condenar.

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Message  Javier le Dim 06 Oct 2019, 3:01 pm

La contemplación mística depende ante todo del
beneplácito divino.
«No está Dios obligado -dice Santa Teresa-
a distribuirnos en este mundo esas gracias sin las que nos
podemos salvar. Distribuye sus favores cuando le place:
Dueño de sus bienes, los puede así comunicar sin ofensa de
nadie.»
«Perfectos hay -dice Álvarez de Paz- a quienes Dios
rehúsa este don, a causa de su temperamento poco
acomodado para la contemplación... a otros para humillarlos,
por el riesgo que corren de estimarse a sí mismos y
enorgullecerse con estos brillantes favores; a otros en fin, para
realizar disposiciones secretas de su Providencia, que no nos
es dado conocer.»
Empero, no se ha de exagerar el alcance
de esta observación, porque, en sentir de Santa Teresa, «nada
desea Dios tanto como hallar a quien dar, y sus dones no
aminoran sus riquezas».
Por el contrario, cuando más da más
se enriquece;
¿acaso no es éste para El el medio más
excelente de hacerse conocer, amar y servir?



Sucede con los dones místicos lo que con cualquier otra
gracia; Dios la concede liberalmente, pero «como El quiere y
conforme a la disposición y cooperación de cada uno».
A
nadie debe gracia tan inestimable, por bien preparado que se
halle. De ordinario, espera que el alma esté suficientemente
purificada y rica ya de virtudes, sin ser aun del todo perfecta.
Cuando ella se abre por completo mediante una generosa
preparación y una fiel correspondencia, la luz y el amor se
precipitan en ella a grandes oleadas, entrando con menor
abundancia si el alma se abre sólo a medias. Por
consiguiente, siendo en todo la contemplación una gracia,
depende en gran parte del celo que se despliegue para
disponerse y corresponder a ella:
Más adelante diremos que
Dios mismo acaba de disponer al alma cuando a El le place
por medio de las purificaciones pasivas. La preparación de
que aquí hablamos proviene de nuestra iniciativa, mediante el
socorro ordinario de la gracia.
Consiste, según dejamos dicho
en otra parte: En suprimir los obstáculos, reforzando la
cuádruple pureza de conciencia, de espíritu, de corazón y de
voluntad tan necesaria para toda oración; En disponer
positivamente el alma, haciendo de ella un santuario
silencioso y recogido, embalsamado con todas las virtudes. Le
es necesaria la fe viva, la confianza y el amor; y esto no lo
alcanza sin una medida proporcionada de renunciamiento, de
obediencia y de humildad. Y naturalmente, más adelantado
debe uno hallarse en estas virtudes para la contemplación que
para la oración ordinaria.



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Message  Javier le Mer 09 Oct 2019, 6:08 am

Es la doctrina que nuestro Padre San Bernardo no cesa de
inculcarnos. Citemos tan sólo el pasaje en que explica estas
palabras del Cantar de los Cantares: «Lectulus noster
floridus.» «Vos también deseáis, quizá, dice, este reposo de la
contemplación, y hacéis bien; sólo que no habéis de olvidar
las flores que adornan el lecho del Esposo. El ejercicio de las
virtudes ha de preceder al santo reposo, como la flor debe
preceder al fruto».
Abnegad vuestra propia voluntad, porque si
vuestra alma está cubierta de la cicuta y de las ortigas de la
desobediencia, ¿podrá darse todo a vos Aquel que amó la
obediencia hasta el punto de morir antes que dejar de
obedecer?
Yo no puedo comprender a algunos de entre
nosotros: nos han turbado por su singularidad, irritado por su
impaciencia, despreciado por su obstinación: molestan sin
cesar a sus hermanos y hieren la concordia, mas aún tienen
«la desvergüenza» de invitar con incesantes ruegos al Dios de
toda pureza a tomar reposo en su alma manchada. «Vuestro
lecho no es florido, huele mal. Comenzad por purificar vuestra
conciencia de toda levadura de ira y de disputa, de
murmuración y de envidia. Apresuraos a arrojar de vuestro
corazón todo cuanto conozcáis contrario a la paz con vuestros
hermanos, a la obediencia para con vuestros superiores.
Rodeaos en seguida de flores de todo género de buenas
acciones, de buenos deseos, perfumados con los suaves
olores de las virtudes. Pensad, practicad todo lo que es
verdadero, todo lo que es casto, todo lo que es justo, santo,
amable, de buen nombre, todo lo que es virtud y disciplina.
Entonces podréis llamar al Esposo con confianza, y decirle
con toda verdad: "Nuestro lecho es florido, pues sólo respira
piedad, paz, mansedumbre, justicia, obediencia, santa alegría
y humildad".
Así, pues, los aún novicios en la vida espiritual
han "de besar los pies al Salvador", regarlos con las lágrimas
de su arrepentimiento. Los que trabajan penosamente en la
adquisición de las virtudes "besen las manos del buen
Maestro"», y llámenle humildemente en su ayuda; es preciso
que aun adoren temblando, que se hagan del todo pequeñas,
y el Maestro infinitamente sabio tendrá cuidado de humillarlas
antes de elevarlas, y de humillarlas aun después de haberlas
elevado. «Porque es necesario que, quien aspira a tan
valiosos favores, tenga de sí bajos sentimientos... Cuando
veáis que os humilla, es prueba de la proximidad de la
gracia... si sabéis sufrirlo todo en silencio y con alegría por
Dios.»


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Dim 13 Oct 2019, 5:41 am

La contemplación mística, en opinión de Santa Teresa, es
un convite general al que Nuestro Señor nos invita a todos.
Les es, pues, ofrecido y como prometido a las almas de buena
voluntad; lo dará a las que se preparen a él por un completo
desasimiento, una perfecta humildad, y la práctica de las otras
virtudes, y a los que, lejos de detenerse en el camino,
marchan con ardor siempre nuevo hacia el feliz término de sus
deseos. La Santa exige sobre todo «humildad, humildad,
puesto que por ésta se deja vencer el Señor y cede a todos
nuestros deseos».
Sin duda, esta oración es sobrenatural, y
Dios, dueño siempre de sus bienes, no nos conduce a todos
por un mismo camino. Sin embargo, « sea el alma humilde y
despegada de todo, pero que lo sea de verdad, y no de pura
imaginación que con frecuencia engaña, y el divino Maestro le
concederá, sin duda, no sólo esta gracia, sino muchas otras
también que sobrepasan sus deseos».
San Juan de la Cruz
tiene idéntico modo de pensar.



De hecho, por poco que se hojeen los Exordios de Císter,
nuestro Menelogio y los Sermones de nuestro Padre San
Bernardo, se llega pronto al convencimiento de que la mística
ha tenido magnífico desarrollo en nuestra Orden durante
muchos años y siglos. Otro tanto sucedió entre los hijos del
Pobre de Asís, en el Carmelo, en la Visitación, y en todas las
familias religiosas, mientras han conservado el fervor primitivo,
especialmente entre las contemplativas y de vida claustral.

Santa Teresa afirma que apenas había en sus casas una
religiosa que marchase por los caminos de la meditación; las
otras, son todas elevadas a la contemplación perfecta. Declara
Santa Juana de Chantal que «el atractivo casi general de las
Hijas de la Visitación es por una sencillísima presencia de Dios
y un entero abandono»;
lo que no es ya de la oración
ordinaria, y lo cual no es de extrañar, dado que el medio
ambiente era ideal. Mas declara Scaramelli después de treinta
años de misión, «que ha encontrado por todas partes algunas
almas a las que Dios conducía por estos caminos místicos a
una elevada santidad».
En nuestros días, como en los siglos
pasados, la experiencia demuestra que Dios se ha reservado
no pocas almas a las que favorece con sus más preciosos
dones; las hay hasta en el mundo, y en las comunidades
religiosas. Esto no lo alcanzará la mayoría de las almas; la
muchedumbre quedará siempre en el valle, un buen número
subirá las primeras pendientes, y sólo una parte escogida
ganará las cumbres. La oración mística será, pues, muy rara
en sus grados superiores, pero en sus primeros escalones lo
es mucho menos de lo que comúnmente se cree. Tanto más,
cuanto que muchas almas son contemplativas sin saberlo su
confesor, y hasta sin sospecharlo ellas mismas: «Son éstos,
según expresión de Bossuet, los juegos maravillosos de la
divina Sabiduría que oculta a las almas lo que les da, y que les
hace buscar la contemplación que ya poseen.»



CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Lun 21 Oct 2019, 2:06 pm

Debiera, empero, el estado místico ser harto más
frecuente.
Son numerosas las almas que Dios querría
conducir allí y se quedan en mitad del camino.
Algunos
podrían decir con el enfermo del Evangelio: «Hominem non
habeo»;
no tengo quien me introduzca en la piscina, y hasta
encuentro quienes me impiden entrar en ella. Otras están
retenidas por la fatiga, la agitación, los escrúpulos; pero la
mayor parte no aprecian esta perla preciosa en su valor, no
han hecho lo necesario para conseguirla, no han cultivado
suficientemente la abnegación, la obediencia, la humildad.
Esta es la causa principal de que no haya más contemplativos.
Con razón decía Santa Catalina de Bolonia: «Si hoy se hallase
una Magdalena que amase a Dios con más ardor que la del
Evangelio, Dios también le correspondería con más amor y le
concedería dones más excelentes; si existiera un Francisco
que abrazase por El más sufrimientos que San Francisco de
Asís, le colmaría de más numerosos y preciados favores; si
hubiese una Clara que por su santidad fuese más agradable a
Dios que Santa Clara, la enriquecería de gracias más
preciosas.»



De esta exposición dimanan las conclusiones siguientes:


No estamos obligados a desear el estado místico, y Dios
tampoco lo está a dárnoslo, porque no constituye la
perfección, ni el único camino para llegar a ella.


Tenemos legítimo derecho a desearlo y pedirlo hasta con
instancias, por la sobreabundancia de luz y de amor, por el
aumento de fuerza que nos proporciona. Es muy bueno
tenerlo a la vista, aunque sólo fuese como un ideal lejano,
pues sería poderoso estimulante de nuestra actividad
espiritual.


Hemos de disponemos a él, porque, en definitiva, la
preparación que de nosotros depende, no es otra cosa sino el
fiel cumplimiento de los deberes diarios y la práctica de la
mortificación cristiana; y esto se impone a toda alma
cuidadosa de su adelantamiento espiritual.


No ha de ser nuestro deseo afanoso ni quimérico, ya que
cada cosa ha de venir a su tiempo; es necesario arrostrar los
duros combates de la vía purgativa y los prolongados trabajos
de la vía iluminativa, antes de gustar el reposo de la vía
unitiva. Seria una deplorable ilusión descuidar la lucha y el
progreso, acariciando la idea de llegar a la contemplación sin
ejecutar con celo y sin demora lo que constituye su
preparación necesaria.


Por legítimo que sea nuestro deseo, ha de regularse por la
humildad y el abandono. Un alma humilde se juzga indigna de
tan encumbrado favor, no se sentirá herida de estar privada de
él durante largo tiempo, ni de estarlo para siempre. Con el
abandono se hace indiferente por virtud, hasta para una cosa
tan deseable cual es la contemplación; no la pretende sino en
cuanto Dios la quiere para nosotros, y así se conserva en el
orden y la paz, y en caso de falta de éxito se evita la tristeza y
el desaliento.


Deseemos el progreso en la oración, puesto que es un
poderoso medio. Deseemos aún con mayor ahínco el
progreso en la virtud, puesto que es el fin. Pongamos nuestra
solicitud y esfuerzo en hermosear nuestra morada interior, en
adornarla con todas las virtudes, en vivir allí con Dios en el
silencio y la vida de oración; y, aun suponiendo que nos las
rehusase para santificarnos por otro camino, siempre nos
quedará como premio de nuestros esfuerzos un rico
acrecentamiento de gracia y de gloria. ¿No es esto lo
esencial?



CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Mer 30 Oct 2019, 8:25 am

Artículo 2º.- Las variedades de la contemplación mística


Supongamos ahora que Dios nos abre el camino de la
contemplación. Esta tiene una gran variedad de senderos, y
Dios se reserva elegimos el nuestro.


La contemplación será siempre una oración de simple
mirada amorosa a Dios y a las cosas de Dios. Su esencia toda
entera se cifra en estas dos palabras: mirar y amar. Hay, sin
embargo, en ella una época de transición, durante la cual, ora
se medita, ora se contempla. Existe también la contemplación
activa y la pasiva: en la primera diríase que el alma ha dejado
el discurso y simplificado sus afectos por su libre elección; en
la segunda se da cuenta con evidencia de que la luz y el amor
no provienen de sus esfuerzos, sino que los recibe, y es Dios
quien los derrama. Los distribuye empero el Señor como
quiere: dará más luz que amor, y la oración será querúbica;
infundirá más amor que luz, y la oración será seráfica.
Destinará a unos cuantos a contemplar sus divinos atributos, o
la adorable Trinidad; a la mayor parte a contemplar la santa
Humanidad, Jesús Niño, la Pasión, el Sagrado Corazón de
Jesús, el Santísimo Sacramento, etc. Dios es el Dueño, y a El
le pertenece señalar a cada alma su misión y su servicio.
A
veces la acción mística producirá un silencio admirativo y lleno
de amor, a veces palabras de ternura o impetuosos
transportes. Tan pronto derramará la luz a torrentes como con
medida, y aun gota a gota, conforme a las disposiciones del
alma, y según se proponga Dios abrasaría o purificarla. En
una palabra, por múltiples razones la contemplación revestirá
formas diversas y cambios frecuentes, que exigirán de nuestra
parte una abnegación de todos los días y un filial abandono.


Detengámonos a contemplar más de cerca una de las más
duras variaciones, o sea, que la contemplación sea a veces
sabrosa, y que ordinariamente sea árida o sin gran
consolación.


Para mejor inteligencia de esta doctrina, notemos con el P.
le Gaudier, «que hay actos esenciales a la contemplación, a
saber: en la inteligencia, una simple mirada cesando todo
discurso; en la voluntad, el amor de amistad, el más excelente
de todos, fuente, forma y fin de la contemplación. Mas hay en
ella otros actos que, por decirlo así, la completan, como la
admiración, la devoción unida a una inefable delectación».

Indudablemente, estos últimos actos perfeccionan la oración
mística, aportando a ella cierto esplendor de belleza, una más
suave dulzura, y hasta un suplemento de fuerza. Pero aun
prescindiendo de todo esto, la contemplación conserva sus
elementos esenciales, y como Dios nos gobierna con tanta
sabiduría como amor, sírvese así de la contemplación
sabrosa, como de la contemplación árida y purificadora, según
el efecto de gracia que quiere producir en nosotros.


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Message  Javier le Dim 03 Nov 2019, 3:06 am

¿Propónese despegar al alma de la tierra y atraerla
fuertemente a sí? Derramará entonces la luz y el amor a
torrentes, y el alma, sumergida en Dios, cuya presencia y
acción siente deliciosamente, inflamada de los santos ardores
de la unión de amor, un Dios tan grande y tan santo para con
su vil criatura, quédase en silencio y contempla con profunda
mirada, en que se dibujan el asombro, la alegría, el amor que
la cautivan; goza de Dios en una unión rebosante de paz y de
dulzura cual otro San Juan descansando sobre el pecho de su
adorable Maestro. Ama con todo su corazón sin manifestar su
amor, pues es el silencio el que habla más alto todavía, y su
alma se revela toda entera por el fuego de sus ojos, por sus
lágrimas, su actitud, las disposiciones de su corazón, la
inmovilidad, consecuencia de su recogimiento. O bien, si el
movimiento de la gracia la atrae, expansiónase en amorosos
coloquios, en efusiones de ternura sin violencia ni arrebatos, y
en la más deliciosa intimidad. A veces el amor y la alegría
llegan a tal exceso, que el alma no puede contenerlos; loca
entonces de amor y de dicha, en una santa embriaguez de
Dios, estalla en piadosos transportes, se abandona a los
entusiasmos de su ternura, a la impetuosidad de su corazón;
se desborda en verdaderas olas de ardorosos sentimientos,
de palabras delirantes, de santas locuras,
pero siempre trata
de ocultar el secreto del Rey a cualquier mirada indiscreta.

Porque Dios no se baja una sola vez y como de paso a
nuestra pequeñez y nos eleva a sus divinas privanzas, sino
que repetidas veces y largo tiempo toma a esta alma en sus
brazos, la acaricia sentada sobre sus rodillas, la estrecha
contra su corazón como al hijo de su amor.



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Message  Javier le Mer 20 Nov 2019, 7:47 am

¿Tiene necesidad esta alma de muchos argumentos para
convencerse de que ama y es aún más amada, y de que Dios
es infinitamente bueno y quiere para ella todo lo bueno? ¿No
ha comprendido la ternura de esos abrazos? Ahora conoce
por una dulce experiencia el corazón de su Padre tan tierno,
de su Esposo adorado, y a El se confía sin dificultad y sin
esfuerzo; le abandona todo cuanto tiene de más querido: su
vida, su muerte y su eternidad; le suplica se apodere de su
corazón y de su voluntad para que los guarde y los gobierne
para siempre. ¡Qué no haría ella entonces! Es el tiempo del
sol resplandeciente y de las ricas mieses. Cuide el alma de
seguir con docilidad la acción de Dios en la oración, de
pagarle en justo retorno con el acrecentamiento de su
fidelidad, de no rehusarle nada de cuanto le pida, pues éste es
para ella el momento de vencerse con menos dificultad y con
más energía; el sacrificio se la hace fácil y hasta hay en él un
verdadero encanto. No olvide buscar más al Dios de las
consolaciones que las consolaciones de Dios, y de hundirse
en el sentimiento de su miseria a medida que Dios la eleva por
su misericordia. En el tiempo de la prosperidad prepárese para
la adversidad, porque no siempre la contemplación producirá
esta viva admiración que suspende el espíritu en el estupor, ni
el fuego de amor que hace que la voluntad salga de si misma,
ni tampoco el gozo que invade el alma y los sentidos. Rara
vez alcanzará la acción mística este máximum de intensidad,
siendo lo más ordinario que se mantenga mediana o débil; y
entonces la oración se desenvolverá en un estado que ni es la
consolación ni la sequedad, o quizá también en una monótona
y desoladora aridez.



¿Por qué estas incesantes variaciones? Porque aún no
está el alma enteramente purificada, ni bastante desprendida
de los sentidos.
Necesita despegarse más por completo de
todas las cosas, y que por ende llegue a estar menos sujeta a
sus operaciones sensibles, lo cual llegará a conseguir por la
práctica de la mortificación cristiana, pero es necesario que
Dios ponga en ello su mano poderosa. Hácelo por medio de
los ardores de la consolación sabrosa, y aun esto no es
suficiente. Bajo el torrente de luz y de amor, ¿seríanos posible
descubrir nuestra miseria y nuestra pobreza? Quizá el orgullo
y la necesidad de regocijarse encontrarán allí su más delicioso
bocado, y el hombre viejo no acabaría de morir. Mas Dios va a
reducirla por la dieta, y hasta si es necesario por el hambre.
Retírala a esta alma tan querida sus acostumbradas
meditaciones, la abundancia de pensamientos, la variedad de
afectos, la dulzura de las divinas caricias; y dale en cambio
algún tanto de contemplación, pero una contemplación árida y
purificadora, en la que derrama la luz y el amor gota a gota
con desesperante parsimonia. Derrama lo suficiente para que
el alma se vuelva a Dios, le busque y sólo cerca de El halle
reposo, pero no lo bastante para que pueda hallarle en un
delicioso sentimiento. Es una verdadera contemplación
mística, mas se realiza en una búsqueda ansiosa, una
dolorosa necesidad, un hambre insaciable. De cuando en
cuando, déjase Dios entrever, y el alma gusta al momento los
santos ardores y los goces de la contemplación sabrosa. Bien
pronto, y quizá por largo tiempo, la vuelve a poner en esta
monótona y desoladora noche de los sentidos, en que la
sumerge hasta la saciedad;
y, a fin de que acabe de morir a sí
misma, la reserva la noche del espíritu, mucho más penosa
todavía.



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