EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

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EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Ven 22 Sep 2017, 1:11 pm

EL SANTO ABANDONO

Dom Vital Lehodey



Naturaleza del santo abandono


1. La voluntad de Dios, regla suprema.

Queremos salvar nuestra alma y tender a la perfección de la vida espiritual, es decir, purificarnos de veras, progresar en todas las virtudes, llegar a la unión de amor con Dios, y por este medio transformarnos cada vez más en Él; he aquí la única obra a la que hemos consagrado nuestra vida: obra de una grandeza incomparable y de un trabajo casi sin límites; que nos proporciona la libertad, la paz, el gozo, la unción del Espíritu Santo, y exige a su vez sacrificios sin número, una paciente labor de toda la vida. Esta obra gigantesca no sería tan sólo difícil, sino absolutamente imposible si contásemos sólo con nuestras fuerzas, pues es de orden absolutamente sobrenatural.

"Todo lo puedo en Aquel que me conforta" 1; sin Dios sólo queda la absoluta impotencia, por nosotros nada podemos hacer: ni pensar en el bien, ni desearlo, ni cumplirlo. Y no hablemos de la enmienda de nuestros vicios, de la perfecta adquisición de las virtudes, de la vida de intimidad con Dios que representan un cúmulo enorme impotencias humanas y de intervenciones divinas. El hombre es, pues, un organismo maravilloso, por cuanto es capaz, con la ayuda de Dios, de llevar a cabo las obras más santas; pero es a la vez lo más pobre y necesitado que hay, ya que sin el auxilio divino no puede concebir siquiera el pensamiento de lo bueno. Por dicha nuestra, Dios ha querido salir fiador de nuestra salvación, por lo que jamás podremos bendecirle como se merece, pero no quiere salvarnos sin nosotros y, por consiguiente, debemos unir nuestra acción a la suya con celo tanto mayor cuanto sin Él nada podemos.

Nuestra santificación, nuestra salvación misma es, pues, obra de entrambos; para ella se precisan necesariamente la acción de Dios y nuestra cooperación, el acuerdo incesante de la voluntad divina y de la nuestra. El que trabaja con Dios aprovecha a cada instante; quien prescinde de Él cae, o se fatiga en estéril agitación. Es, pues, de importancia suma no obrar sino unidos con Dios, y esto, todos los días y a cada momento, así en nuestras menores acciones como en cualquier circunstancia, porque sin esta íntima colaboración se pierde trabajo y tiempo. ¡Cuántas obras, llenas en apariencia, quedarán vacías por sólo este motivo! Por no haberlas hecho en unión con Dios, a pesar del trabajo que nos costaron, se desvanecerán ante la luz de la eternidad como sueño que se nos va así que despertamos.


1 Phil 4, 15.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Dim 24 Sep 2017, 1:18 pm

Ahora bien, si Dios trabaja con nosotros en nuestra
santificación, justo es que El lleve la dirección de la obra: nada
se deberá hacer que no sea conforme a sus planes, bajo sus
órdenes y a impulsos de su gracia. El es el primer principio y
último fin; nosotros hemos nacido para obedecer a sus
determinaciones. Nos llama «a la escuela del servicio divino»,
para ser El nuestro maestro; nos coloca en «el taller del
Monasterio», para dirigir allí nuestro trabajo; «nos alista bajo
su bandera» para conducirnos El mismo al combate. Al
Soberano Dueño pertenece mandar, a la suma sabiduría
combinar todas las cosas; la criatura no puede colaborar sino
en segundo término con su Creador.

Esta continua dependencia de Dios nos impondrá
innumerables actos de abnegación, y no pocas veces
tendremos que sacrificar nuestras miras limitadas y nuestros
caprichosos deseos con las consiguientes quejas de la
naturaleza; mas guardémonos bien de escucharla. ¿Podrá
cabemos mayor fortuna que tener por guía la divina sabiduría
de Dios, y por ayuda la divina omnipotencia, y ser los socios
de Dios en la obra de nuestra salvación; sobre todo si se tiene
en cuenta que la empresa realizada en común sólo tiende a
nuestro personal provecho? Dios no reclama para sí sino su
gloria y hacernos bien, dejándonos todo el beneficio. El
perfecciona la naturaleza, nos eleva a una vida superior, nos
procura la verdadera dicha de este mundo y la
bienaventuranza en germen. ¡Ah, si comprendiéramos los
designios de Dios y nuestros verdaderos intereses! Seguro
que no tendríamos otro deseo que obedecerle con todo
esmero, ni otro temor que no obedecerle lo bastante; le
suplicaríamos e insistiríamos para que hiciera su voluntad y no
la nuestra. Porque abandonar su sabia y poderosa mano para
seguir nuestras pobres luces y vivir a merced de nuestra
fantasía, es verdadera locura y supremo infortunio.

Una consideración más nos mostrará «que en temer a Dios
y hacer lo que El quiere consiste todo el hombre»
; y es que la
voluntad divina, tomada en general, constituye la regla
suprema del bien, «la única regla de lo justo y lo perfecto»; y
que la medida de su cumplimiento es también la medida de
nuestro progreso.

«Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».
No basta pues, decir: ¡Señor, Señor!, para ser admitido en el
reino de los cielos; es necesario hacer la voluntad de nuestro
Padre que está en los cielos. «El que mantiene unida su
voluntad a la de Dios, vive y se salva: el que de ella se aparta
muere y se pierde».
«Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto
tienes, ven y sígueme».
Es decir, haz mejor la voluntad de
Dios, añade a la observancia de los preceptos la de los
consejos.

Si quieres subir hasta la cumbre de la perfección, cumple la
voluntad de Dios cada día más y mejor. Te irás elevando a
medida que tu obediencia venga la ser más universal en su
objetivo, más exacta en su ejecución, más sobrenatural en sus
motivos, más perfecta en las disposiciones de tu voluntad.
Consulta los libros santos, pregunta a la vida y a la doctrina de
nuestro Señor y verás que no se pide sino la fe que se afirma
con las obras, el amor que guarda fielmente la palabra de
Dios. Seremos perfectos en la medida que hagamos la
voluntad de Dios.


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Lun 25 Sep 2017, 12:28 pm

Este punto es de tal importancia que nos ha parecido
conveniente apoyarlo con algunas citas autorizadas.

«Toda la pretensión de quien comienza oración -y no se
olvide esto, que importa mucho- , ha de ser trabajar y
determinarse y disponerse con cuantas diligencias puedan
hacer que su voluntad se conforme con la de Dios; y, como
diré después, en esto consiste toda la mayor perfección que
se puede alcanzar en el camino espiritual. No penséis que hay
aquí más algarabías, ni cosas no sabidas y entendidas, que
en esto consiste todo nuestro bien».
La conformidad ha de
entenderse aquí en su más alto sentido.

«Cada cual -explica San Francisco de Sales- se forja la
perfección a su modo: unos la ponen en la austeridad de los
vestidos: otros, en la de los manjares, en la limosna, en la
frecuencia de los Sacramentos, en la oración, en una no sé
qué contemplación pasiva y supereminente: otros, en aquéllas
gracias que se llaman dones gratuitos: y se engañan tomando
los efectos por la causa, lo accesorio por lo principal, y con
frecuencia la sombra por el cuerpo... En cuanto a mí yo no sé
ni conozco otra perfección sino amar a Dios de todo corazón y
al prójimo como a nosotros mismos».
Y completa el
pensamiento en otra parte, cuando dice que «la devoción (o la
perfección) sólo añade al fuego de la caridad la llama que la
hace pronta, activa y diligente, no sólo en la guarda de los
mandamientos de Dios, sino también en la práctica de los
consejos e inspiraciones celestiales» .
Así como el amor de
Dios es la forma más elevada y más perfecta de la virtud, una
sumisión perfecta a la voluntad divina es la expresión más
sublime y más pura, la flor más exquisita de este amor... Por
otra parte, ¿no es evidente que, no existiendo nada tan bueno
y tan perfecto como la voluntad de Dios, se llegará a ser más
santo y más virtuoso, cuanto más perfectamente nos
conformemos con esta voluntad?

Un discípulo de San Alfonso ha resumido su doctrina
diciendo que personas que hacen consistir su santidad en
practicar muchas penitencias, comuniones, oraciones vocales,
viven evidentemente en la ilusión. Todas estas cosas no son
buenas sino en cuanto Dios las quiere, de otra suerte, en vez
de aceptarlas las detesta, pues tan sólo sirven de medios para
unirnos a la voluntad divina.

Tenemos verdadera satisfacción en repetirlo: toda la
perfección, toda la santidad consiste en ejecutar lo que Dios
quiere de nosotros; en una palabra, la voluntad divina es regla
de toda bondad y de toda virtud; por ser santa lo santifica
todo, aun las acciones indiferentes, cuando se ejecutan con el
fin de agradar a Dios... Si queremos santificación, debemos
aplicarnos únicamente a no seguir jamás nuestra propia
voluntad, sino siempre la de Dios porque todos los preceptos y
todos los consejos divinos se reducen en sustancia a hacer y
a sufrir cuanto Dios quiere y como Dios lo quiere. De ahí que
toda la perfección se puede resumir y expresar en estos
términos: «Hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios
hace».


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Mar 26 Sep 2017, 12:35 pm

«Toda nuestra perfección -dice San Alfonso- consiste en el
amor de nuestro Dios infinitamente amable; y toda la
perfección del amor divino consiste a su vez en la unión de
nuestra voluntad con la suya... Si deseamos, pues, agradar y
complacer al corazón de Dios, tratemos no sólo de
conformarnos en todo a su santa voluntad, sino de unificarnos
con ella (si así puedo expresarme), de suerte que de dos
voluntades no vengamos a formar sino una sola... Los santos
jamás se han propuesto otro objeto sino hacer la voluntad de
Dios, persuadidos de que en esto consiste toda la perfección
de un alma. El Señor llama a David hombre según su corazón,
porque este gran rey estaba siempre dispuesto a seguir la
voluntad divina; y Maria, la divina Madre, no ha sido la más
perfecta entre todos los santos, sino por haber estado de
continuo más perfectamente unida a la voluntad de Dios.»
Y el
Dios de sus amores, Jesús, el Santo por excelencia, el modelo
de toda perfección, ¿ha sido jamás otra cosa que el amor y la
obediencia personificados?... Por la abnegación que profesa a
su Padre y a las almas, sustituye a los holocaustos estériles y
se hace la Víctima universal. La voluntad de su Padre le
conducirá por toda suerte de sufrimientos y humillaciones,
hasta la muerte y muerte de cruz. Jesús lo sabe; pero
precisamente para esto bajó del cielo, para cumplir esa
voluntad, que a trueque de crucificarle, se convertiría en
fuente de vida. Desde su entrada en el mundo declara al
Padre que ha puesto su voluntad en medio de su corazón para
amarla, y en sus manos para ejecutarla fielmente. Esta
amorosa obediencia será su alimento, resumirá su vida oculta,
inspirará su vida pública hasta el punto de poder decir: «Yo
hago siempre lo que agrada a mi Padre»
; y en el momento de
la muerte lanzará bien alto su triunfante «Consummatum est»:
Padre mío, os he amado hasta el último límite, he terminado
mi obra de la Redención, porque he hecho vuestra voluntad,
sin omitir un solo ápice.

«Uniformar nuestra voluntad con la de Dios, he ahí la
cumbre de la perfección
-dice San Alfonso- , a eso debemos
aspirar de continuo, ése debe ser el fin de nuestras obras, de
todos nuestros deseos, de todas nuestras meditaciones, de
nuestros ruegos.»
A ejemplo de nuestro amado Jesús, no
veamos sino la voluntad de su Padre en todas las cosas; que
nuestra única ocupación sea cumplirla con fidelidad siempre
creciente e infatigable generosidad y por motivos totalmente
sobrenaturales. Este es el medio de seguir a Nuestro Señor a
grandes pasos y subir junto a El en la gloria. «Un día fue
conducida al cielo en visión la Beata Estefanía Soncino,
dominica, donde vio cómo muchos que ella había conocido en
vida estaban levantados a la misma jerarquía de los Serafines;
y tuvo revelación de que habían sido sublimados a tan alto
grado de gloria por la perfecta unión de voluntad con que
anduvieron unidos a la de Dios acá en la tierra.»


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Ven 29 Sep 2017, 5:37 am

2. LA VOLUNTAD DIVINA SIGNIFICADA Y LA VOLUNTAD DE
BENEPLACITO


La voluntad divina se muestra para nosotros reguladora y
operadora. Como reguladora, es la regla suprema del bien,
significada de diversas maneras; y que debemos seguir por la
razón de que todo lo que ella quiere es bueno, y porque nada
puede ser bueno sino lo que ella quiere. Como operadora, es
el principio universal del ser, de la vida, de la acción; todo se
hace como quiere, y no sucede cosa que no quiera, ni hay
efecto que no venga de esta primera causa, ni movimiento que
no se remonte a este primer motor, ni por tanto hay
acontecimiento, pequeño o grande, que no nos revele una
voluntad del divino beneplácito. A esta voluntad es deber
nuestro someternos, ya que Dios tiene absoluto derecho de
disponer de nosotros como le parece. Dios nos hace, pues,
conocer su voluntad por las reglas que nos ha señalado, o por
los acontecimientos que nos envía. He ahí la voluntad de Dios
significada y su voluntad de beneplácito.

La primera, «nos propone previa y claramente las
verdades que Dios quiere que creamos, los bienes que
esperemos, las penas que temamos, las cosas que amemos,
los mandamientos que observemos y los consejos que
sigamos. A esto llamamos voluntad significada, porque nos ha
significado y manifestado cuanto Dios quiere y se propone que
creamos, esperemos, temamos, amemos y practiquemos. La
conformidad de nuestro corazón con la voluntad significada
consiste en que queramos todo cuanto la divina Bondad nos
manifiesta ser de su intención; creyendo según su doctrina,
esperando según sus promesas, temiendo según sus
amenazas, amando y viviendo según sus mandatos y
advertencias»


La voluntad significada abraza cuatro partes, que son: los
mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, los consejos,
las inspiraciones, las Reglas y las Constituciones.

Es necesario que cada cual obedezca a los mandamientos
de Dios y de la Iglesia, porque es la voluntad de Dios absoluta
que quiere que los obedezcamos, si deseamos salvarnos.

Es también voluntad suya, no imperativa y absoluta, sino
de sólo deseo, que guardemos sus consejos; por lo cual, aun
cuando sin menosprecio los dejamos de cumplir por no
creernos con valor para emprender la obediencia a los
mismos, no por eso perdemos la caridad ni nos separamos de
Dios; además de que ni siquiera debemos acometer la
práctica de todos ellos, habiéndolos como los hay entre sí
opuestos, sino tan sólo los que fueren más conformes a
nuestra vocación... Hay que seguir, pues, concluye el santo,
los consejos que Dios quiere sigamos. No a todos conviene la
observancia de todos los consejos. Dados como están para
favorecer la caridad, ésta es la que ha de regular y medir su
ejecución... Los que tenemos que practicar los religiosos, son
los comprendidos en nuestras Reglas. Y a la verdad, nuestros
votos, nuestras leyes monásticas, las órdenes y consejos de
nuestros Superiores constituyen para nosotros la expresión de
la voluntad divina y el código de nuestros deberes de estado.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Lun 09 Oct 2017, 4:39 am

Poderosa razón tenemos para bendecir al divino Maestro,
pues ha tenido la amorosa solicitud de trazarnos hasta en los
más minuciosos detalles su voluntad acerca de la Comunidad
y sus miembros.

En las inspiraciones nos indica sus voluntades sobre cada
uno de nosotros más personalmente. « Santa María Egipciaca
se sintió inspirada al contemplar una imagen de nuestra
Señora; San Antonio, al oír el evangelio de la Misa; San
Agustín, al escuchar la vida de San Antonio; el duque de
Gandía, ante el cadáver de la emperatriz; San Pacomio,
viendo un ejemplo de caridad; San Ignacio de Loyola, leyendo
la vida de los santos»
; en una palabra, las inspiraciones nos
vienen por los más diversos medios. Unas sólo son ordinarias
en cuanto nos conducen a los ejercicios acostumbrados con
fervor no común; otras «se llaman extraordinarias porque
incitan a acciones contrarias a las leyes, reglas y costumbres
de la Santa Iglesia, por lo que son más admirables que
imitables.»
El piadoso Obispo de Ginebra indica con qué
señales se pueden discernir las inspiraciones divinas y la
manera de entenderlas, terminando con estas palabras: «Dios
nos significa su voluntad por sus inspiraciones. No quiere, sin
embargo, que distingamos por nosotros mismos sí lo que nos
ha inspirado es o no voluntad suya, menos aún que sigamos
sus inspiraciones sin discernimiento. No esperemos que El
nos manifieste por Sí mismo sus voluntades, o que envíe
ángeles para que nos las enseñen, sino que quiere que en las
cosas dudosas y de importancia recurramos a los que ha
puesto sobre nosotros para guiamos» .


Añadamos, por último, que los ejemplos de Nuestro Señor
y de los santos, la doctrina y la práctica de las virtudes
pertenecen a la voluntad de Dios significada; si bien es fácil
referirlas a una u otra de las cuatro señales que acabamos de
indicar.

«He ahí, pues, cómo nos manifiesta Dios sus voluntades
que nosotros llamamos voluntad significada. Hay además la
voluntad de beneplácito de Dios, la que hemos de
considerar en todos los acontecimientos, quiero decir, en todo
lo que nos sucede; en la enfermedad y en la muerte, en la
aflicción y en la consolación, en la adversidad y en la
prosperidad, en una palabra, en todas las cosas que no son
previstas.»
La voluntad de Dios se ve sin dificultad en los
acontecimientos que tienen a Dios directamente por autor; y lo
mismo en los que vienen de las criaturas no libres, porque si
obran es por la acción que reciben de Dios a quien sin
resistencia obedecen. Donde hay que ver la voluntad de Dios
es principalmente en las tribulaciones, que por más que El no
las ame por sí mismas, las quiere emplear, y efectivamente las
emplea, como excelente recurso para satisfacer el orden,
reparar nuestras faltas, curar y santificar las almas. Más aún,
hay que verla incluso en nuestros pecados y en los del
prójimo: voluntad permisiva, pero incontestable. Dios no
concurre a la forma del pecado que es lo que constituye su
malicia: lo aborrece infinitamente y hace cuanto está de su
parte para apartarnos de él; lo reprueba y lo castigará. Mas,
para no privarnos prácticamente de la libertad que nos ha
concedido, como nosotros nada podemos hacer sin su
concurso, lo da en cuanto a lo material del acto, que por lo
demás no es sino el ejercicio natural de nuestras facultades.
Por otra parte, El quiere sacar bien del mal, y para ello hace
que nuestras faltas y las del prójimo sirvan a la santificación
de las almas por la penitencia, la paciencia, la humildad, la
mutua tolerancia, etc. Quiere también que, aun cumpliendo el
deber de la corrección fraterna, soportemos al prójimo, que le
obedezcamos conforme a nuestras Reglas, viendo hasta en
sus exigencias y en sus sinrazones los instrumentos de que
Dios se sirve para ejercitamos en la virtud. Por esta razón, no
temía decir San Francisco de Sales que por medio de nuestro
prójimo es como especialmente Dios nos manifiesta lo que
desea de nosotros.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Ven 03 Nov 2017, 1:01 pm

Existen profundas diferencias entre la voluntad de Dios
significada y la de beneplácito.

1º La voluntad significada nos es conocida de antemano, y
por lo general, de manera clarísima mediante los signos del
pensamiento, a saber: la palabra y la escritura. De esta
manera conocemos el Evangelio, las leyes de la Iglesia,
nuestras santas Reglas; donde sin esfuerzo y a nuestro gusto
podemos leer la voluntad de Dios, confiarla a nuestra memoria
y meditarla. Las inspiraciones divinas y las órdenes de
nuestros Superiores sólo en apariencia son excepciones, pues
ellas tienen por objeto la ley escrita, cristiana o monástica. Al
contrario, «casi no se conoce el beneplácito divino más que
por los acontecimientos.»
Decimos casi, porque hay
excepciones; lo que Dios hará más tarde, podemos conocerlo
de antemano, si a El le place decirlo; también se puede
presentir, conjeturar, adivinar, ya por el rumbo actual de los
hechos, ya por las sabias disposiciones tomadas y las
imprudencias cometidas. Mas, en general, el beneplácito
divino se descubre a medida que los acontecimientos se van
desarrollando, los cuales están ordinariamente por encima de
nuestra previsión. Aun en el propio momento en que se
verifican, la voluntad de Dios permanece muy oscura: nos
envía, por ejemplo, la enfermedad, las sequedades interiores
u otras pruebas; en verdad que éste es actualmente su
beneplácito, mas ¿será durable? ¿Cuál será su desenlace? Lo
ignoramos.

2º De nosotros depende siempre o el conformarnos por la
obediencia a la voluntad de Dios significada o el sustraernos a
ella por la desobediencia. Y es que Dios, queriendo poner en
nuestras manos la vida o la muerte, nos deja la elección de
obedecer a su ley o de quebrantarla hasta el día de su justicia.
Por su voluntad de beneplácito, al contrario, dispone de
nosotros como Soberano; sin consultarnos, y a las veces aun
contra nuestros deseos, nos coloca en la situación que nos ha
preparado, y nos propone en ella el cumplimiento de los
deberes. Queda en nuestro poder cumplir o no estos deberes,
someternos al beneplácito o portarnos como rebeldes; mas es
preciso aguantar los acontecimientos, queramos o no, no
habiendo poder en el mundo que pueda detener su curso. Por
ese camino, como gobernador y juez supremo, Dios
restablece el orden y castiga el pecado; como Padre y
Salvador, nos recuerda nuestra dependencia y trata de
hacernos entrar en los senderos del deber, cuando nos hemos
emancipado y extraviado.

3º Esto supuesto, Dios nos pide la obediencia a su
voluntad significada como un efecto de nuestra elección y de
nuestra propia determinación. Para seguir un precepto o un
punto de regla, para producir los actos de las virtudes
teologales o morales, nos es preciso sin duda una gracia
secreta que nos previene y nos ayuda, gracia que nosotros
podemos alcanzar siempre por medio de la oración y de la
fidelidad. Pero aun cuando la voluntad de Dios nos sea
claramente significada, puestos en trance de cumplirla, lo
hacemos por nuestra propia determinación; no necesitamos
esperar un movimiento sensible de la gracia, una moción
especial del Espíritu Santo, digan lo que quieran los
semiquietistas antiguos y modernos. Por el contrario, si se
trata de la voluntad del beneplácito divino, es necesario
esperar a que Dios la declare mediante los acontecimientos:
sin esa declaración no sabemos lo que El espera de nosotros;
con ella, conocemos lo que desea de nosotros, primero, la
sumisión a su voluntad, después, el cumplimiento de los
deberes peculiares a tal o cual situación que El nos ha
deparado.

San Francisco de Sales hace, a este propósito, una
observación muy atinada: «Hay cosas en que es preciso juntar
la voluntad de Dios significada a la de beneplácito» .
Y cita
como ejemplo el caso de enfermedad. Además de la sumisión
a la Providencia divina será preciso llenar los deberes de un
buen enfermo, como la paciencia y abnegación, y permanecer
manteniéndose fiel a todas las prescripciones de la voluntad
significada, salvo las excepciones y dispensas que puede
legitimar la enfermedad. Insiste mucho el santo Doctor sobre
que en esta concurrencia de voluntades «mientras el
beneplácito divino nos sea desconocido, es necesario
adherirnos lo más fuertemente posible a la voluntad de Dios
que nos es significada, cumpliendo cuidadosamente cuando a
ella se refiere; mas tan pronto como el beneplácito de su
divina Majestad se manifieste, es preciso rendirse
amorosamente a su obediencia, dispuestos siempre a
someternos así en las cosas desagradables como agradables,
en la muerte como en la vida, en fin, en todo cuanto no sea
manifiestamente contra la voluntad de Dios significada, pues
ésta es ante todo».
Estas nociones son algo áridas, pero
importa entenderlas bien y no olvidarlas, por la mucha luz que
derraman sobre las cuestiones siguientes.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Dim 19 Nov 2017, 5:32 pm

3. OBEDIENCIA A LA VOLUNTAD DE DIOS SIGNIFICADA

Dejamos ya establecido que la voluntad de Dios, tomada
en general, es la sola regla suprema, y que se avanzará en
perfección a medida que el alma se conforme con ella. Bajo
cualquier forma en que llegue hasta nosotros, sea como
voluntad significada o de beneplácito, es siempre la voluntad
de Dios, igualmente santa y adorable. La obra, pues, de
nuestra santificación implica la fidelidad a una y a otra. Sin
embargo, dejando por el momento a un lado el beneplácito
divino, querríamos hacer resaltar la importancia y necesidad
de adherirnos de todo corazón y durante toda nuestra
existencia a la voluntad significada, haciendo de ella el fondo
mismo de nuestro trabajo. Al fin de este capítulo daremos la
razón de nuestra insistencia sobre una verdad que parece
evidente.

La voluntad de Dios significada entraña, en primer lugar,
los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y nuestros deberes
de estado. Estos deben ser, ante todo, el objeto de nuestra
continua y vigilante fidelidad, pues son la base de la vida
espiritual; quitadla y veréis desplomarse todo el edificio.
«Teme a Dios -dice el Sabio- , y guarda sus mandamientos,
porque esto es el todo del hombre».
Podrá alguien figurarse
que las obras que sobrepasan el deber santifican más que las
de obligación, pero nada más falso. Santo Tomás enseña que
la perfección consiste, ante todo, en el fiel cumplimiento de la
ley. Por otra parte, Dios no podría aceptar favorablemente
nuestras obras supererogatorias, ejecutadas con detrimento
del deber, es decir, sustituyendo su voluntad por la nuestra.
La voluntad significada abraza, en segundo lugar, los
consejos. Cuando más los sigamos en conformidad con
nuestra vocación y nuestra condición, más semejantes nos
harán a nuestro divino Maestro, que es ahora nuestro amigo y
el Esposo de nuestras almas y que ha de ser un día nuestro
Soberano Juez. Ellos nos harán practicar las virtudes más
agradables a su divino corazón, tales como la dulzura, y la
humildad, la obediencia de espíritu y de voluntad, la castidad
virginal, la pobreza voluntaria, el perfecto desasimiento, la
abnegación llevada hasta el sacrificio y olvido de nosotros
mismos; en ellos también encontraremos el consiguiente
tesoro de méritos y santidad. Observándolos con fidelidad
apartaremos los principales obstáculos al fervor de la caridad,
los peligros que amenazan su existencia; en una palabra, los
consejos son el antemural de los preceptos. Según la
expresión original de José de Maistre: «Lo que basta no basta.
El que quiere hacer todo lo permitido, hará bien pronto lo que
no lo está; el que no hace sino lo estrictamente obligatorio,
bien pronto no lo hará completamente.»


La voluntad significada abraza por último las inspiraciones
de la gracia. «Estas inspiraciones son rayos divinos que
proyectan en las almas luz y calor para mostrarles el bien y
animarlas a practicarlo; son prendas de la divina predilección
con infinita variedad de formas; son sucesivamente y según
las circunstancias, atractivos, impulsos, reprensiones,
remordimientos, temores saludables, suavidades celestiales,
arranques del corazón, dulces y fuertes invitaciones al
ejercicio de alguna virtud. Las almas puras e interiores reciben
con frecuencia estas divinas inspiraciones, y conviene mucho
que las sigan con reconocimiento y fidelidad.»
¡ Es tan valioso
el apoyo que nos prestan! ¡Con cuánta razón decía el Apóstol:
«No extingáis el espíritu» , es decir, no rechacéis los piadosos
movimientos que la gracia imprime a vuestro corazón!

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Dim 10 Déc 2017, 10:37 am

¿Necesitaremos añadir que la voluntad significada nos
mandará, nos aconsejará, nos inspirará durante todo el curso
de nuestra vida? Siempre tendremos que respetar la autoridad
de Dios, pues nunca seremos tan ricos que podamos creernos
con derecho a desechar los tesoros que su voluntad nos haya
de proporcionar. Guardar con fidelidad la voluntad significada
es nuestro medio ordinario de reprimir la naturaleza y cultivar
las virtudes; por que la naturaleza nunca muere, y nuestras
virtudes pueden acrecentarse sin cesar. Aunque mil años
viviéramos y todos ellos los pasáramos en una labor asidua,
nunca llegaríamos a parecernos en todo a Nuestro Señor y ser
perfectos como nuestro Padre celestial.

No debemos omitir que para un religioso sus votos, sus
Reglas y la acción de los Superiores constituyen la principal
expresión de la voluntad significada, el deber de toda la vida y
el camino de la santidad.

Nuestras Reglas son guía absolutamente segura. La vida
religiosa «es una escuela del servicio divino», escuela
incomparable en la que Dios mismo, haciéndose nuestro
Maestro, nos instruye, nos modela, nos manifiesta su voluntad
para cada instante, nos explica hasta los menores detalles de
su servicio. El es quien nos asigna nuestras obras de
penitencia, nuestros ejercicios de contemplación, las mil
observancias con que quiere practiquemos la religión, la
humildad, la caridad fraterna y demás virtudes; nos indica
hasta las disposiciones íntimas que harán nuestra obediencia
dulce a Dios, fructuosa para nosotros. Esto supuesto, ¿qué
necesidad tenemos -dice San Francisco de Sales- que Dios
nos revele su voluntad por secretas inspiraciones, por visiones
y éxtasis? Tenemos una luz mucho más segura, «el amable y
común camino de una santa sumisión a la dirección así de las
Reglas como de los Superiores. »
«En verdad que sois
dichosas, hijas mías
-dice en otra parte-, en comparación con
los que estamos en el mundo. Cuando nosotros preguntamos
por el camino, quién nos dice: a la derecha; quién, a la
izquierda; y, en definitiva, muchas veces nos engañan. En
cambio vosotras no tenéis sino dejaros conducir,
permaneciendo tranquilamente en la barca. Vais por buen
derrotero; no hayáis miedo. La divina brújula es Nuestro
Señor; la barca son vuestras Reglas; los que la conducen son
los Superiores que, casi siempre, os dicen: Caminad por la
perpetua observancia de vuestras Reglas y llegaréis
felizmente a Dios. Bueno es, me diréis, caminar por las
Reglas; pero es camino general y Dios nos llama mediante
atractivos particulares; que no todas somos conducidas por el
mismo camino. -Tenéis razón al explicaros así; pero también
es cierto que, si este atractivo viene de Dios, os ha de
conducir a la obediencia» .

Nuestras Reglas son el medio principal y ordinario de
nuestra purificación. La obediencia, en efecto, nos despega y
purifica por las mil renuncias que impone y más aún por la
abnegación del juicio y de la voluntad propia que, según San
Alfonso, son la ruina de las virtudes, la fuente de todos los
males, la única puerta del pecado y de la imperfección, un
demonio de la peor ralea, el arma favorita del tentador contra
los religiosos, el verdugo de sus esclavos, un infierno
anticipado. Toda la perfección del religioso consiste, según
San Buenaventura, en la renuncia de la propia voluntad; que
es de tal valor y mérito, que se equipara al martirio; pues si el
hacha del verdugo hace rodar por tierra la cabeza de la
víctima, la espada de la obediencia inmola a Dios la voluntad
que es la cabeza del alma.»

CONTINUARÁ...

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Javier

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Date d'inscription : 26/02/2009

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