EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

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Message  Javier le Ven 28 Juin 2019, 5:19 am

Otro mal aún más sutil y más peligroso es el orgullo
espiritual.
Cuando Dios colma a un alma de sus
consolaciones, fácilmente se cree mucho más adelantada de
lo que en realidad está; invádenla la llana complacencia y la
presunción, desprecia a los demás, y los juzga con severidad.
Entonces Dios la sumerge y la vuelve a sumergir hasta la
saciedad en la aridez, en las tinieblas y en otras penas
semejantes.
En opinión de nuestro Padre San Bernardo, «el
orgullo, sea que ya excita, sea que aún no se haya
manifestado, es siempre la causa de la sustracción de la
gracia».
Dios se propone prevenirlo o reprimirlo para curarnos
de sus heridas. A fuerza de sentir su impotencia y su miseria,
el alma acaba por comprender que nada puede sin Dios y vale
muy poca cosa aun después de recibir tantas gracias;
se
empequeñecerá ante la Majestad tres veces santa, y orará
con mayor humildad. No tendrá dificultad en pedir consejo, y
llegará a ser sencilla y dócil, a la vez que el sentimiento de su
miseria le hará compasiva para con los demás.

Prolongándose, esta dura prueba la humillará, la anonadará a
sus propios ojos,
de suerte que se librará de toda vana
complacencia y presunción, desconfiando de sí misma y
confiando en sólo Dios, vacía, por decirlo así, de orgullo y
llena de humildad.


Desembarazada de esta suerte de la soberbia y de la
sensualidad
, que son los azotes de la vida espiritual, ábrese el
alma a la gracia y se entrega de lleno a la benéfica acción de
lo alto, dispuesta por tanto a realizar positivos adelantos en las
virtudes sólidas, puras y perfectas. Y si Dios se digna otorgarle
sus más valiosos dones, ella está preparada; pues, en opinión
de nuestro Padre San Bernardo, las grandes pruebas son el
preludio de grandes gracias, ya que las unas no vienen sin
que las acompañen las otras.


Mas aun en esto se tropieza con algún inconveniente. Las
arideces espirituales y las desolaciones sensibles dejan, sin
duda, subsistir en el servicio de Dios esa voluntad generosa,
que constituye la esencia de la devoción y hasta la inclinación,
la facilidad, la destreza que denotan la virtud adquirida. Con
todo, por el hecho mismo de aminorar la abundancia de
piadosos pensamientos y santas afecciones, las arideces
hacen desaparecer el suplemento de la fuerza de alegría que
aportaban las consolaciones, dejando en su lugar las penas y
la dificultad. No son una tentación propiamente dicha, pues
directamente no impelen al mal, mas el diablo abusa de ellas
con intención de sembrar la cizaña entre el alma y Dios. Ya no
envía el Señor ni luces ni devoción, ¿acaso estará indiferente,
irritado, implacable?, sin embargo, nosotros obramos lo mejor
que podemos. Entonces el temor y la desconfianza acumulan
nubarrones y amenazan hacer estallar la tempestad.
Tampoco la naturaleza halla compensación, y, cansada de
sufrir largo tiempo y sin entrever el término, se lanza a buscar
en las criaturas lo que no halla en Dios.

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Message  Javier le Sam 29 Juin 2019, 8:24 am

Así, pues, las consolaciones y las arideces están
destinadas por Dios a desempeñar en el alma una muy
benéfica misión. Tienen también sus escollos
, pero la acción
de las unas completa y corrige la acción de las obras;
las
consolaciones inflaman el amor propio; si las dulzuras elevan,
la impotencia rebaja; si la desolación desalienta, la
consolación conforta. Dios se ha reservado el derecho de
conceder unas u otras, lo mismo que el de hacerlas cesar.
Hace que alternen, y las combina como mejor convengan a
nuestros intereses, con no menos sabiduría que firmeza. De
ordinario comienza por las consolaciones a fin de ganar los
corazones y sostener la debilidad. Cuando el alma se ha
robustecido y es capaz de soportar un tratamiento más
enérgico, le envía ante todo el dolor, ¡nos es tan necesario el
morir a nosotros mismos!
En sentir de San Alfonso, «todos los
santos han padecido estas sequedades, estos desamparos
espirituales; y lo que es más todavía, de ordinario han estado
en las arideces y no en las consolaciones sensibles. Estos
favores pasajeros no los concede Dios sino raras veces, y sólo
quizá a las almas demasiado débiles, para impedir que se
detengan en el camino de la virtud; en cuanto a las delicias
que han de constituir el premio de nuestra fidelidad, es en el
Paraíso donde nos aguardan... Si estáis desolados, consolaos
pensando que tenéis con vos al divino Consolador.
¿Os
lamentáis de una aridez de dos años?; cuarenta la hubo de
sufrir Santa Juana de Chantal, y Santa María Magdalena de
Pazzis tuvo cinco años de penas y de tentaciones continuas
sin el menor alivio».
San Francisco de Asís sufrió durante dos
años tan grandes desamparos, que parecía abandonado de
Dios; pero una vez que hubo sufrido humildemente esta
furiosa tempestad, el Señor le devolvió en un momento su
dichosa tranquilidad. De donde concluye San Francisco de
Sales que «los más privilegiados servidores de Dios están
sujetos a estas sacudidas, y que los que no lo son tanto, no
han de maravillarse si padecen algunas».
No tiene Dios un
modo uniforme para conducir a los santos, pero tomados en
general, parece que al consumarse su santidad es cuando les
somete a las más rudas pruebas; cuanto más los ama, más
los prueba y purifica, ya que para llegar a imponerles las
mayores purificaciones, Dios espera que lleguen a ser
capaces de soportar estos santos rigores.


Resumamos lo que acabamos de decir, y saquemos la
conclusión práctica. El fin que nos hemos de proponer, es este
perfecto amor que nos une estrechamente a Dios por un
mismo querer y no querer.
Esta es la devoción sustancial.
Pongamos un santo ardor en conseguirlo por los medios que
de nosotros dependen, y que la voluntad de Dios significada
nos indica.
Las consolaciones, aun las divinas, no constituyen
la devoción, y las arideces involuntarias no son la indevoción.
Las unas y las otras son medios providenciales; guardémonos
de convertirlas en obstáculos. ¿Qué camino nos será el más
riguroso y provechoso, el de las consolaciones o el de las
arideces? Lo ignoramos; y por otra parte, Dios se ha
reservado la decisión.
En todo caso, el partido más acertado
es suprimir las causas voluntarias de la sequedad, hacernos
indiferentes por virtud y abandonarnos a su Providencia.


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Message  Javier le Lun 01 Juil 2019, 4:47 am

Esta doctrina tiene a su favor la multitud de santos que han
hecho de ella la regla de su conducta. Citaremos tan sólo a
nuestros dos doctores favoritos y ante todo a San Francisco
de Sales: «Os acontecerá, dice, no experimentar
consolaciones en vuestros ejercicios, indudablemente por
permisión de Dios, por lo que conviene permanecer en una
total indiferencia entre las consolaciones y la desolación.
Esta
renuncia de sí mismo implica el abandono al divino
beneplácito en todas las tentaciones, arideces, sequedades,
aversiones, repugnancias, en las que se ve el beneplácito de
Dios, cuando no suceden por culpa nuestra y no hay en ellas
pecado.»
Repetidas veces nos aconseja el Santo entregamos
plena y perfectamente al cuidado de la Providencia, como un
niño se abandona en los brazos de su madre, o como el Niño
Jesús en los de su Madre dulcísima; y añade: «Si os dan
consolaciones, recibidlas agradecidos; si no las tenéis, no las
deseéis, sino tratad de tener preparado vuestro corazón para
recibir las diversas disposiciones de la Providencia y, en
cuanto sea posible, con igualdad de ánimo...
Es necesario una
firme determinación de no abandonar jamás la oración
cualquiera que sea la dificultad que en ella podamos encontrar
y de no ir a este ejercicio preocupados con el deseo de ser allí
consolados y satisfechos, pues esto no sería tener nuestra
voluntad unida a la de Nuestro Señor que desea que, al
ponernos en la oración, estemos resueltos a sufrir la molestia
de continuas distracciones, sequedades, disgustos,
permaneciendo tan contentos como si hubiéramos tenido
abundantes consolaciones y no menos tranquilidad.
Con tal
que ajustemos siempre nuestra voluntad a la de su divina
Majestad, permaneciendo en sencilla expectación y
preparados a recibir las disposiciones de su beneplácito con
amor, sea en la oración, sea en los demás acontecimientos. El
hará que todas las cosas nos sean provechosas y agradables
a sus ojos.»


En este sentido decía el Santo Doctor: «Yo deseo pocas
cosas, y lo que deseo las deseo muy poco; apenas tengo
deseos, pero si volviera a nacer, no tendría ninguno. Si Dios
viniera a mí -por las consolaciones-, iría también a El; pero si
no quisiera llegarse a mí, me mantendría alejado y no iría a
El.»
Y de hecho, «ejercitaba esta perfecta indiferencia en las
sequedades y en las consolaciones, en las dulzuras y en las
arideces, en las acciones y en los padecimientos».
He aquí el
testimonio de Santa Juana de Chantal: «El decía que la
verdadera manera de servir a Dios era seguirle sin arrimos de
consolación, de sentimiento, de luz, sino sólo con el de la fe
desnuda y sencilla; por esto amaba tanto los olvidos, los
abandonos y las desolaciones interiores. Díjome en cierta
ocasión que no se preocupaba de si estaba en consolación o
en desolación: cuando Nuestro Señor le concedía mercedes,
recibíalas con toda sencillez, y si no se las concedía, no
pensaba en ellas. Es cierto, sin embargo, que, de ordinario,
disfrutaba de grandes dulzuras interiores, como lo daba a
entender su semblante.»


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Message  Javier le Mar 02 Juil 2019, 11:52 am

El ideal de nuestro Santo en la materia que nos ocupa era,
pues, el de permanecer como una estatua que no quiere ni
avanzar hacia las consolaciones, ni alejarse de las
sequedades, sino que permanece inmóvil en tranquila espera,
dispuesta a dejarse mover a gusto de su Maestro.
A la verdad,
no exigía de Santa Juana de Chantal «que no amara ni
deseara las consolaciones, sino que no aficionara a ellas su
corazón.
Un simple deseo no es contrario a la resignación,
sino que es una palpitación del corazón, un batir de alas, una
agitación de la voluntad».
Ella puede «quejarse a Dios
amorosamente y con calma, y Nuestro Señor por su parte se
complace en que le contemos los males que nos envía, como
hacen los niños pequeños cuando su madre los ha azotado».

Mas debe conservar esa libertad de espíritu, que no se
adhiere ni a los consuelos ni aun a los ejercicios espirituales, y
que recibe las aflicciones con toda la calma que permite la
debilidad de la carne.
De esta manera, «llegado el momento
en que habrá de apurar el cáliz y dar, por decirlo así, el golpe
decisivo del consentimiento, el alma conservará el equilibrio
necesario para decir a Dios: no mí voluntad, sino la vuestra».


Aún va algo más lejos el piadoso Doctor. «Deseáis, sí,
tener una cruz, mas queréis elegirla; y eso no puede ser.
Yo
deseo que vuestra cruz y la mía sean en todo cruces de
Jesucristo. Que nos envíe tantas sequedades como le plazca,

con tal que le amemos. Jamás se le sirve bien, sino cuando se
le sirve como El quiere; y quiere que le sirváis sin gusto, sin
deleite, con repugnancias y convulsiones de espíritu. A vos no
os satisface este servicio, pero a El sí; no es de vuestro
agrado, pero lo es del suyo. Imaginad que jamás os veréis
libres de vuestras congojas; entonces diríais a Dios: soy
vuestro, y si mis miserias os agradan, acrecentad su número y
duración. Confío en Nuestro Señor que diríais esto y no
pensaríais más en ellas, por lo menos no os agitaríais. Pues
haced ahora lo propio. Familiarizaos con vuestro trabajo como
si siempre hubierais de permanecer juntos, y ya veréis cómo
no pensando en vuestra libertad, Dios pensará en ella; y
cuando vos ya no os inquietéis, acudirá entonces con
presteza.»


En una palabra, el piadoso Doctor se inclina con
preferencia al sufrimiento, y en algunos lugares parece que
hasta lo pide, no sólo para su santa hija, sino también para él;

mas, en general, predica a todos una extrema indiferencia en
las variedades espirituales.
Hubiera querido, por lo que a él se
refería, no tener deseo alguno para uniformarse más y más
con la adorable voluntad de Dios, que era su regla predilecta.
Tenía sin duda, como él mismo dice, deseos ardientes de la
salvación de las almas y de su propio progreso en la virtud,
por ser ésta la voluntad de Dios significada, y aunque estas
cosas las amaba, conformábase, sin embargo, plenamente
con la voluntad de Dios, pero sin alterar el orden ni medida
divinos.


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Message  Javier le Mer 03 Juil 2019, 11:10 am

Idéntica nota ofrece la doctrina de San Alfonso Mª de Ligorio.
Hela aquí en resumen:

1º.- Cuando Dios nos consuela con visitas llenas de amor y
nos hace sentir la presencia de su gracia, no conviene
rechazar estos favores, como algunos falsos místicos lo han
pretendido,
pues son más preciosos que las riquezas y los
honores del mundo.
Es preciso recibirlos con fervientes
acciones de gracias, sin que nos pongamos a saborear su
dulzura con una especie de gula espiritual, ni creer que Dios
nos favorece porque es nuestra conducta mejor que la de los
otros. Este orgullo y esta sensualidad desagradarían a Dios, y
le obligarían a apartarse de nosotros y a dejarnos en nuestra
miseria. Humillémonos poniendo ante nuestra vista los
pecados de la vida pasada.
Consideremos que estos favores
son puro efecto de la bondad de Dios, que los concede para
disponemos a realizar los sacrificios que El exige, y quizá para
sobrellevar con paciencia las pruebas que nos va a enviar.
En
la consolación preparémonos para la desolación:


«Ofrezcámonos, pues, entonces, a soportar todas las
penas interiores y exteriores que nos aguardan,
enfermedades, persecuciones, desolaciones espirituales,
diciendo: «Heme aquí, Señor, haced de mí y de cuanto me
pertenece lo que os plazca: dadme la gracia de amar y de
cumplir perfectamente vuestra santísima voluntad, no os pido
otra cosa.»


2º.- En la desolación espiritual es preciso resignarse. «No
pretendo yo que dejemos de experimentar alguna pena al
vernos privados de la presencia sensible de nuestro Dios,
pues es imposible no quejarse ni resentirse de pena tan
amarga, cuando el mismo Salvador se lamentó en la cruz.»

Mas es necesario imitar su amorosa resignación y la de los
santos. «Estos, por lo regular, han vivido en las arideces y no
en las consolaciones sensibles; lo que toda su vida han
procurado, no ha sido el fervor sensible en el gozo, sino el
fervor espiritual en las penas.»
¿Os encontráis en la aridez?,
sed constantes y no descuidéis de ningún modo vuestros
ejercicios ordinarios, especialmente la oración mental. No
imitéis a las almas poco sobrenaturales que, renunciando a su
piadosa empresa, mitigan sus austeridades, cesan de refrenar
sus sentidos y pierden los frutos de sus anteriores trabajos.
¿Os parece que las arideces son el castigo de vuestras
faltas?, aceptad humildemente este castigo misericordioso y
nada omitáis de lo que pueda hacer desaparecer las causas
de este triste estado, como son, por ejemplo, una afición
natural, vuestro escaso recogimiento, vuestro prurito de verlo
todo. Reconoced que habéis merecido no gustar ya alegría
alguna.
Practicad sobre todo la resignación y confiad más que
nunca en la voluntad de Dios, pues entonces, mejor que en
cualquier circunstancia, trátase de haceros amable a vuestro
divino Esposo.
Animo, pues, para continuar buscándole. Quizá
no se os presente con sus dulzuras:
¿qué importa, con tal de
que os conceda la fuerza de amarle aun en este caso, y de
hacer todo lo que El quiere?
«Un amor fuerte agrada a Dios
más que un amor tierno.»
Sometámonos con humildad a la
voluntad divina «y la desolación nos será más ventajosa que
la consolación».
He aquí la magnífica oración que el Santo
nos enseña:

«¡Jesús mío, mi esperanza, mi amor, el único amor de mi
alma! No merezco que me deis consolaciones y dulzuras;
reservadlas para las almas inocentes que os han amado
siempre. En cuanto a mí que siempre os he ofendido, me
reconozco indigno de ellas, no os las pido. Ved lo que
únicamente deseo:
haced que os ame, haced que cumpla
vuestra voluntad en todo el curso de mi vida, y después
disponed de mí como os plazca.
¡Desdichado de mí! Otras
tinieblas, otros temores, otros olvidos hubiera de padecer para
expiar las ofensas que os he inferido; he merecido el infierno,
en donde, separado de Vos y rechazado para siempre,
debiera llorar eternamente sin poder amaros. ¡ Oh, Jesús mío!
Alejad de mí esta pena, a todo lo demás me someto... Dadme
la fuerza de vencer las tentaciones, de vencerme a mí mismo.
Quiero ser todo vuestro: os doy mi cuerpo, mi alma, mi
voluntad, mi libertad, que ya no quiero vivir para mí, sino para
Vos sólo. Afligidme como os plazca, privadme de todo,
con tal
que me otorguéis vuestra gracia y vuestro amor.»


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Message  Javier le Jeu 04 Juil 2019, 12:24 pm

Pero, ¿no os será permitido al menos desear y hasta pedir
con instancia las consolaciones divinas, o el fin de las
desolaciones?

Lo podemos, a causa del fuerte apoyo que nos procuran
los favores divinos y a causa de la postración que las
continuas desolaciones pudieran dejarnos. El Espíritu Santo
en los Salmos, la Iglesia en su Liturgia ponen en nuestros
labios oraciones de este género, cuya legitimidad ningún autor
católico ha puesto en tela de juicio. Todos, empero, nos
encomiendan hacerlo tan sólo con intención pura, con corazón
desprendido y voluntad sumisa. Mas, si están de acuerdo
sobre el principio, no así en cuanto a la práctica. Álvarez Paz,
Luis de Granada y otros, aconsejan con interés hacer esta
petición. En cambio, San Francisco de Sales, aunque permite
a su Filotea «invocar a Dios para que haga cesar el cierzo
infructuoso que seca nuestra alma, y que nos devuelva el
viento benéfico de las consolaciones»
, nos invita por otra parte
a «una extrema indiferencia con respecto a las consolaciones
o desolaciones».
San Alfonso se expresa en idénticos
términos: «¿Queremos decir con esto que os hará Dios sentir
de nuevo la dulzura de su presencia? Guardaos de pedirla, y
pedid más bien la fuerza necesaria para manteneros fiel.»
En
esta divergencia de opiniones, cada cual es libre de seguir lo
que le plazca.

No estamos obligados a pedir las consolaciones o la
cesación de las desolaciones. Sentimos vernos precisados a
contradecir a algunos que al pronunciarse en esta cuestión por
la afirmativa, condenan a San Francisco de Sales y a San
Alfonso, estos dos grandes Doctores de la piedad que no han
conocido este precepto, y que han enseñado y practicado todo
lo contrario; condenan asimismo a esa multitud de santos que
han basado su conducta en una absoluta indiferencia en esta
materia. ¿Cuál sería, pues, el origen de esta obligación? Las
consolaciones, ya lo hemos dicho, no son ni la esencia de la
devoción, ni el único medio de llegar a ella, ni siquiera un
medio necesario. Las desolaciones no constituyen la
indevoción, y lejos de ser un obstáculo insuperable,
constituyen un remedio del que tenemos sobrada necesidad.

Parecen olvidar estos autores que, si es preciso alimentar el
amor divino, también es necesario que el amor propio sea
mortificado.


Se objeta que las desolaciones son una dolencia cuya
curación no se conseguirá sino a fuerza de pedirla. En nuestra
opinión, el verdadero mal, el fondo mismo de todos los males
es el orgullo y la sensualidad, y las desolaciones constituyen
su misericordioso castigo, el remedio providencial.
Aquí, como
en tantas ocasiones, Dios cura un mal de culpa con un mal de
pena. ¿Por qué habríamos de estar obligados a estrecharle, a
importunarle para que cambie de tratamiento? Más valdría
orar por que El torne más sumisa nuestra voluntad y el
remedio produzca su efecto.


Se objeta también que se falta a la confianza no haciendo
esta petición; y es todo lo contrario. Con seguridad que, si se
piensa tener necesidad de consolaciones y se las solicita con
la simplicidad de un niño, esta confianza honra a Dios, con tal
de que vaya unida a la sumisión.
Pero es mucho más
necesario para ponerse enteramente en manos de Dios,
conservarse en una expectación tranquila y resignarse de
antemano a todo lo que le plazca.
Es al mismo tiempo una
prudencia superior, una generosidad más perfecta, todo lo
cual necesariamente ha de conmover profundamente el
corazón de nuestro Padre Celestial.


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Message  Javier le Sam 06 Juil 2019, 5:05 am

12. LAS TINIEBLAS, LA INSENSIBILIDAD, ETC.

Parécenos haber dicho lo bastante respecto a las penas
interiores, pero comoquiera que vienen a constituir la más
pesada de las pruebas, nunca se estará sobradamente
armado para aguantar el choque. Aun a riesgo de repetirnos,
vamos a considerar con brevedad sus formas más dolorosas:
las tinieblas del espíritu, la insensibilidad del corazón, la
impotencia de la voluntad, y como consecuencia, la pobreza
espiritual.


Provienen a veces estas penas del agotamiento físico, y el
remedio será entonces proporcionar al cuerpo algo más de
vigor. También pueden tener por causa la tibieza de la
voluntad y el hábito del pecado.
Estos dos azotes tienen el
triste secreto de robar progresivamente la luz, la delicadeza, la
fuerza y la abundancia, y de conducir a la ceguera, al
endurecimiento, al entorpecimiento y a la miseria.
Mas en este
caso, es la voluntad lo que se ha desviado:
sin energía ya
para cumplir el deber, ha dejado a la negligencia mezclarse en
todo, lo mismo en las oraciones que en el trabajo interior y que
en las obligaciones diarias, todo lo ha estragado la pereza.

¡Que el tibio y el pecador sacudan sin dilación este
entorpecimiento de muerte y se apresuren a volver al fervor! :

es todo lo que hemos de decirles. - Empero, las penas de que
hablamos pueden ser involuntarias. El alma continúa siendo
realmente generosa, y como no se siente movida por la
devoción sensible, parécele hallarse sin fuerzas y sin vida, y
no experimenta la impresión de hallar a Dios y gozar de su
dulce presencia en la medida de sus deseos. Con todo, le
busca lo mejor que puede, hace lo que está de su parte en la
oración y fuera de ella, cueste lo que cueste y sin dejarse
arredrar por la fatiga. Evidentemente el resultado no parece
glorioso, por más que la voluntad no se separa un punto del
deber. A estas almas generosas es a quienes nos dirigimos
para decirles:
«¡Paz a los hombres de buena voluntad! » Dios
sólo es la causa de vuestro dolor;
poneos por completo en sus
manos y soportad con confianza su operación dolorosa, pero
llena de vida.


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Message  Javier le Mar 09 Juil 2019, 4:51 am

Artículo 1º.- Las tinieblas del espíritu

Somos «hijos de la luz», y debemos amar la luz. Nunca
poseeremos con sobrada abundancia la ciencia de los santos,
nunca nuestra fe será suficientemente clara, sino que, por el
contrario, quedará siempre oscura aquí abajo, sin llegar a ser
clara visión. Sin embargo, la sombra disminuye, la luz
aumenta con el estudio y la meditación, y mejor aún,
a medida
que el alma se hace más pura y se une más a Dios.
Asimismo
en nuestra conducta preferimos con razón el camino de la luz,
por cuyo medio se ve con claridad el deber. ¡Es tan dulce y tan
animosa la seguridad de que se hace la voluntad de Dios!


Mas el Señor no quiere que siempre tengamos esta
consolación. «Hoy -dice el venerable Luis de Blosio- el Sol de
justicia extiende sus rayos sobre nuestra alma, disipa sus
tinieblas, calma sus tempestades, os comunica una dichosa
tranquilidad; pero si este astro brillante quiere ocultar su luz,
¿quién le forzará a esparcirla? Pues no dudéis que se oculta
algunas veces, y preparaos para estos momentos de
oscuridad en que, desapareciendo estas divinas claridades,
quedaréis sumergidos en las tinieblas, en la turbación y en la
agitación.»


La sequedad obstinada llega a ser una verdadera noche, a
medida que los pensamientos vienen a ser más claros y los
afectos más áridos. Dios cuenta con otros muchos medios
para producir las tinieblas y hacerlas tan densas como le
agrade, sea que se trate de nuestra vida interior o de la
conducta del prójimo. Aterrada, desconcertada, el alma se
preguntará si quizá Dios se habrá retirado descontento. Le
parecerá que son inútiles sus trabajos, y que no adelanta ni en
la virtud ni en la oración, y hasta es posible que el tentador
abuse de esta dolorosa prueba para dar sus más terribles
asaltos. Y «como por una parte -dice San Alfonso- las
sugestiones del demonio son violentas, y la concupiscencia
está excitada, y por otra, el alma en medio de esta oscuridad,
sea cualquiera la resistencia de la voluntad, no sabe con todo
discernir suficientemente si resiste como debe, o si consiente
en las tentaciones, teme más y más haber perdido a Dios y
hallarse por justo castigo de sus infidelidades en estos
combates, abandonada por completo de El».
Si pruebas de
este género se repiten y se prolongan, pueden llegar a
concebir crueles inquietudes aun respecto a su eterna
salvación.

Alma de buena voluntad, ¿por qué tales temores? Dios ve
el fondo de los corazones, ¿y va a ignorar que deseáis ser
toda suya, y que vuestro único deseo es agradarle? ¿Ha
cesado El de ser la bondad misma? En el fondo de sus
amorosos rigores, ¿no veis su apasionada ternura santamente
celosa de poseeros por completo? Sea que castigue vuestras
infidelidades o que acumule pruebas, siempre es su corazón
quien dirige a su mano. Tiene, empero, para con vos ese amor
sabio y fuerte que prefiere la eternidad al tiempo, el cielo a la
tierra; se propone haceros andar lo más posible por los
caminos de la santidad. Son, pues, sus rigores la prueba de su
amor, así como también la señal de su confianza.
Cuando
erais débil aún, os atraía por medio de las caricias y tomaba
mil precauciones, pero entre tantas dulzuras y miramientos no
hubierais muerto vos mismo. Ahora que habéis cobrado
fuerzas, deja de echar mano de ellos; «os priva de sus
consolaciones, a fin de elevaros sobre la grosería de los
sentidos y uniros a Sí de modo más excelente, más íntimo y
más sólido mediante la fe pura y el puro espíritu.
Para que
esta purificación sea completa, es necesario que las
privaciones se unan a los sufrimientos, al menos interiores, a
las tentaciones, a las angustias, a las impotencias que a veces
llegan hasta una especie de agonía. Todo esto sirve
maravillosamente para librar al alma de su amor propio».


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EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey) - Page 8 Empty Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Mer 10 Juil 2019, 6:01 am

Después de esta advertencia general, examinaremos
brevemente las principales pruebas de este género.

Desde luego, ofrécese la incertidumbre sobre el valor de
nuestras oraciones, que nos parecen insignificantes.
Busquemos los medios de conservarnos atentos a Dios y
hagamos cuanto esté de nuestra parte,
pues El sabrá
entender lo que hemos sabido decirle, y aceptará con agrado
nuestra buena voluntad, y con ella se dará por satisfecho;
que
si es verdad que exige los esfuerzos,
no pide, sin embargo, el
éxito.
La oración hecha en estas condiciones será sin
consolación, mas no sin fruto: puesto que es poderosa para
mantenernos fieles a todos nuestros deberes, ilumina y
alimenta más de lo que cabe pensar. Por lo demás, «la
experiencia me ha enseñado
-dice el P. de Caussade- que
todas las personas de buena voluntad que se lamentan de
esta suerte, saben orar mejor que las otras, porque su oración
es más sencilla y más humilde».


Existe además la incertidumbre sobre el valor de nuestros
actos de virtud. Mas «una cosa es -dice San Alfonso- hacer un
buen acto: como rechazar la tentación, esperar en Dios,
amarle, querer lo que El quiere, y otra conocer que se hace
efectivamente este acto bueno. Este segundo punto, o sea, el
conocimiento que tenemos de haber hecho algún bien, nos
produce un gozo, pero el mérito del acto radica en el primero,
es decir, en la ejecución de la buena obra. Conténtase, pues,
Dios con el primero, y priva al alma del segundo, para quitarle
toda satisfacción que nada añade al valor del acto, y El
prefiere nuestro mérito a nuestra satisfacción»
.
A Santa Juana
de Chantal, que sufría terriblemente con esta pena,
consolábala San Francisco de Sales en estos términos: « El
punto culminante de la santa religión es contentarse con actos
desnudos, secos e insensibles, ejercitados por la sola voluntad
superior. Hemos de adorar la amable Providencia y arrojarnos
en sus brazos y en su regazo amoroso.
Señor, si tal es vuestro
beneplácito que yo no tenga gusto alguno por la práctica de
las virtudes que vuestra gracia me ha otorgado, me someto a
ello plenamente, aunque sea contra los sentimientos de mi
voluntad; no quiero satisfacción de mi fe, ni de mi esperanza ni
de mi caridad, sino poder decir en verdad, aunque sin gusto y
sin sentimiento, que moriría antes que abandonar mi fe, mi
esperanza y mi caridad.»


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Jeu 11 Juil 2019, 4:53 am

Otra incertidumbre versa sobre la victoria en las tentaciones,
la cual es más penosa que el mismo combate,
aunque éste hubiese sido tan tenaz y persistente que rayase
en la obsesión. Que las almas de buena voluntad cobren
ánimo y se tranquilicen:
en los sentidos y en la imaginación
pueden pasar multitud de cosas que no son actos voluntarios,
en los que, por consiguiente,
no hay pecado. Se habrá
resistido como se debía, mas las tinieblas en que el alma se
halla impiden ver con claridad lo que ha sucedido.
La voluntad,
sin embargo, no ha cambiado, y pronto lo sabrá por
experiencia: ofrécese la ocasión de ofender a Dios por un
simple pecado venial deliberado y huirá de él cuidadosamente,
y preferiría mil muertes antes que cometerlo.
Debe bastarnos
haber velado, orado, luchado generosamente,
sin que haya
necesidad de estar completamente seguros de haber cumplido
con el deber; y a veces, aun nos será provechoso no tener
esta seguridad,
pues en ello ganará no poco la humildad. Este
fondo de corrupción que llevamos dentro de nosotros mismos,
que sin la gracia de Dios nos conduciría a los desórdenes más
espantosos, quiere el Señor hacérnosle sentir por
experiencias mil veces repetidas. La evidencia de la victoria
aminoraría la humillación, hasta pudiera poner en peligro la
humildad, y Dios, dejándonos en la incertidumbre, refuerza la
humillación y protege la humildad.
Dura es la prueba, pero nos
ofrece la incomparable ventaja de establecer sólidamente una
virtud que es la base de la perfección.


En estas circunstancias puede haber una incertidumbre
sobre el estado de nuestra alma: ¿Habremos quizá
sucumbido? ¿Estamos aún en gracia de Dios?
No os
empeñéis con un ardor inquieto en aseguraros de ello,
nos
dice San Alfonso. «¿Queréis tener la seguridad de que Dios os
ama? Mas, en este momento, Dios no quiere dároslo a
conocer; quiere que no penséis sino en humillaros, en confiar
en su bondad, en someterse a su santa voluntad. Por lo
demás, es una máxima recibida como incontestable por todos
los maestros de la vida espiritual, que cuando una persona
timorata está dudosa de haber perdido la gracia, es cierto que
no la ha perdido,
pues nadie pierde a Dios sin saberlo con
certeza.
Otra prueba de que os encontráis en gracia de Dios
es, según San Francisco de Sales, esa resolución que al
menos en el fondo de vuestro corazón tenéis de amar a Dios y
de no ocasionarle con propósito deliberado el más leve
disgusto.
Abandonaos, pues, en los brazos de la divina
misericordia; protestad que no deseáis sino a Dios y su
beneplácito, y desechad todo temor. ¡Cuánto agradan al Señor
los actos de confianza y de resignación hechos en medio de
estas densas tinieblas!»


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Sam 13 Juil 2019, 5:37 am

La más dolorosa de todas estas incertidumbres es la que
se refiere a nuestro porvenir eterno. Si no es por revelación
divina,
nadie sabe con certeza absoluta si actualmente es
digno de amor o de odio, y mucho menos todavía, si ha de
perseverar o ha de tener un fin desgraciado.
Dios es quien
quiere esta incertidumbre, sin la que correríamos el peligro de
adormecernos en la pereza o exponernos con loca temeridad.

Por su mediación nos conserva Dios en humilde desconfianza
de nosotros mismos y en celo siempre vigilante; afirma
además su soberano dominio sobre nosotros recordándonos
nuestra absoluta dependencia, nos hace sentir la incesante
necesidad de orar, de velar, de mortificarnos, de multiplicar
nuestras obras santas, y da mayor lustre y valor a nuestra fe,
a nuestra confianza, a nuestro abandono.
Adoremos esta
admirable disposición y, lejos de dejarnos arrastrar por un
temor desconfiado y de perder el ánimo,
cultivemos con
solicitud este temor amoroso que estimula la actividad y pone
en guardia contra sus peligros.
La manera más cierta de
asegurar el porvenir es santificar el momento presente.
El
autor de la Imitación nos muestra a un hombre preocupado de
su eternidad, hasta el extremo de ser presa de la inquietud y
de la agitación. «Con frecuencia fluctuaba entre el temor y la
esperanza. Un día, abrumado de tristeza, se dirige a una
iglesia, y orando ante el altar y revolviendo en sí mismo los
pensamientos que le acongojaban dijo: ¡Oh, si supiera que
había de perseverar! Al momento oyó en su interior esta
respuesta de Dios: ¿Qué harías si lo supieses...? Haz ahora lo
que entonces querrías hacer y estarás seguro.
- Consolado y
lleno de valor, abandonóse en seguida al divino beneplácito y
desapareció su ansiedad, y no quiso en adelante indagar con
curiosidad lo que le había de suceder, sino más bien cuál era
por el momento la voluntad de Dios y su beneplácito, para
emprender todo género de buenas obras y llevarlas a buen
término.»


Este obró como cuerdo. Por nuestra parte, no pensemos
sino en obrar con confianza, en cumplir asiduamente nuestros
deberes, en vivir así en humildad, en la abnegación, en la
obediencia y en el santo amor.
Y Dios, que es la bondad
personificada, el dulce Salvador que ha dado la vida por sus
enemigos, el buen Pastor que corre tras la oveja rebelde y
obstinada,
jamás permitirá que un alma de buena voluntad
termine miserablemente una vida santa.
Por lo demás, no
cesemos de implorar la gracia de la perseverancia final, y
pidámosla por mediación de nuestra Madre del Cielo, que
un
alma devota de María no puede perderse eternamente.


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Message  Javier le Lun 15 Juil 2019, 5:41 am

Puede haber también otras muchas especies de
oscuridades, y por más que se tomen todas las precauciones
para hacer la luz en rededor suyo, siempre se padecerá la
falta de claridad, sea en la vida interior, sea en el modo de
conducir al prójimo, y por una permisión divina surgirán las
tinieblas de todas partes. Sea cual fuere su naturaleza y por
espesas que se las suponga, nos dejan la razón y la fe: tanto
al Pastor como al simple fiel les quedará la Iglesia, el
Evangelio, los buenos libros y la dirección; y al religioso le
quedan sus Superiores y su Regla. ¿No es esto bastante para
orientarnos con seguridad hacia el puerto de la eterna
felicidad? La prueba, pues, no nos priva sino de las luces
especiales, radiantes y deliciosas que por cierto nos
proporcionan un precioso suplemento de fuerza, del que, sin
embargo, es fácil abusar. En todo caso no son necesarias y si
Dios nos las quita sin culpa nuestra, El sabrá hacer que
hallemos mediante el abandono y los esfuerzos una
superabundante compensación. Dejemos, por tanto, que Dios
nos conduzca a su placer, y aun entre las desolaciones y
tinieblas confiémonos a este Padre infinitamente bueno y
sabio y no tengamos otro cuidado sino el de cumplir sus
voluntades.


De este modo se conducía Santa Teresa del Niño Jesús:
«Doy gracias a mi Jesús, escribía, por hacerme caminar entre
tinieblas, pues encuentro ahí una paz profunda. Gustosa
consiento en permanecer toda mi vida religiosa en este oscuro
subterráneo en que me ha hecho entrar, y solamente deseo
que mis tinieblas obtengan la luz para los pecadores. Soy feliz
así, muy feliz de no tener ninguna consolación.»


CONTINUARÁ...

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De este modo se conducía Santa Teresa del Niño Jesús:
«Doy gracias a mi Jesús, escribía, por hacerme caminar entre
tinieblas, pues encuentro ahí una paz profunda. Gustosa
consiento en permanecer toda mi vida religiosa en este oscuro
subterráneo en que me ha hecho entrar, y solamente deseo
que mis tinieblas obtengan la luz para los pecadores. Soy feliz
así, muy feliz de no tener ninguna consolación.»
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Message  Javier le Mer 17 Juil 2019, 5:29 am

Artículo 2º.- La insensibilidad del corazón, los disgustos, etc.


Lo repetimos de nuevo, que aquí no se trata de un alma
esclava de sus pasiones o debilitada por la tibieza voluntaria,

sino de aquella que desea resueltamente ser toda para Dios.

«Es triste tener que cumplir los más religiosos deberes con
un corazón frío y un espíritu disipado, el ir a ellos siempre sin
interés alguno y tener que arrastrar su corazón como por
fuerza, el hallarse insensible y con estúpida indiferencia en
presencia de Dios, meditar sin afecto, confesarse sin dolor,
comulgar sin gusto y aun con menos satisfacción que
comiendo el pan material, sufrir por fuera sin estar consolado
por dentro, llevar pesadas cruces sin sentir esa unción secreta
que las dulcifica.»
He aquí nuestra prueba admirablemente
descrita por el P. de Lombez, mas, ¿qué pensar de ella?

«Este estado, continúa diciendo, es harto mortificante, pero
sin embargo, está ordenado con mucha sabiduría por la
Providencia de un Dios que conoce perfectamente sus
derechos y nuestras necesidades. Sois justo, Señor, y todas
vuestras determinaciones son dictadas por la misma equidad;
mas vuestra misericordia siempre va mezclada en vuestros
consejos... (Alma de buena voluntad), Dios te retira sus
consolaciones ora para castigar tus faltas, ora para aumentar
tus méritos. Si es para castigar tus faltas, ¿por qué no vuelves
tu disgusto contra ti misma? Si es para aumentar tus méritos,
¿por qué te quejas de El? Si te trata como mereces, ¿qué mal
te hace? Si quiere acrecentar tus méritos, ¡cuán reconocida no
le debes estar! ¿Temes que te haga expiar con sobrada
facilidad tus pecados en este mundo, o que mediante ligeros
padecimientos te haga demasiado feliz en el otro?
Por más
que reflexiones, esos que tú llamas rigores, deben
necesariamente tener una de estas dos causas:
Dios no
aborrece su obra, y no llama al hombre a su servicio para
hacerle desdichado.»


Con tal que nuestra voluntad se mantenga firme y
generosa,
evitemos la inquietud. Pongámonos en manos de
Dios como un enfermo en las del médico, pues en estas
circunstancias es cuando se entregará de lleno a curarnos y
salvarnos.
El amor propio querría que nuestra contrición se
tradujese en torrentes de lágrimas, nuestro amor a Dios en
dulces efusiones de ternura; querría conocer, ver y sentir cada
uno de nuestros actos de virtud para asegurarse de ellos, para
solazarse o complacerse en ellos.
Tan miserables somos
durante la vida, que todo don conocido corre riesgo de
convertirse en veneno por este sutil amor propio.
He aquí lo
que obliga en cierta manera a Dios a ocultarnos las gracias
que nos concede: nos conserva la sustancia de ellas, nos
quita lo que brilla y nos halaga.
Si entendiéramos bien
nuestros intereses, miraríamos esta conducta de Dios como
preciado favor, y nunca besaríamos su mano con más
confianza, que cuando parece que la deja caer con todo su
peso sobre nosotros.
En efecto, cuando la naturaleza padece
esas interiores crucifixiones y se desespera de no hallar
remedio alguno en ellas, el amor propio es quien se encuentra
reducido a la agonía y se ve a punto de expirar. ¡Muera, pues,
este miserable amor desarreglado! ¡ Sea crucificado este
enemigo doméstico de nuestras pobres almas, este enemigo
de Dios y de todo bien!


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Ven 19 Juil 2019, 5:39 am

Pero, diréis, ¿y esta espantosa indiferencia para con Dios?

- Es tan sólo aparente, y en la parte inferior, puesto que la
voluntad permanece fiel a todos sus deberes.
]b]La parte
superior busca a Dios, y El no la pide más.[/b]
He aquí una
prueba evidente; estáis desolada en todos vuestros ejercicios
por sentir que no amáis a Dios como lo deseáis, y no sabéis
más que lamentaros amargamente: Dios mío, luego no os
amo.
¡Qué violento y profundo debe ser el deseo interior de
permanecer fiel por completo, pues el temor solo de no amarle
os aflige hasta este extremo!
Es señal cierta de que en medio
de vuestras frialdades, de vuestras insensibilidades, de
vuestra aparente indiferencia, Dios ha encendido en vuestro
corazón el fuego de un amor grande que cada vez se hace
interiormente más intenso, más profundamente ardoroso con
los mismos temores de no amarle.
Son, pues, vuestras
angustias las que precisamente debieran tranquilizaros.
Hay,
sin embargo, otra prueba aún mejor: es que nuestros actos,
para que sean agradables a Dios, en manera alguna necesitan
emociones.
Por su naturaleza son espirituales, y se elaboran
en la parte superior del alma. Cuando la parte inferior preste
su concurso, o permanezca inerte, e incluso trabaje en contra,
todo esto será siempre secundario. Lo esencial es que la
contrición cambie la voluntad,
y no que haga correr las
lágrimas, que el santo amor una fuertemente nuestro querer al
de Dios,
y no que se traduzca en efusiones de ternura.
Otro
tanto ha de decirse de las virtudes.
Para obtener este
resultado, no es necesaria la sensibilidad; ésta viene a ser
perjudicial tan pronto como se convierta en pábulo del amor
propio.
Tal es el obstáculo que Dios se propone destruir con
esta insensibilidad del corazón.
Dolorosa es esta operación,
mas eminentemente saludable, y en lugar de quejamos
amargamente de ella, besemos con reconocimiento la mano
de Dios que nos hace sufrir para curarnos.


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Sam 20 Juil 2019, 12:35 pm

La insensibilidad del corazón es una abrumadora pena, al
menos para el alma que aún no ha llegado al perfecto
abandono; pero la prueba toma más incremento, cuando a la
privación del piadoso sentimiento vienen a añadirse los
disgustos, las repugnancias, las rebeliones interiores, que
sobreexcitan a la naturaleza ante los grandes sacrificios, o
cuando la copa está ya llena. Nada culpable hay en estas
repugnancias y las rebeliones, con tal que se las sufra con
paciencia y la voluntad no se deje arrastrar;
sólo falta
entonces la impresión sensible de la sumisión, puesto que
nuestra voluntad permanece unida a la de Dios y fiel a todos
sus deberes. Recuérdese la agonía de Nuestro Señor en el
Huerto de los Olivos,
y se comprenderá que la amargura del
corazón y la violencia de las angustias no son incompatibles
con una sumisión perfecta.
Las rebeliones no están sino en la
parte inferior, mientras que en la superior continúa reinando la
sumisión.


Guardémonos bien de creer que estas pruebas constituyen
un obstáculo,
sino que por el contrario, dice el P. de
Caussade, tales son las luchas íntimas de que habla San
Pablo, y después de él todos los Maestros de la vida espiritual;
tal el combate por el que el verdadero justo se sustrae al
dominio de los sentidos; tales las gloriosas victorias que nos
procuran en este mundo la paz y la sumisión relativa de la
parte inferior, y en el cielo la posesión de Dios.
Apréndese en
estas tempestades a desprenderse de todo, a hacer
frecuentes y penosos sacrificios, a vencerse en no pocas
cosas, a practicar singularmente
la paciencia, la humildad, el
abandono.
Todo esto se ejecuta en la parte más interior del
espíritu casi sin nosotros conocerlo, a pesar de las
apariencias,
hasta el punto de que muchas veces tenemos la
sumisión creyendo no tenerla.
Lejos de ser una señal de
alejamiento de Dios, estos disgustos constituyen una gracia
mucho mayor de lo que pudiéramos pensar; pues, dejándonos
penetrados de nuestra debilidad y perversidad, nos disponen a
esperarlo todo de la divina Bondad.


Nada hagamos en este estado contra las órdenes de Dios,
ni nos lamentemos desesperadamente,
sino que más bien
pronunciemos con humildad nuestro fiat;
ved ahí la perfecta
sumisión que nace del amor y del más puro amor.
¡Ah, si en
ocasiones semejantes supiéramos permanecer en respetuoso
silencio de fe, de adoración, de humildad, de abandono y de
sacrificio, entonces encontraríamos el gran secreto que
santifica y hasta endulza las amarguras!
Es preciso ejercitarse
y formarse poco a poco, guardarse mucho de la turbación si
se ha faltado, pero en seguida volver a este filial abandono
con humildad apacible y tranquila. Entonces podemos contar
con los auxilios de la gracia.
Cuando Dios nos envía grandes
cruces y nos ve deseosos de soportarlas bien,
no deja nunca
de sostenemos invisiblemente, de suerte que la magnitud de
la prueba corra parejas con la magnitud de la fuerza y de la
paz, y aun a veces sea superada.
Por lo demás, no conviene
abandonar la oración, ni suprimir nuestros actos interiores por
áridos, pobres y miserables que puedan parecer; que si no
tienen sabor para nosotros, lo tendrán muy mucho para Aquel
que ve vuestra buena voluntad.
¡Felices las almas que a
ejemplo de Santa Teresa del Niño Jesús, tiene por ideal
consolar a su buen Maestro y no exigir que El les consuele
siempre!


CONTINUARÁ...

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"¡Felices las almas que a
ejemplo de Santa Teresa del Niño Jesús, tiene por ideal
consolar a su buen Maestro y no exigir que El les consuele
siempre!"
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Message  Javier le Mar 23 Juil 2019, 6:39 am

Artículo 3º.- Las impotencias de la voluntad

¿Proviene quizá esta dificultad del agotamiento físico? El
remedio sería dar al cuerpo un poco de vigor.

Las almas menos adelantadas, los tibios y los pecadores,
son molestados en su acción por sus grandes y pequeñas
pasiones:
que practiquen la penitencia y la mortificación
interior y poco a poco se verán libres de sus lazos.


Un alma que es toda de Dios, sin haber pasado aún el
camino ordinario, puede ser probada por una profunda aridez
de sentimientos, por esas tinieblas y esta insensibilidad de que
hemos hablado, y esto basta para que experimente cierta
impotencia en la práctica de las virtudes, y sobre todo en la
oración.

En esta alma, la impotencia para practicar las virtudes no
es sino relativa, es más aparente que real. Es ante todo una
impotencia para practicarlas con sentimiento; y por aquello de
que no siente ni el amor, ni la contrición, ni las otras virtudes,
se figura que no las tiene y que no hace nada. Pero es una
ilusión:
una cosa es, según queda dicho, producir actos
buenos, y otra sentir su impresión.
Dios pide las obras, mas no
exige el sentimiento.
Es más: si permaneces fiel a todos los
deberes sin el apoyo de los consuelos y dulzuras, la buena
voluntad es más agradable a Dios y más meritoria para
nosotros, porque ha sido necesario más espíritu de sacrificio.

Quizá exista aún alguna otra causa de ilusión: se habían
formado grandes proyectos, soñado con virtudes heroicas,
acariciado un ideal más o menos quimérico. Al no conseguir
dicho objeto, se desvanecen vanas esperanzas y nos
despojamos un poco de nuestro orgullo.
Lejos de contristamos
por ello, habíamos de bendecir a Dios que nos conserva en la
humildad y nos llama a la realidad.
A pesar de todas las
decepciones de este género, una cosa seguirá siendo
enteramente posible, y es lo que forma la esencia de la
santificación,
es decir, la guarda de las leyes de Dios y de la
Iglesia, y nuestras obligaciones.
Un religioso observará
siempre sus votos, amará su Regla, obedecerá a sus
Superiores, vivirá en paz con sus hermanos, gobernará sus
pasiones, ofrecerá a Dios sus actos, soportará con paciencia
sus penas, y de esta manera atesorará un caudal inapreciable
de virtudes y méritos.
¿Qué más se necesita? Este es el
verdadero camino de la perfección, camino enteramente
seguro y que nos ofrece horizontes dilatados.


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Mer 24 Juil 2019, 12:12 pm

La impotencia puede manifestarse sobre todo con respecto
a los actos interiores y a la oración, y aun aquí no es sino
relativa. «Siéntese el alma -dice San Alfonso- como incapaz
de elevarse a Dios y de producir acto alguno de caridad, de
contrición, de resignación.
Pero, ¿qué importa? Basta hacer
un ensayo, aunque sólo sea con la parte superior de la
voluntad.
Entonces, por más que estos actos estén para vos
desprovistos de fervor y de gusto y hasta parezcan
impracticables, Dios los acepta y los tiene por agradables.
Sin
embargo, aun en medio de esta oscuridad, una cosa es
todavía posible:
anonadarnos delante de Dios, confesar
nuestra miseria arrojándonos en el seno de su misericordia.
Y
después, no olvidemos que es preciso orar en cualquier
estado en que nos encontremos; en las tinieblas y en la luz es
preciso clamar a Dios:
Señor, conducidme por el camino que
os plazca, y haced que cumpla vuestra voluntad, pues no
quiero otra cosa.»


Si apenas acertamos a expresar nuestros deseos, palabras
y sentimientos,
podemos al menos mantenernos con espíritu
de fe en la presencia de Dios con un real deseo de recibir su
gracia según nuestras necesidades,
lo que constituye una
verdadera oración,
porque Dios ve la preparación de nuestro
corazón, y entiende lo que nosotros no sabemos decirle.
En
una palabra, nuestra impotencia se refiere tan sólo a lo que
Dios no quiere de nosotros en este momento, y por tanto, no
nos sería conveniente salir airosos como fuera nuestro deseo.

Quizá el buen Maestro quiere tan sólo probarnos para que
arraiguemos más hondo en la humildad, en el desasimiento,
en el santo abandono. Para esto, suprimirá las consolaciones
sensibles y las dulzuras espirituales, reemplazándolas con la
oscuridad, con la insensibilidad, y aun con el hastío.
Nos
convendrá mantenernos constantes en nuestro deber, no
descuidar la oración, sino soportar animosamente la prueba,
atenuándola, si es posible, por medio de un libro y otras
piadosas prácticas que la experiencia sugiera.
Quizá Dios se
proponga hacernos pasar de estas vías comunes a las
místicas.
Al intento nos hará suprimir poco a poco los actos
discursivos, metódicos, complicados y variados,
para
encaminarnos hacia una oración de simple mirada con actos
más breves y menos variados, o en un amoroso silencio.
Esta
operación divina es una preciosísima gracia y, muy lejos de
contrariaría, prestémonos a ella con docilidad llena de
confianza. Mas convendrá buscar en algún buen libro, y con
preferencia en un director experimentado, las luces y la
dirección que son entonces particularmente necesarias.


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Message  Javier le Ven 26 Juil 2019, 12:45 pm

En todo caso, es una excelente ocasión de progreso
espiritual y abandono filial. «No os alarméis -dice el P. de
Caussade- lejos estáis de perder el tiempo en la oración; la
podréis hacer más sosegada, pero no más meritoria ni más
útil, porque la oración de sufrimiento y anonadamiento, si bien
es la más dolorosa, es también la que más purifica el alma y la
que nos hace morir antes a nosotros mismos, para no vivir
sino en Dios y para Dios. ¡ Cuánto me agradan esas oraciones
en las que os mantenéis en presencia de Dios como un
jumento, insensible a todo y oprimido bajo el peso de todo
género de tentaciones! ¡Qué cosa más a propósito para
humillar, confundir, anonadar vuestra alma delante de Dios!
Eso es lo que El se propone, y adonde conducen estas
aparentes miserias. Con tal que no sea un obstáculo para
cumplir vuestros ejercicios de piedad, habéis de considerar
esa estupidez como una prueba a que Dios os somete, y que
os es común con casi todos los santos. Sed fiel, que en su
aceptación hallaréis un ejercicio muy meritorio de paciencia,
de sumisión, de humildad interior, y no puede ser perjudicial
sino al amor propio que muere poco a poco, y se aniquila por
este medio más eficazmente que con todas las mortificaciones
exteriores... Jamás se llega a la entera desconfianza de sí
mismos y a una perfecta confianza en Dios, sino después de
haber pasado por estos diversos estados de completa
insensibilidad y absoluta impotencia.
¡Dichosos estados que
producen tan maravillosos efectos...! No hay sacrificio, por otra
parte, que Dios acepte con mayor complacencia que esta
entera donación de un corazón destrozado y anonadado; es
en verdad el holocausto de agradable olor. Las oraciones más
dulces y más fervientes, las más rigurosas mortificaciones
voluntarias nada tienen de comparable, ni que se le
acerquen.»


San Francisco de Sales escribía en idéntico sentido a
Santa Juana de Chantal: «¿De qué os quejáis, mujer? No, no
conviene ser mujer,
hay que tener corazón de hombre; y con
tal que conservemos el alma firme en la voluntad de vivir y
morir en el servicio de Dios,
no nos maravillemos de las
tinieblas, ni de las impotencias, ni de los obstáculos. Allá arriba
ya no los habrá, y aquí es necesario sufrirlos...
Quiere Dios
que nuestra miseria sea el trono de su misericordia, y nuestras
impotencias el asiento de su omnipotencia.»


El piadoso doctor invita después a su santa dirigida a
permanecer humilde y tranquila, dulce y confiada en medio de
la impotencia y la oscuridad.
Quiere que no se impaciente, que
no se turbe, sino que permanezca en sus tinieblas y que
abrace la cruz con ánimo, franca y firmemente.


CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Dim 28 Juil 2019, 4:48 am

Artículo 4º.- La pobreza espiritual


¿Qué puede salir de las tinieblas, de la insensibilidad, de la
impotencia, sino la pobreza espiritual? Así razona el que se
halla sumergido en la prueba, pero se engaña. Desde el
momento que la parte superior del alma se adhiera a la
voluntad divina y permanezca fiel al deber,
las tinieblas, la
insensibilidad, la impotencia no pasan de la parte inferior, y por
consiguiente, la pobreza sólo será aparente.
En realidad, esta
dura prueba es el manantial de una inmensa riqueza
sólidamente fundada sobre la obediencia y la humildad, muy
bien preservada de los estragos del amor propio.

Mas en esto hay quizá una mala inteligencia: Dios nos
gobierna a su manera, y nosotros habíamos formado otro
concepto en este punto; de donde se origina nuestra
turbación, y para disiparla importa conocer mejor las miras de
Dios y entrar de lleno en ellas.

Muy ajenos estamos a poner trabas a las almas generosas;
únicamente querríamos impedirles hacer grandes jornadas
fuera del camino. Por lo general, nuestras aspiraciones son
harto vulgares, y, dado que inutilizamos tantas gracias,
quedaremos muy distanciados de la sublimidad de la gloria a
que Dios nos destinaba. Es, pues, necesario dirigir muy alto
nuestros deseos de espiritual adelantamiento, debiéndolos
apoyar en Dios sólo, y regularse según su beneplácito de tal
suerte que queramos nuestra perfección como Dios la quiere y
solamente como El la quiere. El deseo así formado, aunque
lleno de un santo ardor, permanece siempre tranquilo y
sumiso, porque tiene su principio en la gracia y su regla en la
voluntad divina.
Otro deseo hay de perfección que no procede
enteramente de Dios, pues se inspira más o menos en nuestro
egoísmo, se guía en parte por la voluntad propia y se dará por
consiguiente a conocer en la inquietud, la turbación, el
apresuramiento.
Cuanto nos merece confianza el primero de
estos deseos, tanto hemos de vigilar al otro, en tal forma, que
tendamos ardorosamente a la perfección y a la vez estemos
en guardia contra las inspiraciones del amor propio.

CONTINUARÁ...

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Message  Javier le Mar 30 Juil 2019, 9:51 am

Por fortuna, Dios viene en nuestra ayuda por medio de
estas penas de que hablamos. Por mediación de ellas nos
ofrece un doble socorro tan necesario como precioso, secunda
nuestros deseos de progresar, sosteniéndonos
poderosamente con su gracia invisible, y presérvanos de los
ataques del amor propio, dejándonos sentir la fuerte impresión
de nuestra pobreza. Hemos, pues, de bendecirle no sólo
porque le pone bajo la salvaguardia de la humildad, sino
porque también aumenta nuestro caudal espiritual. Daremos
algunos detalles, a fin de aclarar esta tan consoladora verdad.

¿Se trata de nuestros pecados y de nuestras
imperfecciones? Diremos a Dios desde el fondo de nuestro
corazón:
detesto mis faltas y mis miserias y haré cuanto pueda
con vuestra gracia para corregirme.
El acude en nuestro
auxilio, pero de tal suerte, que nos asegure la victoria,
manteniéndonos, sin embargo, en el desprecio de nosotros
mismos. Tal vez se apoderaría de nosotros la llana
complacencia si hallásemos en nosotros mismos la energía y
el valor.
Nos concederá la gracia de vencer en pequeña
escala, es decir, bajo la impresión de nuestra debilidad, y por
tanto, con modestia.
Lejos de enorgullecerse, estará uno
convencido de no ser sino la nada más despreciable, y este
descontento de sí producirá la complacencia de Dios.
Por otra
parte, cuando se llega a no buscar otra satisfacción que la de
agradar a Dios, nada nos podrá turbar.


«Mientras estemos en esta vida -dice el P. de Caussade-,
no podemos menos de encontrarnos con muchas
imperfecciones y miserias. ¿Deseáis un remedio eficaz para
curarlas...?, detestad desde luego los pecados que son la
fuente de todas ellas, amad o aceptad por lo menos sus
consecuencias, es decir, la abyección y el desprecio que de
ellas resulta, y todo sin turbaros, sin disgusto, ni inquietud, ni
desánimo. Tened presente que Dios, sin querer el pecado,
hace de él instrumento muy útil para conservarnos en la
humildad... Y este conocimiento más claro cada vez de su
nada, es el que aumenta la humildad en los santos, mas esta
humildad según Dios es siempre alegre y tranquila. Estáis
vivamente penetrados de vuestras faltas y de vuestros
defectos; esto sólo sucede a medida que Dios se acerca a
nosotros, y que nosotros andamos en la luz. Brillando con
mayor intensidad, esta divina luz nos hace distinguir mejor
dentro de nosotros un abismo de miseria y de corrupción, y
ese conocimiento es una de las señales más inequívocas de
progreso en los caminos de Dios.»
Tal conocimiento nos turba
quizá mostrándonos muy a las claras nuestra pobreza, siendo
así que por esto mismo debiera de consolarnos y llevarnos al
agradecimiento.

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Message  Javier le Jeu 01 Aoû 2019, 11:18 am

¿Se trata del adelantamiento en las virtudes? Hablemos
así a Dios: No deseo sino agradaros; deseo el don de oración,
el espíritu de mortificación, todas las virtudes, y os las pido
con instancia, y me propongo trabajar sin descanso en su
adquisición.
Sin embargo, vuestra adorable voluntad será
constantemente la regla de mis deseos, aun de los más
legítimos y santos.
Anhelo mi santificación en cuanto Vos lo
deseáis de mí, pero solamente en la medida, forma y tiempo
que os convenga.
Infinitamente sabio y bueno. Dios no puede
desechar los deseos de progresar que El mismo nos ha
inspirado, sino que los acoge;
mas para sustraer a los peligros
del orgullo nuestros progresos, la paciencia, la humildad, el
amor, el abandono y demás frutos de la gracia, sabe ocultarlos
tan bien, que a las veces no podemos menos de llorar la
presunta ausencia de toda la virtud.
Todo esto se lo habíamos
de agradecer, tanto más cuanto que no hay un solo don tan
excelente que, después de haber sido medio de
adelantamiento, no pueda convertirse en tropiezo y obstáculo
a causa de las miradas de complacencia y del apego que
mancillan al alma. Ahí estriba el que Dios se vea precisado a
quitarnos lo que nos había dado, pero no lo hace sino para
devolvérnoslo centuplicado, una vez que se haya purificado de
esta maligna apropiación que de sus dones hacíamos sin
darnos cuenta de ello. Por este motivo, aunque trabajando con
una piadosa avaricia en enriquecernos de virtudes,
debiéramos decir al Señor:
Consiento en ser privado, en
cuanto sea de vuestro agrado, de saber si me habéis
concedido esas gracias o ese progreso, porque soy tan
miserable, que todo bien conocido se me convierte en
ponzoña, y estas malditas complacencias del amor propio
vienen a manchar la pureza de mis obras casi sin yo saberlo y
contra mi voluntad. Así, Dios mío, soy yo mismo quien os liga
las manos y os obliga a ocultarme, por vuestra bondad, las
gracias que vuestra misericordia os mueve a concederme.


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Message  Javier le Dim 04 Aoû 2019, 5:54 am

¿Se trata de los medios de santificación? Pongámonos en
las manos de Dios: El sabrá elegir para las almas fieles, no los
más gloriosos ni los más conformes a sus deseos, sino los
más a propósito para asegurar su adelantamiento y la
humildad. ¿Qué más habríamos de desear? ¿En qué consiste,
pues, el servicio de Dios, sino en abstenemos del mal, en
guardar los mandamientos, en trabajar a medida de nuestras
fuerzas conforme a la voluntad de Dios? Y si esto hacéis,
«¿por qué desear con un ardor inmoderado las luces del
espíritu, los sentimientos, los gustos interiores, la facilidad en
el recogimiento, en la oración o cualquier otro don de Dios, si
a El no le place concedéroslo? ¿No será esto pretender
perfeccionaros a vuestro gusto y no al suyo, seguir vuestra
voluntad y no la voluntad divina, mirar más por vuestra
satisfacción que al agrado de Dios, en una palabra, querer
servirle conforme a vuestro capricho, y no según su
beneplácito? - ¿Habré, pues, de resignarme a permanecer
toda mi vida víctima de pobreza, de mis debilidades, de mis
miserias? - Sí por cierto, si así es del agrado de Dios».
No es
esto sino una pobreza aparente, pues en el fondo, «riqueza
será, y por cierto inmensa, ser precisamente lo que Dios
quiere»;
es una sublime perfección aceptar de buen grado
todo lo que Dios hace.
¿Podéis ignorar acaso que constituye
una virtud heroica el saber soportar paciente y
constantemente las propias miserias, las debilidades, la
pobreza interior, las tinieblas, las insensibilidades, las
divagaciones, las locuras, las extravagancias de espíritu y de
imaginación -obrando siempre lo mejor que se pueda-?
Esto
es lo que ha hecho decir a San Francisco de Sales que los
aspirantes a la perfección tienen tanta necesidad de paciencia
y de dulzura para consigo mismos como para con los demás.

Tengamos, pues, paciencia con nosotros mismos, en nuestras
propias miserias, en nuestras imperfecciones y en nuestros
defectos, como Dios quiere que soportemos al prójimo en
parecidas circunstancias.


Así es que este sentimiento de nuestra pobreza no ha de
inquietarnos en cuanto al presente, desde el momento en que
realmente tenemos buena voluntad: «Camináis con seguridad
-dice San Juan de la Cruz-; dejaos conducir y estad contentos.
Jamás habéis sido mejores que ahora, porque nunca habéis
sido tan humildes ni tan sumisos. Jamás os habéis tenido a
vosotros mismos y a las cosas del mundo en tan poca estima.
Jamás os habéis creído tan malos y peores que ahora. Jamás
habéis hallado a Dios tan bueno, ni le habéis servido con más
desinterés, ni con más pureza de intención. Jamás habéis
renunciado mejor que ahora a las imperfecciones de vuestra
voluntad y de vuestro interés personal, que quizá en otros
tiempos buscabais.»


En cuanto al porvenir, sólo os incumbe esforzaros por amar
la santa abyección, el desprecio y horror de vos mismo, que
nacen de este vivo sentimiento de vuestra pobreza.
Cuando a
esto llegareis, habréis dado un nuevo paso, aun más decisivo,
en vuestro espiritual adelantamiento.
Esta aparente pobreza,
bien entendida, humildemente soportada, es uno de los más
preciosos tesoros que un alma puede poseer acá abajo,
puesto que este sentimiento la conduce a una
profunda
humildad.
Por este medio Dios le impide complacerse y confiar
en si misma, dormirse en una perezosa tranquilidad. Le obliga
a obrar su salvación con temor y temblor, y, por consiguiente,
se apoya en Dios sólo, desconfía de si misma, vigila, ora, se
mortifica, estimula su actividad espiritual, multiplica sus santas
obras a fin de procurarse con mayor seguridad la dicha de los
elegidos.



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Message  Javier le Mar 06 Aoû 2019, 4:41 am

13. PAZ, TEMORES Y ESCRÚPULOS


Artículo 1º.- La paz


La paz del alma es un bien soberanamente deseable, no
tan sólo por la dulzura que consigo lleva, sino más aún por la
fuerza que nos comunica y por las condiciones ventajosas en
que nos coloca.
Es casi indispensable al que desea vivir vida
interior;
y el Señor por otra parte se hace llamar en nuestros
Libros Santos, «El Dios de la Paz». Nuestro dulce Salvador
apenas nacido, hace cantar por boca de sus ángeles: «Gloria
a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de
buena voluntad».
Cuantas veces se presenta a sus discípulos
después de resucitado, les dirige este afectuoso saludo: «La
paz sea con vosotros».
Otro tanto hacen sus Apóstoles al
principio de sus Epístolas, y el Espíritu Santo a su vez nos
invita a «buscar la paz y seguirla».

Hay, empero, paz verdadera y paz falsa. La verdadera paz
es la tranquilidad del orden.
Para conseguirla es, pues, preciso
poner orden en nuestros pensamientos, en nuestros afectos,
deseos, en nuestras acciones y en nuestros sufrimientos;
es
decir, conviene que nuestra voluntad esté siempre sometida a
la de Dios por la obediencia y la resignación,
de otra suerte,
habrá el desorden, y, «resistiendo a Dios, no se tendrá la
paz»,
por lo menos la paz verdadera.


La falsa paz es la tranquilidad en la tibieza o el pecado. El
Señor lo ha dicho: «No tienen paz -verdadera- los impíos» Es
gracia inestimable la que Dios hace a los pecadores
atormentándoles por los remordimientos hasta que despierten
de su letargo;
pues si permanecen tranquilos en el pecado,
sería para ellos el peor de los infortunios.
Con la debida
proporción, otro tanto se ha de decir del alma tibia, que no
puede gustar de la paz verdadera y profunda; su voluntad no
es enteramente buena, un tropel de pasiones la zarandean en
opuestos sentidos.
Si acaso llega a tranquilizarse en su triste
estado, es una señal que debe alarmamos, pues proviene de
que el espíritu se ciega, el corazón se endurece y se
adormece la conciencia.


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Message  Javier le Ven 09 Aoû 2019, 5:24 am

La verdadera paz es, pues, «para los hombres de buena
voluntad»
, y ha de tener diferentes grados como la misma
buena voluntad. La mayor parte de los cristianos que observan
la ley divina y se someten a la Providencia,
hácenlo sólo
imperfectamente, y más bien por el temor de perderse o por el
deseo de salvarse;
los tales, esclavos son o mercenarios, no
hijos ni amigos de Dios.
No hay que esperar, pues, que
encuentren la paz completa prometida a los que aman la ley
de Dios. Más aún dice el P. Grou: «La paz de las almas
devotas, pero no abandonadas por completo a Dios, es muy
endeble y vacilante, y se ve a menudo turbada por los
escrúpulos de conciencia, ya por el terror de los juicios de
Dios, o también por los diversos accidentes de la vida.
¿Cuándo, pues, arraigará en un alma la paz íntima y sólida, y,
por así decirlo, inalterable ?
Tan pronto como se entregue
totalmente a Dios.»


No bien ha tomado tal resolución, cuando la pacificación
comienza, se desenvuelve y se afianza a medida que el alma
se desprende de todas las cosas, y se adhiere a la voluntad
sola de Dios. Sufría, porque el amor divino la atraía hacia el
deber, y el amor propio hacia los placeres de los sentidos o las
satisfacciones del espíritu; era la lucha entre la gracia y la
naturaleza. Ahora que desprecia su propia voluntad y no
busca sino la de Dios, el desorden ha cesado, el orden queda
establecido. Desde este momento, la inquietud, la turbación, la
agitación se calman y dan lugar a la tranquilidad, y aun al
verdadero bienestar. Y cuando el alma hubiere llegado a
aquella completa libertad de espíritu que San Francisco de
Sales recomendaba a Santa Juana de Chantal, y no se
aficione ni al bien, ni a las consolaciones, ni a los ejercicios
espirituales, sino sólo a la voluntad de Dios para que El reine
en nosotros, la paz del alma será, por decirlo así, inalterable.


Es la primera recompensa de nuestros trabajos, es fuerza
que nos sostiene en la prueba, es señal de adelantamiento.

Cuando ella llega a ser más íntima, firme, inaccesible a todo lo
que suele turbarnos, más claro aparece que hemos hecho
sólidos progresos en la virtud, desprendiéndonos de todas las
cosas, uniéndonos más estrechamente a la voluntad de Dios;
de suerte, que la plenitud de la paz y la de la perfección
caminan a la par y son inseparables, salvo una especial
permisión de la Providencia. Este efecto prodúcese por la
fuerza misma de las cosas, y subsistirá por consiguiente aun
en medio de las pruebas.


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Message  Javier le Lun 12 Aoû 2019, 11:24 am

Pero además, cuando a Dios le agrada y como El lo quiere,
derrama en el alma paz sobreabundante y más saboreada,
paz que hasta entonces no se había gustado, paz que la llena
de un bienestar inefable y que inspira un profundo desprecio
por las cosas de acá abajo.
- Por el contrario, aun cuando el
alma se mantenga completamente fiel puede Dios, si tal es su
beneplácito, quitarle esta sobreabundancia del bienestar
interior, retirarle la impresión de la paz que de ordinario
acompaña a la virtud, dejándole tan sólo una paz árida, sin
sentimiento alguno. Libre es también, si así lo quiere, para dar
poder a nuestro enemigo que tratará de lanzarnos en la
inquietud, la turbación y la agitación.
¿Qué haremos
entonces?
Adherirnos más y más a la voluntad de Dios, y
abandonarnos confiadamente en los brazos de nuestro Padre
que está en los cielos;
pues nada hace, nada permite, sino
para el mayor bien de nuestra alma, y mientras nosotros
permanezcamos unidos por la fe, la confianza y el amor a esa
voluntad divina, nada hay en el mundo capaz de dañarnos.



Habrá, pues, dos especies de paz: la una sensible, dulce y
agradable,
que no depende de nosotros, ni es por otra parte
necesaria, y hasta ofrece secreto pábulo al amor propio. Hay
otra casi insensible que reside en lo más intimo del alma, en la
parte delicada del espíritu.
Por lo regular es árida y sin gusto,
pudiéndose tener aun en medio de las más dolorosas
tribulaciones.
Esta paz puramente espiritual está menos sujeta
a las pretensiones del amor propio, y deja el campo más libre
a la acción de la gracia. En ella es donde Dios habita como en
su propio ambiente, a fin de obrar en lo íntimo del corazón
cosas maravillosas, pero muy secretas y casi insensibles, que
apenas se conocen sino por los efectos; es decir, cuando, bajo
la bienhechora influencia de esta paz, siéntese el alma con
fuerzas para permanecer firme en medio de las persistentes
arideces, en las tentaciones, violentas sacudidas y las
aflicciones más imprevistas. Si halláis en vos mismo esta paz
árida, esta tranquilidad a pesar de las pruebas, motivo tenéis
para bendecir a Dios; es suficiente para conservaros en el
deber, y basta ella sola para nuestro adelantamiento espiritual;
conservadla, pues, como un don precioso. A medida que vaya
creciendo poco a poco, terminará por constituir un día vuestro
más dulce encanto; mas es preciso que le hayan precedido los
combates y las victorias.



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