EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

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EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Ven 22 Sep 2017, 1:11 pm

EL SANTO ABANDONO

Dom Vital Lehodey



Naturaleza del santo abandono


1. La voluntad de Dios, regla suprema.

Queremos salvar nuestra alma y tender a la perfección de la vida espiritual, es decir, purificarnos de veras, progresar en todas las virtudes, llegar a la unión de amor con Dios, y por este medio transformarnos cada vez más en Él; he aquí la única obra a la que hemos consagrado nuestra vida: obra de una grandeza incomparable y de un trabajo casi sin límites; que nos proporciona la libertad, la paz, el gozo, la unción del Espíritu Santo, y exige a su vez sacrificios sin número, una paciente labor de toda la vida. Esta obra gigantesca no sería tan sólo difícil, sino absolutamente imposible si contásemos sólo con nuestras fuerzas, pues es de orden absolutamente sobrenatural.

"Todo lo puedo en Aquel que me conforta" 1; sin Dios sólo queda la absoluta impotencia, por nosotros nada podemos hacer: ni pensar en el bien, ni desearlo, ni cumplirlo. Y no hablemos de la enmienda de nuestros vicios, de la perfecta adquisición de las virtudes, de la vida de intimidad con Dios que representan un cúmulo enorme impotencias humanas y de intervenciones divinas. El hombre es, pues, un organismo maravilloso, por cuanto es capaz, con la ayuda de Dios, de llevar a cabo las obras más santas; pero es a la vez lo más pobre y necesitado que hay, ya que sin el auxilio divino no puede concebir siquiera el pensamiento de lo bueno. Por dicha nuestra, Dios ha querido salir fiador de nuestra salvación, por lo que jamás podremos bendecirle como se merece, pero no quiere salvarnos sin nosotros y, por consiguiente, debemos unir nuestra acción a la suya con celo tanto mayor cuanto sin Él nada podemos.

Nuestra santificación, nuestra salvación misma es, pues, obra de entrambos; para ella se precisan necesariamente la acción de Dios y nuestra cooperación, el acuerdo incesante de la voluntad divina y de la nuestra. El que trabaja con Dios aprovecha a cada instante; quien prescinde de Él cae, o se fatiga en estéril agitación. Es, pues, de importancia suma no obrar sino unidos con Dios, y esto, todos los días y a cada momento, así en nuestras menores acciones como en cualquier circunstancia, porque sin esta íntima colaboración se pierde trabajo y tiempo. ¡Cuántas obras, llenas en apariencia, quedarán vacías por sólo este motivo! Por no haberlas hecho en unión con Dios, a pesar del trabajo que nos costaron, se desvanecerán ante la luz de la eternidad como sueño que se nos va así que despertamos.


1 Phil 4, 15.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Dim 24 Sep 2017, 1:18 pm

Ahora bien, si Dios trabaja con nosotros en nuestra
santificación, justo es que El lleve la dirección de la obra: nada
se deberá hacer que no sea conforme a sus planes, bajo sus
órdenes y a impulsos de su gracia. El es el primer principio y
último fin; nosotros hemos nacido para obedecer a sus
determinaciones. Nos llama «a la escuela del servicio divino»,
para ser El nuestro maestro; nos coloca en «el taller del
Monasterio», para dirigir allí nuestro trabajo; «nos alista bajo
su bandera» para conducirnos El mismo al combate. Al
Soberano Dueño pertenece mandar, a la suma sabiduría
combinar todas las cosas; la criatura no puede colaborar sino
en segundo término con su Creador.

Esta continua dependencia de Dios nos impondrá
innumerables actos de abnegación, y no pocas veces
tendremos que sacrificar nuestras miras limitadas y nuestros
caprichosos deseos con las consiguientes quejas de la
naturaleza; mas guardémonos bien de escucharla. ¿Podrá
cabemos mayor fortuna que tener por guía la divina sabiduría
de Dios, y por ayuda la divina omnipotencia, y ser los socios
de Dios en la obra de nuestra salvación; sobre todo si se tiene
en cuenta que la empresa realizada en común sólo tiende a
nuestro personal provecho? Dios no reclama para sí sino su
gloria y hacernos bien, dejándonos todo el beneficio. El
perfecciona la naturaleza, nos eleva a una vida superior, nos
procura la verdadera dicha de este mundo y la
bienaventuranza en germen. ¡Ah, si comprendiéramos los
designios de Dios y nuestros verdaderos intereses! Seguro
que no tendríamos otro deseo que obedecerle con todo
esmero, ni otro temor que no obedecerle lo bastante; le
suplicaríamos e insistiríamos para que hiciera su voluntad y no
la nuestra. Porque abandonar su sabia y poderosa mano para
seguir nuestras pobres luces y vivir a merced de nuestra
fantasía, es verdadera locura y supremo infortunio.

Una consideración más nos mostrará «que en temer a Dios
y hacer lo que El quiere consiste todo el hombre»
; y es que la
voluntad divina, tomada en general, constituye la regla
suprema del bien, «la única regla de lo justo y lo perfecto»; y
que la medida de su cumplimiento es también la medida de
nuestro progreso.

«Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».
No basta pues, decir: ¡Señor, Señor!, para ser admitido en el
reino de los cielos; es necesario hacer la voluntad de nuestro
Padre que está en los cielos. «El que mantiene unida su
voluntad a la de Dios, vive y se salva: el que de ella se aparta
muere y se pierde».
«Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto
tienes, ven y sígueme».
Es decir, haz mejor la voluntad de
Dios, añade a la observancia de los preceptos la de los
consejos.

Si quieres subir hasta la cumbre de la perfección, cumple la
voluntad de Dios cada día más y mejor. Te irás elevando a
medida que tu obediencia venga la ser más universal en su
objetivo, más exacta en su ejecución, más sobrenatural en sus
motivos, más perfecta en las disposiciones de tu voluntad.
Consulta los libros santos, pregunta a la vida y a la doctrina de
nuestro Señor y verás que no se pide sino la fe que se afirma
con las obras, el amor que guarda fielmente la palabra de
Dios. Seremos perfectos en la medida que hagamos la
voluntad de Dios.


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Lun 25 Sep 2017, 12:28 pm

Este punto es de tal importancia que nos ha parecido
conveniente apoyarlo con algunas citas autorizadas.

«Toda la pretensión de quien comienza oración -y no se
olvide esto, que importa mucho- , ha de ser trabajar y
determinarse y disponerse con cuantas diligencias puedan
hacer que su voluntad se conforme con la de Dios; y, como
diré después, en esto consiste toda la mayor perfección que
se puede alcanzar en el camino espiritual. No penséis que hay
aquí más algarabías, ni cosas no sabidas y entendidas, que
en esto consiste todo nuestro bien».
La conformidad ha de
entenderse aquí en su más alto sentido.

«Cada cual -explica San Francisco de Sales- se forja la
perfección a su modo: unos la ponen en la austeridad de los
vestidos: otros, en la de los manjares, en la limosna, en la
frecuencia de los Sacramentos, en la oración, en una no sé
qué contemplación pasiva y supereminente: otros, en aquéllas
gracias que se llaman dones gratuitos: y se engañan tomando
los efectos por la causa, lo accesorio por lo principal, y con
frecuencia la sombra por el cuerpo... En cuanto a mí yo no sé
ni conozco otra perfección sino amar a Dios de todo corazón y
al prójimo como a nosotros mismos».
Y completa el
pensamiento en otra parte, cuando dice que «la devoción (o la
perfección) sólo añade al fuego de la caridad la llama que la
hace pronta, activa y diligente, no sólo en la guarda de los
mandamientos de Dios, sino también en la práctica de los
consejos e inspiraciones celestiales» .
Así como el amor de
Dios es la forma más elevada y más perfecta de la virtud, una
sumisión perfecta a la voluntad divina es la expresión más
sublime y más pura, la flor más exquisita de este amor... Por
otra parte, ¿no es evidente que, no existiendo nada tan bueno
y tan perfecto como la voluntad de Dios, se llegará a ser más
santo y más virtuoso, cuanto más perfectamente nos
conformemos con esta voluntad?

Un discípulo de San Alfonso ha resumido su doctrina
diciendo que personas que hacen consistir su santidad en
practicar muchas penitencias, comuniones, oraciones vocales,
viven evidentemente en la ilusión. Todas estas cosas no son
buenas sino en cuanto Dios las quiere, de otra suerte, en vez
de aceptarlas las detesta, pues tan sólo sirven de medios para
unirnos a la voluntad divina.

Tenemos verdadera satisfacción en repetirlo: toda la
perfección, toda la santidad consiste en ejecutar lo que Dios
quiere de nosotros; en una palabra, la voluntad divina es regla
de toda bondad y de toda virtud; por ser santa lo santifica
todo, aun las acciones indiferentes, cuando se ejecutan con el
fin de agradar a Dios... Si queremos santificación, debemos
aplicarnos únicamente a no seguir jamás nuestra propia
voluntad, sino siempre la de Dios porque todos los preceptos y
todos los consejos divinos se reducen en sustancia a hacer y
a sufrir cuanto Dios quiere y como Dios lo quiere. De ahí que
toda la perfección se puede resumir y expresar en estos
términos: «Hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios
hace».


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Mar 26 Sep 2017, 12:35 pm

«Toda nuestra perfección -dice San Alfonso- consiste en el
amor de nuestro Dios infinitamente amable; y toda la
perfección del amor divino consiste a su vez en la unión de
nuestra voluntad con la suya... Si deseamos, pues, agradar y
complacer al corazón de Dios, tratemos no sólo de
conformarnos en todo a su santa voluntad, sino de unificarnos
con ella (si así puedo expresarme), de suerte que de dos
voluntades no vengamos a formar sino una sola... Los santos
jamás se han propuesto otro objeto sino hacer la voluntad de
Dios, persuadidos de que en esto consiste toda la perfección
de un alma. El Señor llama a David hombre según su corazón,
porque este gran rey estaba siempre dispuesto a seguir la
voluntad divina; y Maria, la divina Madre, no ha sido la más
perfecta entre todos los santos, sino por haber estado de
continuo más perfectamente unida a la voluntad de Dios.»
Y el
Dios de sus amores, Jesús, el Santo por excelencia, el modelo
de toda perfección, ¿ha sido jamás otra cosa que el amor y la
obediencia personificados?... Por la abnegación que profesa a
su Padre y a las almas, sustituye a los holocaustos estériles y
se hace la Víctima universal. La voluntad de su Padre le
conducirá por toda suerte de sufrimientos y humillaciones,
hasta la muerte y muerte de cruz. Jesús lo sabe; pero
precisamente para esto bajó del cielo, para cumplir esa
voluntad, que a trueque de crucificarle, se convertiría en
fuente de vida. Desde su entrada en el mundo declara al
Padre que ha puesto su voluntad en medio de su corazón para
amarla, y en sus manos para ejecutarla fielmente. Esta
amorosa obediencia será su alimento, resumirá su vida oculta,
inspirará su vida pública hasta el punto de poder decir: «Yo
hago siempre lo que agrada a mi Padre»
; y en el momento de
la muerte lanzará bien alto su triunfante «Consummatum est»:
Padre mío, os he amado hasta el último límite, he terminado
mi obra de la Redención, porque he hecho vuestra voluntad,
sin omitir un solo ápice.

«Uniformar nuestra voluntad con la de Dios, he ahí la
cumbre de la perfección
-dice San Alfonso- , a eso debemos
aspirar de continuo, ése debe ser el fin de nuestras obras, de
todos nuestros deseos, de todas nuestras meditaciones, de
nuestros ruegos.»
A ejemplo de nuestro amado Jesús, no
veamos sino la voluntad de su Padre en todas las cosas; que
nuestra única ocupación sea cumplirla con fidelidad siempre
creciente e infatigable generosidad y por motivos totalmente
sobrenaturales. Este es el medio de seguir a Nuestro Señor a
grandes pasos y subir junto a El en la gloria. «Un día fue
conducida al cielo en visión la Beata Estefanía Soncino,
dominica, donde vio cómo muchos que ella había conocido en
vida estaban levantados a la misma jerarquía de los Serafines;
y tuvo revelación de que habían sido sublimados a tan alto
grado de gloria por la perfecta unión de voluntad con que
anduvieron unidos a la de Dios acá en la tierra.»


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Ven 29 Sep 2017, 5:37 am

2. LA VOLUNTAD DIVINA SIGNIFICADA Y LA VOLUNTAD DE
BENEPLACITO


La voluntad divina se muestra para nosotros reguladora y
operadora. Como reguladora, es la regla suprema del bien,
significada de diversas maneras; y que debemos seguir por la
razón de que todo lo que ella quiere es bueno, y porque nada
puede ser bueno sino lo que ella quiere. Como operadora, es
el principio universal del ser, de la vida, de la acción; todo se
hace como quiere, y no sucede cosa que no quiera, ni hay
efecto que no venga de esta primera causa, ni movimiento que
no se remonte a este primer motor, ni por tanto hay
acontecimiento, pequeño o grande, que no nos revele una
voluntad del divino beneplácito. A esta voluntad es deber
nuestro someternos, ya que Dios tiene absoluto derecho de
disponer de nosotros como le parece. Dios nos hace, pues,
conocer su voluntad por las reglas que nos ha señalado, o por
los acontecimientos que nos envía. He ahí la voluntad de Dios
significada y su voluntad de beneplácito.

La primera, «nos propone previa y claramente las
verdades que Dios quiere que creamos, los bienes que
esperemos, las penas que temamos, las cosas que amemos,
los mandamientos que observemos y los consejos que
sigamos. A esto llamamos voluntad significada, porque nos ha
significado y manifestado cuanto Dios quiere y se propone que
creamos, esperemos, temamos, amemos y practiquemos. La
conformidad de nuestro corazón con la voluntad significada
consiste en que queramos todo cuanto la divina Bondad nos
manifiesta ser de su intención; creyendo según su doctrina,
esperando según sus promesas, temiendo según sus
amenazas, amando y viviendo según sus mandatos y
advertencias»


La voluntad significada abraza cuatro partes, que son: los
mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, los consejos,
las inspiraciones, las Reglas y las Constituciones.

Es necesario que cada cual obedezca a los mandamientos
de Dios y de la Iglesia, porque es la voluntad de Dios absoluta
que quiere que los obedezcamos, si deseamos salvarnos.

Es también voluntad suya, no imperativa y absoluta, sino
de sólo deseo, que guardemos sus consejos; por lo cual, aun
cuando sin menosprecio los dejamos de cumplir por no
creernos con valor para emprender la obediencia a los
mismos, no por eso perdemos la caridad ni nos separamos de
Dios; además de que ni siquiera debemos acometer la
práctica de todos ellos, habiéndolos como los hay entre sí
opuestos, sino tan sólo los que fueren más conformes a
nuestra vocación... Hay que seguir, pues, concluye el santo,
los consejos que Dios quiere sigamos. No a todos conviene la
observancia de todos los consejos. Dados como están para
favorecer la caridad, ésta es la que ha de regular y medir su
ejecución... Los que tenemos que practicar los religiosos, son
los comprendidos en nuestras Reglas. Y a la verdad, nuestros
votos, nuestras leyes monásticas, las órdenes y consejos de
nuestros Superiores constituyen para nosotros la expresión de
la voluntad divina y el código de nuestros deberes de estado.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Lun 09 Oct 2017, 4:39 am

Poderosa razón tenemos para bendecir al divino Maestro,
pues ha tenido la amorosa solicitud de trazarnos hasta en los
más minuciosos detalles su voluntad acerca de la Comunidad
y sus miembros.

En las inspiraciones nos indica sus voluntades sobre cada
uno de nosotros más personalmente. « Santa María Egipciaca
se sintió inspirada al contemplar una imagen de nuestra
Señora; San Antonio, al oír el evangelio de la Misa; San
Agustín, al escuchar la vida de San Antonio; el duque de
Gandía, ante el cadáver de la emperatriz; San Pacomio,
viendo un ejemplo de caridad; San Ignacio de Loyola, leyendo
la vida de los santos»
; en una palabra, las inspiraciones nos
vienen por los más diversos medios. Unas sólo son ordinarias
en cuanto nos conducen a los ejercicios acostumbrados con
fervor no común; otras «se llaman extraordinarias porque
incitan a acciones contrarias a las leyes, reglas y costumbres
de la Santa Iglesia, por lo que son más admirables que
imitables.»
El piadoso Obispo de Ginebra indica con qué
señales se pueden discernir las inspiraciones divinas y la
manera de entenderlas, terminando con estas palabras: «Dios
nos significa su voluntad por sus inspiraciones. No quiere, sin
embargo, que distingamos por nosotros mismos sí lo que nos
ha inspirado es o no voluntad suya, menos aún que sigamos
sus inspiraciones sin discernimiento. No esperemos que El
nos manifieste por Sí mismo sus voluntades, o que envíe
ángeles para que nos las enseñen, sino que quiere que en las
cosas dudosas y de importancia recurramos a los que ha
puesto sobre nosotros para guiamos» .


Añadamos, por último, que los ejemplos de Nuestro Señor
y de los santos, la doctrina y la práctica de las virtudes
pertenecen a la voluntad de Dios significada; si bien es fácil
referirlas a una u otra de las cuatro señales que acabamos de
indicar.

«He ahí, pues, cómo nos manifiesta Dios sus voluntades
que nosotros llamamos voluntad significada. Hay además la
voluntad de beneplácito de Dios, la que hemos de
considerar en todos los acontecimientos, quiero decir, en todo
lo que nos sucede; en la enfermedad y en la muerte, en la
aflicción y en la consolación, en la adversidad y en la
prosperidad, en una palabra, en todas las cosas que no son
previstas.»
La voluntad de Dios se ve sin dificultad en los
acontecimientos que tienen a Dios directamente por autor; y lo
mismo en los que vienen de las criaturas no libres, porque si
obran es por la acción que reciben de Dios a quien sin
resistencia obedecen. Donde hay que ver la voluntad de Dios
es principalmente en las tribulaciones, que por más que El no
las ame por sí mismas, las quiere emplear, y efectivamente las
emplea, como excelente recurso para satisfacer el orden,
reparar nuestras faltas, curar y santificar las almas. Más aún,
hay que verla incluso en nuestros pecados y en los del
prójimo: voluntad permisiva, pero incontestable. Dios no
concurre a la forma del pecado que es lo que constituye su
malicia: lo aborrece infinitamente y hace cuanto está de su
parte para apartarnos de él; lo reprueba y lo castigará. Mas,
para no privarnos prácticamente de la libertad que nos ha
concedido, como nosotros nada podemos hacer sin su
concurso, lo da en cuanto a lo material del acto, que por lo
demás no es sino el ejercicio natural de nuestras facultades.
Por otra parte, El quiere sacar bien del mal, y para ello hace
que nuestras faltas y las del prójimo sirvan a la santificación
de las almas por la penitencia, la paciencia, la humildad, la
mutua tolerancia, etc. Quiere también que, aun cumpliendo el
deber de la corrección fraterna, soportemos al prójimo, que le
obedezcamos conforme a nuestras Reglas, viendo hasta en
sus exigencias y en sus sinrazones los instrumentos de que
Dios se sirve para ejercitamos en la virtud. Por esta razón, no
temía decir San Francisco de Sales que por medio de nuestro
prójimo es como especialmente Dios nos manifiesta lo que
desea de nosotros.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Ven 03 Nov 2017, 1:01 pm

Existen profundas diferencias entre la voluntad de Dios
significada y la de beneplácito.

1º La voluntad significada nos es conocida de antemano, y
por lo general, de manera clarísima mediante los signos del
pensamiento, a saber: la palabra y la escritura. De esta
manera conocemos el Evangelio, las leyes de la Iglesia,
nuestras santas Reglas; donde sin esfuerzo y a nuestro gusto
podemos leer la voluntad de Dios, confiarla a nuestra memoria
y meditarla. Las inspiraciones divinas y las órdenes de
nuestros Superiores sólo en apariencia son excepciones, pues
ellas tienen por objeto la ley escrita, cristiana o monástica. Al
contrario, «casi no se conoce el beneplácito divino más que
por los acontecimientos.»
Decimos casi, porque hay
excepciones; lo que Dios hará más tarde, podemos conocerlo
de antemano, si a El le place decirlo; también se puede
presentir, conjeturar, adivinar, ya por el rumbo actual de los
hechos, ya por las sabias disposiciones tomadas y las
imprudencias cometidas. Mas, en general, el beneplácito
divino se descubre a medida que los acontecimientos se van
desarrollando, los cuales están ordinariamente por encima de
nuestra previsión. Aun en el propio momento en que se
verifican, la voluntad de Dios permanece muy oscura: nos
envía, por ejemplo, la enfermedad, las sequedades interiores
u otras pruebas; en verdad que éste es actualmente su
beneplácito, mas ¿será durable? ¿Cuál será su desenlace? Lo
ignoramos.

2º De nosotros depende siempre o el conformarnos por la
obediencia a la voluntad de Dios significada o el sustraernos a
ella por la desobediencia. Y es que Dios, queriendo poner en
nuestras manos la vida o la muerte, nos deja la elección de
obedecer a su ley o de quebrantarla hasta el día de su justicia.
Por su voluntad de beneplácito, al contrario, dispone de
nosotros como Soberano; sin consultarnos, y a las veces aun
contra nuestros deseos, nos coloca en la situación que nos ha
preparado, y nos propone en ella el cumplimiento de los
deberes. Queda en nuestro poder cumplir o no estos deberes,
someternos al beneplácito o portarnos como rebeldes; mas es
preciso aguantar los acontecimientos, queramos o no, no
habiendo poder en el mundo que pueda detener su curso. Por
ese camino, como gobernador y juez supremo, Dios
restablece el orden y castiga el pecado; como Padre y
Salvador, nos recuerda nuestra dependencia y trata de
hacernos entrar en los senderos del deber, cuando nos hemos
emancipado y extraviado.

3º Esto supuesto, Dios nos pide la obediencia a su
voluntad significada como un efecto de nuestra elección y de
nuestra propia determinación. Para seguir un precepto o un
punto de regla, para producir los actos de las virtudes
teologales o morales, nos es preciso sin duda una gracia
secreta que nos previene y nos ayuda, gracia que nosotros
podemos alcanzar siempre por medio de la oración y de la
fidelidad. Pero aun cuando la voluntad de Dios nos sea
claramente significada, puestos en trance de cumplirla, lo
hacemos por nuestra propia determinación; no necesitamos
esperar un movimiento sensible de la gracia, una moción
especial del Espíritu Santo, digan lo que quieran los
semiquietistas antiguos y modernos. Por el contrario, si se
trata de la voluntad del beneplácito divino, es necesario
esperar a que Dios la declare mediante los acontecimientos:
sin esa declaración no sabemos lo que El espera de nosotros;
con ella, conocemos lo que desea de nosotros, primero, la
sumisión a su voluntad, después, el cumplimiento de los
deberes peculiares a tal o cual situación que El nos ha
deparado.

San Francisco de Sales hace, a este propósito, una
observación muy atinada: «Hay cosas en que es preciso juntar
la voluntad de Dios significada a la de beneplácito» .
Y cita
como ejemplo el caso de enfermedad. Además de la sumisión
a la Providencia divina será preciso llenar los deberes de un
buen enfermo, como la paciencia y abnegación, y permanecer
manteniéndose fiel a todas las prescripciones de la voluntad
significada, salvo las excepciones y dispensas que puede
legitimar la enfermedad. Insiste mucho el santo Doctor sobre
que en esta concurrencia de voluntades «mientras el
beneplácito divino nos sea desconocido, es necesario
adherirnos lo más fuertemente posible a la voluntad de Dios
que nos es significada, cumpliendo cuidadosamente cuando a
ella se refiere; mas tan pronto como el beneplácito de su
divina Majestad se manifieste, es preciso rendirse
amorosamente a su obediencia, dispuestos siempre a
someternos así en las cosas desagradables como agradables,
en la muerte como en la vida, en fin, en todo cuanto no sea
manifiestamente contra la voluntad de Dios significada, pues
ésta es ante todo».
Estas nociones son algo áridas, pero
importa entenderlas bien y no olvidarlas, por la mucha luz que
derraman sobre las cuestiones siguientes.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Dim 19 Nov 2017, 5:32 pm

3. OBEDIENCIA A LA VOLUNTAD DE DIOS SIGNIFICADA

Dejamos ya establecido que la voluntad de Dios, tomada
en general, es la sola regla suprema, y que se avanzará en
perfección a medida que el alma se conforme con ella. Bajo
cualquier forma en que llegue hasta nosotros, sea como
voluntad significada o de beneplácito, es siempre la voluntad
de Dios, igualmente santa y adorable. La obra, pues, de
nuestra santificación implica la fidelidad a una y a otra. Sin
embargo, dejando por el momento a un lado el beneplácito
divino, querríamos hacer resaltar la importancia y necesidad
de adherirnos de todo corazón y durante toda nuestra
existencia a la voluntad significada, haciendo de ella el fondo
mismo de nuestro trabajo. Al fin de este capítulo daremos la
razón de nuestra insistencia sobre una verdad que parece
evidente.

La voluntad de Dios significada entraña, en primer lugar,
los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y nuestros deberes
de estado. Estos deben ser, ante todo, el objeto de nuestra
continua y vigilante fidelidad, pues son la base de la vida
espiritual; quitadla y veréis desplomarse todo el edificio.
«Teme a Dios -dice el Sabio- , y guarda sus mandamientos,
porque esto es el todo del hombre».
Podrá alguien figurarse
que las obras que sobrepasan el deber santifican más que las
de obligación, pero nada más falso. Santo Tomás enseña que
la perfección consiste, ante todo, en el fiel cumplimiento de la
ley. Por otra parte, Dios no podría aceptar favorablemente
nuestras obras supererogatorias, ejecutadas con detrimento
del deber, es decir, sustituyendo su voluntad por la nuestra.
La voluntad significada abraza, en segundo lugar, los
consejos. Cuando más los sigamos en conformidad con
nuestra vocación y nuestra condición, más semejantes nos
harán a nuestro divino Maestro, que es ahora nuestro amigo y
el Esposo de nuestras almas y que ha de ser un día nuestro
Soberano Juez. Ellos nos harán practicar las virtudes más
agradables a su divino corazón, tales como la dulzura, y la
humildad, la obediencia de espíritu y de voluntad, la castidad
virginal, la pobreza voluntaria, el perfecto desasimiento, la
abnegación llevada hasta el sacrificio y olvido de nosotros
mismos; en ellos también encontraremos el consiguiente
tesoro de méritos y santidad. Observándolos con fidelidad
apartaremos los principales obstáculos al fervor de la caridad,
los peligros que amenazan su existencia; en una palabra, los
consejos son el antemural de los preceptos. Según la
expresión original de José de Maistre: «Lo que basta no basta.
El que quiere hacer todo lo permitido, hará bien pronto lo que
no lo está; el que no hace sino lo estrictamente obligatorio,
bien pronto no lo hará completamente.»


La voluntad significada abraza por último las inspiraciones
de la gracia. «Estas inspiraciones son rayos divinos que
proyectan en las almas luz y calor para mostrarles el bien y
animarlas a practicarlo; son prendas de la divina predilección
con infinita variedad de formas; son sucesivamente y según
las circunstancias, atractivos, impulsos, reprensiones,
remordimientos, temores saludables, suavidades celestiales,
arranques del corazón, dulces y fuertes invitaciones al
ejercicio de alguna virtud. Las almas puras e interiores reciben
con frecuencia estas divinas inspiraciones, y conviene mucho
que las sigan con reconocimiento y fidelidad.»
¡ Es tan valioso
el apoyo que nos prestan! ¡Con cuánta razón decía el Apóstol:
«No extingáis el espíritu» , es decir, no rechacéis los piadosos
movimientos que la gracia imprime a vuestro corazón!

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Dim 10 Déc 2017, 10:37 am

¿Necesitaremos añadir que la voluntad significada nos
mandará, nos aconsejará, nos inspirará durante todo el curso
de nuestra vida? Siempre tendremos que respetar la autoridad
de Dios, pues nunca seremos tan ricos que podamos creernos
con derecho a desechar los tesoros que su voluntad nos haya
de proporcionar. Guardar con fidelidad la voluntad significada
es nuestro medio ordinario de reprimir la naturaleza y cultivar
las virtudes; por que la naturaleza nunca muere, y nuestras
virtudes pueden acrecentarse sin cesar. Aunque mil años
viviéramos y todos ellos los pasáramos en una labor asidua,
nunca llegaríamos a parecernos en todo a Nuestro Señor y ser
perfectos como nuestro Padre celestial.

No debemos omitir que para un religioso sus votos, sus
Reglas y la acción de los Superiores constituyen la principal
expresión de la voluntad significada, el deber de toda la vida y
el camino de la santidad.

Nuestras Reglas son guía absolutamente segura. La vida
religiosa «es una escuela del servicio divino», escuela
incomparable en la que Dios mismo, haciéndose nuestro
Maestro, nos instruye, nos modela, nos manifiesta su voluntad
para cada instante, nos explica hasta los menores detalles de
su servicio. El es quien nos asigna nuestras obras de
penitencia, nuestros ejercicios de contemplación, las mil
observancias con que quiere practiquemos la religión, la
humildad, la caridad fraterna y demás virtudes; nos indica
hasta las disposiciones íntimas que harán nuestra obediencia
dulce a Dios, fructuosa para nosotros. Esto supuesto, ¿qué
necesidad tenemos -dice San Francisco de Sales- que Dios
nos revele su voluntad por secretas inspiraciones, por visiones
y éxtasis? Tenemos una luz mucho más segura, «el amable y
común camino de una santa sumisión a la dirección así de las
Reglas como de los Superiores. »
«En verdad que sois
dichosas, hijas mías
-dice en otra parte-, en comparación con
los que estamos en el mundo. Cuando nosotros preguntamos
por el camino, quién nos dice: a la derecha; quién, a la
izquierda; y, en definitiva, muchas veces nos engañan. En
cambio vosotras no tenéis sino dejaros conducir,
permaneciendo tranquilamente en la barca. Vais por buen
derrotero; no hayáis miedo. La divina brújula es Nuestro
Señor; la barca son vuestras Reglas; los que la conducen son
los Superiores que, casi siempre, os dicen: Caminad por la
perpetua observancia de vuestras Reglas y llegaréis
felizmente a Dios. Bueno es, me diréis, caminar por las
Reglas; pero es camino general y Dios nos llama mediante
atractivos particulares; que no todas somos conducidas por el
mismo camino. -Tenéis razón al explicaros así; pero también
es cierto que, si este atractivo viene de Dios, os ha de
conducir a la obediencia» .

Nuestras Reglas son el medio principal y ordinario de
nuestra purificación. La obediencia, en efecto, nos despega y
purifica por las mil renuncias que impone y más aún por la
abnegación del juicio y de la voluntad propia que, según San
Alfonso, son la ruina de las virtudes, la fuente de todos los
males, la única puerta del pecado y de la imperfección, un
demonio de la peor ralea, el arma favorita del tentador contra
los religiosos, el verdugo de sus esclavos, un infierno
anticipado. Toda la perfección del religioso consiste, según
San Buenaventura, en la renuncia de la propia voluntad; que
es de tal valor y mérito, que se equipara al martirio; pues si el
hacha del verdugo hace rodar por tierra la cabeza de la
víctima, la espada de la obediencia inmola a Dios la voluntad
que es la cabeza del alma.»

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Ven 20 Avr 2018, 5:03 pm

Nuestras Reglas son mina inagotable para el cielo, y
verdadera riqueza de la vida religiosa. Contra la obediencia,
en efecto, no hay sino pecado e imperfección; sin ella, los
actos más excelentes desmerecen; con ella lo que no está
prohibido llega a ser virtud, lo bueno se hace mejor. «Introduce
en el alma todas las virtudes, y una vez introducidas las
conserva»
, multiplica los actos del espíritu, santificando todos
los momentos de nuestra vida; nada deja a la naturaleza, sino
todo lo da a Dios. El divino Maestro, según la bella expresión
de San Bernardo, «ha hecho tan gran estima de esta virtud,
que se hizo obediente hasta la muerte, queriendo antes perder
la vida que la obediencia»
. Por eso todos los santos la han
ensalzado a porfía y han cultivado con ardiente celo esta
preciosa virtud tan amada de Nuestro Señor. El Abad Juan
podía decir, momentos antes de presentarse a Dios, que él
jamás había hecho la voluntad propia. San Dositeo, que no
podía practicar las duras abstinencias del desierto, fue con
todo elevado a un muy alto grado de gloria después de solos
cinco años de perfecta obediencia. San José de Calasanz
llamaba a la religiosa obediente, piedra preciosa del
Monasterio. La obediencia regular era para Santa María
Magdalena de Pazzis el camino más recto de la salvación
eterna y de la santidad. San Alfonso añade: «Es el único
camino que existe en la religión para llegar a la salvación y a
la santidad, y tan único, que no hay otro que pueda conducir a
ese término... Lo que diferencia a las religiosas perfectas de
las imperfectas, es sobre todo la obediencia.»
Y según San
Doroteo, «cuando viereis un solitario que se aparta de su
estado y cae en faltas considerables, persuadíos de que
semejante desgracia le acontece por haberse constituido guía
de sí mismo. Nada, en efecto, hay tan perjudicial y peligroso
como seguir el propio parecer y conducirse por propias
luces» .

«La suma perfección -dice Santa Teresa- claro es que no
está en regalos interiores, ni en grandes arrobamientos, ni en
visiones, ni en espíritu de profecía, sino en estar nuestra
voluntad tan conforme con la de Dios, que ninguna cosa
entendamos que quiere, que no la queramos con toda nuestra
voluntad y tan alegremente tomemos lo amargo como lo
sabroso, entendiendo que lo quiere su Majestad.»
De ello
ofrece la santa diversas razones; después añade: «Yo creo
que, como el demonio ve que no hay camino que más presto
llegue a la suma perfección que el de la obediencia, pone
tantos disgustos y dificultades debajo de color de bien.»
La
santa conoció personas sobrecargadas por la obediencia de
multitud de ocupaciones y asuntos, y, volviéndolas a ver
después de muchos años, las hallaba tan adelantadas en los
caminos de Dios que quedaba maravillada. « ¡ Oh dichosa
obediencia y distracción por ella, que tanto pudo alcanzar!»
.

San Francisco de Sales abunda en el mismo sentir: «En
cuanto a las almas que, ardientemente ganosas de su
adelantamiento, quisieran aventajar a todas las demás en la
virtud, harían mucho mejor con sólo seguir a la comunidad y
observar bien sus Reglas; pues no hay otro camino para llegar
a Dios.»
Era Santa Gertrudis de complexión débil y enfermiza,
por lo que su superiora la trataba con mayor suavidad que a
las demás, no permitiéndole las austeridades regulares.
«¿Qué diréis que hacía la pobrecita para llegar a ser santa?
Someterse humildemente a su Madre, nada más; y por más
que su fervor la impulsase a desear todo cuanto las otras
hacían, ninguna muestra daba, sin embargo, de tener tales
deseos. Cuando le mandaban retirarse a descansar, hacíalo
sencillamente y sin replicar; bien segura de que tan bien
gozaría de la presencia de su Esposo en la celda como si se
encontrara en el coro con sus compañeras. Jesucristo reveló a
Santa Matilde que si le querían hallar en esta vida le buscasen
primero en el Augusto Sacramento del Altar, después en el
corazón de Gertrudis.»
Cita el piadoso doctor otros ejemplos y
luego añade: «Necesario es imitar a estos santos religiosos,
aplicándonos humilde y fervorosamente a lo que Dios pide de
nosotros y conforme a nuestra vocación, y no juzgando poder
encontrar otro medio de perfección mejor que éste»
.


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Ven 18 Mai 2018, 1:38 pm

«Y a la verdad, siendo Dios mismo quien nos ha escogido
nuestro estado de vida y los medios de santificarnos, nada
puede ser mejor ni aun bueno para nosotros, fuera de esta
elección suya. Santa fue por cierto la ocupación de Marta, dice
un ilustre Fundador; santa también la contemplación de
Magdalena, no menos que la penitencia y las lágrimas con
que lavó los pies del Salvador; empero todas estas acciones,
para ser meritorias, hubieron de ejecutarse en Betania, es
decir, en la casa de la obediencia, según la etimología de esta
palabra; como si Nuestro Señor, según observa San Bernardo,
hubiera querido enseñarnos con esto que, ni el celo de las
buenas obras, ni la dulzura en la contemplación de las cosas
divinas, ni las lágrimas de la penitencia le hubiesen podido ser
agradables fuera de Betania».

La obediencia a la voluntad de Dios significada es, por
consiguiente, el medio normal para llegar a la perfección. Y no
es que queramos desestimar, ni mucho menos, la sumisión a
la voluntad de beneplácito, antes proclamamos su alta
importancia y su influencia decisiva. Pues Dios con esa su
voluntad nos depara y escoge los acontecimientos en vista de
nuestras particulares necesidades, prestando de esta manera
a la acción benéfica de nuestras reglas un apoyo siempre
utilísimo y a veces un complemento necesario; apoyo y
complemento tanto más precioso cuanto nos es más personal,
al contrario de las prescripciones de nuestras reglas, que por
fuerza han de ser generales. Sin embargo, no es menos cierto
que la obediencia a la voluntad significada sigue siendo, en
medio de los sucesos accidentales y variables, el medio fijo y
regular, la tarea de todos los días y de cada instante. Por ella
es preciso comenzar, por ella continuar y por ella concluir.

Hemos juzgado conveniente recordar esta verdad capital al
principio de nuestro estudio, a fin de que los justos elogios que
han de tributarse al Santo Abandono no exciten a nadie a
seguirle con celo exclusivo, como si él fuera la vía única y
completa. Forma, a no dudarlo, una parte importante del
camino, pero jamás podrá constituir la totalidad. De otra
suerte, ¿para qué guardamos la obediencia? Al descuidaría
nos perjudicaríamos enormemente, sobre todo si se atiende a
que durante todo el día, desde que el religioso se levanta
hasta que se acuesta, casi no hay momento en que le deje de
la mano y en que no lo dirija con alguna prescripción de regla;
además, que la voluntad de Dios sea significada de antemano
o declarada en el curso de los acontecimientos, siempre tiene
la obediencia los mismos derechos e impone los mismos
deberes y no nos es dado escoger entre ella y el abandono;
ambos deben ir de acuerdo y en unión estrechísima.

Ofrécese la oportunidad de señalar aquí ciertas
expresiones peligrosas. Decir, por ejemplo, que Dios «nos
lleva en brazos» o que nos hace adelantar «a largos pasos»
en el abandono, y al revés que nosotros damos «nuestros
cortos pasos» en la obediencia, ¿no es acaso rebajar el precio
de ésta y encarecer con exceso el valor del primero?

Si sólo se considera su objeto, la obediencia, es cierto, nos
invita por lo regular a dar pasos cortitos; mas, pudiéndose
contar éstos por cientos y por miles al día, su misma
multiplicidad y continuidad nos hacen ya adelantar muchísimo.
La constante fidelidad en las cosas pequeñas está muy lejos
de ser una virtud mediocre; antes bien, es un poderoso medio
de morir a sí mismo y de entregarse todo a Dios; es,
llamémosle con su verdadero nombre, el heroísmo oculto. Por
lo demás, ¿qué impide que nuestros pasos sean siempre
largos y aun más largos? Para ello no es necesario que el
objeto de la obediencia sea difícil o elevado, basta que las
intenciones sean puras y las disposiciones santas. La
Santísima Virgen ejecutaba acciones en apariencia
vulgarísimas, mas ponía en ellas toda su alma,
comunicándoles así un valor incomparable. ¿No podríamos,
en la debida proporción, hacer nosotros otro tanto?



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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Sam 26 Mai 2018, 12:54 pm

El abandono a su vez se ejercitará más frecuentemente en
cosas menudas que en pruebas fuertes. Además, no es cierto
que Dios por su voluntad de beneplácito nos «lleve en brazos»
y nos haga avanzar sin trabajo alguno de nuestra parte.
Ordinariamente al menos, pide activa cooperación y personal
esfuerzo del alma, cuyo espiritual aprovechamiento guarda
relación con esa su buena voluntad. Y al revés, ocasiones
habrá en que por desgracia contrariemos la acción de Dios,
enorgulleciéndonos en la prosperidad, rebelándonos en la
adversidad; en cuyo caso también caminaremos a largos
pasos, pero hacia atrás.

Dos cosas dejamos, pues, asentadas: primera, que
debemos respetar ambas voluntades divinas, esto es,
obedecer generosamente a la voluntad significada y
abandonarnos con confianza a la de beneplácito; y segunda,
que así en la obediencia como en el abandono Dios no quiere
en general santificarnos sin nosotros; siendo, por tanto,
necesario que nuestra acción concurra con la divina, y ello en
tal forma que la buena voluntad venga a ser la indicadora de
nuestro mayor o menor progreso.


4. CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE BENEPLÁCITO

Al reservar el nombre de obediencia para indicar el
cumplimiento de la voluntad significada, y el de la conformidad
para indicar la sumisión al beneplácito divino, hemos creído
seguir el uso más generalizado; con todo, preciso es
reconocer que reina una gran divergencia sobre este punto.
San Alfonso en particular expresa frecuentemente las dos
cosas bajo el nombre de conformidad. Será, pues, necesario
atender al contexto para ver en qué sentido toman los autores
estos términos.

Como todas las demás virtudes, la conformidad con la
Providencia, o la sumisión al beneplácito de Dios, abarca
muchos grados de perfección, ora se mire la acción más o
menos generosa de la voluntad, ora se considere el motivo
más o menos elevado de esta adhesión.

1º Tomando por base de esta clasificación la generosidad
con que adaptamos nuestro querer al de Dios, el P. Rodríguez
reduce estos grados a tres:

«El primero es cuando las cosas de pena que suceden, el
hombre no las desea ni las ama, antes las huye, pero quiere
sufrirlas antes que hacer cosa alguna de pecado por huirlas.
Este es el grado más ínfimo y de precepto; de manera que
aunque un hombre sienta pena, dolor y tristeza con los males
que le suceden, y aunque gima cuando está enfermo y dé
gritos con la vehemencia de los dolores, y aunque llore por la
muerte de los parientes, puede con todo eso tener esta
conformidad con la voluntad de Dios.

»El segundo grado es cuando el hombre, aunque no desea
los males que le suceden, ni los elige, pero después de
venidos los acepta de buena gana por ser aquélla la voluntad
y el beneplácito de Dios: de manera que añade este grado al
primero, tener alguna buena voluntad y algún amor a la pena
por Dios, y el quererla sufrir no solamente mientras está de
precepto obligado a sufrirla, sino también mientras el sufrirla
fuera más agradable a Dios.
El primer grado lleva las cosas
con paciencia; este segundo añade el llevarlas con prontitud y
facilidad.

»El tercero es cuando el siervo de Dios, por el grande amor
que tiene al Señor, no solamente sufre y acepta de buena
gana las penas y trabajos que le envía, sino los desea y se
alegra mucho con ellos, por ser aquella la voluntad de Dios».

Así es como los Apóstoles se regocijaban de haber sido
juzgados dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús, y
San Pablo rebosaba de gozo en medio de sus tribulaciones.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Lun 23 Juil 2018, 12:40 pm

¿Nos será permitido observar que el amor de donde
procede el segundo grado puede muy bien ser el amor de
esperanza, y que la diferencia entre este segundo grado y el
tercero tal vez estuviera declarada mejor de otro modo?

Esta clasificación es comúnmente admitida, de suerte que
aun variando los detalles, según los autores, el fondo es el
mismo. La encontramos ya en nuestro Padre San Bernardo, y
hasta nos parece que nadie ha estado tan acertado como él,
ni en precisar los grados ni en señalar los motivos. Recuerda
las tres vías clásicas de los principiantes, de los proficientes y
de los perfectos, asignándoles por móviles respectivos, el
temor, la esperanza y el amor; y luego añade: «El principiante,
impulsado por el temor, sufre la cruz de Cristo con paciencia;
el proficiente, impulsado por la esperanza, la lleva con gusto;
el que está consumado en la caridad la abraza ya con amor».


2º Atendiendo al motivo de nuestra conformidad con el
beneplácito de Dios, distinguiremos la que proviene de puro
amor, y la que procede de cualquier otra causa sobrenatural.

En opinión de San Bernardo, a los principiantes que no
poseen por lo general sino la simple resignación, esta
conformidad les viene del temor; los proficientes, en cambio,
llevan la cruz con gusto, y su conformidad es más elevada que
la anterior y tiene por causante la esperanza; los perfectos
abrazan la cruz con ardor, y esta perfecta conformidad es el
fruto del amor divino.

Entiéndese fácilmente que el temor basta para producir la
simple resignación; mas para que la sumisión crezca en
generosidad, para que suba hasta el gozo menester es
suponer un desasimiento más completo, una fe más viva, una
confianza en Dios más firme. Con todo no es necesariamente
hija del puro amor, ya que a tales alturas puede muy bien
elevarnos el deseo de los bienes eternos. Un alma ansiosa del
cielo tendrá por gran dicha las pequeñas pruebas y aun las
grandes tribulaciones, según se hallare de penetrada por las
seductoras promesas del Apóstol. «No son de comparar los
sufrimientos de la vida presente con la futura gloria que se ha
de manifestar en nosotros. Nuestras tribulaciones tan breves y
ligeras nos producen el eterno peso de una sublime e
incomparable gloria».


Hay, en fin, la conformidad por puro amor, que es en sí la
más perfecta, porque nada hay tan elevado, delicado,
generoso y perseverante como el amor sobrenatural. Ahora
bien, puesto que la caridad es para todos un mandamiento, no
hay al parecer, un solo fiel que no pueda emitir, al menos de
cuando en cuando, actos de conformidad por amor, actos que
él producirá mejor y con más gusto, conforme fuere creciendo
en caridad. Y aun día vendrá cuando, viviendo principalmente
por puro amor, también por puro amor se conforme con las
disposiciones de la Providencia, por lo menos de una manera
habitual. Mas también, así como el alma adelantada puede
elevarse de continuo en el amor santo, así igualmente podrá
crecer sin cesar en la conformidad que nace del amor.

Esto supuesto, ¿qué lugar ocupa el Santo Abandono entre
los mencionados grados de espiritual conformidad?
Indudablemente, el más encumbrado, y eso ya se mire a la
generosidad de la sumisión, ya al móvil de la misma.

Si se atiende a la generosidad, el Santo Abandono sólo
parece hallarse satisfecho en el grado superior; no así el
primer grado, es decir, en resignación, que no sube tan alto, y
que basta para la simple vida cristiana, pero no para la vida
perfecta, eso fuera de que no implica el total desasimiento y la
total entrega de la voluntad que es inherente al abandono; y lo
mismo se diga de lo que hemos llamado segundo grado, que
con ser más generoso que el anterior aún carece del completo
desapego, sin el cual no podría el alma mostrarse indiferente a
todo y poner enteramente su voluntad en manos de la
Providencia.

Si se considera el motivo determinante, el abandono es
una conformidad por amor, con particulares matices que le
dan un carácter acentuado de confianza filial y de total
donación. En una palabra, y como se verá mejor más
adelante, es la cumbre del amor y de la conformidad.

No sólo no quisiéramos restar méritos a la simple
resignación, como tampoco a la conformidad que no nace del
puro amor; al contrario, nos felicitaríamos de hacer resaltar su
valor e importancia. Pero nuestro designio es tratar
explícitamente tan sólo del Santo Abandono, y así
comenzaremos a describirle de manera clara y minuciosa
según la doctrina de San Francisco de Sales; esperando, sin
embargo, que las almas menos adelantadas en la conformidad
podrán seguir con provecho el desarrollo de nuestro trabajo, y,
habida la conveniente proporción, aplicarse muchas cosas.


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Mar 24 Juil 2018, 1:04 pm

5. NOCIÓN DEL ABANDONO

Ante todo, ¿por qué la palabra abandono? Monseñor Gay
va a darnos la respuesta en página luminosa harto conocida: «
Hablamos de abandono -dice-, no hablamos de obediencia...
La obediencia se refiere a la virtud cardinal de la justicia, en
tanto que el abandono entronca en la virtud teologal de la
caridad. Tampoco decimos resignación; pues aunque la
resignación mira naturalmente a la voluntad divina, y no la
mira sino para someterse a ella, pero sólo entrega, por decirlo
así, a Dios una voluntad vencida, una voluntad, por
consiguiente, que no se ha rendido al instante y que no cede
sino sobreponiéndose a sí misma. El abandono va mucho más
lejos. El término aceptación tampoco sería adecuado; porque
la voluntad del hombre que acepta la de Dios... parece no
subordinársele sino después de haber comprobado sus
derechos. De manera que no nos conduce a donde queremos
ir. La aquiescencia casi, casi, nos conduciría... pero, ¿quién no
ve que semejante acto implica todavía una ligera discusión
interior, y que la voluntad asustada primero ante el poder
divino sólo se aquieta y se deja manejar después de tal
discusión y desconfianza? Hubiéramos podido emplear la
palabra conformidad, que es convenientísima y, si cabe, la
consagrada para la materia, como lo hiciera el P. Rodríguez,
que con este título compuso un excelente tratado en su libro
tan recomendable: De la Perfección y Virtudes cristianas. Sin
embargo, este vocablo refleja mejor un estado que un acto;
estado que por lo demás parece presuponer una especie de
ajuste asaz laborioso y paciente. Al pronunciarla surge la idea
de un modelo que un artista se hubiese esforzado por imitar
después de contemplarlo y admirarlo. Y aun cuando la
conformidad se lograra sin trabajo, siempre quedaría algo, un
no pequeño resabio de frialdad... ¿Nos hubiéramos expresado
con más acierto de habernos servido de la palabra indiferencia
(palabra mágica en los ejercicios de San Ignacio), la cual es
muy usual y también muy exacta por cuanto expresa el estado
de un alma que rinde a la voluntad de Dios el perfecto
homenaje de que pretendemos hablar...? Es palabra negativa,
pero el amor se sirve de ella tan sólo como de escabel, siendo
cierto que nada hay en definitiva tan real como el amor. La
palabra más indicada en nuestro caso era, por tanto,
abandono».

Y en verdad, no hay otra que así describa el movimiento
amoroso y confiado con que nos echamos en manos de la
Providencia, al igual que un niño en los brazos de su madre.
Es cierto que esta expresión estuvo arrinconada largo tiempo
en atención al abuso que de ella hicieron los quietistas, pero
recobró ya el derecho de ciudadanía y hoy la emplean todos
de un modo corriente; nosotros haremos lo mismo, después
de precisar su sentido.

«Abandonar nuestra alma y dejarnos a nosotros mismos
-dice el piadoso Obispo de Ginebra-, no es otra cosa que
despojarnos de nuestra propia voluntad para dársela a Dios.»
En este movimiento de amor, que es el acto mismo del
abandono, hay, por consiguiente, un punto de partida y otro de
término; porque es preciso que la voluntad salga de sí misma
para entregarse toda a Dios. Síguese, pues, que el abandono
contiene dos elementos que hemos de estudiar: la santa
indiferencia y el entregamiento completo de nuestra voluntad
en manos de la Providencia; el primero es condición
necesaria, y elemento constitutivo el segundo.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Jeu 26 Juil 2018, 12:50 pm

1º La santa indiferencia

Sin la santa indiferencia el abandono resultará imposible.
Nada es en sí tan amable como la voluntad de Dios.
Significada de antemano o manifestada por los
acontecimientos, a nada tiende si no es a conducirnos a la
vida eterna, a enriquecernos desde ahora con un aumento de
fe, de caridad y de buenas obras. Dios mismo es quien viene a
nosotros como Padre y Salvador, con el corazón rebosante de
ternura y las manos llenas de beneficios. Mas con ser tan
amable y todo, ésta su voluntad halla en nosotros no pocos
obstáculos. En efecto, la ley divina, nuestras Reglas, las
inspiraciones de la gracia, la práctica esmerada de las
virtudes, todo cuanto pertenece a la voluntad significada, nos
impone mil sacrificios diarios; eso sin contar otra porción de
dificultades imprevistas y añadidas con frecuencia por el divino
beneplácito a las cruces de antemano conocidas. La mayor
dificultad, sin embargo, viene del pecado original, que nos deja
llenos de orgullo y sensualidad e infestados de la triple
concupiscencia: la humillación, la privación, el dolor, aun los
más imprescindibles, nos repugnan; el placer lícito o ilícito, la
gloria y los falsos bienes nos fascinan; el demonio, el mundo,
los objetos creados, los acontecimientos, todo conspira a
despertar en nosotros estos gustos y estas repugnancias. Son
harto numerosos los motivos por los cuales corremos
frecuentes riesgos de rechazar la voluntad divina, e incluso de
no verla.

¿Quién nos abrirá los ojos del espíritu? ¿Quién
desembarazará nuestra voluntad de tantos estorbos si no es la
mortificación cristiana en todas sus formas? De ella hemos
menester no pequeña dosis para asegurar la simple
resignación; y el no tenerla así es causa de que haya tantos
rebeldes, quejumbrosos, descontentos, tan pocos
enteramente sumisos y por lo mismo tantísimos desgraciados,
y tan poquitas almas de verdad felices. Y, sin embargo, aún se
precisa mucho más para hacer posible el abandono, por lo
menos el abandono habitual. ¿Podrá elevarse hacia Dios la
voluntad ligada a la tierra por el cable del pecado, o por los
lazos de mil aficioncillas? ¿Se pondrá en manos de Dios,
como un niño en los brazos de su madre, dispuesta a todas
sus determinaciones, aun las más mortificantes, si no ha
adquirido la firmeza que da el espíritu de sacrificio, si no ha
disciplinado las pasiones, si no se ha vuelto indiferente a todo
lo que no es Dios y su voluntad santísima? La voluntad
humana debe, pues, ante todo acostumbrarse y disponerse
(cosa que generalmente no conseguirá sin paciencia y
prolongado trabajo) a sentir privaciones y soportar quebrantos,
a no hacer caso del placer ni del dolor; en una palabra, debe
aprender lo que los santos llamaban perfecto desasimiento y
santa indiferencia.

Por lo menos necesitará la indiferencia de apreciación y de
voluntad. Una vez así dispuesta y hondamente convencida de
que Dios lo es todo, y que las criaturas nada son o nada
significan, ya nada querrá ver ni desear en las cosas
temporales, sino sólo a Dios, a quien ama y por quien anhela,
y a su santísima voluntad, guía único que la podrá conducir a
su propio fin. ¡ Ojalá haya adquirido también en gran cantidad
la indiferencia de gusto, de suerte que el mundo y sus
pasatiempos, los bienes y honores de acá abajo, todo cuanto
pueda alejarla de Dios le inspire disgusto, todo cuanto la lleve
a Dios, aunque sea el padecimiento, le agrade, cual acontece
a las almas que tienen hambre y sed de Dios! ¡ Cuán facilitada
encontraría así el alma la práctica del Santo Abandono!

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Ven 27 Juil 2018, 11:27 am

Esta indiferencia no es insensibilidad enfermiza, ni cobarde
y perezosa apatía, ni mucho menos el orgulloso desdén
estoico que decía al dolor: «Tú no eres sino una llana
palabra.»
Es la energía singular de una voluntad que,
vivamente esclarecida por la razón y la fe, desprendida de
todas las cosas, dueña por completo de sí misma, en la
plenitud de su libre albedrío, aúna todas sus fuerzas para
concentrarías en Dios, y en su santísima voluntad: merced
a esta apreciación, ya de ninguna criatura se deja mover
por atractiva o repulsiva que se la suponga, fija siempre en
conservarse pronta a cualquier acontecimiento, lo mismo a
obrar que a estar parada, esperando que la Providencia
declare su beneplácito.

Un alma santamente indiferente se parece a una balanza
en equilibrio, dispuesta a ladearse a la parte que quiera la
voluntad divina; a una materia prima igualmente preparada
para recibir cualquiera forma o a una hoja de papel en blanco
sobre la cual Dios puede escribir a su gusto. La comparan
también « a un licor que, no teniendo por si propio forma,
adopta la del vaso que lo contiene. Ponedlo en diez vasos
diferentes y lo veréis tomar diez formas diferentes, y tomarlas
así que es vertido en ellos».
Esta alma es flexible y tratable,
como «una bola de cera en las manos de Dios, para recibir
igualmente todas las impresiones del eterno beneplácito»
o
como «un niño que aún no dispone de voluntad, para querer ni
amar cosa alguna»
, o, en fin, «permanece en la presencia de
Dios como una bestia de carga».
«Una bestia de carga jamás
anda con preferencias ni distingos en el servicio de su dueño:
ni en cuanto al tiempo, ni en cuanto al lugar, ni en cuanto a
la persona, ni en cuanto a la carga; os prestará servicio en la
ciudad y en el campo, en las montañas y en los valles; la
podéis conducir a derecha e izquierda, e irá a donde
quisiereis; a todas horas estará aparejada, por la mañana, a la
tarde, de día, de noche; con la misma facilidad se dejará guiar
de un niño que de un adulto, y tan holgada y contenta se
mostrará acarreando estiércol como tisúes, diamantes y
rubíes.»

Por lo mismo que el alma se halla así dispuesta, «toda
manifestación de la voluntad divina, cualquiera que fuere, la
encuentra libre y se la apropia como terreno que a nadie
pertenece. Todo le parece igualmente bueno: ser mucho, ser
poco, no ser nada; mandar, obedecer a éste y al de más allá;
ser humillada, ser tenida en olvido; padecer necesidad o estar
bien provista; disponer de mucho tiempo o estar abrumada de
trabajo; estar sola o acompañada y en aquella compañía que
uno desea; contemplar extenso camino ante sí o no ver sino lo
preciso del suelo para poner el pie; sentir consuelos o
sequedades y en tales sequedades ser tentada; disfrutar de
salud o llevar una vida enfermiza, arrastrada y lánguida por
tiempo indeterminado; estar imposibilitada y convertirse en
carga molesta para la Comunidad a la que se había venido a
servir; vivir largo tiempo, morir pronto, morir ahora mismo; todo
le agrada. Lo quiere todo por lo mismo que no quiere nada, y
no quiere nada por lo mismo que lo quiere todo».


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Mer 01 Aoû 2018, 1:31 pm

2º El entregamiento completo

La santa indiferencia ha hecho posible el entregamiento
completo de nosotros mismos en las manos de Dios.
Añadamos ahora que esta entrega amorosa, confiada y filial
es elemento positivo del abandono y su principio constitutivo.
Para precisar bien su significado y extensión, se han de
considerar dos momentos psicológicos, según que los hechos
estén aún por suceder o hayan sucedido.

Antes de suceder, con previsión o sin ella, esa entrega es,
según la doctrina de San Francisco de Sales, «una simple y
general espera»
, una disposición filial para recibir cuanto
quiera Dios enviar, con la dulce tranquilidad de un niño en los
brazos de su madre. En tal estado, ¿tendremos obligación de
adoptar prudentes providencias y el derecho a querer y elegir?
Es cosa que hemos de averiguar en los capítulos siguientes.
En todo caso, la actitud preferida de un alma indiferente a las
cosas de aquí abajo, plenamente desconfiada de su propio
parecer y amorosamente confiada en Dios solo, es, según la
doctrina del mismo santo Doctor, «no entretenerse en desear y
querer las cosas (cuya decisión se ha reservado Dios para sí),
sino dejarle que las quiera y las haga por nosotros conforme le
agradare».

Después de suceder los hechos y cuando ya han
declarado el beneplácito divino, «esta simple espera se
convierte en consentimiento o aquiescencia».
«Desde el
momento en que una cosa se le presenta así divinamente
esclarecida y consagrada, el alma se entrega con celo y con
pasión se adhiere a ella; porque el amor es el fondo de su
estado y el secreto de su aparente indiferencia, siendo su vida
tan intensa precisamente porque abstraída de todo lo demás,
en él se halla reconcentrada por completo. Por donde, siempre
que la voluntad divina pide algo que a esta alma se refiera, y
cuando todos la notarían de insensible y fría, la vemos
conmoverse en sus mismas entrañas. A semejanza de un niño
dormido a quien no pudiera despertar su madre sin que la
tendiese sus bracitos, así sonríe ella a todas las muestras del
querer divino, que abraza con piadosa ternura. Su docilidad es
activa y su indiferencia amorosa. No es para Dios más que un
sí viviente. Cada suspiro que exhala y cada paso que da es un
amén ardiente que va a juntarse con aquel otro amén del cielo
con el cual concuerda.»

San Francisco de Sales llama a este abandono «el tránsito
o muerte de la voluntad»
, en el sentido de que «nuestra
voluntad traspasa los límites de su vida ordinaria para vivir
toda en la voluntad divina; cosa que ocurre cuando no sabe ni
desea ya querer nada, si no es abandonarse sin reservas a la
Providencia, mezclándose y anegándose de tal suerte en el
beneplácito divino que no aparezca más por ninguna parte».
Venturosa muerte, por la cual se eleva uno a superior vida,
«como se eleva todas las mañanas la claridad de las estrellas
y se cambia con la luz esplendorosa del sol, al aparecer éste
trayendo el día».


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Jeu 02 Aoû 2018, 11:01 am

Dos grados hay, según el piadoso Doctor, en este traspaso
de nuestra voluntad a la de Dios: en el primero el alma aún
presta atención a los acontecimientos, pero bendice en ellos a
la Providencia. El autor de la Imitación hácelo en estos
términos: «Señor: esté mi voluntad firme y recta contigo, y haz
de mí lo que te agradare... Si quieres que esté en tinieblas,
bendito seas, y si quieres que esté en luz, también seas
bendito; si te dignares consolarme, bendito seas; y si me
quieres atribular, también seas bendito para siempre».
En el
segundo grado, el alma ni siquiera presta atención a los
acontecimientos; y por más que los sienta, aparta de ellos su
corazón aplicándole a «la dulzura y Bondad divinas, que
bendice no ya en sus efectos ni en los sucesos que ordena,
sino en sí misma y en su propia excelencia... lo que sin duda
constituye un ejercicio mucho más eminente».


Para mejor dar a entender y gustar la santa indiferencia o
el amoroso abandono de nuestro querer en las manos de
Dios, el piadoso Obispo de Ginebra nos propone magníficos
ejemplos y deliciosísimas comparaciones. En la imposibilidad
de citarlos aquí, rogamos a nuestros lectores que consulten el
texto mismo. Propone como modelos a Santa María
Magdalena, a la suegra de San Pedro, a Margarita de
Provenza, esposa de San Luis. ¿Quién no conoce los
apólogos tan ingeniosos y tan suaves de la estatua en su
nicho, del músico que se queda sordo y de la hija del cirujano?
Se leerán y releerán veinte veces con tanto gusto como
edificación. El piadoso autor muestra marcada preferencia por
determinados símiles y comparaciones; y así dice: un criado
en seguimiento de su señor no se dirige a ninguna parte por
propia voluntad, sino por la de su amo; un viajero, embarcado
en la nave de la divina Providencia, se deja mover según el
movimiento del barco, y no debe tener otro querer sino el de
dejarse llevar por el querer de Dios; el niño que aún no
dispone de su voluntad, deja a su madre el cuidado de ir,
hacer y querer lo que creyere mejor para él. Ved sobre todo al
dulcísimo Niño Jesús en los brazos de la Santísima Virgen,
cómo su buena Madre anda por El y quiere por El; Jesús la
deja el cuidado de querer y andar por El, sin inquirir adonde
va, ni si camina de prisa o despacio; bástale permanecer en
los brazos de su dulcísima Madre.

Una vez descrito el abandono en sus líneas más
generales, vamos a ver ahora en sendos capítulos cómo no
excluye ni la prudencia ni la oración, ni los deseos, ni los
esfuerzos personales ni el sentimiento de las penas.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Sam 04 Aoû 2018, 11:47 am

6. ABANDONO Y PRUDENCIA

Por perfectas que sean nuestra confianza en Dios y
nuestra total entrega en manos de la Providencia para cuanto
sea de su agrado, jamás quedaremos dispensados de seguir
las reglas de la prudencia. La práctica de esta virtud, natural y
sobrenatural, pertenece a la voluntad significada: es ley
estable y de todos los días. Dios quiere ayudarnos, pero a
condición de que hagamos lo que de nosotros depende: «A
Dios rogando y con el mazo dando»
, dice el refrán, obrar de
otra manera es tentar a Dios y perturbar el orden por El
establecido. A todos predica Nuestro Señor la confianza, pero
a nadie autoriza la imprevisión y la pereza. No exige que los
lirios hilen, ni que las aves cosechen; mas a los hombres nos
ha dotado de inteligencia, previsión y libertad, y de ellas quiere
que nos valgamos. Abandonarse a Dios sin reserva y sin
poner cuanto estuviere de nuestra parte sería descuido y
negligencia culpables. Mejor calificación merece la piedad de
David, el cual, aunque espera resignado cuanto Dios tuviere a
bien disponer respecto de su reino y de su persona durante el
levantamiento de Absalón, no por eso deja de dar
inmediatamente a las tropas y a sus consejeros y principales
confidentes las órdenes necesarias para procurarse un lugar
retirado y seguro, y para restablecer su posición política. «Dios
lo quiere...»
, así hablaba Bossuet a los quietistas de su
tiempo, que so pretexto de dejar obrar a Dios, echaban a un
lado la previsión y solicitud moderadas. Y añade: «Ved ahí en
qué consiste, según la doctrina apostólica, el abandono del
cristiano, el cual bien a las claras se ve que presupone dos
fundamentos: primero, creer que Dios cuida de nosotros; y
segundo, convencerse de que no son menos necesarias la
acción y la previsión personales; lo demás seria tentar a
Dios».


Porque si hay sucesos que escapan a nuestra previsión y
que dependen únicamente del beneplácito divino, como lo son
respecto a nosotros las calamidades públicas o los casos de
fuerza mayor, hay otros en que la prudencia tiene que
desempeñar un papel importante, ya para prevenir
eventualidades molestas, ya para atenuar sus consecuencias,
ya también para sacar siempre de ellos nuestro provecho
espiritual. Citemos sólo algunos ejemplos. Con absoluta
confianza debemos creer que Dios no ha de permitir seamos
tentados por encima de nuestras fuerzas, fiel como es a sus
promesas; mas esto a condición de que «quien piensa que
está firme, mire no caiga»
, y de que cada uno «vele y ore para
no caer en la tentación»
. En las consolaciones y sequedades,
en las luces y oscuridades, en la calma y tempestad, en medio
de estas u otras vicisitudes que agitan la vida espiritual,
habremos de comenzar por suprimir, si de ello hubiere
necesidad, la negligencia, la disipación, los apegos, cuantas
causas voluntarias se opongan a la gracia; procurando al
mismo tiempo permanecer constantes en nuestro deber en
contra de tantas variaciones. Sólo así tendremos derecho de
abandonarnos con amor y confianza al beneplácito divino.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Lun 06 Aoû 2018, 1:04 pm

Lo propio deberán hacer las personas que desempeñen
cargos cuando pasen por alternativas de acierto y de fracaso;
las cuales, ora se les ponga el cielo claro y sereno, ora
encapotado, siempre tendrán el deber y habrán de sentir la
necesidad de confiarse a la divina Providencia; empero «no
conviene que el superior, so pretexto de vivir abandonado a
Dios y de reposar en su seno, descuide las enseñanzas
propias de su cargo»
, y deje de cumplir sus obligaciones. Y lo
mismo en lo concerniente a lo temporal; sea cual fuere el
abandono en Dios, es de necesidad que uno siembre y
coseche y que otro confeccione los vestidos, que éste prepare
la comida y así en todo lo demás. Otro tanto ha de decirse en
cuanto a la salud y la enfermedad. Nadie tiene derecho a
comprometer su vida por culpables imprudencias, debiendo
cada cual tener un cuidado razonable de su salud; y si es del
agrado de Dios que uno caiga enfermo, «quiere El por
voluntad declarada que se empleen los remedios
convenientes para la curación; un seglar llamará al médico y
adoptará los remedios comunes y ordinarios; un religioso
hablará con los superiores y se atendrá a lo que éstos
dispusieren»
. Así han obrado siempre los santos, y si a veces
los vemos abandonar las vías de la prudencia ordinaria,
hacíanlo para conducirse por principios de una prudencia
superior.

El abandono no dispensa, pues, de la prudencia, pero
destierra la inquietud. Nuestro Señor condena con insistencia
la solicitud exagerada, en lo que se refiere al alimento, a la
bebida, al vestido, porque, ¿cómo podrá el Padre celestial
desamparar a sus hijos de la tierra, cuando proporciona la
ración ordinaria a las avecillas del cielo que no siembran, ni
siegan, ni tienen graneros, y cuando a los lirios del campo,
que no tejen ni hilan, los viste con galas que envidiaría el rey
Salomón? San Pedro nos invita también a depositar en Dios
todos nuestros cuidados, todas nuestras preocupaciones
porque el Señor vela por nosotros. Habíalo ya dicho el
Salmista: «Arroja en el seno de Dios todas tus necesidades y
El te sostendrá: no dejará al justo en agitación perpetua».

En parecidos términos se expresa San Francisco de Sales
hablando de la prudencia unida al abandono; quiere el santo
que ante todo cumplamos la voluntad significada; que
guardemos nuestros votos, nuestras Reglas, la obediencia a
los superiores, pues no hay camino más seguro para nosotros;
que asimismo hagamos la voluntad de Dios declarada en la
enfermedad, en las consolaciones, en las sequedades y en
otros sucesos semejantes; en una palabra, que pongamos
todo el cuidado que Dios quiere en nuestra perfección. Hecho
esto, el santo pide que «desechemos todo cuidado superfluo e
inquieto que de ordinario tenemos acerca de nosotros mismos
y de nuestra perfección aplicándonos sencillamente a nuestra
labor y abandonándonos sin reserva en manos de la divina
Bondad, por lo que mira a las cosas temporales, pero sobre
todo en lo que se refiere a nuestra vida espiritual y a nuestra
perfección».
Porque «estas inquietudes provienen de deseos
que el amor propio nos sugiere y del cariño que en nosotros y
para nosotros nos tenemos».


Esta unión moderada de la prudencia con el abandono es
doctrina constante en el Santo Doctor. Cierto que en alguna
parte al alma de veras confiada la invita a «embarcarse en el
mar de la divina Providencia sin provisiones, ni remos, ni
virador, sin velas, sin ninguna suerte de provisiones… no
cuidándose de cosa alguna, ni aun del propio cuerpo o de la
propia alma.., pues Nuestro Señor mirará suficientemente por
quien se entregó del todo en sus manos».
Mas el piadoso
Doctor estaba hablando de la huida a Egipto, es decir, de uno
de esos trances en que siendo imposible al hombre prever ni
proveerse, no le queda más remedio que entregarse y
confiarse de todo en todo a la divina Providencia.

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Message  Javier le Mer 08 Aoû 2018, 12:48 pm

7. LOS DESEOS Y PETICIONES EN EL ABANDONO

No hablamos aquí de los gustos y repugnancias
comoquiera, sino de los deseos voluntariamente formados y
adrede proseguidos, de esos deseos que se convierten en
resoluciones, en peticiones y esfuerzos. ¿Son compatibles o
no con el Santo Abandono?

Que lo sean con la simple resignación, nadie lo duda,
«pues aunque la resignación -dice San Francisco de Sales-
prefiere la voluntad de Dios a todas las cosas, mas no por eso
deja de amar otras muchas además de la voluntad de Dios»
; y
aduciendo el ejemplo de un moribundo, añade: «Preferiría vivir
en lugar de morir, pero en vista de que el beneplácito de Dios
es que muera..., acepta de buena gana la muerte por más que
continuaría viviendo aún con mayor gusto.»
¿Sucede lo propio
con la perfecta indiferencia y el santo abandono? ¿Es ir contra
la perfección del abandono desear y pedir que tal o cual
acontecimiento feliz se realice y perdure, que tal prueba
espiritual o temporal no se presente o acabe?

En general, y salvo posibles excepciones, se pueden
formar deseos y peticiones de este género, pero no hay
obligación.

Hay derecho de hacerlo. Pues Molinos fue condenado por
haber sostenido la proposición siguiente: «No conviene que
quien se ha resignado a la voluntad de Dios le haga ninguna
súplica; porque, siendo ésta un acto de voluntad y elección
propias, y pretendiéndose con ellas que la voluntad divina se
amolde a la nuestra, vendría a resultar una verdadera
imperfección. Las palabras evangélicas "pedid y recibiréis no
las dijo Jesucristo para las almas interiores que no quieren
poseer voluntad propia. Es más, estas almas llegan a no
poder dirigir a Dios una petición.»

«No temáis, pues -dice el Padre Baltasar Álvarez-, desear y
pedir la salud, si estáis decididos a emplearla puramente en
servicio de Dios: tal deseo, en vez de ofenderle, le agradará.
En apoyo de mi aserto puedo citar su propio testimonio: Mi
amor a las almas es tan grande, decía El a Santa Gertrudis,
que me fuerza a secundar los deseos de los justos, siempre
que estén inspirados en un celo puro y humanamente
desinteresado. ¿Hay enfermos que desean de veras la salud
para servirme mejor?, que me la pidan con toda confianza.
Más aún: si la desean para merecer mayor galardón, me
dejaré doblegar, pues les amo hasta el extremo de asemejar
sus intereses a los míos.»


En idéntico sentido se expresa San Alfonso: «Cuando las
enfermedades nos aflijan con toda su agudeza, no será falta
darlas a conocer a nuestros amigos, ni aun pedir al Señor que
nos libre de ellas. No hablo sino de los grandes
padecimientos.»
La misma doctrina enseña a propósito de las
arideces y de las tentaciones, apoyándola en dos ejemplos
entre todos memorables; el primero es el del Apóstol, el cual,
abofeteado por Satanás, no creía faltar al perfecto abandono,
rogando por tres veces al Señor que apartase de él el espíritu
impuro; mas en habiéndole Dios respondido «Bástate mi
gracia»
, San Pablo acepta humildemente la necesidad de
combatir, y yendo más lejos, se complace en su debilidad,
porque en la aflicción es cuando se siente fuerte, merced a la
virtud de Cristo.

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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Lun 13 Aoû 2018, 11:00 am

El segundo ejemplo es aún más augusto, y ofrece una
prueba sin réplica. El mismo Jesucristo en el momento de su
Pasión, descubrió a sus apóstoles la extrema aflicción de su
alma, y rogó hasta tres veces a su Padre le librase de ella.
Mas este divino Salvador nos enseñó al propio tiempo con su
ejemplo lo que hemos de hacer después de semejantes
peticiones: resignarnos inmediatamente a la voluntad de Dios,
añadiendo con El: «Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo
que Vos queréis.»

Inútil es añadir nada para dar a entender lo que no es
permitido en parecidas circunstancias. San Francisco de Sales
señala, sin embargo, una excepción: «Si el beneplácito divino
nos fuera declarado antes de su realización como lo fue a San
Pedro el género de su muerte, a San Pablo las cadenas y la
cárcel, a Jeremías la destrucción de su amada Jerusalén, a
David la muerte de su hijo; en tal caso deberíamos unir al
instante nuestra voluntad a la de Dios.»
Esto en la suposición
de que el beneplácito divino aparezca absoluto e irrevocable;
de no ser así, conservamos el derecho de formular deseos y
peticiones.

Pero, por lo general, no estamos obligados a ello, pues los
sucesos de que se trata dependen del beneplácito de Dios, a
quien toca decidir, no a nosotros. Y una vez que se haya
hecho cuanto la prudencia exige, ¿por qué no nos será
permitido decir a nuestro Padre celestial: «Vos sabéis cuánto
ansío crecer en virtud y amaros cada vez más? ¿Qué me
conviene para conseguirlo? ¿La salud o la enfermedad, las
consolaciones o la aridez, la paz o la guerra, los empleos o la
total carencia de ellos? Yo no lo sé, pero Vos lo sabéis
perfectamente. Ya que permitís que exponga mis deseos, yo
prefiero confiarme a Vos, que sois la misma Sabiduría y
Bondad; haced de mí lo que os plazca. Otorgadme tan sólo la
gracia de someterme con entera voluntad a cuanto
decidiereis.»
Parécenos que ningún deseo, ninguna petición
puede testimoniar mayor confianza en Dios que esta actitud, ni
mostrar más abnegación, obediencia y generosidad de
nuestra parte.

Tal es el sentir de San Alfonso. Establece el santo tres
grados en la buena intención: «1º Puédese proponer la
consecución de bienes temporales, por ejemplo, mandando
celebrar una misa o ayunando para que cese tal enfermedad,
tal calumnia, tal contrariedad temporal. Esta intención es
buena, supuesta la resignación, pero es la menos perfecta de
las tres, porque su objeto no se levanta de lo terreno. 2º
Puédese proponer la satisfacción a la justicia divina o
conseguir bienes espirituales: como virtudes, méritos,
aumento de gloria en el cielo. Esta segunda intención vale
más que la primera. 3º Puédese no desear sino el beneplácito
de Dios, el cumplimiento de la divina voluntad. He aquí la más
perfecta de las tres intenciones y la más meritoria.»
«Cuando
estamos enfermos, dice en otra parte, lo mejor es no pedir
enfermedad ni salud, sino abandonarnos a la voluntad de
Dios, para que El disponga de nosotros como le plazca.»
San
Francisco de Sales es aún más claro y explícito. Nos enseña a
inclinarnos siempre hacia donde más se distinga la voluntad
de Dios y a no tener más deseos que éste. «Aunque el
Salvador de nuestras almas y el glorioso San Juan, su
Precursor, gozasen de propia voluntad para querer y no querer
las cosas, sin embargo, en lo exterior dejaron a sus madres al
cuidado de querer hacer por ellos lo que era de necesidad.»
Nos exhorta a «hacernos plegables y manejables al
beneplácito divino como si fuéramos de cera, no
entreteniéndonos en querer y en desear las cosas; antes
dejando que Dios las quiera y haga como le agradare».
Propone después por modelo a la hija de un cirujano que
decía a su amiga: «Estoy padeciendo muchísimo y, sin
embargo, ningún remedio se me ocurre, pues no sé cuál sea
el más acertado, y pudiera suceder que deseando una cosa
me fuera necesaria otra. ¿No será mejor descargar todo este
cuidado en mi padre que sabe, puede y quiere por mi cuanto
requiere la cura? Esperaré a que él quiera lo que juzgare
conveniente y no me aplicaré sino a mirarle, a darle a conocer
mi amor filial e ilimitada confianza. ¿No testimonió esta hija un
amor más firme hacia su padre que si hubiera andado
pidiéndole remedios para su dolencia o que se hubiera
entretenido en mirar cómo le abría las venas y corría la
sangre?»


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Ven 17 Aoû 2018, 12:14 pm

¿Quién no conoce la célebre máxima: «Nada desear, nada
pedir, nada rehusar»
? San Francisco de Sales, cuya es la
fórmula, declara expresamente que ella no se refiere a la
práctica de las virtudes; y personalmente la aplica con
especial insistencia a los cargos y empleos de la Comunidad,
sin dejar de proponerla también para el tiempo de
enfermedad, de consolación, de aflicción, de contrariedad, en
una palabra, para todas las cosas de la tierra y todas las
disposiciones de la Providencia, «sea por lo que mira al
exterior, sea por lo que respecta al interior. Siente un
extremado deseo de grabarla en las almas, por considerarla
de excepcional importancia».

Preguntaron al Santo Doctor si no podía uno desear los
«empleos humildes» movidos por la generosidad. «No,
respondió el Santo; por causa de humildad.» «Hijas mías, este
deseo no implica nada de malo, sin embargo, es muy
sospechoso y pudiera ser un pensamiento puramente
humano. En efecto, ¿qué sabéis vosotras si habiendo
anhelado estos empleos bajos, tendréis el valor de aceptar las
humillaciones, las abyecciones y las amarguras con que
habéis de topar en ellos y si lo tendréis siempre? Hay que
considerar, por tanto, el deseo de cualquier género de cargos,
bajos u honrosos, como una verdadera tentación; y lo mejor
será no desear nunca nada, sino vivir siempre dispuesto a
hacer cuanto de nosotros exigiere la obediencia.»

En resumen, para cuanto se refiere al beneplácito de Dios,
en tanto su voluntad no parezca absoluta e irrevocable,
podemos formular deseos y peticiones, por más que a ello no
estemos obligados, y aún es más perfecto entregarse en todo
esto a la Providencia. Existen, sin embargo, casos en que
sería obligatorio solicitar el fin de una prueba, por ejemplo, si
para ello se recibe la orden del superior. Si viera uno que
desmaya por falta de fuerzas y de ánimos, bastaríale orar en
esta forma: Dios mío, dignaos de aliviar la carga o aumentar
mis fuerzas; alejad la tentación o concededme la gracia de
vencerla.

En cuanto al tenor de estas oraciones, se pedirán de un
modo absoluto los bienes espirituales absolutamente
necesarios; los que no constituyen sino un medio de tantos
hanse de pedir a condición de que tal sea el divino
beneplácito, haciendo con mayor razón la misma salvedad con
respecto a los bienes temporales. Lo que es preciso desear
sobre todo es santificar la prosperidad y la adversidad,
«buscando el reino de Dios y su justicia: lo restante nos será
dado por añadidura».
A los que invierten este orden y buscan
principalmente el fin de las pruebas, el Padre de la Colombière
dirige el siguiente párrafo eminentemente sobrenatural:
«Mucho me temo que estéis orando y haciendo orar en vano.
Lo mejor hubiera sido mandar decir esas misas y hacer voto
de estos ayunos en orden a alcanzar de Dios una radical
enmienda, la paciencia, el desprecio del mundo, el
desasimiento de las criaturas. Cumplido esto, hubierais podido
hacer peticiones para la recuperación de vuestra salud y
prosperidad de vuestros negocios; Dios las hubiera oído con
gusto o más bien las hubiera prevenido, bastándole conocer
vuestros deseos para satisfacerlos».


Esta doctrina es conforme a la práctica de las almas
santas, pues si a veces piden el fin de una prueba, más
frecuentemente es verlas inclinadas hacia el deseo del
padecimiento al cual se ofrecen cuando sólo escuchan la voz
de su generosidad; mas cuando la humildad les habla con
mayor elocuencia que el espíritu de sacrificio, entonces ya no
piden nada y se remiten a los cuidados de la Providencia.
Finalmente, lo que domina y prevalece en estas almas es el
amor de Dios junto con la obediencia y el abandono a todas
sus determinaciones.

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Message  Javier le Lun 20 Aoû 2018, 12:21 pm

Así vemos que Santa Teresa del Niño Jesús, después de
haber estado llamando largo tiempo al dolor y a la muerte
como mensajeros de gozo, llega un día en que, a pesar de
apreciarlos, ya no los desea; porque sólo necesita amor, y
únicamente se aficiona a «la vida de la infancia espiritual, al
camino de la confianza y del total abandono. Mi Esposo, dice,
me concede a cada instante lo que puedo soportar, nada más;
y si al poco rato aumenta mi padecer, también acrecienta mis
fuerzas. Sin embargo, jamás pediría yo sufrimientos mayores;
que soy harto pequeñita. No deseo más vivir que morir; de
manera que si el Señor me diese a escoger, nada escogería;
sólo quiero lo que El quiere; sólo me gusta lo que El hace».


Otra alma generosa «tampoco pedía a Dios la librara de
sus penas; pedíale, sí, la gracia de no ofenderle, de crecer en
su amor, de llegar a ser más pura. Dios mío, ¿queréis que yo
sufra? Sea enhorabuena, yo quiero sufrir. ¿Queréis que sufra
mucho?, quiero sufrir mucho. ¿Queréis que sufra sin
consuelo?, pues quiero sufrir sin consuelo. Todas las cruces
de vuestra elección lo serán de la mía. Empero, si yo os he de
ofender, os lo suplico, sacadme de este estado; si yo os he de
glorificar, dejadme sufrir todo el tiempo que os plazca».

Gemma Galgani tenía una sed asombrosa de inmolación. Y
a pesar de todo, aunque en medio de un diluvio de males y
persecuciones, se portó con tanto heroísmo, implora una
pequeña tregua, quejándose amorosamente en medio de sus
penas interiores: «Decidme, Madre mía, adónde se ha ido
Jesús; Dios mío, no tengo sino a Vos y Vos os escondéis.»

Pero llega a decir con un perfecto abandono: «Si os agrada
martirizarme con la privación de vuestra amable presencia, me
es igual siempre que os tenga contento.»


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Re: EL SANTO ABANDONO (Dom Vital Lehodey)

Message  Javier le Jeu 23 Aoû 2018, 12:53 pm

8. LOS ESFUERZOS EN EL ABANDONO

Fuera craso error práctico considerar el abandono como
una virtud puramente pasiva y creer que el alma no ha de
hacer otra cosa que echarse a dormir en los brazos divinos
que la llevan. Sería olvidar este principio de León XIII, «no
existe ni puede existir virtud puramente pasiva»
. Además de
que implicaría un falso concepto del divino beneplácito.

Como toma una madre a su pequeñito y después de
colocarlo donde quiere, éste se ve puesto allí sin haber hecho
de su parte más que dejarse manejar; así pudiera
seguramente haberse Dios con nosotros; podría levantarnos al
grado de virtud que le agradase, enmendar súbitamente un
vicio obstinado y rebelde, preservarnos para siempre de
ciertas tentaciones, etc.; y a las veces lo hace; pues al fin esas
elevaciones súbitas y esas transformaciones repentinas no
son cosas que excedan su poder. Sin embargo, continuarán
siendo la excepción, por cuanto desordenarían sus sabios
planes si fueran demasiado frecuentes. Bien está que a un
niño haya que traerle en brazos, porque no puede andar;
empero Dios nos ha dotado del libre albedrío y no quiere
santificarnos sin nosotros. Por lo que de tal suerte templará su
acción que nuestros progresos sean justamente obra de su
gracia y de nuestra libre cooperación. Según esto, en los
sucesos que declaran el divino beneplácito, la intervención de
Dios se limitará de ordinario a tomarnos de su mano soberana
y a colocarnos en la situación que El mismo nos haya
deparado, sin consultar para nada nuestras pretensiones y
gustos y aun contrariándolos no pocas veces; nos pondrá en
la salud o en la enfermedad, en consuelos o en penas
interiores, en la paz o en el combate, en la calma o en la
agitación, etc. Veces habrá en que para dicha o desdicha
nuestra nosotros mismos nos hemos ido preparando estos
estados, y muchísimas otras ninguna parte tendremos en ello;
mas como quiera que fuere, lo cierto es que Dios es quien
dispone de nosotros y que por lo mismo, una vez puestos en
tales situaciones, habrá que cumplir con nuestro deber
contando con la gracia de Dios; deber, por cierto, bien
complejo.

Para hacer posible el abandono, ha debido el alma
establecerse con antelación en la santa indiferencia; le queda
persistir en ella mediante la práctica ardua de la mortificación
cristiana, que es trabajo de toda la vida.

Antes de los sucesos el alma se pone en manos de Dios
por una simple y general expectación, sin que excluya la
prudencia; por esta causa, ¡cuánto hay que hacer, por
ejemplo, en la dirección de una casa; en el desempeño de un
cargo para evitar sorpresas y desengaños; en el gobierno de
nuestra alma para prevenir las faltas, la tentación, las
arideces! Todas estas providencias pertenecen a la voluntad
de Dios significada y no se deben omitir so pretexto de
abandono, pues no podemos dejar a Dios el cuidado de hacer
lo que nos ha ordenado cumplir por nosotros mismos.

CONTINUARÁ...

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Javier

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